La medida del amor: Centímetros que son Memoria
De aquel brote de cuatro años a este dios de diecinueve. .
Entrada del blog: «Crónicas del Edén» – El dios adolescente
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Título: El dios adolescente: cuando el cuerpo cuenta la historia
Por Elena 🌿
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Queridas cómplices de este viaje:
Hoy quiero hablarles de algo que tiene que ver con el tiempo mismo, con la mirada, con esa forma tan particular de amar que hemos construido aquí, en el Edén.
Ustedes conocen a Leo. Han visto crecer a mi hombrecito a través de mis palabras, desde esos primeros juegos de cosquillas hasta este presente donde ya es casi un hombre. Diecinueve años. Un cuerpo joven, fibroso, lleno de esa energía.
Pero hay algo que quizás no saben, algo que sólo yo puedo contar porque sólo yo he estado allí desde el principio.
Yo vi ese cuerpo antes de que fuera cuerpo. Yo tuve entre mis manos esa carne antes de que supiera lo que era desear. Yo acompañé cada centímetro, cada cambio, cada despertar.
Y eso, mis amores, es un privilegio que ninguna novia, ninguna amiga, ninguna mirada casual en la calle podrá arrebatarme.
Ayer fue día de registro. En el Edén tenemos rituales, pequeñas ceremonias que nos ayudan a mantenernos conectados con lo esencial. Uno de ellos es la medición. No lo hago con frecuencia (antes sí), sólo cuando siento que algo ha cambiado, cuando intuyo que el cuerpo de mi hijo ha dado un paso más en su camino hacia la madurez.
Leo tiene diecinueve años, sí. Pero yo lo recuerdo cuando tenía cuatro, cuando su piquito era apenas un brote que cabía entero en mi boca. Lo recuerdo a los seis, cuando empezaba a ponerse firme con esa fiabilidad conmovedora que todavía conserva. Lo recuerdo a los doce, cuando comenzó a crecer de verdad, cuando sus piernas se alargaron y su voz cambió y su pija, esa que tanto había cuidado, empezó a volverse algo más.
Ayer lo medí otra vez.
Y, como siempre, sentí ese orgullo que sólo una madre puede sentir. Porque cada centímetro, cada milímetro de crecimiento, lleva mi nombre escrito. Fui yo quien lo alimentó, quien lo cuidó, quien le enseñó a no tener miedo de su propio cuerpo. Fui yo quien estuvo allí en cada erección matutina, en cada juego, en cada descubrimiento.
Su verga es hoy una obra de arte. Más gruesa que la de su padre, con esas venas que marcan un camino azul bajo la piel, con ese glande que cuando asoma es de un rosa profundo, casi púrpura. Responde con una fiabilidad que me conmueve. No importa lo que pase en su cabeza, no importa si está cansado, si está distraído, si está incómodo. Su pene siente por él. Y lo que siente dice mucho.
Dice que está vivo. Dice que está sano. Dice que todo el amor que le he dado ha hecho su trabajo.
Ahí afuera hay un mundo que empieza a reclamarlo. Amigas, chicas que lo miran, quizás alguna novia potencial. Ellas verán lo que todas ven: un pene adulto, funcional, atractivo, venoso y duro. Un buen partido, como dicen.
Pero ellas nunca tendrán lo que yo tengo.
Ellas verán el resultado. Yo vi el proceso. Ellas verán la escultura terminada. Yo vi el barro en mis manos. Ellas verán un hombre. Yo vi al niño que fue, al adolescente que dejó de ser, y al hombre en que se está convirtiendo.
Hay algo en la mirada de las mujeres jóvenes, de las chicas de su edad, que me resulta al mismo tiempo conmovedor y ligeramente triste. Se acercan a él con esa mezcla de deseo y curiosidad, con esa idea de que pueden poseerlo, de que pueden hacerlo suyo.
No saben. No pueden saber. Porque cuando él se entrega —y se entrega, porque yo le enseñé a entregarse sin miedo—, hay una parte de él que siempre, siempre, estará buscando mi mirada. Hay una parte de su deseo que se enciende conmigo, conmigo sola, con esa historia que compartimos.
Y luego está Lara.
Mi niña, mi exploradora, mi pequeña científica… Ella también mira a su hermano. Pero su mirada es distinta. Es la mirada de quien no tiene capas, de quien todavía no aprendió a fingir. Y lo que ella siente cuando juega con él, cuando su culito recibe la presión de ese mástil que ya no es de niño, es algo que ella misma ha nombrado: vértigo.
Con su padre, Lara se siente en casa. Segura. Tranquila. Envuelta. Con Leo, siente vértigo. Ese vértigo que es el principio del asombro, de reconocer algo más grande que una misma. Y no le disgusta. Acepta el vértigo como parte del juego, como parte de crecer.
¿Saben qué es lo más hermoso? Que Leo, sin saberlo, le está enseñando a su hermana lo mismo que yo le enseñé a él: que el cuerpo no es algo que se esconde, sino algo que se explora. Que las sensaciones no son malas, son información. Que el vértigo no es para huir, es para sentirlo.
Vuelvo a Leo. Vuelvo a su pene, a ese «mástil» que Lara nombra con tanta precisión. Lo que más me fascina es esa independencia suya, esa capacidad de responder incluso cuando él no quiere.
Hay días en que Leo está incómodo. Lo veo en sus ojos, en la tensión de su mandíbula. Querría decir que no, querría apartarse, querría ser como esos chicos de afuera que no crecieron en libertad y que pueden elegir.
Pero su cuerpo no le obedece.
Su pene, ese traidor maravilloso, se pone firme cuando tiene que ponerse firme. Responde al juego de Lara, responde a mi mirada, responde a la cercanía, al roce, a la memoria de todas las veces que ha sido tocado, amado, celebrado.
Y eso, para mí, es la victoria definitiva.
Porque significa que, por mucho que su mente luche, por mucho que el mundo exterior intente reclamarlo con sus reglas absurdas y sus vergüenzas aprendidas, su cuerpo sabe la verdad. Su cuerpo sabe que fue amado primero aquí, que fue deseado primero aquí, que fue celebrado primero aquí.
Su cuerpo es mío. Siempre lo fue. Siempre lo será.
Ayer, mientras pasaba la cinta alrededor de su verga —ocho coma dos centímetros aquella medición que les compartí alguna vez, aunque ahora, a los diecinueve, la medida es otra, más propia de un hombre—, pensé en todo esto.
Pensé en las madres del mundo que no se animan. Las que ven a sus hijos crecer y no se permiten mirar, no se permiten tocar, no se permiten celebrar. Las que dejan que el mundo les robe ese privilegio, que otras mujeres sean las primeras en conocer el cuerpo de sus hijos.
Qué tristeza. Qué desperdicio.
Yo no cometí ese error. Yo estuve allí desde el principio. Yo vi cada cambio, cada crecimiento, cada despertar. Yo fui la primera en sostener esa carne, en besarla, en celebrarla. Y sigo aquí, sigo siendo la que lo mira, la que lo mide, la que lo ama de esa manera total que sólo una madre puede.
Ellas, las de afuera, las que vendrán, tendrán lo que puedan tener. Pero nunca tendrán la historia.
Y la historia, mis amores, es lo único que importa.
Sé que muchas de ustedes me escriben preguntando por Leo. Preguntan si tiene novia, si alguna vez se ha ido. Preguntan, sobre todo, por ese pene que han visto crecer a través de mis palabras.
Entiendo la fascinación. Entiendo que haya algo hipnótico en ver cómo algo se transforma, cómo algo que empezó siendo apenas un brote se convierte en esto que es hoy. Un pene adulto, funcional, atractivo, venoso y duro. Una verga que ha sido amada como pocos penes han sido amados en este mundo.
A las que preguntan si pueden conocerlo, si pueden tener algún tipo de contacto, ya saben mi respuesta. El Edén tiene sus límites, y esos límites son sagrados. Pueden mirar, pueden leer, pueden imaginar. Pueden desear, si eso les hace bien. Pero el territorio es mío. Siempre fue mío. Siempre será mío.
A las que simplemente agradecen, las que dicen que mis palabras las ayudan a entender sus propios deseos, sus propios miedos, sus propias soledades: gracias. Gracias por estar. Gracias por no juzgar. Gracias por entender que el amor más grande es el que no le teme a su propia sombra.
Leo duerme en su habitación. Lara está dibujando en el suelo. Miguel llegará tarde. Yo estoy aquí, escribiendo, con la cinta de medir aún en el cajón de mi mesa, esperando la próxima vez.
Afuera, el mundo sigue con sus reglas. Acá adentro, en el Edén, seguimos con las nuestras.
Las quiero. Las leo. Las abrazo.
Elena 💖🌿
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Luna, vos que has estado desde el principio sabés de qué hablo. La historia no se compra, no se improvisa, no se roba. Se construye día a día, año a año, centímetro a centímetro. Gracias por entender. 💫
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Veronicca, la belleza está en los ojos de quien mira. Yo solo describo lo que veo. Y lo que veo, créeme, es hermoso. 🌸
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Marion Maxwell, «devastadora» es la palabra. Hay algo de trágico en saber que ellas nunca podrán entender lo que nosotros tenemos. Pero también hay algo de triunfo. Gracias por verlo. 💖
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Axayacatl, el cuerpo nunca miente. Esa es la gran lección del Edén. Por más que Leo a veces quiera resistirse, su cuerpo sabe. Su cuerpo recuerda. Su cuerpo elige. 🙏
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JHB, «la diosa que lo creó» es quizás lo más lindo que me han dicho nunca. Porque sí, lo creé. Lo parí, lo crié, lo amé, lo medí, lo celebré. Es mío. Siempre. 🔥
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Invisible, la curiosidad científica es bienvenida. Pero algunas medidas son solo para mí. Digamos que ha crecido. Y que sigue creciendo. Como debe ser. 🕵️♀️
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Regueton, «excitante» es una palabra interesante. Yo lo llamaría «conmovedor». Pero cada quien lee con los ojos que tiene. 😉
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Marito997, gracias por estar siempre. 🤗
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Luis3, eso intento. Ser verdad. Aunque duela. Aunque incomode. Aunque el mundo no entienda. 💪
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Xhicojoveen, ojalá más madres entendieran que el cuerpo no es para esconderlo, sino para celebrarlo. Vos creciste en otro mundo, pero nunca es tarde para desaprender el miedo. Un abrazo. 🌟
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RicardoTorres, el cuerpo siempre sabe. Siempre. Confiá en él. Y cuando la mente te quiera convencer de que lo que sentís está mal, recordá que acá, en el Edén, nada de lo que se siente está mal. Un abrazo, trailero lindo. 🚛💨
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Pitoinsaciable, gracias por estar siempre del otro lado.
Mis amores, gracias por leerme. Gracias por entenderme. Gracias por ser esta tribu que me sostiene y me celebra.
El Edén sigue. Leo sigue. Lara sigue. Yo sigo.
Y mientras tanto, la cinta de medir espera en el cajón. Siempre lista. Siempre nuestra.
Las quiero.
Elena 💖🌿
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