La visita técnica
Soy chantajeado por el técnico de la pc y transformado en una sissy.
La Visita Técnica
Ana Raquel
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Hola, mis queridos lectores. Como siempre, es un placer recibir sus comentarios sobre mis relatos; estos me ayudan a mejorar, más aún si me envían sus fantasías y sugerencias para nuevos relatos. Estoy un poco demorada en responder, ya que he recibido una repercusión mucho mayor de la esperada. Ténganme un poco de paciencia, por favor, pero no dejen de enviar sus mensajes.
Ahora, vamos directamente a la historia. En este caso, he intentado cambiar el estilo narrativo y relatarlo en primera persona; al mismo tiempo, trataré de detallar más el entorno del protagonista, intentando que la experiencia se torne más inmersiva. Por favor, escucho y espero sus comentarios.
Primera Parte
El Servicio Técnico
Permítanme presentarme a mí mismo: me llamo Víctor, soy diseñador gráfico y suelo trabajar desde mi casa con la PC. Tengo 22 años, mido 1.70 metros, de contextura delgada y lampiño por naturaleza. Hace apenas seis meses, me mudé a vivir solo en un modesto departamento del centro de Buenos Aires. El departamento cuenta apenas con una sala, una cocina, un baño y un dormitorio; sin embargo, para mí es un pequeño palacio donde puedo dar rienda suelta a mis particulares aficiones.
Verás, soy crossdresser y, estando en la intimidad de mi hogar, suelo transformarme en Victoria: medias de nylon suaves que se deslizan sobre mi piel como una caricia sedosa, zapatos de tacón de apenas tres centímetros (aún no he aprendido a caminar correctamente, sintiendo el leve tambaleo en cada paso), una blusa ligera que roza mis hombros con frescura, una falda que susurra al moverse contra mis piernas, un poco de maquillaje que pica ligeramente en la piel al aplicarlo, y una peluca que cae con un peso reconfortante sobre mi cabeza. Esto completa una transformación que debo aceptar no es excelente, pero aspiro a ir mejorando con el tiempo.
Como te decía, cuando termino de trabajar, me transformo rápidamente y adopto la personalidad de Victoria. Así vestida, realizo las tareas domésticas: limpio la sala, sintiendo el polvo levantarse en el aire con un olor terroso y el trapo húmedo enfriando mis manos; cocino, inhalando los aromas especiados que llenan la cocina con calidez; y ocasionalmente, entro en alguna sala de chat crossdresser, donde el teclado hace clic bajo mis dedos pintados.
Una de las cosas que más me gusta es colocar el móvil sobre un trípode en mi habitación y allí, recostada sobre mi cama de una plaza —con las sábanas arrugadas y frescas contra mi espalda—, comienzo a jugar. Me exhibo, practico poses, intento ser sensual, sintiendo el aire acondicionado rozar mi piel expuesta y el calor creciente en mi cuerpo. Ocasionalmente, juego con un plug pequeño en mi ano, notando la presión fría y resbaladiza al insertarlo, seguida de una oleada de plenitud. Luego, me masturbo hasta alcanzar el orgasmo, con el pulso acelerado y el aliento entrecortado llenando el silencio de la habitación.
Sin embargo, todos estos videos quedan guardados en mi computadora. Jamás me he atrevido a publicarlos, menos aún a tener un encuentro con alguien personalmente. Suelo fantasear que estoy con alguien —generalmente otro crossdresser—, pero nunca me he atrevido a dar el siguiente paso.
Sin embargo, esto no duraría así mucho tiempo.
Una mañana, luego de servirme un café —cuyo vapor caliente y aroma amargo me reconfortaba las manos frías—, me senté en el pequeño escritorio que tengo en la sala, justo frente a la ventana, y encendí la PC.
Nada. Intenté nuevamente y, luego de varios infructuosos intentos, la computadora seguía apagada; el monitor encendido con la luz parpadeando, parecía desafiarme con su zumbido intermitente.
¿Y ahora qué hago? Me pregunté. Todo mi trabajo estaba en la computadora; iba a atrasarme con las entregas, un verdadero desastre. Decidí pedir ayuda, ya que soy bastante inútil con estas cosas. Si bien utilizo muy bien los programas de diseño, no tengo la menor idea de cómo funciona un trasto como estos.
A dos cuadras de mi casa hay una casa de artículos electrónicos, y decidí acudir a ellos por ayuda. Sin embargo, me explicaron que ellos solo vendían celulares y accesorios, pero que no hacían reparaciones. Si quería, me podían pasar los datos de un joven que solía trabajar con ellos y que se dedicaba exclusivamente a ello.
Me dieron una tarjeta con la inscripción «Zamudio PC Repair», con un número de teléfono y una dirección de correo electrónico. Llamé; me atendió una persona por cuya voz supuse que se trataba de alguien de aproximadamente mi misma edad. Le conté la urgencia de mi problema, y quedó en que en media hora acudiría a mi casa para, en principio, realizar un diagnóstico.
Estaba en la sala de mi casa, recostado en el único sillón que tengo —con el tapizado desgastado rozando mi espalda—, cuando sonó el timbre del portero eléctrico, un pitido agudo que rompió el silencio.
— ¿Quién es? —pregunté, con la voz temblando ligeramente por la ansiedad.
— El técnico de Zamudio. Estoy buscando a Víctor.
Le abrí la puerta del edificio y esperé que saliera del ascensor, oyendo el zumbido mecánico ascendente.
— Mi salvador —le dije al verlo—. No sé qué le pasa; directamente no enciende.
Como había supuesto, era un hombre de mi misma edad aproximadamente, delgado y quizá un poco más alto que yo, con cabello castaño claro, largo y amarrado en una cola de caballo. Su aroma a colonia fresca invadió el espacio estrecho de la sala.
— No se preocupe; estas cosas suelen ser una tontería —respondió con una sonrisa calmada.
Comenzó entonces a abrir el gabinete de la computadora, con el sonido metálico de tornillos girando.
— Aquí está: era simplemente el fusible de la fuente de alimentación. Lo reemplazo y, por las dudas, voy a correr un programa de diagnóstico.
Fui hasta la cocina y le serví un café, sintiendo el calor de la taza en mis palmas mientras lo llevaba. Al encender la PC, me tranquilicé al oír el familiar ronroneo del ventilador y ver la pantalla iluminarse con colores vibrantes. Luego, insertó un pen drive y ejecutó un programa de diagnóstico, verificando que todo anduviera correctamente.
— Me has salvado; tenía todo mi trabajo en esa máquina. ¿Cuánto son tus honorarios?
— No, por favor; no puedo cobrarte por una tontería así. Ha sido cosa de diez minutos.
— Pero es tu trabajo.
— Quédate tranquilo; estoy seguro de que no faltará oportunidad para que me pagues.
Me extrañó esa frase, que dejaba en el aire una sugerencia de que en el futuro nos volveríamos a ver (lo tomé como la frase típica que se dice pensando que en cualquier momento necesitaría nuevamente de sus servicios).
Lo acompañé hasta la puerta del edificio, le agradecí nuevamente y volví a mi departamento, dispuesto a recuperar el tiempo perdido, con el eco de sus pasos desvaneciéndose en el pasillo.
Pasaron un par de horas; ya casi estaba terminando cuando, sin intervención mía, se abre el programa de mensajería de mi PC, con un pitido inesperado que me heló la sangre.
— Pero qué cosas más interesantes tienes en tu disco rígido —fue el mensaje que apareció, parpadeando en la pantalla.
— ¿Quién eres? —pregunté, con los dedos temblando sobre el teclado.
— Tú me conociste como el técnico de Zamudio PC Repair. Verás, en realidad no utilicé un programa de diagnóstico como te dije, sino que instalé un sistema que me da control absoluto de tu computadora. Y durante las dos últimas horas, me he dedicado a revisar tus archivos.
— Por cierto, muy interesantes las fotos y los videos de Victoria. Eres muy bonita; te falta práctica y mejorar el vestuario y el maquillaje, pero hay un gran potencial, te lo aseguro.
— ¿Pero por qué? ¿Qué es lo que quieres? —le pregunté, sintiendo un nudo en la garganta.
— Bueno, encontré también una carpeta con facturación falsa que presentaste en la empresa y que es la que seguramente te ha permitido mudarte a tu propio departamento. Así que ahora solo tienes que obedecerme; de otra forma, las fotos y videos irán a todos los destinatarios de tu libreta de direcciones, y la facturación irá a la empresa.
— Como yo lo veo, solo tienes una opción: obedecerme. La alternativa es exponerte ante tu familia y quizá la cárcel, si la empresa para la que trabajas decide demandarte.
— Pero yo no tengo dinero; gasté todos mis ahorros al mudarme. No puedo darte nada.
— No quiero tu dinero; quiero tu obediencia. Y vamos a empezar por conocer a Victoria. Ve a cambiarte; enciende la cámara, que quiero conocerla. Yo espero aquí.
Asustado y sin saber qué hacer, me dirigí a mi habitación, sintiendo el suelo frío bajo mis pies descalzos. Allí comencé a transformarme: ropa interior que se ajustaba con un roce íntimo, medias de nylon que susurraban al subir por mis piernas, una blusa, falda, la peluca con su peso familiar, maquillaje apresurado —solamente me pinté los labios, sintiendo el sabor ceroso del lápiz—. Me senté nuevamente frente a la computadora y encendí la cámara, con el zumbido de la luz LED activándose. La de él continuaba apagada.
— Bien, como dije antes, te falta práctica, pero veo que tienes mucho potencial.
— En las fotos y videos he visto que tienes un plug anal. ¿Lo tienes puesto ahora?
— No; solamente me vestí.
— Bueno, ve a buscarlo; quiero ver cómo te lo pones. Hazlo frente a la cámara.
Yo estaba en modo automático, totalmente aterrorizado de que divulgara la información que había obtenido, así que le obedecí. Fui a buscar el plug, lo lubriqué —sintiendo el gel frío y resbaladizo entre mis dedos—, y me paré frente a la cámara, mostrándole cómo me lo introducía, con una presión inicial que dio paso a una plenitud invasora. Me senté, sintiendo cómo el plug se insertaba aún más profundo dentro mío, enviando ondas de sensaciones a través de mi cuerpo.
— Bien, ahora una pregunta: ¿tienes algún dispositivo de castidad?
— No, no tengo.
— No hay problema; te estoy enviando la ubicación de un porno shop a apenas tres cuadras de tu casa. Yo ya realicé la compra virtual; solo tienes que ir y decir que vienes a buscar un encargo para Victoria. Tienes media hora para ir y volver. Una cosa más: cuando vuelvas, en el negocio de la esquina de tu casa, compra un sobre tamaño carta.
— ¿Un sobre? ¿Para qué?
— No preguntes; esto es lo primero que debes aprender. Solo obedecerás si no quieres que tu vida como la conoces termine aquí y ahora.
Me volví a cambiar, me quedé con el plug puesto —sintiendo su presencia constante con cada movimiento— y me dirigí a buscar el encargo. ¿Cómo había llegado a esto? ¿Qué sería de mí ahora, a merced de un psicópata? El aire de la calle era fresco, contrastando con el calor de mi ansiedad.
Cuando volví, él todavía estaba esperándome en el cliente de mensajería.
— Bien, ahora quiero ver cómo te lo pones.
Me coloqué el dispositivo, sintiendo el metal frío y restrictivo cerrándose alrededor de mí.
— Muy bien, ahora muéstrate para mí.
Me exhibí, mostrándole mi cola llena con el plug —que pulsaba con cada latido— y mis genitales aprisionados por el dispositivo de castidad, con una presión constante que me recordaba mi sumisión.
— Muy bien, ciérralo y guarda las dos llaves en el sobre.
Lo hice de tal forma que él pudiera ver por la cámara cómo guardaba las llaves, con el papel crujiendo bajo mis dedos.
— Bien, veo que estás aprendiendo a obedecer. Ahora dirige el sobre a ti mismo y deposítalo en el buzón de planta baja. Esto nos dará al menos dos o tres días hasta que las llaves vuelvan a tu poder. Toma fotos con tu celular del momento en que lo depositas; ni siquiera pienses en hacer trampa si sabes lo que te conviene.
Hice tal como lo ordenó, rogando que el correo no demorara mucho, pero tenía razón: en el mejor de los casos, debería estar encerrado durante tres días. El buzón metálico resonó con un eco sordo al dejar caer el sobre.
— Perfecto; serás una buena esclava, la más reciente de mis adquisiciones. Ahora haremos lo siguiente: hoy a las 8:00 de la noche quiero que te presentes en la dirección que te enviaré por mensaje. Vendrás con el plug y el dispositivo de castidad puestos; te quiero completamente depilada. No es necesario que traigas nada de ropa; yo te proveeré lo que necesites.
— ¿Estamos de acuerdo?
— No tengo otra alternativa.
— Tienes, pero seguro no es agradable. Te espero hoy a las 8:00.
Segunda Parte
Victoria Florece
Pasé toda la tarde con los nervios de punta, sintiendo el pulso acelerado en mis sienes y un nudo en el estómago que no se deshacía. ¿Qué sucedería hoy a la noche? ¿Qué alternativas tenía? Pocas en realidad; me habían atrapado en una telaraña. Si no me importaba que todos mis conocidos conocieran mi segunda personalidad, era seguro que al menos sufriría una demanda judicial al exponer toda la documentación que había fraguado (que, dicho sea de paso, era la que me había permitido mudarme y vivir sola).
Resignada, me depilé, verificando que en mi cuerpo no quedara un solo cabello; la crema depilatoria dejaba un olor químico en el aire y una sensación de frescura expuesta en la piel. Me vestí y, a las 19:00 horas, me dirigí a la dirección que el técnico me había indicado. Siguiendo sus instrucciones, no tomé un taxi o un Uber, sino que utilicé medios de transporte públicos. Esto me obligó a caminar tres cuadras hasta la parada, tres cuadras durante las cuales sentía el plug dentro mío, presionando con cada paso y enviando ondas de placer; tomar un colectivo (bus) y sentir con cada bandazo cómo el plug jugaba dentro mío, vibrando con el motor ronroneante del vehículo; al descender, tuve que caminar otras siete cuadras durante las cuales el plug y el dispositivo de castidad seguían recordándome su presencia, con roces constantes contra mi piel sensible.
Llegué a la dirección indicada: un edificio torre ubicado en uno de los barrios más coquetos de Buenos Aires. Toqué el timbre correspondiente al departamento, notando que había uno solo por piso. Recuerdo haber pensado: «¿Cómo un técnico en computadoras puede pagar un departamento aquí? ¿Me habrá dado la dirección correcta? ¿O se tratará tan solo de una broma de mal gusto?» El pitido del timbre resonó en el vestíbulo vacío.
Tomé el ascensor y me dirigí al piso indicado, sintiendo el suave zumbido ascendente y el aroma a metal pulido. Al salir, me encontré en un palier con una sola puerta que daba al departamento. Toqué el timbre y, al poco tiempo, la puerta se abrió invitándome a pasar, con un clic suave del cerrojo.
— Hola, tú debes ser Víctor. Yo soy Clarissa; un placer que hayas venido a tiempo —escuché una voz darme la bienvenida, suave y seductora.
Sin embargo, no estaba para nada preparado para lo que vi a continuación.
Ya había supuesto que el departamento ocupaba todo el piso, pero igual quedé deslumbrado: un recibidor amplio, decorado con exquisitez, contaba con dos sillones de respaldo alto —tapizados en terciopelo suave al tacto— y un espejo que ocupaba toda la pared, devolviéndome la imagen mía y, al lado, la de mi anfitrión. El aire estaba perfumado con un leve aroma a jazmín.
O anfitriona debería decir: era el técnico que había visitado mi casa horas antes, pero el cambio era dramático. Seguía con su pelo amarrado en una cola de caballo, pero en este punto terminaban las similitudes. Contaba con un maquillaje intenso y casi diría perfecto: los ojos estilizados como los de una gata, utilizando tonos oscuros que reflejaban la luz tenue; los labios de color vino y perfectamente delineados, marcando una V en la zona media superior, con un brillo húmedo.
Tenía además unos guantes de látex negros, altos hasta casi los hombros, que crujían ligeramente al moverse; un corselette (una especie de corset que cubre solo la cintura), que no hacía otra cosa que resaltar un busto completamente plano; del corselette, pendían ocho portaligas que aseguraban un par de medias de nylon negras con costura, susurrando al rozar. En la base de su pene, lo que luego supe era un cock ring (un aro de silicona que se sujeta en la base del pene y asegura una erección prolongada y retarda la eyaculación), con una textura gomosa.
Su pene, entonces totalmente erecto, parecía señalar aún más lo andrógino de la figura, rematada por un par de botas negras hasta las rodillas con un tacón aguja impresionante, que resonaban con un clic afilado en el piso de mármol. Al darse vuelta, veo que tiene también un plug anal colocado, pero este tenía la particularidad de terminar en lo que imitaba la cola de un zorro o algún animal similar, suave y peluda al tacto.
— Pasa, querida; un gusto que hayas podido venir —dijo con una sonrisa.
— Como bien dijiste, no tenía muchas alternativas —me atreví a responderle, sintiendo el calor de su mano al tomarme.
— Cierto —dijo mientras me tomaba de la mano y avanzaba hacia el interior del departamento, su piel cálida contrastando con la mía fría por los nervios.
Si el recibidor o palier me había impresionado, aún más la sala: contaba con un ventanal inmenso que cubría casi la totalidad de una de las paredes, dejando entrar la luz dorada del atardecer; en la pared lateral, un televisor que al menos tendría 70 pulgadas mostraba una película porno en la cual dos travestis estaban sodomizando a una mujer, con gemidos amortiguados saliendo de los altavoces.
Frente al televisor, en la pared opuesta, un sofá de cuatro cuerpos y, a sus lados, dos sillones de respaldo alto; en medio, una mesa ratona con dos copas, hielo tintineante y una botella de whisky, cuyo aroma ambarino flotaba en el aire.
Clarissa entonces se sentó en uno de los sillones, cruzó sus piernas con un susurro de nylon, y mientras jugaba con su pene —sintiendo su propia calidez—, me indicó:
— Siéntate; sírvete algo de tomar así te relajas un poco. Te noto algo tensa, y puedo asegurarte que no tienes por qué. Pero primero desnúdate; quiero ver si has seguido correctamente las instrucciones.
Procedí entonces a desnudarme, dejando mi ropa en el otro sillón, sintiendo el aire fresco rozar mi piel depilada y vulnerable. Ella examinó el plug y el dispositivo de castidad, sus dedos fríos explorando.
— Perfecto; totalmente depilada. Toma algo, por favor.
Todavía recuerdo cómo temblaban mis manos al servirme la bebida —el hielo crujiendo en la copa— y tomarla casi de un solo sorbo, sintiendo el ardor del whisky bajando por mi garganta.
— Te cuento lo que va a pasar ahora —me dijo, con voz suave pero firme—. Iremos a mi habitación, donde ya tengo preparada la ropa que utilizarás esta noche. Quiero que prestes atención cuando yo te maquille, porque en esta área es donde más tienes que aprender, y luego serás mi estudiante aplicada.
— ¿Cómo es que puedes mantener este departamento? Seguro que la reparación de computadoras no es un negocio tan lucrativo.
— No, estoy de acuerdo; pero no tienes idea de las cosas que guarda la gente en su PC y que no quiere que se sepa. A lo largo del tiempo, he descubierto muchas cosas —algunas ilegales— de mis clientes: políticos, abogados, empresarios. Todos tienen algo que ocultar, y cuando los descubro, ellos alegremente se transforman en mis mecenas para que no divulgue sus secretos. En tu caso particular, el encontrar la documentación y las fotos y videos fue un plus, ya que hacía tiempo estaba buscando alguien como vos.
— ¿Como yo? Crossdressers debe haber muchos; seguramente no fui el primero que encontraste.
— No, pero estaba buscando alguien virgen; alguien que nunca hubiera estado con otra persona. Y esa eres tú.
— ¿Por qué tan importante que fuera virgen? —me atreví a preguntar.
— Ya lo verás —fue su única respuesta—. Ahora vamos a transformarte en mi pupila.
Dicho esto, se levantó y se acercó a mí, sus genitales a apenas centímetros de mi rostro, emanando un calor sutil y un aroma almizclado. Me tomó de las manos —sus guantes de látex fríos— y me llevó hasta su habitación.
La habitación era más llamativa todavía: otro televisor de importantes dimensiones sobre una pared, las puertas de los armarios estaban recubiertas de espejos, al igual que una de las paredes. Mirara donde mirara, veía imágenes de ella —toda una diosa andrógina— y mías, reflejándose cientos de veces en los espejos, creando un eco visual infinito. Entonces noté que en las cuatro esquinas del techo de la habitación había otras tantas cámaras, zumbando ligeramente y capturando todo con luces LED parpadeantes.
— Vamos a documentar tu transformación; será un éxito.
No entendí qué quería decir con esto; no me dio tiempo a preguntar, ya que inmediatamente me fue alcanzando la ropa que tenía preparada para mí, con texturas variadas: suaves, sedosas, crujientes.
Era un conjunto de colegiala, todo en blanco: ropa interior blanca que se adhería como una segunda piel, medias blancas que se ajustaban con portaligas tirantes, luego una blusa también blanca —fresca y ligera—, acompañada de un corbatín de lazo que rozaba mi cuello, una falda escocesa que apenas cubría la parte superior de las medias y susurraba al moverse, y finalmente un par de zapatos de tipo mary jane con plataforma, que resonaban con un taconeo suave.
A continuación, comenzó a aplicarme uñas postizas y barnizarlas de color rosa pálido —el esmalte con un olor químico dulce—, un par de anillos que daban un peso metálico a mis dedos, lo que en su conjunto dio una apariencia mucho más femenina a mis manos; un par de aros de colgante completaron el atuendo, tintineando contra mis orejas.
— Ahora siéntate aquí, que vamos a comenzar a maquillarte. Presta mucha atención.
Comenzó delineando mis ojos, esfumándolos en tonos pastel —el lápiz pinchando ligeramente la piel—, dándome también como a ella una apariencia felina; luego pestañas postizas que pesaban en mis párpados, base y rubor que dejaban una sensación polvorienta, finalmente labios también delineados marcando una V en el labio superior, pero en un tono rosa pálido acorde con el color de mis uñas, con un sabor ceroso.
Finalmente, trajo una peluca rubia, larga hasta los hombros, que luego de colocarla acomodó en dos coletas una a cada lado de mi cabeza, con el cabello sintético rozando mi cuello.
— Contempla ahora lo hermosa que eres; ya te había dicho que tenías mucho potencial.
Al mirarme en el espejo, no pude dejar de asombrarme: casi no quedaba rastro de Víctor. Ahora veía frente a mí una colegiala que al mismo tiempo mostraba ingenuidad y destilaba sensualidad, con reflejos infinitos multiplicando la imagen.
— Ahora el detalle final —dijo mientras me colocaba un par de anteojos con montura de metal (sin aumento, por supuesto), fríos al tocar mi nariz—. Y para completar —agregó mientras me alcanzaba una goma de mascar de sabor frutilla, cuyo dulzor explotó en mi boca al masticar.
— Hermosa —me dice—. Ahora vamos a la sala a ver tu transformación.
Ella se sentó nuevamente en el sillón de respaldo alto, tocándose suavemente su pene con un roce audible; yo sentada en el sofá, contemplando en el televisor cómo poco a poco me habían transformado en una colegiala, con los colores vibrantes y los sonidos de nuestra respiración amplificados.
En determinado momento, se levanta y se sienta al lado mío, nuestras piernas enfundadas en medias rozando una contra la otra con un susurro eléctrico, enviando escalofríos por mi piel. Yo, a estas alturas, ya me había dejado llevar por la situación; no sé si era el trago de whisky que había tomado antes —cuyo ardor aún persistía—, si era la excitación de verme transformada por completo, el mirarme en pantalla gigante y viendo en qué me había convertido, pero estaba segura de que, de no haber sido por el dispositivo de castidad, me estaría tocando también, sintiendo el calor acumulado.
Tomó entonces una de mis manos y la acercó a sus genitales, su piel caliente y pulsante bajo mis dedos.
— Acaríciame; quiero sentir esas manos tocándome.
Yo casi automáticamente extendí mi mano y comencé a masturbarla lentamente, sintiendo la textura venosa y el calor creciente.
— Así, despacio, muy suavemente; lo estás haciendo muy bien. Lástima que hasta dentro de dos o tres días no podrás liberarte. Mientras tanto, tendremos que probar otras cosas.
— Hay algo que no te he dicho todavía —me comentó, con voz ronca.
— Además de los ingresos que me proveen mis mecenas, también tengo una limitada agencia de escorts: muy limitada y dirigida a una clientela muy selecta. La mayoría de ellos son también mecenas míos. He descubierto que es muy lucrativo satisfacer sus fantasías —fantasías que descubrí explorando sus computadoras—. Y es ahí donde entras vos.
— ¿Yo? ¿Qué tengo que ver? Es la primera vez que me transformo en público.
— Bueno, el hecho es que uno de mis clientes tenía una fantasía muy particular: estar con una colegiala virgen. Y ahí es donde entras vos; hacía tiempo que estaba buscando alguien como tú.
— Pero yo no… Nunca he hecho nada así. Eres la primera que me ve transformada; no me interesa nada de eso.
— Recuerda que no tienes voto en este sentido. Además de las pruebas que encontré en tu computadora, ahora también cuento con un hermoso video en donde te sometes a ser feminizada.
El pozo era cada vez más profundo; estaba completamente atrapada en una telaraña que yo misma había tejido.
— El punto es que me han pagado cinco mil dólares por estar con alguien como vos, y que en cualquier momento nuestro cliente está por llegar.
En ese momento suena el timbre del departamento, un pitido agudo que me hizo saltar.
— Debe ser él. Compórtate como una buena niña y hazme sentir orgullosa; luego te compartiré parte de las ganancias.
Se levantó y procedió a abrir la puerta, con el clic del cerrojo resonando.
— Pasa, Gabriel; te estábamos esperando. Victoria está un poco nerviosa por conocerte.
Entró en la sala un hombre de unos cuarenta años aproximadamente, de muy buena presencia: con un traje negro que seguramente era Hugo Boss —la tela suave y oscura reluciendo bajo la luz—, mocasines italianos Gucci también negros, camisa blanca. Se movía por la sala como si se tratase de su propia casa, con un aroma a colonia cara y madera.
Clarissa se sentó en su sillón, cruzó las piernas y yo, no sabiendo qué hacer, me puse de pie. Él tomó la mano que yo le extendía y, mientras se acercaba y me daba un beso en la mejilla —su aliento cálido y mentolado—, me dice:
— Un gusto conocerte. ¿Cómo te llamas, pequeña?
— Victoria, señor; un placer conocerlo —respondí, con voz temblorosa.
— ¿Por qué no se sientan y tomamos algo mientras vemos el video? —señaló Clarissa.
Me senté y Gabriel se sentó al lado mío, mientras yo servía tragos para todos —el whisky chapoteando en las copas—. El video continuaba mostrando mi transformación, puntualmente el momento en que Clarissa me estaba maquillando, con colores vívidos y sonidos amplificados.
— ¿No eres joven para tomar alcohol? —me preguntó Gabriel, con una sonrisa juguetona.
— Bueno, estoy muy nerviosa y Clarissa ocasionalmente me deja tomar un poco —le dije, ya adoptando el papel de una colegiala casi sin darme cuenta, masticando la goma con sabor frutilla.
— Qué hermoso video; tu trabajo es espectacular, Clarissa —mencionó Gabriel.
— Clarissa ha dedicado mucho tiempo —le dije—. Yo misma estoy sorprendida.
— Pero tenía una base excelente con la que trabajar; eso puedo asegurarlo.
Y mientras decía esto, con una de sus manos sostuvo mi nuca —sus dedos firmes y cálidos—, mientras que se acercó y me besó, introduciendo su lengua dentro de mi boca. Yo casi automáticamente respondí a su beso, y nuestras lenguas comenzaron a jugar una contra la otra, con un sabor a whisky y menta mezclado.
Tomó una de mis manos y la acercó a su entrepierna; casi automáticamente, comencé a acariciar su pene por encima de sus pantalones, sintiendo el bulto endureciéndose bajo la tela.
— Veo que han roto el hielo. ¿Por qué no pasamos al cuarto de juegos? —dijo Clarissa.
— Excelente idea —respondió Gabriel. Tomó mi mano y, levantándose, dice:
— Vamos, jovencita.
Clarissa nos guió hacia otra habitación que no había visto y, tomando una llave —con un tintineo metálico—, abrió la puerta del cuarto de juegos.
En realidad era un pequeño calabozo completamente amueblado: todas las paredes estaban cubiertas de espejos, de forma que una vez más, múltiples reflejos de nosotros mismos se multiplicaban hasta el infinito, creando un laberinto visual. El aire estaba cargado con un olor a cuero y lubricante.
En una de las paredes había un sillón que solo puede ser descrito como un trono: un sillón con respaldo alto, apoyabrazos, tapizado en terciopelo negro suave al tacto. En otra de las paredes, una cruz de San Andrés; la última de las paredes estaba tapizada de distintos elementos: desde strapons de distintos tamaños y formas —texturas gomosas y brillantes—, fustas con cuerdas crujientes, grilletes metálicos fríos, y toda una serie de dispositivos que no pude identificar en el momento.
En el centro de la habitación, una especie de cepo moderno en el cual Clarissa me hizo colocarme: mis manos y cabeza quedaron inmovilizadas con un clic metálico, lo mismo que mis piernas que fueron colocadas en dos agujeros en su base, y así quedé expuesta e inmóvil, sintiendo la madera pulida contra mi piel y el aire fresco en mis partes expuestas.
Siento movimiento detrás mío y, por el rabillo del ojo, consigo percibir que Gabriel se estaba desnudando, con el sonido de tela cayendo y dejando expuestos unos genitales de generoso tamaño, emanando calor. Mientras tanto, Clarissa se posicionó delante mío, con su pene a apenas centímetros de mis labios —su aroma almizclado invadiendo mis sentidos—. Se agacha y susurra en mi oído, su aliento caliente:
— Tranquila; verás que lo vas a disfrutar.
Dicho esto, se irguió y directamente introdujo su pene en mi boca —caliente y salado—, era la primera vez que hacía algo así y ella comenzó a guiarme.
— Usa tu lengua; juega con mi glande; deja que te penetre.
Mientras tanto, Gabriel retiró el plug —con una succión audible y una sensación de vacío repentino— y estaba jugando con uno y luego dos dedos en mi ano, lubricándolo poco a poco con gel frío y dilatándome lentamente, enviando ondas de placer y estiramiento.
Comencé casi sin darme cuenta a gozar: la sensación de sometimiento era extrema, estaba absolutamente a merced de lo que podría llamar «mis captores», incapaz de negarme a cualquier cosa que quisieran hacer conmigo, siendo dilatada lentamente y disfrutando ahora sí de tener un pene entre mis labios, con su pulso latiendo contra mi lengua.
Abandonada así, de pronto Gabriel retiró sus dedos y, colocándose un preservativo —con el sonido del látex desenrollándose—, comenzó a ejercer presión sobre la entrada de mi ano, con una quemazón inicial que dio paso a plenitud.
— Tenías razón, Clarissa: una virgen. Te felicito por tu adquisición.
— Gracias, Gabriel; todavía la estoy entrenando, pero enseguida me di cuenta de que tenía gran potencial.
Gabriel terminó de penetrarme y comenzó a bombear dentro mío, con un ritmo que enviaba ondas de calor y fricción a través de mi cuerpo.
— Qué cola tan apretada; cómo me gustan las niñas así.
Yo, con la boca llena, no podía decir nada, solo gemir amortiguadamente.
Seguimos así durante un rato hasta que Gabriel dice:
— No puedo más; voy a acabar.
Dicho esto, sentí como su cuerpo se tensaba y, en una última y enérgica envestida —profunda y ardiente—, tenía su orgasmo, con pulsos calientes.
Mientras se retiraba —con una sensación de vacío—, Clarissa comenzó a masturbarse furiosamente y, en cierto momento, me dice:
— Abre la boca y prepárate para recibirme.
Su orgasmo llenó mi boca por completo —caliente, salado y viscoso—, un gusto desconocido para mí hasta el momento pero que me fascinó, saboreándolo en mi lengua.
Quedé saboreando su orgasmo, mientras Gabriel se vestía —con sonidos de tela ajustándose— y, antes de retirarse, se acerca a mi oído y me dice, su aliento cálido:
— Un placer haberte conocido; creo que la semana próxima me gustaría hacerte otra visita.
Clarissa acompañó a Gabriel hasta la puerta, luego me liberó del cepo —con clics metálicos— y me dice: — Has estado excelente; creo que Gabriel se ha enamorado de ti. Ten tu parte de las ganancias de esta noche.
En ese momento me acercó un fajo de billetes —crujientes y con olor a tinta fresca— y, para sorpresa mía, cuando los conté había dos mil dólares.
Tercera Parte
Epílogo
Bueno, querido lector, de los sucesos de esa noche han pasado casi seis meses, y mi vida ha cambiado por completo.
Ahora me he mudado al mismo edificio que Clarissa, solo que a dos pisos de distancia, y tenemos un muy lucrativo negocio. Además de los mecenas que Clarissa sigue encontrando gracias a los archivos que encuentra en las computadoras que repara —con olores a polvo y metal caliente en su taller—, ahora somos casi socias: ella se encarga de las relaciones institucionales (entiende esto por conseguir clientes), yo me encargo de la edición de videos que distribuimos en un público selecto.
Además, nos ocupamos de hacer realidad las fantasías de los clientes que parece que nunca se acabarán: he sido secretaria, sintiendo el roce de una falda ajustada y el clic de tacones en oficinas imaginarias; enfermera, con el olor a antiséptico y guantes de látex; institutriz, con libros polvorientos y aire de autoridad; profesora, con pizarras chirriantes; e incluso en una oportunidad tuve que adoptar el papel de una madrastra perversa, con aromas a perfume fuerte y toques dominantes.
Eso sí, Gabriel sigue visitándome todos los martes, pero ahora lo hace en mi departamento y pasamos la noche juntos: yo preparo la cena —con aromas de especias flotando en el aire—, lo recibo al grito de «¡Papi, qué bueno que viniste!» y él me trata como su niña, con caricias cálidas y besos que saben a deseo compartido.


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