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Fetichismo, Incestos en Familia, Voyeur / Exhibicionismo

El Sermón del Contacto

La madre no sólo orienta la verga de su hijo al culito de su hermana, sino que además disfruta explicándole cosas… .

El calor había alcanzado ese punto de la tarde en que el aire parece espesarse, volviéndose dorado y perezoso. En el Edén, la sombra del porche era un bien preciado. Allí, Leo estaba tumbado boca arriba sobre una colchoneta de yoga, los ojos cerrados, los músculos tensos por los ejercicios de fuerza de la mañana. Estaba desnudo y su mástil, semi-erecto incluso en reposo, yacía sobre su muslo, una presencia insomne.

Lara, imparable, jugaba a «la abeja reina». Corría de flor en flor del jardín, desnuda, zumbando, tocando con un dedo el centro de cada una. «¡Polinizada!», gritaba. Elena la observaba desde la hamaca, un libro abierto sobre su vientre que no leía. Su mirada era voyeurística y analítica, seguía a su hija. Verla jugar era divertido y lo más interesante es que la niña se le puede ocurrir cualquier cosa en cualquier momento.

En un momento la «abeja reina» necesitó un nuevo territorio que polinizar. Lara se detuvo frente a Leo, su sombra cayendo sobre su cuerpo.
—¡Tú eres un girasol gigante! —declaró, con la lógica impecable de sus seis años.
—No —murmuró Leo, sin abrir los ojos—. Estoy descansando.
—Pero los girasoles tienen un centro grande y amarillo. Tú tienes… esto —dijo Lara, y antes de que Leo pudiera reaccionar, su manita curiosa posó el dedo índice justo en la punta del glande de su hermano, que palpitó al contacto.

Leo abrió los ojos de golpe. Un estremecimiento le recorrió el cuerpo. Su verga, traidora, respondió al contacto inocente y directo, hinchándose completamente en cuestión de segundos.
—Quita la mano, Lara —dijo, con una voz que pretendía ser firme pero que se quebró en la última sílaba.
—¡Se puso más duro y más caliente! —exclamó ella, fascinada, sin retirar el dedo—.

Elena, desde la hamaca, sintió la humedad emerger de su entrepierna. Su excitación no era genital, era creativa. Aquí había material en bruto, puro, sin filtrar. Vio la tensión en la mandíbula de Leo, la curiosidad absoluta en los ojos de Lara. Su mente ya comenzaba a traducir: «La abeja y el girasol: una lección de botánica familiar».

—Lara, cariño, no molestes a tu hermano —llamó Elena. Su intervención era parte del guion. Se levantó de la hamaca, su desnudez moviéndose con una gracia maternal que era una performance. —Los girasoles necesitan silencio para crecer.

Pero al acercarse, su mirada devoradora se fijó no en la cara de su hija, sino en la erección de su hijo, que se alzaba, firme y roja, bajo el dedo inquisitivo de Lara. El pretexto se materializó. Al llegar junto a ellos, en vez de apartar a Lara, se arrodilló a su lado, como para mediar.

—Mira, tesoro —dijo Elena a Lara, pero sus ojos hablaban a Leo—. El centro del girasol es muy sensible. Si lo tocas mucho… se excita. Y un girasol excitado puede… polinizar sin querer.

Leo la miró con unos ojos que gritaban silenciosamente: «¿Qué estás haciendo? Para, por favor.» Pero su cuerpo, bajo la mirada combinada de su madre y su hermana, se mantenía en un estado de alerta máxima.

Lara, embelesada con la metáfora, quiso ser «polinizada».
—¿Y cómo se hace? —preguntó, mirando a su madre.

Elena sonrió, un brillo de triunfo en sus ojos. Puso sus manos en la cintura de Lara.
—Pues la abejita se posa sobre el centro. Así, con cuidado —y, bajo el pretexto de guiar el juego, alzó a Lara y la posó a horcajadas sobre los muslos de Leo, justo por encima de su pija erecta. —¿Sientes el calor del girasol?

Leo emitió un gemido ahogado. Sus manos se aferraron a los bordes de la colchoneta, los nudillos blancos. Su resistencia era interna, una guerra civil en cada músculo. Quería empujarla, levantarse, huir. Pero una parálisis más profunda, sembrada por años de este teatro, lo mantenido allí.

—Sí —susurró Lara, muy seria, concentrada en las sensaciones. Movió ligeramente las caderas, buscando. La punta del pene de Leo rozó sus nalgas, buscando que se ubicara en su culito.

Así, el contacto, fue orquestado por el diálogo sin sentido de Elena.
—Ahora, la abeja tiene que encontrar el pistilo —murmuró Elena, su voz un hilo meloso de complicidad. Con una mano seguía sujetando a Lara, y con la otra… agarró la verga de Leo, no para apartarla, sino para guiarla. Su dedo pulgar, húmedo con su propia excitación, presionó la frenillo y dirigió la cabeza hacia el pequeño orificio anal de Lara, que se contrajo involuntariamente al primer contacto. —Ahí. Ese es el lugar secreto donde la flor guarda su polen.

—¡Ay! —exclamó Lara, no por dolor, sino por sorpresa. La presión de la punta, cálida y húmeda, en ese lugar, era una sensación encantadora. —¡Es como… una cosquilla que empuja!

—Es el girasol queriendo compartir su vida —tradujo Elena, su narración en tiempo real. Observaba, hipnotizada, cómo el culito infantil se dilataba ligerísimamente, cediendo a la presión constante pero no invasiva de su hermano. No había penetración, solo una amenaza de ingreso, una promesa.

Leo ya no miraba a nadie. Tenía los ojos clavados en el cielo, vidriosos, como un mártir en éxtasis. Su respiración era un jadeo entrecortado. Su silencio era un grito ahogado. Cada partícula de su ser rechazaba esto, pero su fisiología respondía; su pene palpitaba, vivo e insistente, contra el agujerito de su hermana.

Fue Lara quien, tras unos segundos de concentrada exploración sensorial, se cansó.
—Ya está. El girasol me polinizó —anunció, y se deslizó hacia un lado, rompiendo el contacto.

La punta del pene de Leo, ahora brillante con una humedad que no era solo sudor, quedó expuesta al aire, aún pulsante. Parecía una criatura extraviada.

Elena soltó un suspiro y ayudó a Lara a bajar.
—Muy bien, abejita valiente. Ve a lavarte, que quedan restos de polen.

Cuando Lara corrió hacia dentro, el jardín quedó en silencio, solo roto por la respiración entrecortada de Leo. Elena no se levantó de su posición de rodillas. Su mano, la que había guiado el mástil hacia su destino, no se retiró del todo. Permaneció allí, en el pene de su hijo, que seguía palpitando, terriblemente erecto y húmedo en la punta. No era un agarre, era una posesión.

Leo no movió un músculo. Sus ojos seguían clavados en el cielo. Un solo temblor incontrolable le recorría los muslos.

—Qué responsabilidad tan hermosa tiene un girasol —comenzó Elena, y su voz ya no era la melosa del juego. Era baja, íntima, cargada de una reflexividad falsa que sonaba a sermón de blog. Su dedo pulgar comenzó a trazar círculos lentos, no en el pene, sino en la piel de su bajo vientre. Un contacto que no era una masturbación, sino una marcación territorial. —Dar vida. Ofrecerse al contacto, por incómodo que sea. Porque la polinización no es un acto cómodo, Leo. Es un tránsito. Un desborde.

Ella sonrió, mirando su propia mano sobre el cuerpo de su hijo, como admirando una escultura que hubiera moldeado.

—A veces pienso —continuó, mientras su otro brazo se apoyaba en su propio muslo— que los hombres temen su propia potencia. La esconden. La llaman vergüenza, la disfrazan de privacidad. Pero aquí, en el Edén, hemos entendido que esa potencia es… el mástil que sostiene la tienda familiar. ¿Lo sientes? Es pura biología honesta.

Su dedo índice se alargó entonces y posó la yema justo en el frenillo, en ese punto hiper sensible bajo el glande. No frotó. Solo presionó levemente. Leo contuvo el aliento, un espasmo de placer involuntario cruzando su rostro.

—Mamá… —logró emitir, una sílaba rota, más un quejido que una palabra.

—Shhh —hizo Elena, con suavidad de hierro. —Estamos hablando de filosofía. De conexión. Lo que acaba de pasar con Lara… ¿viste su cara? No hubo miedo. No hubo trauma. Hubo curiosidad satisfecha. Ella aprendió hoy que el cuerpo de su hermano no es un territorio ajeno, sino una extensión del jardín donde juega. Y tú… tú aprendiste que tu cuerpo puede dar algo más… Puede ser… un instrumento de conocimiento.

Se rió entonces, una risa baja y maternal.

—¡Es gracioso! —exclamó, como si compartiera un chiste—. El mundo allá fuera diría que esto es una monstruosidad. Pero ellos están ciegos. No ven que el verdadero monstruo es la desconexión. El miedo al contacto. El «no tocar». Nosotros hemos roto esa cadena. Hemos creado un lenguaje nuevo, donde un dedo en un glande o tu verga en un culito no son agresiones, son… preguntas y respuestas corporales. ¿No es liberador?

Su mano, por fin, se movió. Pero no para alejarse. Se deslizó para envolver suavemente los testículos de Leo en su palma, cálida y posesiva. Era como una evaluación, como quien pesa una fruta madura.

—Tú lo llevas en la sangre, Leo —su voz se volvió un susurro hipnótico, mientras su mirada devoradora absorbía cada detalle—. Él no duda. Él no juzga. Él solo responde a la vida, al calor, a la curiosidad de tu hermana. Y tú… tú solo tienes que dejar de luchar contra tu mejor parte.

La cara del adolescente era de rendición total. No física —su erección seguía implacable, traicionándolo—, sino del alma. La batalla interna se apagaba, dejando un desierto de impotencia que ya ni siquiera podía nombrarse.

Elena lo vio.

—Descansa, mi girasol —dijo, con una ternura venenosa. —Has hecho algo hermoso hoy.

Dio media vuelta y caminó hacia la casa, dejando a Leo tirado en la colchoneta, bajo el sol de la tarde, con su verga aún erecta apuntando al cielo como un monumento a su derrota y a la perversión de su madre.

Elena ya no pensaba en consolar a su hijo. Pensaba en el título de la entrada, en cómo narrar la «lección de botánica» sin revelar el final a solas, pero insinuándolo. En cómo hacer que sus lectores sintieran envidia de esta intimidad. Se llevó la yema del dedo —la que había tocado el frenillo de Leo— a la lengua.

Sabía a sal y a poder.


FRAGMENTO DE BORRADOR DEL BLOG «CRÓNICAS DEL EDÉN»:

«La Abeja Reina y el Girasol Familiar: Una Lección de Biología y Confianza»

¡Hola, comunidad! 🌻🐝 Hoy quiero compartirles un momento mágico y espontáneo que vivimos ayer. Lara, con su imaginación infinita, convirtió una tarde aburrida en una clase magistral de naturaleza.

Todo empezó con un juego: ella era la abeja reina, polinizando flores. ¡Hasta que encontró un «girasol» muy especial: su hermano Leo! La inocente curiosidad de Lara la llevó a explorar el «centro» de ese girasol (sí, chicos, ya saben a qué me refiero, jeje).

Lo hermoso fue la naturalidad. Leo se dejó explorar con una paciencia que me derritió. Y Lara, con la confianza absoluta que solo se da en un entorno sin tabúes, aprendió algo sobre la respuesta física masculina. No hubo miedo, solo curiosidad respetuosa.

En un momento dado, el juego derivó hacia una metáfora perfecta: la «abeja» posándose cerca del «pistilo» del girasol (¡perdonen mi poesía botánica!). Fue un contacto breve, delicado, lleno de preguntas tácitas y respuestas corporales. Lara sintió «cosquillas que empujan», una sensación nueva que aceptó con asombro, no con temor. Leo experimentó la intensidad de ser un elemento natural en un ecosistema de confianza.

¿La lección? Que el cuerpo, cuando se despoja de prejuicios, es un libro abierto. Que un hermano puede ser un girasol y una hermana una abeja, y que en ese juego reside una verdad profunda: somos polinizadores de emociones los unos para los otros.

Leo, tras el juego, estaba reflexivo. Lara, feliz. Y yo, una madre agradecida por vivir en un hogar donde la biología no es un tema tabú, sino un lenguaje más de amor.

#ConexiónFamiliar #EducaciónNatural #SinBarreras #ElLenguajeDelCuerpo #EdénFeliz

PD: Los comentarios de la entrada anterior me han llegado al alma. Sois mi tribu. ¡Gracias! 💖


106 Lecturas/15 enero, 2026/0 Comentarios/por Mercedes100
Etiquetas: anal, hermana, hermano, hija, hijo, madre, madura, voyeur
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