Mi hermana la cocinera morbosa
A mi hermana se le ocurre una receta de fast food muy particular.
Enlace al segundo capítulo
Tercer capítulo de mi experiencia incestuosa y urofílica, a los 10 años, con mi hermana de 7 años.
Como ya he contado, mi hermana, de pequeña y hasta la adolescencia, era un poco marranilla, casi nunca se duchaba y llevaba las mismas bragas durante varios días, así que olía bastante a fauna salvaje, y a mí su olor me ponía cachondísimo.
Después de haber empezado a beberme su pis, me lo tomé casi diariamente hasta que, con 20 años, yo empecé a buscar trabajo, me fui a otra ciudad, y nos separamos. Ella ya había tenido algún noviete con el que también hacía sus cosas, y aunque le seguía encantando que yo la tocase, -decía que yo era el mejor con la lengua- empezaba a mostrarse un poco reticente a mis atenciones. Pero hasta entonces experimentamos una vida sexual placentera y a la vez morbosa, porque éramos conscientes de que lo que hacíamos era tabú, «no estaba bien», y nos excitaba aún más la sensación de hacer algo prohibido. Aún así, de vez en cuando nos juntábamos y nos dábamos algún lote.
Una de las cosas que más nos gustaba, cuando ya empezamos a salir de fiesta, era ir a algún lugar donde fuera seguro que nadie nos conocía, y comportarnos en público como si fuéramos novios, besándonos y tocándonos sin recato. Y luego follábamos procurando que fuera en algún sitio donde de alguna manera pudieran vernos, o, por lo menos, oírnos.
En un macrofestival, llegamos a follar en un prado a plena luz del día. También es verdad que no fuimos los únicos que lo hacíamos, pero estábamos seguros que sí éramos la única pareja incestuosa. Pero esto lo contaré en otro relato.
Vuelvo donde me quedé, yo con 10 años y mi hermana con 7. A los dos días, se nos presentó otra oportunidad de llevar más allá nuestro fetiche, aunque esto no se me ocurrió a mí, sino a ella.
Mi madre se había separado de mi padre hacía 4 años (no era precisamente un padre ni marido modelo) y él, simplemente, desapareció dejándonos sin sustento. Mi madre hacía labores en casa para sacar un sueldo, y tres noches a la semana se ausentaba para fregar un edificio de oficinas. Se iba a las 8 de la tarde y no volvía hasta las 5 o las 6 de la madrugada siguiente. Nos dejaba preparada la cena, hacíamos los deberes, veíamos un rato la tele y cuando terminaba el programa que estuviéramos viendo, mi hermana iba a la cocina, calentaba la cena y la servía, y luego fregaba los platos. Más adelante yo aprendería que las mal llamadas «labores femeninas», en realidad debían ser labores para todos, pero no era aún el tiempo.
Así pasó aquella noche, terminaron los dibujos animados en la tele, y mi hermana se fue a la tarea. La verdad es que mientras mirábamos la tele, yo a duras penas podía resistir estar oliendo su aroma, y le pregunté si me dejaba comerle el chichi, pero me dijo que no se encontraba muy bien, que a lo mejor cuando estuviéramos en la cama. Algo maquinaba, pero yo ni siquiera lo imaginaba.
Así que se levantó y al rato oí que me llamaba. Cuando llegué a la cocina había dos platos de sopa en la mesa, nos sentamos y empezamos a comer. Me pareció que mi plato estaba bastante vacío.
– ¡Qué poco me has puesto! Me voy a morir de hambre.
– No seas exagerado. No te preocupes que en la olla hay más, te he puesto poco porque está muy caliente, y así se te enfría antes. Luego te pongo más.
– Ah, vale.
Y empecé a soplar la cuchara y a tomar la sopa. Terminé el plato, mi hermana se levantó y me sirvió lo que quedaba en la olla.
– Acábatelo tú, yo no quiero más, hoy tengo la tripa rara.
Yo tomé una cucharada, me la llevé a la boca, y noté algo diferente, estaba más aguada y con un sabor algo más ácido.
– Nieves, esto sabe raro.
– ¿Pero qué dices? ¿Eres tonto? ¿Cómo va a saber raro si es la misma sopa de antes? Lo que pasa es que se ha enfriado. Anda, come y calla.
– Tonta lo serás tú ¿vale?
– ¡Tinti li sirís ti! ¿vili? ¡Mimimimimi!
Yo la miré con cara de «eres muy idiota» y seguí comiendo, pero a la tercera cucharada mi hermana, que tenía la cara tapada entre las manos, se levantó, salió de la cocina al pasillo y allí empezó a reirse a carcajada limpia. Y a mí se me encendió la luz e identifiqué el sabor:
– ¿No te habrás meado en la sopa?
Entre risas e hipos me contestó:
– Pueeesss… es que de pronto me han entrado muchas ganas de hacer pipí y me daba pereza ir hasta el baño. He pensado que a ti no te importaría. ¿No te gusta?
– Pero ¿cómo eres así de guarra?
– ¿Quién, guarra yo? Bueno, vale, soy un poco marrana, pero eso ya lo sabes. No te enfades, lo he hecho pensando en que te gustaría.
Yo,la verdad, no sabía si enfadarme o qué hacer, pero de repente, mi pija empezó a pensar por mí y me susurró, -o mejor dicho, me gritó- la respuesta: empezó a ponerse dura como un canto. Yo volví a meter la cuchara en el plato… hasta terminarme la sopa. Mi hermana no podía dejar de reirse.
– ¿Quieres más? Aún queda.
Yo le contesté con tono de sorna:
– Venga, va, ponme lo que queda. Sírvame su delicieuse recette de «Soupe au Pipi de Cuisinière», s’il vous plaît. Me muero de ganas de saborearla.
– Eres tonto. Vale, te la sirvo, pero si me dices que te gusta.
– Claro que me gusta, ¿no ves que me la estoy acabando?
– ¡No, no, no, así no! Tienes que decir «Nieves, qué buena está esta sopa que me has preparado con fideos y con tu pipí. Me encanta, qué rico meas»
Yo la miré otra vez con cara de pensar «mi hermana es idiota», pero le hice caso, aunque no me acordé bien de lo que tenia que decir:
– Nieves, qué buena está la sopa de fideos meados que me has hecho, me encanta, tu pipí sabe muy rico.
– No era así, pero venga, vale. ¿Quieres el segundo plato?
– ¿Qué hay?
– Pues si quieres, puedes comerte mis bragas, hoy no sé qué me ha pasado pero tienen bastante salsa que parece queso tierno. Y huele que alimenta como te gusta ¡qué rico! ¡Toma!
Mientras lo decía, se había levantado y quitado las bragas -llevaba una falda- y ya me las estaba dejando, abiertas por la parte más sabrosa, en un plato encima de la mesa. Imaginad el manjar que me ofrecía: las bragas eran de color azul oscuro, y una espesa capa de sus flujos cremosos resaltaba en el tejido, donde había estado en contacto con sus labios. La verdad es que a mí me gustaba más cuando se había secado un poco, pero el fuerte aroma a almizcle me abrió el apetito, y empecé a lamer y saborear el regalo que el cuerpo de mi generosa hermana había ido segregando durante todo el día. Ella se puso a mi lado, aromatizando aún más el aire -¡Dioses, cómo olía! ¡Me volvía loco su olor!- en cierto momento me miró a los pantalones y vio el obús de artillería que tenía entre las piernas, amenazando con reventar la cremallera de la bragueta.
– Bueno, para esto no hace falta que me digas nada, ya veo que te gusta mucho.
– Ya lo sabes que me gusta, y cuanto más sucias y más meadas están, más me gusta.
– Pues te las dejaré todas las noches, ya me las iré meando un poco durante el día para que huelan como a ti te gusta. Pero las tienes que dejar limpias, si no, no te las dejaré lamer más.
– Qué suerte tengo de que seas mi hermana, Nieves. Te quiero mucho, eres mi meona favorita.
– Yo a ti también te quiero mucho, aunque seas un guarro.
– ¿Hay algo de postre?
– Sí, de postre te vas a comer mi chichi, que sé que te gusta ya mí también. Hoy lo tengo bien sucio para ti ¿quieres olerlo?
Puso un silla a mi lado, se subió, se abrió de piernas y me acercó el coño abierto a la cara, dejándome ver toda su vulva. En los repliegues de sus labios había copos de polen, como en una flor, y enseguida, vi algo que yo aún no había visto: un líquido transparente y un poco viscoso brotó lentamente de su vagina abierta y empezó a resbalar por uno de sus labios hasta que llegó al muslo. Allí se separó de su piel, sin desprenderse, y quedó colgando como un fino hilo con una gruesa gota en su extremo. Pero mi hermana se movió y se le pegó de nuevo a la piel. Era evidente que verme disfrutar de sus manjares la había excitado, y era la primera vez que yo veía esos flujos femeninos, diferentes de los blanquecinos y más espesos que ya conocía.
Yo le contesté:
– Vale, pero vamos a la habitación, en la cama mejor ¿no?
– Claro, pero deja que friegue los platos, que no quede olor a pis.
– Te espero arriba.
Yo subí, y el rato hasta que subió mi hermana se me hizo eterno, pero no quise tocarme porque me iba a correr inmediatamente. La verdad es que me gustaba más masturbarme mientras mi hermana estaba al lado, y aunque ella disimulaba, yo sabía que tenía curiosidad y de tanto en tanto me miraba.
– Ya estoy aquí.
No la dejé ni tumbarse y, de pie en la puerta, tal como entró, le separé las piernas, me agaché entre ellas y empecé a lamer con ansia todo lo que se había acumulado entre sus labios y ya había llegado a escurrirse por uno de sus muslos.
– Pero qué bruto eres, déjame sentarme en la cama ¿no?
Yo no contesté, y enseguida empecé a oir sus gemidos, cada vez más intensos, que anunciaban que se acercaba su primer orgasmo. Ya he contado que mi hermana es multiorgásmica, se corre con mucha facilidad y profusión de espasmos y gemidos. Y como no estaba mi madre, podía dar rienda suelta a su repertorio coral. Cuando le hube limpiado los labios, metí la lengua en su interior, disfrutando del goteo de flujo directamente en la boca, y, para mi sorpresa, el sabor de este era totalmente distinto al resto de sus secreciones: era ligero como agua, pero con un muy leve punto ácido. Me pareció embriagador, y en su segundo orgasmo me regaló con un buen buche de sus caldos. Pero a mí se me cansó la lengua y tuve que parar, y entonces ella se dejó caer en la cama, con la respiración agitada. Al poco me dijo:
– Sigue, por favor, me encanta como mueves la lengua, me da mucho gusto.
– Ya, pero se me cansa y me duele, espera un poco, por favor. ¿No te queda pipí?
– Te lo he echado todo lo que tenía en la cena y no me ha dado tiempo a hacer más. Seguro que me levantaré a mear por la noche, ya te lo daré. Pero ya sabes que no te diré nada, te despertaré y me sentaré en tu boca, y me pondré a mear sin avisar. Y te lo tienes que beber todo.
– Claro, tranquila, ya sabes que no se me pierde ni una gota.
– Venga, va, chúpame el chichi, por favor.
Yo, por supuesto, obedecí, y cuando ella encadenaba el quinto orgasmo, temblando como si tuviere escalofríos, abrió los muslos con los que casime encarcelaba la cabeza, me la apartó y dijo:
– Basta, me vas a matar, nunca me había dado tanto gusto tocándome yo con el dedo. Te quiero un montón, mi guarro.
– Me quieres, pero a mí no me la quieres lamer como yo te hago a ti.
– Es que… me da un poco de cosa metérmela en la boca, a mí no me gusta ni el pis ni el olor como te gusta a ti. Pero si quieres te miro y te la toco un poco mientras te haces una paja.
CONTINUARÁ


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