De político a perro
un político vive una doble vida.
El aire nocturno olía a lluvia reciente y a whisky barato. Santiago cerró la puerta de su apartamento con un golpe sordo, dejando atrás el eco de la fiesta de donantes, las palmadas en la espalda, las sonrisas forzadas y los brindis por la «familia tradicional». El traje de corte impecable, una armadura de lana italiana, le oprimía el pecho, recordándole la mentira que habitaba bajo la camisa de algodón egipcio y el binder ajustado. Había bebido más de la cuenta, no por placer, sino por necesidad; el alcohol era el único lubricante que permitía que los engranajes de su doble vida giraran sin chirriar.
Santiago, el congresista republicano de mirada firme y discursos sobre valores, se despojó de la chaqueta con movimientos torpes. La soledad del lujoso apartamento era más opresiva que cualquier multitud. En la penumbra, frente al espejo del vestíbulo, no veía al político prometedor. Veía la fractura, la tensión entre el hombre que sabía que era y el cuerpo que la sociedad, y su propio partido, insistían en leer de otra manera. Una necesidad primaria, visceral y distorsionada por el alcohol y la desesperación, se apoderó de él. No era deseo, era un ansia de aniquilación, de que algo o alguien borrara por completo la disonancia, incluso si era a través de un acto brutal y degradante. Pensó, con la lógica retorcida de la embriaguez, en un perro. En la sumisión animal, absoluta, sin juicio, sin política, sin palabras. Quería que la fiera lo penetrara, que lo redefiniera a golpes de instinto puro.
Salió tambaleándose al parque desierto frente a su edificio. El césped húmedo brillaba bajo las farolas. Gritó, un sonido ronco y desafinado, llamando a un compañero que no existía. Solo recibió el eco de su propia voz y el aullido lejano de una sirena. La frustración se convirtió en una rabia silenciosa. Volvió al apartamento, derrotado. Pero la necesidad no se había disipado; se había transformado.
En el silencio de la sala, se arrodilló. No como un hombre que ruega, sino como un animal que se presenta. Desabrochó el pantalón, dejó caer la ropa interior. Con los ojos cerrados, inhaló profundamente. Ya no buscaba al perro. Decidió *ser* el perro. La metáfora se volvió carne. Se arrastró por el suelo de madera pulida, la respiración entrecortada. La lengua le sabía a whisky y a vergüenza. Emitió un gruñido bajo, gutural, que surgía de un lugar anterior a las palabras, anterior a Santiago, anterior al congresista.
Al día siguiente, domingo, fue al parque de nuevo. Pero no con traje, sino con ropa holgada y una gorra baja. No buscaba votos. Buscaba hombres. Hombres anónimos que pasaban por el sendero de tierra. Se acercaba a ellos, no con un apretón de manos, sino con la cabeza gacha, la mirada hacia arriba a través de las pestañas. Sin hablar. Un gesto, una inclinación del cuerpo, una postura que era un lenguaje universal y sórdido. El primero fue un corredor sudoroso que lo miró con desprecio y siguió su camino. El segundo, un hombre mayor sentado en una banca, entendió la oferta. Con una mirada fría y calculadora, asintió hacia los matorrales.
Entre las sombras de los arbustos, Santiago ya no era Santiago. Era el animal que el mundo, en su crueldad, a veces le hacía sentir que era. El hombre mayor no fue gentil, ni brutal; fue transaccional, funcional. Para Santiago, en ese momento, era la confirmación. La penetración que había buscado en la bestia la encontró en la condición de bestia. No hubo placer, solo una extraña y dolorosa validación. Era el objeto, el perro de los hombres, y en esa reducción absoluta, la compleja agonía de su identidad política y personal se disolvía en un acto simple y sórdido.
Después, el hombre se fue sin una palabra. Santiago se incorporó, dolorido, sucio. Se vistió en silencio. Al salir a la luz del día, parpadeó. El político volvía a erguirse, los hombros se cuadraban, la máscara se reajustaba. Pero algo había cambiado. Había cruzado un umbral en su propia psique. El secreto ya no era solo que era un hombre trans. El secreto era la profundidad de su desesperación, el abismo al que podía descender para escapar, por unos minutos, del peso insoportable de ser él mismo.
Esa noche, en la Cámara, dio un discurso apasionado sobre la moral y la decencia. Sus palabras resonaban con fuerza, su mirada era de acero. Nadie en la audiencia, ni sus aliados ni sus detractores, podía sospechar que el hombre que hablaba con tanta convicción llevaba en la piel, bajo el traje impecable, el recuerdo de la tierra húmeda y la sumisión anónima. Santiago había aprendido que podía habitar ambos extremos: la altura del poder y la hondura de la degradación. Y que, a veces, la única manera de soportar la primera era entregándose por completo a la segunda. La jaula, comprendió, no estaba solo afuera. La más sofisticada la había construido dentro de sí, y sus barrotes eran el odio que internalizaba cada día. Su escape temporal era un infierno privado, pero era, al menos, un infierno en el que podía, por fin, dejar de fingir.



Dejar un comentario
¿Quieres unirte a la conversación?Siéntete libre de contribuir!