PILI PUTA ADOOLESCENTE (15): PILI Y RUTH SE DIVIERTEN.
Ruth me convence para saltarnos las clases e irnos por ahí a emborracharnos, colocarnos … y lo que surja..
PILI, PUTA ADOLESCENTE
CAPÍTULO 15: PILI Y RUTH SE DIVIERTEN
Twitter (X): CarolinaPuta @CarolinaP21112
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Media hora después de que mi primer cliente abandonase mi casa, Ruth me llamó por el móvil.
– Perra, ¿podemos hablar?
– Claro, Ruth … ¿qué pasa?
– ¡Enhorabuena, cabrona! – exclamó – Que te acabo de leer en el chat …
– Tía … ¡muchas gracias!
– ¿Qué tal ha ido? – preguntó.
– Muy bien – respondí – El tío se ha quedado un poco flipado con mi edad … Me ha pedido hasta el DNI porque no se lo creía.
– Sí, eso les pasa a todos la primera vez que nos conocen – dijo – Es normal, no se creen lo putas que somos para la edad que tenemos.
– Ya, tía. Me lo he pasado bien y el tío quiere quedar otra vez conmigo este Martes – expliqué – Pero … si te digo la verdad … un poco decepcionada.
– Me imagino – asintió Ruth – Después del adiestramiento y de la caña que nos dan en el Club, hay muchos clientes que nos parecen poca cosa – dijo con tono de resignación.
– ¡Eso es, tía! – reconocí – Me ha sabido a poco. Ni siquiera me he corrido.
– Ya, joder … lo sé. Pasa mucho.
– Pero … Ruth … ¿qué te pasa? Te noto triste. ¿No ha ido bien la monta de perros en Toledo?
– No … osea … ha ido de puta madre – dijo – Al final no eran perros. Era un caballo.
– ¡No me jodas! – exclamé sorprendida.
– Sí, mi padre sabía que a Sole y a mí nos hacía mucha ilusión follar con un bicho así de grande y nos ocultó lo que era para darnos una sorpresa – explicó.
– Y ha ido mal … ¿o qué?
– ¡No, ha sido la hostia! – exclamó, cambiando el tono triste por otro de emoción contenida – ¡No veas qué pollón, tía! ¡Una pasada! Dile a tu padre que te consiga uno cuanto antes. ¡Tienes que probarlo ya!
– Joder, si aún ni me he estrenado con perros … – me lamenté.
– Mi padre nos ha grabado para vender el vídeo – explicó – Dice que tiene que editarlo, pero creo que va a quedar muy bien.
– Entonces … ¿a que viene ese tono de voz? ¿Qué te pasa?
– No sé, perra … joder … ha sido un finde lleno de emociones … – dijo tratando de encontrar las palabras – Tu presentación al Club, hoy lo del caballo, … ¡ufff! Creo que no me lo pasaba tan bien desde la capea del verano pasado.
– No entiendo … ¿qué te pasa, entonces? – pregunté sin comprender nada.
– Me ha dado el bajón al llegar a casa y pensar en que mañana hay que ir al insti, que no os veré a ninguna en semanas, que mi hermana se va a quedar preñada y yo no, lo de la venta de Sonia a los rusos, … no sé … – explicó – Se me hace cuesta arriba vivir sin esto a diario, disimular en el insti, llevar una vida “normal”, …
– A mí tampoco me hace gracia volver mañana al colegio … ¡es un puto coñazo, joder! – exclamé entendiendo por fin lo que le ocurría – Pero es lo que hay.
– Sí, ya lo sé … ¡pero es que me jode mucho, hostias! – dijo, retomando su habitual tono agresivo y malhablado.
– No podemos hacer nada … – añadí con tristeza.
– Y si … y si … ¿mañana hacemos pellas y nos vamos por ahí? – propuso, con cierta timidez, como si no quisiera verbalizarlo.
– Pero … no podemos, Ruth.
– ¡No aguanto ir al insti y estar rodeada de niñatas! – exclamó – Vámonos por ahí … tú yo … y nos fumamos unos canutos, nos emborrachamos, … no sé … hacer algo interesante y no la puta mierda de todos los días en el insti, escuchando la chapa que me dan los profesores, … Además, ¿quién se va a enterar?
– Joder, Ruth … no sé … yo tampoco quiero al cole, pero …
– Venga, por favor … – me suplicó – … ya el martes vamos normalmente. Es para no pasar del todo a la nada así, tan deprisa.
– Vaaaale – cedí – Ven a buscarme a mi casa a las ocho y media. Mi padre aún no se habrá levantado.
– No sé donde vives, Pili.
– Te mando ubicación por el Whatsapp – respondí – Venga, perra … y alégrate, ¡joder! ¡Que te has follado a un caballo, hostia puta! ¡Qué envidia me das, cacho guarra!
– ¡Jajaja!
– Mañana nos vemos y me cuentas con detalle, que quiero estar preparada para cuando me llegue el día de meterme un pollón tan grande – concluí.
– Hasta mañana, cerda – se despidió Ruth.
El Domingo terminó, entre risas en el chat con las chicas y un porrito viendo porno en mi Ipad. A última hora, a punto de acostarme, llegó mi padre, que me echó un polvo, tal y como me había dicho por la padre. Se la chupé y me dio por el culo hasta correrse. Después, me fui a la cama, pensando en el maravilloso fin de semana que había vivido, no sólo con mi presentación ante el Club el Sábado, sino por mi primer cliente.
Todo era tan emocionante que pensé que no podría dormirme, pero el cansancio me venció y dormí plácidamente hasta las siete y media de la mañana, hora en la que sonó el despertador. Enseguida recordé el plan con Ruth, así que desayuné algo, me puse un enema y me pegué una ducha. Mi amiga llegó antes de la hora y apenas dejé que el interfono sonase, para no despertar a mi padre, ya que la noche anterior, después de follarme, volvió a salir y ni siquiera sabía a qué hora había vuelto.
A estas alturas del relato, ya os imaginaréis que mi padre no trabajaba. Vivía de chulear a mi madre. Ella le entregaba todo lo que ganaba como puta y él se ocupaba de que no faltase de nada en casa y de pagarlo todo con el dinero que ella le entregaba. Por eso era tan importante que yo empezase a ser rentable, ahora que mi madre había sido alquilada a unos árabes hasta quedarse preñada y parir. Es decir, más o menos un año. Aunque a mi padre le habrían pagado un bien dinero por mi madre, no veía la hora de poder contribuir al sostenimiento de las cargas familiares con mi trabajo como puta.
Ruth se presentó en mi casa. Llevaba un chándal de color gris, una sudadera con capucha y unas zapatillas de deporte.
– ¡Hola, perra! – me saludó, besándome en la boca y entrando en el salón de mi casa.
– ¡Hola, Ruth!
– ¿Y tu padre?
– Está durmiendo – dije haciendo el gesto de silencio con el dedo índice sobre mis labios – ¡Venga! ¿Nos vamos ya?
– ¡Espera, joder! – exclamó señalándose sus ropas – Si vamos a zorrear por ahí, vamos a vestirnos mejor, ¿no? ¿Tienes algo más apropiado?
– Tendrá que ser de mi madre, ella sí tiene mucha ropa … – insinué, mostrándole el camino hacia la habitación donde mi madre solía recibir a los clientes y donde tenía un armario lleno de ropa de puta.
Durante 15 minutos estuvimos eligiendo nuestras prendas para pasar la mañana haciendo pellas. Intentamos no hacer ruido, para no despertar a mi padre. Finalmente, y tras probarnos varios conjuntos, Ruth eligió un top elástico de color rojo, unas minifalda negra y unas botas de tacón y plataforma negras. Yo me puse una estrecha y corta faldita blanca de látex, con una botas altas a juego y una camiseta morada anudada bajo mis pequeños pechos. Nos miramos al espejo de cuerpo entero antes de salir de casa, con unos minúsculos bolsitos que encontramos y donde apenas si cabían unos pañuelos de papel y las llaves de casa. Salimos, tambaleándonos sobre los tacones, haciendo el menor ruido posible. Eran las 9 de la mañana.
– ¡Jajaja! Vaya pintas llevamos – dije riendo.
– Así van las putas callejeras – añadió Ruth – Lo he visto en películas.
– ¡Jajaja! – reí al ver cómo se torcía un pié por culpa de los larguísimos tacones.
– ¿Adónde vamos, perra? – preguntó Ruth – No conozco este barrio.
– Hay un parque cerca de aquí. Suele haber grupitos de chicos – expliqué – Los he visto de camino al cole.
– ¡Hostias, Pili! – exclamó – Teníamos que haber pillado en tu casa algo de beber y un poco de maría para hacernos unos canutos. Solo llevo tabaco – dijo encendiéndose un cigarrillo y dándome otro a mí.
– Sin pedírselo a mi padre, imposible – respondí poniéndome el cigarrillo en la boca – Guarda todo en una caja fuerte en su habitación. Normalmente él me da lo que quiere que consuma.
– ¿Y llevas dinero?
– 2 Euros – respondí.
– Con eso no pillamos ni un cartón de vino malo, ¡joder! – exclamó contrariada, mientras caminábamos por la calle y los taconazos tintineaban a cada paso sobre la acera.
– Cacho perra, quiero detalles de lo del caballo de ayer – le pedí, dando una calada a mi cigarrillo.
– Fue genial … tienes que probarlo … no veas qué cacho polla tenía el puto bicho … – dijo distraída mirando un supermercado en la acera de enfrente – … ¡Espérame en esa esquina! – me ordenó, señalando hacia el extremo opuesto de la calle.
Ruth cruzó la calle de forma apresurada mirando a un lado y a otro. ¿Qué se proponía? Entró en el supermercado, mientras me alejaba lentamente, como me había pedido, sin dejar de mirar hacia la tienda. Me detuve en la esquina y esperé sin parar de fumar, nerviosa por lo que suponía que mi amiga iba a hacer. No habrían pasado ni un par de minutos cuando Ruth salió del establecimiento. Llevaba una botella en las manos, tratando de ocultarla en su regazo para que nadie la viera. ¡Había robado la botella!
Apretó el paso, acelerando su huida, a pesar de la dificultad de caminar con aquel calzado de tacones infinitos. La miré. Sonreía con picardía mientras se alejaba del supermercado. Al llegar a la esquina, dobló con rapidez y echó a correr. Tiré el cigarro, casi consumido en su totalidad, y la seguí como buenamente pude.
– ¡Vamos, joder! – exclamó – Que no me han visto, los muy gilipollas …
– ¡Espera, hostias! Que casi no puedo correr con esto tacones …
Giramos por varias calles, zigzagueando para alejarnos de la tienda hasta que, cuando llegamos al parque, Ruth bajó el ritmo y buscó un cigarrillo en su bolsito. Me dio otro para mí.
– ¿Ves? – me dijo señalando la botella – En esta vida hay que coger lo que una quiere.
– ¡Jajaja!- reí – ¡Qué facil! ¡Vodka! – exclamé mirando la botella.
– ¡Venga!, Vamos a buscar un sitio para bebérnosla.
En el parque había unas pistas de baloncesto y, alrededor, varios bancos de madera. Solía haber grupitos de chicos pero aquel día no había nadie. Aún era demasiado temprano. Nos sentamos en un banco y Ruth abrió la botella. Le dio un primer lingotazo y me la pasó.
– ¡Joder! – exclamó Ruth – El mejor desayuno que hay: vodka y un cigarro.
– ¡Jajaja! Estás muy loca, Ruth – dije bebiendo un primer trago – ¿Me cuentas ahora lo del caballo de ayer?
– Sí, joder … lo que te decía: tiene una tranca increíble – explicó entre caladas y tragos – Me la metí en la boca, en el coño y en el culo, tía. ¡Qué pollón, Dios! Es como cuando nos follamos con el puño, pero mejor … porque tiene el capullo muy abierto y blandito … y va soltando líquido, ¿sabes?
– Joder, qué pasada – dije – ¡Quiero follarme uno!
– La puta de mi hermana se tragó toda la lefa del bicho y casi no me dejó ni probarla – explicó contrariada – Cuando soltó la polla parecía una manguera, ¿sabes tía? Bueno, ya veréis el vídeo …
Entre risas, cigarrillos y vodka nos fuimos emborrachando. No caímos en la cuenta de que una señora se acercaba hacia nosotras. Tiraba de un carrito de la compra y, cuando nos dimos cuenta, pasaba frente a nosotras. Se paró y se nos quedó mirando.
– ¡Menuda juventud! – dijo con cara de desprecio – ¿No deberíais estar en el colegio? ¿Cuántos años tenéis?
– ¡Y a tí que te importa, vieja de mierda! – le gritó Ruth, poniéndose en pie sobre el banco de madera – ¡Vete a tomar por culo, vieja asquerosa! ¡Seguro que no te has comido una polla en tu puta vida, vieja de los cojones! – prosiguió Ruth, totalmente enajenada.
La vieja nos miró con desdén y, sin mediar palabra, retomó su camino, alejándose poco a poco.
– ¡Puta vieja! – refunfuñó Ruth mientras daba un trago largo a la botella de vodka – ¿Por qué la gente se mete donde no les llaman?
– Déjalo, Ruth … ya se ha marchado. ¡Da igual! – traté de calmarla.
– Es que me jode cómo les gusta tocar los huevos – concluyó, sentándose de nuevo junto a mí – ¡Joder, … necesito algo más fuerte!
– ¿Un porro?
– O una raya.
– Pero no tenemos – dije – A mí también me apetece.
Seguimos fumando y bebiendo durante un rato, sentadas en el banco del parque. Ruth me hablaba de la tarde anterior y de la experiencia maravillosa con el caballo.
– ¡Qué pollón, tía! Es que no te lo imaginas … ¡qué gustazo meneársela y luego mamarla! Aunque era tan grande que casi no nos cabía en la boca ni a Sole ni a mí – narraba emocionada, dando caladas a su cigarrillo y empinando la botella de vodka para beber – Te juro que tuvimos que forzarnos la boca para meternos el capullo, tía. Es como un brazo de grande, pero más blandito … tiene un tacto increíble … y sabe muy bien – prosiguió.
– Joder, perra … ¡cómo me estás poniendo! – susurré imaginándome con la enorme polla de aquel caballo dentro de mí. Me mojé. El efecto del vodka estaba empezando a hacer efecto en mí. Habíamos bebido más de media botella.
Tiré mi cigarrillo al suelo, mientras Ruth seguía hablando del caballo y de cómo Sole y ella se lo habían montando con él la tarde anterior. Sentí un ligero mareo. Miré a Ruth, emocionada por haber realizado actos degenerados como si fueran lo más normal del mundo. Y la besé. Metí mi lengua en su boca y nos morreamos durante un par de minutos. La botella rodó y nos dejamos caer desde el banco hasta las frías baldosas del suelo del parque. Quería follar con Ruth. Deseaba lamer la boca que había chupado la polla de un caballo apenas medio día antes. Sobre el suelo, nos montamos un 69. Ella sobre mí. Subí su minifalda hasta sus caderas y separé sus nalgas para meter mi lengua en su culo. De inmediato, sentí cómo su aliento llegaba a mi entrepierna, lamiendo mi coño mojado de excitación.
Pasé mis manos por sus caderas para abrazarme a su trasero y poder follar su ojete con más facilidad. Sentí dos dedos en mi culo mientras lamía mi chochito adolescente.
– ¡Puta yonki de mierda, qué culo más rico tienes! – susurré lamiendo su ano.
– ¡Qué perra eres! – gimió ella, escupiéndome en el coño y metiendo su lengua dentro de mí.
– ¡Fóllame bien, puta! – exclamé al sentir cómo lamía circularmente mi chumino. Metí dos dedos en su culo, como ella estaba haciendo en ese momento, y lamí su raja.
Durante un rato seguimos enzarzadas en nuestro 69, lamiéndonos y follándonos con la lengua y con los dedos. A plena luz del día, en un parque por el que, por suerte, no pasaba nadie. Aunque poco nos importaba si alguien nos veía o no. Estábamos borrachas por el vodka y por el vicio que corría por nuestra naturaleza de putas adolescentes. La lascivia se habían apoderado de las dos. No percibíamos nada a nuestro alrededor. Yo solo veía su trasero y su conejito, para lamerlos y follarlos. En ese momento, el resto del mundo no existía.
La excitación era tal que me corrí, entre espasmos y gemidos. Mis piernas se aferraron al rostro de Ruth, apretándolo entre mis muslos, pero sin dejar de atender su culo con mi lengua y su coño con mis dedos. Me imaginé follando con el caballo aquel que contaba Ruth, a cuatro patas recibiendo aquella enorme verga en mi interior, gozando como una bestia infrahumana y mirando a una cámara que me grababa para luego subir el vídeo a internet. ¡Qué orgullo que todo el mundo me viera como la perra que soy! ¡Qué liberación no tener que fingir más en el colegio! ¡Qué felicidad debía ser poder gritar a los cuatro vientos lo puta que era!
Ruth también se corrió en mi cara. Noté las contracciones de sus caderas y sus muslos apretando mis mofletes, mientras penetraba su coño con mis dedos y lo follaba con energía. Lamí y tragué su flujo vaginal. Ella gemía y yo disfrutaba de hacerla gozar. Después de su orgasmo, metí un tercer dedo en su culo y metí mi lengua todo lo que pude en su coño. Ruth me lamía el clítoris con tres dedos en mi ojete.
– Te voy a meter el puño entero por el culo, hija de puta! – me susurró, esforzándose por deslizar un cuarto dedo en mi ano.
– ¡Y yo a tí, puta borracha! – exclamé sabiendo que su culo había albergado la polla de un caballo el día anterior y que si me lo proponía podría meterle el brazo hasta el codo. Ya lo había hecho unos días antes en su casa y después en mi presentación ante el Club.
De pronto, cuando ya tenía media mano dentro de su culo, sentí unas risas ajenas a nosotras dos. Saqué la mano del culo de Ruth y relajé mi cabeza sobre el suelo. Ante mi se apareció un grupo de personas desconocidas, que nos observaban a un metro de distancia. Reían mientras uno de ellos nos grababa con el móvil. No me di cuenta de la gravedad hasta que Ruth reaccionó. Con una maniobra ágil y rápida, deshizo la postura del 69 y se puso en pié.
– ¡Qué cojones miráis, panda de gilipollas! – exclamó furiosa, al tiempo que yo también me incorporaba y me colocaba la ropa – ¡Dame tu puto móvil! – le exigió al tipo que nos grababa.
Eran tres chicos y una chica, todos ellos de unos 16 o 17 años.
– ¡Jajajaja! – reían todos, haciendo aspavientos.
– ¡Vaya par de putas! – exclamó la chica, vestida con un chándal amplio, estilo oversize, y una gorra de béisbol – Nunca había visto nada igual.
– ¡Que me des el puto móvil! – exigió Ruth, muy violenta, abalanzándose sobre el chico que nos había grabado.
– Eh, ¿qué haces? – respondió el chico, empujando a Ruth e impidiendo que le arrebatase el teléfono.
– Si nos has grabado, ¡bórralo ahora mismo! – exigió Ruth.
– ¿Por qué? – dijo el chico, gesticulando con las manos – Estamos en la calle y puedo grabar lo que sea. Llama a la policía, si quieres …
– Mejor no, Ruth – aconsejé en voz baja a mi amiga. Las consecuencias de que la policía apareciese por allí podrían ser nefastas. Cualquier comprobación sobre nuestra edad, nuestro evidente estado de embriaguez, el hecho de no estar en clase, nuestra vestimenta, … podría traer problemas a nuestros padres.
– Vale … ¿que podemos hacer para que lo borres? – dijo Ruth
– ¡Jajaja! – rieron los tres chicos y la chica.
– Ya he visto lo que os gusta hacer y que se os da bien … – insinuó el del móvil.
– Sergio, ¡no me jodas! – exclamó la chica, visiblemente enfadada ante la insinuación.
– ¿Qué pasa, Vane? – dijo el chico en tono macarra – ¿Te vas a poner celosa?
– ¿Qué quieres que te hagamos? – preguntó Ruth, aprovechando el enfado de la chica ¿Quieres rollo? ¿Una paja? ¿Una mamada? – enumeró mirando de reojo a la chica, cada vez más enfurecida.
– No sé … no sé … – dijo el chico, vacilando – … este vídeo vale su peso en oro. En Internet se haría viral en minutos …
– Pide lo que quieras – respondió Ruth – Ya has visto lo guarras que somos …
– ¡No me jodas, Sergio! – exclamó la chica al ver cómo Sergio nos miraba de arriba a abajo, pensando qué pedir para borrar el vídeo – Me voy, ¿eh? – dijo en tono amenazante.
– ¡Pues vete ya de una puta vez, estrecha de mierda! – exclamó con desprecio y haciendo aspavientos con los brazos – Y vosotros, también. ¡A tomar por culo por todos de aquí! – les dijo a los otros dos chicos.
En ese momento, me di cuenta de que Sergio era el líder del grupito. Era más alto y fuerte que el resto y era evidente que llevaba la voz cantante. Vane debía ser su novia o su rollo de ese momento y los otros dos un par de pringados que le seguían a todas partes. Los chicos se miraron sin decir nada y se marcharon detrás de Vane, que ya caminaba alejándose de nosotras. Hasta ese momento no me había dado cuenta de que Sergio llevaba una bolsa de plástico en una de sus manos.
– Vamos detrás de esos arbustos! – ordenó, indicando una zona del parque con césped, árboles, arbustos y setos cuadrados, detrás de los cuales podríamos tener más privacidad.
Le seguimos, no sin antes recoger la botella de vodka que había rodado por el suelo varios metros y aún estaba a la mitad. Nos sentamos detrás de un seto rectangular, que impedía la visión de quienes pasasen por el parque.
– ¿Os gusta la birra? – preguntó Sergio, sacando de la bolsa de plástico varias latas de cerveza.
– Nos encanta – dijo Ruth cogiendo una. Sergio me dio otra lata a mí. Las abrimos y dimos unos tragos.
– ¿Cómo os llamáis? – preguntó.
– Yo Ruth y ella Pili.
– Es un placer conocer a chicas como vosotras … – dijo en tono galante – … deberiáis estar en clase, ¿no?
– Y tú – respondió Ruth de inmediato.
– ¡Jajajaa! Es cierto … – dijo Sergio – … pero aquí nos lo vamos a pasar mejor, ¿a qué sí?
Acto seguido, tomó por la cabeza a Ruth con una mano y se acercó a su rostro. La miró un segundo y la besó. No fue un beso romántico, sino uno apasionado. Pude ver sus lenguas húmedas jugando dentro de sus bocas y cómo se morreaban con lujuria. Después de medio minuto, Sergio hizo lo mismo conmigo. Dimos un trago a nuestras latas de cerveza y Ruth comenzó a acariciarle el paquete por encima del pantalón de chándal. Sergio estaba empalmado y decidí acompañar a Ruth en sus caricias, mientras nos morreábamos con él, alternándonos en su boca.
– Sois bastante putas, ¿sabéis? – dijo Sergio al sentir cómo le acariciábamos el paquete por encima del chándal.
– Lo sabemos – dijo Ruth con picardía metiendo la mano bajo el pantalón para trincarle la polla, mientras yo le metía la lengua en la boca.
Ruth le sacó la polla a Sergio y se la meneó, pude verlo de reojo mientras nos morreábamos. Noté cómo dio un pequeño respingo al sentir las manos de Ruth sobre su rabo.
– ¿Borrarás ahora el vídeo? – preguntó Ruth sin dejar de meneársela.
– Lo haré … luego … – dijo con evasivas – … ¡ahora no pares de pajearme!
– ¡No seguiré si no borras el vídeo! – exigió Ruth.
– ¡Joder, qué pesada! – exclamó Sergio de mala gana – ¡Me estás cortando el rollo!
– Bórralo ya y te la chupo – propuso Ruth. La miré sorprendida. Ella me devolvió la mirada, con gesto de culpabilidad.
Sabíamos de sobra que no podíamos follar con nadie que no fuese previamente autorizado por el Club. Si le chupaba la polla, estaría infringiendo gravemente las normas. Sergio tomó su móvil, lo desbloqueó y nos mostró cómo eliminaba el vídeo que había grabado de nosotras dos haciendo un 69 en plena calle.
– ¿Ya? – preguntó enfadado – ¿Ya estás contenta? – Ruth asintió – Ahora … ¡chupa!
Ruth se metió la polla de Sergio en la boca y comenzó a mamársela. Con una mano me atrajo hacia él nuevamente, para meterme la lengua en la boca. Esta vez buscó con su otra mano mis tetas por debajo de la blusa anudada. Alcanzó mis pechitos y los magreó, pellizcando mis pezones, duros como piedras por la excitación.
– ¡Esto es vida, joder! – exclamó Sergio, sacando la lengua de mi boca por un momento y sin dejar de sobarme las tetas. Resopló de placer – ¿Qué bien chupas, Ruth? Se ve que no es tu primera vez, ¿eh putita?
– He chupado muchas pollas – dijo Ruth, ofendida por la pregunta de Sergio – Más de las que imaginas.
– Ya veo … ya veo … – dijo volviendo a empujar la cabeza de Ruth sobre su polla – ¿Y tú, Pili? ¿Tú también has chupado muchas pollas?
– Yo … estooo … yo … sí, también. Algunas … – respondí, imaginando que lo siguiente sería pedirme que yo también se la mamase.
– Si quieres que Pili te la mame tendrás que darnos algo más que unas cervezas calientes – dijo Ruth desafiante – ¿Tienes maría?
– ¡Vaya con las niñatas! – exclamó Sergio, sorprendido – Le dais a todo, por lo que veo. Casualmente llevo un porrito ya preparado. Que me la chupe ella y nos lo fumamos después.
– ¡A verlo! – exigió Ruth.
– ¡Mira! – dijo de inmediato Sergio, sacando un porro liado del bolsillo de su sudadera. Se lo acercó a Ruth para que lo oliera y comprobase que se trataba de marihuana y no de simple tabaco liado. Ruth asintió con la cabeza.
– Pili, ¡chúpasela! – me ordenó.
Me acerqué a la polla de Sergio y noté cómo relucía tras la mamada de Ruth, que había dejado su saliva impregnada por todo el rabo. Estaba deseando chuparla. Y más aún, subirme a horcajadas sobre ella y cabalgar con su polla en mi coño o en mi culo, pero sabía que estaba incumpliendo una de la reglas básicas del Club. Apenas si había entrado en el mismo 48 horas antes y ya estaba desoyendo una de las normas más importantes. Me gustaba mamar pollas pero no desobedecer a mi padre y al Club.
Metí el capullo en mi boca y lamí circularmente antes de metérmela toda dentro. Mientras lo hacía, Ruth se dejaba sobar las tetas por Sergio. Pensé que el Club nunca se enteraría de aquello, que sería un secreto entre las dos, que incluso nos uniría aún más y que nunca nadie lo sabría. Con esa convicción, traté de disfrutar de la polla de Sergio en mi boca. Acaricié sus huevos para estimular su orgasmo y meneé la base del pene sin dejar de chupar el capullo. Podía escuchar cómo Ruth y Sergio se besaban mientras yo hacía la mamada.
– Tu amiga también la chupa de lujo – le dijo Sergio a Ruth mientras se besaban – Me va sacar la leche si sigue así.
Aceleré el ritmo de la mamada. Aunque estaba disfrutando, la culpabilidad me hacía sentir algo incómoda y, en el fondo, estaba deseando terminar y que todo aquello quedase en una simple anécdota sin mayor trascendencia. Sentí cómo la polla de Sergio convulsionaba entre mis labios y, por fin, estalló en mi boca. Ruth también lo notó, por le gesto de contracción de Sergio y la mueca de su cara. Se acercó a mí.
– Déjame algo, cabrona – me dijo – No me hagas como ayer Sole con el caballo.
En lugar de tragarme la lefa la dejé resbalar desde mi boca por la polla de Sergio para que Ruth la probase directamente. Me aparté, saboreando los restos de semen que tenía en mi lengua y dejé que Ruth terminase el trabajo. Mamó la polla embadurnada de lefa y la tragó poco a poco, sin parar de chupar para dejarla limpia y reluciente. Entre tanto, Sergio, recostado sobre el seto, se encendió el porro y le dio una primera calada. Después, me lo pasó a mí. Ruth le guardó la polla, ya ligeramente flácida, entre los pantalones y exigió con la mano una calada del porro.
– ¡Hostia puta, nenas! – exclamó Sergio – ¡Vaya par de guarras estáis hechas!
– ¡Déjame comprobar que has borrado el video de la papelera! – exigió Ruth dando una segunda calada al porro y pasándomelo a mí.
– ¡No seas pesada, coño! ¡Que ya está borrado! – exclamó enfadado mostrando el móvil a Ruth – Y vosotras dos, ¿qué pasa? ¿Que os vais montando sesenta y nueves por ahí en plena calle? Estáis un poco locas, ¿no?
– Ya ves – dijo Ruth encogiéndose de hombros – Oye, Sergio … tú seguro que conoces a gente que nos pueda conseguir maría … y otras cositas … ya sabes …
– ¿Coca, speed? – preguntó asombrado.
– Sí – dijo Ruth.
– Pero bueno … ¿vosotras cuántos años tenéis?
– Qué más te da … – dijo Ruth – Chupamos bien, ¿no?
– Sí.
– Pues otro día si nos consigues un poco de farlopa te podemos enseñar qué mas sabemos hacer … – insinuó Ruth.
– ¡Qué putas sois! – exclamó Sergio complacido por nuestra actitud de zorras descaradas y viciosas
El resto de la mañana la pasamos allí, con Sergio, bebiendo de la botella de vodka entre los tres y fumándonos el porro primero, y tabaco después. Las cervezas estaban tan calientes que las tiramos por allí. Sergio nos pidió nuestros móviles y nuestro instagram, sorprendiéndose de que dos chicas como nosotras no tuviésemos redes sociales. Finalmente, Ruth y yo le agendamos en nuestros móviles, pero no le dimos nuestros números.
Ya era más de la una cuando Sergio se marchó, explicando que tenía que ir a ayuda en la tienda de su padre después de clase. Nos despedimos por el buen rato que habíamos pasado y quedamos en llamarle.
– ¡Ni una palabra de esto a nadie! – exigí a Ruth.
– ¡Jajaja! – se rió, con picardía – Que sí, que sí … que ya lo sé, que las normas del club y todo ese rollo …
– No es un rollo, Ruth. Es algo serio – la regañé.
– Te prometo que es la primera vez que hago algo así, Pili – me aseguró Ruth – Solo he follado con los del Club y con quien me dice mi padre. Tampoco he tenido ocasión, la verdad.
– Estaba tan preocupada que no he disfrutado de la mamada – comenté.
– Pues la lefa estaba riquísima – dijo Ruth – Es que … ¿por qué tiene que estar tan buena la lefa? – se preguntó en voz alta – Así es normal que se quiera ir por ahí chupándosela a todo el mundo …
– ¡Jajaja! – me reí.
A esa hora mi padre solía estar en el bar o en alguna casa de apuestas, hasta que yo llegaba por la tarde de clase, para hacerle la mamada diaria de las cinco y media. A mediodía yo iba a casa a comer y me preparaba algo. Por eso, invité a Ruth a venirse conmigo.
– Yo a las tres tengo que estar en casa, que mi padre me tiene controlada la salida del insti – dijo Ruth.
-Perfecto, porque a la tres entro yo – expliqué, ya que mi colegio tenía horario partido y el insti de Ruth tenía horario continuado – Vente a casa conmigo, que mi padre no suele estar … comemos algo y si encuentro algo de farlopa en la habitación de mi padre, nos metemos una rayita, ¿vale? ¿Te parece buen plan?
– Me parece de puta madre, Pili – respondió Ruth encendiéndose un cigarrillo – Y si está tu padre, que nos eche un polvo, ¿no?
– ¡Jajaja! – reímos las dos por lo putas, borrachas y yonkis que erámos con tan solo 14 años.
– Al menos tenemos el número de Sergio por si alguna vez necesitamos pillar farlopa o maría – dijo Ruth, dando una calada a su cigarrillo.
– Sí – respondí – Y nos hemos fumado un porro por la cara.
– Por la cara no, que se la hemos tenido que chupar para que nos dejase fumar con él – recordó Ruth – La botella de vodka sí que ha sido por la cara – añadió Ruth.
– ¿Vas pedo? – pregunté
– ¡Ojalá! Hace falta mucho más que unos tragos de vodka para eso – dijo, presumiendo.
– ¡Jajaja! Puta borracha … – comenté, riendo – Yo cuando te he comido la boca iba un poco pedo – reconocí.
– Tía, se nos ha ido un poco la olla, ¿no? – dijo Ruth en tono reflexivo – Hemos podido liar una buena, si a este cabrón no le convencemos de borrar el vídeo, lo sube a algún lado … y nos reconocen … ¡joder, mi padre me mata a hostias!
– Es que me has puesto a mil contando todo eso de ayer con el caballo – expliqué – Me han entrado unas ganas de follarte que no veas …
– Para otra vez nos metemos en algún sitio para no dar el cante – dijo Ruth.
De pronto, cuando bordeábamos una esquina, riendo y fumando, un coche deportivo de color rojo se detuvo junto a nosotras. Nos quedamos paradas, sin saber qué hacer. Por un momento, me ilusioné con la idea de que alguien, al ver las pintas de putas callejeras que llevábamos, nos pidiera precio; aún a sabiendas de que la normas del Club nos impedían prostituirnos por nuestra cuenta. Sin embargo, el corazón me dio un vuelco cuando la ventanilla se bajó y pude ver el rostro de quien habíamos llamado su atención.
– ¿María del Pilar Ramírez Montoya?
Era mi tutora, profesora de Lengua y Literatura. Se quitó las gafas de sol y me escrutó con la mirada, observándome de arriba a abajo. De inmediato, tiré el cigarillo al suelo, nerviosa y sin saber qué decir.
– Ehhh … ahhh … ¡hola! – balbucí, pensando en cómo salir airosa de tan comprometida situación.
– ¿Qué haces aquí? La semana pasada faltaste a clase cuatro días. Tu padre me dijo por e-mail que estabas enferma – dijo con voz seria y mirando de reojo a Ruth que, como si no pasase nada, seguía fumando sin ningún rubor.
– Eh … sí … vengo del médico – fue lo que se me ocurrió decir – Mi amiga me ha acompañado. ¿Verdad, Ruth? – le pregunté, haciendo un gesto para que me siguiese el rollo.
– ¡Sí! – asintió moviendo la cabeza de arriba a abajo – ¡Venimos del médico!
– ¡Sube al coche, que te llevo a tu casa! – me ordenó – Quiero hablar con tus padres.
– No están en casa – me apresuré a decir.
– Tranquila, Pili – interrumpió Ruth – Yo me voy andando. Luego hablamos – se despidió, con una sonrisa pícara en la cara, alejándose y dando una nueva calada a su humeante cigarrillo.
La muy cabrona me había dejado tirada. Ella me había puesto en aquella situación porque fue quien me suplicó hacer pellas y salir por ahí a beber y colocarnos. Me senté junto a Mar. De inmediato, emprendió la marcha. No entendía de coches pero estaba claro que aquel vehículo era bueno. Asientos de cuero negro y una gran pantalla presidiendo el salpicadero.
– ¡Snifff, snifff! – olisqueó Mar – ¿A qué hueles?
– No sé … – dije encongiéndome de hombros.
– ¡Sniff! Hueles a … ¡porro! – exclamó – Además de tabaco, ¿también fumas marihuana?
– Noooo … ehh … ha sido mi amiga y se me habrá pegado el olor en la ropa – dije tratando de escurrir el bulto.
– ¿Y esa ropa? – dijo mirando cómo la minúscula faldita apenas si me cubría un palmo de los muslos.
– ¿Tus padres saben que fumas y que sales a la calle vestida así?
– Ehhhh … ehhh … sí, sí … lo saben – balbucí – Y fumar es la primera vez que lo pruebo y no me ha gustado nada.
– Pues parecía que fumabas con mucha soltura – respondió.
– No, de verdad … es la primera vez – mentí.
Continuará …
Twitter (X): CarolinaPuta @CarolinaP21112
E-mail: [email protected]


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