Mi pequeña sobrina y sus sandalias (parte 5)
Mi pequeña Priscila de once años me pide llevarla a la playa donde conoce a una amiguita. Las emborracho y terminamos follando los tres juntos junto al mar..
Priscila estaba emocionada en cuanto le dije que iríamos a la playa a una hora en carretera desde el pueblo. Para la ocasión de puso una faldita corta rosada, un top pequeño color blanco que le dejaba descubierto el ombligo y sus hermosas sandalias de goma color lila que le acaba de comprar.
Iba sentada en el asiento del copiloto viendo el paisaje y jugando con las coletas de su cabello. Sin darme cuenta, ella había subido sus pies sobre el tablero del lado de la guantera
- Ten cuidado mi pequeñita. El sol está quemando y el plástico debe estar quemando.
Priscila se dio cuenta levantando las plantas de sus pies y dejándolas suspendidas un momento en el aire. Abrazó sus entrepiernas y estuvo así unos minutos mientras yo de reojo divisaba las plantas de sus pies que se veían más rosadas que otras veces por la luz.
- Qué rica te ves así mi amor.
Ella volteo para sonreírme pícaramente.
- ¿Quieres mojarme los pies con tu leche de nuevo?
- Siempre quiero hacértelo, mi amor.
Entonces acercó su pie derecho hasta mi boca mientras yo iba conduciendo. Movía sus deditos para facilitarme el trabajo. Le fui pasando lengua a sus pies recién lavaditos una hora antes de salir de casa. Aun sentía el olor del plástico de sus sandalias nuevas.
Mi verga se puso dura. Priscila al ver esto puso su pie izquierdo sobre mi verga y trato de bajarme torpemente el short con su pie. Le facilité un poco el trabajo.
Estaba excitado y queriendo follarmela ahí mismo, pero íbamos por la carretera y yo tenía que estar atento al conducir. Observé de reojo y mientras tenia los pies de Priscila encima, ella se estaba sobando la conchita. La condenada niña no se había puesto calzón debajo de la faldita y así yo estaba viéndole toda la raja, mientras ella se apoyaba de lado sobre la puerta del auto.
- Quiero que me folles aquí.
- No puedo amor. Tienes que esperar un poco. Ya vamos al llegar al mar.
De pronto, Priscila comenzó a hacerme un rico footjob mientras yo tenía una mano en el volante, y con la otra mano le sobaba su rico cuerpo. Menos mal no había muchos autos viajando ese día por ahí de lo contrario nos habríamos matado.
Luego de algunos minutos, eyaculé sobre los deliciosos pies de Priscila que encantada se los frotaba con mi esperma hasta tenerlos completamente embadurnados. Luego se puso sus sandalias y se bajó su faldita.
- Eres una putita, Priscila.
Ella sonrió:
- Sí. Pero solo soy tu putita.
Estuvo jugando con sus pies en sus sandalias hasta que llegamos al mar. Como era día de semana, aquel lugar estaba vacío. Aunque casi siempre lo estaba porque no era un destino turístico, solo era un lugar de veraneo para algunos pueblerinos de la zona. Pero si consideraba que la distancia al pueblo mar cercano era de media hora, prácticamente estábamos solos.
Ni bien me estacioné cerca a la playa junto a una duna de arena cubierta con algunos pajonales, mi niña bajó corriendo y comenzó a correr hasta el agua. Yo llevé la sombrilla y un cooler con algunas bebidas adentro y comencé a armar nuestro espacio. La playa estaba desierta, no había ni una sola alma. Lo único cercano eran unas rocas donde golpeaba el mar.
- Ten cuidado – grité.
Luego de algunos minutos cuando volvió luego de mojarse entera en el mar, descubrí que se había metido a bañar, desnuda.
- Cúbrete – le pedí pasándole una toalla.
- Estamos solos. No es necesario que te preocupes tío.
Divisé otra vez y efectivamente seguíamos ahí sin nadie a la vista.
Priscila se arrodilló frente a mí con su sonrisa coqueta. Se volvió a quitar la toalla y comenzó a bajarme el short.
- No, amor. Aquí no.
Estaba asustado por empezar. Pero tenía tantas ganas desde que estaba conduciendo que la dejé bajarme el short.
- ¿Ves que la tienes parada? – dijo sonriendo.
- Con la voz bajita amor.
Y empezó a darme una rica mamada que puso la verga tiesa con una roca. Priscila movía su lengüita con facilidad luego de tanta práctica. Yo trataba de bajarme más el short mientras me quitaba el polo. Traté de inclinar un poco la sombrilla sintiendo como Priscila iba chupándome el pene.
Priscila me ayudó a terminar de bajarme el short que ya estaba por mis pies. Se me salieron las sandalias, y ella me volvió a ponérmelas.
- Si te gusta cuando me pongo sandalias. Tú también póntelas cuando me la vas a meter.
- Este bien amor – dije.
Y luego se montó sobre mí, lanzado un gemido fuerte.
- No hagas ruido amor.
- Estamos solos.
Me besó mientras iba cabalgando sobre mi verga. El cuerpo de Priscila estaba con algo de arena y traté de sacudírselo un poco. Pero era imposible, su cuerpo seguía mojado. Le vi los pies tan ricos que tenía y también los tenía cubierto de arena.
Después de un rato, los dos desnudos follábamos sobre la arena, revolcándonos como perros sin temor a que nadie nos viera. Bajo la sombrilla era posible verla sin quedarme ciego por la reverberación del sol. Priscila gemía fuerte para provocar mi desesperación. Pero a mi dejó de importarme si alguien veía. Tenía a Priscila echada sobre la arena con sus pies sobre mi hombro, traté de chuparle los pies, pero los tenía con arena, aun así, no me importó y le lancé unos cuantos lengüetazos hasta sentir el sabor salobre del mar.
- Mi pequeña putita. Así revolcada de arena, me excitas más.
Seguí penetrándola hasta que la arena empezó a embarrar mi pene. Comencé a sentir el roce de su panocha como una lija. Priscila tenía la conchita ardiendo y estaba entregada a disfrutar de mi verga. Un momento veía su carita de placer, luego sus tetitas que apenas salían y por último sus ricos pies en sus sandalias lilas, hasta que no pude más y le solté todo mi esperma adentro. Priscila se retorció hasta el último momento hasta que la última gota de mi pene salió.
- Qué rico me lo haces tío. Me gusta mucho.
Me incliné sobre ella y la besé en la boquita que también la tenía salada por el agua del mar.
Luego de un rato nos bañamos juntos en el mar, jugando como los novios que éramos a pesar de que no olvidaba que se trataba de mi propia sobrina.
Volvimos a la sombra y abrí el cooler. Le entregué una gaseosa y abrí una cerveza para mí. Después de tanto mirar el mar, donde los sábalos saltaban lejos de la orilla, y donde las gaviotas graznaban, volteó para verme. Estiró su pie hasta tocar con el mío.
- Tu pie es enorme tío – dijo.
- Si amor. Los hombres siempre calzan más.
Priscila volteo a ver mis sandalias y se las puso.
- Si son enormes.
Ver sus deditos secos cubiertos de arena, tratado de meter sus pies en mis chanclas, me llenó de ternura. Luego mi verga comenzó a reaccionar.
- Te quiero mucho, mucho. Solo quiero ser tuya para siempre.
Me acerqué para besarla:
- Así será, mi niña. Así será.
De pronto sentí que alguien se acercaba. Me alarmé, pero no vi a nadie. Por si acaso le ordené:
- Mejor vístete. Voy a ver quién anda por ahí.
Priscila me hizo caso mientras yo me ponía el short y caminaba hasta el pajonal cerca a la duna donde estaba el auto.
Cuando llegué al auto, ya no había nadie, pero vi unas pequeñas pisadas sobre la arena. No eran muy grandes. No le di importancia y aproveché para abrir el auto y sacar unos cigarrillos de la guantera.
Al volver a la playa, vi a Priscila conversando con una niña de casi su mismo tamaño. Ambas reían. Me iba acercando y por fin vi a la niña frente a frente. Traía un sombrero de paja, un vestido entero algo raído por lo viejo que estaba, y que le terminaba a la altura de los muslos. Llevaba sandalias de tiras color azul.
- Mira, tío. Ella es Estrella. Vive en el pueblo por el que pasamos antes de venir a la playa.
Saludé a la nueva nena que se avergonzó al notar mi presencia. Su inocencia me excitó mucho.
- Pensé que la sombrilla estaba abandonada. Quería cubrirme del sol. dijo con una voz tierna, que exhibía la timidez de los niños que no hablan con extraños y menos si son adultos.
La invité a resguardarse del sol, y Priscila le ofreció una parte de su gaseosa. Mi pequeña estaba encantada con ella. Estrella le contaba que había estado recolectando moluscos de la orilla, pero se había alejado mucho durante toda la mañana.
- Tu familia debe estar preocupada – le dije.
Estrella dibujó una mueca de tristeza. Conto que vivía únicamente con una abuela que normalmente no le controlaba el tiempo. Casi siempre andaba deambulando de aquí para allá y solo iba a comer o dormir a casa. Luego nos enseñó los moluscos que había estado recogiendo esa mañana en una bolsa.
Priscila observaba feliz mientras yo veía a la pequeña Estrella que se le descolgaba una tira del vestido sobre el hombro. Se le veía un pezón donde todavía no le nacían los senos como a mi pequeñita.
De pronto, ella se dio cuenta de que la estaba observando y se avergonzó. Entonces urdí mi plan. Tenía cerveza de sobra y el calor arreciaba cada vez más mientras se acercaba el mediodía.
- Pueden bañarse juntas – les dije a ambas.
- Vamos Estrella – la jaló Priscila.
- Pero no tengo ropa de baño.
- No te preocupes. Sin ropa es mejor.
Priscila le sacó el vestido y pude ver al fin el cuerpo de estrella completamente desnudo. La piel tostada por el sol como las niñas que viven en la costa, el pubis sin vellos y la colita parada. Solo verla me provocó una erección que se notó.
Estrella me observó aterrada, pero Priscila la empujó hasta llevársela con ella al mar.
Así se fueron y estuvieron bañándose con los sábalos cerca de una hora, donde intimaron hasta que Estrella perdió poco a poco el terror de mostrarse desnuda frente a otro hombre.
Volvieron y les di toallas a cada una:
- No te vas a bañar tú tío – dijo Priscila.
- Después – respondí.
Continuaron hablando hasta que Estrella con algo de temor pidió por favor si le podíamos invitar algo de gaseosa.
- Uy pequeñita – le dije – Priscila ya se tomó la última que quedaba. Pero hay cerveza. Es mejor y te quita más la sed.
Priscila se rio, pero ella misma no sabía si era buena idea tomar algo tan amargo. Al principio ambas lo rechazaron, pero el calor las convenció de que no tenían más remedio que aceptarlo.
Les di una lata de cerveza. Y al primer trago que tomaron cada una pusieron una mueca de asco.
- Sabe horrible – dijo Priscila.
Me comencé a reír:
- ¿Y tú Estrella? Piensas igual que Priscila.
Se veía que Estrella era una niña de Pueblo y no quería ser descortés:
- Nunca había tomado cerveza.
Entonces seguí con mi plan.
En el cooler había llevado un par de botellas de vino dulce que llevé con la intención de emborrachar por primera vez a Priscila. Pero ahora con Estrella ahí, era mejor hacer el plan con la otra niña también:
- Tengo algo más. Creo que si les va a gustar.
Entonces abrí el vino y con un vasito de plástico le serví a cada una.
- Humm esto si está rico – dijo Priscila – Toma Estrella, esto es mejor.
Estrella bebió un poco y le gustó:
- Es dulce – dijo.
Y así comencé a darles de tomar el vino mientras yo bebía la cerveza que ellas habían dejado a medias.
Después de la primera botella las dos estaban ebrias solo diciendo tonterías de niñas y riéndose como idiotas. Estaban listas.
Estrella que se había vestido completa, comenzó a soltarse más y dijo:
- Maldito calor. Me voy a volver a quitar la ropa.
- Sí. De verdad que es un calor de mierda – dijo Priscila.
Las dos se reían mientras se jalaban las ropas hasta que se quedaron completamente desnudas.
- Sí. Hace un puto calor de mierda – dije con voz fuerte – y ellas se rieron a mas no poder. Me puse delante de ellas y me quité el short. Mi verga estaba medio parada.
Priscila se acercó y me la agarró:
- Mira Estrella. Es más grande que mi cara – y se rio.
Esta vez Estrella participaba más del juego:
- Nunca había visto una – dijo y se acercó
Las niñas estaban junto a mí, hablando de mi verga como las mujeres trajinadas que se sientan a hablar de hombres cuando están ebrias.
- ¿Sabes tío? Estrellita nos vio cuando me estabas follando rico.
- Oye, no le digas eso – se rio Estrella.
- ¡Vamos! Dile que eres virgen. Así te lo hace a ti también y sientes lo rico que es.
- No, señor Raul. No es así.
Aproveché y me sumé al juego:
- ¿Pero eres virgen o no Estrellita? – dije.
Estrella bebió otro poco más de vino y dijo:
- Solo tengo diez años. No sé si estoy lista.
- Si te tocas sola y sientes húmedo abajo. Estás lista – intervino Priscila.
- Solo una vez en la ducha.
- Entonces si estás listas.
Priscila se acercó a mi:
- Pero primero son los besos.
- No sé. Nunca me han besado – respondió Estrella.
Entonces Priscila me miró con sus ojos tiernos y me empezó a besar frente a Estrella que observaba con cierta ansiedad.
- Ahora te toca a ti Estrellita – le dije.
- Pero tienes que cerrar los ojos – dijo Priscila.
Estrella algo ansiosa y colorada por el vino, cerró sus ojitos.
- ¿No las vas a besar o sí? – me dijo Priscila en susurro.
- ¿Te molesta?
- No sé
- Entonces bésala tú.
- ¿Entre chicas? ¿Se puede?
- Inténtalo.
Priscila se acercó hasta los labios de su nueva amiguita y comenzó a besarla.
- Imagina que soy yo – le dije en voz baja a Priscila.
Entonces mi pequeña la besó con la ferocidad con la que me besaba a mí, hasta que Estrella le correspondió y se dejó besar durante varios segundos. Mi verga se paró al verlas en esa escena. Ambas nenas alcoholizadas y desnudas frente a mí. Ya estábamos en un juego perverso donde iba a terminar dándole verga a las dos.
Estrella abrió los ojos y vio que era Priscila la que le había dado su primer beso:
- ¿Les gustó? – dije.
Las dos recuperaron por un momento la vergüenza, pero luego se rieron. Entonces aproveché y les di un beso corto a ambas:
- Mis pequeñitas. Son hermosas.
Seguimos bebiendo alcohol y jugando a mostrando nuestros cuerpos. Ambas cada vez más se alcoholizaban hasta llegar un punto de ya no tener ningún pudor. Besé y manosee como quise a cada una, pero sin que llegara el momento de poder disfrutarlas a plenitud.
De pronto, se acabó el vino.
- Tengo ganas de orinar – dijo Priscila.
- Yo también – dijo Estrella.
Entonces ambas se fueron donde los pajonales. Luego de algunos minutos. Como ambas no volvían, fui a espiarlas. Estaban desnudas únicamente en sandalias. Eso me excitaba saberlo. Divisé entre los pajonales y vi un charco mojado donde ambas habían orinado. Y a un lado ambas seguían besándose mientras se tocaban sus cuerpos:
- Hey – las sorprendí – Así que ya tienen ganas.
Priscila sonrió:
- ¿Nos vas a dar verga a las dos? Pero si ya te saqué toda la leche en la mañana.
Me reí:
- Dale vengan. Van a saber lo que es bueno.
Priscila y Estrellas se miraron sonriendo y se levantaron de la arena.
Bajo la sombrilla puse dos toallas y despejé el espacio: Era el momento. Por fin tenia a las dos niñas ebrias delante de mí, listas para disfrutar del sexo conmigo en ese inmortal día de verano.
Las dos ya tenían el cuerpo seco, les hice sacudirse un poco la arena y, luego de limpiar sus sandalias, se las puse a cada una. Ambas me miraban complacidas, sobre todo mi pequeña Priscila que aprovecho a poner su pie sobre mi verga lo cual despertó mi animal dormido:
- Estrella nunca ha probado. Le va a doler como a mi la primera vez que me lo hiciste.
Estrella estaba de pie, sonriendo con picardía, tal vez no se imaginaba como seria todo aquello. Le pedí que se tendiera boca arriba y se relajara. Me acerqué hasta su pequeña vagina que ya latía, aunque permanecía cerrada. Me incliné y me recosté de lado de tal forma que Priscila pudiera mamarme la verga. Se lo pedí:
- Mi pequeñita. Tu ya sabes qué hacer.
Entonces Priscila recostada boca abajo levantando sus pies hacia arriba comenzó a chuparme el glande agarrando mi tronco con ambas manitos. Iba chupándomela e iba jugando con sus piecitos en el aire, rotando sus sandalias. Al mismo tiempo yo comenzaba a abrir los labios de Estrellita que lanzaba suspiros apagados y sin saber si mirar lo que le estaba haciendo yo, o si ver cómo Priscila se metía toda mi verga dentro de la boca.
- Tranquila, pequeñita – dije – Estas completamente cerradita así que solo te lo haré con mi boca para empezar.
Avancé suave, sintiendo la humedad de su pequeño clítoris, y el sabor ligeramente salado del mar. De pronto le empecé a dar lengüetazos mas intensos y el rostro de Estrella se ruborizó hasta lanzar un suspiro contenido, cerrando sus ojitos. Le metí un dedito en la raja a ver si por fin se iba abriendo su conchita y ella por puro impulso del cuerpo, cerró las piernas atrapando mi cabeza:
- Tranquila, tranquila, pequeñita. Disfruta, nomas.
Sus piernas flexionadas me dejaban ver los deditos de sus pies sobresaliendo de sus viejas sandalias azules:
- Si te portas bien. Te voy a comprar sandalias nuevas como a Priscila – dije.
Mientras tanto, mi pequeña sobrina me mamaba la verga como una experta. Sentía su lengüita acariciándome la pinga. Después de un rato y sin que yo lo imaginara, me iba tocando los pies con los suyos. Estaba en el éxtasis si no fuera porque necesitaba desflorar primero a Estrellita.
- Bien nenita. Te llegó la hora – dije.
Ya estaba lista para recibir verga.
- Vas a chuparle los pezones ¿Está bien?
Priscila me hizo caso y, tendida de costado, junto al cuerpo de Estrella comenzó a lamerle las tetitas que solo eran unos pequeños botones sobresaliendo de su pecho.
Estrella se retorció levemente, pero permanecía en silencio. Entonces le levanté las piernas sin quitarle las sandalias. Aproveché y le lamí los deditos que le sobresalían.
- ¿Lista? – dije.
Estrella solo asintió con la cabeza en silencio.
Le puse la verga en la entrada de esa vagina que ya estaba húmeda luego de tantos lengüetazos, y empecé a introducir mi glande, despacio. Cuando lo introduje más, Estrella se retorció como una serpiente:
- Aguanta pequeñita. Sigue chupándole los pezones, Priscila.
Me sentía poderoso, viendo como ambas nenas me hacían caso. Prácticamente eran mías. Luego de aguantar el impulso, introduje más y más mi verga dentro del cuerpo de Estrellita. Se sentía bastante estrecho, pero no pude resistir y presioné hasta que algo reventó dentro de ella y mi verga se deslizó con normalidad. La pequeñita solo lanzó un gemido ahogado. Pero Priscila hacia bien su trabajo y súbitamente el dolor se transformó en placer: Al fin era mía otra cría más.
Estuve penetrándola con las piernas al hombro mientras le bailaban las sandalias ante cada una de mis embestidas.
- Está rico ¿No Estrella?
Estrella apenas observaba mis embestidas. De pronto, una de sus sandalias se le cayó ante uno de mis movimientos y aproveché para lamerle ese pie que estaba muy suave y rosado.
Priscila al ver que no soltaba a Estrella, se echó junto a ella y levantó sus piernas también. Mi pequeña sobrina también quería de mi verga:
- Descansa un ratito Estrellita – le dije – Puedes ver cómo follamos rico siempre con Priscila.
Entonces procedí a darle verga a mi pequeñita. Estrella estaba exánime tendida a un lado. Le había gustado, pero sentía el cansancio propio de las primerizas. Entonces procedí a dar una clase didáctica de cómo se tenía que follar bien. Ahí delante de Estrella le mostré diversas poses mientras Priscila gemía como una condenada ante las violentas embestidas que le daba.
Cuando Priscila estuvo cabalgando sobre mí, Estrella se incorporó y quiso intentar también.
Entonces Priscila que estaba algo cansada, ebria y con la panocha ardiéndole de tanta verga, le cedió su lugar a Estrella que torpemente se introdujo mi verga. La vi retorcerse de placer, pero se quedó móvil:
- ¿Qué pasa putita? ¿Crees que solo es sentarse? Dale, cabalga.
Le di dos embestidas desde abajo y su cuerpo comenzó a saltar. Fue ahí donde empezaron a brotar de su boquita los primeros gemidos de placer que se hicieron más sonoros a medida que me golpeaba los huevos con sus nalguitas de niña. La sentí escurrirse, y entonces me di cuenta de que se estaba mojando. Su mirada estaba perdida, seguía cabalgando hasta que ya no pudo mas y se mojó todita, lanzando un grito sordo que hizo sonreír a Priscila.
- Chúpamela – me dijo mi pequeña – acercándome su vagina abierta.
Moviendo a Estrella sobre mí, comencé a darle un rico sexo oral a Priscila que se había puesto a horcajadas sobre mi cabeza.
- ¿Tienes las sandalias puestas amor?
Busque sus piececitos con mis manos, y en efecto las tenía puestas.
- Qué rico mi amor.
Luego de un rato disfrutando de ambas así. Les pedí que se levantaran. Mi verga estaba bastante tiesa. Le ordené a ambas que se pusieran boca arriba:
- ¿Vas a eyacular tío?
- Si amorcito. Ya no aguanto más. ¡Levanten los pies! Pero no se quiten sus chanclas.
Así lo hicieron ambas y mientras les chupaba los deditos de los pies me masturbaba a un ritmo mas que frenético: Imposible. Sentí mi cuerpo hirviendo y ya no pude más:
- Levanten los pies – les ordene.
Y toda mi leche caliente cayó sobre sus tiernos deditos. Priscila sonreía y Estrella veía por primera vez lo que era el semen de un hombre. Estaba desconcertada.
Priscila se embadurnó todas las sandalias con mi leche, sonriendo de placer.
Estrella apenas movía los deditos. Sus pies tenían más de mi semen que los de Priscila.
- No es justo. A ella le diste más.
Estrella seguía en silencio. Y antes de que mi verga dejara de estar erecta. Se la introduje en la raja. Ella aceptó complacida y luego cogió un poco de mi leche y lo probó:
- Sabe raro -dijo.
- Es el sabor de mi tío.
Ambas volvieron a sonreír y empezaron a besarse mientras yo les sacaba despacio las sandalias y comenzaba a chuparles los pies embadurnados con mi semen. Lo recogí con mi boca y besé a cada una:
- ¿Ahora les gusta mas?
- Mucho – respondieron ambas en coro.
Me tendí en medio de ellas que me abrazaron. Una a cada lado, luego de gozar del delicioso cuerpo de cada una. Había desflorado a una nueva pequeñita y como siempre, había disfrutado del rico cuerpo de mi sobrina Priscila.
Así dormimos la siesta hasta que el sol bajó, y el viento de la tarde comenzó a soplar. Con algo de sueño me incorporé y las dos seguían a mi lado. Estaban profundamente dormidas aún. Sus cuerpos desnudos y lampiños. Me percaté que ambas se habían quedado dormidas con las sandalias puestas, Priscila con sus sandalias color lila y la pequeña Estrella con sus viejas sandalias azules. Pensé que debía comprarle unas nuevas luego de habérmela follado con intensidad.
Priscila comenzó a hablar sonámbula: Tío, te amo mucho.
Me incorporé y le toqué los labios apenas con los míos: Yo también mi pequeñita.
Voltee. Estrella seguía profundamente dormida. Era otra princesita más. Qué vida tan mala tendría, que vagaba sola por la costa en busca de moluscos.
Pensé que podía verla más seguidamente.
De pronto lanzó un tenue suspiro. Realmente era hermosa.
Luego voltee la mirada donde estaba el mar. El crepúsculo comenzaba anunciando la llegada de la noche. Pero eso no me importó, para mí el día comenzaría cuando mis pequeñas volvieran a despertar.
….
Continúa en la parte 6.


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