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Gays, Incestos en Familia, Sexo con Madur@s

El favorito de papá 1ra parte

Andrés y Mateo son hermanos, siempre se han llevado muy bien, viven con su cariñoso padre quien siempre los a tratado con mucho amor, aunque a veces el amor se expresa de maneras diferentes. Esta diferencia creará un conflicto lo que los llevará a una competencia por la atención de papá..
Nota. Esta historia fue redactada con uso de IA. Cualquier parentesco es mera coincidencia. No existe autor por lo que el relato es anónimo. El único fin de esta historia es entretener.


El favorito de Papá

Parte 1

Andrés y Mateo son hermanos, siempre se han llevado muy bien, viven con su padre quien siempre los a tratado con mucho amor, aunque aveces el amor se expresa de maneras diferentes. Esta diferencia creará un conflicto entre hermanos, lo que los llevará a una competencia por saber quién es el favorito de papá.


 

Me llamo Andrés y tengo un hermano menor llamado Mateo ambos aún somos estudiantes. Los dos vivimos en casa con papá, que es viudo desde hace seis años. La casa es grande, de dos pisos, en un barrio tranquilo de las afueras, y siempre ha sido un lugar donde las cosas fluyen sin dramas. O eso creía yo.

Al principio todo era normal. O casi. Papá siempre ha sido un tipo reservado con las personas, de esos que trabajan de lunes a viernes en una constructora y los fines de semana aveces se encierran en el taller del garaje a arreglar motos viejas. Cuando está en casa nos prepara la comida y es muy cariñoso con nosotros sus hijos. Mateo y yo somos cercanos; compartimos el coche, nos prestamos ropa y a veces nos emborrachamos juntos en las fiestas con amigos. Pero desde hace unos meses noté que algo había cambiado en la forma en que papá y Mateo se miraban. No era nada obvio. Era como una corriente subterránea que solo yo parecía percibir.

La primera sospecha me llegó un martes por la noche, a finales de octubre. Había regresado tarde de la biblioteca porque tenía un examen de Cálculo al día siguiente. La casa estaba en silencio, solo la luz tenue del pasillo del segundo piso estaba encendida. Subí las escaleras sin hacer ruido —los escalones de madera crujen si pisas mal— y pasé por la puerta entreabierta del cuarto de Mateo. No entré, solo miré de reojo. Papá estaba sentado al borde de la cama de Mateo, con la mano apoyada en su rodilla. Hablaban en voz baja. Mateo reía bajito, esa risa que usa cuando está nervioso o excitado. Papá le pasó los dedos por el pelo, un gesto que yo había visto mil veces cuando éramos niños, pero esta vez se demoró más de la cuenta. Los dedos se deslizaron hasta la nuca. Mateo inclinó la cabeza hacia la mano de papá. Yo me quedé congelado en el pasillo, con el corazón latiéndome en los oídos. Luego papá se levantó, le dio una palmada en el hombro y salió. Me escondí en la sombra del baño antes de que me viera. Cuando entré al cuarto de Mateo cinco minutos después, fingiendo que buscaba mi cargador, él estaba acostado boca arriba, con los ojos cerrados y una sonrisa rara en la cara. La camiseta se le había subido un poco y vi una marca roja en la piel justo encima del ombligo, como si alguien hubiera chupado ahí con fuerza. No dije nada.

Dos semanas después vino la segunda señal. Era sábado por la noche. Yo había salido con unos amigos a una fiesta en el centro y regresé alrededor de las dos de la mañana. El coche de papá estaba en el garaje, pero las luces de la casa estaban apagadas salvo por un brillo débil que salía de la ventana del sótano. Papá había convertido el sótano en una especie de sala de juegos con un viejo sofá, un televisor y una mini-nevera. Bajé las escaleras de madera sin encender la luz principal. La puerta estaba entreabierta. Escuché la voz de Mateo, ronca, casi un susurro.

—Más despacio, pa… me duele un poco todavía.
Y luego la voz grave de papá, calmada pero firme:
—Relájate, hijo. Ya sabes cómo te gusta cuando te preparo bien.
No entré. Me quedé ahí, pegado a la pared, con la sangre congelada. Escuché un sonido húmedo, como de besos largos y profundos, y luego el crujido del sofá. Mateo soltó un gemido bajito que se cortó de golpe, como si se estuviera mordiendo el labio. Me di la vuelta y subí las escaleras corriendo en silencio. Me encerré en mi cuarto con el corazón a mil. Me dije que estaba imaginando cosas. Que eran solo abrazos de padre e hijo. Que el “me duele todavía” podía ser por un golpe en el gimnasio. Pero esa noche no dormí. Me quedé mirando el techo, repitiendo mentalmente cada palabra.
Las sospechas siguieron acumulándose como gotas que terminan por llenar un vaso. Mateo empezó a llegar más tarde de “estudiar en la biblioteca”. Siempre con la misma excusa: “Papá me estaba ayudando con un trabajo de la escuela”. Una vez lo vi salir del baño con el pelo mojado y una toalla alrededor de la cintura. Tenía moretones leves en las caderas, como huellas de dedos. Otra noche, entré al cuarto de papá a buscar un destornillador y encontré la cama deshecha de una forma rara: las sábanas revueltas, una mancha húmeda en el centro que todavía olía a sudor y algo más dulce, más íntimo. En el bote de basura del baño había un condón usado, anudado, tirado entre papeles. Papá nunca usaba condones conmigo cuando hablábamos de sexo (sí, teníamos esas charlas incómodas de padre). Pero el condón estaba ahí.
Mateo empezó a comportarse diferente conmigo. Más callado cuando yo entraba a la cocina y papá estaba preparando el café. A veces lo pillaba mirándome de reojo, como si temiera que yo supiera algo. Papá, en cambio, estaba más cariñoso con los dos, pero de una forma que ya no me parecía inocente. Me abrazaba por los hombros y me apretaba un segundo de más. Me decía “mis dos hombres” con una voz ronca que antes no tenía.
La confirmación llegó un jueves por la tarde, hace tres semanas. Yo había cancelado la última clase porque el profesor estaba enfermo. Llegué a casa a las cuatro y media, cuando normalmente no hay nadie. Dejé la mochila en la entrada y subí a cambiarme. La puerta del cuarto de papá estaba cerrada, pero no del todo. Escuché la respiración pesada de alguien. Me acerqué despacio, sin hacer ruido. La rendija era suficiente para ver la cama.
Papá estaba desnudo de la cintura para abajo, de pie al borde de la cama. Mateo estaba de rodillas sobre el colchón, con la cara enterrada entre las piernas de papá. Lo tenía todo dentro de la boca, hasta el fondo. Papá le tenía una mano en la nuca, guiándolo con suavidad pero con firmeza, y la otra en su propio pecho, pellizcándose un pezón. Los sonidos eran obscenos y claros: el chupar húmedo, los gemidos ahogados de Mateo, el gruñido grave de papá cada vez que empujaba un poco más profundo.
—Así, mi niño… chúpamela bien, como te enseñé —murmuraba papá—. Eres tan bueno para mí, Mateo. Tan apretado y tan caliente.
Mateo sacó la verga de su boca un segundo, jadeando, con hilos de saliva colgando de sus labios hinchados.
—Quiero que me folles otra vez, pa… por favor. Necesito sentirte adentro hoy.
Papá sonrió con esa sonrisa oscura que yo nunca había visto y lo empujó suavemente hacia atrás hasta que Mateo quedó acostado boca abajo. Papá se escupió en la mano, se untó la verga gruesa y brillante y se colocó entre las piernas abiertas de mi hermano. Entró de un solo empujón lento. Mateo soltó un gemido largo, ahogado contra la almohada. Papá se inclinó sobre él, cubriéndolo con su cuerpo, y empezó a follarlo con movimientos profundos y constantes. La cama crujía al ritmo. Cada embestida hacía que Mateo jadeara más fuerte.
—Shhh, calladito —le susurró papá al oído—. No queremos que Andrés nos escuche, ¿verdad? Esto es solo nuestro.
Mateo asintió, mordiéndose el labio, mientras papá le mordía el cuello y aceleraba. El sonido de piel contra piel era inconfundible. Vi cómo papá metía una mano debajo de Mateo y lo masturbaba al mismo ritmo que lo follaba. Mateo se corrió primero, temblando entero, manchando las sábanas con chorros espesos. Papá lo siguió poco después, gruñendo y empujando hasta el fondo, quedándose dentro mientras se vaciaba.
Se quedaron así un rato, papá encima de Mateo, besándole la nuca con ternura. Luego papá salió despacio, y vi cómo su semen espeso se escapaba del culo de mi hermano y le corría por los muslos. Papá le dio una palmada suave en la nalga y murmuró:
—Te quiero tanto, mi niño. Eres muy especial para mí.
Yo me aparté de la puerta sin hacer ruido. Bajé las escaleras con las piernas temblando. Me senté en la cocina, con la mirada perdida en la mesa. El corazón me latía tan fuerte que pensé que se me iba a salir del pecho. No sabía si estaba furioso, excitado, celoso o todo al mismo tiempo. Lo que sí sabía era que ya no podía fingir que no pasaba nada.
Esa noche, cuando Mateo bajó a cenar con cara de recién follado y papá me sirvió el plato con su sonrisa habitual, yo solo los miré. No dije nada. Todavía no. Pero dentro de mí todo había cambiado. Sabía el secreto. Y ahora tenía que decidir qué carajos iba a hacer con él.
12 Lecturas/10 abril, 2026/0 Comentarios/por Sergy_lev
Etiquetas: amigos, baño, hermano, hermanos, hijo, padre, semen, sexo
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