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Fetichismo, Masturbacion Masculina

Mi obsesión por los vegetales y mi ano

Mi habitación es un santuario donde mis deseos oscuros toman forma. Necesito juguetes que no puedo comprar sin sospechas, así que aprendí a ser creativo encontrando lo necesario en el pasillo de verduras del mercado..

Vivo con mis padres en una casa suburbana donde las apariencias lo son todo. Durante el día, soy el hijo ejemplar: estudiante de preparatoria de 16 años, educado, respetuoso, siempre con una sonrisa amable. Pero cuando la noche cae y mi familia se encierra en sus habitaciones, mi verdadero yo emerge, hambriento y ansioso.

Mi madre, dueña de «El Rincón Verde», un pequeño restaurante de la zona que se especializa en platos frescos y saludables. Los domingos por la tarde, antes de que comience la semana de trabajo, necesitamos surtirlo con grandes cantidades de verduras frescas. Esta necesidad se ha convertido en mi oportunidad perfecta, mi puerta de entrada a un mundo de posibilidades que nadie más conoce.

Mi habitación se ha convertido en mi santuario secreto, un lugar donde las normas sociales se disuelven y mis deseos más oscuros toman forma. Pero estos deseos requieren herramientas, instrumentos que no puedo comprar sin levantar sospechas. Así que he aprendido a ser creativo, a encontrar lo que necesito en el lugar más inocente de todos: el pasillo de verduras del mercado.

«Hijo, ¿estás listo para ir al mercado? Necesitamos comprar bastantes verduras para el restaurante esta semana», me llama mi madre desde la planta baja. Es domingo, casi las dos de la tarde, y el mercado estará lleno de gente haciendo sus compras semanales. La multitud me proporcionará una cobertura perfecta.

«Voy, má. Dame un minuto», respondo mientras ajusto mi camisa. Mi corazón late con anticipación. Los domingos son especiales porque compramos en mayor cantidad, lo que significa más oportunidades para mí.

El carrito se llena rápidamente con lechugas, tomates, pimientos y cebollas para el restaurante. Mi madre va marcando items de su lista, concentrada en su tarea. Yo la sigo de cerca, aparentando ayudar pero en realidad cazando mis presas.

«Necesitamos ocho kilos de zanahorias, cinco de pepinos y cinco maíz de para los platillos», dice mi madre mientras jalamos el carrito. Mi boca se seca de anticipación. Bastantes kilos, suficientes para que mi hurto pase desapercibido.

El pasillo de verduras es mi paraíso. Me detengo frente a las zanahorias, las elijo una por una, sintiendo su firmeza bajo mis dedos, evaluando su tamaño y forma. continuo con los pepinos que requieren más atención. Los examino meticulosamente, sosteniéndolos en mis manos, imaginando cómo se sentirían. Elijo los de tamaño perfecto, de medianos a grandes . Mi madre me ayuda a pesarlos, completamente ajena a mis verdaderas intenciones.

Finalmente, llegamos al maíz. «Para la sopa del día necesitamos de grano grande», anuncia mi madre. Es una oportunidad dorada. Solo tomo un elote especial cuando sé que tendré suficiente tiempo para mi ritual, cuando mis padres tienen planes que los mantendrán fuera de casa por varias horas. Hoy es uno de esos días. Elijo uno para mi, con granos grandes y bien distribuidos. El riesgo es mayor, pero la promesa de su textura única vale la pena.

«¡Yo ordeno todo cuando lleguemos a casa má!» me ofrezco, sabiendo que esta es mi oportunidad de seleccionar y apartar mis juguetes sin levantar sospechas.

«Sería de gran ayuda, hijo. Tenemos que guardar todo antes de que tu padre y yo nos vayamos con tu abuela», responde mi madre, agradecida por mi oferta.

De vuelta en casa, mientras organizo las verduras para el restaurante en la encimera de la cocina, aparto mis juguetes, guardándolos en un cajón la nevera donde podré recuperarlos más fácilmente.

Ya en la noche, cuando no hay nadie, es mi momento. Me deslizo fuera de mi cama como un fantasma, moviéndome con una precisión que solo la práctica puede enseñar. La cocina está a oscuras, excepto por la luz tenue de la luna que se filtra por la ventana. Conozco cada centímetro de esta habitación, sé exactamente dónde está todo sin necesidad de ver.

Recupero mi tesoro del lugar donde lo escondí. El corazón me late con fuerza, una mezcla de miedo y excitación. ¿Y si mis padres se regresaran? ¿Y si me descubrieran? El peligro solo aumenta mi deseo.

De vuelta en mi habitación, con la puerta cerrada con pestillo, comienza la verdadera ceremonia. Los vegetales están extendidos sobre mi cama, un altar de placer futuro. Pero antes de que puedan cumplir su propósito, deben ser preparados.

El proceso de preparación es tan importante como el acto mismo. Es un ritual que me ayuda a entrar en el estado mental correcto, a transformarme de hijo obediente a amante carnal de mi propio cuerpo.

Lavo cada vegetal cuidadosamente. El agua tibia corre sobre mis manos mientras limpio la tierra de las zanahorias, la cera de los pepinos. Es un acto de purificación, de transformación. Estos ya no son simples alimentos; son instrumentos de mi placer, extensiones de mi deseo.

Las zanahorias son las más fáciles de preparar. Simplemente las lavo y quito los extremos para eliminar cualquier punto áspero. El proceso es simple, casi meditativo. Mientras trabajo, mi mente ya está imaginando cómo se sentirán, cómo mi ano se abrirá para recibirlas.

Los pepinos requieren más atención. Los lavo meticulosamente, asegurándome de que no queden restos de cera. Luego, los examino buscando cualquier imperfección que pueda causar daño.

El elote es el más complejo. Primero lo deshojo y lavo, luego quito cuidadosamente los extremos para eliminar cualquier punto áspero. La idea de sentir esa rugosidad dentro de mí me excita de una manera perversa. A veces, incluso uso un cepillo de dientes suave para limpiar entre los granos, asegurándome de que estén perfectamente limpios.

El lubricante es esencial. Lo compro en pequeñas cantidades en diferentes farmacias para evitar levantar sospechas. Lo escondo en el fondo de un cajón, bajo ropa interior y calcetines. A veces me preocupa que mi madre encuentre mi escondite mientras limpia, pero el riesgo es parte de la emoción.

Cubro cada vegetal con una capa generosa de lubricante, masajeándolo hasta que brilla bajo la luz. Mis manos se deslizan sobre las superficies resbaladizas, preparándolos para su viaje dentro de mí. Es un acto íntimo, una forma de posesión. Estos vegetales son míos ahora, destinados a un propósito que su creador nunca imaginó.

Mientras preparo mis instrumentos, mi mente se llena de anticipación. Imagino cómo se sentirán, cómo mi cuerpo reaccionará. Hay una ansiedad en esta anticipación, un miedo al dolor que sé que vendrá, pero también una excitación abrumadora. Este es mi verdadero yo, el que solo emerge en la soledad de mi habitación, rodeado de vegetales lubricados y promesas de placer.

Cuando todo está preparado, me tumbo en la cama y respiro hondo. Afuera, la casa está en silencio. Mis padres ausentes, ignorantes del mundo secreto que he construido en mi habitación. Esta dualidad es parte de la emoción, parte de lo que hace mi obsesión tan intensa.

Soy un explorador de mis propios límites, un amante de mi propio cuerpo, un devoto del placer anal. Y mientras tomo la primera zanahoria lubricada, sé que esta noche, descubriré nuevas formas de sentir, nuevas formas de satisfacer la obsesión que consume mi ser.

He decidido empezar con zanahorias. Tengo tres de diferentes tamaños, la primera, pequeña y delgada, es solo para calentar. Me arrodillo en la cama, con la cara contra las almohadas y el culo levantado, expuesto. Mi ano se contrae de anticipación, un pequeño esfínter ansioso por ser violado.

Introduzco un dedo primero, luego dos. Me preparo con la paciencia que solo la experiencia enseña. La sensación de mis propios dedos abriéndome es familiar, reconfortante. Pero no es suficiente. Necesito más, siempre más.

La zanahoria entra con una resistencia inicial que me hace gemir contra la almohada. El diámetro no es gran cosa, pero la forma cónica crea una sensación única a medida que la empujo más adentro. Mi ano se estira, se queja, pero finalmente cede. La zanahoria se desliza hasta que mi esfínter la abraza firmemente, un anillo de carne que la aprisiona con fuerza.

Me quedo así por un momento, sintiendo la presión interna, la extraña sensación de ser llenado por algo que no es carne. Comienzo a moverla, lentamente al principio, luego con más ritmo. Cada embestida envía ondas de placer que recorren mi columna vertebral. Mi pote gotea precum sobre las sábanas, un testimonio de mi excitación.

La segunda zanahoria es más gruesa, casi el doble de diámetro. La miro con una mezcla de temor y anhelo. Mi ano ya está preparado, pero sé que dolerá. El dolor es parte del placer, un recordatorio de que estoy traspasando mis propios límites.

Vuelvo a lubricar abundantemente. Esta vez necesito más esfuerzo. La punta entra relativamente fácil, pero cuando llego al grueso medio, mi ano protesta y relajo los músculos tanto como puedo, y empujo. El dolor es agudo, una quemazón que me hace arquear la espalda. Pero más allá del dolor, hay una promesa de plenitud que me impulsa a continuar.

Con un último empujón decidido, el ancho máximo pasa mi esfínter y la zanahoria se desliza hacia adentro. Grito, no de dolor sino de triunfo. La sensación de estar tan estirado, tan lleno, es casi abrumadora. Mi ano pulsa alrededor del vegetal, adaptándose a su forma, reclamándolo como propio.

La tercera zanahoria es la más grande, una bestia anaranjada de casi cinco centímetros en su punto más grueso. Sé que necesitaré toda mi concentración para tomarla. Me tumbo de espaldas, levantando las piernas hacia el pecho. Esta posición me permite usar ambos brazos para empujar mientras relajo conscientemente cada músculo de mi zona pélvica.

El lubricante gotea entre mis nalgas, un río brillante que prepara el camino. La punta de la zanahoria toca mi ano y yo jadeo. Ha pasado apenas una hora desde que empecé y mi adicción no conoce pausas.

Empujo lentamente, sintiendo cómo mi ano se resiste. Esta vez el dolor es más intenso que me hace dudar por un segundo. Pero el recuerdo de la plenitud que seguirá me impulsa. Respiro hondo, cuento hasta tres, y empujo con fuerza.

Mi ano cede y la zanahoria entra casi por completo y yo grito de placer puro. El dolor se transforma instantáneamente en éxtasis, una oleada de sensaciones que me hace ver estrellas. Mi pene late, duro como una roca, goteando sin control.

Me quedo así, sintiendo cómo mi cuerpo se adapta a esta invasión. La zanahoria me llena de una manera que los dedos no podrían lograr nunca. Cada movimiento, cada respiración, se traduce en placer. Mi ano pulsa, contrayéndose y relajándose rítmicamente alrededor del vegetal.

Después de quince minutos de deleite, decido que es hora de progresar. Un pepino me espera, ses más largo que las zanahorias, con un diámetro constante que promete una penetración más profunda y consistente. Me pongo, con el pecho apoyado en la cama y las nalgas levantadas. Esta posición me permite una mayor profundidad de penetración.

La punta del pepino entra fácilmente gracias a la preparación previa. Pero a medida que lo empujo más adentro. El pepino es más largo, alcanzando lugares dentro de mí que las zanahorias no pudieron explorar. Siento cómo se curva ligeramente dentro de mi recto, presionando puntos que provocan espasmos de placer en todo mi cuerpo.

Empiezo a mover el pepino, primero lentamente, luego con más ritmo. Cada embestida es más profunda que la anterior. Me imagino que soy penetrado por un amante imaginario, alguien con una erección perfectamente formada como este pepino. La fantasía me excita aún más, y mis movimientos se vuelven más frenéticos.

El pepino entra y sale con un sonido obsceno de succión. Mi ano está ahora completamente dilatado, ansioso por más. El lubricante se mezcla con mis propios jugos, creando un deslizamiento perfecto que me permite aumentar la velocidad y la fuerza de mis embestidas.

Me tumbo de espaldas, levantando las piernas. Desde esta posición, puedo controlar mejor la profundidad. Empujo el pepino hasta que siento una ligera resistencia interna. He llegado al fondo de mi recto, y la sensación de estar tan lleno me hace temblar.

Mantengo el pepino dentro de mí mientras me masturbo con la otra mano. La doble estimulación es casi demasiado para soportar. Mi ano se contrae alrededor del pepino, aumentando la presión interna. Cada movimiento de mi mano en mi pene es aumentada por la sensación de plenitud en mi trasero.

El orgasmo me sorprende, explosivo y violento. Eyaculo sobre mi propio pecho, un chorro caliente que se mezcla con el sudor de mi piel. Mi ano se contrae violentamente alrededor del pepino, exprimiéndolo como si quisiera extraerle algo. La intensidad del orgasmo me deja sin aliento, temblando sobre las sábanas.

Después de recuperarme, decido que necesito más. El pepino fue satisfactorio, pero mi obsesión exige constantemente desafíos. El maíz me espera, la idea de sentir esa rugosidad dentro de mí me excita de una manera perversa.

Me acuesto de lado, con una pierna levantada. Esta posición me permite relajar mejor los músculos mientras mantengo el control. La punta estrecha del elote entra sin dificultad, pero a medida que avanzo hacia el medio, la sensación cambia drásticamente. Los granos de maíz crean una textura única, una especie de masaje interno que me hace gemir sin control. Cada milímetro que avanza es una exploción de sensaciones.

La parte más ancha del elote se acerca, y mi cuerpo se tensa en anticipación. Sé que esto será más intenso. Respiro hondo, recordando relajar los músculos mientras empujo. El dolor es agudo pero breve, seguido inmediatamente por una sensación de plenitud abrumadora. El maíz está dentro de mí, y mi ano se cierra alrededor del tallo más estrecho, atrapándolo.

Me quedo inmóvil por un momento, acostumbrándome a esta nueva sensación. Los granos del maíz presionan contra mis paredes intestinales desde todos los ángulos, creando una sensación de estar completamente lleno, casi hasta el punto de la incomodidad. Pero es exactamente lo que necesito.

Comienzo a mover el maíz lentamente, girándolo ligeramente. La rotación crea una nueva dimensión de placer, cada grano deslizándose y presionando diferentes puntos dentro de mí. Mi ano, ahora completamente dilatado, acepta este movimiento con una facilidad que me sorprende. Mi cuerpo se ha adaptado, se ha convertido en un instrumento diseñado para el placer anal.

La estimulación es tan intensa que mi pene se vuelve a poner duro casi inmediatamente después del orgasmo anterior. Me masturbo mientras sigo moviendo el maíz, esta vez con más fuerza. Cada embestida del maíz se corresponde con un movimiento de mi mano en mi miembro, creando una sinfonía de sensaciones que me lleva rápidamente hacia otro clímax.

El segundo orgasmo es diferente. Más profundo, más intenso. Siento cómo mis músculos abdominales se contraen, cómo mi ano exprime el elote con una fuerza que casi me duele. Eyaculo de nuevo, esta vez con menos volumen pero con la misma intensidad. El líquido caliente cae sobre mi vientre, mezclándose con el lubricante.

Después de recuperarme, sé que aún no he terminado. Mi obsesión exige el máximo, el límite absoluto de lo que mi cuerpo puede soportar. Es hora de los dos pepinos.

Los dos pepinos son de tamaño similar, ambos largos y relativamente gruesos. La idea de tomar ambos al mismo tiempo me aterroriza y me excita por igual. Sé que será difícil, que dolerá, pero también sé que la sensación de estar tan lleno, tan estirado, será la máxima expresión de mi placer.

Introduzco tres dedos de cada mano, estirando mi ano en direcciones opuestas. La sensación de ser tan abierto es increíble. Me imagino que alguien podría mirar directamente dentro de mí, ver mis paredes internas, mi próstata hinchada de deseo. La idea me excita aún más.

Me acomodo en la esquina de la cama para usarla como apoyo para sostener verticalmente a los pepinos, me siento y coloco la punta de los dos pepinos en la entrada de mi ano, respiro hondo, relajo todos los músculos que puedo controlar conscientemente, y empujo.

La resistencia es mayor de lo que esperaba. A pesar de la preparación, mi ano se niega a aceptar esta doble invasión. El dolor es agudo, una sensación de desgarro que me hace dudar. Pero mi necesidad es más fuerte que mi miedo. Empujo de nuevo, esta vez con más fuerza.

Hay un momento en que siento que voy a rendirme, que mi cuerpo simplemente no puede soportar más. Pero entonces, ambos pepinos entran parcialmente. El dolor es intenso, pero está acompañado por una sensación de plenitud tan extrema que me hace gritar de placer y dolor a la vez.

Me quedo así por un momento, con ambos pepinos parcialmente dentro de mí. Mi ano está estirado hasta su límite absoluto, un anillo de carne temblorosa que abraza los dos vegetales. Cada respiración, cada movimiento, se traduce en sensaciones extremas.

Empujo lentamente, sintiendo cómo los pepinos se deslizan más adentro. La sensación de estar tan lleno es casi abrumadora. Siento cómo mis órganos internos se desplazan para hacer espacio a esta doble penetración. Hay una ligera náusea, pero está dominada por el placer extremo.

Una vez que ambos pepinos están completamente dentro de mí, me levanto un poco y vuelvo a sentarme y a empujar. La sensación es increíble, como si dos amantes diferentes estuvieran penetrándome al mismo tiempo. Mi ano, ahora completamente sumiso, acepta este movimiento con una facilidad que me sorprende.

Aumento el ritmo, moviendo mis caderas de arriba a abajo. La sensación de ser tan lleno, tan estirado, tan completamente dominado por los pepinos, me lleva hacia un nuevo nivel de excitación. Mi pene late, duro como nunca, goteando precum sin control.

Me masturbo con la mano libre mientras sigo moviendo la caderas. La triple estimulación – los dos pepinos en mi ano y mi mano en mi pene – es casi demasiado para soportar. Cada célula de mi cuerpo parece vibrar con placer puro.

El tercer orgasmo es explosivo, violento, casi doloroso en su intensidad. Eyaculo con una fuerza que me sorprende, un chorro caliente que alcanza mi propio rostro. Mi ano se contrae violentamente alrededor de los pepinos, exprimiéndolos con una fuerza que casi los expulsa. Grito, un sonido gutural, animal, que expresa la pura intensidad de mi placer.

Después del orgasmo, me quedo inmóvil por varios minutos, con los pepinos todavía dentro de mí. Mi cuerpo tiembla, cubierto de sudor y semen. Respiro con dificultad, intentando recuperar el control sobre mis músculos.

Finalmente, retiro los pepinos lentamente. La sensación de vacío que sigue es casi tan intensa como la plenitud anterior. Mi ano permanece abierto, tembloroso, un recordatorio visible de lo que acaba de suceder.

Me levanto con dificultad y me miro en el espejo. Mi cuerpo está marcado por mi propia lujuria, un mapa de mis exploraciones. Hay una satisfacción en esta imagen, un sentido de logro que solo alguien con mi obsesión podría entender.

Sé que repetiré este ritual, quizás con objetos diferentes, quizás con los mismos. Mi necesidad no disminuye con el tiempo; al contrario, parece crecer, volverse más exigente. Pero no me importa. Este es mi camino, mi forma de entender mi propio cuerpo, mi propia sexualidad.

Me acuesto en la cama, sintiendo cómo mi ano pulsa suavemente, un eco del placer que acaba de experimentar. Cierro los ojos y ya estoy pensando en la próxima sesión, en los nuevos objetos que podría usar, en los nuevos límites que podría traspasar. Esta es mi vida, mi obsesión, mi forma de ser. Y no la cambiaría por nada.

4 Lecturas/11 abril, 2026/0 Comentarios/por Mnbvcxz
Etiquetas: anal, hijo, madre, mayor, orgasmo, padre, semen, viaje
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