MARCELITA 2026 – Capítulo 13: La noche consensuada
La dulce historia de amor entre una niña y un hombre (M32 / g8-9yo)..
La niña, obediente, se despidió de su hombre con un tímido beso en la boca y se fue corriendo a su habitación. Los dos adultos se quedaron en silencio por un momento, hasta que Camila se dirigió a Fabián y le dijo: «¿Qué te parecen 3.000 euros al mes?»
Fabián se quedó atónito por la propuesta de Camila. No podía creer que estuviera dispuesta a prostituir a su propia hija de esa manera tan depravada. Pero al mismo tiempo, se sentía emocionado ante la posibilidad de tener acceso exclusivo a Marcela.
F: «Camila, no sabes cuánto aprecio tu propuesta. Significaría el mundo para mí poder estar con Marcela y demostarle mi amor de todas las maneras posibles..»
Y con voz cargada de deseo y descaro, continuó: «Podría pagarte más para que me permitas verla más seguido y pasar más tiempo a solas con ella. ¿Qué te parece si te doy 10.000 euros al mes a cambio de dejarme ver a Marcela todas las veces que quiera y hacer con ella lo que me plazca? Además, te compraré todo lo que necesites para vestirla y arreglarla como a mí me guste..»
Camila: «Una noche al mes por 3.000, tómalo o déjalo..»
Fabián, callado, lucía incrédulo ante la franqueza de la mujer, mientras Camila continuó: «¿Pero y tú te crees que soy tonta? Desde hace semanas comencé a notar cosas y el fin de semana que la dejé a tu cuidado, lo confirmé… Además de que lo hice sabiendo que podían pasar cosas.»
Fabián no daba crédito, no podía creer que Camila había planeado todo para encontrarlo con las manos en la masa. Sin alcanzar a decir ni una sola palabra más, se retiró de casa de su mujercita pensativo.
Al llegar a su casa y tras tomar una buena ducha, más relajado en su habitación concluyó que la oportunidad estaba servida y decidió no desaprovecharla. Esa misma noche comenzó a maquinar el primero de los encuentros consensuados..
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Pasaron algunos días hasta que coincidieron en la oficina Fabián y Camila. Este aprovechó entonces para abordarla y cerrar el trato propuesto por la madre de la nña: «Estoy de acuerdo con la propuesta económica que me has planteado, Camila», dijo Fabián con un tono de voz firme y seguro, sin mostrar ningún atisbo de arrepentimiento o duda en sus palabras.
Estaba prácticamente comprando a una niña de 9 años, con el matiz de que las tres partes involucradas estaban de acuerdo. La idea de tener libre acceso a la pequeña hacía que todos sus escrúpulos desaparecieran.
Y tras realizar el pago por adelantado, pidió su noche del mes: «Este próximo sábado que es el último del mes, si no tienes problema, quiero que me la dejes para llevar a cabo nuestro acuerdo», dijo Fabián con un tono de voz grave y lleno de deseo contenido. Quería asegurarse de que todo estuviera listo para la ocasión, y que la pequeña Marcela estuviera preparada para cumplir con sus más íntimas y perversas exigencias
«Quiero asegurarme de que Marcela luzca lo más sexy posible. Te pasaré dejando un día antes el vestuario para que la arregles para mí», dijo Fabián mientras imaginaba a la pequeña Marcela vestida con la ropa que ya tenía en mente..
Camila lo fulminó con la mirada y dijo con un tono sarcástico y despectivo: «Lo siento, Fabián, pero no creo que sea adecuado que me pidas que ‘arregle’ a mi propia hija para ti. Eso no estaba incluido en nuestro acuerdo previo. Esta vez lo haré, pero te advierto que para el próximo mes, cualquier solicitud especial por tu parte tendrá un costo adicional. ¿Quedó claro?»
A Camila ya no le importaban los juicios morales, al final había visto la oportunidad de sacar tajada económica de su propia hija, la situación rozaba la locura y ya, caretas fuera, Fabián respondió:
«Por supuesto, Camila. De hecho, he decidido hacerte un nuevo depósito de 300€ adicionales.»
Mientras, tecleaba rápidamente en su móvil la transferencia. «Esto es por el coste del maquillaje y las molestias para dejar a Marcela tan espectacular como yo la deseo. Quiero que se vea absolutamente impresionante».
«¿Y qué tipo de maquillaje quieres que lleve?», preguntó la mujer con cierta morbosidad.
«Quiero que luzca lo más femenina y seductora posible», respondió Fabián con un tono cargado de lujuria. «De todas formas sabrás exactamente el maquillaje perfecto cuando veas lo que quiero que vista esa noche… Ah, y quiero que le recojas el cabello en dos trenzas largas a cada lado de la cabeza que enmarquen perfectamente ese rostro de ángel»
Con un gesto serio y formal, Fabián extendió su mano derecha hacia Camila en un gesto de cierre de acuerdo multinacional. Al estrecharla con fuerza, sellaban un trato del que ambas partes saldrían beneficiadas, aunque por razones muy diferentes.
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Llegó la noche pactada. En poco menos de una hora, Fabián pasaría a buscar a su nena, a su pareja. Este, un día antes, le había entregado a Camila un maletín con la vestimenta de la niña.
Marcela salió de un largo baño de espuma perfumada, sintiendo su piel suave y limpia como nunca antes. Con un albornoz de color rosado de Disney que dejaba entrever sus delicadas piernas, caminó descalza sobre la alfombra hasta llegar a su habitación. Al abrir la puerta, divisó sobre su camita de princesa una bolsa de diseñador.
La niña se acercó con curiosidad y la tomó con sus manitas pequeñas, sintiendo que pesaba más de lo habitual. Sin esperar más, la abrió con cuidado y sacó el contenido, quedándose sorprendida al ver lo que había dentro..
Camila apareció a sus espaldas y sin mediar palabras, le arrebató el albornoz. Marcela quedó paralizada al sentir cómo su madre le quitaba el albornoz de un tirón, dejando expuesto su cuerpecito desnudo y húmedo después del baño. Antes de que pudiera reaccionar, Camila ya había sacado de la elegante bolsa de diseñador una prenda que dejó a la pequeña con la boca abierta.
Con un sonrisa pícara y llena de intención, Camila sostuvo en alto un sujetador diminuto y ajustado, de un negro brillante y translúcido. La niña contempló atónita cómo su madre le colocaba aquel trocito minúsculo de encaje y tul en sus hombros estrechos, ajustando las correas delgadas para que se mantuviera en su lugar sobre su torso completamente plano y liso.
A pesar de lo diminuto del sujetador de encaje, Camila logró ajustarlo hábilmente en el cuerpecito de la niña. Sin embargo, al terminar de abrocharlo, tanto ella como Marcela se dieron cuenta de que el diseño tan escaso y transparente del sostén dejaba completamente expuestos los dos pequeños pezones endurecidos de la pequeña; cualquiera podría ver con claridad esos dos diminutos pezones a través de la tela.
Luego, Camila tomó una diminuta tanga a juego que deslizó despacio por las piernas flacas y pálidas de su hija, sintiendo cómo la delicada tela de encaje se adhería a su piel suave como la de un ángel. La prenda subió aún más, ciñéndose con estrechez a cada curva infantil, hasta que finalmente quedó ajustada en su lugar.
Marcela pudo sentir cómo el frente de la tanga se tensaba ligeramente contra su pubis; el diseño translúcido del tejido dejaba adivinar con total claridad la forma de su montículo de venus en forma de V sin vello alguno.
La niña dio un pequeño saltito cuando su madre terminó de ajustar la parte trasera de la prenda, sintiendo cómo la estrecha tira de tela se hundía entre sus nalgas, separándolas ligeramente y mostrando con descaro la piel pálida y vulnerable entre ellas.
Dos cuerdas más, adornadas con lazos minúsculos, descansaban con coquetería sobre sus caderas huesudas, acentuando aún más su figura infantil. Luego, Camila rodeó con delicadeza la estrecha cintura de su hija con una delgada cadenita de plata. Tuvo que darle dos vueltas alrededor de esa cinturita infantil para lograr ajustarla correctamente ya que el talle de la niña era tan estrecho que la cadenita amenazaba con resbalar al suelo de no ser por la doble vuelta. Marcela podía sentir cómo la fría plata se ceñía a su piel.
La combinación de la ropa interior de encaje transparente y la cadenita plateada en su cinturita la hacía sentir más femenina y especial. Sabía que su hombre apreciaría mucho verla así vestida cuando fuera a buscarla esa noche..
Camila sacó un paquete de celofán que contenía un nuevo par de medias de malla fina y las dejó sobre la cama. Marcela misma sacó los artículos y los levantó para dejarlos caer hacia el suelo. Su madre dejó que la niña continuase.
Marcela introdujo su manita derecha en una de ellas y lentamente fue tirando de la media a lo largo de su delgado brazo hasta que sus dedos tocaron sus deditos del pie. Luego, sosteniendo la media enrollada con ambas manitas, la colocó sobre su piececito derecho y fue haciéndola rodar centímetro a centímetro por su piernita huesuda. Fabián le había comprado todos estos artículos en una tienda en línea especializada en tallas extra pequeñas..
La suave tela se ajustaba a la piel de la pequeña como una segunda capa, acentuando aún más la delicadeza de su figura infantil. Las medias de malla fina llegaban justo arriba de las rodillas.
Cuando llegó a su muslo, tiró y alisó con cuidado la media de nailon desde el tobillo hasta el muslo y luego se puso de pie para mirarse en el espejo, alineó y enderezó cuidadosamente la costura hasta que quedó perfectamente recta.
Dos clips colocados rápidamente en la parte superior de la media la aseguraron en su lugar y luego repitió el proceso con la pierna izquierda.
Al ver su reflejo al espejo no podía creer cómo se veía vestida, como ninguna niña de 9 años debería vestirse nunca. Marcela y Camila se sonrieron cómplices al sacar de la bolsa una minúscula blusa blanca. A pesar de tener el aspecto de una tradicional blusa escolar, el corte de la prenda dejaba buena parte de la pancita de la niña expuesta con la cadenita de plata que había colocado su madre antes.
Con la ayuda de Camila, Marcela introdujo sus bracitos en las mangas ajustadas de la blusa. La tela se amoldaba perfectamente a su tórax plano, acentuando la delgadez de sus hombros y la falta de desarrollo de sus pechos.
Para completar el look, Marcela sacó de la bolsa una minifalda escocesa de cuadros, típica de las colegialas, pero de un diseño especialmente provocador. La falda tenía una cintura extremadamente baja, que dejaba buena parte de su vientre y cadera expuestos, acentuando aún más la fragilidad de su cuerpecito de niña.
Con un movimiento grácil, Marcela se subió la minifalda por sus flacas piernas, sintiendo cómo la tela ligera se ceñía a sus muslos y nalgas respingonas. A pesar de la risa cómplice que compartió con su madre al entender que el máximo fetiche de Fabián no era otro que tener a una verdadera colegiala de cuarto de primaria, la niña no pudo evitar sentir un escalofrío de excitación. No podía negar lo evidente: lucía como la fantasía húmeda de cualquier hombre con esos gustos tan específicos..
Estaba lista para ser la marioneta sexual de Fabián esa noche. Se miró en el espejo y contempló cómo la falda apenas cubría lo suficiente para cumplir con las apariencias, pero dejaba una generosa porción de sus muslos al descubierto. La tela de la minifalda se ajustaba a cada curva de su trasero infantil. Las nalguitas se le marcaban con cada movimiento a pesar de que la prenda pretendiera taparlas. La corbata a juego, anudada con descuido alrededor de su cuello, remataba el conjunto y enfatizaba aún más su look escolar.
Mientras tanto, Camila se afanaba en cumplir los deseos de Fabián. Con un pincel fino y delicado, aplicaba una capa de rímel en las pestañas de su hija, haciendo que estas parecieran más largas y gruesas. Quería asegurarse de que la niña estuviera perfecta.
Una vez que terminó con el maquillaje, Camila se dedicó a peinar meticulosamente a Marcela. Con movimientos rápidos y precisos, hizo dos trenzas perfectas a los lados de la cabeza de la niña, dándole un toque de inocencia y sencillez que contrastaba con la provocación de su atuendo.
Marcela deslizó con cuidado sus piececitos en unos tacones de aguja rojos de 4 pulgadas. A pesar de lo altos y estrechos que eran, la niña logró ponérselos sin dificultad, mostrando una destreza que parecía imposible en alguien de su edad.
Una vez que tuvo los tacones puestos, su madre le ayudó a ajustar una gargantilla de elástico negro alrededor de su cuello pálido. El negro brillante del accesorio hacía resaltar aún más la blancura de la piel de la pequeña. La realidad era que parecía mayor, pero solo por un par de años.
El toque final fue una gran mochila escolar japonesa roja que Camila colocó con delicadeza sobre los estrechos hombros de la niña. La mochila era tan grande que prácticamente tapaba la mayor parte de la espalda de la pequeña, dejando expuesto sólo el nacimiento de sus nalguitas redondas y respingonas que asomaban por debajo de la minifalda.
En eso, sonó el timbre solo 30 segundos después de la hora pactada. Fabián había llegado puntual a la cita. Llamó al timbre y Marcela fue corriendo a abrirle la puerta. La niña abrió y levantó la mirada..
«Hola mi amor», dijo Marcela en una voz suave y baja que parecía impregnar todo su cuerpo y mente, provocando que las mariposas en su estómago se aceleraran. Los ojos de Fabián vagaron por todo su cuerpo infantil, desnudándola mentalmente..
Lentamente desde su cara pintada de puta hasta su pecho plano, su pancita de niña, sus caderas y una falda escolar increíblemente corta, el nailon negro que cubría sus piernas y sus tacones rojos de 4 pulgadas de altos, todo un poema que decía ‘Fóllame’.
Él reaccionó como lo haría cualquier pedófilo de sangre roja y su polla comenzó a ponerse firme. De hecho, parecía una prostituta en formación. O, más bien, una puta VIP. Obviamente estaba vestida para la acción y él se aseguraría de que tuviera suficiente de eso. Esta noche iban a tomar roles diferentes, dejando de lado la ternura hacia algo más perverso…
F: «¿Nos vamos?».
M: «¡Vámonos!».
Camila, con cierta impotencia, cerró la puerta luego de dejarlos salir sin pronunciar ni una sola palabra.
Sin perder tiempo, Fabián tomó de la mano a la niña y la guió hacia el vehículo. Por enésima vez se dirigían juntos al coche de Fabián, pero esta vez era el siguiente nivel. El taconeo inverosímil de una niña de 9 años en el pavimento del parking delataba lo prohibido de la situación.
Al entrar al coche, no pudieron resistir la tentación de devorar sus bocas en un beso apasionado y profundo, enredando sus lenguas en una danza erótica y desesperada. Fabián saboreaba con avidez los dulces labios, lengua y dientecitos finos de la pequeña
Después de unos segundos, Fabián se separó de ella con un gruñido ronco. Con voz grave y llena de deseo, le dijo a la niña que no tenían tiempo que perder: «Aquí no, tenemos poco tiempo bebé..»
Tras un último y rápido beso, Fabián puso en marcha el vehículo y emprendieron el camino hacia su casa, deseosos de aprovechar cada segundo de las tres horas pactadas que tenían para estar juntos.
En el camino, la niña le iba tocando la entrepierna, no podía aguantarse más las ganas. En menos de 5 minutos llegaron, aparcaron y Fabián le sujetó la puerta del coche, ayudándola a bajar de la mano. Era evidente la falta de experiencia de la niña para dominar semejantes tacones. Cogidos de la mano se escabulleron en la casa y Fabián la guio hacia las escaleras…
«Las damas primero. Sube las escaleras hasta la puerta de la izquierda», dijo Fabián mirándola de arriba abajo, sonriendo cálidamente. Con una gran inhalación, la niña se adelantó tímidamente a él y comenzó a subir hacia el nivel de arriba.
Fabián se quedó mirando fijamente cómo Marcela subía tímidamente las escaleras. Sus ojos se clavaron en ver su sexy y delgado culito que la enorme mochila japonesa que lleva a la espalda apenas y permitía apreciar.
La visión de las largas y bien formadas piernas de la niña, aún no las de una mujer, conservando ese erótico aspecto infantil, cubiertas hasta los muslos por las medias de nailon con costuras negras, lo excitaba sobremanera.
Mientras caminaba, la brisa levantaba ligeramente la falda regalándole a Fabián una vista ininterrumpida del hilo negro que se colaba entre sus pequeñas y suculentas nalgas.
Al llegar a la puerta de la izquierda, se detuvo y giró hacia Fabián con una sonrisa tímida. Como lobo hambriento, subió detrás de ella, sin perder detalle de cada uno de sus pasos.
La blusa ‘escolar’, desabotonada justo en el lugar indicado, dejaba entrever el sujetador del mismo color negro, acentuando la sensualidad y el erotismo que emanaba de su joven cuerpo. Una rápida mirada a los abultados pantalones de Fabián le dio a Marcela la confirmación que buscaba mientras le sonreía; la confianza comenzaba a reemplazar su nerviosismo. La noche loca había comenzado..
«¿Y ahora, qué?», preguntó Marcela con voz tímida y vacilante, volteando levemente el cuello para mirarlo con sus enormes ojos.
«Mi oficina es la segunda puerta a la izquierda», respondió Fabián con una sonrisa enigmática y llena de intenciones ocultas.
La niña lo miró confundida, en su mente, había dado por sentado que la llevaría directamente a su habitación para dar rienda suelta a sus juegos íntimos.
«¿Tu oficina?», preguntó extrañada, arqueando ligeramente una ceja.
«Así es», confirmó Fabián.
Fabián se detuvo detrás de Marcela al entrar a la oficina, sus manos se posaron sobre los estrechos hombros de la niña. Podía sentir el cuerpo tembloroso de la pequeña debajo de la textura sintética de los tirantes de la pesada mochila.
Marcela, ya dentro de la lujosa oficina, admiró cada detalle de decoración. Sus ojitos se posaron en el majestuoso escritorio de madera oscura brillante, con una tapa de cuero rojo intenso que lucía muy elegancia. A su derecha, podía divisar una fila de estantes que contenían archivadores y libros de leyes, lo que le daba un aire de seriedad y profesionalismo al ambiente.
Pero lo que realmente llamó su atención fue el sofá Chesterfield de cuero rojo oscuro ubicado enfrente, a la izquierda de la entrada. Era un sofá de tres plazas que se veía extremadamente cómodo.
A pesar de su corta edad, Marcela analizaba mentalmente las posibilidades que se le presentaban para cumplir las fantasías de Fabián en ese espacio. La mesa de café frente al sofá, las sillas contra la pared del fondo, la silla de cuero rojo detrás del escritorio… cada rincón parecía ofrecer oportunidades para dar rienda suelta a los deseos más prohibidos entre hombre y niña.
Fabián había colocado la silla deliberadamente lo suficientemente lejos de su escritorio para asegurarse de poder ver cada parte de su infantil y candente cuerpo y una sonrisa de satisfacción cruzó su rostro.
La nena notó con ojos de sorpresa que sobre la mesa adjunta al escritorio había varios objetos desconocidos para ella. Entre ellos, un par de antifaces, una mordaza negra de bola maciza y una pequeña caja cerrada de apariencia misteriosa. No sabía exactamente para qué servirían, pero intuía que tendrían un propósito especial en los planes de Fabián para esa noche.
«¿Qué es todo eso?», preguntó Marcela con cierta vacilación en su vocecilla, sintiendo un escalofrío de emoción al pensar en lo que podrían significar.
Fabián le dirigió una sonrisa enigmática y llena de segundas intenciones. Se puso de pie, rodeó el escritorio y se paró detrás de ella. Se inclinó y le susurró al oído con voz ronca:
«Son herramientas que me ayudarán a explorar tus límites de niña y me permitirán llevarte a nuevos niveles de placer, Marcela.»
Marcela lo miró con cierta confusión y nerviosismo en sus ojos azules. Con una voz tímida y vacilante, respondió: «Ah, ¿sí?»
Mientras tanto, su mirada se desvió hacia la pequeña barra ubicada en un rincón de la oficina. Fue entonces cuando se le ocurrió una excusa para disimular su nerviosismo y curiosidad.
«Tengo tanta sed», confesó la pequeña con sinceridad.
Fabián se quedó sorprendido por la respuesta de la niña. No esperaba que una colegiala de su edad pidiera alcohol tan descaradamente. A pesar de ello, decidió seguirle el juego y le preguntó con interés: «¿Qué quieres beber?»
«Un vodka tonic», dijo Marcela, quien no pudo evitar soltar una risita nerviosa ante la reacción de sorpresa de Fabián.
M: «Sí, un vodka tonic. Si tú me has metido la lengua y otras cosas a la boca, ¿ahora te asusta que pida vodka? Jejeje».
F: «Claro, un vodka tonic para la señorita».
Fabián sirvió la copa con vodka y tónica para Marcela, pero se aseguró de poner muy poco vodka y mucha tónica en ella. No quería que el alcohol nublara los sentidos de la pequeña, sino todo lo contrario. Quería disfrutarla al máximo y explorar hasta donde podrían llegar con ella completamente alerta y consciente de todo lo que sucediera esa noche.
«¿Con hielo está bien?», dijo Fabián tratando de no darle importancia al hecho de que pedía alcohol fuerte. Marce asintió.
Le entregó la bebida a Marcela, quien se llevó la copa a los labios y bebió ansiosamente la mitad del contenido. Al probar el sabor fuerte y punzante del vodka, no pudo evitar fruncir ligeramente el ceño, mostrando una expresión de molestia momentánea. Sin embargo, consciente de que Fabián la observaba atentamente, intentó disimular su reacción y fingió que el sabor le parecía delicioso.
Después de dejar la copa sobre el posavasos que Fabián le había proporcionado, tratando de ocultar el ligero malestar que le había causado la bebida, arqueó la espalda, empujando su escote en desarrollo hacia la mirada lasciva de Fabián, quien no podía apartar sus ojos de la visión de sus piernas, ahora bien separadas. Las medias negras se aferraban a sus muslos como una segunda piel. Y en el centro, un húmedo triángulo escarpado de malla negra apenas tapaba su intimidad de niña, dejando muy poco a la imaginación.
Fabián sabía que tenía ante él a una verdadera colegiala, y eso sólo aumentaba su deseo. Estaba ansioso por explorar hasta dónde podría llevar a esta criatura, por ver hasta dónde llegaba su capacidad de resistencia sexual..
Nunca antes la había visto con tanta lascivia como esta noche, vestida así. Ella estaba sentada en el borde de su asiento, con las piernas abiertas y su tanga negra mostrando claramente sus encantos. A eso se le sumaba su blusa escolar ahora con otro botón abierto..
Fabián se inclinó hacia adelante, acercando su rostro al de Marcela. Sus ojos se clavaron en los de la niña con intensidad, transmitiendo una mezcla de fuerza y deseo. Con voz dominante, le dijo: «De ahora en adelante, harás lo que yo quiera y como yo quiera.»
Marcela tragó saliva. Sabía que Fabián la había elegido específicamente para satisfacer con sus dulces encantos, sus más oscuros deseos de hombre. Tratando de sonar lo más sumisa posible, le respondió: «Está bien, amo».
Su voz tembló ligeramente al pronunciar esas palabras, revelando una mezcla de nerviosismo y excitación. Sabía que se estaba comprometiendo a ser una esclava sexual.
Fabián se puso de pie y se movió hacia el frente del escritorio, posicionándose erguido y dominante frente a la pequeña Marcela. Su altura y presencia física eran impresionantes, especialmente si se comparaba con la delicada figura de la niña.
Marcela reaccionó levantándose de su asiento, aproximándose con pasos tímidos hacia el escritorio. A pesar de llevar zapatos de plataforma, aún así la diferencia de estaturas era más que evidente, lo que hacía que se sintiera aún más pequeña y vulnerable ante él.
Al estar tan cerca de Fabián, no pudo evitar empezar a respirar con breves y agudos jadeos. Esto hizo que su pequeño escote subiera y bajara.
Fabián, con un gesto galante, le tendió ambas manos a la niña para guiarla hacia el sofá. Al sentir que sus piernas rozaban los suaves cojines, se sentó en el asiento central, dejando a Marcela de pie entre sus musculosas piernas que había separado expresamente para ella.
Con un movimiento lento y seguro, Fabián deslizó sus manos alrededor de las estrechas caderas de la pequeña, sintiendo cómo se ceñían a la perfección en su agarre. Apretó ligeramente, disfrutando de la textura de la tela de su falda y del tacto de su piel bajo ella. Luego, con un gruñido de aprobación, hizo subir sus manos por debajo de la prenda, acariciando la piel suave y firme de las nalgas de la niña.
Marcela permaneció completamente inmóvil, permitiendo que su amante la tocara y explorara a su antojo, separando ligeramente las piernitas y parando el culito. Sentía cómo los dedos de Fabián recorrían el hilo del tanga, y desde la parte superior de las medias hasta los tobillos. Luego, las caricias empezaban a subir por la misma ruta. Su tacto era cálido y seguro, transmitiéndole una sensación de posesión.
La tanga no le daba protección alguna; los dedos de Fabián exploraban ya la entrepierna de la nena desde atrás. Fabián sentía cierta frustración al no poder acariciarla libremente la parte alta del culito y la espaldita debido a la enorme mochila que portaba. Sin embargo, esta restricción se veía más que compensada por la visión de la niña luciendo de lleno su uniforme escolar.
Con una sonrisa pícara, Fabián se lo dejó claro: «Me encanta cómo te ves con la mochila puesta, quiero que te quedes así, que no te la quites, para hacerte de todo con ella.»
Mientras decía esto, sus manos seguían explorando el cuerpo de la niña, acariciando sus muslos y nalgas.
Fabián subió sus manos por los costados de Marcela, sintiendo la suave textura de la tela de la prenda. Al llegar a sus hombros, apoyó sus palmas en ellos y los apretó con fuerza, acercándola aún más hacia su cuerpo musculoso. Apretó las pequeñas tetitas de la niña contra su pecho varonil.
Sus ojos se miraron fijamente y de repente Marcela lo estaba besando. Sin poder resistirse, Fabián invadió la boca de la pequeña con su lengua, explorando cada rincón y recoveco de su cavidad bucal. Su lengua se deslizaba con destreza por los pequeños dientecitos de Marcela, rozando la superficie de sus brackets de goma rosa.
La niña inclinó la cabeza en la posición de las dos en punto, echó los brazos alrededor de su cuello y se batió en duelo contra la lengua de Fabián. Sus manitos se aferraron con suavidad a su cuello; sus deditos enredándose en los cabellos oscuros de él.
Cuando finalmente se separaron, Fabián le susurró al oído: «Estás tan sexy así vestida, me vuelves loco de deseo…»
Marcela podía sentir cómo su pequeño cuerpo comenzaba a reaccionar a las caricias y besos de Fabián. Notó cómo su tanguita se iba humedeciendo cada vez más a medida que le chupaba la lengua con pasión a Fabián, como si estuviera practicando una felación. Un suave gemido de placer escapó de sus labios de niña, revelando su creciente excitación..
De repente, Marcela rompió el beso y dio unos cuantos paso hacia atrás, separándose unos metros de Fabián. Comenzó a tararear una dulce melodía, mientras sus manitas se deslizaban de arriba a abajo por sus estrechas caderas, acentuando el vaivén de un baile sensual y provocativo.
La visión de la colegiala moviéndose así era una verdadera obra de arte. Fabián estaba encantado con el pequeño striptease improvisado que le estaba haciendo la niña. Mientras bailaba, Marcela se subió lentamente la faldita escolar, dejando a la vista primero los tirantes de sus medias negras que se ajustaban a sus delgados muslitos. A continuación, fue subiendo la tela de la falda, revelando poco a poco la piel suave y pálida de sus muslos, cubiertos por las finas medias de nylon.
Finalmente, la niña dejó al descubierto su montículo cubierto por la minúscula tanga. Fabián sintió que su miembro comenzaba a endurecerse de forma descomunal dentro de su pantalón. Tragó saliva al ver cómo la niña, sin palabras y siguiendo un mero gesto de mando con la mirada, se iba revelando ante él.
Poco a poco, comenzaba a desabotonar lentamente su blusa de colegiala. Primero el cuarto botón, luego el quinto, dejando entrever el escote de su sujetador negro. Fabián se relamió los labios, ansioso por ver más de la piel sedosa de la pequeña.
Sin embargo, antes de que pudiera ver todo lo que deseaba, Marcela le dio súbitamente la espalda, negándole momentáneamente la vista de su escote. Con un movimiento grácil, la niña desabrochó el último botón de su blusa, dejando expuesto su delicado cuello y hombros. La blusa caía ligeramente por su espalda, revelando un atisbo de su piel suave y vulnerable.
Con destreza y habilidad, Marcela se volvió rápidamente hacia Fabián. En un movimiento rápido se quitó la blusa y se la lanzó directamente a la cara, cubriéndole momentáneamente la visión. Fabián recibió la prenda de ropa en su rostro, inhalando el dulce aroma que aún emanaba de ella, mezcla del perfume y el sudor de la niña.
Fabián no pudo evitar lamerse los labios, totalmente hipnotizado por la erótica imagen que tenía ante él. Los diminutos pezones de la pequeña, duros y enrojecidos, asomaban a través de la pura red negra de su sujetador.
Su mirada errante descendió por el estrecho torso de la niña, disfrutando de la cadenita de plata que adornaba el contorno de su diminuta cinturita. Continuó descendiendo la mirada, no podía creer lo sexy que se veía con esa faldita escolar tan corta, luego bajó hasta sus medias y tacones rojos brillantes de 4 pulgadas de alto.
Marcela, totalmente entregada en su papel de esa noche, se paró con las manos en las caderas, la pierna derecha totalmente estirada y la pierna izquierda doblada por la rodilla con la punta de su tacón de aguja en el suelo. Luego procedió a hacer un giro lento de 180 grados, deteniéndose el tiempo suficiente para que Fabián fijara los ojos en sus costuras negras, sus nalgas firmes y apretadas, con una cuerda diminuta que apenas cubría su ano. Ella se inclinó por la cintura y empujó su trasero hacia él y luego volvió a mirarlo. Vaya espectáculo, la niña parecía fuera de sí. La mochila japonesa permanecía firme en su espalda, tal como Fabián le había pedido.
El vestuario elegido para la ocasión resaltaba perfectamente su infantil figura con esos contornos en centímetros que tanto enloquecían a Fabián: 62-60-68 (pecho, cintura y cadera). Las medidas perfectas para todo buen amante de niñas.
Fabián no pudo aguantarse más, la agarró por la cintura y la atrajo hacia él, buscando sus labios para besarla. Marce se derritió en sus brazos y lo besó con una pasión que una niña de 9 años nunca debería tener.
Aunque no podía acceder directamente a su espalda, Fabián no pudo resistir la tentación de acariciar la figura de la niña, recorriendo sus curvas perfectas. El beso de Fabián en el cuello y hombros de Marcela continuó durante unos intensos minutos, sintiendo cómo su cuerpecito se estremecía de placer ante sus caricias y besos.
De repente, Marcela tomó la iniciativa y empujó a Fabián hacia atrás, sentándose a horcajadas sobre sus piernas. Pudo sentir la palpitante erección de su hombre rozando su húmeda entrepierna a través de la ropa interior. Con una sonrisa traviesa y llena de lujuria, Marcela comenzó a mover sus caderas en un ritmo lento y sensual, frotando su húmeda tanga contra la dura verga de Fabián.
La pequeña le ordenó a Fabián con un tono de voz dulce pero firme mirándolo fíjamente a los ojos: «Quítame el sostén y chúpame las tetitas hasta que me hagas doler, si eso es lo que te apetece… amo»
Fabián estaba prácticamente salivando por esas palabras y sintió que su polla iba a explotar cuando ella misma tomó sus manos y las movío hacia el gancho en el medio de su espaldita. No perdió el tiempo y, con un gesto hábil, le quitó el sostén a Marcela, arreglándoselas para dejar la mochila en su sitio.
Momentos después, Fabián descubrió ante sus ojos dos diminutas pero perfectas protuberancias de tetitas de aureola rosada, hinchadas en flor y coronadas por dos pezones calientes y duros como rocas.
Toda mojadita de su raja, la niña comenzó a moler ese infantil coñito contra la carne hinchada de Fabián tratando de abrirse camino fuera de sus pantalones.
Marcela: «Aaahhh, qué paradito lo tiene, amo.»
Él la miró profundamente a los ojos. Luego comenzó a besar y lamer su rostro a detalle, pasando por ojos, nariz y mejillas, como si fuera una piruleta para él. Después, moviéndose lentamente, continúo lamiendo y chupando su cuello. Sin esperar más, bajó hasta su pecho. Había esperado tanto para volver a chupar los pezones preadolescentes de su princesa.
No pudo resistir la tentación y se lanzó a capturar uno de los rosados pezones con su boca, succionando con avidez mientras su lengua jugueteaba con el duro botoncito. Al mismo tiempo, llevó su otra mano a la otra tetita, acariciándola y estrujándola con suavidad entre sus dedos.
La pequeña gimió al sentir el primer lengüetazo. Fabián podía sentir cómo los pezones de la nena se endurecían aún más con sus caricias y lamidas, mientras ella se retorcía de placer sobre sus piernas.
Fabián respiraba agitado, sus manos manoseaban ese redondito trasero, sintiendo su media cubriéndole los muslos y piernas, mientras la lengua azotaba sus pezones.
La niña gemía de manera entrecortada y temblorosa: «Aaahhh… Fabián…»
Con torpeza pero con determinación, Marcela comenzó a desabrochar la camisa de Fabián, ansiosa por sentir su piel contra la de ella. Una vez que terminó de quitársela, dejó que cayera al suelo, uniendo la prenda a la creciente pila de ropa que habían ido dejando a su alrededor.
Luego, Marcela se puso de pie con dificultad, sus piernecitas aún temblando por la excitación del momento. Con una mezcla de inocencia y osadía, la niña empezó a tocar torpemente la polla de Fabián a través de sus pantalones, sintiendo cómo se endurecía aún más.
Fabián dejó escapar un gemido de puro placer mientras sentía las pequeñas manos de Marcela acariciar su erección. Cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, entregándose por completo a las caricias de la niña.
La pequeña no paró ahí, sino que con decisión y cierto grado de torpeza, comenzó a desabrocharle el cinturón a su amante. El sonido del metal al abrirse resonó en la habitación.
Poco después, Marcela deslizó con cuidado la cremallera de los pantalones de Fabián, profundizando en su ropa interior. Fabián se estremeció de excitación al sentir la caricia de sus deditos sobre su miembro endurecido, aún contenido por sus calzoncillos
Ver a la pequeña vestida con uniforme escolar al completo menos la blusa, arrodillada frente a él mientras lo desnudaba, era la fantasía erótica personificada. La idea de que fuera ella quien tomara la iniciativa lo ponía aún más cachondo.
Fabián enderezó la espalda, apoyando las manos en el sofá. Con un gesto, alzó ligeramente la pelvis para permitirle a Marcela deslizar con facilidad tanto sus pantalones como su ropa interior por sus nalgas y caderas. La niña, con dedos ágiles y ansiosos, tiró hacia abajo las prendas, dejando expuesta la palpitante erección de Fabián.
Con su hombre totalmente desnudo, Marce dio un largo paso hacia atrás y con una sonrisa lasciva que ninguna joven preadolescente debería lograr, se alzó bien la faldita y dejó caer sus manos a sus caderas, agarrando los nudos en cada una de sus caderas.
«¿Listo para esto?» dijo la niña con voz dulce pero cargada de deseo; Fabián como bobo, solo asintió, completamente hipnotizado por la belleza de Marcela.
Marce tiró de los nudos de los hilos al mismo tiempo y Fabián contempló, paralizado, cómo la diminuta tanga caía al suelo. Ante sus ojos apareció, brillante y húmeda, la apretada rajita de Marcela, completamente lista para recibirlo.
«¿Huelo bien?» preguntó la pequeña, tirándole el tanga en la cara. Fabián inhaló profundamente el aroma. El olor era entre dulce y salado, un perfume que sólo una mujer en celo puede generar desde sus profundidades.
Ante Fabián quedaba la pequeña Marcela en una semidesnudez tan seductora como prohibida: sólo con la mochila roja colgada a la espalda, la cadenita de plata adornando su estrecha cintura, su minifalda de colegiala de cuadros, medias de nylon negro con costuras hasta media pierna y tacones rojos de fóllame. Los ojos de Fabián brillaban de deseo mientras seguía aspirando el aroma del tanga, absorbiendo ese perfume inconfundible y excitante de coño de niña.
Fabián se quedó paralizado al ver cómo Marcela caía de rodillas frente a él, pensando que iba a complacerlo con su boquita. Sintió sus pequeñas manos agarrándole la polla, una encima de la otra y sonrió con presunción de satisfacción. Fabián no podía creer lo que estaba sintiendo. Era la máxima erección de toda su vida, más dura y grande que nunca.
«Mhhmmm, qué durita la tienes», susurró Marcela con una vocecilla dulce y traviesa, mientras frotaba la punta de su miembro contra sus diminutos pezones. Sus ojos brillaban de excitación al ver las expresiones de placer en el rostro de su amante adulto.
La niña le sonrió diciendo: «Un día tendré las tetas lo suficientemente grandes como para poder realmente hacer un collar de perlas como el que intentaste el otro día».
A Fabián esas palabras solo lo encendían aún más. Este cerró los ojos por unos breves segundos para saborear esos maravillosos senitos planos mientras le hundió el pulgar en la boca, como sugiriendo lo que estaba por llegar.
Marcela: «¿Quieres que lo pruebe con mi boquita?», le preguntó con una sonrisa traviesa y maliciosa.
Sin esperar respuesta, al momento siguiente, Fabián se vio envuelto en un mundo de terciopelo líquido, cálido y babeante. Marcela se metió media polla en su boquita, rodeando con sus juguetones labios el miembro hinchado de Fabián. Luego, tan rápidamente como se la había metido, la sacó, dejando que el pene saliera de su boca con un sonido húmedo.
La niña comenzó a lamer la verga de Fabián desde su base, pasando su lengua por toda la longitud del eje con lamidas largas, lentas y persistentes en la piel sensible, cubriéndola con su saliva. Subió y subió, envolviendo la punta del falo de su amante con la lengua antes de descender lentamente por el otro lado.
Sus brackets rosados, ligeramente fríos contra la piel caliente y sensible de la polla de Fabián, brillaban con cada lamida, añadiendo un toque extra de estimulación a la erótica visión.
Sin detenerse, sostuvo su polla entre las puntas de sus deditos, y lamió con fuerza y rapidez la base de húmeda y crispada polla.
«Te amo, Marcela», alcanzaba a balbucear Fabián.
Con cada minuto que pasaba, se acumulaba más y más saliva en la base, derramándose en los testículos y escurriendo por el sillón. La pequeña, mientras tanto, se aventuraba con más de 10 centímetros del miembro de Fabián en su garganta, sintiendo cómo rozaba sus amígdalas. De pronto, una fuerte tos sacudió su cuerpecito, y con un sonido húmedo y obsceno, escupió el falo hinchado fuera de su boca.
Una enorme hebra de saliva conectó sus labios con la cabeza del pene de Fabián, brillante y reluciente. La nena tomó una profunda bocanada de aire, sin detenerse, y volvió a lamer la punta del miembro con su lengua ágil y juguetona.
Prestó especial atención a la zona más sensible del hombre, la pulgada superior del glande, donde sabía que sus caricias tenían un efecto devastador en él. Un gemido de satisfacción escapó de los labios de la pequeña mientras continuaba su labor. Era obvio que a pesar de su corta edad, la niña tenía un don natural para el sexo oral.
En eso, Marcela, con un movimiento repentino, jaló a Fabián hasta el borde del asiento, colocándolo boca arriba sobre la suave tapicería del sofá Chesterfield, apoyando la cabeza de su amante en la parte trasera del mueble.
Con un gesto habilidoso, la niña colocó el pie derecho de Fabián sobre el asiento, y luego hizo lo mismo con el izquierdo, abriéndolo bien de piernas. Las nalgas de este quedaron completamente expuestas y vulnerables ante la mirada codiciosa de Marcela.
La erección de Fabián se alzaba orgullosa y lívida, palpitante y goteando. Sus testículos seguían bien empapados por la saliva de la niña. Se preguntaba con ansia qué tendría planeado hacer la pequeña con él en una situación tan comprometedora.
Enseguida, quedó sin aliento cuando sintió cómo la lengua infantil de Marcela comenzaba a penetrarlo de una manera que sólo había experimentado brevemente en su encuentro sexual posterior a la Primera Comunión de la pequeña.
La lengua de la niña presionó con insistencia contra el ano de Fabián, untándolo por completo con su saliva caliente. Fabián no pudo evitar retorcerse de placer al sentir cómo la lengua de la cría, ahora firme y enrollada, se abría paso con determinación a través de su estrecho esfínter.
Fabián se aferró a los lados del sofá con fuerza. La sensación de la lengua de Marcela explorando su recto era la más intensa y placentera que jamás había experimentado antes. En eso soltó un gemido de sorpresa y placer cuando sintió la lengua de la pequeña penetrando aún más profundo en su recto, al mismo tiempo que uno de sus deditos comenzaba a abrirse paso en su interior. A pesar de la inesperada intrusión, el dedito estaba tan bien lubricado con la propia saliva de la niña por lo que no sintió ninguna incomodidad, sólo una intensa sensación de placer.
La pequeña giró su dedo con destreza en el interior de Fabián, hasta que quedó orientado hacia arriba. Luego, comenzó a frotar y estimular directamente su próstata, enviando descargas de placer por todo el cuerpo del hombre.
Al mismo tiempo, Marcela se inclinó y comenzó a besar y chupar con avidez uno de los testículos hinchados de Fabián, cubriéndolo con sus juguetones labios y su talentosa lengua. Mientras tanto, su otra manita se envolvía alrededor del eje palpitante, masturbándolo con intensidad y destreza.
Fabián se retorcía de placer, incapaz de creer la cantidad de estimulación que estaba recibiendo de una niña de tan solo 9 añitos. Cada toque de sus deditos y su lengua enviaba oleadas de éxtasis a través de su cuerpo, llevándolo a alturas de placer que nunca antes había experimentado
«Ahhhh… Bebé… Ayyy mi Marce…»– decía Fabián más como un balbuceo, pues estaba alcanzando el punto máximo de excitación al que quizá un hombre puede aspirar; abría y cerraba la boca, se sentía totalmente indefenso, no podía más que sostener sus piernas con ambas manos para permitirle a esa chiquilla estimularlo como la más experimentada de las prostitutas del mundo.
El infantil dedito invasor oprimió más la próstata dejando a Fabián al borde del clímax, viendo estrellas y con una expresión de agonía en el rostro debido a la intensidad del placer que sentía. Rozó el límite del orgasmo, pero justo en el momento crucial, la pequeña retiró su dedito del interior de su recto y sacó de su boca sus testículos.
Para su sorpresa, Marcela le rodeó con los dedos firmemente la base de su erección, apretando con fuerza. Este gesto tuvo el efecto de detener completamente su orgasmo inminente, dejando a Fabián con una dolorosa erección, ansioso.
«¡Mi amoooor..!» suplicó Fabián con voz entrecortada, rogando por el tan ansiado clímax que la pequeña le estaba negando cruelmente.
«Aún no, aún falta que sientas más ricooo…», le respondió Marcela con una sonrisa traviesa, disfrutando el poder que ejercía sobre él.
Fabián no podía creer lo que estaba sucediendo.
¿Cómo era posible que esta niñita tan pequeña supiera exactamente cómo llevarlo al borde del orgasmo y luego detenerlo de forma tan abrupta? ¿Cómo sabía que estaba a punto de correrse? ¿Y cómo había aprendido a evitar su eyaculación con sólo un apretón en la base de su pene?
Estas preguntas rondaban la mente de Fabián mientras luchaba por recuperar el aliento, cuando un último apretón alejó la eyaculación como si fuera empezando la sesión sexual; la verga seguía muy dura, pero lejos, muy lejos de eyacular…
«¿Lo estás disfrutando?»—preguntó con voz seductora Marcela, sabiendo la respuesta.
Fabián sólo pudo asentir con la cabeza, levantándola para ver el trabajo de la niña sobre su entrepierna. Estaba disfrutando cada segundo, el placer era tan intenso y abrumador que casi resultaba difícil de procesar.
Mientras tanto, Marcela se inclinó y se metió el glande de Fabián en su boquita, comenzando a chupar con renovado vigor. Sus manitas no dejaban de trabajar, una masturbándole el miembro con frenesí mientras que la otra presionaba directamente sobre su próstata con el dedito corazón, estimulándolo sin piedad.
Los gemidos y gritos de placer de Fabián resonaban en la oficina y en toda la casa mientras sentía cómo la boquita infantil lo estimulaba aún más y más. El placer era extrañamente intenso, y no podía evitar golpear la nuca contra el respaldo del sillón, desesperado por encontrar alivio.
La pequeña no mostraba signos de detenerse, sin dejar de chupar, masturbar y dedearle el culo directamente sobre la próstata. Justo cuando Fabián sentía que no podía soportarlo más, Marcela se detuvo de repente, dejando su cuerpo anhelando por más.
«¿Te gustó?»-preguntó Marcela, levantándose y quedando hincada entre las piernas de Fabián, este miró su boquita y estaba llena de baba.
F: «¡Demasiado! Espero no hacerme adicto jajaja».
La niña sonrió orgullosa. Era todo lo que cualquier hombre deseaba: sexy más allá de toda preferencia de edad, entusiasta, ansiosa y demasiado dispuesta a follar.
La niña reanudó la mamada con renovado entusiasmo, su lengua pequeña y ágil dando lamidas hacia arriba y hacia abajo en la longitud del miembro hinchado de Fabián. Mirando hacia arriba para ver la expresión de puro éxtasis en el rostro de su amante, Marcela se detuvo un momento y le habló con su dulce vocecilla: «Hoy está más grande que de costumbre, no me cabe ni la mitad… ¿Y si intentamos otra cosa, amo?»
Fabián sólo pudo gruñir en respuesta, demasiado absorto en el placer como para formar palabras coherentes. Estaba sumamente excitado e intrigado por la sugerencia de la pequeña.
«¿Cómo?» logró responder finalmente, con la respiración entrecortada y el corazón acelerado.
La niña le dedicó una sonrisa traviesa y misteriosa antes de continuar: «Creo que puede entrar más profunda si me tumbo sobre mi espalda. Pero para eso tendré que quitarme la mochila, ¿me das tu autorización para hacerlo?»
Con el permiso de Fabián, se dispuso a quitarse la mochila roja que había llevado todo este tiempo, lista para llevar su juego a otro nivel. Una vez liberada de la pesada mochila, dócilmente se fue posicionando hasta que su cabecita quedó colgando del borde del sofá. Miraba todo al revés, como si Fabián caminara en el techo, mientras lo esperaba paciente.
Con una mirada traviesa y llena de expectación, vio cómo Fabián se acercaba con su enorme miembro brillante tomado firmemente por una mano; flexionó sus rodillas para quedar a la altura del rostro de la pequeña, que lo miraba con la boquita abierta.
«¿Esto es lo que quieres?» preguntó Fabián lubricando con su propia saliva el enorme mástil y buscando confirmación en los ojos de su joven amante.
La niña asintió con entusiasmo, sintiendo cómo la verga rozaba suavemente su mejilla. Fabián decidió ser un poco más gentil que la última vez que habían intentado esto, aunque su erección era la mayor de toda su vida y le resultaba difícil contenerse.
Con delicadeza y disfrutando de cada centímetro de avance, le introdujo el glande en la boca, sintiendo cómo abría al máximo para recibirlo. La calidez y humedad de esa boquita eran increíblemente placenteras, y Fabián no pudo evitar soltar un gemido de placer.
La sensación de la lengua de Marcela deslizándose por su falo, pero esta vez del revés, hacía que Fabián sintiera que estaba tocando el cielo, pero lo que realmente aumentaba más la excitación de Fabián era el delicioso dolor de la dentadura metálica de la niña raspando su eje venoso: placer mezclado con un toque de dolor.
«MGGGHH» gemía Marcela ahogadamente, tratando de adaptarse a la intrusión de la verga de Fabián. Aunque sabía que la niña no estaba respirando adecuadamente, Fabián podía sentir que aún estaba consciente y era suficiente para seguir usando su boquita, de modo que, sin detenerse, llevó su mano a la nuca de Marcela y la empujó con más fuerza, enterrando su verga hasta el fondo de su garganta. Sabía que ella podía con ello como una campeona.
La garganta de la niña se resistió por un momento cuando Fabián intentó enterrar su polla aún más profundo, pero finalmente cedió. Fabián la sacó toda y la dejó jadear aire desesperadamente, con los ojos bien abiertos por la sorpresa.
Al recuperar el aliento, Marcela le preguntó con curiosidad y deseo: «¿Entró todo? ¿Llegó hasta el fondo?»
Fabián sólo pudo responder con una voz cargada de excitación: «No, aún faltaba un poquito bebé..»
La niña frunció el ceño, un poco decepcionada, y le dijo con cierta dureza: «¿Pues a qué esperas entonces, tonto? ¡Recuerda que soy toda tuya!»
Fabián no se hizo de rogar. Volvió a colocar su polla en la boquita abierta y ansiosa de la niña y la empujó con todas sus fuerzas, sintiendo cómo su verga se deslizaba con facilidad por la garganta de la pequeña.
Con una última embestida, Fabián sintió cómo la base de su polla chocaba contra los suaves labios infantiles de Marcela, y sus huevos quedaban tapando sus fositas nasales. Esa fue la confirmación: estaba completamente dentro de la garganta de la pequeña, sintiendo el mayor y más prohibido placer de su vida.
Los sonidos guturales que salían de la garganta de Marcela eran cada vez más fuertes y desesperados a medida que Fabián continuaba embistiéndola con fuerza. Estaba claro que la niña estaba luchando por respirar, pero la excitación del hombre era demasiado intensa como para detenerse.
Fabián sacaba y metía su verga de la boca de la pequeña una y otra vez, cerca de cinco veces, sintiendo cómo su garganta se contraía alrededor de su polla en un esfuerzo por regular su respiración. En su última embestida, se dejó caer sobre la niña con todo su peso, enterrando su miembro hasta la base en su cuello.
Cuando la sacó bruscamente, un enorme bolo de saliva mezclada con vómito salió disparado de la boca de la pequeña, salpicando su delicado rostro. La dejó tomar aire por unos instantes, observando cómo su pechito plano subía y bajaba agitadamente mientras intentaba recuperar el aliento. Pero no pasó mucho tiempo antes de que Fabián atacara de nuevo, impulsado por un deseo voraz de continuar utilizando a la chiquilla para su propio placer.
Con una sonrisa perversa en el rostro, volvió a colocar su polla en la boquita abierta de la niña y comenzó a embestirla con renovado vigor. Fabián le daba ánimos a la pequeña mientras la penetraba salvajemente, diciendo con voz ronca de excitación: «Aguanta, princesita… dame más de esa boquita rica…»
Puso sus manos sobre los delgados y frágiles brazos de Marcela, mirándola mientras maniobraba con sus pies para quedar a la altura perfecta. Fabián se aseguró de que los suaves labios de la niña quedaran ajustados alrededor de la base de su polla antes de comenzar a embestir con renovada energía.
Los obscenos sonidos de los gemidos guturales emitidos por la garganta de la pequeña y los jadeos de placer de Fabián llenaban la habitación y seguro que se escuchaban por toda la comunidad de vecinos. Fabián estaba tan absorto en su propio placer que se había olvidado de todo, concentrado sólo en la deliciosa sensación de follar la boca de Marcela. Se movía como una bestia, impulsado por un deseo animal y primitivo.
Se quedaba completamente quieto, con toda la longitud de su verga enterrada en lo profundo de la estrecha garganta infantil de Marcela. Sus ojos se cerraban con fuerza y su boca se abría en un silencioso gruñido de placer, volviendo a bombear instintivamente las caderas hacia adelante y hacia atrás en un esfuerzo por hundir su polla aún más profundo.
«AHHH!!», gruñó Fabián sin pensar en nada más que en su propio placer, sin reparar ni un segundo en lo pequeña y frágil que era su amante, ni en cómo esta estaba resistiendo valientemente la asfixia. Su cuerpo se estremecía de placer al sentir cómo la lengua de la pequeña, que no tenía suficiente espacio dentro de su boquita, se deslizaba fuera, de modo que la niña había encontrado la manera de aprovechar la situación, lamiendo la piel de la pelvis de Fabián mientras él se la cogía salvajemente.
La imagen era de un morbo increíble: la cabeza de Marcela estaba inclinada hacia atrás, su cuello delgado y frágil estirado en un ángulo casi imposible, su boquita abierta de par en par mientras la verga de Fabián se hundía una y otra vez.
La niña se resistía todo lo que podía, tratando de respirar a través de la nariz. Sus piececitos pataleaban débilmente, sus manitas se agarraban a los muslos de Fabián en un intento desesperado de encontrar apoyo.
El hombre comenzó a mover sus caderas con cuidado, haciendo que su polla se deslizara hacia atrás y adelante por la estrecha garganta de la niña, sólo algunas pulgadas. La presión que sentía era increíble.
En uno de esos movimientos de cadera, sin querer, Fabián empujó una pulgada más profundo en la garganta de Marcela. Inmediatamente, la niña intentó detenerlo colocando una manita sobre la ingle del hombre, tratando de indicarle que había llegado a su límite. Fabián captó la indirecta de inmediato y se retiró bruscamente de la boca de su pequeña amante. Tan pronto como su verga salió de la garganta de Marcela, esta comenzó a toser violentamente, tratando de recuperar el aliento después de la asfixia a la que había sido sometida.
Parecía que la nena había alcanzado su límite y no podía seguir tolerando la brutal penetración en su garganta por más tiempo. Fabián la miró con una mezcla de preocupación y excitación, y le preguntó: «¿Estás bien, pequeña?»
Después de varias respiraciones profundas y toses, Marcela lo miró con sorprendente entusiasmo de continuar con la sesión y le respondió con una voz entrecortada: «S…sí, sí… Quiero que intentes empujar un poco más… Sostenme de los brazos mientras me follas la boca para que no pueda moverme..»
Fabián estaba perplejo ante la solicitud de sometimiento de Marcela. La idea de sostener firmemente sus delgados bracitos para evitar que pudiera moverse sólo incrementó la excitación.
Sin esperar la respuesta de Fabián, Marcela colocó sus bracitos a lo largo de su cuerpo, ansiosa por estar sujeta. Mantuvo su mirada fija en la brillante polla que tenía justo frente a su pequeño rostro. Fabián no pudo resistirse a la visión de la pequeña y vulnerable niña, con su cabeza inclinada hacia atrás y su boquita abierta de par en par, lista para recibir su verga una vez más. Sin perder tiempo, se inclinó sobre ella y colocó sus fuertes manos sobre los delicados brazos de Marcela.
Comenzó a follarle la boquita sin que esta pudiera resistirse. Luego de un largo rato, Fabián sólo sostenía a la niña con una mano, mientras que con la mano libre comenzaba a manosear descaradamente la pequeña y vulnerable rajita de Marcela. Las caricias en su intimidad sólo lograban aumentar aún más la excitación de la pequeña, que se retorcía de placer bajo el toque experto de su amante.
Los ahogados gemidos de la niña alrededor de su polla hicieron que Fabián perdiera el control por completo. Podía sentir cómo su semen comenzaba a hervir dentro de sus bolas, señalando su inminente orgasmo.
La pequeña, sintiendo la tensión en el cuerpo del hombre, lo empujó repentinamente con un movimiento rápido para sacarse la polla de la boca. Sin perder tiempo, presionó firmemente su pulgar justo en la base de la verga de Fabián, impidiendo que se corriera.
El hombre gimió de frustración, sintiendo cómo su clímax se desvanecía una vez más por la astuta intervención de la pequeña niña que tenía otros planes..
«Todavía no puedes acabar, tonto…» La voz de Marcela era suave pero firme: «Quiero que estés bien llenito para cuando te corras dentro de mí y me llenes de lechita…»
Fabián se estremeció al escuchar esas palabras; ahora ella le daba órdenes a él.
Marcela luchó para levantarse del sillón, con su carita cubierta de bilis y saliva, y el rímel corrido hacia su frente por las lágrimas y el sudor. Se tumbó boca abajo en el borde del asiento, dejando su cabecita sobresalir.
Fabián no perdió tiempo y enredó sus dedos en las trenzas de la niña, sosteniendo firmemente ambos lados de su cabeza mientras comenzaba a deslizar su enorme polla profundamente en la garganta de la pequeña.
La vista del culito respingón de Marcela, tumbada boca abajo, con sus piernitas delgaditas cubiertas por las medias y la faldita escolar, era exquisita y erótica, más allá de lo imaginable.
Mientras seguía follando la boca de la pequeña, no podía evitar fijarse en cómo su garganta se abultaba obscenamente con cada centímetro de su polla que desaparecía en su interior. La manera en que Marcela dejaba que la sostuviera del pelo mientras la penetraba salvajemente, era una señal clara de lo sumisa y dispuesta que estaba a complacerlo.
Cuando Fabián sintió que su verga palpitante había entrado hasta el fondo de la garganta de Marcela, apretó sus manos en puños y con un gruñido de placer tiró aún más fuerte de las trenzas de la niña, tratando de llegar aún más profundo de la cavidad bucal. Sin embargo, a pesar de sus esfuerzos, no logró avanzar más allá de donde ya estaba enterrado.
Con una cara de furia le ordenó a la niña que contara hasta veinte, mientras seguía empujando salvajemente dentro de su garganta. Marcela trató de cumplir la orden, pero su habla era tan entrecortada y ahogada que apenas podía articular palabras coherentes: «Guno… gos… gres… guagro… guinc… gei… giet… goch… gueve… guie… gonce… grece… gagorje… guin…»
La niña estaba a punto de desmayarse, sus ojos se llenaban rápidamente de lágrimas y su mirada comenzaba a perder el enfoque. A pesar de sus esfuerzos, no pudo pasar del número 15 antes de que su cuerpo comenzara a fallar.
Justo cuando la pequeña, palidecida, estaba a punto de perder la conciencia, Fabián decidió sacar su polla de golpe de la garganta de Marcela. Al retirarse, una espesa hebra de saliva con burbujas se adhirió desde la boquita de la nena hasta la punta del miembro viril del hombre, formando una elegante curva antes de partirse en dos y salpicar la carita de la pequeña.
Fabián no pudo resistir la tentación, cogió la carita de la niña y se abalanzó sobre ella para darle un profundo y apasionado beso, saboreando la mezcla de fluidos y saliva que cubría su rostro. El sabor era una combinación de lo dulce y lo obsceno, de lo inocente y lo depravado.
Después de romper el prohibido beso, Fabián no desperdició tiempo y volvió a enterrar su verga en la boquita de Marcela, sintiendo cómo su garganta se cerraba alrededor de su polla una vez más. En un momento de lucidez, la pequeña logró susurrar entre gemidos ahogados:
«Fóllame… Fóllame duro…»
La necesidad de la niña de tan solo 9 años de ser penetrada era evidente. Su coñito estaba empapado y goteando, dejando un rastro de humedad en el diván. Sin perder tiempo, Fabián tomó a la pequeña y la tumbó de espaldas, separándole las rodillas para tener acceso completo a su húmeda y ansiosa hendidura.
Fabián le ordenó a Marcela con voz firme pero llena de deseo: «Súbete bien la faldita y ábrete bien de piernas, bebé…»
La pequeña obedeció de inmediato, subiéndosela hasta la cintura y separando bien las piernas. Sus delicados y suaves labios vaginales estaban visiblemente hinchados y resplandecían con la humedad de sus jugos que comenzaban a gotear lentamente desde su raja hasta su pequeño y firme trasero.
Marcela no pudo contener un gemido de puro éxtasis cuando sintió la lengua de Fabián explorando las profundidades de su palpitante y necesitado coñito. La sensación de esa lengua caliente y húmeda abriéndose paso a lo largo de sus sensibles pliegues, de abajo a arriba y luego regresando lentamente a su punto de partida, era demasiado intensa para Marcela.
«¡Ay, qué rico!», exclamó ella con un maullido de placer, arqueando su espalda para presionar aún más su empapado coño contra la boca de su amante. El aroma y sabor de la excitación de la niña eran embriagadoramente intensos, impregnando el aire alrededor de ellos con una esencia de pura lujuria y deseo. Fabián se sentía abrumado por la necesidad de probar cada centímetro de esa piel suave y sedosa, de saborear los dulces jugos que se desbordaban del coño de la pequeña.
Mientras su lengua se hundía aún más profundo en la estrecha cavidad de Marcela, Fabián dejó que sus manos exploraran el cuerpo esbelto de la niña. Recorrió con sus dedos la redondez de su estómago de bebé, sintiendo el filo de la cadenita que adornaba su estrecha cinturita. Sus manos se posaron entonces sobre los senos planitos de la nena y comenzó a acariciarlos, haciendo rodar sus pezones entre sus dedos y pulgares, estimulándolos hasta que la pequeña comenzó a arquear la espalda de placer.
La niña enroscó sus piernas cubiertas de nailon negro alrededor del cuello de Fabián, envolviéndolas con fuerza alrededor de su cabeza.
Marcela: «Mmmhh, sí mi amor, no pares aaahhh… Más lengua, dame más… Oh, sí… Más profundo… aaahhh… Cómeme, por favor…»
La niña rogaba y suplicaba por más, desesperada por sentir a Fabián dentro de ella. Con un creciente gemido de éxtasis, Marcela sintió que su cuerpo entero comenzaba a deshacerse en un mar de sensaciones. Sus piececitos se curvaron y su espalda se arqueó, mientras gritaba el nombre de Fabián llena de pasión y deseo:
«Fab… me.. Me estoy… aaahhh… siento que me hago pis… aaahhh…»
La pequeña estaba a punto de alcanzar un orgasmo intenso y poderoso; su cuerpo de niña no podía resistir tanto placer. Estaba a punto de correrse. En ese preciso momento, Fabián sacó su lengua de aquel paraíso húmedo y caliente. Sin perder tiempo sopló una ráfaga de aire frío sobre la hendidura de Marcela.
«No, por favor no me hagas eso…», gritó la niña, desesperada por aliviar la tensión. Comenzó a tocarse frenéticamente, tratando de masturbarse. Fabián se rio al ver los intentos de la pequeña por alcanzar el clímax. Sujetando firmemente las muñecas de Marcela, la detuvo en seco y le dijo con voz ronca y cargada de lujuria: «Puedes correrte más tarde, cariño…»
La niña lo miró suplicante, sus ojos llenos de deseo y necesidad: «Por favor, mi amor, te lo suplico… déjame venirme ahora… aaahhh…»
Fabián sonrió con malicia y le susurró al oído: «Es momento de follar, mi amor…»
Se incorporó rápidamente y ayudó a la niña a ponerse de pie. Juntos caminaron rápidamente hasta otra habitación cercana, donde había una cama con un llamativo cabecero de metal y barrotes. Fabián encendió las luces a una intensidad moderada, iluminando el ambiente con un tono íntimo.
Sin perder tiempo, lanzó a la niña sobre el colchón, viendo cómo rebotaba ligeramente sobre la superficie suave, y le dijo: «Túmbate hasta arriba de la cama».
La pequeña gateó hasta el cabecero, tumbándose mirando hacia el techo, con una mezcla de nerviosismo y excitación en su carita.
Fabián se aproximó a ella, tomó unas finas vendas de seda que tenía preparadas, y con destreza, cogió las muñecas de la pequeña y se las ató firmemente al cabecero de la cama, dejando a Marcela a su merced.
En eso, Fabián se percató de que faltaban unos minutos para las 11 y tenía que devolver a la pequeña con Camila a las 12 de la medianoche. Se habían estado disfrutando el uno del otro durante casi 2 horas y apenas habían pasado de las presentaciones orales. Tenían tantas ganas de follar y el tiempo se acababa. El hombre se acercó al frigorífico, seleccionó dos bebidas de Cola y volvió para darle una. La ayudó a beber mientras Marcela seguía con las manos inmovilizadas.
Luego de un par de sorbos, Fabián se aseguró de tener a la pequeña totalmente inmovilizada. Tomó la gran mordaza de bola negra que había adquirido específicamente para este propósito y se la colocó en la boquita a la niña, ajustándola cuidadosamente en la parte trasera de su cabecita.
A continuación, Fabián procedió a ponerle un antifaz rosado a la pequeña, teniendo especial cuidado de dejar su largo cabello lo más arreglado posible alrededor de su rostro cubierto. La visión de la niña estaba ahora completamente restringida, lo que aumentaba exponencialmente su dependencia y sumisión
Una vez que la tuvo preparada a su gusto, Fabián se inclinó sobre ella y le susurró al oído con una voz cargada de lujuria y deseo: «Es hora, mi niña…»
Con una sonrisa perversa en el rostro, separó las rodillas de la pequeña. Tomó su polla palpitante en una mano y la frotó en la entrada empapada del coño de Marcela, cubriéndola con sus propios jugos para hacerla tan resbaladiza como fuera posible.
Fabián comenzó a empujar hacia abajo lentamente, sintiendo cómo la cabeza hinchada separaba lentamente los rosados y suaves labios vaginales de la pequeña, comenzando a penetrarla con una presión firme pero constante. Los gemidos ahogados de la niña, amordazada por la gran bola de goma, llenaban el cuarto mientras sentía cómo su estrecha cavidad se iba abriendo para recibir la descomunal verga de su amante.
Era una penetración limpia y sensual, donde podía sentir cada milímetro del pene de Fabián entrando en su interior, expandiendo sus paredes y llenándola lentamente. La pequeña sollozó con más fuerza cuando sintió que la cabeza del pene de Fabián entraba por completo. Su cuerpo frágil se sacudía ligeramente debajo del peso y la envergadura del hombre que la mantenía sujeta firmemente a la altura de la cadenita que adornaba su cinturita.
Fabián podía sentir cómo Marcela comenzaba a moverse debajo de él, a pesar de estar completamente inmovilizada y amordazada. Era una de sus posiciones favoritas, ya que podía disfrutar de cada una de las expresiones y reacciones de la pequeña en su rostro, viendo cómo se contorsionaba de placer mientras la penetraba profundamente.
Con una sonrisa llena de lujuria, Fabián comenzó a frotar los pulgares sobre el clítoris duro de la niña, que se sentía como una pequeña canica bajo sus yemas. Cada roce en ese punto tan sensible hacía que la pequeña se estremeciera de placer y arqueara su espalda, autoempalándose aún más.
Fabián aumentó el ritmo de sus embestidas, entrando y saliendo del estrecho y resbaladizo pasaje de la niña. Ambos se sintieron transportados al paraíso una vez más, con sus sexos chocando y armonizando.
El hombre gruñía y bramaba de placer mientras se hundía una y otra vez. La visión de la pequeña atada y amordazada debajo de él, completamente a su merced, aumentaba exponencialmente su excitación.
La niña gemía dulcemente con la saliva escurriéndole por las comisuras de sus labios amordazados mientras su boquita permanecía forzosamente abierta. El sonido obsceno de piel contra piel resonaban en las paredes, creando una atmósfera de sexo puro y primitivo. Algunos pedos vaginales se escapaban del cuerpo de Marcela debido a la fuerza de la succión y las embestidas, añadiendo un toque extra de perversión.
Fabián tomó a la pequeña de sus delicados tobillitos, levantándolos y separándolos al máximo para abrirle por completo las piernas. En esa posición, Marcela sintió cómo la enorme verga de Fabián se hundía en su interior hasta el fondo, rozando los límites de lo físicamente posible. Podía sentir cada pulgada de esa polla palpitante estirando sus entrañas, llegando a rincones que nunca antes habían sido tocados.
La visión de Fabián se nubló de lujuria al ver el bulto de su propio miembro marcarse claramente en el vientrecito y la pancita de la niña. Podía ver cómo su polla se dibujaba en la piel suave y tersa de Marcela, incluso más arriba de su ombliguito. Aquella imagen erótica y prohibida hizo que Fabián se sintiera aún más excitado, y comenzó a acelerar el ritmo de sus embestidas.
Con cada estocada, el bulto de su verga se desplazaba en el abdomen de la pequeña, subiendo y bajando en un ritmo constante y obsceno.
Los gemidos ahogados de Marcela detrás de la mordaza y el antifaz, junto con los gruñidos primitivos de Fabián, creaban una sinfonía de lujuria y placer abrumadores. Ya la follaba como si fuese una mujer adulta, con embestidas duras y profundas. Las gotas de sudor aparecieron en ambas frentes. La cama rechinaba sin cesar.
Al cabo de unos minutos, Fabián podía sentir cómo su clímax se acercaba rápidamente. Para evitar correrse, se detuvo en lo más profundo de la penetración, asegurándose de que su verga estuviera enterrada hasta la empuñadura.
En un arrebato de lujuria, comenzó a cubrir el rostro y el cuello de la niña de besos, saboreando cada centímetro. Probó la gloriosa mezcla de sudor, maquillaje corrido, lágrimas y saliva que cubría la frente, la naricita respingona, la boquita amordazada y el cuello de Marcela. Era un sabor único..
Mientras la besaba pudo sentir cómo la pequeña temblaba debajo suyo, sacudida por oleadas de placer. Sabía que también estaba cerca del clímax, podía sentirlo en la forma en que su coñito se contraía alrededor de su verga..
En eso, Fabián recordó repentinamente la pequeña caja cerrada de apariencia misteriosa que había dejado en su despacho. Lentamente salió del interior de esa vaginita, desató las ataduras de las muñecas de la niña y le quitó el antifaz de la carita, permitiendo que recuperara un poco la visión.
«Recupera un poco el aire, princesa. Ahora vuelvo», le dijo Fabián mientras saltaba de la cama y antes de abandonar el cuarto por un momento para ir a buscar lo que tenía en mente.
La niña parpadeó confundida, tratando de enfocar su entorno después de tener los ojos vendados. Cuando Fabián regresó a la habitación, traía consigo la caja misteriosa.
Ante los curiosos ojos de la pequeña, Fabián abrió lentamente la caja, revelando su contenido. Dentro de ella había, entre otros artilugios, un conjunto de bolas chinas plateadas unidas por un fino cordel, de apariencia suave y brillante. Eran de un tamaño considerable, diseñadas para proporcionar un estímulo intenso y profundo.
Fabián sonrió con malicia al ver la expresión de asombro en el rostro de la pequeña. Sabía exactamente cómo iba a utilizar ese juguete en su muñeca sexual. Dejó por un momento la caja y se acercó a la niña, mirándola fijamente a los ojos. Le dijo con voz cargada de lujuria y deseo: «Ahora me voy a comer ese culito, pero quiero oírte gemir bien y decir mi nombre…».
Por eso, decidió liberar a la pequeña de la mordaza bucal que había estado aprisionando su boquita durante tanto tiempo. Al separarla de sus labios, se podía apreciar cómo la mordaza estaba empapada en saliva, con hilos de baba aún unidos a la boca de la niña.
La niña, recuperando su capacidad de hablar, preguntó con una vocecilla cargada de inocencia: «¿Qué es eso?»
Fabián tomó las bolas chinas de la caja y se las mostró a la niña, agitándolas ante sus ojos. Con una sonrisa pícara y llena de lujuria, le respondió: «No tengas miedo, mi amor. Es un accesorio que nos va a ayudar a disfrutar aún más».
Dicho esto, metió su rostro entre las piernas de la pequeña, separando suavemente sus muslos y nalguitas para exponer aún más su diminuto ojete. Hizo que Marcela sujetara sus corvas con sus manitas, dejándole el camino libre para saborear aquel paraíso prohibido.
Fabián hundió su rostro en la raja del culo de Marcelita, inhalando profundamente el intenso aroma que emanaba de su canalito anal. Era un perfume único, una mezcla de sudor, excitación y la esencia natural del ojetito de la niña. Ese aroma lo llevó directamente al paraíso.
Comenzó a lametear cada centímetro del interior de la cavidad anal de Marcela. Rechupaba, dejando que su saliva se mezclara con los jugos naturales de la pequeña. Estaba preparando aquel estrecho y frágil agujerito para lo que vendría pronto..
La niña no pudo evitar emitir dulces gemidos de placer mientras sentía la lengua de Fabián explorando su interior. Entre los gemidos, podía escucharse débilmente cómo pronunciaba el nombre de su amante, tal como él se lo había pedido: «Aaahhh… Fabiánnn… mmmhh… se siente tan rico», balbuceaba la pequeña entre jadeos.
Fabián, saliendo de entre las piernitas de la niña, le dijo: «Ahora quiero que te coloques así, en 4 patitas, como si estuvieses gateando».
La niña, aún aturdida por los intensos lengüetazos que había recibido en su pequeño y apretado culito, se incorporó lentamente. Se puso de rodillas sobre la cama, adoptando la posición de perrito. Este la miro con ojos llenos de lujuria y deseo, recorriendo cada curva de su cuerpo de niña.
De repente, se dio cuenta de que la pequeña se había olvidado de un detalle importante. Con voz firme y dominante, le dijo: «¿No te estarás olvidando de algo, pequeña?»
La niña bajó la mirada y siguió la dirección de los ojos de Fabián. Rápidamente entendió la indirecta y se puso de pie, tomando la mochila escolar. Se la colocó sobre los hombros, ajustándola bien para que quedara derecha. Luego, volvió a adoptar la posición de perrito, con el culito bien alzado y respingón, tal como Fabián deseaba.
Fabián contempló extasiado a esa colegiala que le ofrecía su culito. La visión de la niña en esa postura, con la mochila puesta, sólo incrementaba el morbo del momento. Su tono de voz se tornó más profundo y cargado de deseo al decirle: «Así, mi amor… Qué culito tan rico tienes»
Acarició con brusquedad las nalguitas de Marcela, disfrutando de la suavidad y elasticidad de su piel, dejando marcas en esta. Luego, tomó un frasco de lubricante para músculo liso y lo derramó generosamente sobre la raja de su ojetito.
Con cuidado, pero con decisión, Fabián comenzó a intentar introducir una de las bolas chinas en el infantil culito de Marcela. Esta se removió y reaccionó con un gemido ahogado: «Aucchh…»
Fabián la sujetó con fuerza de los hombritos para evitar que se moviera, y con un poco de dificultad, logó introducir la primera bolita. Entre gemidos ahogados y apenas audibles, la niña expresó su sensación: «Se siente raro, están algo frías…»
Fabián la consoló: «Ya casi terminamos, mi vida». Y continuó con determinación su labor de dilatar el culito de la pequeña, introduciendo poco a poco más bolas en su anito. La niña se retorcía de placer, sintiendo cómo su cuerpo se iba adaptando a la nueva sensación.
Después de un rato, Fabián introdujo la última bolita y anunció con satisfacción: «Ya falta poquito, aguanta… ¡listo!»
La pequeña gimió de auténtico placer al sentir su ano completamente lleno y dilatado. Con voz entrecortada dijo: «Mi amor, siento como si quisiera ir al baño a hacer caquita…»
Fabián, sin poder resistir la tentación, colocó su verga entre los muslos de la niña y le pidió con voz ronca y cargada de lujuria: «Junta bien las piernitas, princesa…»
Con la polla bien aprisionada empezó a moverse, follándole los muslos desde atrás a la niña, que ahora tenía el culito lleno de bolas chinas.
Fabián estaba completamente extasiado al sentir la suave textura de la pelvis de la niña. La estrechez y la delgada complexión de Marcela eran tan evidentes que cuando Fabián la sostenía de la cinturita con ambas manos, casi podía unir sus dedos y pulgares debido a lo pequeña que era. La delicadeza de sus muslos y vientre lo estaban llevando al borde de la locura. Con voz cargada de deseo, exclamó:
«¡Diosss, eres tan jodidamente rica, Marcela!»
Mientras seguía moviéndose entre de los muslos de la pequeña, notó que estaba a punto de alcanzar un clímax arrollador. Con un gruñido ronco, detuvo el vaivén.
Con voz entrecortada y llena de lujuria, le ordenó a la niña: «Camina, da unos pasos por la habitación, bebé…»
La pequeña, aún aturdida por el placer, se incorporó con dificultad y comenzó a caminar por la habitación. Con cada paso que daba, hacía que las bolas se movieran dentro de su ano, provocándole nuevas olas de placer que recorrían todo su cuerpo.
Fabián dejó a la pequeña disfrutar un rato de la sensación de las bolas dentro de su culito. Luego de varias vueltas por la habitación, la colocó de nuevo en la posición de perrito, con su respingón trasero en alto y la mochila escolar pesando sobre su espaldita.
Una a una, fue retirando las bolas del estrecho y dilatado ano de Marcela, dejando su pequeño agujero listo para la siguiente ronda de juegos. Dejó sólo la última bolita dentro, y le dio una orden a la niña con voz cargada de lujuria:
«Trata de expulsarla tú solita, bebé. Haz como si quisieras hacer caquita»
La pequeña obedeció, y comenzó a presionar con fuerza, sintiendo cómo su cuerpo se esforzaba por expulsar la bolita. Con un gemido ahogado, la última bolita salió de su culito acompañada de un pedito húmedo y obsceno.
La visión de la niña de perrito, con su mochila escolar sobre sus estrechos hombros y su culito aún dilatado y brillante de lubricante, era la viva imagen del morbo y la perversión. Fabián no podía creer lo mucho que se estaba divirtiendo con esa ricura de colegiala de 4to de Primaria..
Ya en la locura máxima al ver ese culito infantil totalmente dilatado en forma de O, con un gruñido animal, le arrancó la pesada mochila de la espalda a la pequeña y la giró bruscamente para tumbarla boca arriba en la cama. Sin perder tiempo, le alzó las piernitas sosteniéndola de las corvas, dejando su culito completamente expuesto.
Con la otra mano, tomó su verga palpitante y la dirigió directamente hacia el dilatado agujerito de la niña. Comenzó a disfrutar con la punta del glande de la textura perfecta y de la elasticidad de los pliegues anales externos de Marcela antes de penetrarla, sintiendo cómo se cerraban y se abrían con cada roce.
«Ahh, cómo me gusta tu culito en forma de estrellita de mar.. Ahh tu hermoso y apretado culito de niña…» murmuró Fabián con voz ronca de deseo, antes de enterrar su verga en el estrecho pasaje de un solo golpe, sin ninguna piedad. La polla de Fabián desapareció por completo en el interior de Marcela, llenando su recto por completo.
La niña gritó de placer al sentir esa enorme verga invadiendo su estrecho cuerpo: «¡AHHH.. Métemelo duro, bebé, durooo, hazme cagar!
Fabián obedeció encantado, y comenzó a bombear furiosamente sus caderas contra el cuerpo de la pequeña. Sus embestidas eran brutalmente pélvicas, dándole a Marcela estocadas firmes y profundas que resonaban en toda la habitación. Las piernitas abiertas de la colegiala facilitaban aún más la apertura de su ya de por sí expuesta raja, y su anito estaba absurdamente estirado y dilatado alrededor de la polla que bombeaba sin descanso.
El obsceno sonido de los huevos de Fabián chocando contra la vulnerable raja de la niña era música para los oídos de los dos.. Marce se mantenía estoica y quieta, aferrándose con fuerza a su hombre mientras este la penetraba salvajemente. Gruesas gotas de transpiración mojaban la frente y el rostro de la nena.
Fabián, con la experiencia y el control de un verdadero macho, mantenía la parte superior de su cuerpo quieto. Con cada estocada brutal, acercaba su rostro al de la niña, deleitándose con las expresiones de placer y sorpresa que cruzaban por la cara de la pequeña.
La besaba con pasión, mordisqueaba sus mejillas, su naricita respingona, y se detenía en sus labios entreabiertos para saborearlos con su lengua. Fabián deslizaba su lengua por todo el cuellito de la niña, sintiendo la textura sedosa y el sabor de su piel, antes de terminar con un delicioso chupetón en el cuello.
«Ahh.. Eres tan bonita, Marcela… Me vuelves loco…», murmuraba Fabián entre besos y mordiscos, saboreando cada centímetro de esa piel de porcelana. Luego, terminaba dando deliciosos mordisquitos en el lóbulo de la oreja.
La besaba de nuevo en los labios, saboreando su boca fresca y jugosa, en un beso tan refrescante como prohibido entre un hombre de 32 y una niña que apenas había cumplido los 9.
Para Fabián, culear a Marcela mirándola directamente a los ojos era el mayor de los placeres que podía experimentar. Ver cómo su rostro se sonrojaba y cómo sus ojos se nublaban de lujuria, lo excitaba más allá de lo imaginable. Podía sentir cómo su polla se endurecía aún más al ver las expresiones de la carita de la niña.
«Tu culito es lo mejor que he sentido nunca, mi amor… Me vuelve loco uffff…», gruñía Fabián con voz ronca gracias a la deliciosa fricción con el interior del culito de la niña.
La textura y elasticidad de las paredes internas del ano de la pequeña eran increíblemente suaves y aterciopeladas, y sus estrías y pliegues formaban unos patrones tan peculiares y eróticos que Fabián se sentía completamente obsesionado con ellos. Cada centímetro de ese recto parecía haber sido diseñado específicamente para proporcionarle el máximo placer a su polla.
Aunque a Fabián le encantaba follarse a la niña por todos los agujeros, las sensaciones que le proporcionaba el pasaje anal de Marcela eran simplemente insuperables..
Fabián, completamente inmerso en la lujuria del momento, recordó de pronto un dildo rosa que venía en el paquete de bolas chinas. Sin pensarlo dos veces, alargó su mano sobre la mesita de noche al lado de la cama, cogió el juguete en forma de polla y lo acercó a la carita de la pequeña, con la polla aún enterrada profundamente en su estrecho y cálido culito.
«Mójalo bien, princesita…» le dijo con voz cargada de deseo.
Marcela lo miró con ojos curiosos y algo de incertidumbre, sin entender muy bien qué pretendía hacer Fabián. Era una pieza de silicona flexible, de color rosa brillante y de unos 16 cms. decorado con un patrón de venas ligeramente protuberantes.
«¿Qué vas a hacer?», preguntó la pequeña con ingenuidad, antes de sacar su lengua rosada para empezar a cubrir la punta del dildo con su saliva.
Fabián, con la mente llena de pensamientos lujuriosos, imaginaba cómo se sentiría llenar ambos agujeros de la pequeña al mismo tiempo. Sin decir una palabra, le fue introduciendo el dildo en la boquita, mirándola a los ojos con intensidad.
«Estoy seguro de que eres capaz de aguantar dos pollas a la vez…», le susurró con voz ronca y cargada de deseo.
Fabián comenzó a mover el dildo dentro de su boquita. La niña tragó saliva, sintiendo cómo el dildo rozaba su lengua y el paladar de su boca.
Luego de unos segundos, Fabián sacó el dildo bien lubricado con la saliva de la boquita de Marcela. Sin detener sus embestidas en el culito de la pequeña, apoyó la cabeza del juguete en la entrada su vaginita..
Comenzó a frotar el dildo contra los brillantes labios vaginales de Marcela, sintiendo cómo se humedecían aún más y se abrían ligeramente ante su toque. Con un gruñido de satisfacción, Fabián fue introduciendo el dildo con cierta resistencia.
Marcela: «Ahhh… Ahhh… dueeeele…». Los gemidos y sollozos de la pequeña llenaban la habitación, mezcla de placer y dolor, a medida que el dildo avanzaba en su estrecha cavidad vaginal.
«No cabee, creo que no entra..», decía la nena.
«Shhh… tranquila, princesita… Relájate..», gruñó Fabián, sin dejar de mover sus caderas, penetrando el culito de la pequeña al mismo tiempo que iba enterrando más profundo el dildo en su coñito.
Los gemidos de la pequeña se mezclaban entre el placer y la confusión, sintiendo una sensación de plenitud que nunca antes había experimentado. La sensación para Fabián fue simplemente increíble cuando el dildo estuvo enterrado por completo en la estrecha vaginita de la niña..
«¡Dios, esto es increíble..!», bramó Fabián.
La delgada membrana que separaba la vagina de la cavidad rectal de Marcela era tan fina que Fabián podía sentir con claridad las formas y las venas del dildo presionando contra su verga a través de ella. Era una sensación tan intensa y erótica a la vez, abrumadora y agonizantemente placentera..
La pequeña Marcela solamente podía balbucear el nombre de Fabián una y otra vez, junto con súplicas desesperadas de que no parara: «Ayyy… Fabián… Me siento tan llenita mi amooor… Por favor, no pares… No pares nunca…»
Luego de escuchar esas palabras, Fabián retomó la follada con fuerza, embistiendo el estrecho y rosadito ano de su pequeña colegiala sin contemplaciones, con violencia y maña. Le dejó el dildo ensartado en la vaginita y con ambas manos envolvió el delicado cuello de la pequeña. Sin pensar en las consecuencias, comenzó a estrangularla con una fuerza brutal mientras seguía penetrando su culito sin piedad.
«¡AHHH!..» Un grito ahogado y desesperado escapó de los labios de la niña mientras luchaba por respirar. Su carita se tornó rápidamente morada por la falta de oxígeno.
Justo en ese instante, Fabián sintió cómo sus testículos se tensaban a punto de eyacular con fuerza. Sin embargo, en el último segundo, se retiró abruptamente del recto de Marcela, sacando su polla palpitante, sin derramar ni una gota de semen aún.
El dildo salió disparado al mismo tiempo de la vagina de la niña, abandonando su estrecho canal con un sonido húmedo. Fabián quedó jadeando y sudoroso sobre el cuerpo inerte de la pequeña.
De repente, el llanto de Marcela lo devolvió a la realidad, haciéndole tomar conciencia de que había cruzado una línea peligrosa. Se incorporó rápidamente y se sentó al borde de la cama, tapándose el rostro con las manos.
«Perdóname, por favor perdóname… Me excedí, no debí haber llegado tan lejos princesa», murmuró con voz acongojada.
Pero entonces, la pequeña Marcela tomó las manos de Fabián y las apartó suavemente de su rostro. Con un gesto tierno y lleno de amor, lo besó en la boca, permitiendo que Fabián sintiera la hinchazón de sus infantiles labios tras haber llorado, y eso lo quebró más.
Marcela: «Te perdono y te perdonaré todas las veces que necesites por las cosas que me hagas… Te amo y quiero que lo sepas, soy tuya.»
Las palabras de la niña hicieron que Fabián sintiera un nudo en la garganta y unas repentinas ganas de llorar. Aquellas palabras de amor y sumisión incondicional lo conmovieron hasta lo más profundo. Tanta ternura y sensualidad al mismo tiempo..
En eso, la tierna y sensual mirada de Marcela se encontró con la de Fabián. Con una sonrisa pícara y traviesa, la niña se incorporó lentamente, recuperando el aliento. Con un movimiento grácil y seguro, Marcela se subió bien la faldita y se sentó a horcajadas sobre el regazo de Fabián, mirándolo directamente a los ojos. Podía sentir cómo el pene de Fabián comenzaba a endurecerse de nuevo entre sus pequeñas manos.
La pequeña dedicó otra sonrisa llena de deseo al percibir la renovada erección, y sin perder tiempo, guió el miembro hinchado y palpitante, esta vez hacia la entrada de su vaginita. Con un movimiento lento pero decidido, se fue hundiendo sobre él, sintiendo cómo su estrecho y húmedo coñito envolvía por completo el falo de Fabián.
Un gemido de placer escapó de los labios de la niña mientras se empalaba por completo, sintiendo cómo el pene llegaba hasta lo más profundo de su ser. Se mantuvo quieta por un momento, disfrutando de la sensación de estar tan llena y conectada con Fabián una vez más.
Con renovada pasión y un deseo abrasador, la pequeña Marcela comenzó a moverse sobre el falo de Fabián, estableciendo un ritmo torpe y frenético a la vez. Verla a la pequeña tomar la iniciativa le resultaba de lo más sensual a Fabián.
La niña dejó un rastro de besos y mordiscos en el cuello de su hombre, dejando marcas de posesión en su piel. Finalmente, se detuvo un momento para susurrarle al oído, con voz llena de anhelo y necesidad: «Mhmmm, quiero que me llenes de leche toda la barriguita.. Hazme un bebé…»
Las palabras de la pequeña encendieron aún más la lujuria de Fabián. No pudo evitar sonreír emocionado, sabía que Marcela había elegido recibir su semen caliente en su aún estéril vaginita, en lugar de su culito. Este detalle lo excitó sobremanera..
Un segundo después, Fabián gruñó de placer al sentir cómo Marcela apretaba conscientemente los músculos de su coñito, exprimiendo su polla de una manera deliciosamente erótica; podía sentir cómo sus testículos se contraían, preparándose para liberar la carga de semen espeso que había estado acumulando durante toda la sesión..
Cuando Marcelita golpeó hacia abajo una vez más, Fabián llegó como un trueno al límite, sintiendo cómo su cuerpo entero se sacudía. Marcela lo percibió de inmediato y le gritó con desesperación:
«¡¡Dámela, mi amor, la quiero toda…Dame toda tu lechita… Aaahhh!!»
Las palabras de la niña fueron como un detonante para Fabián, quien estalló en un torrente de semen caliente y grueso, escupiendo cuerdas gruesas y pesadas en esa panochita preadolescente..
«¡AAHHHHHH!» gritaron al unísono. El primer chorro de semen impactó contra las sensibles paredes del coño de Marcela…
El segundo chorro llenó el útero de la niña, desbordándose por la unión de sus cuerpos. El tercero, el cuarto y el quinto chorro, uno detrás del otro, salían a borbotones del falo palpitante..
Al mismo tiempo, Fabián apretaba con fuerza el trasero de la niña, hundiendo aún más su polla en su interior, como si quisiera asegurarse de que cada gota de semen quedara atrapada dentro de ella. Sus dedos se hundieron en la carne firme de las nalgas de Marcela, disfrutando las sensaciones táctiles de un cuerpecito de niña que se complacía con el suyo y le devolvía lo mismo pues la pequeña no pudo contener su propio clímax, y con un chillido agudo y prolongado, alcanzó el orgasmo con una fuerza sorprendente..
La inundación de fluidos cálidos y espesos que emanaban de ambos cuerpos entrelazados, comenzaba a acumularse alrededor del falo de Fabián, el cual seguía bombeando chorros interminables de semen en el interior de la pequeña. El abdomen del hombre quedó completamente bañado en una mezcla de esperma y los jugos de la vagina de Marcela.
Jamás, en toda su vida, Fabián se había corrido con una intensidad comparable a la que estaba experimentando en ese preciso momento. Si la niña ya hubiese estado en edad, la cantidad ingente de semen que le estaba siendo inyectada directamente en su matriz, hubiera garantizado un embarazo instantáneo.
Fabián podía sentir cómo la barriguita de la niña comenzaba a hincharse a causa de la tremenda cantidad de semen que le estaba siendo bombeado. Los músculos internos de la pequeña seguían convulsionando..
Acto seguido, Marcela se desplomó sobre el pecho de Fabián; su cuerpecito exhausto y tembloroso acurrucado contra el torso musculoso del hombre. Su coñito palpitaba, ordeñando las últimas gotas de semen de su hombre. Juntos permanecieron así, fundidos en un abrazo durante varios minutos.
Finalmente, la verga de Fabián comenzó a desinflarse. Con un sonido obsceno, la polla resbaló fuera de la cavidad vaginal de Marcela con un «plop» húmedo, dejando un rastro de semen viscoso y blanco a su paso.
Ambos trataban de recuperar el aliento. Sin decir una palabra, Marcela se inclinó hacia adelante y besó a Fabián con pasión desmedida. Sus labios se fundieron. Cuando finalmente Marcela rompió el beso, miró fijamente a los ojos de Fabián..
«TE AMO», susurró la niña.
«TE AMO, MARCELITA», respondió Fabián con la misma intensidad..
FIN del capítulo.



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