Kendrya Fox y Zeus – Parte II
Desenlace del relato sobre mi amado Zeus, ese macho fabuloso, precioso, que tuve que devolver a la mañana siguiente..
Descenlace del relato sobre Zeus…
Zeus y yo estábamos acostados, uno al lado del otro, en el piso del estudio. Yo sentía aún el sabor de su exquisito, delicioso semen en mis labios, lengua y garganta. «Zeus, qué rica leche tienes, corazón», le susurraba al macho enorme mientras le acariciaba las orejas. «¿Quieres otro besito? ¿Quieres que mami te de otro besito en la boca?» Él giró su cabeza hacia mí, ojos ámbar brillando bajo la luz tenue, y lamió mis mejillas cubiertas de su propio líquido salado. Su lengua era tibia y áspera, rasposa sobre mi piel. Comencé a besarlo de nuevo con pasión, pero con delicadeza. Chupé su lengua como si fuera una paleta mientras le acariciaba la cara y las orejas.
«Mi cielo, ¿listo para lo que sigue? Porque mami ya está lista», le dije, hablándole con cariño. Volteé a ver hacia abajo, pero su pene ya se estaba escondiendo de nuevo en su funda de piel. «Ay no bebé, nada de eso, mi cielo. Ahorita te saco esa verga otra vez», le dije, jadeando. Me apoyé de espaldas contra el sofá, para quedar sentada en el piso pero erguida. Lo jalé de las patas delanteras y se las puse sobre mis hombros, de tal modo que él quedara de pie sobre mí, y mi cara quedara bajo su vientre. El olor me llegó de inmediato.
«Ay dios, mi macho, qué rico te huelen los huevos», le dije, casi sacando la lengua para poder sentir el aroma lo mejor posible. Me acerqué y aspiré profundamente. «Mi amor… te huele riquísimo la verga», le dije, mientras asi se me quebraba la voz. No podía creerlo, su olor me tenía enloquecida, ese olor a pene y testículos me tenía totalmente enamorada.»Cariño, ¿te puedo mamar la verga de nuevo?», le pregunté con dulzura. Me deslicé un poco más hacia abajo para que mi cara quedara justo frente a su pene. Volví a aspirar el olor, y otra vez, y otra vez más. Era demasiado, simplemente demasiado. Seguía oliéndole la verga, jadeando, lloriqueando al sentir el olor de los testículos enormes.
No sé qué pasó, en qué momento me dejé ir; de pronto, al aspirar profundamente el olor de su verga de perro, me di cuenta de que comencé a orinarme. El chorro comenzó a salir fluido, caliente, sin nada que lo detuviera; sostuve el pene con ambas manos y lo pegué a mi nariz mientras seguía olisqueando y aspirando, y me dejé vaciar. El charco comenzó a regarse por el piso y mojé las patas de mi nuevo novio Zeus (porque ahora era mi novio). Yo estaba jadeando con la boca abierta y la lengua de fuera, acababa de orinarme de placer tan solo de sentir el olor de esa magnífica verga con esos enormes huevos negros y peludos.
«Ay, no, ya no puedo, mi amor», le dije a Zeus. «Necesito… me urge que me cojas, pero ya», le dije, dándole otro beso en el pene. Comencé a acariciarlo de nuevo, a estimularlo, para que esa hermosa verga saliera de nuevo. Y poco a poco empezó a surgir de nuevo, saliendo de su funda rosa brillante. «Eres mi amor, bebé», le susurraba. Lo besé con ternura en la punta de su verga, mientras mi orina seguía corriendo por mis muslos. El olor a pis se mezclaba con el de sus testículos salvajes y su pene cálido; era un aroma decadente que me hacía cerrar los ojos y gemir. «Ahora sí, mi rey», le dije, jalándolo hacia mí para mamarlo con propiedad, como se lo merecía.
Pero Zeus, impaciente, se movió hacia adelante. Con esas patas poderosas, me empujó hacia atrás y comenzó a mover su cadera. «Ay, ¿ya la quieres meter? Está bien pero antes te la mamo tantito», le dije. Me urgía sentir su sabor de nuevo. Abrí la boca y cerré los ojos; Zeus tenía buena puntería o sabía en dónde estaba la boca de mami. Metió su verga entre mis labios y comenzó a bombear, ensartándome hasta la garganta con embestidas rápidas y profundas. Recuerdo los ruidos que hacía, húmedos, viscosos, mientras el pene se deslizaba hacia adentro. Lo sentí hincharse lentamente, y me hice para atrás. Me saqué su verga de la boca tosiendo ligeramente.»No mi cielo, tu siguiente lechazo entrará por otro lado», le dije, relamiéndome los labios.
Con un movimiento continuo me di vuelta para quedar en cuatro, apoyada contra el sofá, y con mis nalgas apuntando hacia él, tan arqueada como pude para darle la mejor vista posible de mi trasero. «¿Te gusta mi culito, mi rey?», le preguntaba, con la voz más dulce y melosa que me salía. «¿Te gusta mi culito peludo? ¿Me lo quieres oler, corazón?», le dije, mientras yo apretaba, contraía y pujaba. «Estos… estos son besitos de culo, mi vida. Te estoy mandando besitos con el culo». Zeus no entendía, pero su cabeza inclinada hacia mi trasero, mientras me olfateaba por detrás, mostraba que sabía bien lo que quería hacer. Sentí su hocico húmedo contra mis nalgas mientras yo empujaba hacia atrás para sentir su lengua caliente y rasposa sobre mis labios inferiores. «¡Ay sí, sí, Zeusito!», gemí mientras lamía la entrada con esa lengua larga y fuerte. Cada movimiento me hacía temblar las piernas y agarrarme al sofá para no caer. «Lámeme ahí, mi amor», le decía, «ahí donde más me gusta».
De repente, Zeus me dio un lengüetazo en el ano justo mientras lo contraía; casi sentí como le prensé la lengua con el culo. Me hizo arquearme, y al pujar de nuevo, el beso de culo que le mandé fue un poco más sonoro que los anteriores: me eché un pedo en su hocico precioso, que a mí me causó un placer inmenso y a él lo dejó sorprendido.»Ay… perdón, mi cielo… perdón… » le dije, sonriendo, con los ojos cerrados. A él no pareció importarle; de hecho, estoy segura de que le gustó que me echara un pedo en su cara. Me volvió a lamer, a pasar la lengua por el culo repetidas veces; yo estaba chorreando, tenía los muslos empapados y había una línea de líquido que bajaba de mi entrada hasta el piso. «¿Quieres más besitos de culo, corazón?», le pregunté. Seguí pujando y contrayendo, para simular que le mandaba besos con mi ano. Se me salieron dos o tres gases más, pero Zeus parecía disfrutarlo de todos modos.
Sentí que se paró en dos patas.»Ay sí mi rey, sí, mi cielo, entra, dame esa verga», le dije, desesperada, cuando sentí cómo se preparaba para montarme. «Por favor corazón, no sabes cómo te me antojas desde que te vi en el parque, he estado deseando que me montes desde el principio».Zeus pareció entender mi calentura; me hundió el hocico en mi espalda y apretó sus patas alrededor de mis caderas mientras buscaba posición. Olí el aire húmedo a perro mezclado con el aroma dulzón de mis fluidos antes de sentir la presión en mi entrada—esa punta rosada y abrasadora rozando mi clítoris hinchado. Un gruñido profundo se escapó de su garganta mientras empujaba hacia dentro lentamente, expandiendo mis paredes con un dolor delicioso que me hizo gritar contra el sofá.»¡Sí, así, mi macho! ¡Más fuerte!» gemí mientras él empezaba a clavarse rítmicamente, cada embestida más profunda que la anterior. Su cadera golpeaba mis nalgas con un sonido húmedo y fuerte—chap, chap, chap—mientras yo me aferraba al tapizado para no derrumbarme bajo su peso.
Sentía cada pulso de su pene dentro de mí, palpitante como un corazón vivo, mientras sus testículos oscuros se balanceaban contra mis muslos sudorosos. El olor a sexo animal inundaba el cuarto: verga, huevos, culo, almizcle y mis fluidos mezclados en un perfume salvaje que aceleraba mi respiración. «Eres mi dueño ahora…» susurré, arqueándome más para recibirlo completo cuando sintió el nudo hincharse dentro de mí—una presión ardiente que me hizo ver estrellas.Sus gruñidos se volvieron urgentes, casi desesperados, mientras aceleraba el ritmo. Yo grité al sentir cómo ese nudo enorme se expandía dentro de mi vientre, bloqueando cualquier escape mientras él empezaba a bombear su semen caliente directamente en mis entrañas. Cada chorro era una ola de fuego líquido que me llenaba hasta el tope, haciéndome temblar de placer tan intenso que casi perdí el conocimiento. «¡Sí, lléname, mi amor, lléname toda!» jadeé, sintiendo cómo mi cuerpo respondía con espasmos involuntarios alrededor de su miembro palpitante. Zeus gruñó una última vez, profundo y triunfal, antes de colapsar sobre mi espalda, con su pelaje caliente pegado a mi piel mientras seguía chorreando dentro de mí durante lo que parecieron minutos interminables. El suelo bajo mis rodillas estaba empapado—de sudor, de orina, de nuestros fluidos mezclados—y yo solo podía gemir débilmente mientras sentía su peso y su calor fundirse con el mío en aquel abrazo húmedo y perfecto.
«Mi amor, mi cielo… gracias… » le dije, con lágrimas en los ojos. «Gracias, mi cielo, mi vida. Gracias…». Zeus seguía ensartado a mí. Comencé a pedorrearme todavía pegada a él; las embestidas me habían agitado el estómago y me sentía un poco inflada. «Perdón corazón… aunque no creo que te importe y de todos modos tú lo provocaste, mi amor», le dije, mientras me tiraba otra serie de pedos cortos.Le sujeté las patas delanteras con las manos para que no intentara salirse; lo mantuve ahí conmigo un poco más. Zeus bajó un poco la cabeza; su hocico quedó cerca de mi cara.»Mi amor… mi cielo, ¿te puedo besar?», le pregunté, sumisa, con voz suave. «Déjame besarte, corazón», le dije, y comencé a chupar su lengua de nuevo, mientras aún jadeaba por tener su verga inmensa ensartada hasta lo más profundo de mí.
Estuvimos pegados un rato; finalmente, se despegó con un «schlap» ruidoso y húmedo. No sé cuántos chorros se me salieron, y no sé cuánto era semen y cuánto era yo orinándome otra vez. Lo cierto es que, una vez que se salió, me tiré algunos cuantos pedos más, muy sonoros, y me dejé caer en el piso, con mi pubis y mi abdomen sobre el charco de semen y orina.
«Sí… aquí es mi lugar», le dije a Zeus. «Aquí, a tus pies, acostada sobre tu leche, mi amor». Estuve un rato más así en el piso, hasta que me dio un poco de frío. Me volteé para sentarme de nuevo, apoyada contra el sofá. Zeus se acercó lentamente a mí; su pene ya se escondía de nuevo en su funda oscura.
«Mi amor, creo que estoy enamorada de ti, mi cielo», le dije, con lágrimas en los ojos. «¿Por qué mierda te tengo que devolver mañana? ¿Y si finjo tu muerte? Le digo a Ulises que te atropellaron… y te quedas aquí conmigo… y hacemos esto todos los días… ¿qué te parece, corazón? Yo sería tu novia, tu perrita… tú serías mi macho y mi dueño… viviríamos juntos y seríamos felices».
Me di cuenta, de pronto, de que yo estaba llorando. «Kendrya, estúpida, ¿qué mierda estás diciendo?», me dije a mí misma, limpiándome las lágrimas. Sonreí.
Me levanté como pude, todavía chorreando y escurriendo de entre las piernas. Estaba un poco entumida; me estiré y obviamente me tiré otro par de pedos.»Son tuyos, mi cielo», le dije a Zeus, que agachó las orejas al oler mis gases.»Ven corazón… te tengo que bañar, mi vida. Mañana… nos despedimos y tengo que devolverte muy limpiecito».
Le pedí a Zeus que me acompañara a la tina para bañarlo, pero antes de llegar, sentí ganas de orinar otra vez: paré ahí mismo en el pasillo y dejé salir un chorrito.
«Ahí está mi pis para ti, mi cielo». Zeus se acercó y comenzó a lamer el pis nuevo que estaba saliendo; yo aproveché para dejarme ir completamente otra vez. «Ahí tienes, mi amor… disfrútalo».
Después de orinarme otra vez, tomé la toalla y fui por él. Lo acompañé al baño; lo metí en la tina y con cuidado comencé a lavarlo con agua tibia. Remojé su pelaje negro y café. Utilicé el champú especial que le había prometido a Ulises.»Te voy a lavar bien bien, corazón», le dije, poniendo cuidado en sus genitales—su verga y sus huevos—que ahora estaban limpios pero igualmente hermosos. Le hablé en voz baja mientras lo bañaba: «Te voy a extrañar demasiado… mi rey».
Después del baño, lo sequé cuidadosamente, usando otra toalla grande. Le sequé las patas, la barriga, su cara… todo. Zeus se dejó hacer, tranquilo y relajado después de todo el ejercicio que habíamos tenido.»¿Te gusta estar limpito, corazón?», le pregunté. Zeus movió la cola lentamente; parecía satisfecho.»Vamos mi amor, te voy a dar tu pollito», le dije, mientras lo acompañaba a la cocina.
Le preparé el pollo hervido como le había prometido a Ulises. Lo corté en trozos pequeños y se lo di en un plato. Zeus comió con apetito, mientras yo me quedé sentada en el suelo junto a él, acariciándole la espalda mientras lo veía comer.»Mi cielo… ¿por qué tienes que irte?», le susurré, mientras él comía sin entender mi pesar.
Cuando terminó, me recosté en el sofá y lo llamé. Subió conmigo y se acostó a mi lado. Le acaricié la cabeza mientras él apoyaba su hocico en mi regazo.»Mi amor… esto fue una tarde hermosa», le dije, mientras él cerraba los ojos lentamente. «Nunca te olvidaré, Zeusito…». Me quedé mirándolo mientras dormía. Sus testículos oscuros descansaban sobre el sofá, limpios y relajados. Sabía que mañana todo sería diferente: Ulises vendría a buscarlo y yo tendría que devolverlo.
«Pero hoy… hoy fuiste mío», le dije en voz baja mientras mis ojos se llenaban de lágrimas otra vez. «Mi perro… mi macho… mi amor». Pasé toda la noche acariciándolo mientras él dormía, saboreando esos últimos momentos de calor peludo contra mi piel desnuda. Cada ronquido suyo me recordaba el gruñido que hacía cuando estaba dentro de mí—un sonido que ya era música para mis oídos.
Al amanecer, lo desperté con besos en el hocico. «Es hora, mi vida», le susurré mientras él bostezaba, mostrando esos colmillos perfectos que me habían marcado las nalgas. Preparé su correa con manos que no querían obedecer. Cuando sonó el timbre, mi corazón se encogió como un puño. Ulises entró sonriendo, ignorante del paraíso que pisaba. «¡Hola! ¿Cómo estuvo mi chico?» Zeus corrió hacia él, moviendo la cola, mientras yo mordía mi labio hasta sangrar. La correa pasó de mis dedos temblorosos a las manos de Ulises. «Fue… increíble», mentí, ahogando el sollozo en una sonrisa torcida. La puerta se cerró tras ellos dejando un silencio que olía a champú de perro y a nuestra lujuria. Me deslicé al suelo donde él me había poseído, enterrando la cara en el charco seco que conservaba el fantasma de su semen. «Vuelve», rogué al vacío.
¿Cómo podía haberme enamorado de él de esta forma?
Con un beso delicado y con el corazón roto, se despide:
Kendrya Fox.


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