• Registrate
  • Entrar
ATENCION: Contenido para adultos (+18), si eres menor de edad abandona este sitio.
Sexo Sin Tabues 3.0
  • Inicio
  • Últimos Relatos
  • Publicar Relatos
  • Relatos Eróticos
    • Categorías de relatos
    • Buscar relatos
    • Relatos mas leidos
    • Relatos mas votados
    • Relatos favoritos
    • Mis relatos
    • Cómo escribir un relato erótico
  • Menú Menú
1 estrella2 estrellas3 estrellas4 estrellas5 estrellas (2 votos)
Cargando...
Gays

El amigo de mi sobrino III

Como mi sobrino se entera que me cogi a su amigo .
Parte III

Por la mañana me despertó un cosquilleo de cabello en mi nariz, Kev estaba abrazado a mi y su cabellito me picaba un poco, lo vi y me quede embelesado observando como era guapo este chico, y que lo había hecho mío la noche anterior, tan solo de recordarlo me ponía duro, aunque no era el único duro, sentía su pene presionando contra mi muslo, tal vez esta vez lo dejara penetrarme a mí, con esa idea comenzaba a idear la forma de despertarlo cuando escuche ruidos de que abrían la puerta principal, escuche a mi sobrino gritar, Tio ya vine, traje tamales para los tres, de seguro Kevin tiene hambre de tanto jugar con palanca del play jeje

Se rio solo de su chiste malo. Yo me quedé helado. Kev se tensó al instante, su brazo apretándome más fuerte como por instinto. No habíamos cerrado la puerta de la habitación. Ni siquiera la habíamos empujado del todo. Estúpidos. Demasiado confiados. Demasiado… felices.

Alex apareció en el marco de la puerta antes de que pudiéramos reaccionar. Llevaba una bolsa de plástico en la mano y una sonrisa que se le borró en medio segundo.

Luego giró la cabeza hacia mi dentro de la habitación. Nos vio: yo sentado en la cama tratando de cubrirme con la sábana, Kev a mi lado con los ojos muy abiertos, el pecho subiendo y bajando rápido. No había forma de disimular. Estábamos desnudos en la misma cama.

Silencio. El peor silencio de mi vida.

Alex soltó la bolsa. Los tamales cayeron al suelo con un ruido sordo.

—¿Qué… carajos…? —murmuró, como si no pudiera procesar las palabras.

Kev fue el primero en hablar, con voz temblorosa pero firme:

—Alex… no es… o sea, sí es, pero…

—No me digas “no es lo que parece” porque SÍ es exactamente lo que parece —lo cortó Alex, la voz subiendo de tono—. ¿Tú y mi tío? ¿En serio, Kevin? ¿Mi mejor amigo y mi… tío?

Me levanté despacio, envolviéndome la sábana como pude. Sentía las piernas de gelatina.

—Alex, escúchame. Esto no fue planeado. Pasó… y yo…

—¿Y tú qué? ¿Te aprovechaste de él? ¿O él se te insinuó? Porque lo vi ayer, ¿sabes? Cómo te miraba. Pensé que era cosa mía, que estaba imaginando cosas. Pero no. No eran imaginaciones.

Kev se levantó también, sin importarle la desnudez, solo se puso los bóxers rápido.

—No fue así, wey. Yo… yo lo busqué. Yo lo quise. No me obligó a nada.

Alex lo miró como si le hubiera dado una cachetada.

—¿Y desde cuándo? ¿Desde cuándo me están viendo la cara?

—No te la vimos, Alex —dije yo, intentando sonar calmado, aunque por dentro me estaba desmoronando—. Simplemente… pasó. Y no sabíamos cómo decírtelo. Teníamos miedo de que reaccionaras así.

—¿Miedo? Claro que tengo miedo, cabrón. Miedo de que mi mejor amigo y mi tío estén… —hizo un gesto vago hacia la cama— haciendo esto a mis espaldas. ¿Y si mi papá se entera? ¿Y si alguien más? ¿Qué mierda voy a hacer yo con esto?

Se le quebró la voz al final. No era solo enojo. Era traición. De los dos lados. De su amigo y de su familia.

Kev dio un paso hacia él.

—Alex, por favor. Eres mi hermano. No quiero perderte por esto.

Alex retrocedió.

—No me toques. No ahora. Necesito… necesito pensar.

Agarró las llaves que había dejado en la mesa, dio media vuelta y salió dando un portazo que hizo temblar las ventanas.

El silencio que dejó fue peor que el grito.

Kev se dejó caer sentado en la cama, cubriéndose la cara con las manos. Yo me acerqué, le puse una mano en el hombro. No me rechazó, pero tampoco me miró.

—Lo arruinamos —susurró.

—No todavía —le dije, aunque no estaba seguro de creerlo—. Alex es impulsivo, pero te quiere. Y a mí también, aunque ahora mismo quiera matarme. Va a necesitar tiempo.

Se quedó callado un rato. Luego levantó la vista, los ojos rojos.

—¿Y nosotros? ¿Qué somos ahora? ¿Seguimos… o esto se acaba aquí?

Lo miré. Vi el miedo en su cara, pero también la esperanza. Ese chico se estaba enamorando de verdad, y yo… yo ya no podía mentirme. Me estaba dejando llevar. Cada vez más. Cada beso, cada caricia, me hacía más difícil imaginar volver a la vida de antes.

Me senté a su lado, lo abracé por los hombros.

—No se acaba aquí. No si tú no quieres. Pero va a ser más complicado ahora. Mucho más.

Él asintió, apoyó la cabeza en mi hombro.

—Vale la pena —murmuró—. Aunque duela.

Y ahí, en medio del desastre, nos quedamos abrazados. Sabiendo que lo que venía iba a ser una tormenta. Pero también sabiendo que, por primera vez, no quería huir de ella.

Pasaron un par de horas en las que Kevin había regresado a su casa y pidiéndome que lo mantuviera informado si regresaba Alex, estaba tratando de leer en mi sala, pero no podía no me concentraba. Entonces se oyó la llave en la puerta. Alex entró despacio, sin dar portazo esta vez. Llevaba la misma ropa, el pelo revuelto como si hubiera caminado mucho. Sus ojos fueron directo a mi, pregunto por Kevin con una voz que parecía que se rompería en cualquier momento, solo atine a decirle que se había ido a su casa.

—No me fui muy lejos —dijo al fin, voz baja—. Solo… necesitaba aire. Pensé en irme a la casa de mi novia, pero… no podía. No podía dejar esto así.

—Alex… lo siento. De verdad.

Alex levantó una mano, como pidiendo que no hablara todavía.

—No sé qué decir. Me pasé la tarde caminando, pensando en… en todo. En cómo Kev siempre ha sido mi carnal, el que me cuenta todo, y de repente está… con mi tío. En tu casa. En tu cama. —Me miró directo—. Y tú… tú eres familia. Se supone que eres el que me cuida, no el que… —Se cortó, ruborizándose—. No sé.

Me levanté despacio, la playera cayendo un poco más abierta. Sentí cómo sus ojos bajaron un segundo a mi torso antes de apartarse rápido, como si se hubiera quemado.

—Alex, siéntate. Hablemos. Nadie te está pidiendo que lo aceptes de un día para otro.

Se sentó en el sillón de enfrente, lejos de nosotros. Pero no podía dejar de mirarme. Vi cómo su mandíbula se tensaba.

—Es que… no entiendo por qué me siento así —admitió, voz entrecortada—. Estoy enojado, sí. Me siento traicionado. Pero también… —bajó la mirada al piso—. También me da… no sé. Celos. Mucha rabia. Y no sé de quién.

Kev frunció el ceño.

—¿Celos? ¿De mí? ¿O de…?

Alex soltó una risa amarga, sin gracia.

—No sé, cabrón. A veces pienso que es de ti, porque estás con mi amigo y yo… yo siempre he sido el que está cerca de ti. El que te conoce mejor. Y de repente tú estás aquí, tocándolo, besándolo, cogiendo con él… y yo me siento como si me hubieran quitado algo. Pero luego pienso… ¿y si es de Kev? Porque él tiene… no sé, esa ingenuidad. Esa forma de mirarte que yo nunca he tenido. Y tú lo miras como si… como si fueras feliz de verdad. Y yo… yo tengo novia. Tengo novia y me la paso bien con ella. Pero verlos así… me hace sentir raro. Como si estuviera perdiendo algo que ni sabía que quería.

—Alex… —empecé, con cuidado—. Esos sentimientos… no son raros. A veces cuando ves a alguien que quieres mucho con otra persona, duele. Aunque sea tu amigo o tu familia. Y si además hay… atracción confundida, o curiosidad, o lo que sea… puede ser más jodido.

Alex levantó la vista, ojos brillosos.

—¿Atracción? Yo soy hetero, tío. Siempre lo he sido. Me gustan las chavas. Punto. Pero… ¿por qué entonces me pongo así de caliente y de enojado al mismo tiempo viéndolos? ¿Por qué me imagino… cosas? No con Kev, no exactamente. Pero… verte a ti, así, medio desnudo, con él pegado… me hace sentir… no sé. Cosas que no debería.

Se cubrió la cara con las manos.

—No quiero ser gay. O bi. O lo que sea. Solo quiero que las cosas vuelvan a ser como antes. Pero no puedo dejar de pensar en cómo lo hicieron anoche… o esta mañana. En cómo tú lo abrazabas. Y me da asco conmigo mismo por pensarlo, pero también… no sé. Me excita un poco. Y eso me asusta más.

—No sé qué hacer. No quiero perder a mi amigo. Ni a ti, tío. Pero tampoco puedo fingir que no vi nada. Que no me afecta.

Me acerqué también, sentándome al lado de Alex. Mi mano rozó su espalda baja, sintiendo la piel caliente bajo los dedos.

—Entonces no finjas. Quédate. Hablemos. Llora si quieres. Grita. Pero no te vayas pensando que esto te hace menos hombre, o menos hetero, o lo que sea. Los sentimientos son un desmadre. Y a veces tardan en acomodarse.

Alex asintió despacio, sin mirarme directo.

—Solo… denme tiempo. No sé si puedo verlos así… tocándose… sin que me revuelva todo por dentro. Pero no quiero irme.

—yo no quiero que te vayas, yo te quiero como un hijo, y de verdad lamento que las cosas se me hayan escapado de las manos, realmente no lo pensé hasta hace unos días. Y mentiría si te dijera que no siento cosas por Kev, pero no quiero hacerte daño y si tu crees que debo dejar de verlo, lo haría por ti, porque no quiero perderte.

Alex me dijo que no quería eso, me dijo que le diera tiempo, que necesitaba ver a  Kev, que conociéndolo estaría sufriendo y no quería que eso ocurriera, después de todo era su amigo y no lo quería lastimar, así que nuevamente se marcho dejándome solo con mis pensamientos.

Mas tarde, sono mi celular, era Kevin, sonaba un poco mas tranquilo y me dijo que Alex había ido a verlo.

Que al inicio fue raro, que no sabían quien debería iniciar a hablar, pero que fue Alex el que comenzó la plática, le dijo que necesitaba tiempo, que no sabia como actuar, pero que le inquietaban muchos pensamientos extraños, le conto que no sabia de quien tenia celos, le dijo que lo quería mucho y entendía porque se había fijado en su tío Santi, que era un hombre atractivo, y que también el lo era. Y todo eso lo confundia. Pero que prometía que actuaria normal y vería como se dan las cosas, y que para probarlo, le propuso que se vieran en la tarde en mi depa para pasar la noche ahí y ver como se daban las cosas.

Eso me dio alegría, ya que no tendría que dejar a Kevin, y Alex tal vez lo podría tomar con normalidad después de todo.

Por la tarde noche, cuando llegaron, los escuche llegar bromeando como siempre, y al entrar y verme se quedaron callados, alex me saludo con un abrazo y beso en la mejilla, y Kev avanzo y me dio la mano.

Alex de la nada soltó, si ya se cogieron no se pongan mojigatos, esa broma rompió la tensión y Kev se acerco y me dio un beso en los labios. Vi de reojo un sonrojo en Alex cuando nos vio, pero traté de no pensar en eso por el momento

La broma de Alex rompió el hielo como un martillazo en cristal. Nos reímos los tres, aunque la risa salió un poco nerviosa. Kev se separó de mis labios despacio, pero su mano quedó en mi cintura, como ancla. Alex carraspeó, todavía sonrojado, y dijo:

—Venga, ¿qué? ¿Vamos a ver una película o qué? No me van a dejar aquí de vela toda la noche.

Elegimos algo ligero, una comedia vieja que ninguno veía en serio. Nos sentamos en el sofá: yo en medio, Kev a mi derecha con la cabeza apoyada en mi hombro (ya no disimulaba tanto), y Alex a mi izquierda, un poco más separado, con las piernas cruzadas como si quisiera poner barrera. Pero conforme pasaba la película, se relajó. Reíamos en los mismos chistes, comentábamos las escenas absurdas, y por momentos parecía que todo volvía a ser como antes… casi.

Cuando terminó la película ya eran las dos de la mañana. El depa estaba en penumbra, solo la luz azulada de la tele iluminando nuestras caras. Alex bostezó, estiró los brazos y dijo, con esa media sonrisa traviesa que ponía cuando quería decir algo incómodo sin parecerlo:

—Oigan… ¿y ahora qué? ¿Dónde duermo yo? Porque no pienso irme a estas horas,

Kev y yo nos miramos. Antes de que pudiera responder, Alex soltó:

—Duerman juntos en tu cuarto, tio Santi. Yo me quedo en mi habitación… pero no hagan ruido, ¿eh? Jeje. No quiero escuchar nada raro.

Lo dijo con tono de broma, pero había algo en su mirada: curiosidad, nervios, un brillo que no era solo cansancio. Kev se rio bajito, pero yo sentí un cosquilleo en la nuca. Asentí.

—Está bien. Y… gracias por quedarte.

Alex se levantó, nos dio un abrazo rápido a cada uno (a mí más largo, como para reafirmar que seguía siendo familia), y se fue a la habitación de huéspedes. Cerró la puerta, pero no con llave. Kev y yo nos quedamos un rato en silencio en la sala, recogiendo los vasos y las cobijas.

Cuando entramos a mi cuarto, empujé la puerta pero no la cerré del todo —un hábito tonto, o quizás inconsciente, por si Alex necesitaba algo en la noche. Nos quitamos la ropa despacio, como en un ritual. Primero las playeras: la de Kev cayó al piso revelando su torso liso, los músculos definidos pero suaves de un chico de 19 años que hace deporte, pero no obsesivamente. Yo hice lo mismo, sintiendo cómo su mirada bajaba por mi pecho, mis abdominales marcados por el gym, hasta la línea de vello que descendía hacia mi bóxer. Él se sacó los jeans primero, quedando en bóxer grises que se ajustaban perfecto a sus caderas estrechas. Yo lo seguí, y nos paramos ahí un segundo, mirándonos en la penumbra de la lámpara de noche.

—Santi… —murmuró Kev, acercándose. Sus manos tocaron mi pecho, dedos fríos contra mi piel caliente—. Te extrañé hoy. Todo el día pensando en ti, en esto.

No pude contenerme más. Lo jalé hacia mí con urgencia, nuestros cuerpos chocando con esa pasión que había estado acumulándose desde la tarde. Lo besé profundo, feroz, mi lengua invadiendo su boca mientras mis manos bajaban por su espalda, clavándose en sus nalgas firmes. Kev gimió contra mis labios, su erección presionando dura contra la mía. Lo empujé hacia la cama, cayendo encima de él, nuestros besos volviéndose más salvajes, mordidas suaves en el labio inferior, mi barba rozando su piel lisa y haciéndolo temblar.

—Te necesito tanto —gruñí contra su cuello, lamiendo el pulso acelerado ahí—. No puedo parar de pensar en cómo te sientes alrededor de mí.

Kev arqueó la espalda, sus uñas rastrillando mi espalda mientras yo bajaba por su pecho. Lamí sus pezones, succionando uno hasta que se endureció como una piedra, luego el otro, alternando mordidas leves que lo hacían jadear. “Ah… Santi… sí… más”, susurraba, su voz ronca y desesperada. Bajé más, besando su abdomen, trazando la V de sus caderas con la lengua hasta llegar a su bóxer. Se lo bajé despacio, liberando su pene duro, hinchado, goteando pre-semen en la punta. Lo tomé en mi mano, masturbándolo lento mientras lo miraba a los ojos. Kev se mordió el labio, empujando sus caderas hacia arriba.

Lo tomé en mi boca, saboreando su salinidad, mi lengua girando alrededor de la cabeza antes de tragarlo profundo. Kev gimió más alto, sus manos en mi pelo, guiándome. “Dios… tu boca es tan caliente… no pares”. Lo succioné con pasión, alternando ritmo rápido y lento, sintiendo cómo palpitaba en mi garganta. Él se retorcía debajo de mí, sus gemidos ahogados en la almohada para no hacer ruido.

No quería que terminara así. Lo saqué de mi boca con un pop húmedo, y lo volteé boca abajo. Besé su espalda, bajando hasta sus nalgas. Las abrí con manos temblorosas de deseo, y lamí ahí, mi lengua explorando ese botón apretado que se abría con cada pasada. Kev empujó hacia atrás, gimiendo: “Santi… me vuelves loco… métemelo ya”. Usé dedos lubricados con saliva, primero uno, luego dos, curvándolos para golpear su próstata. Él temblaba, su pene frotándose contra las sábanas.

Agarré el lubricante y condón del buró, me preparé rápido. Lo puse en cuatro, sus nalgas arriba, invitadoras. Entré despacio, sintiendo cómo me apretaba, ese calor apretado que me hacía gruñir. “Estás tan jodidamente apretado… perfecto para mí”. Empecé a embestir, lento al principio, saliendo casi todo para entrar profundo. Kev gemía con cada golpe, empujando hacia atrás para encontrarme. Aceleré, mis manos en sus caderas, clavándome fuerte. Cambiamos posición: lo puse de espaldas, sus piernas sobre mis hombros, penetrándolo más profundo, viendo su cara contraída de placer, su pene bamboleándose con cada embestida.

Lo volteé de nuevo, esta vez lo monté sobre mí. Kev se sentó en mi pene, bajando despacio hasta tenerme todo dentro. Empezó a moverse, sentones rítmicos, sus manos en mi pecho para apoyarse. “Ah… Santi… me llenas tanto…”. Yo empujaba desde abajo, golpeando su próstata, sintiendo cómo se contraía alrededor de mí. La pasión era abrumadora: sudor resbalando por nuestros cuerpos, gemidos entrecortados, besos desesperados cuando se inclinaba.

Y entonces lo vi.

La puerta entreabierta dejaba una rendija de luz del pasillo. Ahí estaba Alex, de pie, inmóvil. Su silueta clara: pantalones de pijama bajados hasta los muslos, su pene fuera —duro, grueso, sorprendentemente grande, más de lo que imaginaba, con una curva ligera que lo hacía verse imponente—. Su mano lo envolvía, masturbándose despacio, rítmicamente, la punta brillante bajo la luz tenue. Sus ojos fijos en nosotros, en cómo Kev montaba mi pene con pasión, en mis manos apretando sus nalgas, en los gemidos que escapaban pese a todo. Su pecho subía y bajaba rápido, su otra mano apoyada en el marco para no caer.

No paré. El dilema me golpeó como un rayo: era mi sobrino, el chico al que había visto crecer, y ahora lo veía así, excitado por nosotros, masturbándose al verme poseer a su amigo. Culpa, excitación prohibida, un nudo en el estómago que me hacía empujar más fuerte. ¿Debería parar? ¿Decirle algo? Pero no lo hice. Lo dejé ver, porque parte de mí quería que entendiera, que viera la pasión cruda, y porque, joder, su presencia me ponía aún más caliente, aunque sabía que esto me perseguiría después.

Aceleré, mis caderas chocando contra Kev con fuerza. Él llegó primero, su pene explotando sin tocarlo, semen caliente salpicando mi abdomen con un gemido profundo y masculino: “Santi… me vengo… ah…”. Ese apretón me llevó al borde. Me vine fuerte, empujando profundo una última vez, llenando el condón mientras mis ojos se clavaban en la rendija. Alex tembló, su mano acelerando hasta que se vino también, su semen cayendo al piso en chorros silenciosos, un suspiro ahogado escapando de él.

Se retiró en silencio, cerrando la puerta con cuidado.

Kev, todavía jadeando, se dejó caer sobre mí, besándome el cuello.

—¿Crees que nos escuchó? —murmuró, ajeno a todo.

Sonreí en la oscuridad, pero por dentro el dilema ya empezaba a roerme: ¿qué había hecho al dejarlo ver? ¿Qué significaba eso para nosotros tres?

—Algo más que eso. Pero está bien. Mañana hablamos.

Nos quedamos abrazados, sudados, satisfechos. Sabiendo que la tormenta no había pasado… solo se había vuelto más interesante.

19 Lecturas/25 febrero, 2026/0 Comentarios/por Kojiseki2
Etiquetas: amigo, cogiendo, gay, hermano, hijo, semen, sobrino, tio
Compartir esta entrada
  • Compartir en Facebook
  • Compartir en X
  • Share on X
  • Compartir en WhatsApp
  • Compartir por correo
Quizás te interese
Con el hermano de una amiga
Sexo con mi vecino desde los 13 años 1
LA RAZÓN DE MI FANTASIA DE VER COGER A MI ESPOSA CON OTRO
Mi hermano, mi novio, mi hija y yo.
MI AMIGA, YO Y MEJOR AMIGO "OBY"
🖤Machos Para mi a Hijo PT 2
0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir!

Deja una respuesta Cancelar la respuesta

Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.

Buscar relatos

Search Search

Categorías

  • Bisexual (1.388)
  • Dominación Hombres (4.238)
  • Dominación Mujeres (3.120)
  • Fantasías / Parodias (3.415)
  • Fetichismo (2.810)
  • Gays (22.409)
  • Heterosexual (8.476)
  • Incestos en Familia (18.625)
  • Infidelidad (4.577)
  • Intercambios / Trios (3.194)
  • Lesbiana (1.176)
  • Masturbacion Femenina (1.032)
  • Masturbacion Masculina (1.972)
  • Orgias (2.119)
  • Sado Bondage Hombre (462)
  • Sado Bondage Mujer (191)
  • Sexo con Madur@s (4.455)
  • Sexo Virtual (272)
  • Travestis / Transexuales (2.475)
  • Voyeur / Exhibicionismo (2.591)
  • Zoofilia Hombre (2.251)
  • Zoofilia Mujer (1.681)
© Copyright - Sexo Sin Tabues 3.0
  • Aviso Legal
  • Política de privacidad
  • Normas de la Comunidad
  • Contáctanos
Desplazarse hacia arriba Desplazarse hacia arriba Desplazarse hacia arriba