La Verga de mi Hijo mide tan sólo Ocho Centímetros.
Una Madre mide con devoción el crecimiento de su hijo de 6 años y medio..
Elena estaba sentada en el borde de la cama con la cinta de medir enrollada como un rosario en su mano. Era un día de registro. Un día de balances.
Miguel estaba fuera, un viaje forzoso que duraría hasta la noche. La libertad era absoluta, y el peso de esa libertad, casi insoportable. Leo, de seis años y medio, jugaba en el suelo con bloques de madera. Estaba desnudo y su madre lo observaba. Cada curva de su espalda, cada hoyuelo en sus nalgas, el arco de sus pies, eran lugares donde había pasado con su boca y sus manos. Pero el territorio importante, la península deliciosa, requería hoy una actualización.
—Hombrecito —llamó, y su voz sonó extrañamente serena, la serenidad de quien está a punto de realizar un acto de profunda importancia—. Es hora del control de crecimiento.
Leo alzó la vista. No hubo duda, ni resistencia. Había una aceptación rutinaria, casi solemne, en sus ojos. Se levantó y caminó hacia ella, sus pies descalzos haciendo un sonido suave contra la madera. Se detuvo frente a sus rodillas, en el espacio exacto que ella había designado, años atrás, como el «círculo de la verdad». El lugar donde su cuerpo se rendía a su examen.
Elena desenrolló la cinta. La tela crema, desgastada por el uso reciente, crujió levemente. El primer contacto fue con su corazón. Ella posó la mano, con la cinta debajo, sobre su pequeño pecho.
—Primero, el motor —susurró—. Late fuerte. Bien. Eso es energía pura para crecer.
Luego, bajó. La cinta rodeó su cintura, sus caderas, el perímetro de cada muslo. Ella anotaba mentalmente, comparando. «Más ancho. Más sólido. Mi alimento, mi sol, mi cuidado, haciéndose carne.» Cada número la hacia sentir orgullosa.
Pero la verdad comenzaba cuando la cinta se acercaba al centro. El aire en la habitación parecía espesarse, a pesar de la ventana abierta. La respiración de Elena se volvió superficial, un leve jadeo que trataba de contener.
—Ahora, lo importante —dijo, y su voz tenía un temblor que no era de nerviosismo, sino de apetito contenido.
Con dedos que conocían cada milímetro de aquel espacio, tomó su pene flácido. La piel era suave, cálida, increíblemente vulnerable. Un estremecimiento, como una corriente eléctrica de baja intensidad, le recorrió el brazo hasta anclarse en su bajo vientre, donde una humedad instantánea y caliente comenzó a brotar. Su vagina, esa traidora silenciosa, respondía al estímulo con una precisión humillante. Era una fuga, una confesión física que su mente se apresuraba a traducir: «Es la emoción. La emoción de ver esta pija, mi pija.»
—Para medir bien, necesita estar en su estado de alerta máxima… bien duro, amor —murmuró, más para sí que para él. Sus ojos no se apartaban de entre sus manos. Comenzó a masajear suavemente, con movimientos circulares en la base, con el pulgar acariciando el perineo. No era una masturbación. Era «la llamada a la fuerza», «el despertar». Su técnica no era lasciva; era metódica, como frotar una lámpara mágica. Y el genio, obediente, acudía.
Bajo sus dedos, la carne blanda comenzó a cambiar. Se hinchó, se llenó de sangre, se irguió con esa firmeza infantil que a Elena le parecía el milagro más grande del mundo. Cuando estuvo completamente erecto, un mástil pequeño y tenso, ella contuvo el aliento y las ansias de metérselo en la boca. El orgullo que la inundó fue tan físico como el deseo. «Yo hice esto. Mi manos y mi dedicación son el sol que lo hace crecer.»
Con manos ahora francamente temblorosas, procedió. Colocó el ‘cero’ de la cinta en la base, presionando contra el hueso púbico, y la deslizó con devoción hasta la punta del glande, que asomaba, rosado y húmedo por el roce. Se inclinó, sus labios a centímetros del Piquito. Su aliento, caliente, lo rodeó.
—Ocho coma dos centímetros —anunció en un suspiro que era casi un gemido—. Creció. Creció tres milímetros desde el último plenilunio.
Anotó mentalmente. Luego, midió la circunferencia. La cinta se cerró alrededor de la pijita, y ella apretó lo justo para sentir la turgencia. La humedad entre sus propias piernas era ahora un charco cálido. Se frotó, disimuladamente, contra el borde de la cama, buscando un alivio que solo intensificaba el fuego. Mientras, su corazón cantaba una balada enloquecida: «Cuido tan bien de esta verga. Soy tan necesaria. Sin mí, esta fuerza no tendría guía, no tendría quien la admirara, quien la midiera, quien la amara así.»
Pero hoy, Leo, quizás por la hora, quizás por un destello de incomodidad física, movió la cadera.
—Mamá, ya está —dijo, con un tono no de rechazo, sino de queja suave—. Ya mediste.
—Espera, mi amor —casi suplicante—. Los cimientos. No hemos medido los cimientos.
Su mirada, aviesa y fascinada, cayó sobre su escroto. Los testículos, esos «huevos del futuro» como ella los llamaba en sus pensamientos más poéticos, colgaban, más prominentes que meses atrás. Una nueva ola de excitación, aguda y punzante, la atravesó. Esto era nuevo. Esto era crecimiento real, maduración. Y ella era la primera testigo.
Con una mano, lo hizo separar ligeramente las piernas. Con la otra, intentó, torpemente, rodear con la cinta el saco escrotal. Era difícil. La piel se movía, se replegaba. Elena, con mucha concentración, insistió. Su dedo índice, al intentar sujetar la cinta, rozó, presionó suavemente la piel rugosa. Una sacudida de placer tan intenso que vio puntos blancos le cruzó el bajo vientre. Su vagina se contrajo, vaciando más de esa «miel» que ahora le empapaba las piernas. Jadeó.
—Mamá… eso hace cosquillas —protestó Leo, intentando cerrar las piernas y con la verga como un estandarte.
—Son cosquillas de crecimiento —improvisó ella rápidamente, su voz entrecortada—. Es la fuerza empujando desde adentro. Déjame… déjame ver.
Al final, logró una medida aproximada. La anotó en su mente con letras de fuego. Pero ya no era suficiente. La necesidad, el hambre crudo que su corazón y su mente vestían de amor, clamaba por más. Necesitaba consagrar este nuevo estadio.
Dejó la cinta a un lado. Sus manos, ahora libres, volvieron a posarse en sus caderas. Ya no medían. Adoraban.
—Estás hecho un hombrecito de verdad —murmuró, y las lágrimas asomaron en sus ojos, auténticas, nacidas del vértice donde confluyen el orgullo y la excitación prohibida—. Todo esto… todo esto que crece… es por mí. Para mí. ¿Lo sabés?
Leo, confundido por las lágrimas pero halagado por la intensidad, asintió.
—Sí, mamá.
—Nadie lo va a cuidar como yo —continuó, y una mano se deslizó, por fin, para acariciar con el dorso de los dedos la piel del muslo interno, tan cerca de la raíz de su erección que el calor era casi una quemadura—. Nadie lo va a entender. Nadie lo va a querer así. Solo esta… esta boca que te dio de mamar.
Y entonces, llevada por un impulso que ya no podía contener dentro del ritual de la medición, se inclinó. Su rostro estaba a nivel de su vientre. Con los ojos cerrados, inhaló profundamente, llenando sus pulmones con el olor a niño, a jabón y a algo nuevo, un aroma casi imperceptiblemente animal que la hizo estremecer. Luego, besó. No fue rápido. Fue un beso prolongado, húmedo, impreso justo sobre el incipiente vello púbico, en el monte de Venus que era el umbral de su santuario. Al hacerlo, sus labios rozaron la base del pene erecto.
Fue la chispa. Para ambos. Leo dio un respingo, una mezcla de sorpresa y una sensación nueva, intensa y confusa que no era placer ni dolor, sino algo electrizante. Para Elena, el contacto final, ese roce de sus labios contra la carne firme y caliente, fue el detonante. Una convulsión silenciosa, un orgasmo seco y violento la estremeció por dentro, sin movimientos externos, solo un espasmo profundo que le arrancó un jadeo ahogado y la dejó temblorosa y vacía, mareada y en éxtasis.
Se quedó allí, con la frente apoyada en su pequeño vientre, recuperando el aliento. El olor a su propia excitación, ácido y dulce, se mezclaba con el del niño. Era el perfume de su deseo.
Cuando pudo levantarse, sus piernas flaqueaban. Tomó a Leo, cuya erección empezaba a ceder, y lo abrazó con una fuerza desesperada.
—Te amo más que a mi vida —susurró, y era verdad, en su manera envenenada de entender la vida y el amor—. Eres mi obra maestra. Mi religión. Mi único dios verdadero.
En el abrazo, sintió el piquito ya casi flácido contra su bajo vientre. Era una presencia débil, un eco de la firmeza que minutos antes había medido y adorado. Ese contraste —de la turgencia erguida a esta blandura postrera— le provocó una punzada angustiante. No era la flacidez del cansancio infantil lo que la angustiaba, sino el cierre del momento. Su propio cuerpo, aún reverberando con los espasmos secos del orgasmo, interpretaba esa suavidad como un rechazo, como una pequeña muerte. Entre sus piernas, la humedad había pasado de ser un flujo cálido a una sensación fría y pegajosa contra su piel, un recordatorio húmedo de lo que había ocurrido… y de lo que no había ocurrido.
El deseo, entonces, se alzó como una bestia herida: Mientras sus brazos lo apretaban con fuerza maternal, su mente, nublada por la descarga química de su climax, se llenó de imágenes brutales. No eran fantasías elaboradas, eran imperativos físicos, hambre. La visión de tomar esa verga aún sensible entre sus labios y chuparla con la urgencia de una devoradora, de extraer hasta la última gota de esa esencia que ella sabía que el niño no producía. El deseo de que esa carne, su carne, entrara en la suya, de sentir esa pequeñez convertirse en una cuña de pertenencia absoluta dentro de su propio cuerpo, llenando el vacío húmedo y contraído que su orgasmo había dejado atrás. Si él había salido de ella, ella quería que él volviera a entrar, que la poseyera como prueba final de que era suyo. Quería tragárselo. Quería fundirse. Quería que la semilla que ella había plantado germinara dentro de su propio cuerpo de nuevo, en un ciclo de auto-fecundación.
Pero sobre ese deseo crudo, se impuso de inmediato la capa maternal. El abrazo era también consuelo. Consuelo por el vacío que seguía allí, a pesar del orgasmo. Al apretarlo contra su pecho, sentía los latidos acelerados de su pequeño corazón. «Lo he excitado, lo he medido, lo he hecho mío de una manera nueva, y ahora lo serene», pensaba. El piquito flácido pegado a ella era un trofeo íntimo, una reliquia de la ceremonia. Lo acunaba no para protegerlo del mundo, sino para proteger su propiedad del mundo.
En el fondo, en un lugar oscuro y honesto de su psique, el hecho de que ese deseo no se hubiera consumado por completo era lo más intoxicante. La medición, el beso, su propio orgasmo secreto… todo era preludio. La promesa de un futuro donde ese piquito sería más grande, más firme, más capaz. El abrazo, entonces, no era un final, sino un mientras tanto. Un «hasta pronto». En la ternura que lo envolvía había anticipación. «Crece», le susurraba su mente al cuerpo del niño. «Crece para mí. Para que un día este hambre no tenga que quedarse en la piel, sino que pueda entrar hasta el alma.»
Por eso, cuando finalmente lo soltó, su sonrisa era de una paz profunda y terrible. Había saciado un hambre para avivar otro mayor. Y el piquito flácido, inocente y agotado, era la prueba de que el territorio seguía siendo suyo, y de que la conquista total solo era cuestión de tiempo y de paciencia maternal.
Al anochecer, mientras lavaba los platos de la cena, la cinta de medir seguía en la mesa. Miguel la vería y pensaría: «Elena está remendando algo». Nunca podría adivinar la verdad. Que esa cinta era la herramienta con la que su esposa medía, centímetro a centímetro, la pequeña verguita de su propio hijo.


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Que hermoso, erotico y excitante relato la tuve durísima de principio a fin me la acaricie riquísimo mientras leía
Que delicia, me quede toda mojadita
«No eran fantasías elaboradas, eran imperativos físicos, hambre. La visión de tomar esa verga aún sensible entre sus labios y chuparla con la urgencia de una devoradora, de extraer hasta la última gota de esa esencia que ella sabía que el niño no producía»
Me vuelve loco cómo Elena desea pero se contiene. Quiero, necesito que explote.