Disfrutando de mis fetiches en casa de mis amigas
Como aprovecho mis mañas para oler y saborear.
Soy bastante mañoso para arreglar averías, y eso me ha ahorrado mucho dinero. Mis amigos lo saben y a veces me piden ayuda. En varias ocasiones, esto me dio la oportunidad de disfrutar de mis fetiches.
La primera vez, una amiga, a la que llamaré Carlota, me pidió si podía ayudarle a fijar el cabecero de su cama a la pared. Había comprado una cama nueva, y no encajaba en el mismo sitio que la vieja.
Me fui a su casa una mañana con el taladro, me invitó a un café, y me dijo que entrase a su habitación, que me traería los tacos y las alcayatas que necesitaba. Le dije que también me trajera un lápiz, y entré.
Su cama estaba deshecha, tal como se había levantado, y sobre la colcha había una prenda, que enseguida vi que era el pantalón de su pijama. Cuando lo vi, perdí cualquier atisbo de prudencia, lo cogí y husmeé directamente su entrepierna. Tenía un intenso aroma a almizcle, porque, como yo ya hacía tiempo que suponía, mi amiga no usaba papel después de mear, por lo que las gotas que quedaban entre sus pliegues terminaban en su pijama, de noche, o en sus bragas si era de día. ¡Cuántas veces se me había acercado y yo había notado ese ligero aroma a fauna que la hacía tan apetitosa! Pero ahora lo disfrutaba en toda su intensidad, de la tela que había estado en estrecho contacto con su coño. Así estaba cuando Carlota entró a la habitación, yo no podía dejar de oler ese aroma y, si ella me hubiera llamado marrano y me hubiera echado de su casa yo no podría haberlo evitado.
Pero no dijo nada, sólo me miró, agarró una punta del pijama y tiró de él, suavemente pero con firmeza, hasta que, muy a mi pesar, tuve que soltarlo.
Yo le pedí que por favor, me lo dejara, pero se negó, y se lo llevó, supuse que al cesto de la ropa para lavar, y y no me atreví a ir a buscarlo, aunque me moría de ganas.
Obviamente, se me había puesto dura como un palo seco y ella no pudo por menos que notarlo, pero hacerme una paja delante de ella habría sido un exceso de confianza, y una vergüenza para mí. Así que le dije que olía como la flor del almendro (lo que era cierto) me contestó «anda ya» y me puse a hacer la tarea para la que me había llamado. Me costó poco rato y al acabar me dio algo de dinero, que yo no quise aceptar, le dije que ya me sentía pagado por el regalo que inadvertidamente me había brindado. Se rió un poco, me dio las gracias y me marché. Nunca me dijo nada ni me puso mala cara por esto. Yo estuve mucho tiempo arrepintiéndome de no haberlo escondido para llevármelo, pero quizá esto no le habría gustado.
La segunda vez, otra amiga, llamada Verónica, me pidió que le arreglase un grifo del baño que goteaba. Verónica era una mujer con un cuerpo exhuberante, con unas caderas anchas y una espalda impresionante, y a mí me volvía loco cada vez que la veía.
Me abrió la puerta y me enseñó el grifo que no cerraba bien. Le dije que cerrase la llave de paso del agua, abrí el grifo de la bañera para vaciar las cañerías, y me puse a desmontar el mando para cambiar la junta deteriorada.
En estas, vi en el cestillo de papeles uno, envuelto en forma de cilindro, manchado de lo que obviamente era sangre menstrual, e inmediatamente supuse de qué se trataba. Lo cogí y, en efecto, era un tampón totalmente empapado de su regla y no hacía mucho que lo había cambiado, porque aún estaba tibio. Busqué por si había más, y pude encontrar seis en total, casi todos empapados totalmente y aún húmedos.
Me guardé mi botín en el bolsillo de mi pantalón, acabé la tarea, me invitó a una cerveza (yo estaba algo preocupado por que la sangre no traspasara la tela de mi bolsillo) y me marché. En casa desenvolví uno por uno los tampones, y los metí en una bolsa al congelador para poder saborearlos con calma, excepto uno que chupé inmediatamente hasta dejarlo blanco, con el morbo de pensar que me estaba metiendo en la boca algo que poco antes había estado en el cálido interior de mi amiga.
Pasado el tiempo le confesé lo que había hecho y le pedí que me los guardara, pero no quiso. Aunque yo intenté convencerla, se negó en redondo. Una lástima, porque el sabor era delicioso y el morbo, enorme.


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