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Fetichismo, Gays

Internado para varones «San Ignacio» Capítulo 2: Fiebre adolescente.

Los jóvenes niños, llenaban en salón de gemidos, embestidas y el delicioso sonido de los testículos abrazando la carne ajena. La entrepierna de Ángel, parecía una piedra, tan firme, mojada y vulgar.

Ángel

Día 3

—Amén. —dijeron todos al unísono—.

Tras finalizar la misa mañanera diaria, Ángel saludó a sus compañeros docentes y se dirigió a su salón.

Era su tercer día, el anterior acabó exitosamente tranquilo y rogaba que este tercero también. No quería problemas o distracciones, que lo llevaran a un regaño en la capacitación de este viernes.

Ya se había ganado a sus alumnos, lo adoraban y él a ellos también. Les había creado tareas interactivas que los niños ya habían dejado de insistir en el juego que ese tal Sánchez les mostró: El caballero y los pequeños trolls. No recordaba de qué trataba, o siquiera si le contaron de qué iba, no quería recodárselos e iniciar de nuevo esa conversación.

Tampoco había visto nada fuera de lo común, ni vuelto a ver a los niños del primer día y eso le agradaba. O al menos, eso quería creer.

Finalizó la jornada escolar del tercer día y se quedó en su salón acomodando libros y demás cachivaches escolares, hasta que él edificio completo se sumió en el silencio.

«Verga, crayolas.» Tenía planeado una actividad para mañana y las necesitaba.

Ya se las había pedido al Director y le habían entregado la llave de la bodega.

Tomó su llave y se dirigió a la planta baja. Cruzando las oficinas directivas, observó por las ventanas descubiertas, que ya se encontraban vacías.

llegó a la bodega, un pequeño cuarto lleno de material escolar y que tenía una ventana a un aula, que se hallaba tapada con una espesa cortina negra.

Tomó una caja vacía y comenzó a llenarla de diez paquetes de crayolas, los niños tendrían que formar parejas para compartirlas. No importaba, funcionaría.

Cuándo estaba por abandonar la bodega, susurros le agudizaron la audición.

Se asomó al pasillo, pero todo estaba sumido en la soledad.

Dejó asentada su caja y jaló mínimamente la cortina para ver si esos ruidos provenían del salón.

Sus pupilas se dilataron, llenando su ojo de un negro abismal. De su retina se reflejaba una escena:

Dos adolescentes, seguramente de segundo año de secundaria. Lo pudo adivinar, ya que su pantalón gris y el cuello azul celeste del polo de uno, los delataba.

Ambos jóvenes, se devoraban la boca con tanta pasión, que Ángel se llevó los dedos a los labios, cómo si fuera él quién estaba en esa escena.

El adolescente castaño más alto, tomaba de la cintura a su compañero. Cruzaba sus manos claras por todo el cuerpo del más bajo, pasaba de su cintura, a sus glúteos, los cuáles amasaba con desesperación, luego los pasaba a sus delgados brazos blancos y finalmente a su cabello azabache, para empujarlo más a su propia boca.

Sus lenguas desaparecían en un morboso baile y volvían aparecer para repetir la misma acción.

Ángel no podía evitar ver, que en los pantalonera grises de aquellos adolescentes, se abultaban sus erecciones, formando carpas en cada uno.

Quería apartar su mirada, sabía que no podía seguir viendo y se maldijo por tener tan mala suerte, encontrando adolescentes calientes cada cuánto. «¡Dios! ¿Por qué es tan cierto los estereotipos de colegios católicos?»

Clásico, internados religiosos siendo el despertar sexual de los jóvenes.

Tomó voluntad de dios sabe dónde, pero cuando estaba apartándose de esa ventana decidido a ir a su salón…

El adolescente castaño, con una sonrisa ladeada, tiró del pantalón ajeno y dejó al descubierto la piel blanca y lampiña del culo de su amigo. Y así, tan fácil, toda la voluntad de Ángel se desvaneció.

—Para. Ya fui el pasivo un chingo de veces, Richard. —espetó el chico, mientras el castaño, no paraba de besarle el cuello y masear sus nalgas—.

—Nadie te manda a tener un culote. Mira nada más como me traes. —El bulto de Richard, era una enorme carpa en sus pantalones—.

Una corriente de electricidad, recorrió el cuerpo de Ángel, cuando el adolescente azabache se agachó frente al castaño, al parecer de nombre Richard.

Tiró de su cierre y dejó salir la verga gruesa de su amigo, la cual rebotó golpeando su mejilla. El joven pasivo, la recibió con una sonrisa.

Ángel trató de apartar la vista. Diciéndose lo mal que aquello estaba. Otra vez.

Se culpaba por no poder irse a su salón de una vez, se repetía nuevamente, que si se quedaba, él era un asco. Repetía tanto aquellas palabras, que casi lo volvía una verdad.

Pero el bulto de su pantalón, le pedía liberarlo. Le susurraba que lo deje salir, que lo disfrutarían y si nadie los veía, ¿dónde estaba lo malo?

Un impulso de su propia entrepierna, lo obligó a mirar la virilidad del joven Richard.

Era demasiado gruesa para su edad, con una ligera cubierta de vellos delegados. Su verga debía medirle unos quince centímetros, pero para la edad, estaba muy bien. Ese niño, haría felices a varios con esa herramienta.

El adolescente azabache, hundió su rostro en los enormes testículos apenas peludos de Richard, y olió tan profundamente como si de una droga se tratara.

No contento con ello; lameó todo el escroto adolescente, y uno por uno, engulló cada testículo.

—¡Hijole, mariconcito! Sí que extrañabas mis huevos. —dijo sosteniéndose del pupitre—. Eres el más rico del salón, José. Toda una putita

Richard, comenzó a desabrocharse la camisa blanca, mientras su amiguito seguía devorando sus huevos cargados. Poco a poco, el castaño fue revelando su blanco pecho, y Ángel, no pudo evitar perderse en el abdomen bien definido del adolescente.

Ahora sin camisa, Ángel notó el camino de vellos oscuros que bajaban hasta el bosque en su entrepierna.

El tal José, dejó de degustar aquellos testículos, para llenar su boca con la verga del joven machito frente suyo. Como todo un experto, llevaba aquel trozo de carne hasta la base, y girando en circulos su lengua a través de el glande rosado del adolescente.

¿Cuántas veces lo habrán hecho mamar para tener ese nivel de experiencia?

Ángel recordó su pasado sexual, el como de todos los hombres con los que se había acostado, ninguno tenía ni la mitad de talento que aquel niño, apenas adolescente.

Sacudió la cabeza para regresar a la realidad, y justo para ver, cómo Richard tomaba del cabello de su igual, para llevarlo a su axila. Tomó la parte trasera de la cabeza de José y la restregó con pasión en él.

El otro joven, intentó safarse del agarre del castaño, pero su abusador lo sostenía con fuerza, presionándolo con más fuerza en su sobaco; como si quisiera impregarlo con su hedor, dejando en claro, que con aquella acción, lo declaraba suyo.

«Tan joven y tan posesivo» pensó Ángel.

Richard, ya prácticamente desnudo, tomó bruscamente a su amigo, quien ya solo llevaba el polo escolar; lo acostó en el pupitre y acomodó su cadera de tal forma, que el culo blanco de José, quedara a su merced.

Tomó su tronco babeado por la mamada de hace minutos, y la llevó al anito del azabache, así sin más, sin lubricante, sin ir suavemente, al contrario. Tomó al cabello de su pequeño amante con una mano, con la otra su cadera y dejó ir sus quince centímetros dentro del hoyo de su amigo.

José, pegó el grito al cielo e intentó volverse, pero el castaño había decidido lo contrario y el tenía el control.

Ignorando las súplicas de su amante, el castaño aumentó las embestidas.

Ángel tuvo que moverse al otro extremo de la ventana para ver mejor.

Ya había caído en la tentación y no quería volver atrás.

Tomó su cinturón y como si fueran cadenas que lo retenían de la libertad, tiró de ellas para dejar fuera su propia erección.

Su trozo erecto, estaba en su tamaño máximo. La escena lo tenía tan caliente—nuevamente— que su glande no paraba de producir líquido preseminal.

Haciéndole caso a sus deseos, dejó sus pantalones en sus tobillos, se acomodó y comenzó a masturbarse lentamente.

Nuevamente en la escena adolescente, Richard tapaba la boca de su víctima, ahogando sus palabras de suplica, mientras su verga seguía profanando el ano de José.

Después de unos minutos del chico intentando safarse de la penetración a pelo y sin lubricación, finalmente cedió al placer que su cuerpo ya no podía ocultar. El joven José, pasó de ahogar lamentos, a ahogar gemidos de placer compartido.

El abusador, Richard, bufaba como toro, era evidente que era un macho hecho y derecho.

Movía sus caderas agilmente, como si fuera un baile, y como si fuera un mago, su verga desaparecía salvajemente en el hoyo estrecho de su amigo.

Jaló del cabello al azabache y lo colocó de rodillas, penetrando ahora la boca del joven.

Sin usar sus manos, Richard guiaba las embestidas orales.

José, tragaba aquel trozo como si fuera un bebé hambriento en busca de su biberón. En su tierna boca rojiza, esos quince centímetros, desaparecían y aparecían pero ahora llenos de saliva, la cual chorreaba por todo el tronco hasta llegar a las bolas cargadas de Richard.

Tomó a su pequeño amigo y lo acostó boca arriba del pupitre, tomó sus piernas y Ángel pudo ver el hoyito rojo y ya abierto de José.

Su propia verga seguía escurriendo precum como si se tratara de un tubo con fuga, pero Ángel lo disfrutaba. Tomaba una gota de su líquido y lo llevaba a su lengua, degustando el insaboro fluido.

Posteriormente, embarró toda su verga del precum y sintió como su mano bajaba con más facilidad.

El adolescente castaño, ingresó su verga una vez más, en la entrada de su amigo y comenzó a penetrar suavemente. José, era una fuente de gemidos y suspiros de anhelo, placer y gusto.

Subiendo un pie en la silla de a lado, Richard aumentó las embestidas con un bello ritmo nuevo. Ritmo que producía el tan bello sonido del choque de dos carnes.

La propias nalgas blancas de Richard, se abrían y cerraban cada que penetraba a su amiguito. Ángel estaba embelesado por el gran culo del joven activo, dejando ver el ano estrecho de Richard. Se preguntaba, si ese niño disfrutaría aguantar una verga tanto como la daba.

José, tenía los ojos cerrados, abriendo sus regordetas nalgas como ambas manos, como si quisiera que su interior se abriera aún más para esa verga adolescente.

Los jóvenes niños, llenaban en salón de gemidos, embestidas y el delicioso sonido de los testículos abrazando la carne ajena.

La entrepierna de Ángel, parecía una piedra, tan firme, mojada y vulgar que pedía a gritos ser ordeñada. Pero Ángel planeaba disfrutar más tiempo ese espectáculo visual.

—Ay, ay ay. Sí, así. —aquellas súplicas de José, ni eran palabras, eran frases arrastradas por el placer—.

—Eres mío putito. Díselo al cabrón de Olivares. —como si fuera una maldición, el castaño sentenciaba con rabia y placer—.

Cada que te quiera cojer, recuerdale quién es tu macho.

Tal vez por la rabia, Richard aumentó sus embestidas, logrando sacarle gritos de placer a José. El joven pasivo, pedía más y más.

Ángel ahogaba sus propios gemidos, había alentizado su masturbación aun más, ya que sentía la leche salir. Sus huevos le dolían, le suplicaban ser vaciados, así que se obligó a soltar un momento su verga para parar el inminente orgasmo.

José llevó sus delicadas manos a su pequeña erección, masturbándose con rabia, mientras su pequeño macho, ya no embestía, taladraba.

Desde su posición, Ángel veía claramente la verga de José iluminada por su precum.

Su mirada se dirigió al culo prominente del pequeño pasivo, tan gordo y siendo embestido por Richard.

Anhelaba sentir ese hoyito adolescente. Se preguntaba, cuán apretado estaría, cómo engulliría su verga.

Envidiaba al adolescente activo. Debería ser él quién inundara de placer a un culito tan hambriento. Solo él podría llenarlo de verdad. Un verdadero hombre. No ese tal Richard, apenas un adolescente.

La verguita del pasivo, explotó en su pecho, inundándolo de ese espesor blanco, manchando su delicado pecho desnudo.

Richard al ver lo que provocó, se perdió en el placer y aumentó aún más sus embestidas, ahogando sus gemidos por el sonido de sus huevos golpeando el culo de su víctima.

—¡Sí! –gritó José con los ojos entornados—.

Con rabia, Richard sacó su verga de aquel hoyo y solo masturbando dos veces su verga, varios chorros calentitos llenaron el culito de su putito.

—¡Ohhh! —exclamó Richard—.

La propia leche de Ángel, estaba subiendo a su glande lista para manchar todo, pero Ángel la retenía aún, para disfrutar el desenlace.

Pero, cuando el castaño abrió las nalgas del pasivo, dejando ver su hoyito abierto, rojo y lleno de leche, Ángel perdió el control de su propio cuerpo a su escena favorita.

Seis chorros de espesa leche, formaron una piscina en el piso de la bodega. Tenía toda su mano derecha manchada del fruto de su disfrute.

Lo que se le hizo más fácil, fue devorar la lechita derramada en su mano, degustando su salado y espeso sabor. Lo había disfrutado. Uno de los mejores orgasmos del mes sin duda.

Tomó la hoja de un periódico viejo y limpió su desastre del piso. Se colocó sus pantalones y tiró la bola de periódico ahora sucio.

Cuando se encaminaba a irse, decidió espiar qué hacían sus bellos niños.

Los adolescentes, se iban acomodando su uniforme nuevamente, mientras compartían un tierno beso.

Pero en eso, divisó al Hermano Elías entrando a la estancia.

Se asustó y se escondió tras la cortina. Del salón solo escuchó la reprimenda del Hermano.

—Ustedes dos otra vez, a la oficina del Hermano Salvatierra. ¡YA!

Escuchó los pasos de los tres irse. Esperó unos minutos más y cuando pasó el tiempo suficiente, abandonó la boquega.

Se sentía mal, otra vez. Había caído otra vez. Lo había disfrutado, otra vez. Y ya no le estaba gustando sentirse así.

Su entrepierna yacía manchada de su travesura anterior, lo tapó con la caja de crayones y se dirigió al salón.

Al pasar nuevamente por la dirección, notó que las cortinas estaban cerradas esta vez.

De la estancia, sollozos se escapaban. Esos jóvenes estaban teniendo una buena reprimenda.

O bueno, no estaba seguro, no quería quedarse a averiguar.

 

De vuelta en su salón, se sentía raro. Una sensación de culpa mezclada con tristeza.

Hoy finalmente aceptó que hallaba placer en cuerpos tan pequeños, pero se odiaba por aquello.

Dejó las cajas de crayones en los pupitres y abandonó su salón.

Sería una noche llena de odio a sí mismo, pero aunque lo negara; en el fondo sabía que quería ver más de lo que esta escuela le podría ofrecer. Y con solo dos días para la capacitación, la escuela tendría muchísimo para ofrecer.

 

 

33 Lecturas/28 noviembre, 2025/0 Comentarios/por El autor
Etiquetas: amiguito, culito, culo, hermano, joven, mamada, orgasmo, secundaria
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