Cambié la adicción por el Sexo. (reescrito) parte única.
Toda mi vida cargué con una adicción de nacimiento. Pero el sexo… el sexo me ayudó a dejarla atrás..
Este relato es una reescritura del primer relato que publiqué en esta pagina y que jamás lo terminé. ahora prefiero darle una parte única para cerrarlo definitivamente. es mucho mas calmado que el anterior y enfocado mas en la adicción del personaje, es mas intimo pero que de todas maneras incluye partes de los personajes teniendo relaciones. espero que lo disfruten.
Era un día helado de invierno. Una tormenta se acercaba y el viento soplaba con furia. Estaba a dos horas de mi casa, estudiando en una universidad bastante alejada. El único lugar que conocía cerca era la casa de mi amigo, a solo un par de manzanas del campus.
Las horas pasaron y la lluvia empezó sin aviso. Cada minuto que avanzaba, caía con más fuerza. Durante mi última clase, mi mano comenzó a temblar de forma incontrolable. Salí del salón rumbo al baño más alejado, intentando que nadie notara mi estado.
En el pasillo me crucé con Josh, el estudiante perfecto de la universidad: inteligente, carismático y absurdamente atractivo. Estaba discutiendo con su novia —tan guapa como él— pero seguí de largo sin detenerme.
Entré al baño casi corriendo y me metí en el último cubículo. Abrí la mochila con manos torpes y saqué la jeringa con una dosis mínima de heroína. Mi madre había sido adicta durante todo el embarazo; nací con el síndrome de abstinencia. Los médicos me explicaron que, si no mantenía un consumo controlado y mínimo, mi cuerpo podía entrar en shock y morir. Así de cruel era mi realidad.
Estaba a punto de inyectarme cuando un espasmo me traicionó: la jeringa se me escapó de los dedos y rodó por debajo de la puerta. Abrí de golpe, rezando para que nadie la hubiera visto. Pero ya no estaba en el suelo. Solo había un par de zapatillas deportivas blancas frente a mí.
Levanté la vista. Era Josh. Sostenía la jeringa entre sus dedos con una calma inquietante.
—¿Esto es tuyo, Alex?
Mi nombre en su boca sonó demasiado bien.
—Sí… es mío. Por favor, no le digas a nadie.
—Tranquilo. No diré nada. Pero tienes que dejar esta mierda.
—Quizá muera si lo dejo —le expliqué lo de mi madre con voz temblorosa.
—Hay terapias. Si quieres, te acompaño con el profesor de psicología. Él puede ayudarte.
—¿Por qué harías eso? Ni siquiera me conoces.
—Porque sé que tú lo harías por mí. Además… acabo de terminar con Michelle. La muy… se acostó con Lucas, mi mejor amigo.
Me agaché a recoger la mochila y, cuando quise enderezarme, él ya estaba dentro del cubículo. Cerró la puerta con un clic suave. Me miró desde arriba, imponente.
—Sabes… te reconocí desde el primer día de clases —dijo en voz baja—. Eres el chico de las transmisiones en vivo, ¿verdad? El que se deja follar por dinero con un antifaz.
Sentí que el suelo se abría.
—Te equivocas.
—Michelle me mostró uno de tus videos. Quería que hiciéramos algo así juntos.
—Josh, en serio, te confundes de persona. Tengo que irme antes de que la lluvia me deje atrapado aquí.
—Te llevo en mi auto. No hay problema.
Me tendió la mano para ayudarme a levantarme. La tomé. Pero no me soltó. En un movimiento rápido me empujó contra la pared del cubículo y cerró la puerta con llave. Sus manos bajaron directo a mi trasero, apretándolo con fuerza. Un gemido se me escapó sin permiso. Luego sus labios rozaron los míos, sin besarme del todo, solo torturándome.
Una de sus manos se coló bajo mi polera; la otra acarició mi mejilla, su pulgar recorriendo mis labios entreabiertos.
De pronto tomó mi cabeza y me guio hacia abajo, hasta la altura de su entrepierna. Entendí al instante. Mis manos temblorosas —pero esta vez de otra cosa— desabrocharon su pantalón. Bajé el bóxer y su erección saltó libre, grande, pesada, intimidante. Debía medir fácil veinte centímetros.
Me guio sin palabras. Abrí la boca y empecé despacio, pero él no tenía paciencia. Me tomó del cabello y empujó hasta el fondo. Una lágrima se me escapó por la comisura del ojo. Josh gemía sin ningún pudor, sin importarle si alguien escuchaba.
Después de follarme la boca, me puso de pie y me besó con una lujuria que me dejó sin aire. Me giró de espaldas, pegó mi mejilla contra la pared fría y susurró en mi oído:
—No te ha temblado la mano, pequeño Alex.
Me hizo lamer sus dedos y luego los llevó directo a mi entrada. Uno, dos, tres. Los movía con habilidad mientras volvía a besarme. Los sacó de golpe y sentí la punta roma de su miembro acomodándose entre mis glúteos. Separó mis nalgas con ambas manos y empujó de una sola vez.
—Mierda… se siente increíble —gruñó.
Me mordió el lóbulo de la oreja y empezó a moverse. Yo ya estaba perdido en el calor, en la necesidad. Mi mano derecha buscó mi propia erección, pero él me la apartó con un movimiento rápido.
—Si quieres que te bese, vas a tener que pedírmelo, pequeño.
No podía hablar, solo gemir.
—¿Qué quieres?
—Bésame… por favor.
Y lo hizo. Me besó con hambre mientras aceleraba las embestidas. Justo cuando sentía que iba a explotar, me levantó del suelo, me cargó contra la pared y envolvió mis piernas alrededor de su cintura. Bajó mi cuerpo de golpe y volvió a entrar hasta el fondo.
—¿Quieres que te folle duro?
Solo pude asentir, jadeando.
—Joder, ya no aguanto… quiero correrme dentro.
Sus movimientos se volvieron brutales, profundos. Mis uñas se clavaron en su espalda. Lo sentí tensarse, gemir contra mi oído y vaciarse dentro de mí con fuerza. Luego tomó mi pene con su mano grande y empezó a masturbarme rápido, mientras su miembro aún latía dentro. El contraste fue devastador. Cuando estuve a punto de terminar, me besó mordiendo mi labio inferior hasta sacar un hilo de sangre.
Me bajó con cuidado. Me ayudó a limpiarme el semen que bajaba por mis muslos. Después tomó mi rostro entre sus manos y me miró fijo a los ojos.
—La próxima vez no voy a ser tan gentil, pequeño Alex.
—La próxima vez no será en un baño de la universidad —respondí con una media sonrisa.
Se vistió mientras yo hacía lo mismo. Antes de abrir la puerta, me tomó de la mano.
—Tu mano ya no tiembla.
—Tienes razón…
—Cada vez que sientas que viene un episodio, llámame. Te ayudaré. —Me dio un beso suave, diferente a los anteriores, casi tierno—. ¿Te llevo a casa? Está lloviendo a cántaros… y todavía no hemos terminado.
Salimos del baño de hombres como si nada hubiera pasado. Josh caminaba delante, con esa seguridad que parecía inmunizarlo contra las miradas curiosas. Yo iba detrás, todavía sintiendo el calor húmedo entre las piernas, el roce de la ropa interior empapada y el leve ardor que me recordaba cada paso lo que acababa de ocurrir.
La lluvia seguía cayendo con violencia cuando llegamos al estacionamiento. Él abrió un paraguas negro enorme —de esos que parecen ridículos hasta que los necesitas— y me cubrió sin preguntar. Subimos a su auto, un SUV gris oscuro que olía a cuero nuevo y a su perfume sutil, masculino, que ya empezaba a asociar con peligro y calma al mismo tiempo.
Encendió el motor, pero no arrancó de inmediato. Se giró hacia mí, apoyando el brazo en el respaldo de mi asiento.
—¿A dónde vamos realmente, Alex?
—A mi casa… supongo.
—¿Supones? —sonrió de lado, esa media sonrisa que ya me estaba volviendo loco—. Porque si me dices la dirección exacta, te llevo. Pero si me dices “no sé”, podemos desviarnos un rato.
Tragué saliva. La mano que segundos antes había temblado por la abstinencia ahora estaba quieta, apoyada en mi muslo, como si el cuerpo hubiera decidido que ya no necesitaba la heroína para estabilizarse. Al menos por hoy.
—No sé —dije en voz baja.
—Perfecto.
Puso primera y salimos del campus. En vez de tomar la autopista hacia mi sector, giró hacia el oriente, hacia las zonas más altas de la ciudad donde las luces se vuelven más escasas y las casas empiezan a tener vista. No pregunté a dónde íbamos. Solo me dejé llevar.
Después de unos veinte minutos en silencio —solo el ruido de la lluvia y el limpiaparabrisas—, estacionó frente a un edificio moderno de departamentos. No era ostentoso, pero sí caro. Mucho más de lo que un estudiante promedio podría pagar.
—¿Aquí vives? —pregunté.
—Aquí vivo solo desde hace unos meses. Antes compartía con Lucas… ya sabes, el ex-mejor amigo.
Subimos en ascensor sin hablar. Cuando entramos al departamento, lo primero que noté fue el orden casi obsesivo: todo en su lugar, luces tenues, un ventanal enorme que daba a la ciudad empapada. Olía a café y a madera.
Me quitó la mochila con cuidado, como si fuera algo frágil, y la dejó en el sofá. Luego se acercó, me tomó de la nuca con una mano y me besó despacio esta vez. No había prisa. Era diferente al baño: más profundo, más intencional.
—Ducha primero —murmuró contra mis labios—. Los dos estamos hechos un desastre.
Me llevó al baño principal. Agua caliente, vapor, sus manos enjabonándome la espalda, el pecho, bajando sin apuro hasta donde todavía estaba sensible. Yo hice lo mismo con él: tracé con los dedos cada músculo de su abdomen, la V que bajaba hacia su entrepierna, la cicatriz pequeña que tenía en la cadera izquierda y que nunca había notado en las fotos o videos que circulaban de él en la universidad.
No hubo palabras mientras nos secábamos. Solo miradas. Me prestó una camiseta suya —me quedaba enorme— y unos boxers limpios. Cuando salimos al living, preparó dos tazas de té de manzanilla (dijo que era lo único que tenía que no era café o alcohol) y nos sentamos en el sofá frente al ventanal.
—¿Cuánto tiempo llevas con las transmisiones? —preguntó de pronto.
—Unos ocho meses. Al principio solo era para pagar la dosis diaria. Después… se volvió adictivo de otra forma. El dinero, la atención, sentir que alguien me deseaba, aunque fuera a través de una pantalla.
—¿Y ahora?
Lo miré fijo.
—Ahora no sé si quiero seguir haciéndolo.
—No tienes que decidir hoy. —Puso su taza en la mesa y se acercó más—. Pero si decides parar, yo te ayudo a reemplazar eso también.
—¿Reemplazar el dinero o la atención?
—Las dos cosas. —Su mano subió por mi muslo, lenta—. Y si alguna vez sientes que la abstinencia vuelve… me llamas. No importa la hora. No importa si estoy en clases, en el gimnasio o en medio de una puta cena familiar. Me llamas y vengo.
Asentí. No sabía qué responder. Nadie me había hablado así nunca.
Esa noche no volvimos a tener sexo salvaje como en el baño. Dormimos abrazados en su cama king size, con la ciudad brillando allá abajo a través de la cortina entreabierta. Por primera vez en años me dormí sin miedo a despertarme temblando, sudando frío, con náuseas y la necesidad arañándome las entrañas.
A la mañana siguiente me despertó revolviendo mí el cabello.
—Buenos días, pequeño tu mano sigue sin temblar. Eso significa que funcionó. ¿Desayunamos juntos o te llevo a clases? —
Respondí sin pensarlo demasiado:
—Desayunamos juntos. Y después… veremos.
No sabía cuánto duraría esto. No sabía si era real, si era solo sexo y adrenalina, o si de verdad podía reemplazar una adicción por otra persona. Pero por primera vez en mi vida sentía que valía la pena intentarlo.
Y si fallaba… al menos ya no estaría solo cuando el mono volviera.
Desayunamos en silencio al principio. Josh había preparado huevos revueltos, tostadas con palta y café negro fuerte (para mi té). Yo apenas probaba bocado; todavía procesaba la noche anterior, el baño, el departamento, el dormir abrazados como si lleváramos meses juntos en vez de horas.
Él rompió el silencio primero.
—¿Tienes clases hoy?
—Solo una a las 11. Teoría de la Comunicación. Puedo saltármela.
—No. —Me miró serio por encima de la taza—. Vas. La rutina ayuda. Y yo también tengo que ir. Pero después… te paso a buscar.
—¿Y si vuelve a temblar la mano? ¿En medio de la clase?
—Entonces sales, vas al baño, me escribes. O mejor: me llamas. No me importa interrumpir lo que esté haciendo.
Asentí. Era extraño sentir que alguien más controlaba el interruptor de mi crisis. Extraño… y reconfortante.
Terminamos de comer y me llevó de vuelta al campus. Antes de bajarme del auto, me tomó de la nuca y me dio un beso corto pero firme.
—Compórtate, pequeño. Nada de transmisiones hoy.
—No iba a hacer ninguna —mentí a medias. La verdad es que la idea ya no me tentaba tanto. No después de lo de anoche.
Las clases pasaron lentas. Mi mano se mantuvo quieta todo el tiempo. Era como si el cuerpo hubiera encontrado un sustituto temporal: adrenalina, endorfinas, el recuerdo de Josh dentro de mí. Pero sabía que no era permanente. Sabía que el mono podía volver en cualquier momento, más fuerte, más cabreado.
A las 14:30 sonó mi celular. Mensaje.
Josh:
*Salgo en 10 min. Te espero en el mismo estacionamiento de ayer.*
*No te vayas con nadie más.*
Sonreí como idiota. Respondí solo con un emoji de pulgar arriba.
Cuando salí, él ya estaba ahí, apoyado en el capó del SUV, con gafas de sol y esa postura de quien sabe que todas las miradas están sobre él. Me vio, sonrió de lado y abrió la puerta del copiloto como si fuera lo más natural del mundo.
—¿Cómo estuvo la mano?
—Perfecta. Ni un temblor.
—Bien. —Me dio un beso rápido antes de que me subiera—. Vamos a hacer algo diferente hoy.
No fuimos a su departamento. En vez de eso, manejó hacia el centro, pero no al barrio universitario. Terminamos en un edificio discreto, con una placa pequeña que decía “Centro de Atención Integral – Adicciones y Salud Mental”.
—¿Terapia? ¿En serio? —pregunté, con el estómago apretado.
—Primera cita. Solo evaluación. Yo te acompaño. Si no te gusta, nos vamos y nunca más volvemos. Pero al menos intentémoslo.
La psicóloga era una mujer de unos 45 años, voz calma, ojos que parecían haber visto de todo. Me hizo hablar de mi madre, del embarazo, del diagnóstico al nacer, de las dosis mínimas que “mantenían” mi cuerpo en equilibrio. Josh se quedó callado en la esquina, solo escuchando, pero su presencia era como un ancla.
Al final de la hora, la doctora miró a Josh.
—¿Y usted qué rol tiene aquí?
—Soy… su apoyo. —Dudó un segundo—. Su pareja, supongo.
Sentí un calor subiendo por el cuello. ¿Pareja? ¿Ya?
Ella sonrió leve.
—Está bien. El apoyo externo es clave. Alex, te propongo un plan gradual: reducción supervisada de la dosis, terapia cognitivo-conductual dos veces por semana, y manejo de craving con técnicas de reemplazo. ¿Estás dispuesto?
Miré a Josh. Él solo levantó una ceja, como diciendo “tú decides”.
—Sí —respondí—. Estoy dispuesto.
Salimos del centro con una carpeta llena de papeles y la primera cita agendada para el jueves. En el auto, Josh puso música suave, algo de The Weeknd en versión acústica.
—No tenías que hacer esto —le dije.
—Lo sé. Pero quiero.
—¿Por qué?
Se quedó callado un rato, mirando la calle.
—Porque cuando Michelle me traicionó con Lucas, sentí que no valía nada. Que era reemplazable. Y luego te vi en ese baño, temblando, con esa jeringa… y pensé: “Este chico está luchando solo contra algo que no pidió”. Y no quise que sintieras lo mismo que yo. Que fueras reemplazable.
Tragué fuerte. No supe qué decir.
Llegamos a su edificio otra vez. Esta vez no hubo prisa. Subimos, nos quitamos la ropa despacio, nos besamos bajo la ducha otra vez. Pero ahora era diferente: más lento, más consciente. Sus manos no solo buscaban placer; exploraban, memorizaban. Cuando me tuvo contra la pared del baño, no fue salvaje. Fue profundo, pausado, con sus ojos fijos en los míos todo el tiempo.
Después, acostados en la cama, con mi cabeza en su pecho, murmuró:
—Quiero que dejes las transmisiones. No porque me moleste verte con otros… aunque sí me molesta un poco. Sino porque mereces más que eso. Mereces que alguien te mire de verdad, no a través de una cámara.
—¿Y si no sé hacer otra cosa? ¿Si el dinero no alcanza?
—Entonces yo te ayudo hasta que encuentres algo. Trabajo freelance, tutorías, lo que sea. Pero no vuelvas a venderte por una dosis o por atención vacía.
Asentí contra su piel.
Esa noche, por primera vez, borré la app de streaming de mi celular. No bloqueé la cuenta todavía… pero di el primer paso.
Y cuando el sueño me estaba ganando, sentí su mano acariciándome la espalda.
—Duerme tranquilo, pequeño. Mañana seguimos.
No sabía si esto iba a funcionar a largo plazo. No sabía si el mono se iba a quedar callado para siempre o si volvería a arañar la puerta. Pero por ahora, tenía algo mejor que una jeringa: tenía a alguien que elegía quedarse a mi lado incluso cuando yo era un desastre, y eso, por primera vez, se sentía más fuerte que cualquier dosis.
Pasaron tres meses desde aquel día en el baño de la universidad.
Tres meses de citas semanales con la psicóloga, de dosis reducidas bajo supervisión estricta, de noches en el departamento de Josh donde el sexo ya no era solo escape, sino conexión. Tres meses en los que mi mano dejó de temblar por completo. No fue mágico. Hubo días horribles: sudores fríos a las tres de la mañana, náuseas que me doblaban en dos, ansiedad que me hacía querer romper todo. Pero cada vez que el craving arañaba la puerta, él estaba ahí. A veces con palabras suaves, a veces con su cuerpo cubriendo el mío hasta que el mono se cansaba y se iba.
Dejé las transmisiones por completo. Bloqueé la cuenta, borré los videos que aún circulaban en algunos foros (Josh me ayudó a rastrearlos y reportarlos uno por uno). El dinero se hizo más apretado al principio, pero empecé a dar clases particulares de edición de video online —irónicamente, la misma habilidad que usaba en las lives— y eso cubría lo básico. Josh insistía en que no necesitaba ayudarme económicamente, pero igual aparecía con comida, con un libro que “pensó que me gustaría”, con entradas a cine cuando sabía que había tenido un día pesado.
Michelle reapareció una vez. Fue en una fiesta de la facultad a la que Josh me llevó para “socializar un poco”. Ella se acercó con esa sonrisa falsa de quien cree que todavía tiene poder.
—Así que eras tú el de los videos… —dijo mirándome de arriba abajo—. Josh siempre tuvo gustos raros.
Él ni siquiera la miró. Solo me tomó de la mano, entrelazó los dedos y respondió tranquilo.
—Raro es conformarse con alguien que te clava un cuchillo por la espalda. Ahora, si nos disculpas…
La dejó hablando sola. Yo sentí un nudo en el estómago, pero también una especie de orgullo extraño. Nadie me había defendido así antes.
Lucas, por su parte, desapareció del radar. Dicen que se fue a estudiar al extranjero. Mejor.
La última sesión con la psicóloga fue la más corta. Me miró con algo parecido a una sonrisa de madre orgullosa.
—Alex, tu cuerpo ya no depende de la sustancia. El síndrome de abstinencia neonatal está controlado. Lo que queda ahora es psicológico, y eso lo manejas tú. Puedes seguir viniendo si quieres, pero honestamente… creo que ya no me necesitas tanto.
Salí de ahí flotando.
Esa misma tarde Josh me llevó a un mirador en el cerro San Cristóbal. Era otoño, el sol se ponía temprano y la ciudad se teñía de naranja y violeta. Nos sentamos en una banca, él con un brazo alrededor de mis hombros, yo con la cabeza apoyada en su pecho.
—¿Sabes qué día es hoy? —preguntó.
—Martes.
—Idiota. —Me dio un beso en la sien—. Hoy hace exactamente tres meses desde que te encontré con esa jeringa en el baño.
Me quedé callado un rato, mirando las luces que empezaban a encenderse abajo.
—Pensé que iba a morir solo. O que iba a seguir viviendo muerto. Y ahora… estoy aquí. Contigo. Sin temblar. Sin necesitar nada más que esto.
Él no dijo nada al principio. Solo apretó más el abrazo.
—Nunca fui el tipo que cree en finales felices —murmuró después—. Pero contigo… no sé. Me dan ganas de intentarlo.
Levanté la vista. Sus ojos azules estaban más suaves que nunca.
—¿Y si un día recaigo?
—Entonces me llamas. Y volvemos a empezar. Juntos.
No hubo beso dramático bajo la lluvia ni promesas eternas. Solo nos quedamos ahí, viendo la ciudad hasta que oscureció del todo. Después bajamos tomados de la mano, subimos al auto y volvimos al departamento.
Esa noche hicimos el amor despacio, sin prisa, sin palabras sucias. Solo piel contra piel, respiraciones sincronizadas, sus manos memorizando cada centímetro de mí como si quisiera grabarme en la memoria por si algún día se perdía. Cuando terminamos, se quedó dentro de mí un rato largo, solo abrazándome, con la frente contra la mía.
—Te amo, pequeño Alex —susurró de pronto, como si le hubiera costado decirlo.
Yo sonreí contra su boca.
—Y yo a ti, Josh. Desde el primer día que me llamaste por mi nombre en ese baño.
Nos quedamos mirándonos un segundo eterno. Luego él me besó de nuevo, pero esta vez no fue suave. Fue profundo, hambriento, como si quisiera tragarse cada duda que aún me quedaba. Sus manos bajaron por mi espalda, se clavaron en mis caderas y me giró con facilidad hasta dejarme boca abajo sobre las sábanas. Sentí su peso cubriéndome por completo, su pecho contra mi espalda, su aliento caliente en mi nuca.
—No te muevas —murmuró, voz ronca—. Quiero sentirte todo esta noche.
Separó mis piernas con las rodillas y se acomodó entre ellas. Sus dedos volvieron a esa entrada que ya conocía tan bien: primero uno, luego dos, girando lento, abriéndome con paciencia cruel mientras su otra mano me acariciaba la nuca, manteniéndome quieto. Gemí contra la almohada cuando metió el tercero y empezó a bombear despacio, curvando los dedos justo donde sabía que me volvía loco.
—Estás tan mojado todavía de antes… —susurró, mordiendo suavemente el lóbulo de mi oreja—. ¿Te gusta cuando te preparo así, pequeño?
—Sí… joder, sí…
Sacó los dedos de golpe y sentí la ausencia como un vacío. Pero duró poco. La cabeza gruesa de su polla empujó contra mí, resbaladiza por el lubricante natural que aún quedaba de la ronda anterior. Entró despacio esta vez, centímetro a centímetro, dejándome sentir cada vena, cada pulso. Cuando estuvo completamente dentro, se quedó quieto un segundo, solo respirando contra mi cuello.
—Eres perfecto —gruñó—. Tan apretado… tan mío.
Empezó a moverse. Al principio lento, profundo, saliendo casi por completo para volver a entrar hasta el fondo con un golpe controlado que me hacía arquear la espalda. Cada embestida era precisa, golpeando ese punto que me robaba el aire. Mis manos se aferraron a las sábanas, los nudillos blancos.
—Más… por favor, más fuerte —supliqué.
Él obedeció. Aceleró el ritmo, las caderas chocando contra mi culo con un sonido húmedo y obsceno que llenaba la habitación. Una de sus manos bajó a mi polla, la envolvió con fuerza y empezó a masturbarme al mismo compás que me follaba. La otra mano se enredó en mi cabello, tirando mi cabeza hacia atrás para que pudiera besarme la boca mientras me penetraba sin piedad.
—Dime que eres mío —exigió entre jadeos.
—Soy tuyo… joder, Josh, soy todo tuyo…
Sus embestidas se volvieron brutales, profundas, casi salvajes. Sentía su polla hinchándose dentro de mí, latiendo cada vez más rápido. Mi propio orgasmo subía como una ola imparable. Justo cuando estaba a punto de correrme, él se hundió hasta el fondo y se quedó ahí, pulsando, vaciándose dentro de mí con un gemido largo y ronco que vibró contra mi piel.
—No pares… —gemí, desesperado.
No paró. Siguió moviéndose, lento ahora, ordeñando cada gota mientras su mano grande me masturbaba sin piedad. El placer era demasiado: su semen caliente dentro, su polla aún dura rozando cada nervio sensible, su puño apretado alrededor de mí. Exploté con un grito ahogado, eyaculando sobre las sábanas, temblando entero mientras él me sostenía, besándome el cuello, la espalda, murmurando mi nombre como una oración.
Cuando los dos dejamos de temblar, se dejó caer a mi lado y me atrajo contra su pecho. Estábamos sudados, pegajosos, exhaustos. Pero felices.
—Nunca más vas a necesitar nada que no sea esto —susurró, besándome la frente—. Nada que no sea nosotros.
Sonreí débilmente, con los ojos ya cerrándose.
—Nunca más.
No sabemos qué pasará mañana. La vida no es una película. Puede haber recaídas, peleas, días en que todo se sienta pesado otra vez. Pero ya no estoy solo contra el mono. Ya no estoy solo contra nada.
Cambió la adicción por el sexo, sí. Pero al final, el sexo me trajo amor.
Y el amor… el amor me trajo libertad.
Confieso que este relato es mi forma de terminar lo que empecé hace tiempo en esta misma página y que dejé a medias.
Ahora lo hice a mi manera: más calmado, más centrado en lo que duele de verdad (esa adicción que no se elige), más íntimo en las emociones y en los silencios.
Claro que hay momentos en que los cuerpos hablan (porque a veces solo así se entienden), pero el corazón de la historia está en otro lado.
Gracias por darle una oportunidad a esta versión definitiva. Espero que la sientan honesta y que, al final, les quede una sensación de cierre suave.
próximamente se vendrán otros relatos como les gusta con mas escenas sexuales y mal hablados pero quería por fin cerrar este de aquí .
Si quieren me pueden dar ideas, sugerencias, consejos… todo bienvenido. Escríbanme por Telegram: @Jakeabott
Los quiero <3



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