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Fetichismo, Intercambios / Trios, Voyeur / Exhibicionismo

Pajote.

Una madura le enseña a una jovencita como disfrutar un pollón..
Es difícil explicar cómo coño hemos llegado a esta situación, pero aquí estoy: desnudo del todo, con la polla tan dura que me palpita de puro dolor, el capullo morado brillando y soltando hilo tras hilo de preseminal que me chorrea hasta los huevos.

Delante de mí, la chica joven me mira con los ojos muy abiertos, una mezcla de horror y hambre que no puede esconder. La boca entreabierta, las mejillas ardiendo. Lleva una camiseta ajustada y unos shorts cortos, y ya se nota cómo se remueve inquieta en la silla.

A mi lado, la otra mujer —desnuda ya desde hace rato, con esas tetas pesadas y el coño brillando de lo mojada que está— me hace una paja lenta y cruel, con esa sonrisa de puta diabólica que promete destrozarme. Su mano recorre toda la longitud, de la punta hinchada hasta los cojones pesados.

Y mientras me pajea, le vende la polla a la chica como si fuera un coche de lujo:

—Mira este cipote, nena. Mira cómo está de tieso, como una barra de hierro caliente. Y el grosor… me llena la mano entera. No junto los dedos ni de broma. Es una polla gorda de las que parten coños, de las que te dejan andando raro al día siguiente.

Baja la piel despacio, descubre el capullo reluciente y le pega un lametón largo y baboso que me cruza una descarga eléctrica desde la punta hasta la nuca.

—¿Ves lo suave que resbala? Piel de seda sobre acero puro. Y el sabor… salado, fuerte, macho en estado bruto.

La chica se pone roja hasta las orejas, pero no puede apartar la vista. Respira agitada, el pecho subiendo y bajando rápido. Sin darse cuenta, abre y cierra las piernas, frotándose el coño contra el borde de la silla como una perra en celo que ya no aguanta.

La mujer acelera un poco la paja y sigue con su discurso guarro, sin mirarme a mí ni una vez. Solo habla de la polla, como si yo no existiera más que para sostenerla.

—A mí me pone cachonda perdida que me la claven de golpe, hasta los huevos, sin avisar ni pedir permiso. Que me abra en dos de una embestida. Duele un segundo, sí, pero ese dolor me enciende. Me hace sentir rota, usada, como una puta barata que solo sirve para que le revienten el coño con esta verga gorda.

Aprieta mis cojones con la otra mano, los pesa como si fueran oro.

—Y estos huevos… cargaditos, pesados. Cuando me folla a cuatro me golpean el clítoris cada vez que entra. Plaf, plaf, plaf… Yo echo el culo hacia atrás como una loca, buscando más, queriendo que me machaquen hasta dejarme idiotizada.

Me pajea ahora con más ritmo, la mano resbalando por el líquido preseminal, haciendo ruido obsceno. Ya no aguanto más. Me arqueo, los músculos tensos, y exploto. El semen sale a chorros altos y potentes, cae caliente sobre mi tripa, mi pecho. Ella lo recoge todo con los dedos, se los mete en la boca y chupa gimiendo, como si fuera la crema más rica del mundo.

—Joder, qué corrida más espesa y caliente… Me encanta sentirla así dentro, reventándome el coño hasta que me rebosa por todos lados. Luego me quedo pringada horas, oliendo a semen, con la corrida secándose en los muslos. No me lavo ni loca. Quiero ir sucia, marcar territorio.

Recoge los últimos grumos blancos y le tiende los dedos a la chica.

—Ven aquí. Prueba lo que es leche de verdad.

La chica se levanta como en trance, las piernas temblando. Se acerca despacio, la boca ya abierta. La mujer le mete los dedos hasta el fondo de la garganta. La chica chupa, primero tímida, luego con ansia, tragando con un gemido ahogado. Los ojos se le humedecen de puro placer.

—Buena putita —susurra la mujer, sacándole los dedos con un hilo largo de saliva y semen—. ¿A que está buena? Ahora vas a aprender de cerca.

La obliga a arrodillarse. Mi polla, aunque acabo de correrme, ya empieza a palpitar otra vez solo de ver a la chica ahí de rodillas, con la camiseta marcando los pezones duros.

—Quítate todo. Despacio. Que te vea bien.

La chica obedece temblando. Se saca la camiseta primero, dejando ver unas tetas pequeñas y perfectas, los pezones como clavos. Luego se baja los shorts y las bragas de golpe. Está chorreando.

La mujer la empuja hacia mí.

—Huele primero. Acerca la nariz.

La chica se inclina, aspira hondo junto al capullo todavía pringoso. Cierra los ojos y gime, como si el olor solo ya la fuera a hacer correrse.

—Ahora limpiala. Con la lengua. Todo.

Empieza a lamer desde los huevos hacia arriba, saboreando semen y el sudor, sexo puro. Cada lametón más valiente, más profundo. La mujer se pone detrás, le mete mano entre las piernas.

—Joder, mira cómo tienes el coño. Empapado solo de chupar polla. Eres una guarra nata.

La chica gime contra mi verga, ahora se la mete poco a poco, aunque se atraganta un poco, lágrimas en los ojos, baba por la barbilla, pero no para. Yo, después de unos minutos de esa mamada ansiosa, ya estoy duro como una piedra otra vez, latiendo en su boca.

La mujer se sube al sofá, abre las piernas y me besa con lengua mientras la chica me mama como una posesa.

—Ahora vas a ver cómo se folla de verdad —me dice al oído, mordiéndome.

Me levanto, cojo a la chica por las caderas y la pongo a cuatro patas en el suelo. Está tan mojada que resbala. Apunto y la voy metiendo despacio al principio, porque está apretadísima. Ella gime fuerte, un gemido que es placer mezclado con dolor. Cuando ya está toda dentro, empiezo a bombear más fuerte.

La mujer se pone delante, le agarra la cabeza.

—Chúpame el coño mientras te revientan, zorra.

La chica entierra la cara entre sus muslos, lame con desesperación mientras yo la machaco por detrás. Con cada embestida ella se retuerce y gime dentro del coño que devora, el cuerpo temblando.

La mujer me mira por encima, los ojos en llamas.

—Más fuerte. Rómpela poco a poco. Haz que se corra gritando.

La clavo hasta el fondo con más ritmo. Su coño me aprieta como un puño. Se corre con un orgasmo largo y tembloroso, apretándome tanto que casi me corro yo también.

Sigo bombeando. La mujer se corre después, restregándose contra la cara de la chica, agarrándola fuerte del pelo.

Salgo entonces del coño rojo e hinchado de la chica, la polla chorreando. La mujer entiende al instante, coge a la chica de la nuca y le abre la boca.

—Ahora te va a  llenar la garganta.

Me corro por segunda vez, directo en su lengua, en la cara, en el pelo. Chorros espesos y calientes. Ella traga lo que puede, tose, pero abre la boca pidiendo más. El resto le chorrea por la barbilla hasta las tetas.

Las dos caen rendidas a mis pies, jadeando, cubiertas de sudor, semen y jugos. La mujer lame mi corrida de la cara de la chica y se la pasa en un beso largo, sucio, compartiendo la leche entre lenguas, gimiendo las dos.

Luego se tumban una a cada lado, acariciándome la polla que aún late, sensible.

—Esto no ha terminado ni de coña —dice la mujer con voz ronca, lamiéndose los labios—. Mañana repetimos. Y la próxima vez te vamos a ordeñar hasta que supliques.

La chica, con la boca hinchada, la cara pringada y los ojos brillantes, asiente y sonríe por primera vez.

Yo cierro los ojos, agotado pero satisfecho, y pienso que no sé cómo hemos llegado aquí… pero que no quiero que esto acabe nunca.

 

6 Lecturas/17 enero, 2026/0 Comentarios/por maturanga
Etiquetas: culo, madura, mama, mamada, orgasmo, puta, semen, sexo
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