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Fetichismo, Incestos en Familia, Masturbacion Femenina

«Mi Mamá Ebria y Su Coño Jugoso»

Una confesión real y prohibida: a mis 16 años, mi mamá gordita y cachonda llegó una noche del 15 de septiembre totalmente peda, tirada en el sillón con el vestido subido y las piernas abiertas. El olor a tequila, sudor y coño caliente me volvió loco..
Esto pasó hace unos años, cuando yo tenía 16 nunca se lo había contado a nadie porque, obviamente, era algo que tenía que quedarse solo para mí. En esos tiempos adquirí un gusto por el incesto tanto que empezaba a ver a mi madre con otros ojos. Esas ganas de querer hacela mía las pude cumplir cuando mis padres se divorciaron y mi madre empezó con un vicio al alcohol. Desde esa vez pude hacerla mía en más de una ocasión sin duda fue la mejor época de mi vida, es por eso que queriendo recordar viejos tiempos y con ganas de volverlo a repetir cuento mis anécdotas.

Mi mamá se llama Sandra, y a mis 16 años ya era la mujer que me tenía loco perdido. Es una morena gordita, de esas que llenan los ojos y la mente con puro deseo sucio. Tiene el cuerpo pesado y carnoso, de curvas exageradas que parecen hechas para ser agarradas fuerte. Sus tetas son enormes, pesadas, caídas un poco por el peso pero con unos pezones oscuros y grandes que siempre se marcan cuando lleva blusas ajustadas en casa. La panza redonda y suave, esa que se le sale un poquito por encima de los pantalones apretados, me volvía loco tocarla en secreto cuando la abrazaba.

Pero lo que realmente me mataba era su culo: ancho, gordo, con nalgas que se mueven como gelatina cada vez que camina. Tiene esa cara de mujer sencilla pero cachonda: labios carnosos que siempre están entreabiertos, ojos oscuros que miran con picardía sin querer, y una nariz con un piercing chiquito que le da un toque de puta callejera.

Todo empezó una noche del 15 de septiembre, hace tres años. En esa época mamá salía casi todas las noches después del trabajo, se iba con las amigas a los antros baratos y regresaba bien peda, oliendo a cigarro, sudor y alcohol del fuerte, tratando de olvidar que papá nos había dejado por otra.

Esa noche oí la puerta abrirse de golpe y el taconeo torpe en el piso. Luego silencio. Bajé las escaleras despacio, con el corazón ya acelerado de solo imaginarla.

Ahí estaba, tirada en el sillón como si se hubiera dejado caer de espaldas. El vestido azul rey largo se le había subido hasta arriba de los muslos gordos, la tela brillosa toda pegada al cuerpo por el sudor de la noche. Le marcaba cada rollito, cada curva pesada: las tetas enormes desbordándose por el escote, temblando con cada ronquido suave, los pezones oscuros y gordos marcados como si estuvieran pidiendo que los chuparan. La panza redonda subía y bajaba rápido, la tela hundida en el ombligo y mojada de sudor en el centro.

Las piernas las tenía abiertas sin vergüenza, una doblada sobre el respaldo y la otra colgando del sillón, el vestido abierto de par en par. La tanga negra era un pedacito de hilo perdido entre tanto carne, y el coño se le marcaba entero: labios gruesos, hinchados, con un brillo húmedo que se notaba hasta desde donde yo estaba. Olía fuerte, cabrón, un olor espeso que llenaba toda la sala: tequila barato, humo de cigarro, sudor de axilas y de entre las piernas, ese aroma ácido y dulce de coño caliente que lleva horas bailando y frotándose.

Tenía el pelo negro largo todo revuelto y pegado a la cara y al cuello, la boca entreabierta dejando salir un aliento caliente que apestaba a alcohol, y un hilito de baba en la comisura.

Me acerqué despacio, la verga ya dura como piedra dentro del short. Me agaché junto al sillón, oliéndola más cerca, sintiendo el calor que salía de su cuerpo borracho. Le toqué suave el hombro, «mamá… ¿estás bien?», le dije bajito. No se movió. Le sacudí un poquito más fuerte, la carne de su brazo temblando con el movimiento. Nada. Respiraba profundo, perdida en el sueño de la peda. Estaba completamente ida, entregada, abierta y oliendo a pura hembra madura en celo… y yo ahí, a centímetros de ese cuerpo que tanto había deseado.

Me quedé ahí agachado, oliéndola como un perro en celo, el olor a tequila y a coño sudado me estaba volviendo loco. La verga me dolía de lo dura que estaba, empujando contra el short, ya con un manchón de precúm que se sentía pegajoso.

No aguanté más. Le puse la mano en el muslo gordo, suave, caliente como horno. La carne tembló un poco bajo mis dedos, pero ella ni se inmutó, solo siguió roncando bajito. Subí la mano despacio, acariciando esa piel morena sudorosa, hasta llegar al borde del vestido. Lo levanté un poquito más, despacio, hasta que la tanga negra quedó completamente a la vista: un triangulito de tela empapado, hundido entre los labios gordos y oscuros del coño. Se veía hinchado, cabrón, como si hubiera estado caliente toda la noche. Acerqué la cara, olía más fuerte ahí, un tufo ácido y dulce, a orines de borracha mezclado con flujo de mujer que lleva horas excitada.

Con los dedos temblando, aparté el hilito de la tanga a un lado. El coño se abrió un poco, los labios gruesos separándose, brillosos de jugos. Tenía el monte de venus carnoso, con vello negro recortado, y un olor que me pegó directo en la nariz: puro sexo maduro, caliente, como si se hubiera estado tocando en el baño del antro o algo. Saqué la lengua y le di una lamida suave de abajo hacia arriba, saboreando ese sabor salado y fuerte, mezclado con el alcohol que traía en la piel.

Mamá soltó un gemidito bajito, como un ronquido más profundo, pero no abrió los ojos. Se movió un poco, abriendo más las piernas, como invitándome sin saberlo. Yo ya estaba perdido: metí la cara entera entre sus muslos, lamiendo como loco ese coño gordo y borracho, chupando los labios, metiendo la lengua adentro donde estaba todo resbaloso y caliente. Sabía a puro vicio, cabrón, a mujer que necesita verga desesperadamente.

Con una mano me bajé el short y saqué la verga, pajeándome fuerte mientras le comía el coño a mi propia madre. Sentía sus jugos en la barba, en la nariz, el olor metido en la cabeza. Ella empezó a mover las caderas despacio, como en sueños, empujando contra mi boca, gimiendo más fuerte pero sin despertar del todo.

No paré hasta que sentí que me iba a correr. Me levanté, la verga palpitando, y le apunté directo al coño abierto… y solté toda la leche encima, chorros calientes y espesos que cayeron sobre sus labios, sobre la tanga corrida, chorreando por su culo gordo.

Me quedé mirando cómo mi semen le cubría el coño a mi mamá, mezclándose con sus jugos, mientras ella seguía dormida, respirando pesado.

Esa fue la primera vez que crucé la línea… pero no fue la última.

¿Que les pareció? Si hay apoyo me encantaría traerles otra de las veces me aproveche de ella.

29 Lecturas/1 enero, 2026/0 Comentarios/por Tv_champi
Etiquetas: baño, culo, incesto, madre, madura, maduro, semen, sexo
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