Bukkake en la antigua Expo de Zaragoza
Llevaba días dándole vueltas, leyendo en foros sobre lo que pasaba de madrugada en la zona de la antigua Expo….
Me cuesta recordar cómo empezó exactamente. Sé que era agosto, una de esas noches de Zaragoza donde el bochorno no te deja ni respirar y el cierzo se ha tomado vacaciones. Llevaba días dándole vueltas, leyendo en foros sobre lo que pasaba de madrugada en la zona de la antigua Expo, entre los pabellones abandonados y los jardines que el Ayuntamiento había dejado morir. Decían que los viernes por la noche aquello se convertía en otra cosa. Que había cientos de tíos. Que todo valía.
Llegué sobre las dos de la mañana. Aparqué cerca del Pabellón Puente y caminé hacia la zona del anfiteatro, donde la vegetación había crecido salvaje y las farolas llevaban años sin funcionar. Solo la luna y las pantallas de los móviles alumbraban los senderos de grava.
Llevaba unos shorts negros, una camiseta de tirantes y nada más. Ni calzoncillos. Me había duchado, afeitado entero, preparado por dentro y por fuera. Sabía a lo que iba. O creía saberlo.
El primer grupo estaba junto a los restos de una fuente seca. Seis o siete tíos fumando, algunos sin camiseta. Me miraron acercarme. Uno de ellos, un tipo enorme, moreno, con barba espesa y barriga de oso, me cortó el paso.
—¿Qué buscas?
—Todo —contesté.
Se rio. Una risa grave que retumbó entre los muros de hormigón.
—Este dice que todo. ¿Habéis oído?
Sacó el móvil y escribió algo. En menos de cinco minutos empezaron a llegar más. De entre los arbustos, de los caminos laterales, del aparcamiento. Como si hubiera dado una señal. Diez. Veinte. Treinta. Seguían llegando.
El oso me agarró del cuello de la camiseta y tiró hacia abajo.
—De rodillas, boca abierta. Y no te levantas hasta que yo lo diga.
La grava se me clavó en las rodillas. Me arrancó la camiseta de un tirón y la usó para atarme las manos a la espalda. Un nudo simple pero apretado. Noté el algodón cortándome la circulación.
El primero se sacó la polla delante de mi cara. Gruesa, sin circuncidar, con olor a sudor y a todo el día. Me la metió hasta el fondo de la garganta sin avisar. Sentí la arcada subir pero la contuve. Me agarró del pelo y empezó a follarme la boca como si fuera un agujero cualquiera. Porque eso era. Eso había ido a ser.
Cuando se corrió, mantuvo la polla dentro y noté los chorros calientes golpeándome la campanilla, resbalando garganta abajo. No me dejó tragar del todo. Se sacó la polla chorreando y me sujetó la mandíbula abierta.
—Que se vea —ordenó.
El semen me brillaba en la lengua. Varios tíos sacaron los móviles y grabaron. Los flashes me cegaban.
El segundo fue más bruto. Me metió los dedos en la boca para abrirla más, escupió dentro y luego empujó su polla. Era más larga, curvada, y me rozaba el paladar con cada embestida. Me follaba la cara sujetándome de las orejas. Cuando se corrió, lo hizo fuera, apuntando a mis ojos. El semen me selló el párpado izquierdo. Caliente. Espeso.
—No te limpies —dijo alguien.
No pensaba hacerlo.
Perdí la cuenta después del décimo. Las pollas se sucedían sin pausa. Algunas enormes, otras normales, alguna pequeña que su dueño compensaba con furia. Me follaban la garganta hasta que las lágrimas me caían mezcladas con lefa. La saliva me colgaba del mentón en hilos gruesos que caían al suelo de grava.
Entonces el oso volvió. Se había quitado los pantalones. La tenía gorda como una lata de cerveza, medio empalmada, colgando pesada entre los muslos peludos.
—Date la vuelta. Culo arriba.
Me empujaron hasta quedar a cuatro patas. Alguien me bajó los shorts de un tirón. Noté el aire caliente de la noche en el ojete expuesto. Un murmullo recorrió el grupo. Ya eran cincuenta, quizá más. Una masa de cuerpos sudados formando un círculo a mi alrededor.
El oso escupió en mi agujero. Un escupitajo largo y denso. Luego metió un dedo. Dos. Tres. Sin delicadeza, sin espera. Me abrió con la mano como quien fuerza una cerradura. Grité. Alguien me tapó la boca con la polla.
Cuando me penetró, sentí que me partía por la mitad. Ese grosor obsceno estirándome las paredes del culo, forzando la entrada centímetro a centímetro. El dolor era real, intenso, eléctrico. Y me encantaba. Cada fibra de mi cuerpo gritaba que parase y cada neurona de mi cerebro suplicaba que siguiera.
Me folló despacio al principio, dejando que mi culo se amoldara a su forma. Después aceleró. Embestidas secas, profundas, que me empujaban hacia delante y me clavaban más la polla que tenía en la boca. Estaba sellado por los dos extremos. Un tubo de carne para que lo usaran.
Se corrió dentro con un gruñido animal. Noté su lefa caliente llenándome las tripas. Cuando sacó la polla, el semen me chorreó por los muslos.
—Siguiente —dijo, y se apartó.
No hubo descanso. Otro tío ocupó su lugar. Y otro. Y otro. Me follaban el culo en cadena, cada uno añadiendo su corrida a la que ya había dentro. La mezcla de semen me lubricaba tanto que las pollas entraban y salían con un ruido húmedo, obsceno, que se oía en todo el claro. Algunos se corrían rápido, excitados por la situación. Otros se tomaban su tiempo, follándome con calma mientras los demás esperaban su turno pajeándose alrededor.
A la vez, la fila de la boca no paraba. Me llenaban la cara de lefa. En los ojos, en la frente, en el pelo, en las orejas. Sentía las capas secándose y otras nuevas cayendo encima. La costra de semen me tiraba de la piel cuando intentaba mover los músculos de la cara.
Alguien tuvo la idea de ponerme boca arriba. Me tumbaron sobre la grava, que se me clavaba en la espalda. Un tío se sentó sobre mi cara y empezó a restregar su culo sudado contra mi boca.
—Lame, puta.
Le comí el ojete mientras otro me penetraba con las piernas en alto. La posición hacía que la lefa de los anteriores me resbalara culo abajo, por la espalda, empapando la grava debajo de mí. Notaba el charco formándose.
Entonces empezó la lluvia.
No de agua. Un tío se acercó, se sacudió la polla y empezó a mearme encima sin ningún pudor. El chorro caliente me golpeó el pecho, subió hasta el cuello y me salpicó la barbilla. El olor ácido y fuerte se mezcló con el hedor dulzón del semen que me cubría la cara. No cerré la boca. El pis me entró entre los labios, salado, amargo, y me lo tragué.
Eso abrió la veda. Como si hubieran estado esperando permiso. Uno tras otro, los que ya se habían corrido y estaban esperando a empalmarse de nuevo, se acercaban y me meaban encima. En la cara, en el pecho, en la polla, en el pelo. Algunos apuntaban directamente a mi boca abierta y yo tragaba lo que podía mientras el resto me resbalaba por las mejillas. Hubo uno que me meó en los ojos abiertos, a propósito, y el escozor fue brutal, pero no los cerré. No merecía cerrarlos.
El charco debajo de mí ya era una poza. Grava, semen, pis, saliva, sudor. Todo mezclado en un barro tibio donde mi cuerpo chapoteaba cada vez que una embestida me sacudía. Llevaba más de una hora allí. Quizá dos. El tiempo había dejado de existir.
Un grupo de chavales jóvenes, veintipocos, llegaron juntos. Cuatro o cinco, con gorras y chandal. Se quedaron mirando un momento, cuchicheando entre risas nerviosas. Uno de ellos, el más alto, rubio, con cara de no haber roto un plato, se acercó y me escupió en la cara.
—Joder, tío, mira cómo está este cerdo —dijo a sus colegas.
Se bajó el chandal. La tenía larga, fina, completamente dura. Me la clavó en el culo sin preguntar y empezó a follarme a un ritmo frenético, como si tuviera prisa. Sus colegas se fueron animando. Uno me metió la polla en la boca, otro se arrodilló a mi lado y empezó a pajearse apuntándome a la cara. El cuarto me pisó el pecho con la zapatilla, aplastándome contra el suelo, y se masturbó mirándome desde arriba con una mueca de asco.
Se corrieron casi a la vez. El rubio dentro de mi culo, el de la boca en mi garganta, y los otros dos en la cara. Cuatro corridas en diez segundos. Se fueron riéndose, chocando las manos como si hubieran marcado un gol.
Entonces el oso volvió a tomar el control. Me levantó del suelo agarrándome del pelo. Pesaba el doble que yo y me manejaba como a un muñeco. Me puso de rodillas frente a él.
—Abre la boca y no la cierres pase lo que pase.
Me cagué de miedo. Y a la vez la polla se me puso dura como una piedra.
Se giró, se agachó y pegó su culo peludo a mi cara. El olor era denso, animal, concentrado. Empujó mi cabeza contra sus nalgas con la mano.
—Come.
Le metí la lengua en el ojete. Sabía a sudor rancio, a hombre, a algo más oscuro y primitivo. Le rimé como si me fuera la vida en ello, abriéndole el agujero con la lengua mientras él gruñía de placer. Sentía su esfínter apretarme y soltarme la lengua rítmicamente.
Mientras tanto, otros seguían turnándose en mi culo. Ya ni sentía quién entraba y quién salía. El agujero estaba tan abierto, tan dilatado por decenas de pollas y litros de corrida, que algunos metían la polla y ni rozaban las paredes. Uno intentó meter el puño. Cerró la mano, la untó con la lefa que me chorreaba y empujó. Los nudillos pasaron con un dolor sordo y profundo. Cuando abrió la mano dentro de mí, grité contra el culo del oso. Sentí sus dedos moviéndose dentro, tocándome sitios que ninguna polla alcanzaba. Sacó la mano cubierta de semen de cincuenta tíos y me la limpió en la cara.
Perdí la noción de todo. Del tiempo, del espacio, de quién era. Solo existían las sensaciones. La polla en el culo, la lengua en el ojete del oso, las manos que me agarraban, los escupitajos que me caían, los insultos que llovían desde todas las direcciones. «Puta.» «Cerdo.» «Basura.» «Cubo de semen.» «Vertedero.» Cada palabra me hundía más y me ponía más duro.
El oso se apartó de mi cara y me giró. Me quedé mirando al cielo, a las estrellas que apenas se veían entre la contaminación lumínica de Zaragoza. El Pabellón Puente se recortaba a lo lejos como el esqueleto de un animal muerto. Hermoso y siniestro.
—Última ronda —anunció el oso.
Se organizaron. No sé quién dio la orden ni cómo, pero de repente había un círculo cerrado de tíos a mi alrededor. Veinte, treinta, cuarenta pajeándose a la vez. Podía oír el sonido húmedo de docenas de manos trabajando docenas de pollas. Algunos gruñían, otros respiraban fuerte, alguno murmuraba obscenidades. Yo estaba tumbado en el centro de aquel círculo, boca arriba, empapado de pies a cabeza en una mezcla de fluidos que ya ni podía identificar. La grava se me había incrustado en la espalda y en el culo. Me daba igual.
El primero se corrió con un gemido corto. El chorro me cayó en el estómago. Después otro en el pecho. Otro en la cara. Y entonces fue como una reacción en cadena. Empezaron a correrse todos casi a la vez, como si el orgasmo de uno disparara el del siguiente. Lefa cayendo desde todas las direcciones. En arcos largos, en goteos espesos, en chorros a presión. Me cubría la cara, se me metía en los ojos, en las orejas, en la nariz. Me ahogaba y tragaba y tosía y tragaba más. Sentía los impactos calientes en la piel como gotas de lluvia espesa. En el pecho, en los muslos, en la polla, en los pies. Cada centímetro de mi cuerpo recibiendo su ración.
Duró varios minutos. Oleadas sucesivas. Los que acababan se apartaban y otros ocupaban su lugar. Algunos se acercaban y me exprimían las últimas gotas directamente en la boca abierta, sacudiendo la polla contra mis labios. Otros me la restregaban por la cara, usándome de trapo para limpiarse.
Cuando terminaron, el silencio fue sobrecogedor. Solo se oían respiraciones agitadas y algún grillo en la maleza. Abrí el ojo que podía abrir. El círculo se había deshecho. Los tíos se vestían, encendían cigarros, miraban los móviles. Volvían a ser personas normales. Padres de familia, oficinistas, mecánicos, profesores. Hombres que al día siguiente llevarían a sus hijos al parque o irían a comprar el pan. Y que esa noche me habían usado como un retrete público.
El oso fue el último en irse. Se agachó junto a mí y me miró. Tenía los ojos oscuros, casi negros, y una expresión que no supe descifrar. Me escupió una última vez en la cara. El gargajo me resbaló por la mejilla y cayó al charco donde llevaba horas tumbado.
—Buen cerdo —dijo. Y se fue.
Me quedé allí no sé cuánto tiempo. Diez minutos, media hora. Mirando las estrellas con los ojos pegados por capas de semen seco. Notaba la lefa enfriándose en cada pliegue de mi cuerpo, espesándose, tirándome de la piel. El culo me palpitaba abierto, vaciándose lentamente del semen de incontables desconocidos que me bajaba por el perineo hasta el charco. Tenía la garganta en carne viva. Las rodillas destrozadas. La espalda marcada por la grava. Y la polla todavía medio dura.
Me levanté como pude. Las piernas me temblaban. Encontré mis shorts a tres metros, pisoteados y empapados. Me los puse sin molestarme en limpiarme. La camiseta estaba hecha jirones, inservible. Caminé hasta el coche descalzo, sin camiseta, cubierto de semen de la cabeza a los pies, dejando un rastro húmedo en el asfalto.
Me senté en el coche y me miré en el retrovisor. No me reconocí. La cara hinchada, los ojos rojos, el pelo apelmazado en costras blancas, marcas de dedos en el cuello y las mejillas. Parecía otra persona. Parecía exactamente lo que era.
Arranqué el coche. Crucé Zaragoza a las cinco de la mañana, pegajoso, roto, vacío y absolutamente lleno. Pasé por delante de la Basílica del Pilar y las luces del amanecer empezaban a teñir el Ebro de naranja y camino a casa mi único pensamiento era el cuando volveria por allí.


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