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Fetichismo, Gays, Sado Bondage Hombre

Sexo y violencia con el chico cabrón de 15 años del gimnasio

Encuentro con chaval cabronazo de 15 años. Se vuelve loco y me da de hostias mientras me folla..
Vivo en un barrio obrero de Madrid. Tengo 29 años y, aunque llevo yendo años al gimnasio, mi cuerpo no es el del típico cachas. Soy delgado y fibrado, con el músculo pegado al hueso, de esos que se marcan con cada movimiento pero que pasan desapercibidos bajo una sudadera ancha. Siempre he sido un chico silencioso, el típico chaval guapete, que prefiere estar en una esquina del gym con auriculares, en lugar de estar socializando o soltando gritos de la zona de pesas libres. Mi timidez no es falta de carácter, ni me hace ser menos masculino. Sólo es una barrera que me ha mantenido siempre un paso atrás, con pocas relaciones afectivas y sólo con encuentros sexuales usando apps de citas.

Acababa de llegar al barrio y me apunté al gimnasio que quedaba más próximo de mi casa. El gimnasio es bastante moderno, aunque  no deja de ser el típico sitio que huele a hierro viejo y sudor del de verdad. Sudor que a veces te da asco, pero que otras te pone cachondo al mezclarse con el chirrido de las máquinas y el eco constante de reggaetón a todo trapo.

A eso de las seis, el local se llena de chavales de 15 a 20 años con el degradado recién hecho, camisetas de tirantes y con shorts del equipo del barrio. Por lo general, me controlo y me limito a mirar de reojo sin saber bien donde dirigir la mirada. Hay que veces que los ojos se me van a los chavales de 15-16, que están aún en ese punto en el que están fibrados, no del todo cachas, pero le meten unas ganas que asustan. Me flipa verles mirándose al espejo cada dos segundos para verse el bíceps o levantarse la camiseta para lucir abdominales. Luego están los de 19 o 20, que ya tienen espaldas como armarios empotrados, y que no dejan de tontear con las chicas de su edad que también van al gimnasio. Con esa pinta de cabrones, seguro ya se han follado a medio barrio.

 

J. es otro nivel. Mientras sus colegas todavía tienen esa cara de críos que no han roto un plato, él ya camina como si fuera el dueño del gym. Tiene 15 años, pero está bastante tocho. Buenos biceps y unas piernas y culo que le suelen dejar bastante apretado el short, por lo que tiene que estar acomodándose la polla cada tres por dos. Viste siempre con una camiseta de tirantes que le queda ajustada, dejando ver unos hombros redondeados y una actitud de chuloputas. Lleva el degradado al cero, que le queda de lujo a esa cara de cabrón que pone todo el rato, y una cadena de plata que le brilla en el cuello. Sus amigos le siguen como sombras, riéndole las gracias y mientras chocan las manos y se llaman bro. «Bro, dame esto» o «Bro, mira que culo tiene esta». Se nota que es el más masculino del grupo; no se anda con tonterías de TikTok ni bailecitos, él está ahí para ponerse tocho, y que todo el barrio lo sepa.

Siempre suelo mantenerme al margen, pasar desapercibido. Siempre voy con sudadera con capucha, intento ser un fantasma que de vez en cuando se deleita mirando a los chavales del gym para luego pajearme en casa. Así, todo va normal. Soy el fantasma de siempre hasta que J. me pilla mirándole en una de estas en que se está tocando la polla por encima del short. Yo estoy en el banco de al lado, recuperando el aliento, y aunque me haya dado cuenta de me ha pillado mirando, no puedo dejar de mirarle. J. entonces deja caer la mancuerna al suelo con un golpe seco que hace retumbar el suelo de goma y se queda quieto, con su mano aún sobando levemente la polla. Entonces suelta una risita seca, poniendo su mejor cara de cabrón, y le da un codazo al colega que tiene al lado sin dejar de clavarme los ojos.

—¿Qué pasa? ¿Te mola mi polla?  ¡Vaya tela con los maricones, cada día hay más sueltos por aquí!.
Sus colegas rompen a reír, mientras J. se da la vuelta dándome la espalda.

Después de aquel corte delante de todo el mundo, el gimnasio se convirtió en un campo de minas para mí y estuve un tiempo sin ir. Cuando regresé, intentaba entrenar a horas muertas en las que el gym está casi vacío. Ajustaba la capulla, y bajaba la mirada. Me concentraba en cualquier máquina de la esquina, rezando para que J. no apareciera.

Odiaba a J. y me odiaba a mí. Odiaba tener esa sensación de vergüenza, odiaba su chulería y su desprecio, y sin embargo, su imagen no se me iba de la cabeza cuando bajaba la guardia y mi mente se quedaba en blanco. Entonces, pensaba en J. y en cómo se le marcaban los hombros en esa camiseta de tirantes, en cómo se sobaba la polla sobre sus shorts, en esa cara de cabrón…

Así, entre las sombras de mi habitación, terminaba pajeándome pensando en él, en ese aire de superioridad y en esa masculinidad agresiva que me había humillado pese a tener 15 años. Me sentía sucio, un traidor a mí mismo, deseando aquello que me despreciaba con tanto asco. Era un círculo vicioso: el miedo en el gym y el deseo culpable en mi cama, sabiendo que para J. yo no era más que era un marica más del gym.

Con el tiempo, J. se había convertido en un pensamiento recurrente que me ponía mazo caliente. Al pensar en él me ponía tan cachondo que muchas noches abría la app de citas para dejarme follar por cualquier niñato que encontrara de veintitantos que medio me recordara a él. Pese a tener 29, aparento menos, y nunca me ha costado encontrar una polla cuando la he necesitado, pero algo estaba cambiando en mí. Cada vez necesitaba menos para calentarme y la secuencia «pensar en J./abrir la app de citas» se había convertido en una costumbre que hacía al menos una vez a la semana, especialmente en fines de semana si antes había salido y bebido. Eso es justo lo que ocurrió aquel sábado.

He bebido y fumado, y nada más llegar a casa pienso en J. y en lo mucho que me gustaría tenerle delante, con esa cara de malo, sobándose el rabo. Ando mazo cachondo. La boca se me hace literalmente agua por una buena polla de niñato que pueda llevarme a la garganta. Entonces abro la app de citas y voy deslizando caras sin nombre hasta que un perfil sin foto, a solo 50 metros, me llama la atención. «J. Niñato pollón», dice la descripción, junto a su edad ficticia: 18. Clico en su perfil y le escribo con los dedos temblando: «Ando mazo mamón. Soy mazo discreto con sitio». Al pedirle foto, el corazón me da un vuelco que casi me tira del sofá: es él. J. Sin camiseta, frente al espejo del gym. Su siguiente mensaje es: «Pásame ubicación y voy».

En los diez minutos que tarda J. en llegar, recojo el piso y preparo el bote de popper que uso a veces. Además de ayudarme en las penetraciones, me pone a mil cuando estoy chupando una polla. El timbre retumba en el pasillo. Cuando abro, un olor a alcohol, creo que es ron, y tabaco me golpea la cara. J. entra en mi piso con la sudadera entreabierta y el pelo algo alborotado. No se mantiene firme; el alcohol le hace balancearse ligeramente, pero poco importa. Sigue teniendo esa cara de cabrón, e incluso noto algo distinto que, sin poder explicarlo, me pone aún más cachondo: una mirada de violencia que nunca le he visto en el gimnasio.
Me recorre de arriba abajo con esos ojos cargados de violencia mezclada con borrachera, forzando una sonrisa torcida que mezcla el deseo con el mismo asco de siempre. Da un paso hacia mí, invadiendo mi espacio personal con esa chulería que me hace sentir tan inferior a él.

—Hola, marica —suelta arrastrando las palabras con un deje madrileño y masculino que me pone a mil—. Al final has tenido suerte, ¿no? —dice mientras se soba el rabo por encima de los vaqueros.

Yo no sé qué decir, ando como fuera de mí. Si pudiera verme desde fuera, diría que estoy mordiéndome los labios y salivando. Quiero ponerme de rodillas, él lo nota, pero soy incapaz de reaccionar. Es entonces cuando J. toma la iniciativa, me agarra del hombro y me obliga a hincar las rodillas sobre la alfombra del salón. Él se desabrocha el pantalón vaquero con una calma insultante, manteniéndome la mirada con un desprecio que me hace sentir minúsculo.

—Venga, maricona, no me hagas esperar —ordena, agarrándome del pelo para forzarme a acercarme—. ¿No andabas mamona?

Me pongo de rodillas. J. suelta un bufido impaciente y, con un movimiento brusco y violento, se quita la camiseta de un tirón, dejando a la vista su torso pálido y fibrado bajo la luz del salón. Me agarra la mano derecha con fuerza y me obliga a recorrer sus pectorales duros y sus abdominales marcados, mientras sus ojos verdes me clavan una mirada de superioridad absoluta.
Me mira desde arriba, disfrutando de mi parálisis y de cómo mis ojos recorren su cuerpo mientras sigo de rodillas. Con una mano pesada y callosa, me agarra la muñeca derecha.

—¿Ves esto? —gruñe, obligándome a estampar la palma de mi mano contra su pecho—. Toca, maricona.

Con su mano apretando la mía, me obliga a recorrer la curvatura de sus pectorales, que suben y bajan con una respiración agitada por la borrachera. Luego, baja mi mano con violencia hacia su abdomen, guiándola por sus abdominales marcados y duros como piedras. Sentir el calor de su piel contra mi mano fría me hace temblar; es una mezcla de terror y una excitación que me quema y me hace sentir como una perra.

Al empezar la mamada, su polla está morcillona, pero aún no está dura. Tiene el mismo tono pálido que su abdomen; es bastante gruesa pese a no estar rígida y su capullo es rosado. Mientras empiezo a metérmela en la boca, J. no se queda quieto; sus manos se hunden en mi cabello. Primero me acaricia la cabeza sin hacer mucha fuerza mientras yo voy y vengo. Noto cómo su polla, poco a poco, se hace más y más grande, hasta que casi me cuesta respirar. Al sacarla y lamerle el capullo, me regodeo lamiendo todo su glande, poniendo especial cariño en la uretra.

—Así, maricona. Sigue —me dice mientras empieza a aplicar más fuerza en sus caricias hasta que me sujeta la cabeza con firmeza. Expectante, empiezo a mirar sus pectorales desde mi perspectiva mientras se los acaricio. Donde van mis manos, va mi mirada. No quiero perderme ni un segundo. Veo cómo le acaricio los antebrazos y después sus bíceps hasta volver de nuevo a sus pectorales. Es en ese punto cuando empieza a follarme la boca. Parece un animal, una bestia que lleva tiempo queriendo follarse a su hembra.

En mitad de la escena, con las manos de J. hundiéndose en mi pelo y marcando un ritmo bruto, siento que la presión me supera. Necesito respirar. Me aparto un segundo, recuperando el aliento entrecortado, y alargo la mano para coger el bote de popper.
Me pego un chute mirando hacia la cara de J. Al verme, se queda congelado, con la respiración agitada y los abdominales todavía en tensión. Me mira con una mezcla de confusión. Una cara mitad niño, mitad chaval cabrón que no se fía de lo que no conoce. Sus ojos de borracho se clavan en el frasco mientras yo destapo el tapón e inhalo de nuevo.

—¿Qué coño haces? ¿Qué es esa mierda? —suelta con su voz de chuloputas, frunciendo el ceño y dándome un empujón suave pero firme en el hombro—. ¿Te vas a meter algo ahora, maricona? ¿Qué es, droga de esa rara de maricones?

Ando tan cachondo que no soy capaz de contestar. Tengo su polla dura delante, puedo olerla y acariciar su capullo con la punta de la lengua. Me acerco el bote a la nariz de nuevo e inhalo profundamente el vapor químico. Siento el golpe de calor instantáneo, los latidos del corazón martilleando en mis sienes y esa dilatación que me hace tener ganas de meterme por el culo y por la boca todas las pollas del planeta. J. me mira alucinado, viendo cómo mis pupilas se dilatan y cómo me pongo a jadear como una puta pidiéndole más polla sin tener que hablar.

—Dime qué es eso o te juro que te vas a enterar —me dice mientras me da una hostia. En una situación normal me hubiera revuelto, pero eso me hace el doble de puta de lo que ya estoy. Al acercarme para que me dé más polla, me coge del cuello y vuelve a preguntar qué es. Yo no puedo decir una sola palabra. Soy todo una boca mamando un pollón de macarra. Soy una perra, una puta. Su puta.

J. me arrebata el bote de las manos con un zarpazo, se lo lleva a la nariz y pega una inhalación tan bestia que hasta a mí me pone más cachondo.

—¿Esto es lo que te pone tan puta, maricona? —me dice mientras vuelvo a mamar su polla aprovechando que tiene las manos ocupadas y ha dejado de agarrarme el cuello.

Al segundo, veo cómo le pega el subidón. Se le dilatan las pupilas hasta volverse dos pozos negros y sus abdominales se ponen aún más tensos. Se queda petrificado, con la boca entreabierta y el bote aún pegado a la cara, mientras el calor le sube por el cuello. El alcohol y el popper se mezclan en su cabeza de 15 años y, de repente, cualquier control que yo pudiera tener se evapora.

—Joder… ¡Joder! —balbucea, perdiendo el equilibrio y apoyando la mano con fuerza en mi hombro—. Se me va… se me va todo, tú.

Se vuelve loco. Empieza a respirar con la lengua fuera y la mirada perdida, con una sonrisa desencajada de puro descontrol animal y violencia. Me agarra del pelo con una fuerza desmedida porque necesita agarrarse a algo real mientras su mundo da vueltas. Entonces pasa algo raro: por un segundo la coraza de chulo se agrieta y veo deseo puro. J. se tambalea, me agarra de la nuca y se agacha hasta estampar sus labios contra los míos. Es un beso superhúmedo, cargado de saliva y ron, una invasión total. Por un instante, la barrera entre el odio y la necesidad se borra.

Un tercer chute al popper, más largo y bruto, rompe el espejismo. Con los ojos inyectados en sangre y la respiración de un animal en celo, se vuelve completamente loco. Su cara se transforma; la suavidad desaparece para dar paso a la cara de cabrón de ese niñato.

—¡Te voy a reventar a hostias, marica! —ruge, dándome un empujón que me manda directo al suelo. Se pone violento, fuera de sí. Con la cara roja y las venas del cuello marcadas, sus abdominales se tensan como si fuera a estallar. Está poseído, convertido en un depredador que no distingue placer de agresión. Todo se vuelve borroso. No sé si va a matarme, follarme o besarme. Empieza a desvestirse del todo, desprendiéndose torpemente de las deportivas y los pantalones. Ya completamente desnudo y empalmado, empieza a gritarme «maricona» mientras me acorrala, me coge la cabeza, me pega hostias con la mano abierta y me escupe. No recuerdo cuánto tiempo está pegándome. Solo sé que, de repente, todo se funde en negro.
ç…..
—Despierta, maricona.

Al escuchar su voz, despierto de golpe, con las sienes martilleando y el sabor metálico del miedo y la sangre en la garganta. No estoy en el suelo del salón; estoy en mi cama. No sé cómo he llegado allí, pero estoy en mi cama, entre mis sábanas, y el peso que siento encima me corta la respiración.

J. está sobre mí, con su enorme polla dentro de mi garganta. Ya no hay rastro del chaval que dudaba o que besaba con humedad; ahora es una bestia de 15 años desatada por el químico y el ron. Tiene la mirada perdida, fija en el techo, y se mueve con una furia mecánica, rítmica, animal. Siento su mano pesada apretándome el cuello, obligándome a mantener la boca abierta mientras saca y mete la polla hasta la garganta. No hay ningún límite, estoy inerte y no opongo ningún de resistencia.

—Despierta, maricona, me dice de nuevo aunque suena más al gruñido de alguien que intenta encajar su polla en una garganta. Gruñe sin mirarme, con un tono que asusta, pero me vuelve a poner a mil. No te vas a librar tan fácil, dice de nuevo. Me has metido esa mierda en la cabeza y ahora vas a aguantar hasta que yo diga.

Sus abdominales rozan mi pecho con cada embestida, empapados en un sudor frío que se pega a mi piel. Por mucho que quiera razonar en ese momento, y por mucho que intuya que tengo la cara llena de moratones por sus hostias, mi cuerpo no atiende a razones y se pone a sobarle el culo mientras me folla la boca. No sabría explicarlo, mi cerebro quiere decir basta, pero mis manos se aferran a ese cabrón de 15 años que me acaba de dar de hostias y que ahora me folla sin piedad la boca. Mi cerebro quiere parar, pero mi cuerpo pide más y yo le empujo y me aferro a su culo. Lo sobo, lo aprieto, acaricio sus piernas y vuelvo a su culo para apretarlo aún más a mi boca.

Estoy tratando de decirle dame más polla, y J. capta al vuelo mis ganas.  Siente mis manos apretando su culo y suelta una risita ronca, acompañado de un «Joder, qué zorra la maricona», cargada de una malicia que me hace vibrar hasta los huesos. Se detiene un segundo, solo para mirarme desde arriba con esos ojos y meterse otro chute de popper.

 

—¿Eso es lo que quieres, eh? ¿Que te dé más caña? —gruñe, mientras yo le aprieto aún más el culo para decirle que sí—. Prepárate, maricona, que ahora te vas a enterar de lo que es un macho de verdad dándote lo suyo.

Cuando parecía que no había espacio para más más intensidad, J. se transforma en una puta bestia y me empieza a folla la boca con el doble de fuerza. Cada golpe de sus caderas contra mi cara es como un martillazo; sus abdominales empapados en sudor golpean mi pecho y el olor a sexo y químico inunda toda la habitación. Su polla parece incluso más grande y dura, como si durante el tiempo que habíamos estado allí hubiera crecido.

—¿Comes culo?—me preguntó aunque al momento se dio cuenta de que iba a hacer cualquier cosa que él quisiera— Te lo vas a comer enterito, maricona.

Sentí la presión de su cuerpo bajando, obligándome a quedar en una postura humillante mientras él se posicionaba. Me agarró del pelo para que no pudiera moverme y noté el contacto directo con su ano.
…

¡Limpia bien!, maricona.

Empecé el rimming bajo su mando, su mano apretaba a mi cabeza mientras con las manos tocaba la dureza de sus glúteos mientras colocaba mi boca, mi cara, entre ellos. J. se movía con una chulería animal, y cada vez que yo intentaba coger aire, él apretaba más. Era su juguete. Era su puta y mientras lamía su ano como una perra, escuché cómo se pegaba un nuevo chutazo de popper.

Notaba como se retorcía cada vez que acariciaba su culo con mi lengua y eso me ponía a mil, y me hacía hacerlo con más intensidad. —¡Qué locura, joder!, susurró con la voz totalmente rota. Entonces se volteó hacía mi y vi su que su cara estaba poseída, de nuevo, por una furia animal que ya no tenía nada de humana. Era una cara ya familiar y sabía que tenía que atenerme, sin ofrecer ningún tipo de resistencia, a la violencia de aquel cabrón de 15 años. Fue entonces cuando toda la fuerza de un adolescente, con una máscara de odio y placer desfigurado por el subidón, se vino sobre mí como un huracán. Un torbellino de golpes culminado por un último derechazo.

El golpe me pilla de lleno en la mandíbula. Siento un crujido sordo y un destello blanco me nubla la vista al instante. Mi cuerpo fibrado se desploma sobre el colchón como un saco de arena, sin resistencia. Lo último que escucho, antes de que el mundo se vuelva negro de negro, es su respiración agitada y su risa de chulo de barrio retumbando en mis oídos:
—Vamos a follar a la perra.
….

Despierto envuelto en una niebla espesa, con la mandíbula doliéndome como si me hubiera pasado un camión por encima. No sé si han pasado diez minutos o dos horas; el tiempo en esta habitación ha dejado de existir. Lo único real es que J. me está sobré mí empotrándome como si no hubiera un mañana.

De nuevo, otro chute de popper, con la mirada yo le pido y él me pone el frasco abierto en uno de los agujeros de la nariz. Siento dolor en todo el cuerpo, noto que mi cara me quema, pero quiero más. En medio de nuestro delirio de popper, J. me tiene la cara agarrada con las dos manos, obligándome a sostenerle una mirada perdida, vidriosa, volviendo de nuevo a la excitación del que sabe que todo puede ocurrir. Así, espero otra hostia, pero se repente, se inclina y me devora en un beso salvaje, cargado de saliva y un deseo que ya no sabe esconder. Tengo los labios hinchados, los debo tener sangrando porque veo sangre en la boca de J., pero a él ya nada parece importarle y sigue besándome. Besos, por momentos me escupe y por momentos echa saliva en mi boca, y la acompaña con la lengua, mientras me dice cosas como «eso es maricona», o «toma rabo, maricona».

—Mírame, maricona, me susurra. Mírame. Eres mía, ¿te enteras?

Sus embestidas se vuelven frenéticas. Saca casi todo el rabo para volver a meterlo dentro, hasta el fondo. Así, una y otra vez, me empotra sin piedad. Yo, con mis 29 años, aprieto mis manos contra los glúteos duros de ese chaval de 15  años, pidiendo más, aceptando mi rendición total. Así hasta que J. suelta un rugido animal.

El calor de su leche dentro de mí me inunda, una sensación líquida y ardiente que nunca he sentido antes. Es la primera vez que alguien se corre dentro de mí. J. se desploma, dejando caer todo su peso muerto, con la cara enterrada en el hueco de mi cuello y respirando como si estuviera teniendo un infarto. Él tiembla y yo tiemblo. No puedo explicarlo, pero nunca me he sentido así. Me duele todo; J. me ha hecho mucho daño y ha traspasado cualquier barrera que pudiera haber marcado. Pero estamos así juntos, sudando, con sangre en mi cuerpo, temblando, con su lefa caliente en mi interior.

J. sigue temblando. Ya no es el chuloputas del gym ni el animal violento del popper; ahora es solo un cuerpo joven, agotado y vulnerable que se aferra a mí. Por un momento, J. es consciente de que es un chaval de 15 años abrazado a un hombre de 29 y que aquello le gusta. Es el sitio en el que queremos estar en este momento.

Sin saber del todo cómo va a reaccionar, le acaricio la espalda con mis manos hasta llegar a su pelo, para luego bajar de nuevo a su culo. Subiendo otra vez, acariciando su marcada columna vertebral, nos quedamos abrazados. Jota empieza a temblar más fuerte; no sé si se siente incómodo, por lo que muevo mis brazos para desengancharnos.

—»No te sueltes…», susurra J. casi inaudible.

6 Lecturas/2 abril, 2026/0 Comentarios/por kopek17
Etiquetas: amigos, culo, follar, joven, leche, mamada, puta, sexo
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