Lo que mamá esconde bajo su ropa
La pérdida traumática de la inocencia que, desde las sombras, descubre la transgresión sexual y la traición de su madre mientras la ausencia de su padre se desvanece en el eco de un teléfono descolgado..
Ya llevaba poco más de tres meses ayudando a mi madre a llevar comida y ayuda en general a la señora Ana, una mujer me daba lástima con tal solo verla. Ana vivía sola desde hace varios años. Fue amiga de la preparatoria de mi madre, por eso al conoce, son más o menos de edad, solo que Ana luce muy acabada, cansada y desgastada; no le pude creer a mamá, después de la primera vez que la acompañé, que esa mujer en años pasados era realmente hermosa. O bueno, tal vez al final no costaba tanto creerlo. A pesar de aspecto descuidado, Ana era una mujer alta, cuando la conocí debía medir casi 1.70m. Su piel era clara, de ojos marrones que han de haber parecido dos gotas de miel en el pasado, un rostro refinado, de facciones delicadas y un cabello rizado rubio que bien cuidado y cepillado debían lucir como caireles de oro. Por lo tanto, cuando le ayudaba a mi mamá a limpiar la casa o a preparar la comida mientras ella atendía a Ana, me hacía casi siempre la misma pregunta, ¿Qué debió pasar para que una mujer de la belleza física que hablaba mi madre terminara como terminó? sola y emocionalmente destruida. Sobre todo porque siempre que yo iba, notaba que Ana me miraba por largos ratos, no eran miradas de atracción o algo por el estilo, eran miradas melancólicas, como añorando algo, nunca me dirigía la palabra más que para darme un «gracias» entre dientes mirando al suelo. Mi madre se negaba o evitaba hablarme de su pasado, sin embargo, fue una noche en la que encontré esas respuestas.
Aquella ocasión nos acompañó Erika, mi novia, era buena para ese tipo de situaciones, Ana se vio muy cómoda con su compañía. Habíamos terminado los deberes, nos preparábamos para marcharnos. Mamá nos había dicho que la esperáramos en el auto mientras ella acomodaba algunos medicamentos para Ana. En el auto, en medio del silencio de la noche y la escasa iluminación del sitio, Erika me dio un beso, yo lo correspondí, yo ya sabía que mamá tardaba unos minutos entre terminar de acomodar las cosas de Ana y despedirse de ella, por lo que, imprudentemente tal vez, le tomé las piernas a Erika levantando la falda que llevaba, ella me siguió el juego bajando mi bragueta y tomando mi miembro, yo estaba listo para el famoso «rapidín» hasta que, de repente, apareciendo de la nada, Ana saltó como loca hacía la puerta del coche y comenzó a golpear el vidrio mientras gritaba repetidamente «¡no!¡no!». Evidentemente Erika y yo nos asustamos, mamá salió corriendo para tratar de tranquilizar a Ana que estaba sollozando como si hubiera visto algo verdaderamente espantoso. Mamá la llevó del brazo de regreso a su casa mientras ella entre lágrimas repetía «eso es malo, eso es malo». Después de tan amarga experiencia, pasamos a dejar a Erika a su casa y mamá y yo emprendimos nuestro camino a casa, fue ahí donde le pedí a mi madre que me contara la historia de Ana, sentía que tenía que saber quien era para saber como lidiar con ella. Ante mi insistencia, mamá accedió; y fue así como me contó el suceso más traumático en la vida de Ana, de lo que hasta la fecha se arrepentía y no la dejaba dormir tranquila. Esto que voy a contar se lo dijo la misma Ana a mi madre días después de que empezaran a tratar nuevamente. El relato es el siguiente:
Ana, llevando de la mano a su hijo, se dirigía rumbo al trabajo de su esposo, Jorge. Una noche antes, éste le había dicho que llegaría otra vez hasta muy tarde debido a un evento de su trabajo que se llevaría a cabo con motivo de los recientes éxitos de la empresa, dónde se encontrarían los socios y algunos invitados especiales. Por eso, para Jorge, era de suma importancia su presencia.
Desde hace tiempo el matrimonio de Ana y Jorge presentaba varios problemas y discusiones, que, con el paso del tiempo, se tornaban cada vez más escandalosos y agresivos. Incluso, Héctor, hijo de ambos, llegó a ser testigo de estos acontecimientos en un par de ocasiones. Lo que provocaba que sus padres, al ser descubiertos, buscaran tranquilizarlo diciéndole «estamos jugando». Algo que, por supuesto, nunca creyó
Ante las constantes peleas y las horas tan elevadas en las que Jorge llegaba a casa últimamente, Ana comenzó a hacerse a la idea de que éste le era infiel. Al principio, lo tomaba como una idea vaga y algo absurdo sin mucho sustento; pero conforme pasaba el tiempo esta idea se fue reforzando en su cabeza hasta el punto en que se encontraba prácticamente obsesionada con ella. Ana, desde luego, había confrontado a su marido anteriormente para que le dijera «la verdad». Pero Jorge, como era de suponerse, negaba rotundamente las acusaciones. Ana en este punto, creía poco o nada las palabras de su marido. Por lo que decidió que ella y su hijo fueran al trabajo de Jorge para comprobar si el dichoso evento era cierto o no, ya que consideraba que se podría tratar de una excusa para que él se pudiera escapara a tener su aventura sin problema alguno.
Era un sábado soleado, cerca de las 12 del día. Ana finalmente había llegado al edificio donde trabajaba su esposo. Tocó el timbre, esperó unos 20 segundos, pero nadie abrió o siquiera contestó; así que volvió a tocar tres veces seguidas. Esta vez a los pocos segundos abrió un guardia de seguridad. Ana preguntó por Jorge Santillán, el guardia le pidió que esperara un momento y regresó al interior del edificio. Un par de minutos después, Ana vio a Jorge aproximarse hasta dónde estaban ella y el pequeño Héctor. Jorge finalmente se paró ante ellos.
- ¿Qué pasó? ¿Qué hacen aquí? – dijo Jorge inmediatamente al verlos.
- ¿Sí estás en tu evento? – respondió Ana.
- Sí, Ana ¿por qué?
- ¿Por qué no nos trajiste?
- Porque nosotros no podemos traer a nadie, sólo pueden traer gente los socios y los invitados.
- ¿Seguro? ¿O más bien te está acompañando alguien más? – Jorge calló a Ana con un sonido.
- ¿Cómo se te ocurre decir eso enfrente del niño? No estoy con nadie, y ya te dije, aunque quiera, no puedo dejarlos pasar. Ya regrésense a la casa, por favor, estoy ocupado. Los veo al rato en la noche.
- ¿Cómo a qué hora llegas?
- Yo creo que pasada la media noche…
- ¿Te tienes que quedar forzosamente hasta que termine? ¿No te puedes salir antes?
- No, Ana. Es trabajo, ya te dije.
Después de decir eso, Jorge se agachó para darle un abrazo y un beso en la mejilla a su hijo, para posteriormente regresar a su evento. Ana entonces, más desconcertada que tranquila, se retiró del lugar aún con su hijo tomado de la mano. Después de unos metros de estar andando, recordó que cerca de ahí había un parque con juegos. Por lo que vio eso como una buena oportunidad para poder estar a solas un momento y despejar su mente un poco en lo que su hijo se entretenía.
Fue así, que, ya en el parque, Héctor jugaba de lo más tranquilo con un par de niños. Mientras tanto, Ana, se encontraba sentada sola en una banca pensando en el declive de su matrimonio. No podía terminar de concebirlo. Ana provenía de una familia altamente católica y conservadora, por lo que, todavía a día de hoy; era visto con muy malos ojos y hasta con desdén por su círculo social cercano algo como un divorcio.
No podía entender que es lo que había fallado, si (según ella) siempre había procurado buscar la estabilidad de su familia, llevando a cabo cada una de sus enseñanzas para ser considerada como una buena esposa y madre. Incluso hasta había delegado toda su vida social y gustos a la labor de ama de casa para ser bien vista.
En la casa de los Santillán estaba casi preestablecido que todo, o casi todo, se realizara conforme Jorge quería. Desde cuestiones como las decisiones financieras de la familia, hasta aspectos ya mucho más personales como la música que se escuchaba en el domicilio. Ana realmente compartía muy pocos gustos musicales con su marido, pero nunca mostraba objeción alguna al respecto. A Ana por lo regular le gustaba el pop o el rock pop. Pero recientemente había tenido un acercamiento secreto con el género del reguetón; un tipo de música que tanto toda su familia y conocidos, como ella misma, consideraban inferior por ser supuestamente prosaica, vulgar y corriente. Sin embargo, Ana no pude evitar sentirse atraída por el ritmo de varias de estas canciones; por lo que, en secreto, cuando su esposo se encontraba trabajando y su hijo en la escuela. Ella ponía un poco reguetón en su casa (aunque fuera en volumen muy bajo). Incluso hasta al principio comenzaba a bailar, aunque de manera muy rígida.
Al tener esta música casi siempre una connotación sexual, y sumado a que el coito de Ana en los últimos meses era muy escaso, por no decir nulo. Ella también encontró en el reguetón un medio para reavivar su lívido. No obstante, para ella, debido a sus convicciones, no era una opción la infidelidad. Así que para tratar de compensar eso, algunas de las mañanas en la que se encontraba sola ponía reguetón a un volumen medio, se quitaba toda la ropa de encima y comenzaba a bailar en medio de su sala de manera más suelta y alocada que de costumbre; para después, ya estando excitada, meterse un dildo que había conseguido en secreto y que escondía muy bien en su recámara. Llagaba también a buscar por internet fotos de modelos masculinos y se ponía a chupar el dildo imaginando que se trataba del pene de esos hombres fornidos. Al terminar todo su acto, reconocía que lo había disfrutado mucho, pero también se sentía sumamente avergonzada consigo misma por lo que había hecho, ya que lo consideraba algo muy corriente. Y juró que nadie sabría lo que hacía, ni la vería de esa forma. Ni siquiera su esposo.
Una vez regresando en sí, Ana seguía mirando al pequeño Héctor jugar con los demás niños; pero por más que se contuvo, no pudo evitar soltar algunas lágrimas pensando en cómo se estaba yendo su juventud. Consideraba que a sus 33 años todavía tenía mucho que aprovechar, y se sentía realmente frustrada con el estilo que llevaba hasta el momento. Trataba de disimular su sentir limpiando sus lágrimas, pero al parecer eso sirvió de poco, ya que después de un rato, Ana escuchó a un lado suyo a alguien que le dijo «Disculpe ¿Se encuentra bien?» ella volteo, y fue entonces que se percató que aquella persona se trataba de un joven de alrededor de unos 25 o 26 años, bastante apuesto a su juicio; aparentemente, por su vestimenta, se encontraba haciendo ejercicio en el parque. Ana, todavía limpiándose las lágrimas de forma apresurada le respondió al joven.
- Sí, estoy bien, muchas gracias.
- ¿Segura? ¿Hay algo en lo que la pueda ayudar?- insistió el joven.
- Segura, de verdad, me encuentro bien. Te agradezco.
- Si necesita a alguien con quien desahogarse, puede ocuparme a mí con confianza – Ana lanzó una ligera sonrisa.
- ¿Ya ve? Se va a poner de buenas ¿Puedo sentarme con usted? – Ana asintió con la cabeza.
- Mucho gusto, me llamo Santiago – el joven le extendió la mano a Ana.
- Mucho gusto, soy Ana – ella entonces le estrechó la mano.
Ana rápidamente le agarró confianza al tal Santiago, aquel joven fue capaz de hacer sentir mucho mejor a aquella mujer con una conversación fluida, amistosa y agradable; apoyándose de alguna que otra broma y chiste recurrente para hacerla reír ocasionalmente. Ana le tomó tanta confianza que hasta llegó a contarle sus problemas maritales. Era plenamente consciente de que compartía gran parte de su vida privada con un completo desconocido, pero en ese momento vio en Santiago una especie de apoyo emocional; y sobre todo, vio en él a alguien con quien podía hablar sin el temor de recibir inmediatamente después un sermón de horas.
Ana y Santiago pasaron un gran momento juntos, era como si hubiera una química prácticamente perfecta entre ambos. Se sentían muy cómodos el uno con el otro. Fue entonces que aprovechando esa supuesta «química», Santiago decidió hacer una propuesta arriesgada.
- Oye, Ana ¿Y qué te parece si para que tú y tu hijo se despejen un poco de sus broncas los invito a comer a mi casa? Vivo cerca, como a 10 minutos de aquí caminando.
- No, no muchas gracias. Tal vez en otra ocasión.
- Ándale, nada más un rato ¿No te la estás pasando bien ahorita?
- Pues sí, pero como crees que voy a tu casa si te acabo de conocer. No de verdad gracias, pero además tengo cosas que hacer en mi casa y mi hijo tiene tarea, entonces…- en ese momento Santiago la interrumpió.
- ¿Y qué tiene? ¿Ya somos amigos, no? ¿No puedo invitar a una amiga a comer? Y lo de tus cosas, ¿No las puedes hacer después? también tu hijo yo creo que puede hacer su tarea al rato. Nada más sería un rato.
- Pero no, Santiago, no creo que esté bien. Además ¿Vives solo o qué?
- Sí, tiene poco que me mudé, como unos 4 meses. Te juró que lo hago de buena onda. Nada más un par de horas. Te la vas pasar muy bien, y tu hijo también, de verdad. Ándale.
Ana pensó la propuesta algunos segundos. Sabía que eso era algo que iba en contra de su ética, pero tampoco podía negar que, en efecto, se la estaba pasando muy bien con aquel muchacho, tan bien como no la pasaba desde hace años. Así que decidió correr el riesgo.
- Va, pero nada más comemos y ya, porque tenemos cosas que hacer.
- Sí, sí, claro. No hay problema.
- Entonces Ana le habló a Héctor y le hizo una seña para que se acercara. Héctor obedeció y fue con su madre hasta la banca dónde estaba sentado junto a Santiago.
- Mira, mi amor, te presentó a Santiago, es un amigo que acabo de conocer. – Héctor miró a Santiago.
- Hola – le dijo con algo de timidez.
- Hola, Héctor – le respondió Santiago con una sonrisa en la cara. – Ana volvió a tomar la palabra.
- Oye, fíjate que Santiago nos invitó a comer a su casa que está cerquita de aquí ¿Te parece si vamos un rato? Y ya después nos vamos para la casa.
- Pero tengo tarea…
- La puede hacer al rato, cielo. Es más, yo te ayudo si quieres. ¿Vamos? – Héctor con la cabeza ligeramente agachada levantó los hombros para decir.
- Pues bueno…. – inmediatamente después de escuchar la respuesta de Héctor, Ana se levantó de la banca y tomó su bolso para ponerlo sobre su hombro al tiempo que tomaba a Héctor de la mano.
- Bueno, pues vamos. Te seguimos, Santiago.
Los tres emprendieron el camino hacia la casa de Santiago. Durante el camino, Santiago estuvo caminando al lado de Ana y su hijo, aunque manteniendo una cierta distancia. Ambos adultos fueron platicando, pero realmente no tocaban ningún tema relevante. Tal vez por la presencia del niño. Fue así que llegaron a la casa de Santiago. Se trataba de una casa de clase media, de buen tamaño pero visiblemente gastada por el tiempo. Al pasar el zaguán, había un auto gris bastante bueno.
- ¿Ese es tu carro? – preguntó Ana a Santiago.
- Sí.
La sala era grande, a pesar de tener un par de sofás de tres piezas y uno de dos; además de un comedor ancho, una pantalla, un sistema de sonido y unas 4 columnas de concreto, tenía todavía bastante espacio para par. La casa constaba de dos pisos; en el primero se encontraba la sala, la cocina y un medio baño. Al fondo había una puerta transparente grande daba hacia una jardinera; en el segundo piso se encontraban un par de recámaras, un pasillo, un baño y un cuarto que usaban para guardar diversas cosas. De acuerdo a lo que Santiago le explicó a Ana, la casa en sí era de sus padres, pero al ellos mudarse a otra ciudad, decidieron dejársela su hijo para que la ocupara.
Santiago les ofreció a Ana y a Héctor un poco de agua y les pidió que lo esperaran un momento, ya que iba a tomar un breve baño. Los invitados no tuvieron mayor inconveniente. Santiago al subir las escaleras para ir al baño volteó a medio camino para ver a Ana, como esperando a que hiciera o dijera algo; ella solamente se limitó a sonreírle y decir «aquí te esperamos». Él le devolvió la sonrisa y terminó de subir.
Al terminar, Santiago bajó vestido con una playera tipo polo, unos jeans y unos tenis. Entre él y Ana cocinaron en los que Héctor se encontraba sentado en uno de los sofás jugando con el celular de su madre. Eran cerca de las 3:30 cuando los tres se sentaron a comer. Santiago le preguntó a Ana si tomaba algo de alcohol, ella le dijo que sólo tomaba vino, ya que era lo único que toleraba, fue entonces que de un mueble bar, Santiago sacó una botella de vino tinto junto con un par de copas. Le ofreció una a Ana y ella aceptó gustosa.
Durante la comida Ana y Santiago no dejaron de hablar de diversas cosas y reír. Estaban tan inmersos en su conversación que ninguno (a diferencia de Héctor) se dio cuanta que ya llevaban varias copas de vino. El pobre Héctor era ignorado casi por completo, salvó escasas ocasiones en las que, ya fuera su madre o su amigo, le hacían algunas preguntas rápidas.
En un momento, Santiago con su celular puso algo de música tranquila en las bocinas para «ambientar» la reunión. En su mayoría era música del gusto de Ana, ya que constantemente él le pasaba el teléfono para que escogiera las canciones. Pasó poco más de una hora, a este punto, tanto Ana como Santiago ya se encontraban un poco mareados por el vino, pero todavía estaban bastante consientes. Las risas se intensificaron de manera significativa. Ana volteo a ver a su hijo y se percató se que éste tenía la cabeza sobre los brazos que tenía sobre el comedor, con una cara de aburrimiento increíble. Al ver que ya había acabado sus alimento, Ana le dijo:
- Mi cielo, ¿Estás aburrido? – el niño asintió con la cabeza.
- Si quieres puedes subir a mi cuarto a ver tele – Le dijo Santiago. Héctor miró a su madre, que ya tenía la cara un poco roja.
- Sí, corazón, si quieres ve un ratito, en lo que nos vamos. Ya no tardamos.
- Es el primer cuarto que está a la derecha – dijo Santiago, también algo enrojecido.
Héctor entonces se levantó de la mesa y fue casi corriendo a ver televisión. Ana y Santiago rieron al verlo. Estuvieron un rato en silencio mientras seguían tomando vino.
- ¿Y qué otra música te gusta, Ana? – preguntó Santiago viendo su celular. Ana levantó los hombros mientras tomaba un sorbo de vino.
- Pues casi toda… – respondió.
- ¿Casi toda? ¿Te gusta el reguetón? – Ana sonrió y miró a Santiago con algo de pena.
- Sí…. Un poquito, la verdad.
Santiago entonces comenzó a poner reguetón, Ana al principio se reía y hasta se tapaba la cara con las manos. Pero conforme pasaban los minutos, se iba soltando un poco; de repente tanto ella como Santiago se encontraban moviéndose al ritmo y hasta tarareando algunas canciones desde sus asientos. Así fue hasta que Santiago tomó una nueva iniciativa.
- ¿Lo sabes bailar? – le preguntó con una sonrisa en la cara. Ana soltó una carcajada.
- La verdad, no muy bien, lo he intentado, la verdad, pero no me sale.
- Ah, yo creo que sí te sale…
- No, soy muy mala, la verdad.
- No, no lo eres, si quieres yo te guío…. – Ana miró con asombro a Santiago por unos segundos; después sonrió y se levantó de la silla.
- Pues a ver que tal… – Santiago también se levantó y ambos fueron a la zona de los sofás, que era dónde más espacio había.
Ana se volteó de cuerpo completo para darle la espalda a Santiago y empezó a moverse de izquierda a derecha. Santiago por su parte, se pegó a Ana, la tomó por la cintura y también se comenzó a mover de acuerdo al ritmo. El trasero de Ana, cubierto por el pantalón negro que llevaba, se restregaba con la parte de la entrepierna de Santiago, también cubierta por sus jeans. En esos primeros movimientos, ambos estaban bastante rígidos y arrítmicos, no cruzaban palabra alguna en ese momento.
Como todo, era cuestión de tiempo para que los dos se acostumbraran a lo que estaban haciendo. Dos o tres canciones después de haber comenzado, ya estaban más sueltos, ambos se movían con más libertad, incluso hasta abrían e inclinaban un poco sus piernas. Ana, al momento que se comenzó a escuchar una canción nueva, se inclinó hacia delante, toco sus rodillas con sus manos, y poniéndose en posición de perreo, empezó mover todo su trasero sobre la entrepierna de Santiago, del cual, ya se sentía un bulto. Ana movía de manera descarada su culo en círculos. Santiago ante esta situación se emocionó y tomó los glúteos de Ana para sobarlos y apretarlos ya sin ningún recato. Ana en su posición volteaba a ver a Santiago con una cara de lo más coqueta y excitante, mordiéndose los labios incluso. Éste ya se encontraba tan excitado que tomó su celular para subir mucho más el volumen, escuchándose la música, ahora sí, en toda la casa. Seguido de eso procedió a darle una dos o tres nalgadas a Ana, a lo que ella solo respondió diciendo «Ahh..» Ese pequeño gemido de Ana provocó que Santiago volviera a tomarla por la cintura y comenzaba a moverse como si la estuviera cogiendo de a perro. Ana con cada va y ven se excitaba más; recordando también aquellas mañanas solitarias. Ana regresó de golpe a su poción original sin dejar de moverse. Esta vez pegó su cara con la de Santiago, acariciándola con una mano. Ambos podían sentir sus respiraciones agitadas y sus pieles calientes como si tuvieran fiebre.
En las bocinas comenzó la canción que Ana relacionaba más con esos momentos en los que bailaba sola desnuda, se llamaba «Ram pam pam», entonces comenzó a moverse con más fuerza e intensidad. Ante esto, Santiago no aguantó más, se despegó y de golpe se quitó su playera tipo polo, dejando su torso ligeramente marcado. Ana volteo a verlo con asombro, otra vez.
- ¿Qué haces? – le dijo con un tono sorprendido.
- Es que ya me dio calor… ¿A ti no? – Ana se quedó viéndolo un par de segundos.
- Sí…. Ahora que lo dices, hace bastante…. En ese momento, Ana pensó en su marido y se dijo a sí misma «hoy me vengo de ese cabrón».
Mientras tanto, en la recámara de arriba, Héctor trataba de ver la televisión, aunque por culpa del ruido de la música, esto era algo que no podía hacer. Le sorprendió mucho que la música subiera tanto tan repentinamente. Ya estaba un poco harto del escándalo que hacían su mamá y su amigo. Así que decidió salir para ver porque tanto ruido, al querer bajar las escaleras se percató, que, a los pies de ésta, se encontraba uno de los zapatos que llevaba su mamá junto con un cinturón. Esto le pareció, desde luego, muy extraño, así que se pasó al otro lado del pasillo, dónde se había dado cuenta cuando subió que se podía ver la parte de los sofás, y además, para su fortuna había estaba ya algo oscura la parte de arriba, a diferencia de la planta baja, y había unas macetas dónde se podía esconder. Rápidamente se escondió detrás de las macetas, y abrió algunas plantas para ver qué pasaba abajo. Fue entonces que vio una escena que jamás imagino ver: Su mamá bailando de espaladas a Santiago. Ella estaba solamente con el brasier y los calzones puestos, ambos de color negro, mientras que Santiago solo llevaba puesto los bóxer, que eran azules. Héctor traía los ojos super abiertos por la impresión que se llevó. Ana tenía unas expresiones en la cara que indicaban que disfrutaba muchísimo eso, ya que hasta cantaba con los ojos cerrados apretados y con la cabeza apuntando hacia arriba.
Ana se despegó de Santiago y comenzó moverse sola como cuando bailaba sola en su casa, Santiago hacía lo propio. Héctor notó que el bóxer de Santiago tenía una montaña muy grande marcada en la parte del pene. También observó, que toda la ropa, tanto de su mamá como la de Santiago, se encontraba regada por toda la sala, desde el piso, los muebles cercanos y los sofás.
- Ya se te puso bien cañón – Le dijo Ana mientras seguía bailando.
- Pues como no, con lo que estoy viendo – le respondió Santiago.
- Ahorita vas a ver como se te pone más duro… – Ana dirigió sus dos manos a su espalda, y sin más, desabrochó su sostén y lo dejó caer, dejando ver, tanto a Santiago como a su hijo, Héctor, sus ricas tetas.
Santiago dejó de bailar por un momento para observar embobado las tetas de Ana que ahora rebotaban por el baile que ella hacía al ritmo de los tamborazos del reguetón. La erección estaba más dura que nunca, tal y como pronosticó Ana. Lo mejor para Santiago (y para Héctor también) es que Ana no se detuvo ahí. Giró sobre sí para, nuevamente quedar de espaldas a Santiago, moviendo sólo las caderas, dirigió sus manos a sus calzones, poco a poco los fue haciendo rollito hasta que se los quitó por completo y lo tiró con los pies para dejarlos en el suelo. Santiago no se quedó atrás, y procedió a quitarse los bóxer para dejar su verga al aire. Ana al ver el pene parado de Santiago sólo expresó un «Ufff..» Santiago inmediatamente después se puso detrás de Ana. Ella entonces se iba acercando poco a poco al ritmo de la música, llegando a rosar el pene de Santiago con su raya. Pero justo antes de que se introdujera, Ana se despegaba y repetía e movimiento.
- ¿Ya? – le preguntó Santiago.
- No, todavía no.
Héctor al ver tremenda escena, no pudo evitar tener una erección, sentía muy rico ver a su mamá haciendo eso. Así que sin pensarlo dos veces se desabrochó su pantalón, se los bajo a la altura de las rodillas. y agachado, como estaba, comenzó a hacer «ranitas» sobre el piso.
Mientras tanto, Santiago, al no poder penetrar a Ana aún, seguía bailando detrás de ella. Pero para darle un cierto placer a su pene, lo embarraba en una de las nalgas de Ana, dejando un poco de fluido en su piel. Ella por su parte, no se detenía de bailar empinada. Se agarraba y acomodaba su cabello castaño para verse más sensual. Santiago pasaba con sus manos por la parte baja de la espalda de Ana. Después de eso tomó la botella de vino que habían dejado en un mueble de al lado, tomó un trago de ella; luego se la entregó a Ana y ella hizo lo mismo; dejando la botella en su lugar al terminar. Santiago volvió a pegarle una nalgada a Ana. Esta vez la nalgada se escuchó mucho más debido a que ahora había golpeado la piel desnuda. Ana respondió otra vez a esto con un «Ah..»
Ana estaba completamente desatada, después de estar pegada a Santiago, se despegó para subirse a uno de los sofás y comenzarle a hacer una especie de striptease. Bailaba moviendo sus caderas mientras se tomaba la cabeza con ambas manos. Santiago sólo se le quedaba viendo mientras se masturbaba, al igual que Héctor. Así estuvieron un rato, Ana daba vueltas sobre sí al ritmo de la música. Al parecer todo iba bien para ambos adultos hasta qué, de repente, el celular de Ana, qué estaba en el comedor, comenzó a sonar. A pesar del volumen de la música, todos lo escucharon, Ana volteo al comedor con temor y dejó de moverse. Bajo rápidamente del sofá y le pidió a Santiago que pausara la música un momento, éste hizo caso. En efecto, tal como Ana lo imaginaba, se trataba de Jorge. Ana tomó el celular, le hizo una seña a su ahora amante para que la esperara y caminó, completamente desnuda, hacia la cocina.
- ¿Bueno? – dijo Ana tratando de disimular lo más que podía su ligero mareo por el alcohol y su respiración agitada por el ejercicio que estaba haciendo.
- ¿Bueno? ¿Cómo están? – Contestó Jorge.
- Bien, bien ¿Y tú? ¿Cómo vas?
- Bien, todavía me falta un rato, pero va bien ¿Ya están en la casa? – Ana cerró los ojos y se tomó la frente con una mano.
- Sí, acabamos de llegar casi, es que pasamos un rato al parque que está por tu trabajo para que Héctor jugara un rato, pero ya estamos aquí.
- Muy bien ¿Cómo está Héctor? ¿Me lo pasas? – Ana se puso un poco nerviosa, pero logró controlar la situación.
- Es que ahorita está en el baño, pero está bien.
- Ah, bueno. Entonces deja me apuro aquí, nos vemos al rato.
- Sí, con cuidado. Bye – Jorge colgó la llamada.
Ana regresó a la sala y dejó su teléfono nuevamente sobre el comedor. Santiago durante la llamada de Ana se había dado cuenta de que Héctor se estaba escondiendo detrás de las macetas para ver lo que pasaba en la sala, sin embargo, no le dijo nada a él o a su mamá. Simplemente lo dejó seguir viendo. En cuanto vio a su hembra regresar de la cocina volvió a poner la música, Ana al escucharla caminó unos metros haciendo un baile parada sobre los dedos de sus pies. Al llegar con Santiago le plantó un beso en la boca al tiempo le agarró el pene para empezar a jalarlo. Santiago le respondió el beso con todo gusto; ambos parecían comerse sus bocas. Sus lenguas se entrelazaban de forma deliciosa. Se besaban con mucha pasión, Ana al ser más baja que Santiago por varios centímetros tenía que estar de puntitas para besarlo, abrazándolo por el cuello, mientras Santiago le agarraba con ambas manos las nalgas. Ana se despegó de Santiago un momento.
- Yo creo que ya nos apuramos – le dijo mirándolo a los ojos.
- Sí… – dijo tartamudeando un poco al sentir tan rico la mano de Ana sobre su pene.
Continuará…


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