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Fetichismo, Heterosexual, Incestos en Familia

Todo comenzó Sin un Beso

La niña vio un beso en la tele y quiso uno igual. Lo que encontró fue otra cosa..

Todo empezó con una tonta telenovela.

Lara estaba sentada en el suelo, con las piernas abiertas, la barbilla apoyada en las manos, esa postura de concentración absoluta que ponía cuando algo la fascinaba. En la tele, una señora con el labio brillante y un señor con camisa desabrochada se miraban fijo, fijo, como si fueran a pelearse, pero no. De repente, el señor agarró a la señora de la cara y le da un beso apasionado en la boca. Y se quedaron así. Un montón de tiempo. Moviendo las cabezas. Con los ojos cerrados. Se veían las lenguas que entraban, se chocaban y salían. La señora hizo un sonido, un gemido bajito que a Lara le pareció el mismo que a veces escuchaba detrás de la puerta de sus padres por las noches.

Lara arrugó la nariz.

—¿Qué hacen? —preguntó en voz alta, aunque no había nadie para responderle.

La señora de la tele abrió los ojos como si hubiera visto un fantasma, y el señor le sonrió con una cara de tonto que a Lara le pareció muy graciosa. Pero también había algo más. Algo en la forma en que él le tocaba la cara, en cómo ella se derretía, en ese sonido… le hizo cosquillas en la panza.

—Qué raro —murmuró, y cambió de canal.

Pero la imagen se le quedó. Como una semillita. Y también el sonido. Ese gemido.

Al día siguiente, mientras desayunaban, Lara miró a sus padres. Miguel masticaba su tostada con la boca abierta (cosa que a Lara le encantaba porque podía ver cómo la comida se convertía en papilla). Elena sorbía su té con esa elegancia que solo las mamás tienen. Y Lara pensó: ellos también se besan así.

En su casa había muchos besos: ella recibía besos en la frente, besos en la mejilla, besos en la panza, besos en el hombro, besos en la cola (esos le hacían mucha cosquilla, sobre todo cuando papá los daba con la barba sin afeitar). Pero besos en la boca… no. Nunca.

—Mami —dijo Lara con la boca llena de panqueque—. ¿Quiero que ustedes se besan como en la tele?

Elena levantó una ceja.

—Así —dijo Lara, y juntó sus labios haciendo un ruido exagerado—. Con la boca abierta. Moviendo la cabeza. Como si estuvieran peleando pero contentos. Y haciendo ruido.

Miguel se atragantó con el café. El líquido le salió por la nariz y tosió durante diez segundos mientras Lara lo miraba.

Elena sonrió, esa sonrisa suya de cronista que todo lo anota, pero por dentro algo se tensó.

—Esos son besos de enamorados, mi amor.

—Si, dale… bésense, por faaa… — Lara insistió, y sus ojos brillaban con esa luz de exploradora que tanto preocupaba a veces.

Elena se levanta de su silla, se acerca a su marido y se dan un beso de enamorados frente a sus hijos que sonreían.

—¿Conforme, muchachita?

—Siii!— dijo la niña y siguió desayunando.

—

A la tarde, el Edén hervía. El sol caía a plomo sobre el porche y el único ser con energía suficiente para moverse era Lara. Miguel estaba recostado en el sillón de mimbre, desnudo como siempre, con el periódico en las manos y esa expresión de paz que solo tenía cuando no había crisis existenciales en curso. El pene le descansaba sobre el muslo, medio dormido, pero no del todo: con el calor, con la brisa, con la vida, siempre había un latido, una pequeña vida autónoma que se movía sin permiso.

Lara apareció por detrás del sillón. Se asomó por encima del hombro de su padre. Vio cómo el periódico subía y bajaba con su respiración. Vio el vello grisáceo de su pecho, brillante de sudor. Vio, más abajo, esa oruga que a veces se estiraba y a veces se encogía, siempre cambiando, siempre viva.

—Papá.

—Mmm.

—¿Me das un beso?

—Claro —dijo Miguel sin dejar de leer, y giró la mejilla.

Pero Lara no quería esa mejilla. Quería la boca. Como en la tele.

Con una agilidad felina, se trepó al sillón y se montó sobre el regazo de su padre. Sus nalgas pequeñas y redondas presionaron contra esa oruga que, ante el peso y la fricción, empezó a desperezarse con la puntualidad de siempre. Lara sintió cómo algo crecía bajo ella, cómo se endurecía, cómo se acomodaba entre sus piernas como si la saludara. Pero Lara no estaba interesada en eso, era otra su misión.

Agarró la cara de Miguel con las dos manos —sus manitas apenas le cubrían las mejillas— y lo obligó a mirarla.

—No así —dijo—. Así.

Y juntó sus labios con los de él.

Miguel se paralizó. Sintió esa boquita pequeña y húmeda presionando la suya, y por un instante, solo un instante, su cerebro dejó de funcionar. Pero luego vino el siguiente movimiento de Lara: imitando a la señora de la tele, intentó abrir la boca y meter la lengua.

Fue un desastre. Chocaron narices. Lara resbaló. Su frente se estrelló contra el mentón de Miguel. Y la oruga, que ya estaba completamente despierta y en posición —una verga adulta, gruesa, con la cabeza asomando entre el prepucio— recibió el impacto de todo el peso de la niña rebotando. La fricción fue brutal. El pene de Miguel, prisionero entre el cuerpo de su hija y su propio vientre, se estremeció, dejando escapar una gota de líquido transparente que se pegó a la piel de Lara.

—¡Ay! —dijo Lara, frotándose la nariz.

—¡Ay! —dijo Miguel, frotándose otra cosa, sintiendo esa humedad inconfundible, esa respuesta que su cuerpo no podía controlar.

—¿Por qué no sale como en la tele? —protestó ella—. En la tele sale fácil. La señora abría la boca y todo. ¿Vos no querés abrir la boca?

Miguel la apartó suavemente, con una mezcla de alivio y pánico. La vio ahí, con su cuerpecito sudado, con esa gota de líquido preseminal en la nalga, completamente ajena, completamente inocente.

—Lara, esos besos no se dan así. Se dan cuando uno es grande y está de acuerdo y…

—Pero yo estoy de acuerdo —lo interrumpió ella, con una lógica aplastante—. Y vos también, ¿no? —Y señaló su pene, que seguía erecto, testarudo, negándose a entender que la función había terminado.

Miguel abrió la boca. La cerró. La volvió a abrir. No encontró ninguna frase que no fuera un pozo sin fondo.

—Hablamos después —dijo al final, y escapó hacia la cocina con el periódico doblado estratégicamente sobre la entrepierna.

Lara se quedó en el sillón, ofendida. Pero también intrigada. Había visto algo. Había sentido algo. Ese líquido caliente en su piel. Esa forma en que papá se había puesto duro cuando ella se sentó. ¿Era eso parte del beso? ¿O era otra cosa?

Su primer beso de telenovela había sido un fracaso total.

—

A la mañana siguiente, mientras se duchaban juntos (costumbre del Edén para ahorrar agua, decía Elena), Lara vio su oportunidad.

El baño estaba lleno de vapor. El agua caliente golpeaba los azulejos y corría por los cuerpos. Leo estaba de espaldas, enjuagándose el cabello. Tenía los ojos cerrados, llenos de espuma, y el agua le corría por la espalda, marcando los músculos que habían empezado a aparecerle en los últimos meses, esa V que bajaba hasta la cintura y luego se perdía en la curva de sus nalgas. Su pene, como siempre a esa hora, estaba semierecto, moviéndose con el vaivén del agua, golpeando suavemente contra su muslo con cada movimiento. A veces, cuando el agua caliente daba justo, se ponía completamente duro, una torre de carne que Lara había visto muchas veces pero que ahora, después del beso fallido, le parecía indiferente.

Lara advirtió que la espuma en los ojos de Leo era una ventaja.

Se acercó sigilosamente. El agua le resbalaba por el cuerpecito, entrándole entre las nalgas, mojándole ese «agujerito» que a veces, cuando se agachaba, dejaba ver.

—Leo, bajá que te digo algo.

Leo se agachó como para escuchar y ella se puso de puntillas. Y cuando estuvo lo suficientemente cerca, agarró la cara de su hermano y plantó sus labios directamente en los de él.

Pero esta vez, Lara había planeado mejor. No solo juntó los labios: abrió la boca. Buscó la lengua de él con la suya. Y mientras lo hacía, su cuerpo se apretó contra el de Leo.

Leo pegó un salto que casi los estrella a ambos contra la pared de azulejos.

—¡¿Qué hacés?! —gritó, frotándose los ojos cegado por la espuma, totalmente desorientado, mientras sentía el calor del cuerpo de su hermana contra el suyo, mientras sentía cómo su propia erección, traicionera, se exponía frente a la pequeña.

—¡Un beso de la tele! —anunció Lara, triunfante—. Pero no funcionó. Otra vez chocamos. Aunque sentí tu coso. Estaba durísimo. Me apretó la panza.

Leo se enjuagó la cara a toda velocidad, abrió los ojos y miró a su hermana con una expresión que iba del terror a la confusión, pasando por todas las estaciones intermedias. El agua seguía cayendo. Su pene, erguido y acusador, señalaba directamente a Lara.

—Lara, no… no se hacen esas cosas.

—¿Por qué no? —preguntó ella, con esa cantinela que ya empezaba a ser su marca registrada, mientras su mirada bajaba y se fijaba en esa verga que no cedía—. En la tele lo hacen todo el tiempo. La señora y el señor se querían y por eso se besaban. Yo también los quiero a ustedes. ¿No me quieren ustedes a mí?

Leo tragó saliva. El agua caliente seguía cayendo. Su pene, ajeno a la complejidad del momento, seguía en su estado de alerta, e incluso dio un latido, un pequeño salto que Lara vio perfectamente.

—Sí, te queremos, pero… no es lo mismo. Los besos de la tele son de otra clase de amor.

—¿Qué clase?

—De… de cuando dos personas grandes se gustan mucho y quieren estar juntas.

—Pero yo quiero estar con vos —dijo Lara, y lo abrazó con todas sus fuerzas, apretando su mejilla contra el pecho de él, sintiendo el agua que corría entre los dos, sintiendo ese pene duro presionando su panza—. ¿Ves? Te gusta. Por eso te ponés así. A papá también le pasa. ¿Por qué si les gusta no me dejan?

Leo no supo qué responder. El agua seguía cayendo. La espuma se deslizaba por su espalda. Y él, el dios adolescente se encontró por primera vez deseando tener una pared, una puerta, algo. Porque lo peor no era que Lara preguntara. Lo peor era que tenía razón. Su cuerpo respondía. Y ella lo veía. Y ella no entendía por qué esa respuesta no venía con un beso.

—Preguntale a mamá —dijo al final, y fue lo más sensato que había dicho en meses.

Esa noche, después de la cena, Elena estaba en su habitación. La casa estaba en silencio. Miguel leía en el salón. Leo se había encerrado en su cuarto con los auriculares puestos. Y Lara…

Lara apareció en la puerta. Con el pelo todavía húmedo de la ducha y los ojos brillantes de esa energía que nunca se agotaba. Se quedó ahí, apoyada en el marco, con esa pose que tenía cuando quería decir algo importante.

—Mami.

Elena sonrió. Le encantaba cuando Lara la visitaba de noche.

—Pasa, mi amor.

Lara caminó hasta la cama y se sentó frente a su madre, con las piernas cruzadas, en esa postura de «reunión de negocios» que tanto le gustaba. Se tomó un segundo, como ordenando sus pensamientos, y luego soltó:

—Hoy intenté darle un beso en la boca a papá.

Elena parpadeó. No esperaba esa apertura.

—¿Ah, sí?

—Sí. Como el de la tele. Como el que se dieron ustedes en el desayuno.

—Ah.

—Pero no sentí nada yo.

—¿No?

—No. Primero me choqué la nariz. Después me resbalé y me pegué en la pera de él. Y además… —Lara hizo una pausa dramática— … se asustó. Salió corriendo a la cocina con el diario en la mano. Corriendo, mami. Como si yo fuera un monstruo. Jeje.

Elena se mordió el labio para no reírse. La imagen era demasiado: Miguel huyendo de su hija de seis años con un periódico en tapándose la pija.

—Pero eso no es todo —continuó Lara, ahora con un tono de denuncia—. Después quise con Leo.

—¿Con Leo?

—En la ducha. Aproveché que tenía espuma en los ojos. Me acerqué despacio y… ¡paf! Le di un beso con todo.

—¿Y?

—Se pegó un susto bárbaro. Casi nos caemos. Y después se puso rojo, rojo, y me dijo que te preguntara a vos.

Elena ya no podía contener la sonrisa. La ternura que le daba era gigante. Su hija había intentado dar besos en la boca y había sido rechazada por partida doble.

—¿Pero me di cuenta de algo? —siguió Lara, ahora con un tono confidencial—. A los dos se les paró. A papá y a Leo en la ducha. Estaban durísimos.

Elena asintió, manteniendo la compostura.

—¿Y eso qué tiene que ver, mi amor?

—Que les gusta —dijo Lara, con esa lógica aplastante—. Pero que no quieren. No entiendo.

Elena respiró hondo. La conversación debía ser profunda pero su hija solamente tenía seis años.

—Mira, Lara —empezó, acariciándole el pelo—. En el Edén tenemos muchísimas formas de querernos, ¿verdad?

—Sí.

—Tenemos los abrazos. Los besos en la mejilla. Las cosquillas. Las caricias. Los juegos en la cama. La leche de papá y la de Leo. Todo eso lo tenemos, y es mucho, ¿o no?

Lara asintió, aunque con un dejo de duda.

—Y además —continuó Elena— vemos los cuerpos de los demás sin vergüenza. Nos tocamos sin miedo. ¿Te parece poco?

—No, pero…

—Pero quieres los besos en la boca. Y es normal. Porque los viste en la tele y te parecen mágicos. Y lo son, pero escuchá: los besos en la boca son como… como un postre muy, muy dulce. Tan dulce que si lo comes antes de tiempo, te puede doler la panza. ¿Entiendes?

Lara frunció el ceño.

—¿Me dolería la panza si beso a papá?

—No la panza de verdad. Otra panza. La del corazón. Hay cosas que se sienten mejor cuando uno es más grande. Como montar en bicicleta sin rueditas. Como tomar café. Como… tener un secreto con alguien especial.

—No entiendo, ma! —protestó Lara—. Con papá. Con Leo. Con vos.

—Sí, mi amor. Pero los besos en la boca son para secretos de otra clase. Para cuando encuentres a alguien que quieras que sea tu novio.

Lara se quedó pensando. Movió los labios, como probando la idea.

—¿Y entonces?

—Mientras tanto, tenés todo lo demás. Tienes los abrazos más ricos del mundo. Tienes una familia que te ama. Tienes un cuerpo sano y libre. ¿No es suficiente?

—Sí —dijo Lara, pero su tono no era del todo convincente.

—Además —añadió Elena con una sonrisa cómplice—, si te dieran los besos ahora, ¿qué gracia tendría esperar? Lo lindo de las cosas es que lleguen a su debido tiempo.

Lara asintió, aunque su mente ya estaba en otra parte. Había visto una hormiga en el suelo y la seguía con la mirada.

—¿Y la hormiga también espera para dar besos? —preguntó de repente.

Elena se rió. Una risa genuina, de esas que le salían del fondo.

—No, mi amor. Las hormigas no dan besos. Las hormigas trabajan.

—Qué aburrido —concluyó Lara, y se levantó de un salto—. Me voy abajo… a ver tele.

—Dale, hija.

Lara salió disparada, dejando a Elena sola en la habitación se puso a escribir en su notebook:

*Guardadas como borrador – 23:47 hs*


Título tentativo: «La rebelión de los labios» o «Cuando la exploradora quiere morder el postre»

Lara quiere besar. No besos de piquito. Besos de telenovela. Besos con lengua. Besos que ha visto en la tele y que nosotros, tontos, reprodujimos en el desayuno como si nada. Error. Error. Error de padres que subestiman a sus hijos.

xxxx
Los besos en la boca no son besos. Son puertas. Puertas que se abren a otras habitaciones. Y si ella entra a esas habitaciones… Dios.


anotación importante

Lara explora. Cuando encuentra algo rico, lo exprime. Lo exprime hasta que no queda nada. Hasta que se aburre. Hasta que encuentra algo nuevo.

  • Si descubre el beso con lengua → querrá besar TODO EL TIEMPO.

  • Si descubre el sexo oral (porque sí, llegará, porque ella pregunta, porque ella investiga) → querrá hacerlo TODO EL TIEMPO.

  • Si descubre la penetración (tragedia máxima) → será una demanda infinita.

Consecuencias:

Miguel (48 años) ya huye con el periódico. Ya evita a Lara. Ya está en las últimas. Si Lara se vuelve demandante, Miguel:

  1. Se agota física y emocionalmente.

  2. Se aburre (porque lo repetitivo mata el deseo).

  3. Deja de desear.

  4. El Edén se derrumba.

Leo (19 años, virgen, contradicción andante) está peor. Su cuerpo responde (dios, cómo responde). Pero su cabeza quiere otra cosa. Quiere chicas de su edad, CREO. Si Lara se vuelve demandante, Leo:

  1. Sucumbe (porque es un adolescente y no tiene frenos).

  2. Huye (porque no soporta la presión).

  3. Colapsa (psicológicamente, porque la culpa lo mata).

  4. El Edén se derrumba.


Soy la que pone límites. Yo soy la que dice «hasta aquí». Yo soy la que protege a Lara de… ¿de qué? ¿De ellos? ¿De ella misma?

Nota graciosa (para mí):
Protejo a Lara de convertirse en una máquina de chupar vergas. Así, en criollo. Porque sería imparable. Y no podríamos con ella. Nadie podría con alguien que es desinhibida, curiosa y con una energía infinita. Todos nos cansamos de las cosas. Lara no.


Proyección (esto no lo publico ni loca):

Imagino el escenario. Lara aprendió a besar. Lara aprendió a chupar pijas y tragar leche. Lara quiere todo el tiempo.

Miguel: sentado en el porche, con la mirada perdida, erectándose por inercia, sin ganas, sin vida, solo porque Lara se lo pide y porque «hay que celebrar el cuerpo». Su pene, ese barómetro, ya ni se pararía. Estaría exhausto. Seria un trapo. Un hombre muerto en vida. DESHIDRATADO JAJA

Leo: encerrado en su habitación, con auriculares, fingiendo que no escucha. O peor: FUERA de casa. O peor aún: en un psiquiátrico, diciendo «mi hermana me chupaba la pija todos los días, TODO EL TIEMPO».

Lara: feliz. Radiante. Sin entender por qué papá ya no se para y por qué Leo se fue. Preguntando: «¿Ya no me quieren? ¿Por qué ya no juegan?»

El Edén: convertido en un infierno de agotamiento, culpa y silencio.

Por eso los límites.
Por eso el «casi».
Por eso los besos en la boca son territorio prohibido.


Imagino lo del baño y me cago de risa sola. Leo se puso rojo. ROJO. Como un tomate. Como un semáforo en posición «no pasar». Me mata. El nene de 19 años, con la pija dura como una piedra, diciéndole a Lara «preguntale a mamá». Pobre. Pobre, pobre. Él no pidió esto. Él solo quería bañarse en paz. Y aparece su hermanita y le quiere plantar un beso con lengua. El trauma. El pobre se va a acordar de esto en la terapia toda su vida.

«Doctor, mi hermana me besó en la ducha.»

«¿Y qué hizo usted?»

«Le dije que le pregunte a mi mamá.»

«…»

«…»

«Señor, necesitamos más sesiones.»

JAJAJAJAJA

Mañana escribo la entrada. La voy a titular «El territorio de los labios» o algo así. Algo poético. Algo que suene a filosofía familiar, no a manual de control de daños.

Si Lara quiere exprimir vergas (jajaja, qué palabra, qué imagen, qué horror), que las exprima… pero cuando sea el momento. Cuando el sistema esté listo.

O nunca.

Probablemente nunca.


Posdata (ya casi dormida):

Mañana comprar huevos. Se terminaron. Y pensar que los huevos también se exprimen… ejem. No. Basta. A dormir.

 


13 Lecturas/2 marzo, 2026/0 Comentarios/por Mercedes100
Etiquetas: baño, hermana, hermanita, hermano, hija, madre, padre, sexo
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