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Fetichismo, Heterosexual, Zoofilia Hombre

Mis inicios en la zoofilia

Cuando empecé a mirar las tetas de las cabras con algo más de interés que lo normal.
Hola. Mi alias es Follacabras y esta será mi primera publicación.

Como es fácil imaginar por mi alias, encuentro súper excitante meter mi miembro en el estrecho y cálido interior de las cabras, y también de las ovejas, aunque prefiero las primeras. Afortunadamente, siempre he vivido en entorno rural, donde ha sido fácil buscar mi objeto de placer, y ya hace tiempo que vivo en una casa de campo, donde tengo a mi disposición un pequeño rebaño de cabras y un par de ovejas, con las que satisfago mis necesidades sexuales en su vertiente zoofílica.

La verdad es que esto de follar con cabrasy ovejas no lo hago como un sustituto por necesidad, sino como una experiencia sexual distinta, tan excitante y satisfactoria como acostarse con una mujer, de hecho, incluso cuando he tenido pareja me he entregado al sexo caprino siempre que he podido, cuando no había riesgo de que me sorprendiera mi compañera humana. Es uno de mis varios fetiches.

La primera vez que transgredí este tabú era yo bastante joven, y estaba ordeñando las cabras de unos amigos de mis padres que se dedicaban a hacer queso. Eran cabras lecheras, de raza alpina, la verdad es que es una raza de cabras bastante bonitas, con tetas grandes, -algunas, enormes, que casi no les caben entre las patas-, y fáciles de ordeñar, ya que tienen unos pezones bastante largos que facilitan mucho el ordeño. La verdad es que su forma es bastante sugerente y, sobre todo en los primeros partos, sus tetas son suaves y turgentes cuando están llenas de leche. A mí me gustan especialmente las cabras jóvenes, porque la mayoría tienen los pezones dirigidos ligeramente hacia arriba y hacia afuera. Siempre es una experiencia enormemente excitante desvirgar a una chiva, de coño estrecho, antes de que su vagina se dilate tras su primer parto. Obviamente hay que ser muy cuidadoso, muy paciente, meter y sacar el miembro de su vagina muy poco cada vez, y usar mucha saliva para dilatarlas. Es un acto de cariño que hay que hacer poco a poco para no lesionarlas. Si se hace así, a los pocos días, cuando ya saben que no les duele, pierden el miedo y se dejan hacer; algunas hasta se arriman balando, buscando, sin mucho lugar a las dudas, ser penetradas.

Al principio ordeñaba las cabras poniéndome detrás de ellas, así me lo enseñaron, aunque luego aprendí que era más cómodo para mí y para ellas hacerlo por el lado, y también más higiénico. Esto suponía estar muy atento porque a algunas les entran ganas de cagar a mitad del ordeño, y hay que evitar que los excrementos entren en contacto con la leche, apartando el cubo hasta que terminen. Lo que pasa es que a veces también les entran ganas de mear, y es más difícil detectar cuándo están a punto de hacerlo, porque se agachan y sueltan el chorro de pis muy rápidamente, y no siempre da tiempo a apartar el cubo antes de que haya caído un poco de pipí en la leche. No es nada grave, porque, a diferencia del excremento, el pis es estéril, pero el queso se hace, preferiblemente, con leche sin añadidos, ya que esta toma el olor de casi todo, y el pis de cabras huele muy intensamente.
El caso es que verlas mear tan cerca de mi cara me daba bastante morbo, y además el meado de cabra tiene un olor particular, fuerte y aromático. Yo ya tenía un poco de fetiche con el pis, me gustaba ver mear a mi hermana, y cuando venían sus amigas siempre me las ingeniaba para estar cerca del cuarto de baño y escuchar el siseo de su chorro cuando iban a mear. Luego entraba y me deleitaba con el olor a pipí que quedaba en el aire.
Hasta que una mañana, estaba ordeñando una cabra especialmente corpulenta -la llamábamos Robustiana- y vi los signos inequívocos de que iba a mear inmediatamente. Fui a apartar el cubo, con tanta torpeza que lo volqué, y al ir a cogerlo rápidamente para que no se perdiera la leche, me acerqué tanto que me roció con un fuerte chorro de sus meados la cara y parte de la ropa. Fui a enjuagarme la boca pero, dorprendemtemente, el sabor no desapareció, así que pude percibir cada nota de sabor del pipí de Robustiana durante un buen rato: era bastante amargo al principio, pero poco a poco fue tomando un regusto dulzón que recordaba el del regaliz, para volverse un poco acre, como amoníaco, pero muy suave, al final. Y descubrí… que me gustaba. Y el olor que desprendía mi camiseta meada también me gustó, así que no me molestó dejármela puesta mientras acababa de ordeñar. Y el olor almizclado del pipí cuando se secó me pareció el aroma del paraíso.
La siguiente vez que una cabra se puso a mear mientras la ordeñaba, aparté el cubo como de costumbre, pero hice cuenco con las manos para bebérmelo. ¡Ecs…! estaba demasiado amargo para tragarlo y lo escupí. Pero como esta vez no me enjuagué la boca, noté la transformación del sabor con toda su intensidad, e igual que la vez anterior, de amargo fue cambiando a dulzón, y todo el rato súper intenso. Y el regusto me duró más de media hora. Estaba ya perdido.
En las siguientes ocasiones ya bajé a la cuadra con un bote para recoger todo el meado que pudiera, y en los siguientes días pude comprobar que, si bien casi todas meaban amargo, este amargor era variable: algunos pipís eran acres e intragables, así que solo podía mojarme la boca y escupirlos, pero otros tenían el punto justo de amargor que permitía saborearlo, y en todos los casos el regusto era muy duradero. Y en los días sucesivos descubrí también que cada cabra tenía diferentes matices de sabor, y poco a poco me fui acostumbrando al amargor, hasta que pude beberme hasta las meadas más fuertes y aromáticas.

Cada vez más engolosinado con el pis de las cabras, me las ingenié para poder bebérmelo directamente de sus coños; las cabras y las ovejas se agachan mucho para mear, y casi tocan el suelo con la vulva, así que no es posible poner la boca y beber tal cual, pero basta pasar un dedo por la rajilla que divide por la mitad la vulva; entonces detienen la meada, se levantan, y así me daba tiempo de meter la cabeza entre sus patas, esperando que volvieran a agacharse, pero ya con su coño meando prácticamente dentro de mi boca. Notar el chorro caliente y perfumado era para mí el súmmum del morbo placentero, y lo repetía siempre que podía. Solo había dos problemas: el primero es que el pis de cabra es muy laxante, y, como mucho a la media hora de tomarlo tenía que ir a expulsarlo, porque si no corría el riesgo de soltar alguna ventosidad húmeda o con tropezones; el segundo es el olor, difícil de disimular: para mí estaba claro que si hablaba demasiado cerca de alguien se notaría en mi aliento que tenía alguna costumbre, digamos, socialmente poco aceptable, así que me aficioné a las infusiones aromáticas para evitar suspicacias.

Y esta fue mi primera experiencia zoofílica, no propiamente sexual aún, pero para mí muy excitante. Con el tiempo pude probar también el pipí de las ovejas, el de las vacas, y el de alguna que otra chica: las primeras, mi hermana y una de sus amigas. Pero eso será tema para otro relato.

 

 

1210 Lecturas/5 enero, 2026/0 Comentarios/por Follacabras
Etiquetas: amigos, baño, follar, hermana, joven, mayor, sexo, vagina
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