MI ARDIENTE MADRASTRA.
Al cumplir 15 años mi padre se volvió a casar con una hermosa mujer de 30 años con la cual inicie mi vida sexual..
Mi Madrastra me indujo al sexo a temprana edad.
Al cumplir 15 años mi padre se volvió a casar, grande seria mi sorpresa al ver a una hermosa mujer de 30 años que seria mi nueva madre y sin imaginar que mi vida sexual comenzaría con esa hermosa hembra.
Llegué al parque con el corazón latiéndome en la garganta. El sol ya se estaba poniendo, tiñendo todo de un naranja profundo que hacía que el aire se sintiera más caliente de lo normal. Mi padre me había dicho que la encontraría junto a la fuente grande, y cuando la vi… joder.
No era una mujer. Era un pecado con piernas.
Silvia estaba de pie con una postura relajada, una mano en la cadera, la otra sosteniendo un teléfono que dejó caer despacio al verme acercarme. Treinta y dos años, me diría después, pero en ese momento parecía una fantasía hecha carne. Medía fácilmente 1.70, tal vez más con esos tacones discretos que llevaba. Sus jeans azul oscuro eran de esos que parecen pintados sobre la piel: tiro alto, pero tan ceñidos que se marcaba la curva perfecta donde el abdomen se encuentra con el pubis, la costura central hundiéndose ligeramente entre sus labios mayores, delineando un camel toe sutil pero imposible de ignorar. Los muslos gruesos y firmes se tensaban con cada pequeño movimiento, y su culo… redondo, alto, lleno, de esos que hacen que los jeans parezcan a punto de rendirse.
Arriba llevaba una camiseta blanca de algodón fino, de esas que se pegan con el menor sudor. Era corta, muy corta: dejaba al descubierto una franja ancha de vientre plano, bronceado uniforme, con ese ombligo pequeño y profundo que invitaba a meter la lengua. Y no llevaba sostén. Nada. Sus pechos eran grandes, pesados pero altivos, desafiando la gravedad con una firmeza que solo tienen los senos de mujer joven que se cuida. Los pezones, oscuros y gruesos, estaban completamente erectos: se marcaban como dos monedas duras bajo la tela casi transparente por la luz del atardecer. Cada vez que respiraba, los pezones se movían ligeramente, frotándose contra el algodón, y se notaba cómo la areola se delineaba un poco más allá del relieve central. Tragué saliva tan fuerte que sentí un clic en la garganta.
*** Posible imagen de la Madrastra Laura ***
Me acerqué con las manos metidas en los bolsillos, intentando que no se notara la erección que ya me estaba traicionando.
—Hola… soy Carlos —dije, y mi voz salió más ronca de lo que pretendía.
Ella sonrió lento, como si supiera exactamente el efecto que estaba causando. Dejó el teléfono en el borde de la fuente y caminó hacia mí con pasos deliberadamente sensuales, las caderas balanceándose lo justo para que sus pechos se movieran con un vaivén hipnótico.
—Carlitos… —susurró al llegar frente a mí.
Puso ambas manos en mis hombros. Sus uñas largas, pintadas de un rojo sangre oscuro, se clavaron ligeramente en mi piel a través de la camiseta. Se inclinó despacio, muy despacio, hasta que su boca quedó a milímetros de mi mejilla. Sentí el calor de su aliento antes que el beso: labios suaves, carnosos, húmedos, que se posaron justo en la comisura de mi boca. No fue un beso casto. Fue un roce deliberado, prolongado, con un leve movimiento lateral que hizo que la punta de su lengua rozara apenas el borde de mis labios.
Y entonces se pegó.
Sus pechos se aplastaron contra mi torso. Sentí la dureza de sus pezones clavándose en mí como si quisieran atravesar la tela de ambos. El calor de su piel, el peso suave y abundante de sus tetas, el aroma dulce y ligeramente almizclado de su perfume mezclado con el olor natural de su cuerpo… todo eso me golpeó al mismo tiempo. Mi polla se puso dura en un segundo, empujando dolorosamente contra la cremallera, y noté cómo una gota espesa de líquido preseminal se escapaba y empapaba la tela de mis bóxers.
—Qué guapo eres… —murmuró contra mi piel, sin apartarse del todo—. Mucho más de lo que tu papá me dijo.
Se separó lo justo para mirarme a los ojos. Sus pupilas estaban dilatadas, los labios entreabiertos y brillantes. Tomó mi mano derecha con la suya, entrelazó los dedos y empezó a caminar, obligándome a seguirla.
—Vamos a mi departamento. Ahí podemos… conocernos mejor. Tu papá quiere que seamos una familia muy, muy unida.
La forma en que pronunció “muy unida” fue casi obscena. Mientras caminábamos, su pulgar acariciaba el dorso de mi mano en círculos lentos. Cada pocos pasos se acercaba más, hasta que su cadera rozaba la mía y sentía el calor que emanaba de entre sus piernas.
De repente se detuvo, se puso de puntillas y acercó la boca a mi oído. Su aliento caliente me erizó toda la piel del cuello.
—Puedes preguntarme lo que quieras, Carlitos. Todo. Mis gustos… mis fantasías… lo que me excita… —hizo una pausa, y sentí cómo su lengua rozó apenas el lóbulo de mi oreja—. Incluso puedes preguntarme cómo me gusta que me follen.
La última frase la dijo en un susurro tan bajo y húmedo que sentí que me corrían escalofríos por la columna. Mi polla dio un salto violento dentro de los jeans. Otra gota caliente se deslizó por el glande y empapó más la tela. Estaba seguro de que si bajaba la mirada se notaría la mancha oscura en mi entrepierna.
Ella lo notó. Bajó la vista un segundo, sonrió con picardía y apretó mi mano con más fuerza.
—No te preocupes… —susurró, rozando con los labios el borde de mi oreja—. Tenemos toda la tarde… y toda la noche. Y tu papá no vuelve hasta dentro de dos semanas.
Seguimos caminando hacia su departamento. Cada paso hacía que sus nalgas se movieran bajo esos jeans como si estuvieran hechas para ser mordidas. Sus pechos seguían rebotando libres, los pezones duros marcándose más con cada roce de la tela. Y yo… yo solo podía pensar en una cosa:
Esto no iba a terminar bien.
Y una parte muy oscura de mí no quería que terminara bien.
Quería que terminara mal.
Muy, muy mal.
Subimos las escaleras despacio, casi en procesión, y yo iba justo detrás de ella, hipnotizado. Cada escalón que subía hacía que su culo se elevara y descendiera en un movimiento lento, ondulante, como si estuviera bailando para mí sin música. El jean se tensaba con cada paso: la tela azul oscuro se estiraba hasta el punto de brillar bajo la luz tenue del pasillo, delineando perfectamente el surco profundo entre sus nalgas. Podía ver cómo la costura central se hundía más y más, desapareciendo entre esos globos carnosos y firmes que rebotaban con un peso suave, casi tembloroso. El sonido era sutil pero constante: el roce del denim contra denim, el leve crujido de la tela al estirarse, y debajo de todo eso, el leve chapoteo húmedo que juraba estar oyendo —o tal vez imaginando— cada vez que sus muslos se rozaban entre sí. El olor de su perfume flotaba hacia atrás: vainilla cálida mezclada con algo más animal, almizclado, como si su excitación ya estuviera escapando por los poros y por entre las piernas.
Mis pensamientos se volvieron salvajes, sucios, inevitables:
“Ese culo es demasiado perfecto para no follarlo. Quiero agarrarlo con las dos manos, hundir los dedos en la carne blanda hasta dejar marcas rojas, abrirlo despacio y ver cómo se arruga ese ano rosado y apretado. Quiero escupir ahí, ver cómo mi saliva se desliza por el surco y se mezcla con el jugo que ya le chorrea del coño. Quiero empujar la punta de mi verga contra ese agujero, sentir cómo resiste al principio, cómo se abre centímetro a centímetro mientras ella gime bajito ‘sí, Carlitos… métemela por el culo, soy tu madrastra puta’. Quiero oír el sonido húmedo de la carne cediendo, el pop cuando entre del todo, el calor apretado envolviéndome mientras la sodomizo despacio al principio, luego más rápido, hasta que sus nalgas choquen contra mis caderas con palmadas resonantes. Quiero correrme dentro, llenarle el recto de leche espesa y caliente hasta que salga burbujeando cuando la saque, y que ella se gire, me mire con los ojos vidriosos y me diga ‘ahora lame lo que me dejaste, hijito… limpia tu leche del culo de tu madrastra’”.
Mi polla latía con cada escalón, el glande rozando la tela empapada de pre-semen, sensible, dolorosamente erecto. Cada gota que se escapaba era caliente, viscosa, y sentía cómo se deslizaba por el tronco, acumulándose en la base, haciendo que los bóxers se pegaran como una segunda piel fría y pegajosa.
Llegamos al departamento. El aire dentro era fresco, con un leve aroma a lavanda y madera nueva. Todo minimalista pero lujoso: paredes en beige suave, pisos de madera clara pulida que reflejaban la luz cálida de los LED empotrados. El sofá en L era enorme, tapizado en tela crema tan suave que invitaba a hundirse, con cojines mullidos y una manta ligera de cachemira tirada con arte. La mesa de centro redonda tenía un jarrón de cristal con eucalipto fresco que soltaba un olor mentolado sutil. El ventanal dejaba entrar la última luz del atardecer, tiñendo todo de dorado suave. La cocina abierta relucía: encimeras de cuarzo blanco veteado, gabinetes sin manijas, luces LED debajo que iluminaban el espacio como un escenario. El dormitorio se entreveía: cama king con sábanas de lino beige arrugadas con sensualidad, cabecera tapizada, lámparas de noche con luz ámbar. El baño al fondo: ducha de lluvia negra mate, mampara de vidrio esmerilado, espejo circular enorme con halo de luz LED blanca que hacía que todo pareciera más limpio, más pecaminoso.
Me dio una botella de agua helada. La tomé con dedos temblorosos, el vidrio frío contra la palma sudada. Bebí a tragos grandes, desesperados; el agua bajaba helada por mi garganta seca, pero no apagaba el fuego que tenía dentro. Solo hacía que el contraste fuera más intenso: garganta fresca, polla ardiendo, goteando sin parar.
Nos sentamos en el sofá. Ella se cruzó de brazos —sus tetas se levantaron, pezones duros clavándose en la playera como si quisieran rasgarla— y cruzó las piernas. El movimiento hizo que el jean se tensara en su entrepierna; podía olerlo ahora, ese aroma dulce y salado de excitación femenina que se filtraba sutilmente.
—Adelante, Carlitos… pregúntame lo que quieras. Sobre mi vida… o sobre cómo me gusta que me follen.
Casi escupo el agua. Tosí, el líquido me quemó la nariz, me atraganté. Me limpié con la manga, cara ardiendo.
Tragué varias veces. Mi voz salió ronca, rota:
—Tu… vida sexual. Quiero saberlo todo.
Ella sonrió, ojos brillando.
—Te voy a contar exactamente lo que estás muriendo por saber… a qué edad perdí la virginidad… y con quién.
Tragué saliva tan fuerte que dolió. ¿Cómo lo sabía? ¿Tenía escrito en la frente “quiero saber si te abrieron siendo una niña”?
Se pegó a mí. Su muslo sobre el mío, cadera contra cadera, tetas aplastadas contra mi brazo. Me abrazó por los hombros, uñas rozando mi nuca. Acercó la boca a mi oído; su aliento era caliente, húmedo, con olor a menta y deseo.
—Esto es secreto nuestro. Ni una palabra a nadie. Ni a tu papá.
Asentí, mudo, la polla latiendo como un corazón extra.
Susurró, lengua rozando el lóbulo:
—Tenía trece años… y quien me profano fue…… Un sacerdote, bueno, mas bien……Un Cardenal
Un chorro caliente salió de mi glande sin control. Sentí cómo el semen seminal brotaba en pulsos, empapando todo de nuevo, la tela fría pegándose al tronco sensible. Mi cuerpo tembló entero.
Mi respiración era jadeos cortos. La polla me dolía de lo hinchada que estaba, el glande sensible rozando la tela empapada con cada latido. Sentía que en cualquier segundo iba a explotar sin tocarme.
Pensamientos en cascada:
“Trece años… un cura… No….Un Cardenal…..Por Dios… Una persona que podría ser Papa.
Asentí despacio, ojos fijos en los suyos.
—Cuéntame… más —susurré, voz quebrada—. Todo. Cada detalle sensorial… cómo olía… cómo sonaba… cómo te sentiste cuando te llenó.
Ella sonrió, lamiéndose los labios lentamente.
Y siguió hablando, voz ronca, mientras su mano bajaba despacio por mi muslo.
Carlos estaba sentado en el sillón del pequeño apartamento de su madrastra Laura, con la espalda rígida, las manos apretadas contra los muslos y la respiración entrecortada. No parpadeaba. Su boca permanecía entreabierta, los labios secos, y una fina capa de sudor le cubría la frente y la nuca. La erección que tenía era tan evidente que el bulto en sus jeans deportivos se marcaba sin remedio; cada vez que intentaba cambiar de posición para disimularlo, solo lograba que la tela rozara más y aumentara la presión dolorosa. No podía ocultar nada. No quería ocultar nada. Estaba hipnotizado.
La voz de Laura era baja, casi un susurro ronco, como si estuviera reviviendo cada segundo mientras lo contaba. Y Carlos absorbía cada palabra como si le estuvieran vertiendo gasolina directamente en las venas.
Cuando Laura llegó a la parte del Cardenal Antonio —54 años en ese entonces—, Carlos imaginó inmediatamente al hombre antes de que ella lo describiera. Y cuando lo hizo, la imagen se volvió nítida y brutal:
El Cardenal Antonio era alto, de complexión fuerte pero no obesa, con una postura erguida que delataba años de autoridad. Cabello blanco plateado, peinado hacia atrás con gomina, entradas pronunciadas que le daban un aire de nobleza severa. Cejas gruesas y canosas, ojos de un azul pálido casi transparente que parecían perforar el alma. Nariz aquilina, labios finos y crueles que se curvaban en sonrisas paternales cuando convenía. La piel del rostro era tersa para su edad, pero surcada por arrugas profundas alrededor de los ojos y la boca, marcas de alguien que había sonreído poco y calculado mucho. Llevaba la sotana roja impecable, bordada en oro, y el solideo del mismo color parecía una corona sobre su cabeza. Su voz era grave, modulada, con ese tono que usaban los predicadores para hacer que las palabras sonaran como mandamientos divinos.
**** Posible aspecto de Cardenal Antonio. ****
Los aposentos privados del Cardenal eran una declaración de poder oculto. Una habitación amplia en el ala privada del palacio arzobispal, con paredes forradas en madera oscura de nogal pulido, tapices renacentistas con escenas bíblicas (aunque ninguna demasiado inocente), un escritorio de caoba con incrustaciones de marfil y un crucifijo de oro macizo colgado sobre la cabecera. La cama era el centro de todo: king size, marco tallado en madera oscura con postes altos y dosel de terciopelo rojo carmesí que caía como sangre. Sábanas de hilo egipcio blanco inmaculado, almohadones de plumas de ganso, edredón de seda gruesa color burdeos. Todo olía a incienso de mirra y a cera de vela cara.
*** Cama del Cardenal ***
El baño era un capricho arquitectónico: paredes y piso de mármol crema veteado de oro, ducha de lluvia con cabezal enorme de acero inoxidable que caía como una cascada caliente, mampara de vidrio templado sin marco, grifería dorada. Había un banco de mármol integrado y un nicho con jabones artesanales y aceites perfumados. Cuando Laura se duchaba, el vapor empañaba el vidrio, pero el Cardenal se quedó de pie en la puerta abierta, mirándola sin disimulo mientras le predicaba con voz pausada y autoritaria:
—Obedece a los que Dios ha puesto sobre ti, hija mía. Los mandamientos de la Santa Iglesia son la voz misma de Dios… y yo soy su voz en esta tierra.
**** BAÑO ***
Imgur: The magic of the Internet
https://imgur.com/a/6RJAktR#w91vSJ2
Laura salió envuelta en una bata blanca de algodón grueso que el Cardenal le había dejado. Él la tomó de la mano con delicadeza, la sentó en el borde de la cama y le dio una taza de café humeante que olía a canela y vainilla. Luego, con tono paternal:
—El frío del pecado aún te envuelve, mi niña. Quítate la bata, acuéstate y cúbrete con las sábanas. Deja que el calor de Dios te purifique.
Laura, temblando de nervios y frío, obedeció. Se despojó de la bata quedando completamente desnuda —piel morena, pechos firmes y juveniles, cintura estrecha, caderas anchas— y se metió bajo las sábanas de seda, cubriéndose hasta el cuello.
El Cardenal sonrió con dulzura y comenzó a desvestirse lentamente. Primero el solideo, luego la capa pluvial roja, la sotana, la camisa clerical, hasta quedar desnudo. Su cuerpo de 54 años era sólido: pecho ancho cubierto de vello gris, abdomen ligeramente abultado pero fuerte, brazos musculosos por años de manejar el báculo y los libros pesados. Y allí, erguido sin pudor, su miembro: grueso como una muñeca, venoso, morado en la punta, con bolas grandes y pesadas cubiertas de vello negro y gris, colgando como huevos de gallina.
Se acostó a su lado, pegó su cuerpo desnudo al de ella y la abrazó con fuerza. Luego la besó: un beso profundo, húmedo, posesivo. La lengua entró sin pedir permiso, explorando su boca virgen. Laura sintió por primera vez el sabor de un hombre adulto, el roce áspero de su barba contra su barbilla, el calor sofocante de su cuerpo.
Carlos, escuchando esto, ya no podía disimular. Sudaba profusamente, la camiseta pegada al pecho. Su erección era dolorosa, el glande empujando contra la tela del bóxer, humedeciendo la punta con preseminal. No parpadeaba. No respiraba con normalidad. Su mente era un torbellino:
“Dios mío… mi madrastra… a los 13 años… con un cardenal de 54… desnuda en esa cama… besada por primera vez… tocando esa polla enorme… ¿cómo era posible? Ella dice que era dura como acero, caliente, gruesa… que las bolas eran peludas y grandes… y yo aquí, escuchándola, imaginando todo… imaginando su mano joven rodeando esa verga de viejo… y ella excitada, asustada, obediente… porque él era un cardenal… porque él era Dios en la Tierra para ella en ese momento.”
Carlos tragó saliva ruidosamente. Su mano temblaba sobre el muslo, a centímetros de tocarse, pero no se atrevía. No todavía.
“Ella dice que fue su primer beso… y yo estoy aquí, oyéndolo todo… mi madrastra contándome cómo un cardenal la desnudó, la besó, la hizo tocarlo… y yo tengo la polla a punto de reventar solo de escucharlo. Quiero odiarlo… quiero odiarla a ella… pero no puedo. Solo puedo imaginarla ahí, desnuda bajo las sábanas, con ese viejo encima, besándola, tocándola… y ella obedeciendo porque creía que era por su alma… por ir al cielo. Y ahora me lo está contando a mí… su hijastro… con esa voz baja, ronca, como si reviviera el placer y la vergüenza al mismo tiempo.”
La noche ya había caído por completo fuera de las ventanas del apartamento. Carlos había perdido la noción del tiempo. No sabía si eran las 11, las 12 o la 1 de la mañana. Solo sabía que no podía moverse, que no quería que ella parara de hablar, que cada detalle que salía de la boca de Laura era como gasolina en su excitación.
Y Laura siguió hablando, con los ojos perdidos en el recuerdo, sin notar —o fingiendo no notar— la erección evidente de Carlos ni el sudor que le corría por la sien.
Carlos pensó, con la voz mental entrecortada:
“Quiero que siga… quiero saber todo… cómo la tocó… cómo la penetró… cómo la hizo sentir… aunque me esté matando de celos y de deseo al mismo tiempo. Quiero odiarla… pero no puedo. Solo puedo escucharla… y desear estar en el lugar de ese cardenal.”
Y se quedó ahí, inmóvil, sudando, con la boca abierta, la respiración pesada y la polla palpitando sin control, mientras la confesión de su madrastra continuaba llenando la habitación como un veneno dulce.
Mientras Laura seguía hablando, su voz se volvió más ronca, más entrecortada, como si revivir cada detalle la estuviera excitando tanto como a mí. Su mano derecha apretaba mi polla con más fuerza ahora, no solo cubriéndola: la masajeaba despacio pero con firmeza, subiendo y bajando por el bulto hinchado, sintiendo cada vena latiendo bajo la tela empapada. El pre-semen brotaba sin control, caliente, viscoso, empapando los bóxers hasta que sentí cómo se filtraba al jean y formaba una mancha oscura y pegajosa que ella frotaba con el pulgar, como si quisiera exprimirme hasta la última gota sin sacármela.
Me tenía abrazado por los hombros con el brazo izquierdo, su cuerpo pegado al mío de lado, tetas aplastadas contra mi pecho, pezones duros como balas rozando mi camiseta con cada respiración acelerada suya. Su aliento caliente me golpeaba el cuello mientras susurraba, lengua rozando mi oreja en cada pausa.
—Después del beso… el Cardenal Antonio me giró con rudeza pero controlada, como si supiera exactamente cómo manejar un cuerpo virgen. Me puso de espaldas a él. Su brazo izquierdo me rodeó la cintura con fuerza posesiva, apretándome contra su pecho ancho, su sotana áspera rozándome la espalda desnuda. Sentí su calor corporal, el olor a incienso viejo mezclado con sudor masculino y deseo prohibido. Con la mano derecha… oh, Dios… sus dedos gruesos, callosos de años de rezos y pecados, se hundieron entre mis labios vaginales. Los abrió despacio, explorando la humedad que ya me chorreaba por los muslos. Movía los dedos en círculos lentos, rozando mi clítoris hinchado, metiendo uno, luego dos, curvándolos dentro de mí hasta que sentía cómo mi coño se contraía alrededor de ellos, succionándolos con ansia. Gemí alto, sin poder contenerme, porque cada roce era fuego líquido recorriéndome las entrañas.
Entonces… sentí su verga. Enorme. Gruesa. Caliente como un hierro al rojo. Venosa, palpitante, goteando pre-semen espeso que se deslizaba por mi piel. La apoyó en la división de mis nalgas, justo en ese surco profundo y suave, y empezó a frotarla despacio, arriba y abajo, presionando la cabeza gruesa contra mi ano virgen mientras sus dedos seguían follándome el coño. Cerré los ojos con fuerza, arqueé la espalda, y un gemido profundo y animal me salió del pecho. Era la primera vez que sentía algo tan grande, tan duro, rozándome ahí atrás… y al mismo tiempo mis labios vaginales hinchados y abiertos siendo invadidos. El placer era abrumador, una corriente eléctrica que me subía por la columna, me apretaba los pezones hasta doler, me hacía temblar las piernas.
Y entonces él me susurró al oído, voz grave, autoritaria, cargada de lujuria clerical:
—«¿Laura… te gusta lo que te estoy haciendo?»
Laura, jadeando, con los ojos cerrados y las caderas moviéndose solas contra su mano y su verga, gemí:
—«Ah… sí, Eminencia… ah… me gusta mucho… me gusta demasiado…»
—«¿Qué es lo que sientes, jovencita?»
—«Ah… un placer desconocido… ah… que me quema por dentro… que me recorre todo el cuerpo… ah… que me hace querer más… más profundo…»
—«Esto debe ser nuestro secreto absoluto. ¿Entiendes? Jamás se lo dirás a nadie… especialmente a tu madre, tu ser más querido. ¿De acuerdo?»
—«Ah… sí, padre… ah… le juro… mi mamá nunca sabrá… ah… lo que usted me está haciendo… lo que me está metiendo… ah…»
—«Reccuerda tienes 13 años, eres una niña muy obediente. Repítelo.»
—«Ah… sí, Eminencia… soy una niña muy obediente… ah…»
—«Las niñas obedientes van al cielo. Repite conmigo: esto será nuestro secreto.»
—«Ah… sí… esto será nuestro secreto… ah…»
—«Nadie debe saberlo. Ni tu madre. Esto es íntimo, privado… solo entre nuestros cuerpos. Solo Dios comprende este acto de entrega total.»
—«Ah… sí, padre… nadie debe saberlo… ah… ni mi mamá… esto es íntimo… privado… ah… solo Dios lo comprende…»
—«Lo que estamos haciendo es nuestro “juego secreto”… y se llama hacer el amor. Dime en qué consiste.»
—«Ah… consiste en estar desnudos… ah… usted frotando su pene enorme y grueso… ah… en la división de mis nalgas… ah… mientras sus dedos me follan el coño… ah… entrando y saliendo… ah… haciéndome mojar más…»
—«¿Y por qué nadie, especialmente tu madre, debe saber de este juego?»
—«Ah… porque es muy íntimo… muy privado… ah… nadie entendería… ah… mi mamá no comprendería… ah… solo Dios… ah…»
—«Así me gusta, niña obediente. Prométeme que serás así cuando juguemos a hacer el amor.»
—«Ah… sí, Eminencia… ah… le prometo… seré una niña muy obediente… ah… cuando juguemos a hacer el amor… ah…»
Mientras repetía esas palabras con su voz entrecortada, su mano apretaba mi polla con más fuerza, subiendo y bajando por el bulto, sintiendo cómo latía desesperada bajo la tela. Otro chorro de liquido seminal salió caliente, empapando todo, y gemí fuerte, cabeza echada hacia atrás, caderas empujando contra su palma.
Mis pensamientos eran un torbellino de fuego y culpa:
“Dios… ese Cardenal la hizo jurar sobre su madre, sobre Dios, sobre el cielo… mientras le metía los dedos y le frotaba la verga en el culo. Le hizo repetir que era ‘una niña obediente’ mientras la corrompía en secreto. Y ella… con 13 años, virgen, temblando de placer y miedo… juró silencio absoluto. Le hizo prometer que su mamá nunca sabría que un hombre de sotana le estaba abriendo el coño y el culo al mismo tiempo. Y ahora… ahora me lo cuenta a mí, su hijastro, mientras me masturba la verga empapada y me moja los pantalones. Quiero que me jure lo mismo. Quiero que me diga ‘esto será nuestro secreto, Carlitos… ni tu papá sabrá que su hijo se está follando a su madrastra’. Quiero que me repita que es una niña obediente mientras le meto la verga por el culo, pensando en ese Cardenal de 54 años que la hizo suya. Quiero correrme dentro de ella imaginando que soy el nuevo confesor de sus pecados… el nuevo que la hace gritar mientras jura silencio ante Dios.”
Jadeé fuerte, mi mano temblando sobre su muslo, apretando con fuerza.
—Sigue… —supliqué, voz rota y desesperada—. Cuéntame qué hizo después… cuando ya te tenía jurando todo… cuando ya eras suya por completo. No pares… por favor…
Laura seguía pegada a mí como si su cuerpo fuera una extensión del mío, su seno derecho aplastado contra mi hombro, el pezón duro y caliente clavándose en mi piel a través de la tela fina de su playera y la mía, frotándose con cada respiración profunda que tomaba. Su mano izquierda me abrazaba por los hombros con una fuerza casi posesiva, uñas rozando mi nuca, mientras la derecha bajaba lenta, torturante, por mi muslo interno. Los dedos calientes trazaban círculos cada vez más cerca de mi ingle, el calor de su palma irradiando antes de tocarme, haciendo que mi polla latiera con violencia bajo el jean empapado. Cuando finalmente rozó el bulto hinchado, un gemido ronco se me escapó sin control. Apretó con decisión, sintiendo cada vena palpitante, el glande sensible y resbaladizo de pre-semen que brotaba en chorros calientes y espesos cada vez que su pulgar presionaba justo en la punta a través de la tela.
Cerró los ojos, suspiró largo y tembloroso —un sonido húmedo, casi un gemido ahogado— y continuó la narración con voz ronca, cargada de deseo crudo:
—El Cardenal dejó de tocarme solo un instante… para devorarme con la mirada. Mi cuerpo entero estaba empapado de sudor: gotas gruesas resbalando por mis tetas pequeñas pero firmes, por mi vientre plano, acumulándose en mi ombligo antes de deslizarse hacia mi coño virgen que ya chorreaba sin parar. Él también sudaba; el pecho velloso brillaba, gotas cayendo por su abdomen marcado, mezclándose con las mías cuando nuestros cuerpos se rozaban. El olor era adictivo, prohibido: sudor masculino fuerte y almizclado, incienso quemado que aún flotaba pesado en la capilla, y el aroma dulce, salado y caliente de mi excitación virginal escapando en oleadas de entre mis muslos abiertos. Ese olor me golpeó como una droga, me recorrió la piel en escalofríos de placer puro, me hizo apretar los muslos involuntariamente, sintiendo cómo mis jugos se deslizaban por la cara interna de ellos.
Con voz grave, autoritaria, cargada de lujuria clerical, me dijo:
—«Ahora vamos a jugar a hacer el amor en otra posición, niña obediente. Se llama La Amazona».
Asentí nerviosa, con el corazón golpeándome las costillas, porque a mis 18 años todo era nuevo, aterrador y excitante hasta el dolor. Se acostó de espaldas en la cama —el colchón crujió bajo su peso pesado—, su verga monstruosa apuntando al techo como un mástil grueso e inclinado, venosa, palpitante, la cabeza morada y brillante goteando pre-semen espeso en hilos largos que caían sobre su abdomen velloso. Me tomó por la cintura con esas manos enormes y fuertes, me levantó como si fuera una pluma y me colocó encima de él.
El primer contacto fue brutal: su piel ardiente contra mi vientre suave y plano, y luego… su polla dura como acero al rojo vivo presionando contra mi abdomen. Era tan gruesa que cubría casi todo mi ombligo, tan caliente que sentí un escalofrío de placer doloroso que me hizo arquear la espalda. Mis tetas se aplastaron contra su pecho velloso, pezones rozando el vello áspero y húmedo, enviando descargas directas a mi clítoris hinchado. Gemí bajito, sin poder contenerme, mis caderas moviéndose solas en busca de más fricción.
Con la mano izquierda me tomó por la nuca y me obligó a bajar. Nuestros labios se fusionaron en un beso salvaje, hambriento. Su lengua viscosa invadió mi boca, saboreando la mía con urgencia, lamiendo cada rincón mientras gemía contra mis labios. Al mismo tiempo, colocó ambas manos en mis nalgas: dedos hundiéndose en la carne blanda y firme, apretando con fuerza, separando ligeramente mis glúteos para que el aire fresco rozara mi ano virgen y me hiciera jadear dentro de su boca. Empezó a mover sus caderas en círculos lentos pero profundos, frotando esa verga monstruosa contra mi vientre suave y sudoroso. Cada roce era una tortura exquisita: el glande caliente deslizándose por mi piel, dejando un rastro pegajoso y caliente de pre-semen que se mezclaba con mi sudor, el tronco venoso pulsando contra mi abdomen plano, la presión constante haciendo que mi clítoris latiera desesperado sin ser tocado.
Gemí dentro de su boca, mis caderas ondulando solas, buscando más, más fricción, más calor.
Separó los labios un segundo, lengua aún rozando la mía, y me preguntó con voz ronca y autoritaria mientras seguía moviéndose:
—«¿Te gusta lo que estamos haciendo, jovencita?»
Jadeé, cara a cara con él, avergonzada pero ardiendo de deseo:
—«Ah… sí, su Eminencia… ah… me gusta mucho… me vuelve loca…»
—«¿Qué es lo que te estoy haciendo que te gusta tanto?»
—«Ah… me gusta que frote su miembro enorme y caliente contra mi vientre… ah… que lo sienta palpitar contra mi piel… y que… ah… me esté manoseando las nalgas… apretándolas tan fuerte… separándolas… Eminencia… ah…»
—«¿Lo disfrutas?»
—«Ah… sí… mucho… me hace mojar más… ah…»
—«Entonces sé una niña buena y pídemelo con un ‘por favor’.»
—«Ah… sí, su Eminencia… ah… por favor… continúe frotando su pene grueso y caliente contra mi vientre… y siga manoseando mis nalgas… apretándolas… separándolas… ah… por favor…»
—«¿Por qué, mi niña?»
—«Ah… porque me gusta demasiado… me agrada que me esté haciendo esas cosas… ah… me hace sentir sucia y obediente al mismo tiempo… ah…»
—«¿Qué es lo que sientes?»
—«Ah… un placer que me quema por dentro… ah… la fricción de su verga venosa en mi vientre… el calor que sube hasta mis tetas… y el apretón de sus manos en mis nalgas… ah… separando mi culo… rozando mi ano… son placeres distintos pero los dos me vuelven loca… ah… me hacen querer más…»
Sonrió con satisfacción oscura y aceleró el movimiento de caderas. Sus manos apretaron más fuerte mis nalgas, dedos hundiéndose hasta dejar marcas rojas, separando los glúteos para que sintiera el aire fresco en mi ano virgen y el roce ocasional de sus dedos rozando el borde. La verga se frotaba con más intensidad, el glande dejando rastros pegajosos en mi piel, el tronco pulsando contra mi abdomen plano.
—«Entonces, como comprenderás, nadie debe saber esto. Dime tu juramento, niña obediente.»
Cerré los ojos, suspiré profundo y recité entre jadeos mientras él seguía frotándome, manoseándome con más urgencia:
—«Ah… este será nuestro secreto… ah… nadie debe saber lo que estamos haciendo… usted y yo… ah…»
—«¿Qué es lo que no deben saber?»
—«Ah… que tenemos un juego secreto… ah…»
—«¿Cómo se llama ese juego secreto que nadie debe saber?»
—«Ah… se llama… ah… jugar a hacer el amor… ah…»
—«¿En qué consiste nuestro juego secreto de jugar a hacer el amor?»
—«Ah… consiste en estar desnudos en la cama… su Eminencia y yo… ah… y que yo esté encima de usted… ah… para que usted frote su pene enorme y venoso en mi vientre suave… ah… y me esté tocando y apretando mis nalgas… separándolas… ah… haciéndome sentir expuesta… ah…»
—«¿Y esto quién debe saberlo?»
—«Ah… nadie… ah… nadie debe saberlo, su Eminencia… ah… ni siquiera mi mamá… ah… porque jamás lo entendería… ah…»
—«¿Por qué no deben saber de nuestro juego secreto?»
—«Ah… porque esto es algo muy íntimo y privado que hacemos con nuestros cuerpos… ah… y nadie debe saberlo… ah… esto es solo entre su Eminencia y yo… ah… solo Nuestro Señor puede entender lo que estamos haciendo… ah… es por eso que debo ser una niña buena y muy obediente… ah… y no decirle esto a nadie… ah… porque es un secreto que debo guardar a mi mamá… ah… ella nunca va a comprender que su Eminencia lo hace por mi bien… ah… por salvar mi alma… ah…»
Me besó con furia animal, lengua invadiendo mi boca mientras sus caderas seguían moviéndose con más fuerza, su verga frotándose desesperada contra mi vientre, dejando un rastro caliente y pegajoso. Solo se oían nuestros gemidos fuertes, el sonido húmedo de carne sudorosa contra carne, el crujir de la cama bajo nosotros.
Laura me dio un beso cerca de los labios —labios carnosos rozando la comisura de mi boca—, su mano acariciando suavemente mi erección empapada por encima del jean, y me susurró al oído con voz temblorosa de deseo:
—Y así, después de un buen rato en la posición de la Amazona… me dijo que me iba a convertir en mujer de verdad… introduciéndome su enorme y grueso pene en mi aún tierna vagina… Oh, Dios mío… aún lo recuerdo como si fuera ayer… el grito que di cuando esa barra de acero caliente al rojo vivo me desgarró el himen y lo enterró hasta que sus testículos pesados y calientes chocaron contra mis labios vaginales hinchados…
Estaba al límite absoluto. Mi polla latía tan fuerte que sentía cada vena a punto de reventar. El pre-semen brotaba en chorros constantes, empapando todo. No me había tocado ni una vez, pero su confesión —esa niña de 18 años, ingenua, inocente, jurando secretos mientras un Cardenal la tenía encima, frotándole la verga en el vientre, apretándole el culo con manos enormes, separándole las nalgas mientras gemía y repetía promesas de obediencia— era demasiado para mi cuerpo.
Pensamientos en cascada, ardientes, oscuros:
“No puede ser… a los 13, siendo una niña ingenua… jurando ante Dios que guardaría silencio mientras ese hombre maduro, poderoso, la tenía encima en la Amazona, frotándole la verga humeda en su vientre plano y sudoroso, apretándole ese culo firme y virgen con dedos que dejaban marcas, separándole las nalgas para rozar su ano con el aire mientras ella gemía y repetía que era ‘una niña obediente’. Ella se movía sola, buscando más fricción, jurando que su mamá nunca sabría que un santo varón la estaba corrompiendo en secreto, que solo Dios entendía por qué le frotaba la polla contra el vientre y le manoseaba el culo. Y ahora… ahora me lo cuenta a mí, su hijastro, mientras me acaricia la verga chorreante y me moja los pantalones con mi propio semen. Quiero tenerla encima ahora mismo en esa misma posición, frotándome contra su vientre plano y bronceado, manoseándola ese culo perfecto mientras me jura que será nuestro secreto eterno. Quiero que me diga ‘por favor, Carlitos… sigue frotando tu pene grueso contra mí… soy una niña buena y obediente para ti’. Quiero correrme solo de imaginarla a los 13, gritando cuando la penetraron por primera vez… y quiero ser yo el que la haga gritar ahora, a los 30, mientras recuerda cada detalle blasfemo y se moja más contándomelo.”
Jadeé fuerte, caderas empujando contra su mano, al borde del abismo.
—Por favor… Laura… cuéntame el final… cómo te la metió… cómo te desgarró… cómo gritaste cuando te convirtió en mujer… no pares… estoy a punto de correrme solo de oírte… por favor…
En unos días publico la continuación.


Dejar un comentario
¿Quieres unirte a la conversación?Siéntete libre de contribuir!