Dos niñas y un bote en el Amazonas
Viajando rumbo a la selva, conozco a Luna y Luana, dos hermosas niñas de nueve años con quienes disfruto del sexo..
El año pasado, después de tanto esperar mis vacaciones, me fui a conocer la selva. «Por fin un descanso luego de tanta rutina en el trabajo», pensé.
Así que empaqué en una mochila unas pocas cosas: Dos mudas de ropa de verano, gorro, un par de sandalias y mi billetera.
Viaje en bus por economía, y el solo viaje me pareció tan agotador como varios días de trabajo.
Por cosas del destino no terminé en la ciudad que elegí, y donde tenía mi reserva de hotel, sino en un pueblo cercano a la carretera principal, donde el río cruzaba un valle selvático bastante encantador. El bus se había averiado y varios pasajeros comenzaron a reclamar por la demora.
Mi espíritu aventurero me hizo desistir del reclamo con el chofer y busqué un hotel o pensión cercano que me permitiera pasar la noche ahí, luego que el conductor hizo arreglos con otro bus que venía detrás para llevar a los pasajeros hasta la ciudad de destino, todavía a cuatro horas desde ahí.
Por supuesto que lo hice también porque no aguantaba ningún trayecto más. Así decidí apostar por quedarme a dormir en aquel lugar olvidado.
Luego de llegar hasta el pueblo, donde todo parecía dormido, pregunté a una señora en una tienda pequeña, dónde podía alojarme, a lo que la señora me señaló una casa al final de una calle polvorienta, apenas cubierta por algunos árboles.
Caminé ese trayecto mientras veía en mi reloj que no serían más de las dos de la tarde.
Cuando llegué al final de la calle, toqué la puerta donde decía: Hostal Amazonas. El encargado me abrió la puerta, casi podría decir que el joven estaba dormido. Me brindó los precios, que me parecieron bastante baratos, y me quedé alojado en ese lugar.
Estuve tan cansado que me quedé tumbado en la cama, durmiendo, hasta que alguien me tocó la puerta. La habitación ya estaba a oscuras, lo que me hizo dar cuenta de que ya habia anochecido. Abrí la puerta, entonces vi una niña de unos nueve años, que se dirigía a mi con mucha cortesía preguntándome si iba a cenar, porque el servicio incluía las tres comidas.
En ese momento lo único que me importó fue la visión deliciosa de esa niña que vestía un short corto que dejaba casi desnudas sus piernas, llevaba el cabello negro y suelto, los ojos chinitos como las nenas de la amazonía y la piel tostada por el sol. Sólo esa vision de la niña frente a mi me produjo una erección que la niña notó al instante:
– Tienes ganas – dijo.
Entonces yo reprimí todo deseo y volví a la realidad al verme desnudo con mi excitación frente a esa nena.
Todo era tan delicioso en ella, desde su tierna carita hasta sus exquisitos pies calzadas en esas sandalias verdes. Mierda, pensé, acabo de llegar y ya me dieron ganas de follarme a una selvática.
Luego de permanecer frente a mi durante algunos minutos, tuve que ponerme de lado y decirle que sí, que iba a bajar a cenar. La niña se fue con una sonrisa coqueta y yo me fui inmediatamente al baño para echarme agua en la cara, y volver a la realidad.
De pronto, sentí un intenso calor desde adentro, y me duché a la volada. Me puse ropa limpia: Una playera blanca, un short verde y unas sandalias negras. Me dejé el cabello un poco despeinado y bajé hasta el comedor. Mi sorpresa fue mayor cuando vi que yo era el único huesped.
La niña apareció nuevamente y me trajo la cena: Arroz blanco con una carne roja y un platano frito. Aproveche ese momento para hablar con ella:
– ¿Es carne de res?
– ¡No! De capibara.
Ambos nos reimos.
Al mismo tiempo divise que nadie más estaba viendo.
– ¿Cómo te llamas?
– Luna.
– Un gusto Lunita, soy Andrés. ¿Es tu familiar el chico de recepcion?
– Sí. Es mi hermano.
– ¿Y tus padres?
– No están. Viajaron a la capital y estarán allá hasta fin de mes.
– Entonces ¿Solo estas atendiendo aquí junto a tu hermano?
– Vivimos juntos aquí pero casi no hay clientes
– ¿No estudias?
– Estamos en vacaciones de verano.
De golpe, recordé que estábamos en febrero, el mes de mis vacaciones de verano pero también de vacaciones escolares.
– Entiendo. Yo solo estoy de visita. No sé hasta cuando quedarme.
– ¿Nunca has estado aquí?
– Nunca.
– Entonces ¿Quisieras conocer el pueblo?
– Sí – respondí sin dar crédito a lo que oía.
– Puedes acompañarme. Mañana me voy con mi amiga Luana al río a jugar un rato.
– ¿Y tu hermano te dejará ir conmigo?
– Humm… mejor no le decimos nada. Puedes salir primero y luego nos vemos afuera en la calle.
– Está bien.
Tenerla cerca me puso la verga más dura que antes, me llevé una mano hasta mi short para acomodarla, y la niña se rió:
– ¿Seguro que no quieres que nos veamos antes? Dijo con una sonrisa coqueta.
– ¿Puedes?
– ¡Sí! Sé donde es tu cuarto.
– ¿Y tu hermano?
– Él saldra de noche con su amigo.
– Bueno, te espero entonces.
Y así la niña se fue sonriendo y dando saltitos despreocupados, haciendo sonar sus sandalias en el piso de cemento.
Esperé a Luna hasta la medianoche, estaba tan excitado pensando en ella hasta que tocó la puerta. Abrí en la oscuridad y la vi vestida con una ropa mas cortita: Un top amarillo y viejo que le dejaba descubierta la cintura, un shorts cortos de florecitas y sus sandalias.
Entró despacio y se disculpó por la demora:
– Mi hermano no se iba, tuve que fingir que estaba durmiendo.
– ¿Y si regresa?
– No creo. Se fue con su marido. Un tal Raúl.
– ¿Cómo sabes eso?
– Porque los he descubierto cachando un día.
Me sorprendía la naturalidad con que ella se expresaba a pesar de ser tan chiquita. Luego agregó:
– Aquí en la selva casi todos son maricones.
Me sonreí.
Luna se sentó al borde de la cama. Yo quise encender la luz pero ella no me lo permitió. Apenas la habitación estaba iluminada por una lamparita.
– ¿Ya has hecho esto antes no? – pregunté.
Luna sonrió coquetamente:
– Es que me aburro y casi nadie viene a este lugar. Y tu te ves bien. Pareces buen hombre.
Entonces me tocó con cierta vergüenza una mano. Yo sabía que a esa pequeña ya le habían hecho probar pinga, por eso se portaba así. La entendía. No podía aguantarse las ganas. No le pregunté quién había sido el primero, pero supuse que alguno de los furtivos clientes del hotel la había estrenado en el sexo, pero como era un hombre de paso, la pequeñita se habia quedado con las ganas de más.
Me acerqué y comencé a besarla. Me estrechó con un abrazo, entonces le levanté las piernas para acariciárcelas.
– Estás bien bonita – dije.
– ¿Te gusto?
– Mucho. Estás bien putita.
Entonces ella empezó a mover su cintura rica. Le levanté el top corto y empecé a chuparle los pezones. Se retorcía contendiendo los gemidos. Mi verga estaba durasa viendo a Lunita disfrutar. Me quité todo y le mostré mi verga erecta. Luna estaba sorprendida:
– No pensé que habia así de grande.
– ¿Te gusta?
– Me da miedo.
– Tranquila, vas a ver que te va a gustar.
Le quité una a una sus sandalias mientras le empecé a chupar sus tiernos pies. Lunita parecía extrañada pero empezó a disfrutarlo.
Tienes unos pies riquísimos.
Lunita se mordió el labio inferior y empezó a mover sus deditos del pie. Luego solita se fue bajando el short y tocandose la vagina, donde pude ver cierta humedad.
– Veo que ya estas lubricando bien, pero falta más.
Entonces de un tirón le saqué el short y empecé a chuparle la conchita rica que tenía. Unos labios suavecitos y sin vellos. Ella seguía retorciéndose y ahí dejó escapar sus primeros gemidos.
– ¿Te gusta no pequeña putita?
– Me encanta.
– Desde que te vi supe que eras una pequeña putita.
Luna se sonrió y luego dijo:
– ¡Metemela!
– Tus deseos son órdenes, princesita.
La recosté al derecho sobre la cama, y empecé a puntearla. Me levantó la cara para que le diera besitos. Ya no resistíamos más las ganas y acabé penetrandola, primero despacio con la punta de mi glande hasta que toda mi verga se deslizó dentro de esa conchita deliciosa.
Lunita no se quejaba, seguía gimiendo como una condenada:
– ¡Qué rico! – decía ahogadamente.
– Te gusta la pinga ¿No Lunita?
– ¡Me encanta!
– ¿Quieres leche, mi amor?
– Lo que hagas se siente rico.
Y así me la follé de misionero, esperando no terminar nunca, pero al cabo de un rato cuando le estaba dando de perrito agarrandole el cabello y embistiendola con fuerza, ya no pude más y le llené toda la concha de leche.
– Ah puta madre, me vengo.
– Hazme tuya.
Movió la colita y ese pequeño impulso me hizo derramar hasta la última gota de esperma dentro de ella.
– Puta madre, qué rica que estas putita.
– Ahhhhhh.
Luego estuvimos tendidos en la cama, y la abracé de cucharita:
– ¿Hace cuánto tiempo que no cachas, Lunita?
– El año pasado, que vino un cliente.
– Veo que este hotel no es buen negocio.
– No lo es, mi padre siempre se queja del dinero.
Ya veo.
Dormimos abrazados unas horas hasta que escuchamos unos ruidos en el patio. Ya estaba amaneciendo.
Escuchamos a alguien hablar: El hermano de Lunita parecía balbucear algo. Ella despertó de inmediato y comenzó a vestirse con su ropa que habia quedado tendida por toda la habitación. Se puso sus sandalias, a la carrera.
– ¡Espera! – dije.
– No puedo ahora. Él cree que estoy durmiendo.
– Pero ¿Nos veremos después?
– Sí. Ya te dije. Me esperas en la calle. A las diez, luego vamos donde Luana.
Y asi mi pequeña putita se fue dejándome solo y lleno de emociones.
Mientras estaba en la habitacion, algo escuché de unas compras. El hermano de Luna parecía darle órdenes.
Horas después, cuando me tocó bajar a tomar el desayuno a las ocho de la mañana, no me atendió ella sino el hermano. Supuse que Luna no estaba ahí sino haciendo algunas diligencias en algún mercado cercano.
Luego, así como habíamos acordado, estuve alistándome en mi habitacion hasta que a las diez de la mañana salí y la esperé fuera del hospedaje. No sabía exactamente dónde quería ella que la esperara, entonces deambulé a lo largo de la vía, donde apenas habia casas. La estuve buscando entre los matorrales:
– ¡Aquí! ¡Aquí! – dijo de pronto ella.
Estaba con un sombrero de paja, un vestido corto y blanco de una pieza y sus sandalias verdes. Me llamó desde el arbusto, sonriendo y observando que no hubiera nadie. Le obedecí y me acerqué. Entonces, ella procedió a darme un beso en la boca y abrazarme.
– ¿Te gustó mucho anoche no? – preguntó.
– Si mi amor, estuviste muy rica.
– ¿Somos novios entonces?
– Si amor, lo que tu quieras.
Se sonrió y me dijo:
– Vamos donde Luana, está por el rio.
En el camino me contó que su amiga y ella habían sido desfloradas casi por los mismos días el año pasado. Luna por un cliente que pasaba por el hotel, y Luana por su papá que había muerto un par de meses atrás. Poco a poco fui entendiendo lo que Luna quería: Como no habían muchos hombres visitando el pueblo, les hacía difícil calmar sus ganas de sexo.
– A veces nos metemos cosas en la vagina. Luana lo hace con platanos.
Luego de revelarme eso se echó a reir. Yo le dije que podia ser peligroso.
– Es que casi no hay hombres aquí.
– Pero ¿Y tus amiguitos del colegio?
– Son muy tontos. No nos gustan así de torpes.
Luego de caminar unos quince minutos llegamos hasta un remanso cerca al rio donde no habia ni una sola alma.
– ¡Luna! – gritó una niña desde un bote.
– ¡Vamos! me dijo, mientras corría en sus chanclas que rechinaban.
Nos acercamos y vi de cerca a Luana que solo traía unos calzones y un top de tiras. Estaba de pie sobre un bote, sosteniendo un largo palo y levantando la mano para hacernos señales. De cerca se veia espectacular, era tan linda como Luna, y tenía la piel mas tostada por el sol. Traía el mismo sombrero de paja y unas sandalias azules donde pude ver sus deditos sobresaliendo deliciosamente.
Se saludaron y yo me presenté:
– Hola – dijo Luana – bienvenido a nuestro pueblo.
Luna empezó a explicarle en voz baja quién era yo, y ambas sonrieron.
Me ofrecieron subir al bote primero, y tuve que hacer un esfuerzo para no balancear mucho la embarcación.
– Luana ¿Segura que aguantamos tres aquí? – dijo Luna.
– Sí. No te preocupes. La otra vez vi que mi mama cargaba varios sacos de platanos y no se hundió.
Luna me sonrió discretamente y le dijo a Luana:
– Sí Luanita, pero hoy no habra necesidad de hacerlo con platanos.
Las dos se rieron y de pronto estábamos navegando por el río en direccion desconocida. Yo no sabía realmente dónde estábamos pero no veía ni el pueblo ni ninguna otra embarcación a la vista.
De pronto, llegamos hasta otro remanzo pero Luana detuvo el bote.
Entonces Lunita me dijo: Estamos solos los tres no te preocupes.
Pensé que las dos nenas estaban bastante desinhibidas para querer cachar ahí en medio de la naturaleza pero tambien entendí que así nomas no probaban hombre. Yo estaba ya con la verga parada y me saqué la pinga de lado. Los ojos de Luana brillaron como una serpiente. Sin embargo, fue Luna la que tocó primero:
– Primero, yo – dijo.
Y se arrodilló a mi lado, doblando sus rodillas y mostrándome las ricas plantas de sus pies. Al ver que el sombrero de paja le incomodaba, se lo quitó y me lo puso. Entonces empezó a darme una rica mamada mientras Luana iba acercándose con todas las ganas tambien. Despues de algunos minutos, fue Luana la que me la estaba mamando. Yo estaba en la gloria y con toda la excitación a flor de piel. Propuse que nos quitáramos toda la ropa. Y asi lo hicieron, las dos niña me obedecieron y se fueron quitando todo lo que llevaban puesto. Luana traía unicamente un collar de hilo con una pequena pluma de color verde.
– ¿Te gusta ? – dijo mostrándome su pecho descubierto donde bailaba esa diminuta pluma.
– Mucho Luanita – dije acercándome y comenzando a lamerle los pezones que ya los traía sobresalidos.
El bote se balanceaba mientras yo comenzaba a follarme a cada una de esas putitas del amazonas que tenían todas las ganas de probar verga.
Le introduje media pinga a Luana que se quejaba al principio pero poco a poco su conchita se fue acostumbrando al tamaño de mi pedazo.
– ¿Te gusta no putita?
– Mucho, mucho.
Luna dijo:
– ¿Es mejor que con los platanos no Luana?
– Sí, se siente rico.
Luego le di verga a mi Lunita que saltaba sobre mi como una putita más experimentada. Empezó a lanzar chillidos de animal mientras sentía como le perforaba la vagina que me apretaba tan rico como una recién estrenada.
Luana me aguantó parejamente cuando le di de perrito pero no pude metersela toda porque sentía que su vagina era más pequeña, y no quise causarle tanto dolor aunque ella estaba complacida, recibiendo embestidas tan ricas que poco a poco comenzó a decirme que también me amaba.
– ¿Me amas igual que Lunita?
– Más.
Luna que disfrutaba del sexo oral que le hacía dijo:
– Puedes amarla a ella tambien, es mi amiga.
Me reí:
– Tranquilas. Puedo con las dos. Solo si prometen no decirle a nadie.
Las dos respondieron en coro:
– Está bien.
Y así fuimos cachando en el bote. Yo disfrutando de cada conchita rica y ellas loquitas por recibir pinga.
– Lástima que no son virgenes – dije.
– ¿Qué quieres decir? – dijo Luana.
– Que me hubiera gustado ser el primero en darles huevo.
Luana se puso en cuatro frente a mi, y dijo:
– Nunca me dieron por el culo, pero yo sé que se puede.
Luna, pensativa dijo: a mi tampoco nunca me dieron por el culo.
La excitación volvió a subirme y procedí a chuparle el culito a Luana y a dilatarselo, metiéndole primero un dedito. Se sentia estrecho. Luna se puso a su lado.
A mi tambien hazme igual.
El ano marroncito de ambas comenzó a abrise poco a poco.
– Relajaditas nomás. Van a aguantar ¿ya?
Las dos movieron la cabeza y procedí primero con Luana que se quejó intensamente.
– Aaaayy – dijo ahogadamente mientras mi pene apretaba bastante ese culito sabroso.
– Shhhh, aguanta, aguanta nomás pequeña putita.
– Aahhhh…
La cabeza de mi glande ya habia entrado dentro de Luana que seguía quejandose.
– ¿Querias verga en el culo no? Ahí está
Luana sufría y Luna estaba en silencio pensando que tal vez no era tan buena idea. Pero poco a poco el ano de Luana se abrió como una rosa, y mi pinga fue entrando dentro de ese culito estrecho que por cosas de la vida, yo estaba estrenando.
Mi verga aprisionada dentro de ese culito, no podia deslizarse tan bien como en una vagina humeda asi que tenia que lanzarle escupitajos en las nalguitas de Luana para ver si asi mejoraba la situación.
La pequena Luana estaba completamente sometida y ya gritaba de placer pero completamente confundida y dejándose llevar por su primera experiencia anal. Poco a poco segui perforandola hasta metérsela toda y sacarsela con violencia.
Luna no decia nada, seguia en silencio en posicion de perrito viendo como su amiga seguia quejándose hasta que ya no pudo mas y con total coraje dijo:
– Ahora dame a mi por el culo.
Lentamente le saqué la verga a Luana y descubrí que la tenía limpia. Igualmente me incline en el bote y recojí algo de agua del rio y me lavé la pinga y los huevos.
Luana se echo de costado aún adolorida, y se quedó tendida un rato viendo cómo le tocaba el turno a Luna que me miraba con impaciencia hacia atrás levantando la colita. Le puse el glande en el ano y fui introduciendolo:
– AAAAAYYYY – gritó.
– Aguanta putita, aguanta.
– AAAYYYY, no. Me duele mucho.
– Tranquila, tranquila. Querías pinga en el culo ¿no? Pues ahora la tienes.
Y al igual que el culo de Luana, el ano de Luna comenzó a abrirse para dejarme pasar. Esta vez mi pene entro por completo llegando a ebestirle con mis bolas la raja. Seguí penetrandola de perrito y ella seguia quejandose pero disfrutando cada vez mas del sexo anal al compás de mis huevos que estaban colgando y chocando contra la vagina de Lunita.
Luana veia a Luna con empatia:
– Aguanta – le animaba – duele pero despues se siente rico.
Luna trataba de mover la colita mientras mis huevos colgando seguían chocando contra tu vagina. Estuve dandole huevo más rato que a Luanita, que consolaba y acompañaba en su dolor a Luna.
Al cabo de varios minutos, yo sentía que era imposible seguir aguantando la eyaculacion. Les dije que me iba a vacear.
– ¿Quién quiere recibir la leche?
Las dos comenzaron a pelear por ver quien iba a ser la afortunada. Al final las mande a callar y les dije que ambas se arrodillaran frente a mi y abrieran bien la boca. Y ahi me empezó a salir la mayor cantidad de esperma que en mi vida me ha salido. Las dos sonrieron cuando eyaculé y les mojé sus caritas.
Luana me pasó la lengua por el glande lo que hizo que me saliera la ultima gota de esperma:
– Eres una putita bien rica Luanita.
– Yo también – dijo Luna.
Me reí:
– Tú tambien Lunita. Las dos son mis putitas desde hoy.
Luana trató de divisar dónde nos encontrábamos pero el bote seguía flotando por un lugar desconocido. No habia ningun alma viéndonos.
– Estoy cansada – dijo Luna.
Luana se echó en el bote junto a ella, y yo aproveché para echarme en medio de ellas:
– Vamos a dormir un rato los tres juntitos entonces.
Y asi las tuve cada una a un lado abrazándome. Les cubrí la carita con sus sombreros y dormimos cerca de una hora.
Cuando desperté, descubrí que el sol se ocultaba y que Luana estaba tratando de hacer avanzar el bote con el palo hasta la orilla del remanso.
– Pudiste despertarme para ayudarte – le dije
– No. Estoy bien. No despiertes a Luna aún.
Luana parecía muy diestra en el manejo de botes. Pronto descubrí cierta tristeza en su carita. Entonces me preguntó:
– ¿Hasta cuando te quedaras en el pueblo?
– No sé aun – respondí.
Ella hizo un gesto de vaguedad.
– Hasta que te vayas, podemos vernos aquí cuando gustes. No siempre tendré el bote porque mama a veces lo usa.
– Bueno, en ese caso, mañana vuelvo con Luna.
– Ella parecía feliz de saber que otra vez mañana volveríamos a vernos.
Y así fue. Al dia siguiente volví con Luna para ver a Luana que esta vez ya no tenia el bote. Sin embargo, cachamos rico en la orilla, donde disfruté sus deliciosos cuerpos. Todas las veces que nos vimos las follé peladito y me vine dentro de ellas. Nunca en mi vida he sentido tan rico preñando a esas criaturas de ensueño.
Siento que la selva tiene mucho encanto, pero como toda historia esta también llegó a su fin. Estuve en ese pueblo cerca de quince dias, donde pude hacerles de todo a esas dulces niñas que me entregaron el cuerpo con la devocion de las hembras que buscan ser montadas.
El último dia de nuestro encuentro, las dos fueron a despedirme. Luna con su vestido blanco, y Luana con un shorcito corto. Las dos se habían hecho colitas de caballo, se pusieron sus sandalias donde vi sus pies morenos y perfectos que tantas veces les lamí en el bosque, incluso varias veces se los mojé con mi esperma.
Luana aguantaba el llanto y Luna me miraba triste. Antes de que el bus viniera aproveché y le di un beso en la boca a las dos. No había nadie más en la parada de esa teocha así que no levantamos sospechas.
El bus vino y una vez en el primer escalón voltee. Desde ahí vi por ultima vez el tierno rostro de cada una. El sol brillaba con intensidad y desde la ventanilla de mi asiento las despedí, hasta que se fueron alejando de mi vista.
Ambas se perdieron en un punto imaginario y lejano de esa trocha, de ese olvidado pueblo.
Luego el bus volvió a la carretera principal para cruzar el enorme rio. La selva es tan hermosa e inolvidable, pensé.
Hasta el día de hoy, las sigo recordando.


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