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Gays, Incestos en Familia, Zoofilia Hombre

El Castigo de Papá 3

Jhonatan asiste a su padre, Sérgio, en todas su folladas, ¡El macho es realmente insaciable!.
El aire en el establo era denso, olía a sudor, a heno y a sexo. Yo era testigo mudo de las dos hembras que yacían rendidas en sus pesebres. La primera, una yegua blanca de pelaje sedoso, temblaba todavía, y la borrega, acostada, cansadita por la tremenda follada, mascullaba en un rincón con sus agujeros destartalados. Pero la noche aún no acababa.

Mi padre se irguió, un coloso sacudido por la respiración profunda. Su pene, aunque satisfecho, no perdía su imponente semi-erección. Sus ojos encontraron a la última de sus hembras, la que esperaba pacientemente su turno. La yegua negra, la más alta y robusta de todas, con ancas que se asemejaban al culo amplio y poderoso de una mujer madura.

—Te quedaste, mi negra culona. Pensé que te había olvidado, ¿eh? —dijo Sergio, con una sonrisa depredadora—. Pero un macho como yo nunca deja a una hembra insatisfecha. Toca que te reviente ese culo oscuro y ese coño que ya me conoce. Esta es la última, campeón. Esta es la que me acaba la noche. Ven, quedate cerca.

Sergio se acercó a la yegua negra y la acarició, su mano recorriendo el lomo lustroso hasta llegar a sus ancas. No hubo preparación. No hubo caricias. Esto era pura dominación. Se acercó a ella, y sin más, le apuntó su pene aún húmedo a la vagina y se lo hundió de un solo embiste. La yegua negra relinchó fuerte, un sonido de sorpresa y sumisión, pero no se movió.

—¡Ahhh, sí! ¡Así! ¡Siempre tan abierta para tu macho! —rugió Sergio, apartando la cola del animal para exponer su vulva, ya húmeda y abierta. La follada fue brutal desde el primer segundo. No había ritmo, no había mesura. Eran embestidas secas, profundas, que hacían que todo el cuerpo de la yegua temblara y se desplazara hacia adelante. Sus testículos golpeaban su vulva con un sonido rítmico y húmedo, como si le diera nalgadas. — Mira, Jhonatan, ¿Ves? Esta puta ya estaba lista para mí… ¿Te gusta cómo la follo?

Yo asentía con la cabeza, hipnotizado por lo que veia, con mi propio pene en la mano, sin poder dejar de tocarlo. Era demasiado. Era la máxima expresión de poder. Mi padre, mi macho, sometiendo a esa criatura magnífica.

—¡Mírame! —dijo Sergio cuando vio como la hembra volteaba para contemplarlo tanto como lo hacía yo—. ¡Mira a tu macho mientras te destruye el coño! ¡Eres mía! ¡Toda mía!

—¡Papá, te esta succionando la verga!—exclamé notando las contracciones de la vagina de la yegua. Literalmente esta succionando el pene de mi papá.

—¡Ufff! Y no sabes cómo succiona esta zorra —gritó Sergio entre jadeos. —¿Ves cómo entra y sale? ¡Muy profundo! ¡Hasta el fondo! Esta es una hembra de verdad, un culo bien hecho para un hombre como yo—.

Le pegó una palmada tan fuerte en el culo que el eco resonó en todo el establo. La yegua respondió con otro relincho, y entonces vi algo que me paralizó. Sus patas traseras empezaron a temblar de forma incontrolable. Su lomo se arqueó y sus flancos se contrajeron. —¡Sí, mi puta! ¡¡VENTE!! ¡¡VENTE AHORA!! —gritó Sergio, sintiendo las contracciones de su vagina aprisionándolo con una fuerza increíble.

Y la yegua llegó. Su orgasmo fue visible, violento. Un torrente de fluidos salió de ella, mojando las piernas de mi padre y el suelo. Sus músculos se tensaron y luego se relajaron en un espasmo total. Se quedó quieta, jadeando, completamente rendida. Sergio, al sentirla llegar, se vació dentro de ella con un último rugido de satisfacción.

Se quedó así un momento, recostado sobre el lomo del animal, recuperando el aliento. Luego se desprendió de ella, lentamente. Su pene salió flácido, pero increíblemente todavía grande. Se giró hacia mí, con el pecho inflado y una sonrisa de superioridad absoluta.

—¿Viste, mijo? —dijo, su voz ronca y potente—. ¿Viste lo que un verdadero macho hace? No hay hembra, de la especie que sea, que pueda resistirse a esto. Nací para follárselas a todas.

Se acercó a mí, aún desnudo, y me pasó un brazo por los hombros. Su olor era embriagador.

—Papá… eres… eres el más fuerte de todos —logré decir, con la voz quebrada por la emoción y el propio orgasmo que acababa de tenerme en la mano.

Él rió. —Claro que sí. Por eso tu mamá me aguanta, porque sabe que no hay otro igual. Aunque se queje, al final siempre vuelve a querer esta verga. Ahora, pajeame un poco, hijo, quiero soltar leche por última vez.

Fui obediente, agarre el pene jugoso de mi padre y lo rodee como pude con mis manos y empecé a masturbarlo a como creía que le gustaría. Él me pedía que fuera más rápido, y lo intente, todavía recuerdo lo mucho que me dolían los brazos de tanto agitar la pollota que me dio la vida.

La estimulación era demasiada, supongo, porque Sergio echó su cabeza hacia atrás del gusto. De pronto me empujo de su pene, separando mi boca y mi mano de su miembro inflamado. Volvió a clavárselo a la yegua con un rugido gutural, y con una serie de embestidas cortas y violentas, soltó el último remanente de su leche dentro del vientre del animal. Se quedó allí un momento, sintiendo cómo se vaciaba, completamente satisfecho.

Se giró, resoplando, y me miró. — Amo llenar de semen a mis hembras. Sentirlas mías por dentro, llenas de mí… me hace muy, muy feliz—

Esa era la escena, yo arrodillado acariciando las piernas de mi padre mientras él recuperaba el aliento. Luego de un rato salió al fin con la polla medio flácida de la yegua. Satisfecho, empezó a guardar a las hembras en sus corrales hablándoles como si fueran sus reales mujeres, las limpiaba, acariciaba, y cuando todo estuvo en orden me llamó para ir a la casa.

Caminamos hacia la salida del establo. El aire de la noche ya era fresco. —Tengo que mear, mijo. Tanta cogida me tiene reventando la vejiga. ¿Quieres ver?

Asentí sin dudarlo. Quería verlo todo. Se detuvo junto a una pileta de agua para los animales, abrió sus piernas y meneó su pene. Lo tomé con mi mano, sintiendo su peso y su calor todavía reciente. Lo apunté hacia el suelo. —Apriétalo un poco, mi niño. No la sueltes todavía —me ordenó.

Yo lo hice, sintiendo cómo se llenaba de orina, tensándose en mi puño. Luego, con un gesto de cansancio y placer, mi papá soltó. Un chorro potente, amarillo y caliente salió de la uretra, estrellándose contra la tierra con un fuerte sonido. Duró y duró, un río de hombre que parecía no tener fin. Yo lo miraba, fascinado, sintiendo un poder extraño al controlar ese flujo, al ser el que sostenía el instrumento de su masculinidad.

Cuando terminó, lo sacudí un par de veces. —Gracias, mijo. Eres un buen asistente. Vamos a dormir, que mañana hay mucho trabajo.

Esa noche, todo cambió. Dormimos juntos en la cama pequeña de la habitación del granjero. Yo no me aguanté las ganas. Me pegué a él, como un koala a un árbol, y mis manos no pararon. Lo acaricié todo. La pelusa de su pecho, los relieves de su abdomen, la firmeza de sus muslos, la aspereza de sus piernas. Él se dejó hacer, roncando suavemente, y a veces, en sueños, pasaba un brazo sobre mí, atrapandome. Y yo sentía que ese era mi lugar, al lado de mi macho.

A partir del día siguiente, la granja se convirtió en nuestro paraíso secreto. Sergio se pasó los días trabajando desnudo. Reparaba cercas, limpiaba establos, daba de comer a los animales, todo al aire libre, con su cuerpo al sol. Decía que la ropa solo estorbaba. Y yo era su sombra. Lo ayudaba, le traía herramientas, le pasaba agua, y mis ojos nunca se apartaban de él. Admiraba cada gota de sudor que corría por su espalda, cada contracción de sus músculos cuando levantaba algo pesado.

Las folladas se volvieron una rutina diaria. Cada tarde, después del trabajo, mi padre elegía a una de sus hembras. Las borreguitas eran sus favoritas por lo ajustadas que eran. Yo ya no me escondía. Me sentaba en un taburete a un lado del corral y observaba. A veces, me pedía ayuda. —Mijo, tráeme esa banca. O aguantale a esta puta que no para de moverse. —Escúpeme la pija, mijo, que está seca. —Acércate y tócame los huevos mientras me corro. Hazlo bien.

Y yo lo hacía. Con una devoción creciente. Mis manos se convirtieron en una extensión de su voluntad.

Los orales se hicieron más frecuentes. A veces, después de trabajar, se sentaba en un escalón de la casa, con las piernas abiertas, y me miraba. —Vente, mijo. Tu papi necesita un poco de cariño.

Y yo me arrodillaba y me comía su pene. Aprendí a hacerlo como a él le gustaba. Lento al principio, lamiendo cada vena, chupando sus huevos, y luego rápido, profundo, hasta sentirlo temblar y llenarme la boca con su leche. Me encantaba el sabor, una mezcla de su sal, de los fluidos de las hembras y de su propia esencia.

Por las noches, antes de dormir, me dedicaba a masturbarlo. Mi mano, pequeña en comparación con su pene, subía y bajaba por el tronco duro, mientras él me contaba historias de sus conquistas, de mujeres que se desmayaban en sus brazos, de como él las dominaba a todas. Y yo escuchaba, embriagado, sintiéndome el más afortunado del mundo por estar allí, para servirle.

Pero una noche, me desperté sobresaltado. Eran casi las tres de la mañana y un sonido extraño venía del corral. No era un relincho, era un balido débil y quejumbroso. Me levanté con sigilo y salí de la casa. La luna llena iluminaba todo. Y allí lo vi.

Mi papá, completamente desnudo, estaba follando a una borrega. No era una de las que había visto antes, era una más pequeña, más joven. Estaba de pie, con la pierna derecha ligeramente levantada para alcanzar mejor la altura del animal, y su ritmo era frenético, desesperado. —Papá —dije, acercándome con cuidado. Él se giró, sin dejar de moverse. Su rostro era una máscara de lujuria y frustración. —Jhonatan… ¿Qué haces levantado? —dijo, con la voz ronca—. Es que me entró un calentón terrible, mijo. Un calentón que no me deja dormir. Necesitaba meterme en algo caliente y apretado.

Se metió varias embestidas más, brutales, y la borrega empezó a hacer un ruido extraño, como un gorgoteo. De repente, un chorro caliente y amarillo salió de su vulva, empapando el suelo y las piernas de mi padre. —¡Joder, mira la puerca! Hasta meó encima —dijo, y en lugar de disgustarlo, pareció excitarlo más—. ¡Qué putita tan sucia!

Se la sacó de un solo tirón. La borrega tembló. Luego, mi papá, con su pene brillante y duro, le apuntó al otro orificio. —Ahora a abrirte el otro hueco, mi amor.

Se la metió por el culo. La borrega intentó saltar, emitiendo un balido de terror, pero Sergio la sujetó con una fuerza sobrehumana. Y empezó a follarla, a bombearla sin piedad, durante largos minutos. El sonido de sus testículos golpeando las ancas del animal era lo único que se oía, aparte de los jadeos de mi padre. —Mira, mijo… mira cómo tu papá destroza a esta puta… —dijo, y me miró por encima de su hombro—. Ven… Ven a chuparme los pezones, que siento que se me van a explotar.

Me arrodillé a su lado y me comí sus pezones duros y peludos. Los lamí, los mordisqueé. Y entonces, algo en mí se encendió. Ya no era solo un espectador. Quería más. —Fóllala más fuerte, papá —dije, y mi voz sonó más firme de lo que pensaba—. Castigala. Dale más rápido.

Para mi sorpresa, él obedeció. Su ritmo se volvió salvaje. Me giré hacia él, y en un acto de audacia que me dejó sin aliento, le azoté una nalga. —¡Más rápido, te dije!

Sergio se rió, una risa gutural y salvaje. Me gustó. Me gustó que le gustara que lo mandara. Me moví hacia atrás, hacia ese culo que me fascinaba, y por primera vez me anime a lamerle el ano, siempre se lo había visto mientras se follaba de cuclillas a las borregas, ese punto rosita dentro de sus dos voluptuosas nalgotas, ahora lo degustaba por primera vez mientras follaba a la borrega. —Tu culo es el más rico del mundo, papá —dije, con la boca llena de él—. Tiene el sabor más salado, el más de macho.

Seguí así por un rato, hasta que mi padre hizo algo que me dejó helado y excitadisimo. Se la sacó del culo de la borrega por completo, luego se la volvió a meter. Lo hizo un par de veces, sacando todo el pene y volviéndolo a hundir. Y en la última sacada, cuando su glande salió por completo, el ano de la borrega se abrió y dejó salir un pequeño trozo de su excremento.

Quizás debí sentirme asqueado, pero el morbo que sentí fue tan intenso que casi me corro. Me sentí mareado, febril. Sergio se dio cuenta y soltó una carcajada. —¡Jajajaja! ¡Mira la puerca, qué asco! ¡No pudo aguantar! —le dio una última azotada en el culo, tan fuerte que la borrega dio un brinco—. Vete, sucia. Y gracias por el calentón.

La soltó. La borrega se fue corriendo, cojeando ligeramente. Mi papá seguía allí, con su pene más duro que nunca, palpitando bajo la luz de la luna. —Vamos, mijo. Aún tengo fuego. Vamos por la blanca, que me debe una.

Fuimos al establo. La yegua blanca estaba allí, como esperándonos. Sergio ni la saludó. Se acercó, levantó su cola y se la metió de un solo embiste. La yegua relinchó, pero se quedó quieta, ofreciéndose. Mi papá la folló con una brutalidad increíble durante varios minutos. Yo me arrodillé a sus pies y le acariciaba sus pantorrillas, sus tobillos, sintiendo cómo los músculos se tensaban con cada embestida. Miraba esa verga enorme desaparecer una y otra vez, veía sus huevos agitándose como un péndulo del deseo.

—Mira bien, mijo —dijo Sergio, y su voz era tensa—. Mira esto.

Y entonces, con la pija todavía dentro de la yegua, soltó un gemido largo y profundo. Sus ojos se pusieron en blanco. Y vi cómo su cuerpo se estremecía, se estaba corriendo el muy salvaje, muy adentro de la yegua, un chorro abundante de leche corrió por los huevos y piernas que mezclaba sus fluidos con los de la hembra. —Ahhhh… sí… así… qué rico…

Acerqué mi mano y toqué sus testículos, sintiendo una vibración extraña, la del líquido caliente discurriendo por dentro, por sus muslos, bajando hasta sus rodillas. Era fantástico. Era lo más masculino que había visto en mi vida. —Eres un animal, papá —dije, con la voz rota de admiración—. No hay nadie como tú.

Sergio se pavoneó, con el pecho inflado de orgullo. —Claro que no, mijo. Tu padre es un semental de verdad.

Tengo muchas anécdotas más y vivencias deliciosas que pase junto a mi padre, todas muy calientes y eroticas, nos hicimos tan cómplices y cercanos, que casi no nos escondimos nada.

Claro que pasaron los años, pero nuestro vínculo no cambió en lo absoluto, seguía siendo su engreído, su celestino. Él me enseñó todo lo que sabía sobre cómo dominar a una hembra.

Si que tuvimos muchas aventuras. Después de irnos de la granja, pensé que nuestra aventura había concluido y que ya nunca más podría ver a mi papá follar, que ya no podría atenderle y tocarle el pene o los testículos o verlo desnudo. Pero al mes de volver a casa, Sergio me dijo que había conocido a una prostituta muy buena, me describió a una top model, pero lo más fascinante para él, era que la mujer permitía todo y me preguntó si quería ir a verle en acción una vez más. Yo no me negué, es más le dije a mi madre que papá me llevaría de paseo y así librarse de sospechas.

Esa fue la primera vez que lo vi follandose a una mujer, y fue tan fascinante, mi papá me permitió verlo y tocarlo como se me diera la gana durante el acto. Allí fue cuando tuve mi primer orgasmo.

Así aprendimos a salirnos con las nuestras. Le ayudaba a follarse a las hembras que quisiera, fueran humanas, yeguas, borregas o terneras, no importaba siempre que él fuera feliz y yo pudiera verlo o tocarlo. Ese era nuestro secreto. Y yo estaba muy agradecido de siempre ser invitado a formar parte de las aventuras de mi padre. Escondido en las sombras, observando cómo subyugaba a las hembras, o a veces tenía la dicha de ser llamado directamente para «ayudar».

Ya de adolescente, tuve mi primera vez con una compañera de la escuela, motivado por mi papá, quien al poco tiempo me ofreció a mi primera yegua, a la cual folle ansioso por emular a mi semental progenitor. Hoy, las cosas no han cambiado mucho, ingrese a la universidad y sigo viviendo con mi padre, olvide decir que se divorsio de mamá pocos meses después de regresar de la granja y yo quise irme con él.

Ahora, compartimos una conexión más íntima con él, como socios, ustedes saben, compartimos a las hembras, nos turnamos para follarlas, y también… bueno, nunca deje de servir a mi padre, pues cabe resaltar que en alguna ocasión la hembra de sus placeres tuve que ser yo, pero esa es otra historia.

Fin

Espero les haya gustado este relato, tal vez más adelante vuelva a animarme a hacer algo zoo. Gracias por leer.

204 Lecturas/5 enero, 2026/0 Comentarios/por ALxx1
Etiquetas: follando, follar, hijo, madre, madura, padre, sexo, zoo
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