Mi primera experiencia sexual con mi hermana
Saboreo las bragas sucias y los meados de mi hermana .
Como ya anuncié en mi primer relato de zoofilia, disfruto de varios fetiches aparte de gustarme follar a las cabras, y uno de ellos es el de oler y beberme los meados y la regla de las chicas; aunque si tengo oportunidad, también me bebo el de los niños, prefiero el de las mujeres. Es muy probable que mi afición se forjase en mi niñez más temprana, porque hasta los 10 años dormía en la misma cama con mi hermana, y, aunque no le pasaba todas las noches, hasta casi los 7 años, de vez en cuando se meaba en la cama, o salía corriendo a mear cuando ya se le había escapado algún chorro y había mojado la sábana.
Para evitar estropear el colchón, mi madre había puesto una sábana impermeable, así que si solo eran unas gotas, yo a veces ni me enteraba, pero cuando la meada era completa, lo cual pasaba de vez en cuando, yo también me despertaba bien empapado en el pipí de mi hermana. Tengo que decir que, a pesar de lo que parecería normal, nunca me sentí molesto cuando notaba que estaba mojado -y a veces em mojaba hasta la camiseta del pijama casi entera-. Era mi hermana, y aunque en otras cosas nos llevábamos como el perro y el gato, en esto jamás le reproché, ni la llamé meona, ni me quejé a mi madre, ni pedí que me pusieran en una cama separada. Cuando me despertaba y notaba el olor a meado y el pijama empapado, simplemente la despertaba y le decía «Nieves, te has vuelto a mear». Los dos nos levantábamos, nos quitábamos los pijamas meados, y antes de que viniera mi madre ya habíamos quitado las sábanas y estábamos desnudos esperando a ducharnos. Cuando mi madre venía le decía «¿Ya te has vuelto a mear, hija mía? Vas a echarte novio y aún te vas a estar meando en la cama. Y mira cómo has puesto a tu hermano. Ya no sé qué hacer para que aprendas a levantarte antes de mearte entera». Después recogía las sábanas y los pijamas, cambiaba la bajera impermeable y hacía la cama. Normalmente estas meadas completas de mi hermana solo pasaban de vez en cuando, una vez al mes o menos, pero que se le escapasen unas gotas o un pequeño chorro antes de salir corriendo al baño sí era más habitual.
Yo no me quejaba, porque descubrí bastante pronto que cuando mi adorada hermana Nieves se había meado, sobre todo si la meada había sido abundante, tenía un olor a almizcle -entonces aún no sabía qué era el almizcle, pero más adelante descubrí que olía así- que a mí, la verdad, me encantaba.
Bueno, os tengo que decir algo de mi hermana. Ella se llama Nieves, y es tres años menor que yo. Como os he dicho, hasta los 10 años dormía con ella en la misma cama, y a partir de entonces, nos mudamos a una casa más amplia y mis padres nos pudsieron una cama para cada uno, pero en la misma habitación. Esta estaba en un altillo separado de la parte principal del piso, así que pasábamos horas bastante alejados de donde estaba nuestra madre, lo cual nos facilitó mucho cuando empeamos a descubrirnos en el sexo, primero tímidamente, como los niños que éramos, y luego ya más atrevidamente cuando empezamos a entrar en la adolescencia.
No dejó de mearse de noche hasta que tuvo 10 años, peropara entonces ya habíamos descubierto la manera de evitar que se mojasen las sábanas, y en esto yo la ayudaba de buena gana.
También os tengo que revelar que mi hermana era bastante guarrilla, no en el sentido sexual de la palabra, sino que no era muy aficionada a meterse en la ducha ni a cambiarse de ropa. A veces mi madre le echaba una bronca y la obligaba a ducharse, otras veces le preguntaba que cuántos días hacía que llevaba las mismas bragas. Y yo, al principio casi inadvertidamente, después ya de forma más consciente, me acercaba a mi aromática y pronto adorada hermana porque me encantaba el perfume natural de su piel y de sus bragas meadas. Olía a fauna salvaje.
¿Y como descubrimos la forma de evitar que mojase la cama? Pues poco a poco. Yo ya había descubierto a los 10 años que el olor a leona de las braguitas de mi hermana me excitaba, y las buscaba en el cesto de la ropa para lavar, que estaba en elcuarto de baño al lado de nuestra habitación, donde también estaba la lavadora. Las olía y las chupaba, hasta que le sacaba todo el sabor, y a veces era bastante, porque tenían cercos secos de alguna meadilla que aún se le escapaba y bastante de algo que no supe hasta más adelante qué era, pero que me parecía delicioso, con un sabor intenso que me deleitaba, y que a veces eran solo unos copos blanquecinos salpicados en la tela, y otras veces formaba una capa cubriendo buena parte del fondillo de sus braguitas. Yo lo reblandecía con mi saliva hasta que podía desprenderlo, y lo chupaba con deleite. Y por supuesto, me masturbaba, incluso dos veces con las mismas bragas.
Estuve mucho tiempo haciendo esto en secreto, porque estaba atentopor si alguien venía y dejaba mi golosina, pero una tarde, mi hermana volvió de casa de una amiga y, sin encender la luz de la escalera, subió al altillo. No sé cómo, pero no la oí, quizá estaba demasiado embelesado con sus deliciosos flujos, el caso es que, para no variar, venía casi meándose encima y vino directa al cuarto de baño donde yo estaba… y me pilló con las manos en la masa, oliendo sus bragas y con mi miembro bien tieso en la mano. Abrió unos ojos -que por cierto, son de un azul claro precioso- como platos, abrió también la boca, y cuando se le pasó la sorpresa me dijo: «¿Qué estás haciendo? ¿Estabas oliendo mis bragas?» Yo me moría de vergüenza y no le respondí nada. Ella siguió: «Y te estabas haciendo una paja. Eres un guarro». Cuando me dijo eso, ya me enfadé, y le conteste «Si yo soy un guarro, tú no sé lo que eres, que ensucias así las bragas y no te las cambias. Además, no creas que no sé por qué las manchas tanto, que te escucho por las noches cuando te tocas». Ella me miró con cara sorprendida, supongo que no se imaginaba que yo la oía cuando se masturbaba, pero en vez de reprocharme me dijo «Levántate y déjame mear si no quieres que te mee a ti encima», y yo le dije «Pfff, vaya miedo, como si no me hubieras meado tantas veces ya. Siéntate encima y mea; ya que me has visto chupando tus bragas no me importa que sepas que me gusta el olor de cuando te meas. Siempre me ha gustado. Y cómo hueles cuando hace días que no te duchas»
Como se estaba meando mucho, mientras yo le hablaba se acercó, se sentó resueltamente encima de mis piernas y por el hueco que había entre ellas descargó todo su chorro que fue a caer… sí, donde imagináis, encima de mi miembro. Y aunque con el susto se me había aflojado totalmente, al notar toda la fuerza, la calidez y el olor del meado de mi hermana, se me volvió a levantar y rozó con fuerza su coño mojado. Ella dio un respingo, se levantó aún goteando pipí y cuando vio lo que la había rozado me miró a la cara y me dijo «Oye, que soy tu hermana, ¿no te da vergüenza tocarme con eso?» Yo le contesté que la culpa era suya, y que si ya había acabado que se fuese y me dejase tranquilo. Lo que quería era hacerme una paja porque se me había puesto como un palo de dura que casi me dolía.
Lo cierto es que hasta ese día, aunque mi hermana y yo nos habíamos visto desnudos muchas veces, ella nunca había visto mi miembro en erección. Finalmente se subió las bragas -que, obviamente, se mojaron con las gotas que aún quedaban entre sus labios- me miró y me dijo «Vale guarro, ya me voy a estudiar para que puedas hacer tus marranadas». Y se fue a la habitación. Yo volví a coger las bragas que estaba lamiendo cuando me sorprendió y me hice la paja más placentera hasta entonces. Acabé y entré en la habitación para estudiar y hacer los deberes. Hubo un buen rato de silencio que rompió ella:
-«¿Y cómo es eso que me escuchas por la noche? ¿Por qué no te duermes?».
Yo le contesté que sí que me dormía, pero que ella me despertaba porque hacía mucho ruido, y era verdad, mi hermana no era nada silenciosa cuando se masturbaba, se oía el ruido de sus dedos contra la humedad de sus labios, y cuando se corría gemía sin vergüenza y le daba tanto ímpetu que sonaban los muelles del somier. Afortunadamente mi madre dormía en el otro extremo del piso, en la planta baja, porque si no, sin duda la habría oído. También le dije que ella, por el contrario, nunca me oía a mí, aunque, obviamente, cuando yo la escuchaba no podía evitar masturbarme también. Ella me contestó que eso no era verdad, que alguna vez también me había escuchado y que en la penumbra me había visto.
Enseguida me preguntó:
-«¿Y en qué piensas cuando te haces pajas? ¿En alguna de mis amigas?»
Yo me callé, porque no quería contestarle, pero como me insistió, se lo dije:
-«Pues alguna vez pienso en Laura -una de sus amigas, que me gustaba porque era muy robusta y ya tenía tetas y caderas de chica-, pero la mayor parte de las veces me caliento cuando te oigo a ti o cuando me acuerdo de como hueles»
-«Pero si dices que huelo a pis, no sé como puede gustarte tanto»
-«Pues me encanta, ahora mismo me llega el olor de las bragas que llevas puestas y ya solo pienso en cuando te las quites para ir a buscarlas y comérmelas»
Y era verdad, ella estaba sentada al lado de su cama en su parte del escritorio, pero como tenía las piernas algo separadas, brotaba de ella un aroma, no tan fuerte, porque se las había puesto por la mañana, pero suficiente para embriagarme. Y con la charla y el aroma ya empezaba a ponérseme dura otra vez. Yo intenté que no se me notara, pero era difícil, así que ella lo vio.
-«Y tú, ¿por qué te meas tanto? Me dices que yo soy un guarro, pero la que se mea en la cama eres tú, no yo»
Mi hermana miró para otro lado y me contestó:
-«Es que se me escapa cuando me toco, no puedo aguantarme y no puedo levantarme a mear hasta que no he acabado porque se me corta el gusto»
Yo ya no pude más, la miré y le pregunté
-«¿Y no me dejarías ver cómo te tocas? Y yo te dejo que me mires a mí».
Ya me la había sacado y me estaba empezando a masturbar, porque de lo dura que estaba hasta me dolía, y de lo caliente que estaba no sentía ni vergüenza de que mi hermana me viera. Ella se quedó mirándome hacer, y al rato me contestó:
-«Vale, te dejaré que me mires, pero no ahora. Esta noche cuando vengamos a la cama y mamá esté durmiendo te lo enseñaré. Pero de momento toma esto».
Y ni corta ni perezosa, se levantó, se quitó las bragas y me las dejó en mi escritorio. Aunque se las había puesto limpias por la mañana, ya tenían varias manchas amarillentas de pipí seco, y unos pegotitos blanquecinos. Pronto iba a saber de dónde provenían esos copos que parecían puré de patatas, aunque su sabor era mucho más intenso. Cogí las bragas, las lamí, y me corrí casi al instante. Entonces se las devolví y me puse a intentar estudiar, pero con lo nervioso que estaba no podía concentrarme.
-«Hoy me las tendré que cambiar ya, porque me las has dejado muy mojadas».
Yo no dije nada, porque me había entrado vergüenza, y ya nos callamos hasta que mi madre nos llamó a cenar.
Cenamos callados, y al acabar, dimos las buenas noches y un beso cada uno a mi madre y subimos a la habitación. Nos pusimos el pijama -el de mi hermana olía a fauna salvaje- y le dije que quería verla tocarse. Ella se sentó en el borde de la cama, se bajó el pijama y empezó a masturbarse. Como yo estaba embobado, ella me dijo:
-«Pero acércate, ¿no decías que querías beberte mis meados?
Yo me acerqué y metí la lengua entre sus labios, y al poco la oí gemir y decir «¡Oh sí! ¡Oh, qué gusto! Estate atento que me corro y me meo». Y dicho y hecho, empezó a estremecerse y un par de chorros calientes de sus meados asaltaron mi lengua. Me parecieron deliciosos, y cuando terminó le pregunté:
-«¿No tienes más pipi?
-«Sí, ¿quieres bebértelo todo? Pero tengo mucho y cuando empiezo no puedo parar».
-«Por favor, dámelo ya»
No le salió a la primera, y los primeros chorros fueron cortos, pero cuando al fin empezó a salir seguido, me dio una larga y abundante meada que sabía deliciosa. Me bebí hasta la última gota.
-«¿Está bueno?»
-«Muy bueno»
-«¿A qué sabe?»
-«Pues no sé, es como un caldo pero con un sabor especial, no se parece a nada»
-«Eres un guarro que te bebes el pipí de tu hermana, y a partir de hoy vas a bebértelo todo, te voy a llamar cada vez que tenga ganas de mear. Ahora a dormir, mañana por la mañana prepárate.»
Continuará.


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