• Registrate
  • Entrar
ATENCION: Contenido para adultos (+18), si eres menor de edad abandona este sitio.
Sexo Sin Tabues 3.0
  • Inicio
  • Últimos Relatos
  • Publicar Relatos
  • Relatos Eróticos
    • Categorías de relatos
    • Buscar relatos
    • Relatos mas leidos
    • Relatos mas votados
    • Relatos favoritos
    • Mis relatos
    • Cómo escribir un relato erótico
  • Menú Menú
1 estrella2 estrellas3 estrellas4 estrellas5 estrellas (1 votos)
Cargando...
Fetichismo, Zoofilia Mujer

Kendrya Fox y Zeus – Parte 1

Un nuevo compañero, un delicioso pastor alemán llamado Zeus. Un auténtico macho que yo me sentí obligada a complacer. Creo que estoy enamorada de él..
Hola, mis amores, mis delicias, mis lectores.

Es mi primera vez en este foro, y después de haber leído algunas de las historias, se me antojó contar la mía; una pequeña historia, una tarde deliciosa que pasé con Zeus, un pastor alemán muy guapo y con mucha energía.

Pues bien, conocí a Zeus gracias a Ulises, un amigo del trabajo que siempre anda con sus ocurrencias. Nos encontramos en el parque, cerca de aquella estatua de un caballero en bicicleta. Ulises charlaba sobre sus clases y lo aburridos que eran los profesores nuevos, pero yo apenas prestaba atención porque Zeus estaba tumbado a sus pies, moviendo la cola lentamente. Era enorme, casi llegaba a mi cintura si estuviera de pie, con un pelaje tan oscuro que parecía absorber la luz de la tarde. Su hocico respiraba hondo, levantando pequeñas hojas secas cada vez que exhalaba. En un movimiento casual, cambió de posición, y mis ojos se quedaron pegados a sus partes bajas, donde aquellos dos huevos negros y cubiertos de pelo suave sobresalían como frutos maduros bajo el sol.

Ulises me preguntó algo sobre el trabajo, o la oficina, no recuerdo; yo seguía admirando cómo Zeus lamía su pata delantera, cada lengua lenta y deliberada, mientras sus músculos se tensaban bajo el pelaje grueso. Noté cómo el animal giraba la cabeza hacia mí, sus orejas erguidas como antenas captando mi fascinación silenciosa. Olía a tierra mojada y a sol tibio, ese aroma crudo y salvaje que me hizo inhalar profundamente sin darme cuenta. Ulises suspiró. «Kendrya, ¿escuchas?» dijo, medio riendo, medio molesto. «Insististe en venir al parque, y ahora ni siquiera me oyes.» Yo sonreí torpemente, apartando apenas la vista de Zeus mientras él se levantaba con un estiramiento completo que dejó sus bolas oscuras suspendidas un instante antes de regresar al suelo con un acompasado balanceo.

Me tuve que disculpar con Ulises. Sí tenía ganas de verlo y hablar con él, pero no sabía que iba a llevar a semejante semental, ese macho con esos enormes huevos. Se me hacía agua la boca, pero tenía que disimular. De algún modo, tenía que llevarme a Zeus a casa, pero no sabía cómo.

Entonces, se me ocurrió una idea mientras Ulises hablaba de sus problemas con su jefe. «¿No te preocupa el pelaje de Zeus? Se ve tan… incómodo», mentí, señalando al perro que ahora olfateaba mis zapatos con curiosidad. Ulises arrugó la frente: «¿Incómodo? Siempre está así en verano». Aproveché el hueco como una espada desenvainada: «¿Por qué no lo llevas al veterinario? Parece que necesita un chequeo… y quizás un baño». Mentí descarada, sabiendo que el pastor alemán lucía espléndido bajo el sol poniente; cada músculo tallado, cada movimiento fluido como seda negra.

La duda cruzó los ojos de Ulises mientras Zeus apoyaba su enorme cabeza en mi muslo, la lengua colgando rosada. «Quizás tengas razón… pero no puedo hoy, tengo cena familiar». Contuve una sonrisa victoriosa y acaricié la oreja tersa del perro, sintiendo su cartílago cálido bajo mis yemas. «Te lo llevo yo», solté, demasiado rápido. Él entrecerró los ojos: «¿Tú?». Asentí con energía fingida: «¡Claro! Tengo tiempo libre. Lo llevo a casa, le doy un buen baño. Puedo pasar rápido a comprar un champú especial». Zeus gruñó bajo, una vibración que recorrió mi pierna mientras sus ojos ámbar me perforaban con una intensidad que aceleró mis latidos. «Y le preparo pollo hervido con arroz», añadí rápido, sabiendo que Ulises siempre presumía de lo quisquilloso que era Zeus con la comida. «Mañana mismo te lo devuelvo reluciente y alimentado».

Ulises se rascó la nuca dubitativo. «Yo lo digo por el pelaje, y porque comienza a oler mal, y no vaya a ser que desarrolle alguna infección en la piel. Lo mejor es bañarlo cuanto antes». Su frente se arrugó mientras observaba a Zeus, que ahora apoyaba el hocico húmedo contra mi muslo, respirando cálido a través de mi falda ligera. «Bueno…» Ulises suspiró, derrotado por mi insistencia y quizás por su propia pereza. «Solo por hoy. Pero ten cuidado con él, Kendrya. Es fuerte y puede ser… impredecible.» Sus palabras resonaron como música mientras desataba la correa del perro y me la entregaba. El cuero grueso y tibio se cerró en mi mano como un tesoro. Zeus se levantó de un salto, sus músculos ondulando bajo el pelaje corto, esos enormes testículos oscuros balanceándose entre sus patas traseras con un movimiento hipnótico. «Y promete darme noticias,» añadió Ulises mientras yo ya tiraba suavemente de la correa hacia la salida del parque. «¡Claro, claro!» grité por encima del hombro, la sangre cantando en mis oídos mientras el perro trotaba obedientemente a mi lado. Su aliento caliente olía a carne cruda y tierra, un aroma salvaje que llenaba mis fosas nasales.

Caminamos rápido, casi corriendo, hacia mi apartamento. Para ese entonces, yo sentía que me escurría entre las piernas; estoy segura de que casi casi dejaba un chorro viscoso en el piso. El corazón me latía con furia de tan solo imaginarme a solas con ese perro inmenso.

«Tranquilo, mi amor,» le susurré a Zeus mientras cerraba la puerta de mi estudio con llave, con dedos temblorosos. El apartamento quedó en silencio, solo roto por su respiración profunda y el golpeteo de sus uñas contra el suelo de madera. Me arrodillé frente a él, sintiendo cómo el calor de su cuerpo irradiaba hacia mi pecho. «Qué guapo eres,» murmuré, deslizando las manos por su cuello ancho, la piel suave y caliente bajo mi tacto. Su pelaje olía a macho, ese aroma terrenal y crudo que me hizo humedecer los labios. «Tan fuerte… tan grande…» Le rasqué detrás de las orejas, y él inclinó la cabeza hacia mi mano, emitiendo un gruñido bajo de placer que reverberó en mis huesos. Mis ojos no podían apartarse de esos testículos pesados, oscuros como ébano, colgando entre sus muslos poderosos.

«¿Te gusta que te mime, mi rey?» le pregunté, voz ronca de deseo mientras empezaba a desabotonar mi blusa con manos temblorosas. Cada botón cedía con un chasquido suave, revelando mi piel perlada de sudor y pecas. Zeus observaba, inmóvil, sus ojos ámbar clavados en mis movimientos como si comprendiera cada intención. El aire fresco del ventilador rozó mis pechos desnudos, haciendo que mis pezones se endurecieran al instante. «Mira cómo me pones,» suspiré, dejando caer la blusa al suelo. Él olfateó el aire, hocico húmedo apuntando hacia mis pechos, su respiración caliente rozando mi piel. Bajé las manos a mi falda, deslizando lentamente la cremallera mientras hablaba en tono dulce y arrullador: «Voy a ser solo tuya esta noche, ¿sabes? Toda para ti…»

Cuando la falda cayó, quedé en ropa interior —un tanga negro diminuto— y Zeus dio un paso hacia adelante. Su hocico rozó mi muslo, caliente y húmedo, haciendo que un escalofrío me recorriera la espalda. «¿Quieres más, mi amor?» gemí, deslizando los dedos por las costuras de mi sostén. Lo solté, dejando que mis pechos pesados cayeran libres, los pezones rosados y erectos brillando bajo la luz tenue. Él lamió el aire, como si pudiera saborear mi excitación. Agarré su cara entre mis manos, sintiendo la poderosa mandíbula bajo mis palmas. «¿Quieres un besito, mi amor?», le pregunté en voz baja, mientras acercaba mis labios a su hocico.Lo besé; besé sus labios, besé su hocico, lamí y chupé su lengua. El aliento de su hocico me inundaba la boca; era un aliento fuerte, pesado, que me cautivaba.

Mis manos se fueron hacia sus caderas, con caricias, mientras yo me sentaba en el piso, recostada contra el sofá, de frente a él con las piernas abiertas.»Ven, mi amor», le dije, jalándolo para besarlo de nuevo. Sus patas traseras estaban entre mis piernas; mi tanga estaba empapada y en ese momento ya era simplemente un estorbo.

Me recliné un poco más para tenerlo encima de mí, mientras Zeus aprovechaba para pasar sus patas delanteras por encima de mis hombros, poniéndose encima de mi pecho y mi cara.En esa posición, con sus patas delanteras a la altura de mi cabeza, él estaba erguido frente a mí. Yo me quedé mirando hacia abajo, desde sus patas me dirigí hacia sus testículos oscuros y enormes, colgantes, y luego hacia su pene, que aún estaba retraído.»Cariño», le susurré con voz suave, mientras mis manos acariciaban sus patas, bajando hacia sus muslos poderosos, «eres tan hermoso… tan fuerte».Sus ojos ámbar me observaban desde arriba mientras yo seguía recostada ahí, completamente desnuda salvo por mi tanga.»Ven, mi Zeusito, ven más cerca», le susurré mientras él inclinaba su cabeza hacia mí; yo aproveché para lamérsela de nuevo, saboreando su piel caliente y húmeda, con ese olor fuerte que me hacía sentir mareada de deseo.Sus testículos estaban ahí, colgando apenas sobre mi vientre, y yo podía sentir su calor incluso sin tocarlos, así que comencé a acercarme más.

Para poder admirar mejor esos enormes huevos y estar en contacto con ellos, necesitaba cambiar de posición. Así que me giré y me coloqué completamente boca arriba en el suelo, bajo su cuerpo mientras él estaba encima de mí con sus cuatro patas apoyadas en el suelo a cada lado de mi cuerpo.Ahí era perfecto: Zeus estaba sobre mí, como un techo vivo, y yo podía ver esos testículos oscuros colgando justo encima de mi cara, apenas a unos centímetros. Olían intenso, agrios, amargos, pesados, un olor a macho con algo salvaje que me hacía querer inhalar profundamente.»Ahora sí puedo mirarte bien, mi rey», le susurré desde abajo, mientras él mantenía esa posición, inmóvil y paciente. Yo levanté las manos para acariciar esos enormes testículos de piel suave y cálida. Eran pesados bajo mis dedos, cada uno como una fruta madura que se balanceaba con cada respiración de Zeus. Le hablé como si fuera un amante, con palabras llenas de devoción: «Tus huevos son tan perfectos… ¿sabes cuánto te deseo? Quiero chuparlos, besar cada centímetro… eres mi todo».

Me moví lentamente bajo él, gateando unos centímetros hacia adelante para que sus testículos quedaran suspendidos directamente sobre mi boca. La punta de mi lengua rozó esa piel oscura, encontrándola caliente y ligeramente salada. Zeus gruñó bajo, una vibración que recorrió mi cuerpo desde el pecho hasta las piernas. «¿Te gusta, amor?», susurré contra su piel mientras mis manos seguían acariciando esas bolas enormes, sintiendo cómo se tensaban bajo mi tacto. «Vas a ser mi macho esta noche… mi macho». Mi boca exploraba esa zona íntima. El aroma concentrado era abrumador: pelo, sudor y algo profundamente animal que hacía que mi cabeza girara.

De repente, sentí un cambio en él. Entre mis caricias y lamidas, su pene comenzó a salir lentamente del prepucio, rosa brillante y grueso como mi muñeca. Primero solo la punta, mojada y palpitante, luego más… hasta que estuvo completamente erecto, largo y curvado hacia arriba, con una vena prominente latiendo a lo largo. «¡Oh, dios!», gemí, mirando fascinada cómo ese miembro imponente surgía ante mis ojos. Era enorme, intimidante, pero hermoso en su cruda potencia. Zeus dio un pequeño paso hacia adelante, ajustando su posición, y su pene rozó mi mejilla, dejando un rastro húmedo y cálido. «Ay, mi vida, corazón… estás hermoso, tan grande, mira cómo la tienes, mi rey precioso», le decía yo, totalmente cautivada por esa estaca roja de carne. Tuve que contenerme para no lanzarme a tragarla al instante. Quería disfrutar de Zeus el mayor tiempo posible, así que decidí irme con calma. «Mi rey, corazón, ¿quieres que te acaricie tus huevitos?», le pregunté. Zeus no entendía, pero sí percibía mi voz llena de ternura. Bajó el hocico hacia mi cara y comenzó a lamerme mis mejillas y mi boca mientras yo seguía mirando esos dos testículos oscuros colgando sobre mí. Con mucha delicadeza, empecé a acariciarlos otra vez, sintiendo la piel suave como terciopelo bajo mis dedos. «Son tan lindos y grandes… los huevos más hermosos que he visto», le susurraba mientras mi pulgar trazaba círculos por la piel más sensible donde se unían. Cada roce hacía que Zeus gruñera bajo, una vibración poderosa que recorría mi cuerpo y hacía que mi tanga empapada se pegara aún más a mis labios húmedos.

Como pude, tratando de no incomodar a Zeus, me quité la tanga y quedé totalmente desnuda para mi macho. «Mi vida, ¿quieres un besito en tus huevitos? ¿Verdad que quieres que mami te bese tus huevitos, mi corazón?», le pregunté, pero no esperé respuesta.

Acercando mis labios a sus testículos colgantes, empecé a besar cada centímetro de piel suave y cálida. Cada contacto enviaba escalofríos por mi espalda mientras inhalaba profundamente esa fragancia salvaje—sudor, tierra y algo indescriptiblemente masculino que llenaba mis pulmones como un narcótico. Zeus gruñó bajo, su cuerpo temblando encima de mí mientras mis besos se volvían lamidas lentas y circulares. La textura bajo mi lengua era fascinante—firme pero elástica, como terciopelo vivo que palpitaba con cada latido de su corazón gigante.

Mis manos ascendieron por sus muslos poderosos hasta encontrar la base de su pene erecto, gruesa y palpitante de calor. Con dedos temblorosos, acaricié la piel tensa donde el tronco rosa se unía a su vientre oscuro. «Perfecta…» suspiré contra sus bolas mientras mi otra mano exploraba la hendidura húmeda bajo ellas, sintiendo el músculo contraído de su ano. Zeus empujó hacia adelante instintivamente, haciendo que su enorme miembro rozara mi barbilla y dejara un rastro viscoso que olía a sal marina y deseo crudo.

De repente, un líquido transparente empezó a rezumar de la punta rosada de su pene, goteando sobre mi clavícula en hilos cálidos y pegajosos. «¿Ya estás emocionado, mi rey?» gemí, lamiendo mis labios al ver ese precioso fluido. Agarré su miembro con ambas manos—apenas pude rodearla—y guié la cabeza hinchada hacia mis labios. El primer contacto fue eléctrico: un sabor salado y ácido que hizo que mi boca se llenara de saliva. Comencé a chupar la punta con pequeños movimientos circulares de lengua, sintiendo cómo palpitaba contra mi paladar mientras Zeus gruñía, una vibración profunda que reverberaba en mis huesos. Sus patas traseras se tensaban a ambos lados de mis caderas, los músculos temblando bajo el pelaje oscuro cuando hundí más la cabeza en mi garganta. Las bolas colgaban justo sobre mi nariz, su aroma salvaje inundando mis sentidos mientras me ahogaba deliberadamente en él, con lágrimas resbalando por mis sienes al sentir su grosor expandiendo mi garganta. No sabía si por intentar tragar semejante verga inmensa, o por el placer y la alegría de estar cumpliendo otra fantasía.

Zeus empujó hacia adelante con un impulso brusco, haciendo que el aire me faltara por un instante mientras su pene golpeaba mis amígdalas. Me retorcí bajo él, mis pechos aplastándose contra su pecho peludo, mis piernas abiertas en un ángulo desesperado. «¡Así, mi amor, así!» jadeé entre bocanadas cuando retrocedió, solo para volver a clavarse hasta el fondo con un movimiento rítmico que sacudía mi cuerpo contra el suelo. Sus testículos golpeaban mi mentón con cada embestida, pesados y cálidos, el sonido húmedo del sexo llenando el cuarto junto al golpeteo de sus uñas contra la madera. Mis manos arañaron su lomo, mientras cada empuje rozando ese punto interno que me hacía ver estrellas.

De pronto, sus gruñidos se volvieron urgentes, roncos—una advertencia áspera que cortó el aire. Retiré la boca justo cuando el primer chorro salió a presión, blanco y espeso, golpeando mi cuello y pechos con una fuerza que quemaba. «¡Sí, mi macho, dámelo todo!» grité, arqueándome para recibir los siguientes disparos que mancharon mi vientre, mis muslos, incluso mi cara. El olor a almizcle y semen fresco era abrumador. Zeus jadeaba encima de mí, con patas temblorosas, mientras yo extendía los dedos para recoger aquel líquido viscoso y untarlo sobre mis pezones endurecidos, frotándolo contra mi clítoris hinchado.

«Mi vida… mi amor… corazón… mi cielo…». Yo no paraba de adular a mi macho hermoso, mientras lo acariciaba. «Sé que es muy pronto pero… creo que te amo», le dije. Me eché a reír al darme cuenta de lo que acababa de decir.»Pinche Kendrya, estás bien loca», me dije a mí misma, mientras me agachaba para darle otro besito a Zeus en la verga.

… Continuará, mis amores. No se preocupen. La parte 2 viene pronto.

Con un beso delicado, se despide:

Kendrya Fox.

9 Lecturas/10 abril, 2026/0 Comentarios/por KendryaFox
Etiquetas: baño, madura, maduros, mayor, metro, parque, semen, sexo
Compartir esta entrada
  • Compartir en Facebook
  • Compartir en X
  • Share on X
  • Compartir en WhatsApp
  • Compartir por correo
Quizás te interese
La alumna 2
Una nueva perrita para Habib
Las hijas de mi novia parte (1)
Cap. 13 De su hijo a su mujer (Como se lo haces a mamá)
La reunion de Nan – Por Dium
Internado para varones «San Ignacio» Capítulo 1: El primer día
0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir!

Deja una respuesta Cancelar la respuesta

Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.

Buscar relatos

Search Search

Categorías

  • Bisexual (1.428)
  • Dominación Hombres (4.382)
  • Dominación Mujeres (3.210)
  • Fantasías / Parodias (3.568)
  • Fetichismo (2.908)
  • Gays (22.691)
  • Heterosexual (8.710)
  • Incestos en Familia (19.004)
  • Infidelidad (4.651)
  • Intercambios / Trios (3.254)
  • Lesbiana (1.193)
  • Masturbacion Femenina (1.066)
  • Masturbacion Masculina (2.036)
  • Orgias (2.166)
  • Sado Bondage Hombre (471)
  • Sado Bondage Mujer (198)
  • Sexo con Madur@s (4.560)
  • Sexo Virtual (275)
  • Travestis / Transexuales (2.521)
  • Voyeur / Exhibicionismo (2.655)
  • Zoofilia Hombre (2.286)
  • Zoofilia Mujer (1.700)
© Copyright - Sexo Sin Tabues 3.0
  • Aviso Legal
  • Política de privacidad
  • Normas de la Comunidad
  • Contáctanos
Desplazarse hacia arriba Desplazarse hacia arriba Desplazarse hacia arriba