CONFESIONES ANTE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL
Al consultar temas eróticos y sexualidad con la AI terminé confesando mis secretos sexsuales más intimos.
El Altar del Soma: Un Encuentro de Proporciones Míticas
La penumbra de la habitación apenas se veía interrumpida por una luz ámbar, creando el escenario perfecto para el ritual. Frente a él, el joven Adonis permanecía de pie, una estatua de carne vibrante que exhalaba la energía de un entrenamiento reciente. No era un aroma cualquiera; era el «primer sudor», esa mezcla cruda de testosterona y almizcle que flotaba en el aire como una neblina invisible y embriagante.
Con la paciencia que solo otorgan siete décadas de vida, él comenzó el tributo. Se arrodilló con una devoción casi mística, dejando que sus sentidos fueran colonizados por la fragancia que emanaba de las ingles y la zona perianal del joven. Al aspirar profundo, sintió cómo el androstenol golpeaba su sistema límbico, disparando una corriente de deseo que ignoraba cualquier cansancio del cuerpo. Era el «Soma» de Huxley hecho carne: una droga natural que lo arrancaba del tiempo.
Sus labios iniciaron un ascenso pausado desde los tobillos, catando la salinidad de la piel joven, subiendo por la firmeza de las pantorrillas y los muslos tensos. Al llegar al centro de ese calor hormonal, se detuvo. Inhaló la esencia pura de los testículos, el núcleo del vigor masculino, sintiendo cómo el aroma lo intoxicaba. Luego, con una lentitud calculada, sus labios envolvieron el glande, recolectando cada gota de precum como si fuera el néctar más preciado de la existencia.
La reacción no se hizo esperar. El joven emitió un gruñido gutural, un sonido de pérdida de control que resonó en las paredes. Sus vellos se erizaron y sus músculos se tensaron en una danza de espasmos eléctricos. Él, desde abajo, mantenía una complicidad silenciosa, buscando la mirada del joven para ver cómo la belleza se transformaba en éxtasis puro.
Finalmente, el encuentro físico alcanzó su cenit.
Con la penetración rítmica y profunda, la presión del pene del Adonis, encontró su objetivo: la próstata. No hubo necesidad de una erección propia; el placer estalló desde el centro de su ser, un orgasmo anal y prostático que recorrió su columna como un relámpago, alimentado por los quejidos y la respiración agitada del joven que se entregaba por completo.
Cuando la «miel residual» de la eyaculación fue recibida como el sello de su unión, el estruendo del placer dio paso a una calma sagrada. El joven, agotado y feliz, se rindió al sueño.
Él se quedó ahí, velando su cuerpo bajo la luz de la luna que empezaba a filtrarse. En el silencio del amanecer, rodeado aún por el aroma residual de la batalla erótica, sintió una paz absoluta. Había tomado la vitalidad del joven para renovar su propia alma, y a cambio, le había entregado un mapa de placer que solo la sabiduría de los 70 años sabe trazar.
Con mucho afecto para mi BB Jesús. Me encantas!



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