Tuve sexo con mi madre en una fiesta de disfraces
Quien iba a imaginar que la sexy gatúbela de la fiesta era mi madre.
La fiesta de disfraces estaba en pleno apogeo en la gran mansión alquilada para la ocasión. Luces tenues, música sensual y un mar de cuerpos disfrazados que se rozaban sin pudor. El papá de Alex no había podido asistir —un viaje de negocios de último minuto—, así que solo estaban madre e hijo esa noche.
Laura, de 40 años, lucía espectacular. Su cuerpo voluptuoso —pechos grandes y firmes, cintura estrecha, caderas anchas y un culo redondo y provocador— estaba enfundado en un traje de Gatúbela negro y brillante de látex. El escote profundo bajaba hasta casi el ombligo con una cremallera que invitaba a ser abierta, la espalda completamente descubierta y unas botas altas que le llegaban a los muslos. La máscara felina ocultaba sus ojos, pero sus labios rojos y su melena suelta la hacían irresistible. Se movía con gracia felina, atrayendo miradas de todos los hombres.
Alex, su hijo de 21 años, iba como Batman. El traje negro ajustado marcaba su cuerpo atlético y joven, la capa corta y la máscara cubriéndole la mitad superior de la cara. No planeaba quedarse mucho tiempo, pero el alcohol y el ambiente lo animaron.
Entre la multitud, Gatúbela y Batman se encontraron cerca de la barra. Ella lo miró de arriba abajo con una sonrisa juguetona.
—Vaya, un Batman solitario… ¿buscas a tu Catwoman esta noche? —ronroneó con voz seductora, sin reconocerlo bajo la máscara y la penumbra.
Él se acercó, atraído por ese cuerpo curvilíneo que se movía como una pantera. No tenía idea de que era su propia madre.
—Tal vez ya la encontré —respondió con voz grave, el disfraz dándole una confianza extra.
Bailaron pegados. Las manos de él recorrieron la cintura de ella, bajando peligrosamente hacia esas caderas anchas. Laura sentía el calor del cuerpo joven contra el suyo y, excitada por el anonimato de la fiesta, se dejó llevar. Sus pechos presionaban contra el pecho de Batman mientras se rozaban al ritmo de la música. Pronto, los roces se volvieron más intencionados. Una mano de él subió por el muslo enfundado en látex, y ella soltó un gemido suave al oído de él.
—Ven… hay un rincón más privado —susurró Gatúbela, tomándolo de la mano.
Lo llevó a una habitación semi-oscura en la parte trasera de la mansión, una especie de sala de estar con sofás grandes y poca luz. La puerta se cerró y, sin decir mucho más, se lanzaron uno sobre el otro.
Batman la empujó contra la pared. Sus bocas se encontraron en un beso hambriento, lenguas enredándose. Él bajó la cremallera del traje de Gatúbela con un movimiento rápido, liberando sus pechos voluptuosos. Los tomó con ambas manos, apretándolos y chupando los pezones duros mientras ella gemía y arqueaba la espalda. Laura deslizó una mano dentro del traje de él, sacando su polla dura y gruesa, acariciándola con deseo.
—Fóllame… ahora —exigió ella con voz ronca, girándose y apoyando las manos en la pared, ofreciéndole ese culo perfecto.
Batman no se hizo esperar. Subió el traje de látex por encima de las caderas de ella, apartó el tanga negro y entró de un solo empujón profundo en su coño caliente y mojado. Laura soltó un grito de placer. Era grande, joven, y la follaba con fuerza, embistiendo con ritmo salvaje mientras sus manos apretaban esas caderas anchas.
—Dios… qué rico la tienes… más fuerte —jadeaba Gatúbela, empujando hacia atrás para recibir cada golpe.
Él la penetraba sin piedad, el sonido de sus cuerpos chocando llenaba la habitación. Cambiaron de posición: la tumbó en el sofá, le levantó las piernas enfundadas en botas y la folló mirándola a los ojos (ocultos tras las máscaras). Los pechos de ella rebotaban con cada embestida. Laura tuvo su primer orgasmo así, apretando el coño alrededor de la polla de él y gritando de placer.
Batman no aguantó mucho más. Aceleró, sintiendo cómo sus bolas se tensaban.
—Voy a correrme… —gruñó.
—Dentro… lléname —suplicó ella, perdida en el éxtasis.
Con un gemido ronco, Alex se hundió hasta el fondo y se corrió abundantemente dentro de ella. Chorros calientes de semen inundaron el interior de Laura, que tuvo un segundo orgasmo sintiendo cómo la llenaban por completo. Se quedaron unos segundos unidos, respirando agitados, el semen escurriendo un poco cuando él salió.
Se acomodaron la ropa entre risas y besos rápidos. Aún con las máscaras puestas, salieron de la habitación por separado para no levantar sospechas.
Más tarde, cuando la fiesta empezaba a decaer, se encontraron en la zona de salida. Laura se quitó la máscara primero, sonriendo con las mejillas aún sonrojadas. Alex, al verla, se quedó helado. Se quitó su propia máscara lentamente.
Los ojos de ambos se abrieron de par en par.
—Mamá… —susurró él, la voz quebrada.
—Alex… —respondió ella, llevándose una mano a la boca, el horror y la sorpresa mezclándose con el recuerdo reciente del placer.
Se miraron en silencio un largo momento. El semen de su propio hijo aún estaba cálido dentro de ella, goteando lentamente por sus muslos bajo el traje de Gatúbela. Ninguno de los dos supo qué decir en ese instante. Solo el peso de lo que acababa de pasar flotaba entre ellos… y una extraña, prohibida electricidad que ninguno se atrevía a nombrar todavía.
El papá nunca se enteró de nada esa noche.


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