El Panadero 1
Ashton, un jóven de ciudad, encuentra en el pueblo de su infancia al hombre necesitaba en su vida..
Hola, de antemano un agradecimiento a todas las personas que leen, votan y comentan mis relatos, su devolución es muy bien valorada. Bueno, en esta oportunidad les traigo una nueva historia erótica, pero a diferencia de las anteriores, he intentado que este relato sea realista, lejos de la ficción y escenas de sexo exagerado, o de las fantasías morbosas (que vuelvo a aclarar, solo son FANTASÍAS, ninguno de mis relatos son reales y no busco promover nada, ojo allí. El carácter de mis historias es de entretenimiento). En fin quise hacer algo más sobrio, pero igual de erótico y caliente, espero que lo disfruten tanto como yo lo hice al escribirlo. El relato consta de solo dos partes 😉
El sol de verano ya golpeaba con fiereza sobre las empedradas calles del pueblo cuando Ashton salió de casa. Las vacaciones en la casa de sus padres se sentían como un viaje en el tiempo, una burbuja de calma que tanto necesitaba después de la vertiginosa vida en la capital. Iba vestido para el calor: una camiseta sin mangas que se pegaba ligeramente a su piel pálida y delgada, un short deportivo que le llegaba a mitad de muslo y sus tenis gastados. Su cabello oscuro, siempre desordenado, le caía sobre la frente, todavía con sueño.
—Ashton, ve a comprar pan, por favor —le había ordenado su madre, ya con su sombrero de paja y sus guantes de trabajo listos para el viñedo—. El resto ya ha desayunado y se ha ido al campo. Anda, anda, que se enfría.
Ashton no protestó. Sabía que era inútil. Con un bostezo, se encaminó hacia la panadería del centro, un lugar guardado en la neblina de sus recuerdos infantiles. Esperaba encontrar al viejo don Ricardo, un hombre que ya debía estar viejo. Después de tanto tiempo, aun recordaba que siempre le daba un pedazo de masa cruda para que jugara.
Al entrar en la panadería, el calor era sofocante. El aroma a masa fresca se mezclaba con el chisporroteo del horno de leña y un especial toque a…hombre. Curioso se adentro hasta delante del mostrador y desde allí visualizó al hombre que lo dejó perplejo en todos los sentidos. Don Ricardo definitivamente no era el. En su lugar, junto a una mesa de madera cubierta de harina, había un espectáculo de masculinidad viril.
Era un chico de unos veintidós años, alto y de hombros anchos que prometían una fuerza increíble. Llevaba puesto solo un short de fútbol de color azul, ceñido a unos muslos torneados y duros como la roca. Su torso desnudo brillaba, perlado por un sudor que hacía que cada músculo se definiera con una claridad dolorosa. Sus brazos, tensos al amasar, mostraban un mapa de venas gruesas que viajaban desde sus antebrazos hasta sus bíceps. Su cabello castaño, corto y ondulado, oscuro en las raíces por el sudor, le caía sobre la frente. Su rostro era realmente hermoso, nunca había visto a un hombre tan apuesto, con esa sombra de barba y ojos claros, risueños. El calor del horno a sus espaldas debía ser infernal, pero él trabajaba con una concentración animal, cada movimiento de sus manos fuertes y expertas dando forma a la masa.
Ashton se quedó mirando, boquiabierto cuando ell chico levantó la vista, sintiendo su presencia, y una sonrisa amable y ligeramente tímida se dibujó en su rostro guapo.
—Buenos días. ¿Qué se le ofrece?
Ashton necesitó un segundo para reaccionar. La voz del joven era grave, un poco ronca, como la de quien no ha hablado mucho en la mañana.
—Uh, buenos días. Buscaba pan. Baguettes, si es posible.
El chico apoyó las manos en la cintura, un gesto que hizo que su pecho se abriera aún más, y encogió los hombros con una sonrisa culpable. —Lo siento, hermano, acabo de vender la última hornada.
Ashton restó completa importancia a lo del pan. Estaba demasiado hipnotizado por el macho que tenía delante.
—No te preocupes —dijo Ashton, acercándose al mostrador con una sonrisa propia, está mucho más deliberada y coqueta—. Tú no eres el panadero que esperaba encontrar, ¿Qué pasó con don Ricardo?
—Soy su hijo. Él está de viaje. Leo, para servirte.
—Ashton. Vivo aquí, pero hace años que no vuelvo —dijo, mordiéndose el labio inferior—. Debes entrenar mucho, ¿no? Se te nota… en todo.
Leo se sonrojó, cruzando los brazos sobre su pecho sudoroso.
—Juego al fútbol y ayudo aquí. Nada del otro mundo.
—¿Nada? —Ashton rió suavemente—. Con ese cuerpo, deberías modelar. O hacer que alguien perdiera la cabeza.
Rubor subió por el cuello y las mejillas de Leo. —Gracias, supongo… solo me gusta el deporte y el trabajo pesado
—Ya me imagino —dijo Ashton, mirando sus piernas—. Debes ser una máquina jugando fútbol. ¿Y solo esto? ¿Pan y fútbol? No me lo creo. Debes tener más pasatiempos que olerte y verte tan bueno.
Leo se rió, incómodo pero halagado. —Pues no, la verdad. Ayudo a mi padre, entreno, y… nada más. Soy un chico bastante sencillo.
—No me pareces nada sencillo, Leo —susurró Ashton, bajando el tono de voz a algo más íntimo, conspirador. La mirada de Ashton era tan directa que Leo no supo dónde poner la suya. Se sintió examinado, examinado a un nivel que nadie nunca lo había hecho. No era una mirada de juicio, sino de apetito. Y lo curioso es que no se sentía incómodo, sino intrigado.
—Dijiste algo de que no vivías aquí, ¿verdad?—dijo Leo intentando cambiar de tema de conversación.
—No, vivo en la capital. Vengo de vacaciones — Ashton se inclinó sobre el mostrador coqueto, casi levantando sus nalgas. —. Pero si te hubiera visto así antes, no me habría ido nunca.
El corazón de Leo latió con fuerza. Nunca le habían hablado así. Las chicas del pueblo eran tímidas, le decían que era guapo, pero era un cumplido simple. Esto… esto era diferente. Esto era un reconocimiento de su esencia, de su fuerza, de su hombría.
—Mira, sé que te puede sonar raro todo lo que te digo —continuó Ashton, notando el efecto que tenía en él—. Pero a un hombre se le tiene que admirar. Que le digan que es un hombre de verdad. Un macho, vaya. Y tú, Leo, lo eres. Hasta se te nota.
Los ojos de Ashton descendieron, lenta y descaradamente, hasta la entrepierna de Leo. El short, ajustado por el esfuerzo, dejaba ver el contorno prominente de su paquete, que curiosamente pareció crecer un poco bajo aquella mirada evaluadora. Leo se intentó tapar con las manos instintivamente, pero fue un gesto inútil.
—Hey, a mí… a mí solo me gustan las mujeres —dijo Leo, pero su voz sonaba débil, como una disculpa más que una afirmación.
—Por supuesto que sí —dijo Ashton con una sonrisa comprensiva—. Un hombre como tú debe disfrutar mucho de las mujeres. Debes ser todo un semental con ellas, de eso no tengo dudas. Lo que me impresiona es el tamaño de pija que tienes. Se te nota muy bien. Es realmente enorme.
Leo tragó saliva. El aire se había vuelto denso, cargado de una electricidad que no entendía pero que le excitaba. Su bulto ya no era una semi-erección sutil, era un pleno y endurecido testamento de su estado. Un falo duro, largo y tan grueso que estiraba demasiado la tela del short..
—¿Lo es? —Salió de su boca un balbuceo.
—¿No me crees? —Ashton contempló el paquete ya sin ningún reparo—. Estoy seguro que cuando la traes parada sobrepasa tu ombligo, ¿No es así?—preguntó el chico mirando directamente a los ojos de Leo, quien sonrojado y nervioso, intentó argumentar algo pero no salió palabra alguna de su boca y solo sonrió. Su silencio era afirmativo. —¡Lo sabías, travieso! Ese pene tuyo es monumental, macho. Hasta en eso eres el más hombre.
A Leo se le cortó la respiración. Nadie, jamás, se había atrevido a tanto.
—No digas esas cosas…
—Digo la verdad
Ashton le guiñó un ojo y le dedicó una sonrisa traviesa.
—¿Siempre se te para así? —preguntó Ashton con una curiosidad genuina, como si fuera lo más normal del mundo.
Leo tragó saliva, sus mejillas encendidas.
—A veces, cuando despierto en la mañana y…cuando hace calor.
—¿Y las chicas? ¿No se quedan mirando? —Ashton señaló con la mirada la abultada entrepierna—. Te han de mirar mucho en la calle, porque ese paquete es muy notorio, hombre. Debe ser difícil esconderlo.
Leo soltó una risa nerviosa. Su pene palpitó bajo la tela, hinchándose hasta formar una tienda completa.
—Algunas sí… yo… no sé —respondió Leo, su cara era un tomate—. Supongo…
—Claro —Ashton sonrió, pícara—. Un macho como tú debe tener muchas hembras a disposición. Pero dime… ¿con esa bestia entre las piernas? ¿Cuántas veces al día te tocas?
Leo bajó la voz, hipnotizado por la audacia de Ashton.
—Dos… tres si estoy solo.
—¿Y follas seguido?
—Cuando puedo… —La voz de Leo se quebró. Su pene latía visiblemente ahora, el glande humedeciendo la tela.
—¿Te masturbas mucho? Debes hacerlo. Con una herramienta así… ¿Tienes novia? ¿Follas a menudo?
Las preguntas, una tras otra, lo bombardearon. Debería gritarle, echarlo de la panadería, pero en su lugar, se sentía increíblemente poderoso, importante. Cada pregunta era un halago a su masculinidad. Respondiò con monosílabos o asintiendo, demasiado avergonzado y excitado para formar frases completas. Su miembro palpitaba dentro del short, pidiendo a gritos ser liberado.
Ashton vio el consentimiento en sus ojos.
—Dios, nunca había visto uno así… —dijo Ashton, su voz llena de asombro y deseo—. Leo, ¿me dejarías… tocarlo? Por curiosidad. Es una maravilla. Te lo ruego.
El corazón de Leo se le salía del pecho. Miró hacia la puerta y la ventana de la calle. Estaban solos. Con paso vacilante, se acercó más al mostrador. Y acto seguido, sin que Ashton se lo pidiera, deslizó su mano hacia su propia entrepierna y, por encima del short, ofreció su erección firme y ardiente.
—Solo un toque… —
La primera caricia fue eléctrica. Los dedos finos y suaves de Ashton se deslizaron sobre la tela tensa, trazando la longitud y el grosor de Leo. Un suspiro escapó de los labios del panadero, mezcla de alivio y placer puro. Se rió, una risa baja y nerviosa, llena de una ternura que él mismo no esperaba.
—Es enorme… es aún más grande de lo que pensaba…¿Veinte centímetros? —murmuró Ashton, hipnotizado por el tacto y la vista. Ahora exploraba con más confianza, palpando los testículos, el glande a través de la tela, y Leo solo podía cerrar los ojos y recibir tal atención, arqueándose levemente.
—Veinticuatro —jadeó Leo, empujando su cadera hacia la mano.
Sentía tan bien, tan bien aquella atención descarada, que se llevó una sorpresa cuando la otra mano de Ashton se acercó al elástico del short. Con un movimiento rápido y audaz, Ashton estiró la liga y asomó la cabeza para mirar dentro.
Leo salió de su ensueño de inmediato. Dio un salto hacia atrás, riendo y mirando hacia todas partes, como un animal asustado.
—¡Eh, hey! No seas así de atrevido —dijo, pero no había enfado en su voz, solo pánico divertido.
Ashton levantó las manos en señal de paz, pero tenía una sonrisa traviesa en los labios. —Perdona, es que… eso que tienes ahí me hace enloquecer. No puedo evitar pensar en todas las maravillas que se podrían hacer con algo así.
Leo parpadeó su curiosidad ganando a su susto. —¿Maravillas? ¿A qué te refieres?
Ashton se inclinó hacia adelante sobre el mostrador, y en un susurro provocador dijo: —A que soy increíblemente bueno chupando penes como el tuyo.
Leo bajó la voz hasta un susurro cargado de vergüenza y deseo:
—Ninguna mujer me lo ha hecho jamás… a mí…a mí me encantaría…es mi fantasía secreta. Las chicas de aquí creen que es asqueroso.
Ashton soltó una carcajada escandalizada mientras sus dedos trazaban el contorno del bulto que palpitaba bajo el short:
—¡Es un crimen desperdiciar semejante monumento! —Su aliento caliente rozó la oreja de Leo—. Yo te daría lo que ninguna hembra te dio: mi garganta, mi culo… todos mis agujeros son tuyos, papito.
El pene de Leo dio un latido feroz, empujando la tela como una bestia encadenada. Ashton sonrió al ver la mancha húmeda expandirse.
—¿Ha- hablas en serio? —titubeo Leo, pero Ashton interrumpió
—Puedo probartelo atrás del mostrador…
—¡No, como crees! Es muy arriesgado:
—Entonces ven a mi casa.
Leo dudó unos segundos. Pero su deseo y excitación podían más. Cubrió la masa, se limpió las manos y salió del mostrador, solo con su short y sus sandalias mostrando sus pies con algunos rasgos de vellos. Su pene dibujaba una tienda obscena en el short mientras caminaba hacia Ashton.
—Vamos —dijo, con una sonrisa cómplice.
En las calles tranquilas del pueblo las personas hacían su día normalmente, caminaban haciendo sus quehaceres, ajenas a los dos muchachos que caminaban uno junto al otro, una mirada indiscreta podría levantar el escándalo, pues la silueta del miembro gigante de Leo dibujaba una sombra indecente bajo el tejido liviano. Ashton rió al verlo sacudirse con cada paso.
—Parecés un caballo, Leito.
—¡Maldición! ¿Estamos cerca? —preguntó Leo, escaneando el entorno con nerviosismo viril.
—Cerca —prometió Ashton, mordiéndose el labio inferior—. Lo suficiente.
Caminando rápido como fugitivos, el aire caliente quemando sus pulmones. Al cruzar el umbral de la casa, torpes y excitados, se hallaron subiendo las gradas y en un abrir y cerrar de ojos, ambos se encontraron en la habitación de Ashton en donde Leo lo empujo contra la pared, sus manos de hombre rudo inmovilizaron las muñecas frágiles del joven.
—Nunca he estado con un hombre —confesó, su aliento agitado rozando la oreja de Ashton mientras su polla palpitaba contra el vientre del otro.
Ashton se frotó contra el bulto duro.
—No es muy diferente, o eso creo… Pero prometo hacerte sentir bien, muy bien…— dijo Ashton mirando fijamente a los ojos de Leo, con deseo, sin dejar de mover sus caderas contra el cuerpo del macho. — Tienes la polla más hermosa del pueblo, seguro las mujeres te lo dicen mucho, es tan deliciosa…
Leo gruñó, soltando las muñecas de Ashton y ahora tomándolo por la cadera de una forma ciertamente posesiva, le presiono contra su abdomen.
—¿Por qué hablás así?
—¿Te ofende? — dijo Ashton aferrándose a la espalda musculada de Leo.
—No… —La voz de Leo se quebró cuando las manos frías acariciaron su piel ardiente—. Es que… nadie me ha dicho todas esas cosas…Nadie me ha alabado tanto como tú…
Ashton, tomó de pronto el control, en un impulso, le cambió de lugar a Leo, ahora era él quien arrinconaba al macho y así:
—Entonces déjame ser tu hembrita. Tuya, solo tuya. Hazme lo que quieras con esta polla divina.
Y entonces sus labios se encontraron, de imprevisto, fue Leo quien gimió primero. Ashton lo besó con hambre caníbal: labios, mejillas, luego descendió por el cuello de mármol, inhalando profundamente donde el sudor se acumulaba en las clavículas.
—Hueles a macho —susurró contra la piel salada—. A hombre salvaje.
Su mano se coló dentro del short, agarrando la polla que latía como un corazón enfurecido. Leo arqueó la espalda, los abdominales temblando bajo los besos de Ashton.
—¡Tetazas! —exclamó Ashton al llegar a los pectorales y frotarlos hasta lamer los pezones duros—. Firmes como piedra…
Lentamente descendió, por el abdomen, por el camino de vellos púbicos que dejaban rastro desde el ombligo hacia la pelvis peluda. Y entonces, bajó el short de un tirón, el pene de Leo saltó libre: 24 cm de carne violácea, venas azules serpenteando bajo piel blanca, glande perlado de preseminal y huevos rosados que colgaban como fruta madura. Ashton lo adoró: besó cada muslo cincelado, cada tobillo fuerte, incluso cuando retiraba el short caído, Ashton levantó la planta de los pies grandes del macho y empezó besar, lamer, saborear la piel, la textura, mientras Leo observaba, hechizado.
—Es un animal —murmuró Ashton, dando un último beso en la suela del pie derecho, para luego levantarse y acariciar el tronco masivo con reverencia—. ¿Cómo no destrozas a las mujeres?
—Soy cuidadoso… —jadeó Leo, cerrando los ojos cuando la mano comenzó a bombearlo lentamente.
— ¿Y les entra entera?
Leo negó con la cabeza
—Ni la mitad.
Ashton hizo un gesto de indignación mientras aceleraba la masturbación.
—Supongo que te ofrecen sus culos para complacerte…digo, si la vagina no puede…
Leo negó, gimiendo cuando los dedos de Ashton masajearon sus bolas pesadas.
—Si no quieren tan solo chuparmela, imaginate como se pondrían si les pido el ano…
—Pues yo te lo doy —prometió Ashton, acercando sus labios al glande brillante—. Todo lo que quieras, papito.
La mano de Ashton se movía con una maestría tortuosa, masajeando el tronco ardiente de Leo mientras la otra jugaba con sus testículos pesados. Pero la verdadera tortura era verbal y visual. Se inclinó, acercando sus labios hasta casi rozar con la cabeza enrojecida y brillante. Inhalaron profundamente el uno al otro. Ashton oliendo a hombre, a sudor limpio y a la urgencia de Leo; y el panadero oliendo el aliento cálido de Ashton. Pero antes del contacto, se apartó, una sonrisa pícara dibujada en su boca.
Luego, con la punta de la lengua, recogió una gota de líquido transparente que escapaba por el meato, un pequeño tesoro salado. Lo probó como si fuera el manjar más exquisito, mirando a Leo fijamente. Volvió a acercarse, su boca como una promesa, sus labios listos para envolver el glande, pero volvió a detenerse al milímetro.
La tensión era una cuerda floja. Una cuerda que, finalmente, se rompió.
Con un rugido ahogado, la mano de Leo bajó como un rayo y atrapó la cabeza de Ashton justo cuando este intentaba separarse de nuevo.
—¡Chupala! —ordenó.
Sus dedos grandes y fuertes se enredaron en el pelo oscuro, agarrando con una fuerza tosca, posesiva. El aroma a macho y a desodorante se intensificó, mezclado con el olor de su propia excitación agitada. Leo abrió la boca para decir algo, para ordenar, pero las palabras se quedaron atascadas. El instinto era más fuerte.
Impulsó sus caderas hacia adelante, empujando la cabeza de Ashton hacia su erección. Ashton puso resistencia, un juego que estimuló aún más a Leo. La presión de la mano en su cráneo aumentó, firme y agresiva. Leo empujó su pene contra los labios sellados de Ashton, que cedieron con una gemido ante la fuerza bruta. Cuando volvió a resistirse instintivamente, Leo reaccionó con la ferocidad de un animal: le agarró la mandíbula violentamente con su otra mano y se la abrió de golpe, introduciendo su miembro sin contemplaciones alguna.


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