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Fetichismo, Gays, Intercambios / Trios

Internado para varones «San Ignacio» Capítulo 7: La clase de anatomía

Pronto, se acercó a la puerta mirando como los niños acostados cerraban sus ojitos mientras los dedeaban, otros miraban fijamente el dedo de sus compañeros entrar y salir. Veinte niños de solo ocho años, jugaban sus anitos sin una pizca de vergüenza. .
Capitulo anterior: https://sexosintabues30.com/relatos-eroticos/dominacion-hombres/internado-para-varones-san-ignacio-capitulo-6-el-castigo-de-jorgito/

Primer capítulo: https://sexosintabues30.com/relatos-eroticos/fetichismo/internado-para-varones-san-ignacio-capitulo-1-el-primer-dia/

 

Ángel Figueroa

La clase de anatomía

Ángel despertó y se dió cuenta que no estaba en su habitación. Entornó los ojos intentando reconocer el lugar. Pronto, escuchó la puerta del baño abrir y salió Samuel de ella. Completamente, desnudo y con la verga morena de fuera, su mejor amigo andaba recién bañado y en busca de su ropa interior.

— Ya levántate, cabrón. —dijo Samuel golpeando su pierna—. Ya va ser hora de clases.

— ¿Dónde estamos? –preguntó Ángel con voz ronca—.

— En mi cuarto. Ayer nos pusimos hasta el culo con Zuriel y cogimos unos alumnitos toda la noche. —empezó a vestirse mientras hablaba— Quedaste bien mal y te dejé en mi cuarto.

– No mames, nunca me había sentido tan… tan bien.

— Te dije que era el lugar perfecto para ti. Desde la capacitación no paraste. —le reclamó Samuel riendo—.

«La capacitación…» pensó Ángel.

 

Después de la capacitación del viernes, Ángel les confesó a sus nuevos amigos (Zuriel y Luis) que ahora disfrutaría todo lo que había perdido los primeros días que no conocía el secreto de este colegio. La respuesta de sus amigos, fue irse de fiesta todo el fin de semana. Ese plan inclyó bellos niños que se quedaron el colegio durante esos días. Ahora era lunes, y sería la primera vez de Ángel en el aula sabiendo lo que podía hacer…

 

Entró a bañarse aún en la habitación de Samuel y salió renovado. Su habitación estaba del otro lado de los edificios, así que su amigo le prestó un conjunto de ropa para no llegar tarde. Más o menos tenían la misma proporción, aunque las camisas le quedaron apretadas de los músculos.

Cuando ambos continuaban arreglándose, Ángel se acercó a Samuel.

— Ahora que lo sé. ¿Qué puedo hacer hoy? ¿Cuántas veces?

— Calma ahí, wey. —Dijo Samuel tomándolo de los hombros—. Hacemos lo que hacemos, pero sigue siendo un colegio. Tienes clases, planeaciones que hacer y evaluaciones que realizar. No es todo el día sexo, cabrón.

Vio el rostro desanimado de su amigo y río.

— Tranquilo, son ¿qué? ¿Siete horas de clase? Usa cinco para darle duro al estudio y las últimas dos, para darles duro a ellos. Recuerda que no puedes retenerlos porque tienen deportes y clubes el resto del día.

Ángel suspiró. Pues claro, era un colegio al fin y al cabo. Se sintió tonto por creer que usaría las siete horas de orgías, sexo y culitos.

Abandonando el ala de maestros rumbo a sus clases, Ángel tuvo una maravillosa idea.

— Clases. Biología. ¡Hoy les toca biología! —Ángel echó a correr dejando a su amigo atrás—.

En realidad, era la clase de Ciencias naturales pero entendían el punto de Ángel.

Siguió el consejo de Samuel. Las primeras tres horas, correspondieron a matemáticas y español. Los niños salieron al desayuno y al regresar, dió una hora más de literatura. Cuando llegó la hora de ciencias naturales, Ángel comenzó su plan.

— Bueno pequeños, ya es tiempo de volver a nuestra clase de ciencias naturales. Sé que la semana pasada vimos el reino animal, pero hoy nos vamos a centrar en el cuerpito. ¿Vale?

— ¡Sí! —gritaron los pequeños juntos—.

— Por ejemplo, ¿esta es mi…? —dijo Ángel señalando partes de su cuerpo—.

— ¡Cabeza! —respondió el grupo junto—.

— Esta es mi…

— ¡Mano!

Y así continuó con distintas partes. Consecuentemente, ordenó que se cierren las cortinas para más privacidad. Era momento de que iniciara su juevo previo.

— Voy a necesitar un voluntario. —prácticamente, todos los niños alzaron su mano dejando a Ángel pensativo—.

«Ven, Gonzalo. —dijo al final—.

El pequeño era un moreno claro, con el pelo hecho bellos rizos cuidados. Se levantó y se dirigió hacia el maestro.

Ángel lo tomó de los hombros y lo dirigió a su escritorio en el medio del aula. Apartó las cosas en él y cargando a Gonzalo, lo paró en medio de su escritorio. El pequeño de ocho añitos sonreía esperando las indicaciones de su profesor.

Repitió la dinámica de señalar partes del cuerpo de Gonzalo y que los demás lo adivinaran en voz alta.

— Pero, también tenemos partes del cuerpo que no se ven a simple vista. —tomó al niño y le dio vuelta—. ¿Cómo se llama esto?

— ¡Es el culo, maestro! —dijo Jorge antes que cualquiera otro—.

— Así es, pero ese es el nombre que usamos los maestros cuando jugamos con ustedes. El nombre que tienen que decirles a todos—menos a nosotros sus maestros, claro—, es glúteos.

Tomó las esquinas del pequeño uniforme deportivo de Gonzalo.Un short azul, muy corto. Sus dedos rozaron la piel morena de la cadera del pequeño.

De un tirón, bajó tanto el uniforme como la trusa del pequeño, dejando su bello y liso culo moreno al aire. Temía que el pequeño de ochos años se resistiera, pero el niño únicamente alzó la colita para mostrarles a sus compañeritos mejor su culito.

«No le da pena mostrarse desnudo frente a todos, al contrario, lo está disfrutando…» 

Gonzalo río al encontrarse desnudo frente a sus amiguitos, entonces empezó a mover su culito de un lado a otro, provocando que los otros niños rieran.

— Esos son los glúteos. — dijo Ángel. Tomó a Gonzalo de las caderas y volvió a voltearlo de frente—. Este es el pene.

Señaló una pequeña verguita tapada por el prepucio en forma de cono. Toda la entrepierna, completamente lisa y brillante, como solo un pequeño de ocho puede lucir.

— ¿La verga? —preguntó Mario, un pequeño castaño—.

— Sí, pero como el culo, ese es el nombre que decimos cuando jugamos con ustedes. El nombre real, es pene.

«Acérquense, vengan. —les dijo-.

Los diecinueve niños—todos rondando entre los siete y ocho años—, hicieron un medio círculo alrededor del escritorio, donde yacía su compañerito desnudo.

Acostó a Gonzalo boca arriba sobre el escritorio, justo después de despojarlo por completos de la ropa de su entrepierna. Él pequeño solo llevando su playera del uniforme veía atento como su maestro lo acomodaba en el escritorio.

— Entonces, quedamos que estos son los glúteos y si los abrimos vemos la zona perineal. —levantó las piernitas del niño dejando a la vista, su bello culito—.

«Este es el ano, cubierto por los dos glúteos. —abrió las nalgas de Gonzalo y comenzó a acariciarle el anito de forma suave—.

Ángel tragó saliva. El ano del pequeño lucía tan apetecible. Pero Ángel le prendía demasiado jugar con ellos antes de brincar directo a la acción.

El pequeño comenzó a reír al tacto de los grandes dedos de su profesor. Su entradita era más morenita que él, ligeramente abierta gracias a su rutina de vergas.

«¿Cuántas vergas habrá recibido para tenerlo abiertito a esta edad?»

Ángel suprimió las ganas de devorarle el ano al pequeño, aún tenía tiempo para jugar un poco más. Los demás niños miraban atentos a los dedos de su profesor.

— Ay, profe me hace cosquillas. —dijo divertido su pequeño alumno—. ¿Va a jugar con mi culito como los otros profes?

— Uhmm, ¿quieren jugar?

— ¡Sí! ¡Yo! ¡Yo quiero! —empezaron a gritar los niños—.

— Ok, OK. Vamos a jugar pero seguiremos aprendiendo, ¿sale?

Volvió a abrirle el culo a Gonzalo, metiendo un dedo ensalivado dentro de su anito. El pequeño comenzó a gemir mientras sonreía, se retorció un poco en su posición. Su dedo entró fácilmente en el ya usado recto infantil.

— Donde está mi dedo, es el recto. Ahí los profesores les meten su verga. —tomó la mano de Jorge, quien veía el ano de su compañero atentamente, sorprendido se dejó guiar por su maestro e hizo que el alumno lleve su dedo al interior de Gonzalo–.

Colocó la mano de Jorge justo en la entrada para tocar las orillas del ano de su amigo.

— Ese chicos, son los esfínteres que controlan la salida de la popó.

Todos los niños veían curiosos como Jorge ensartaba con su dedito a Gonzalo. Ángel ya tenía la verga dura como una roca en sus pantalones, y gracias a lo apretados qué le quedaban por ser de Samuel, la forma de su verga resaltaba a todas luces. Con un movimiento, la acomodó de lado.

Caliente como si sol viviera en su interior, tomó la mano de Jorge y guiándola, el menor comenzó un mete y saca en el anito de Gonzalo. Jorge se veía extremadamente concentrado y su amiguito, seguía gimiendo mientras lo dedeaban. Cerraba sus ojitos y echaba hacia atrás su cabeza para dejar salir los sonidos de placer. Los demás niños susurraban que ellos querían hacerlo también.

— Yo quiero sentir los esfínteres también, maestro. –rompió el silencio el pequeño Roger—.

«Vaya niños de tercer año, todos unos pervertidos.»

— Entonces, necesito más voluntarios. —la voz de Ángel pareció haber cambiado a la del inicio de clase. Estaba profundamente perdido en la calentura—.

Otros seis alumnos se acostaron en las mesas de trabajo. Se quitaron sus uniformes de deporte y dejaron que sus compañeritos jugarán con sus anitos. Ángel instruyó a cada uno de los niños sobre cómo dedear a sus amiguitos.

Pronto, se acercó a la puerta mirando como los niños acostados cerraban sus ojitos mientras los dedeaban, otros miraban fijamente el dedo de sus compañeros entrar y salir. Veinte niños de solo ocho años, jugaban sus anitos sin una pizca de vergüenza.

Ángel tenía el corazón desbocado; nunca había ni siquiera soñado con algo parecido.

Otros niños intercambiaron lugar, volviéndose ellos los que dedeaban buscando los «esfínteres»

Dejó a los pequeños dedearse entre ellos un tiempo y finalmente pidió que paren.

— Ok, niños. Vamos con el siguiente. —Angel tomó su silla y la colocó enfrente de su escritorio. Se sentó y comenzó a quitarse su pantalón. Ya sentía incómoda la verga gracias a la presión del pantalón—. Vamos a encontrar las partes del pene.

Los niños suspiraron viendo la erección de su maestro dentro de sus bóxers azules. Rápidamente, bajaron de las mesas para mirar a su maestro. La tela de su bóxer, estaba completamente estirada en forma del trozo venoso de Ángel, con la parte que cubría su glande mojada de tanto líquido preseminal que produjo viendo a los niños ser dedeados. Era bellamente enorme.

Mario fue el primero en acercarse a su profesor, sentándose al frente y siendo imitado por sus compañeros. Gonzalo y Jorge al fin dejaron de tocarse para situarse al lado de Mario.

— Esta es la verga, de nombre real: pene. —se levantó ligeramente de su silla para bajar su boxer. Alzó sus piernas y se quitó completamente el pantalón y la ropa interior–.

Lentamente, su verga de veinte centímetros salió rebotando, recostándose a la altura de su ombligo.

Los niños abrieron sus ojos de par en par gritando: «wow«.

— Cuando está así de duro…Toquenlo. —los niños se acercaron y uno por uno comenzaron a manosear la verga de Ángel. Sintió la suavidad de sus manitas en cada vena de su miembro–. …Está erecto. Cuando se ve chiquito es cuando está flácido.

Tomó la base con una mano y recostó su glande en la otra.

— Este es el cuerpo del pene. Este es el glande. —dijo señalando la cabecita llena de precum—.

— Wow, está llena de venitas. —dijo Christian, un niño alto de piel blanca—.

— ¿Qué es esto, maestro? —preguntó Mario señalando las gotitas perladas de precum—. Cuando el maestro de educación física me hace mamar su verga, a veces lo tiene también.

— Eso, Mario, se llama liquido preseminal. —tomó con su dedo una gota y lo llevó a la boca de su alumno. Mario lo recibió con muchas ganas—. Eso lo botamos los adultos cuando algo nos excita. O sea, cuando nos ponemos calientes de ver tanto niño precioso.

— ¿Es lo mismo que la lechita, profe? —preguntó Gonzalo. El pequeño se hallaba desnudo completamente, Ángel no vió en que momento se quitó la playera—.

— Similar. La lechita es lo que botan los adultos cuando les gusta mucho un culito y son varios chorros. El pre seminal es cuando apenas se está poniendo caliente el hombre y lo bota para que entre más fácil la verga. O sea, el lubricante natural. Y cómo veo tanto niño culón, ya ando botando a montones.

Los niños comenzaron a reír a la broma de su maestro y a exigir que también querían una gota de precum. No fue problema para Ángel, que tan excitado producía tanto como para todo su salón.

Se levantó y tomó a Gonzalo, lo sentó frente a él y lo hizo lamer justo donde se producía el espeso manjar.

El pequeño sacó su lengüita y la extendió por el pene de Ángel. Lo hizo estremecerse y contener la respiración.

Hizo lo mismo con los otros diecinueve alumnos. La mayoría lamiendo directo de la uretra. Quien le sorprendió, fue Diego. Un niño de cabeello en churros, de piel trigueña y de siete años. El pequeño empezó lamiendo desde la base de la verga hasta llegar a la fuente del precum.

Ángel cerró sus ojos suspirando mientras sentía las pequeñas lenguas de sus alumnos hacer contacto con su uretra. Húmedas, calientes y tan suaves, cada lengua de sus alumnos era una delicia.

– Eso que probaron, es el huequito donde sale el semen–la lechita–, y el pipí. Se llama uretra.

Tomó a Miguel y levantando su pito para dejar sus huevos colgantes, los untó en el rostro del pequeño de piel oscura, que feliz de la vida sacó su lengua para llenarlos de salivita. Le indicó a sus alumnos que ese eran los testículos y mostrándoles el escroto, hizo que cada uno lamiera sus bolas ahora duras y contraídas de la calentura.

— ¿Va sacar lechita, maestro? —preguntó Mario, nuevamente.

«A ese niño lo enamoré» pensó. Mario era un niño ni flaco, ni gordo. Tenía el cuerpo «macizo» y un culote gracias a esa complexión. Era güero de ojos avellana y pecas en el rostro. Era hermoso. Y si bien, todos los niños participaban felices, era Mario quien se veía más participativo.

— Sí, Mario. Verlos así, me pone muy caliente para producir leche a montones.

Sus alumnos vitorearon.

Preguntó quién iniciaría dándole una mamada y pronto, tenía a todos sus alumnos peleando por ser los primeros, alzando sus manitas y empujándose. Los dividió en cuatro grupos y los primeros, comenzaron a mamársela juntos. Eran Santiago, Mateo, Sebastián y Leonardo. Los cinco niños de piel morena clara. Rápidamente, los pequeños se arrodillaron y comenzaron a lamer juntos toda la entrepierna de Ángel.

— ¡Ala, profe! La tiene más grande que el Hermano Elías. —dijo Leonardo mientras lamía lentamente la base de su tronco—.

Ángel sonrió orgulloso. Realmente tenía una verga de modelo porno.

Mientras disfrutaba cinco lengüitas en su entrepierna, tomó a los restantes y los hizo lamer otras partes de su cuerpo.

Así, tenía al primer grupo lamiendo su verga, mientras dos grupos con diez niños en total, lamían su tetillas. Y el grupo de Mario, Jorge, Chri y Gonzalo, turnándose para compartir la lengua de su profesor.

Los pequeños en su verga, discutían por el glande del adulto. Ángel tuvo que llevarla a la boca de cada pequeño por turno, para evitar conflictos.

En el grupo de niños a los que besaba, Mario fue a quién besó con más pasión. Todos sus pequeños alumnos devoraban su cuerpo con ganas, pero veía la mirada de Mario, embelesado con cada parte de él. Con unos ojos deseosos por ser de su maestro. El niño era bellísimo, así que de una forma, se sintió igual que él.

Bajó la mirada, los niños uniformados compartiendo sus tetillas, lamían como gatitos a su recipiente de leche. Sobre todo Matías de siete años, quién lamía, mordía y besaba la tetilla de su maestro con tanto profesionalismo. «¿Qué maestro degenerado lo entrenó?»

Los niños del siguiente grupo de cinco, cambiaron a su verga, lameando su tronco y uretra. Algunos lo lastimaban, así que tenía que enseñarles.

Jorge y Gonzalo, eran los mejores mamadores. Eran pequeños con talento, que con solo unos toques, superaron al grupo anterior.

Cuando llegó el turno de Mario, su toque se sintió distinto. Mario lo hacía con amor, más que con curiosidad y una simple calentura. Tomó uno de sus testiculos y lo engulló, dejando a Ángel sin palabras. El niño con su lengua, comenzó a recorrer de su escroto a su glande, dejando un camino de saliva y chocando con las lenguas de sus amigos. Tuvo que soltar la boquita de Alejandro, a quien besaba, porque necesitaba bufar. Abrió grande la boca en 0 y Ale, Emiliano y Dani comenzaron a ensartarles sus lenguas.

Ángel solo tenía ojos para Mario. El pequeño robusto, podía llevarse casi toda su verga, la sacaba de su garganta y escupía en el glande para volver a engullirlo. Mario soltó la verga para dejar a Jorgito tomar control.

El pequeño tragó todo su glande y eso fue suficiente para que Ángel no pudiera más.

Se levantó bufando y sus pequeños alumnos tan bien entrenados, se arrodillaron frente suyo mientras él masturbaba su verga salvajemente. Más de ocho chorros calientes saltaron al aire aterrizando en los rostros de los pequeños al frente. Los demás, quejándose recolectaron el semen en sus amiguitos para llevárselos a su boquita. Parecían pequeñas fresas bañadas de crema, todos bellos con restos blancos en sus tiernas pieles. Algunos que no alcanzaron ni una gota, besaban a sus compañeros para en un bello beso blanco, compartir el manjar de su maestro de primaria.

Ángel estaba tan perdido en la escena, que no se dió cuenta que su hora ya había pasado. Gael, un niño alto que aún tenía la cara llena de semen, les recordó que tenían deporte y abandonaron el salón llenos de semen, varios de ellos sin short.

Ángel se desplomó en su silla y notó que el único que no se había ido era Mario. El pequeño le sonrió y tímidamente se acercó a la verga de su maestro, ya casi flácida pero con restos de semen en la cabecita. El niño tomó el glande y devoró lo restante. El pequeño lo miraba directamente a sus ojos mientras desparecía su erección en su gargantita.

«Creo que ya tengo un favorito»

Ángel se retorcía en la silla, admirando el talento del pequeño de ocho años.

— ¡Ohh Sí! —gritó–.

— Tiene una verga muy grande, maestro.

— ¿SÍ?

— Sí.

— ¿Te gusta?

El niño asintió aún penoso. Lo tomó de los delgados brazos y besó su tierna boquita, que olía a semen. De hecho, aún tenía restos en la barbilla y las mejillas. El niño tal vez era la más putita del salón, más que Jorge incluso, porque abrió su boca y comenzó a jugar con la lengua de Ángel, como un experto. Su beso fue tan intenso que al separarse hilos de saliva aún los unía.

– Ve a deporte que si no, el maestro se va a enojar.

Antes de que el pequeño abandone el aula, Ángel lo llamó.

— ¿Por qué no vienes a mi cuarto en la noche? —Mario le asintió alegremente—.

– Hoy hay toque de queda para nuestro salón, profe. Porque mañana es el festival con el maestro de Inglés. A primera hora—le dijo apenado Mario—.

— Tenemos que hablar sobre tu tarea de literatura, dile eso al encargado de tu edificio. Pregúntale a Jorge donde está mi habitación.

Mario se apresuró a llegar a su clase con Zuriel, y Ángel se quedó en su silla procesando lo que acababa de hacer. «TE AMO PINCHE ESCUELA»

 

118 Lecturas/20 marzo, 2026/0 Comentarios/por El autor
Etiquetas: amigos, amiguito, baño, colegio, dominacion, hermano, mayor, sexo
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