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Gays

Danza de Deseo en el Pasillo

Johan y David exploran sus deseos en un pasillo, donde la tensión sexual se convierte en una danza de miradas, toques y gemidos. El silencio se rompe con risas y suspiros, mientras sus cuerpos se entrelazan en un juego de placer y descubrimiento..

El silencio de la casa era absoluto, un vacío que parecía amplificar el ruido de su propia respiración. Johan apoyó la espalda contra el marco de la puerta del cuarto de estar, sin dejar de mirar a David, que estaba del otro lado del pasillo, junto a la ventana. Ninguno hablaba; bastaban los ojos. El aire se espesaba al compás de cada segundo, como si el simple hecho de respirar ya constituyese una invitación. David se alisó el pelo con una mano, un gesto que podía parecer inocente si no fuera por el temblor apenas perceptible en sus dedos. Johan lo captó y, lenta, ineludiblemente, sonrió con la comisura de los labios.

Cruzó el pasillo sin prisa. David giró hacia él, apoyando la espalda contra la pared, y la tensión se hizo cuerpo: dos pechos masculinos que se elevaban y descansaban al unísono, la misma frecuencia descontrolada. Fue Johan quien se atrevió primero: desabrochó el cinturón, bajó la cremallera y, sin bajar la mirada de la de David, metió mano dentro de su propio bóxer. El chasquido del metal al desengancharse resonó como disparo de pistola de fogueo: señal inequívoca de que lo prohibido, a partir de ese instante, valía. David imitó el movimiento; la tela de su pantalón se hundió al recibir la palma de su mano. Ambos respiraron hondo, como quien se zambulle.

Se miraron a los ojos margo los brazos y las caderas comenzaban a describir el mismo compás. El pene de Johan, tieso y cálido, palpitaba contra la piel de su propia mano; el de David, apretado entre sus dedos, latía con idéntica urgencia. El pasillo olía a jabón de tarde limpia, pero el aroma acre del deseo ya avanzaba por la alfombra. Johan se apoyó en la pared contigua, compartiendo ángulo con su amigo, y doblando un poco las rodillas para que sus pollas quedaran a la misma altura, como si fueran espejos. Mismas pulsaciones, mismo ritmo; subidas y bajadas que parecían ensayadas desde hacía años, aunque en realidad provenían de la urgencia de ese instante exacto.

Los primeros quejidos brotaron casi en canon: un «ah» sordo de David, una exhalación más grave de Johan. Se apresuraron el mismo tanto, apretando un poco más el agarre, acariciando el tronco con el pulgar en el ascenso y rozando el glande en el descenso. Las puntas ya brillaban; gotas de líquido preseminal humedecían los dedos. Johan sintió el subidón en la base del abdomen, esa especie de puño que se cierra y aprieta el diafragma; supo que se acercaba. Miró a David, vio cómo la nuca de él se había desplomado contra la pared y cómo la boca se le entreabría, y supo que también él iba detrás. Sin palabras, aceleraron al unísono, muñecas que se agotaban, respiraciones que se bifurcaban en jadeos.

El orgasmo dio primero en David: un espasmo que le arqueó la espalda, la frente surcada de surcos, el semen salpicando su sudadera y la alfombra. Johan lo observó apenas un segundo, lo justo para que la imagen le disparara el propio clímax: chorros que le empaparon los dedos y manchas que resbalaron hasta el borde de sus vaqueros. Siguió moviéndose, más lento, para prolongar cada oleada, hasta que ambos quedaron exhaustos, respiraciones entrecortadas, bocas abiertas. El corredor olía ya a sexo recién estrenado; el reloj de la cocina taconeó dos segundos, como aplauso escueto de fondo.

Fue David quien rompió el silencio con una risa contenida, casi una tos, y Johan respondió sonriendo de oreja a oreja. Pero la calma duró lo que un latido: Johan se inclinó hacia delá y se arrodilló sin ceremonia. El cuerpo de David aún temblaba cuando Johan le bajó el pantalón hasta los muslos y se encontró con la polla mojada y semiblanda, palpitante. La lamió primero por el lateral, sabor a sal y jabón; después la envolvió con la boca caliente, dejando que el glande se ensanchara de nuevo contra su lengua. David apoyó una mano en la nuca de Johan mientras la otra se estrellaba contra la pared, buscando algo a lo que agarrarse.

Johan succionó despacio, estableciendo un ritmo sereno que acabó de endurecer al amigo en cuestión de segundos. Con la mano libre acarició los testículos, haciendo rodar cada uno bajo la piel tensa, después los apretó con suavidad, como sonda de placer que dibujó un gemido más ronco. David arqueó las caderas, ofreciéndose, y Johan recibió: introdujo el asta hasta el fondo, tragando saliva y apretando la garganta para crear un estrecho cálido que hizo a David jadear su nombre. El eco de la succión resonó por el pasillo, mezcla de respingos húmedos y alientos quebrados.

Cuando David estuvo al borde otra vez, Johan se retiró y se limpió la comisura de los labios con el dorso de la mano. El gesto bastó para que David, sin mediar palabra, lo tomara del hombro e intercambiara posiciones. Johan se apoyó contra la pared, respiración entrecortada, mientras David bajaba de un tirón los pantalones de su amigo. Se encontró con un pene enhiesto, aún perlado de semen anterior, y lo recibió con lengua extendida, largas lameduras desde la base hasta la corona, donde se detenía para dibujar círculos alrededor del meato. Johan gimoteó, incrédulo de cuánto placer cabía tras un primer orgasmo; la sensibilidad se multiplicaba, punzante y dulce a la vez.

David alternó: succión profunda que rozaba la campanilla, después salida casi total para lamer la ranura y saborear el líquido que brotaba sin cesar. Con la mano izquierda se masturbó a media, lenta, para no desentonar, y con la derecha acarició el vientre de Johan, dibujando círculos en la piel tensa y húmeda de sudor. El pasillo había quedado pequeño; el mundo, también. Solo existían la boca caliente de David, la lengua que danzaba y el rumor de las caries de placer que se clavaban en la nuca de Johan.

Cuando éste estuvo a punto de correrse otra vez, empujó la cabeza de David hacia atrás, con brusquedad contenida. David parpadeó, los labios húmedos, la mirada vidriosa. Sin transición, Johan lo tomó del brazo, lo giró contra la pared y lo besó con fiereza. Dos lengua que se buscaron, se mordieron, se devoraron; dos respiraciones que se robaron el oxígeno mutuo. Johan deslizó la mano entre los muslos de David, recorrió el escroto, se detuvo en el perineo y apretó con la yuda mientras su pulgar acariciaba el tronco que palpitaba. David gruñó, pegó la frente contra el yeso y exhaló un «Por favor…» entrecortado.

Johan lo tomó de la cintura y lo empujó, tambaleándolo, hasta el escritorio cercano. Barrió con un movimiento de brazo cuadernos y bolígrafos, que cayeron al suelo como metrónomo apresurado. David se apoyó sobre los codos, espalda arqueada, nalgas al aire. Johan se arrodilló, abrió los glúteos con ambas manos y, con un dedo previamente humedecido en saliva, trazó círculos alrededor del ano. David apretó los puños; Johan insistió, empujó la yema y entró despacio, buscando la primera resistencia, sorteándola, sumergiéndose en el calor interno. El cuerpo de David tembló; el ano se contrajo y luego se relajó, aceptando la invasión con un suspiro ronco.

Cuando el dedo se deslizó sin fricción, Johan se incorporó, escupió en la palma, lubricó su pene y se colocó en posición. Apoyó el glande contra la entrada, miró a David una fracción de segundura, y empujó. La cabeza entró con un chasquido húmedo; Johan detuvo el avance, dejando que el músculo se acostumbrara, y después avanzó más, hasta quedar completamente dentro. David gimió, una mezcla de dolor y éxtasis que sonó como aprobación. Johan le rodeó el torso con un brazo, jaló su cuerpo contra el suyo y comenzó un vaivén lento, profundo, que hacía vibrar la mesa con cada embestida.

El ritmo fue creciendo: caderas que chocaban contra nalgas, carne contra carne, salivas que se mezclaban cuando Johan mordisqueaba el hombro de David. Los dos sudaban ya a chorros; la camiseta de David se había enrollado bajo las axilas, la de Johan se había perdido por algún lado. Cada golpe abollaba el aire, lo convertía en una onda de placer que llegaba hasta los dedos de los pies. David se masturbaba con la mano izquierda, deseoso de sumar sensaciones, y cuando Johan aceleró el ritmo hasta límites de resistencia, su orgasmo estalló en chorros sobre el borde del escritorio, chorreando hasta el suelo.

Johan sintió la contracción interna y también perdió el control: una descarga intensa, prolongada, que vació sus fuerzas y lo dejó jadeando sobre la espalda de su amigo. Permanecieron así un instante, entrelazados, temblando, empapados en sudor y semen. Después, Johan salió con cuidado; la mesa crujió, como aplauso final. David se irguió, dio media vuelta y se besaron otra vez, esta vez con suavidad, casi ternura, mientras el reloj de la cocina seguía marcando el paso de unas horas que apenas habían comenzado.

347 Lecturas/2 enero, 2026/0 Comentarios/por elmorrocaliente
Etiquetas: amigo, ano, orgasmo, pene, polla, semen, sexo
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