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Fetichismo, Orgias, Zoofilia Mujer

Paula, los Padres de Agus y Pia

despues de la reunion van a festejar y salen secretos.

El office de Santiago huele a cocaína de buena calidad y a arrepentimiento caro. Sobre la mesa de cristal, junto a una botella de Stolichnaya a la mitad y cuatro copas de cristal de Bohemia, hay un espejo pequeño con varias rayas perfectamente alineadas, como surcos en un campo de nieve. La atmósfera ya no es de tensión, es de celebración siniestra. Están celebrando su propia corrupción, el bautismo de sus hijas en el río de la decadencia.

El Rulo (Ricardo), con los ojos rojos y las pupilas dilatadas por el polvo, se recuesta en el sillón de cuero y suelta una risa que viene del fondo de una cloaca. «Ustedes hablan de arte, de viajes… qué pendejos. La verdadera escuela, la que te enseña a ser un dueño, está en la calle. En la basura. Yo tenía 25, ya tenía unos mangos, pero no tenía poder. El poder es algo más. Es la sumisión del otro. Y la aprendí con los pibitos de la calle. Los chicos que se cuelgan por las ventanillas del tren en Constitución, con sus caras sucias y sus manos vacías. ¿Saben lo que es? Parar el BMW nuevo, uno de esos con olor a cuero nuevo, y llamar a uno de esos mocosos. ‘Che, pibe, vení acá’. El tipo se acerca, desconfiado, con la mirada de un animal acorralado. Le sacás un billete de cien pesos, lo doblás. ‘¿Viste esto, pibe? Es tuyo’. Se lo das. Sus ojos se abren. Le sacás otro. ‘Pero hay una condición’. Lo guías con la mirada hacia su entrepierna. ‘Sacá la pija’. Se asusta, mira para los costados. ‘No seas gil, pibe, no hay nadie’. Le das el otro billete. El pibe, con la mano que usa para pedir limosna, se abre el cierre, saca una verga flácida, sucia, con olor a orina. ‘Ahora, haceme una paja. Hacela bien’. Y el pibe, con la mano temblando, te empieza a sobar, mirando para otro lado, con la vergüenza quemándole las mejillas. Lo sentís cerca, jadeando, y cuando está por acabar, lo agarrás de la nuca con fuerza, sintiendo el pelo grasoso bajo tus dedos. Lo obligás a abrir la boca. ‘Todo acá, pendejo. Todo’. Y te venís en su boca, sintiendo su garganta contrayéndose, ahogándose con tu leche, calienta y salada. Lo dejás ahí, en el umbral del auto, con los billetes arrugados en el puño y el sabor a tu semen en la garganta, tosiendo, escupiendo. No lo hice por placer. Lo hice para entender. Para saber que el dinero no compra cosas, compra personas. Compra su dignidad. Por eso cuando vi el contrato para Aguss… no vi a mi hija. Vi a esos pibitos del tren. Y supe que por fin, mi hija iba a aprender la lección más importante: que en este mundo, o te cogen por la cola o te cogen por la boca. Y es mucho mejor ser el que coge».

Se inclina hacia adelante, aspira una raya larga y rápida con un billete de cien, y se limpia la nariz con el dorso de la mano. La mira a Mirta.

Mirta (La Madre de Aguss), con la nariz un poco mocosa y una sonrisa de ángel caído, toma la palabra. «El poder de los hombres es tan… bruto. Tan grosero. El nuestro es más sutil. Más teatral». Su voz es un susurro cargado de nostalgia. «Acababa de casarme con El Rulo. Él ya tenía guita, pero yo no era ‘una de ellos’. Era la piba del barrio. Así que empecé a hacer mi propio posgrado. Todos los días, a la mañana, me vestía como si fuera a una reunión importante. Tacones de aguja, vestido de seda ajustado, cartera cara. Y me tomaba el tren Sarmiento, hacia el centro, en hora pico. No me subía a un vagón de primera, no. Me metía en el medio, donde van los obreros, los constructores, los tipos con olor a trabajo a sudor y a tabaco barato. Y me dejaba apretar. Dejaba que me apoyaran la cola, que me rocesen los pechos con los brazos llenos de vello. Al principio, me tocaban y yo me movía, con cara de asco. Después, empecé a quedarme quieta. Dejaba que una mano se deslizara por mi espalda hasta mi culo. Dejaba que una pierna me la rozara entre las piernas, sintiendo el bulto de su bulto. Cerraba los ojos y me imaginaba que era una violación, pero una violación consentida, una que me estaba dando un título. Un día, un tipo, un albañil con las manos llenas de cal, me apretó contra la puerta corrugada del vagón. Metió una mano por debajo de mi vestido, directamente sobre mis panties de seda. Sentí sus dedos ásperos, llenos de la arena del cemento, apartar el tejido mojado y meterse, meterse dos dedos hasta el fondo en la concha, ahí, en medio de todos, con el estrépito del tren como banda sonora. Y yo me vine. Me vine temblando, mordiéndome los labios hasta sangrar para no gritar, sintiendo la cal raspándome las paredes por dentro. Cuando bajé, me manché todo el vestido. Fui al baño de un shopping y me lavé, sonriendo. Ese día supe que había llegado. Que podía estar en su mundo y que su mugre no me ensuciaba, me consagraba. Aguss tiene 14, ya es una mujer. Tiene que aprender a usar la mugre como perfume. Como hice yo».

Aspira otra raya, más pequeña, delicada. Sus ojos brillan con una luz febril.

El Flaco (Santiago) observa a su esposa, Vicky, como si fuera una mariposa disecada. «La performance de Mirta es admirable. Casi… popular. Vicky y yo siempre fuimos más… orgánicos. Nuestro teatro no tenía público. Solo un actor principal y una actriz sumisa. Y un perro».

Hace una pausa, dejando que la palabra cuelgue en el aire, pesada y sucia.

«Vos sabés, Vicky, que nuestra familia tiene una estancia en San Antonio de Areco. Un lugar con campo, con silencio, con animales. Y con un perro. Un Dogo Argentano. Un ejemplar perfecto. Macho, dominante, puro. Blanco, con esos ojos casi humanos que te miran y te despojan de cualquier pretensión. Y Vicky… Vicky siempre tuvo una afinidad con él. Una conexión especial. Empecé a notarlo. La forma en que le hablaba, cómo lo acariciaba. No era la cariñosa de una dueña. Era la sumisión de una esclava. Una tarde, la vi desde el estudio. Estaba arrodillada en el césped, justo debajo de mi ventana. Llevaba un vestido de lino blanco, liviano, que se adhería a su cuerpo con el calor. Y el perro… ‘Ares’, lo llamábamos. Ares estaba frente a ella, dándole lametazos en la cara. Pero no eran lametazos de juego. Eran largos, profundos, húmedos. Vicky tenía los ojos cerrados, la cabeza echada hacia atrás, exponiendo su cuello. Y el perro bajaba. Le lamía la clavícula, el hueco de su garganta. Ella jadeaba, un sonido casi inaudible. Sus manos, en lugar de apartarlo, estaban apoyadas en sus propios muslos, con los dedos hundidos en la tela del vestido».

…Vicky arqueó la espalda, empujando sus senos hacia adelante, ofreciéndolos. El perro los lamió con avidez, el roce áspero de su lengua haciendo que los pezones se tensaran y se marcaran bajo el lino fino. Ella se estremeció, una sacudida completa que la recorrió de pies a cabeza. En ese momento, yo no sentí celos. Sentí la más absoluta y perversa euforia. Mi esposa, mi señora de la alta sociedad, la madre de mi hija, arrodillada en mi jardín, siendo poseída por un animal. Y no solo lo permitía, lo anhelaba. Me quedé mirando desde la ventana, con un palo de billar en la mano, sintiéndome Dios. El creador de esa escena, el director de esa obra de arte viviente».

«Pero no fue suficiente. Para ella, ni para mí. Días después, la encontré de nuevo. Esta vez no estaba en el jardín. Estaba en el galpón de las herramientas, un lugar oscuro que olía a heno y a tierra húmeda. Se había quitado el vestido y estaba desnuda sobre una pila de sacos de arpillera. Sus piernas estaban abiertas, dobladas por las rodillas. Y Ares estaba sobre ella. No la montaba todavía. La olfateaba. Hundía su hocico húmedo en su entrepierna, inhalando su olor como si fuera la droga más potente. Vicky gemía, un sonido bajo, animal. ‘Sí, Ares… sí, mi amor’. Entonces, la lengua del perro la encontró. Le lamío la concha con un furor salvaje, una y otra vez, largo y profundo. La vi perder el control. Sus caderas comenzaron a moverse, a empujar contra el hocico del perro, buscando más. Sus manos se aferraron a los sacos de arpillera, arrugando la tela. Sus gemidos se hicieron más fuertes, más desesperados, hasta que un espasmo la recorrió entera. Se vino en la boca de ese perro, temblando, gimiendo, completamente perdida en la humillación y el placer».

«Yo me masturbé allí, en la puerta del galpón, mirándola. Me vine en mi mano, sin hacer un ruido. Y supe en ese momento que nuestra relación había cambiado para siempre. Ya no éramos marido y mujer. Éramos amo y esclava. Y ese perro era mi látiz».

Se vuelve a mirar a Vicky, que no ha parpadeado en todo el relato.

«Por eso Pia es como es. Tan dócil, tan vacía. Porque no solo creció viendo a su madre encontrar la paz en la sumisión más absoluta. A veces, la dejaba que nos observara desde la puerta del galpón. Le enseñaba que ese era el verdadero amor. Un amor que no juzga, que no exige, que solo toma. El contrato de Pia no es una traición. Es una promoción. Deja de ser la perra de un perro para ser la perra de muchos hombres. Es el siguiente paso lógico en su educación».

Vicky alza la vista por primera vez, sus ojos son dos pozos oscuros. «Él no me juzgaba. No me pedía. Solo me amaba. Es el único amor puro que conocí. Pia lo entendió. Siempre lo entendió». Se acerca al espejo, aspira una raya con elegancia, como si estuviera tomando té. El polvo blanco es la comunión en esta misa negra.

Santiago se levanta, camina hacia la ventana y mira la oscuridad del jardín. «Pero hay más. Hay un recuerdo que nos une a los tres. A Ricardo, a mí y a nuestras hijas». Se da vuelta y los mira a los dos. «¿Se acuerdan de esa gala en el MALBA? Hace un par de años. Aguss y Pia, con 12 y 14, vestidas como muñecas. Nosotros, sus padres, con nuestras mejores caras. El lugar estaba lleno de gente falsa. Y decidimos volver en subte. La línea B, otra vez. El vagón reventado. Y nos tocó estar apretadísimos. Ricardo, Aguss y yo un lado del vagón. Mirta y Pia, pegadas a la puerta del otro. Y empezó el baile. Un tipo, un nabo con olor a ajo y a transpiración, se le pega a Mirta por detrás. Le apoya la pija dura, como un hierro, en la mitad del culo. Y Mirta, en lugar de moverse, se recuesta. Me mira a mí por encima de la gente y sonríe. Una sonrisa de complicidad de puta. Al mismo tiempo, a mi lado, otro mano, un flaco de cara rata, se le pega a Pia. Le mete la mano entre las piernas, por encima del vestido de tul. Y mi hija… mi hija de 14 años… se queda quieta. Me mira, con los ojos llenos de lágrimas, pero sin moverse. Y yo le hago una señal. Un casi imperceptible asentimiento con la cabeza. Y entonces, ella hizo lo que su madre estaba haciendo. Se recostó. Permitió que esa mano ajena la poseyera en medio de esa multitud anónima».

«El Rulo, al mismo tiempo, sintió la mano de su hija, Aguss, temblando, buscándolo a él en la oscuridad del apretón. Y él, en lugar de protegerla, le tomó la mano y la guio. La guió hacia su propia entrepierna, hacia su propia verga dura. La obligó a tocarlo. A sentir el poder de su padre, la excitación de su propio sangre. Y mientras Ricardo se hacía una paja con la mano de su hija de 12 años, yo miraba cómo un desconocido le metía los dedos a la mía. Y Mirta, al otro lado del vagón, se estaba follando con la cola de un hombre que nunca volvería a ver. Los tres. Al mismo tiempo. En un vagón de subte. Una familia perfecta. El contrato que firmamos hoy no es el principio. Es solo la formalización de lo que nuestras hijas ya son. Lo que nosotros ya las hicimos».

El silencio que sigue es absoluto. La única música es el tintineo del hielo contra el cristal. Las cuatro figuras están bañadas en la luz pálida de la lámpara, sus rostros son máscaras de agotamiento y éxtasis. Ya no hay secretos entre ellos. Solo una verdad compartida y monstruosa, y la certeza de que el futuro de sus hijas será un espejo perfecto, amplificado y mucho más lucrativo, de su propio y glorioso infierno.

1450 Lecturas/7 diciembre, 2025/1 Comentario/por PaulaLange
Etiquetas: baño, culo, follando, hija, madre, padre, puta, semen
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1 comentario
  1. J4c3r Dice:
    11 diciembre, 2025 en 4:09 pm

    Que rico, a mi también me gusta el insesto, mi telegram es J4C3R G

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