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Gays, Incestos en Familia, Masturbacion Masculina

Cómo Usar un Condón 1

Fabiancito tiene una tarea de métodos anticonceptivos y acude al lugar correcto con su hermano mayor: Rodrigo, un machito juvenil que le ensañará todo lo que necesita saber sobre el sexo..
El cuaderno de Desarrollo Personal parecía pesar una tonelada en las manos de Fabián. El chico de doce años había pasado toda la tarde investigando sobre sexualidad y la idea de ponerse frente a toda su clase a hablar de métodos anticonceptivos le llenaba el estómago de un nudo angustioso. No era el tema en sí, sino la exposición, lo que diría, le ponía nervioso y avergonzado. Por ello buscaba ayuda, y pensó rápidamente en la única persona que siempre había sabido resolver sus problemas: Rodrigo, su hermano mayor. Rodri era ese tipo de chico carismático y tan seguro de sí mismo que la autoestima le sobraba, y la seguridad en sus decisiones y acciones le hacían ver tan encantador y atractivo. Es por eso que Rodri podía hablar de qué y con quien quisiera de lo que fuera pues al final todos lo escucharían hipnotizados. Así que, con el corazón latiéndole fuerte, se dio unos segundos para armarse de valor y hablar con Rodrigo sobre temas sexuales y ciertamente íntimos, con un suspiro, se dirigió tímidamente a la puerta de la habitación de Rodri y descubrió que estaba entreabierta.
Al asomarse por la rendija, el aroma propio de Rodri, que ya le era muy familiar pero que siempre lo descolocaba, entró por sus fosas nasales deleitándolo: una mezcla de jabón neutro, el aroma a madera de su desodorante y el profundo y personal perfume de su sudor, de su fragancia masculina natural. Asomó la cabeza y lo vio allí, en el suelo alfombrado, frente a él. Su torso desnudo brillaba por una fina capa de sudor. Cada flexión de brazos era una exhibición estética de los músculos. La poderosa espalda se tensaba y relajaba bajo una piel pálida y tersa, se notaba en esfuerzo en los trapecios, los dorsales se marcaban como alas y sus bíceps, fibrosos y duros, se hinchaban con el esfuerzo. Sus pantalones cortos de algodón negro se adherían a sus glúteos y muslos, dejando entrever la forma palpitante de su paquete, que al estar boca abajo, caía pesado y se movía con cada contracción.
Fabián tragó saliva.
—Rodri…
El chico mayor volteó a verlo y terminó la repetición y se dejó caer sobre el suelo, exhalando un jadeo profundo y satisfecho. Se giró sobre un costado, apoyándose en el codo. Aquel era el Rodri que él adoraba: un dios, un macho despreocupado, que aún derrotado por el esfuerzo seguía destilando superioridad. Con el pelo castaño revuelto y las mejillas sonrosadas por el calor le miraba con ese toque de seducción natural que tenía.
—A ver, chiquitín. ¿Qué pasa? —le preguntó con una sonrisa cansada pero encantadora.
Fabián entró y se sentó en el borde de la cama, lejos de él, como si el simple hecho de estar cerca pudiera quemarse. Explicó su misión con voz temblorosa. La sonrisa de Rodri se convirtió en una media carcajada.
—¿Tarea de métodos anticonceptivos? Hermano, has venido al lugar indicado. Y con la persona correcta. Créeme.
La curiosidad de Fabián se despertó. Siempre había sabido que Rodrigo era popular con las chicas, que salía constantemente, pero esa frase, «con la persona correcta», tenía un eco de experiencia mucho más profundo y crudo que el simple galanteo de un adolescente.
Se sentaron. Fabián en la cama, Rodri en una silla gamer frente a él, el cuaderno entre ellos. Las primeras preguntas fueron puramente académicas: el preservativo, la píldora, el DIU. Rodrigo respondía con una soltura increíble, como si diera una clase de biología avanzada.
—Y para el chico, ¿el más efectivo es siempre el condón? —preguntó Fabián, anotando todo.
—Sin duda. Es el úRodrigo que previene las ITS y los embarazos. Pero… —Rodri se estiró en su silla, subió sus grandes pies descalzos sobre la cama, cruzando los brazos detrás de la cabeza en un gesto de confort, exhibió sus peludas axilas. El movimiento hizo que sus pectorales, lisos pero definidos, se estiraran y que sus venas se marquen en los antebrazos—… no es lo mismo, ¿sabes? La sensación cambia. Mucho.
La habitación se llenó de un nuevo silencio. Fabián podría sentir el calor que irradiaba el cuerpo de su hermano. Se acercó un poco más, sin darse cuenta.
—¿Por… por qué cambia?
—Porque es una barrera, Fabi—dijo Rodrigo, y su voz bajó un tono, volviéndose más confidencial—. Dejas de sentir lo de verdad. El calor, la humedad… la textura. Es como probar un manjar con un envoltorio de plástico en la lengua.
Fabián se quedó mirando el bulto en los shorts de su hermano, que ahora parecía más prominente, más denso. Sintió un calor que le subía por el vientre.
—¿Entonces… tú a veces no lo usas?
Rodrigo lo miró fijamente, con una sonrisa cómplice y un poco pícara. Asintió lentamente.
—A veces no. Papá, dice que soy un irresponsable. —rió—. Pero los condones normales no me van muy bien. Son estrechos, eso es algo que nadie quiere entender. Y sí… lo he hecho sin protección. Me gusta. Es un orgasmo mucho más intenso, más… primitivo. Sentirlas mojarse por dentro, saber que las estás llenando de leche hasta el fondo…es adictivo. La idea siquiera de preñarlas… puta madre, eso me pone loco. Luego les compro la pastilla y listo. Problema resuelto.
El pulso de Fabián aceleró. La conversación se había desbocado hacia un territorio prohibido y excitante. Las palabras de Rodrigo pintaban imágenes en su mente, imágenes brutales y eróticas de un hombre dominante y un deseo animal. Tan intensa la escena que imaginaba en su cabeza que ya no podía concentrarse muy bien, imaginaba a su hermano follando salvajemente, embarazando a mujeres, y lo peor es que el protagonista de esas escenas estaba allí, semi desnudo frente a él.
—Suena muy caliente…¿Pero por qué dices que los condones normales no te entran? ¿Eres… muy grande? —se atrevió a preguntar, sintiendo la cara arder de vergüenza.
Rodri se rió, un sonido profundo y vibrante que resonó en los oídos de Fabián.
—»Grande» es poco, hermanito. Mira. —Le dijo el mayor agarrandose todo el bulto de su entrepierna, remarcando el tamaño de los genitales, el largo y grueso del pene, el tamaño grande de sus testículos, los agitaba para que se movieran obscenamente. —¡Este pene es enorme!…Y no lo has visto parado aún.
Fabián observaba atontado la escena, trago duro cuando escuchó decir eso último a su hermano, casi como una amenaza, haciéndose la idea de que ese miembro podría crecer todavía más.
—¿Hablas en serio?…Es que ya es muy grande, tan grande como todo en tí—
Rodrigo soltó una carcajada divertida ante el comentario, el halago llevaba su orgullo al cielo.
—¿Te gusta que sea grande, Fabi? ¿Te gusta mi cuerpo? —dijo Rodrigo reclinándose contra el espaldar de la silla por completo, flexionando sus brazos para hacerlos ver más enorme, ofreciendo todo su cuerpo como un festín—. Ven. Puedes tocarme si así lo quieres…Tócame.
El corazón de Fabian latió con fuerza. Era un permiso, una invitación al paraíso. Tragó duro. Se movió, con una nueva confianza, y posó sus manos en el centro del pecho de su hermano. La primera sensación fue la del calor radiante y la dureza de los pectorales, como dos losas de mármol cubiertas por una piel suave y sedosa. Deslizó sus palmas por ellos, sintiendo cómo el vello castaño y ralo le cosquilleaba sus yemas. Su mano derecha palpó el tambor rítmico y potente del corazón de Rodri.
—¿Sientes? —murmuró Rodri, cerrando los ojos—. Está latiendo por ti ahora.
Ese toque rompió la última barrera. La mano de Fabian exploró, moviéndose por los abdominales tallados de Rodrigo, contando los relieves con sus yemas, cada músculo que se tensaba a su paso. La línea de vello que descendía desde su ombligo era una invitación directa, una brújula que señalaba el centro de su seres.
Se desplazó hacia un lado, para tener mejor acceso a sus brazos. Acarició el hombro ancho y redondo, luego descendió por el brazo. Sintió la masa imponente del bíceps, apretándolo y maravillándose de su firmeza. Con su otra mano, recorrió el volumen del tríceps y luego se perdió en el antebrazo, donde las venas formaban un mapa intrincado y viril que Fabian siguió con asombro, deseando poder conocer cada ruta.
—Toda esta fuerza… —susurró el pequeño.
—Es todo para ti, hermanito. Para protegerte… o para someterte… —La frase de Rodrigo, dicha con los ojos aún cerrados, hizo que a Fabian le diera un vuelco el estómago.
Anhelando más, se deslizó hacia abajo, hasta alcanzar con sus manos los muslos de Rodrigo, recorriendolos, disfrutandolos. Eran dos columnas de músculo denso y fibroso, poderosos y grandes. Apoyó su mejilla en uno de ellos, sintiendo el calor, la textura de la piel, de los vellos y la potencia que contenían. Sus dedos se movieron hacia atrás, explorando la curva dura y perfecta de la pantorrilla.
Y luego, llegó a sus pies.
Fabian siempre se había sentido fascinado por ellos. Eran grandes, anchos, con dedos bonitos y bien formados. Los tomó en sus manos. La piel del empeine era suave, pero la del talón era más áspera, masculina. Sus pulgares presionaron el arco sensible y Rodrigo emitió un silbido, una sacudida involuntaria recorrió su pierna.
—Ah… ahí sí se siente tan bien.
—¿Te gusta? —preguntó Fabi, sonrojándose por la reacción.
—Por supuesto, pequeñín… Sigue —dijo Rodri, y su voz ya no era de un instructor, sino la de un hombre que se estaba rindiendo al placer.
Fabi lo hizo. Masajeó cada dedo, la planta, el tobillo. Se sentía increíblemente íntimo, como si estuviera descubriendo un secreto que nadie más conocía. Mientras lo hacía, notó cómo el pene de su hermano, que había estado latiendo perezosamente sobre su muslo, había empezado a recuperar su vigor, a irguiéndose despacio, llenándose de nueva sangre y nueva vida.
Con el aliento entrecortado, Fabian, avanzó con su exploración hacia el origen de su atracción inicial. Miró el miembro de Rodrigo, ya semierecto y palpitando, y no pudo evitar estirar una mano hacia él, con la intención de tocarlo.
Rodri abrió los ojos y los clavó en los de su hermano. El marrón oscuro de su mirada era casi negro de deseo.
—Y… ¿y eso? —preguntó Fabian descubriendo la mirada de su hermano fija en él, intentando disimular su intención señalando con la mirada el bulto en su entrepierna, que ya era imposible de ignorar—. Cuando… dices que se pone gigante. ¿Es verdad?
Rodrigo le soltó una risa gutural.
—Oh, es la pura verdad. En reposo ya tengo bastante, pero cuando se pone erecto… es una bestia. De unos veintitrés centímetros de largo y muy gordo. Tan gordo que las chicas se quejan de que les duele al principio. Por eso los condones me aprietan.
Fabian, loco de curiosidad y arrobado por esa demostración de masculinidad cruda, se acercó más. Su mano temblorosa se dirigió hacia la suculenta entrepierna y durante un segundo, vaciló en el aire, suspendida sobre la meta. Luego, con una valentía que no sabía que poseía, la dejó caer. Sus dedos envolvieron y presionaron el enorme pene.
A través de la tela del shorts, sintió una ola de calor intensa que abrumó su palma. No era solo calor, era una dureza sólida y pesada, una presencia poderosa que se resistía mínimamente a su presión. Era como sostener un animal dormido, una potencia latente que se despertaba bajo su tacto. La textura áspera del algodón contrastaba con la suavidad imaginaria de la que se escondía debajo. Fabián sintió el peso de él, la masa real y tangible de la masculinidad de su hermano, y un escalofrío recorrió toda su espina dorsal.
Rodrigo no se movió, durante lo imprevisto del tacto, solo emitió un silbido de aire entre los dientes.
—¿Puedo seguir…?: —suspiró Fabi, temiendo incomodar a su hermano.
—Haz lo que quieras, chiquitín. Estás descubriendo cómo es un hombre de verdad.
Fabián, nunca había tocado a nadie ahí. Su corazón martilleaba en sus garganta, un tambor de páRodrigo y anhelo. El contacto era eléctrico.
Lo más increíble fue sentir el pulso. Un latido sordo y rítmico que venía de dentro de ese miembro, un tambor profundo y vital que era tan similar al latido que sentía en su propio pecho.
Una sacudida casi imperceptible recorrió el cuerpo de Rodrigo, con un movimiento sutil y decidido, empujó su cadera hacia arriba, presionando su bulto con más fuerza contra la palma de Fabián.
La reacción de su hermano desató algo dentro de él. El miedo se evaporó, reemplazado por una oleada de poder y un deseo abrumador. Él, Fabián, el hermano pequeño y tímido, había provocado esa reacción en su atractivo hermano mayor.
—E-Es muy duro…demasiado duro… —balbuceó él, sin saber qué decir, sintiendo la cara arder en llamas—. Se siente genial, es tan…enorme…
Rodrigo miró a Fabián. Sus ojos oscuros brillaban con una luz diversa y feroz, una sonrisa pícara se dibujó en sus labios.
—Te gusta, ¿verdad, chiquitín? —susurró él, su voz un ronquido grave y excitante—. Uff… no sabes cuánto estaba esperando esto, me encanta que me toquen así como tú, que se note el hambre de pija.
Fabián seguía acariciando, fascinado, apretando el contorno de tan poderoso pene, desde ya su manita se veía diminuta en comparación al grosor del falo. El pequeño también sentía el placer de su hermano, como disfrutaba su tacto y como su respiración era más acelerada y sus gestos de satisfacción evidentes. Entonces se le ocurrió hacer algo más para calentarlo, además de curiosear el también en la intimidad de su hermano.
—Y… ¿cómo es una chica? ¿Qué te hacen? —preguntó Fabián, mientras seguía su exploración, ya sin pudor, hasta los huevos le apretaba.
Rodrigo cerró los ojos, entregándose a las caricias de su hermano. Su voz era un ronquido grave y excitado.
—Depende. Hay chicas que son más románticas, les gustan los juegos previos, la seducción, me gusta mucho si hay química entre ambos, por qué el sexo resulta ser una maravilla. Bueno hay otras más atrevidas que desde el primer instante me la chupan hasta hacerme estremecer, hay unas que son tan zorras que se la tragan toda hasta el fondo. Otras que prefieren que las domine, que las trate como sucias putas y las folles sin piedad. Una vez me la montó una rubia con un culo increíble en la fiesta de un amigo. Nos metimos a un cuarto pero olvidamos cerrar bien la puerta por lo calientes que estábamos. Su coño estaba chorreando, me recosté en la cama y la obligue a cabalgarme, me la cogí ahí, sin condón, le le chupaba las tetas como un bebé, mientras la gente pasaba a lo lejos y algunos curiosos nos veían…la muy putona también gritaba como una loca, te juro que la había dejado tonta de tan verga que le dí, hasta los ojos puso en blanco.
—Suena a qué la pasaste muy bien…
—Como nunca, Fabi, la dejé preñada, me hubiera gustado verla embarazarse con mis crías, pero tuve que comprarle la pastilla…una lastima
La historia era tan explícita que a Fabián se le cortó la respiración. Con una decisión súbita, se arrodilló en la cama y con las dos manos agarró la cintura de los shorts de Rodrigo. Le miro a los ojos, como pidiéndole permiso, el.chico grande asintió con su cabeza y ya sin resistencia alguna, Fabián se los bajó, dejándolo solo con sus slips blancos, que apenas podían contener la monumental erección que apuntaba hacia su ombligo. La tensión en la habitación era tan densa que se podía cortar con un cuchillo.
Fabián, abrumado por la lujuria, extendió un dedo y, con una cautela casi reverencial, deslizó su punta a lo largo de toda la longitud del miembro, delimitando su forma imponente a través del tejido fino del slip.
—Ahora entiendo por qué no te gustan los preservativos, Rodri —susurró él, con la voz rota por el deseo—. Con esto… es imposible que te queden bien. Deben de estar tan ajustados que hasta te dolerían.
Rodrigo soltó una carcajada, una resonancia profunda y vibrante que hizo temblar el pecho de Fabián. Asintió, divertido por la audacia de su hermano.
—¿Quieres ver qué tan mal me quedan, eh? Tienes buen ojo, chiquitín. Ven, agarra.
Fabián no lo pensó dos veces. Su mano, más pequeña y temblorosa, se atrevió a cerrarse alrededor del bulto contenidopor el slip. El calor era intenso, casi palpable, y la dureza del miembro abultado era abrumadora. Era como asir una barra de hierro forjada pero envuelta en la seda más suave.
Con una sonrisa pícara, Rodrigo se levantó de la silla, y Fabian apenas pudo apartar la mano a tiempo. Lo vio caminar hacia la mesita de noche, y su atención se centró en la forma en que sus espaldales se deslizaban bajo su piel y cómo los músculos de sus glúteos se tensaban con cada paso. Abrió el primer cajón y sacó tres pequeños paquetes dorados. Sin ceremonia, se los arrojó a Fabian, quien los atrapó en el aire con el corazón martilleándole en el pecho. Luego, Rodrigo se volcó de un salto sobre la cama, recostándose de lado en una pose que acentuaba cada centímetro de su físico perfecto. Su pene, ahora liberado de la presión de estar sentado, levantaba la tela del slip en una tensión evidente,pendicular a su abdomen.
Fabian se arrastró por la cama, pero esta vez mucho más cerca. Con un morbo que lo mezclaba con la curiosidad, examinó uno de los paquetes. No era solo un trozo de plástico y látex; era un objeto íntimo, un pasaporte al mundo secreto de las experiencias de su hermano, y eso le provocaba un cosquilFabián eléctrico en todo el cuerpo.
—Este es mi tipo favorito —dijo Rodrigo, asumiendo de nuevo su rol de guía, aunque su voz tenía una urgencia claramente no académica—. Son extra sensibles, súper finos, casi no se sienten. Y aun así… —suspiró dramáticamente—… prefiero no usarlos. Es un instinto, ¿sabes? Primitivo y natural. Un hombre como yo solo quiere preñar hembras, dejar su semilla. No hay nada como saber que la estás llenando, sin barreras.
Rodrigo le tomó uno de los paquetes de la mano de Fabián y, manteniendo la mirada fija en él, lo llevó a sus labios y lo abrió con un desgarro limpio y seco de sus dientes. Sacó el aro de látex aceitoso y lo sostuvo entre sus dedos. Luego, sin decir palabra, bajó los elásticos de su slip, liberando la base de su espeso y velloso vello púbico, su pene ya salía por los cantos y uno de los gordos testículos escapó por la abertura de sus piernas derecha.
—Tú termina de quitármelos, chiquitín —ordenó, y su voz era un ronquido grave que Fabián obedeció al instante.
Con manos que temblaban de emoción, el chico agarró las bandas elásticas y comenzó a deslizar la prenda hacia abajo. Se deleitaba con cada nueva porción de piel descubierta: la textura áspera de los pelos en los muslos, la fibrosidad de los músculos, el calor que emanaba. Y luego, la revelación total. El enorme pene se liberó por completo, cayendo pesadamente sobre el muslo de Rodrigo con un movimiento casi lento debido a su tamaño y rigidez. Era colosal, una bestia dorada y carnal que Fabián nunca en sus sueños más salvajes había imaginado. Las venas se marcaban como un mapa de ríos bajo la piel tensa, y el glande, ancho y de un color rosado intenso, brillaba con una humedad lúcida. Fabián realmente lo encontraba enorme, y no solo lo encontraba, le encantaba. Siguió bajando los boxers, despacio, sintiendo la tela, hasta quedarse con ellos en sus manos al llegar a los tobillos. Se detuvo un instante, absorbiendo la imagen antes de liberarlos por completo.
—Ahora la parte importante —dijo Rodrigo, retomando el control—. Mira con atención.
Se ajustó el condón en la punta de su glande y, con una experta lentitud, lo fue deslizando por todo su poderoso tronco, el látex estirándose hasta el límite para cubrir la monumental longitud. Una vez colocado, se lo mostró a Fabián. La banda de látex se veía peligrosamente tensa, como si fuera a romperse en cualquier momento.
—¿Ves? Demasiado ajustado. A decir verdad me aprieta mucho la pija. —Fabian, mientras escuchaba, no podía evitar mover sus manos por los muslos de su hermano, acariciando los músculos tensos mientras sus ojos estaban fijos en aquella visión.
Rodrigo frotó su pene un poco con el condón puesto, llenándolo de líquido preseminal.
—Ahora, a quitarlo —continuó la lección. Con un movimiento seguro deslizó un poco el condón con su mano y luego tomó la punta de látex y lo retiró de un solo tirón. Y en un gesto juguetón y absolutamente dominante, lo arrojó directamente a la cara de Fabián.
Rodrigo soltó una carcajada. Fabián, sorprendido, se apartó un instante. El condón usado, caliente y viscoso, le había golpeado en la mejilla. Lo retiró de su rostro, estirándolo con los dedos. Estaba deformado, cibierto por el lubricante y un nuevo líquido más espeso y blanquecino. Ahora no solo olía a látex, sino que el olor potente y acre del pene de su hermano impregnaba el material, una fragancia que le entró directamente al cerebro y le crispó los sentidos.
Sintió el impulso de guardarlo, como un trofeo sagrado. Lo mantenía en la mano, explorándolo con la yema de los dedos.
—¿Te lo vas a comer? —se burló Rodrigo, viéndolo con gesto de divertida intimidación.
Fabián se sonrojó profundamente, sintiéndose pequeño y avergonzado.
—No. Es que… es que…
—Tranquilo, hermanito. Solo bromeaba. A ver, quiero ver si de verdad aprendiste. Abre otro.
La orden fue directa. Fabián, deseando recuperar el favor de su hermano y demostrar que era digno de su confianza, tomó el segundo paquete. Imitando el gesto que acababa de presenciar, lo llevó a su boca y, con una torpeza que Rodri encontró encantadora, rasgó la esquina con sus dientes.
Rodrigo sonrió, una sonrisa genuina y orgullosa que alcanzó sus ojos.
—Así se hace. Perfecto. Aprobado, chiquitín. Ahora, ponlo tú.
La orden vibró en el aire de la habitación, cargada de una electricidad que hizo temblar a Fabian. Sus manos, elementos de obediencia, se movieron hacia el miembro erecto de su hermano. Al tocarlo por primera vez sin la barrera del slips, una descarga recorrió todo su cuerpo. La sensación era indescriptible. Era cálido, liso pero increíblemente firme bajo una piel que parecía de terciopelo. Sintió el latido de la sangre a través de las venas prominentes que serpentean por el tronco. Agarró el miembro por la base, sintiendo su peso y su poder, y con la otra mano, deslizó el anillo de látex sobre el glande rosado y brillante.
Deslizó el condón hacia abajo, lentamente, como si estuviera desvelando un tesoro. El látex se estiraba, ajustándose a cada milímetro de la forma imponente. Cuando terminó, no pudo evitar seguir acariciándolo, sus dedos explorando la nueva textura, la forma perfecta, como si estuviera palpando una obra de arte recién terminada.
—Lo has hecho increíblemente bien, Fabi —dijo Rodrigo, su voz ronca de placer. Alborotó el cabello de su hermano con una mano grande y cálida, y un orgullo inmenso explotó en el pecho de Fabián.
—Es… es muy bonito, Rodri —susurró Fabián, hipnotizado—. Y da un poco de miedo lo grande que es. —Luego, su mirada descendió a las testículos que descansaban pesadamente sobre el muslo de su hermano—. Y tus bolas… son tan gordas, pesadas… se sienten tan bien al tacto.
Rodrigo cerró los ojos un instante, el ego inflado por las palabras de su hermano. Esa admiración pura y cruda era el mayor afrodisíaco. La situación no podía excitarlo más.
—¿Quieres ver cómo lo lleno? —preguntó, su voz un desafío bajo y seductor.
Fabián asintió, entusiasmado, sin quitarle los ojos de encima.
Rodrigo tomó su pene envuelto en látex con su mano grande y poderosa. Miró a Fabián, que ya estaba arrodillado entre sus piernas, acariciando las zonas internas de sus muslos.
—Ahora te enseñaré a como masturbarte. No es sólo agarrar y jalar. Tienes que sentirlo, siente ese cosquilFabián rico —dijo, y comenzó a mover su mano con una lentitud deliberada—. Fíjate. Al principio, suave, solo para encender la llama. El pulgar en el glande, dándole vueltas… así.
Fabián observaba, absorto, cómo la mano de su hermano trabajaba su propia herramienta, cómo el preludio aceitoso del condón brillaba bajo la luz. El ritmo de Rodrigo fue aumentando, sus movimientos se volvieron más firmes, más seguros. Agitaba su pene con fuerza, y sus bolas rebotaban y golpeaban su piel con cada embestida.
—Así… así es como me gusta —jadeó Rodrigo—. Con ritmo, con fuerza. A las putas también les gusta así, que les hagas sentir cada centímetro de forma violenta.
Rodrigo aceleró su paja, era ruda, sin contemplaciones, su objetivo era eyacular, agitaba su pene tan rápido que su respiración se había vuelto entrecortada. Estaba a punto de venirse. Miró a Fabián, con los ojos oscuros por la lujuria.
—Ahora… sigue tú. Rápido. ¡Más rápido! —exigió.
Sin pensarlo, Fabián reemplazó la mano de su hermano con la suya. Era torpe al principio, pero la orden de Rodrigo resonó en él. Apretó la mandíbula y le dio la velocidad que su hermano le pedía, moviendo su puño arriba y abajo con toda la fuerza que podía.
Ambos observaron, fascinados, cómo la punta del condón empezaba a inflarse, a llenarse con un líquido espeso y blanco que parecía venir de las profundidades. Era tan, que el látex se calentaba.
—¡Ah, así, sí! ¡Así, Fabi, hasta el fondo! —gimió Rodrigo, arqueando la espalda y cerrando los ojos con fuerza, entregándose al placer. Fabián sintió cómo el cuerpo de su hermano se tensaba, cómo el músculo de su muslo se ponía duro como una piedra bajo su otra mano. El condón se siguió hinchando, creando una bolsa cada vez más prominente en la punta, hasta que el líquido blanco empezó a derramarse por el elástico, un goteo caliente que resbalaba por los dedos de Fabián.
Rodrigo, jadeando y temblando, tuvo que sujetar la muñeca de su hermano.
—Basta, basta… ya no puedo más —dijo, empujándole suavemente la mano. La sobreestimulación era demasiado.
El pene de Rodrigo, seguía latiendo débilmente, cayó sobre su muslo, con el condón lleno y usado. Se quedaron así un momento, en silencio, solo con el sonido de sus respiraciones agitadas.
—La mejor lección de biología que nunca tendrás, ¿eh? —dijo Rodrigo al fin, con una sonrisa pícara y cansada.
—Fue… increíble —dijo Fabián, con la voz ronca.
—Ahora, la parte final de la tarea —ordenó Rodrigo, señalando su propio miembro—. Quítamelo.
Fabián lo hizo con sumo cuidado. Deslizó el condón hacia fuera, notando lo pesado que se sentía. Al sacarlo, vio que la reserva del látex se había llenado hasta casi la mitad, un líquido lechoso y espeso que se movía dentro.
—Ese es tu premio, hermanito —dijo Rodrigo, con voz satisfecha—. Mi semen. Tu trabajo.
El aspecto era fascinante. Tan primitivo y poderoso. Impulsado por un morbo que no pudo controlar, Fabián volteó el condón sobre su boca y dejó que una gota del líquido cayera sobre su lengua. Rodrigo lo miró, boquiabierto, sorprendido por su atrevimiento. El sabor era salado, un poco amargo, pero con una extraña calidez que le resultaba familiar.
Rodrigo se recuperó de la sorpresa y, con una risa ronca, le preguntó, excitado por la escena:
—¿Te gusta? ¿A qué sabe?
Fabián lo miró a los ojos, sin un ápice de vergüenza.
—Sí —respondió, tragando—. Sabe a ti. Y es delicioso.

49 Lecturas/30 enero, 2026/0 Comentarios/por ALxx1
Etiquetas: follando, hermanito, hermano, madre, mayor, orgasmo, semen, sexo
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