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Gays

El Panadero 2

Leo se torna un macho dominante y se folla a Ashton salvajemente..
Leo inclinó la cabeza hacia atrás y soltó un jadeo ronco, de puro y absoluto placer. La sensación era arrebatadora. La cavidad bucal de Ashton era exquisita, húmeda, y una calidez acogedora que parecía hecha a la medida de su deseo.

Ashton, con sus pequeñas manos intentando inútilmente aflojar las muñecas de Leo que lo sujetaban con tanta violencia, sintió su boca llena de pene. Saboreó su sabor, su textura, su grosor. Una profunda satisfacción lo inundó. No podía sentirse más triunfante. Lo había logrado. Había sacado a la luz ese lado primitivo de Leo, ese instinto animal que solo el macho alfa posee, ese deseo irrefrenable de someter, de marcar a su presa.

Y ahora, Ashton se rendía a ello. Se la lamió y la saboreó con todo el deseo que había acumulado. Movió su lengua en espiral alrededor del glande mientras succionaba con fuerza, dejándose llevar por los embates de Leo. Metió el pene hasta su garganta, hasta sentir que le ahogaba, para luego retirarlo lentamente, untado de su saliva y de sus propios fluidos. Una y otra vez, rápido, lento, profundo, superficial. Leo gemía, su torso tenso, los músculos del abdomen marcándose con cada espasmo de placer. Nunca soltó la cabeza de Ashton; de hecho, sus dedos ahora se relajaban y acariciaban el cabello mientras movía sus caderas al ritmo que su nuevo cuerpo le pedía.

Ashton le daba a su macho una mamada digna de los dioses, llena de devoción y pericia. La boca de Leo se llenaba de su líquido preseminal, salado y denso. Leo sentía el orgasmo acercarse como una ola inminente. No quería que terminara, no quería abandonar ese paraíso húmedo y caliente, pero era incapaz de detener el virtuosismo de Ashton. Nunca había imaginado que algo así pudiera sentirse tan rico, tan delicioso, tan profundizador.

Pasado un rato, cuando Leo sintió que estaba a punto de estallar, sintió que Ashton se detenía. Se quedó inmóvil, con el pene enterrado en su boca, palpitando, mientras hilos de saliva le caían por el mentón. Leo no entendió. Miró hacia abajo y vio que Ashton lo miraba también. Sus ojos se encontraron, cargados de una lujuria tan pura que no permitía malentendidos. Estaba esperando. Estaba cediendo el control total.

Entonces, el instinto habló por él.

Leo empezó a mover primero la cabeza de Ashton, con esas sus manos enormes, obligándolo a que se lo tragara entero. Luego, empezó a mover sus caderas. profundo. Lento. Luego rápido, descontrolado. Impulsaba su pelvis, metiendo y sacando su pene a su antojo, usando la boca de Ashton como un objeto para su placer, sacándole arcadas ruidosas y haciendo que chorros de babas calientísimas le salieran por las comisuras de sus labios.

Leo no dijo nada. No emitió un solo sonido. Tenía los ojos fuertemente cerrados, concentrado en esa sensación única, cuando de pronto, un espasmo sacudió todo su cuerpo y soltó todo su torrente en la garganta de Ashton. Le llenó la boca, le inundó los conductos, un líquido hirviente que se escurrió por sus labios y le salió por la nariz. Ashton se dejó someter, acariciándole las piernas templadas mientras la respiración se le negaba y las lágrimas de esfuerzo y éxtasis le empañaban los ojos.

Ashton intentó retroceder, necesitando aire, pero Leo, en un último impulso posesivo, lo sujetó con mayor fuerza si cabía, metiendo todavía más su pene como si no quisiera salir nunca de ese refugio cálido. Se quedó allí un instante, disfrutando de las últimas contracciones.

—Ay, Dios… ha sido… lo más rico de mi vida —confesó Leo con una voz rasposa y asombrada.

Movió las caderas lentamente un par de veces más, y solo entonces, cuando vio los ojos de Ashton suplicándole por un respiro, retiró su pene despacio, muy despacio. Con una sonrisa de época y conquistador, le dijo al fin:

—Lo he… gozado mucho.

Su pene seguía tieso como un yunque, un testimonio de su virilidad recién descubierta. Su rostro, en cambio, había devenido en una máscara de paz satisfecha, sus brazos caídos a los costados, relajados. Arrodillado frente a él, Ashton tomó aire profundo, recuperándose del asalto. Sus ojos, llenos de un nuevo tipo de brillo, se fijaron en Leo. Y entonces, pronunció la frase que incendiaría la situación.

—Violame —suplicó, su voz un susurro ronco y desesperado—. Por favor, Leo rompeme el culo…. Violame.

Las palabras dieron en el blanco. Fue como si un interruptor primitivo se accionara dentro de Leo. Una avalancha de testosterona y testarudez se desató en su sistema. El jovencito educado desapareció, y en su lugar emergió el semental. No dijo nada. Su mirada se oscureció, y extendió una mano para tomar a Ashton del brazo.

Pero Ashton la rechazó con un movimiento rápido y teatral.

Leo titubeó un instante, confundido. Fue solo un segundo. Luego, lo entendió. Comprendió el juego. Así como había tomado su boca a la fuerza, así debía tomar ahora el cuerpo que se le ofrecía. La confianza se apoderó de él, una certeza animal que no admitía dudas. Se prendió.

Leo lo volvió a intentar, esta vez con más decisión. Se abalanzó sobre él, pero Ashton era ágil. Forcejeó, chilló con una falsa desesperación e intentó escapar hacia la puerta. Pero Leo era mucho más fuerte. Con un rugido, lo agarró y, de un solo y violento tirón, lo puso de pie. La distancia hasta la cama era de casi dos metros, y Leo la cubrió en un instante, arrojando a Ashton sobre el colchón con la fuerza bruta de un macho sometiendo a su hembra. El colchón rebotó con el impacto.

Ashton se incorporó sobre los codos, viendo a Leo, completamente desnudo y glorioso, caminar hacia él como un depredador. Intentó gatear hacia el otro lado de la cama, pero Leo fue más rápido. Le agarró del pelo con rudeza, tirando de su cabeza hacia atrás, y lo lanzó nuevamente contra el colchón. Ahora sí, iba a desnudarlo.

Ashton volvió a resistirse, pateando y retorciéndose. Leo, ya harto del juego, perdió la paciencia. Con unas manos que no sabían de delicadezas, empezó a arrancarle la ropa. Se oyó el sonido rasgante de la tela al romperse, la camiseta de Ashton cediendo bajo la fuerza del panadero. Las costuras reventaron, y Ashton quedó medio desnudo, con tiras de tela y marcas rojas en su piel donde la tela lo había aprisionado.

Gemía, pero no eran gemidos de dolor real. Eran la melodía de su sumiso placer. Sentía la fuerza de su macho en cada agarre: cómo sus manos ásperas y fuertes le sujetaban los brazos, dejando morados que serían su mapa de esa jornada. Después de desnudarlo por completo, Leo se lanzó sobre su piel, no a besarlo, sino a comerla. Mordió su hombro con fuerza suficiente para dejar la marca de sus dientes. Chupó sus pezones hasta ponerlos erizados y doloridos, succionándolos y luego mordiéndolos.

—No, basta, ¡aaaahh me lastimas! —gemía Ashton, pero el arco de su espalda y cómo apretaba sus piernas contaban una historia diferente. Leo sabía que era fingido, y eso solo lo excitaba más. Le succionó un pezón y lo estiró con la boca tanto que Ashton soltó un grito agudo. El pezón quedó rojo, pulsando. Leo lo contempló con orgullo. —Tienes unas tetas riquísimas, perrita —dijo, apretándole ambos pechos con sus manos.

Leo intentó separar sus piernas para ver su premio, pero Ashton las mantuvo unidas, juntando las rodillas en un último acto de desafío. La paciencia de Leo se agotó. Levantó una mano y le propinó una bofetada seca y sonora.

—¡Déjame ver el coño, carajo! —gruñó.

Ashton quedó aturdido, la mejilla ardiendo. Qué macho, pensó con una mezcla de miedo y adoración. Y antes de que pudiera procesarlo, soltó un agudo gemido cuando Leo, en lugar de mirar, se hundió entre sus nalgas y empezó a lamer y chupar su ano. Para Leo, en su mente animal, lo que tenía enfrente no era un ano; era una pequeña y jugosa vagina esperando ser conquistada.

Ashton se quejaba y gemía, con los ojos cerrados, perdido en la sensación. Tanto que no se dio cuenta del cambio. No notó cuándo la lengua húmeda de Leo fue reemplazada por algo más duro, más caliente y más grande. Hasta que fue demasiado tarde.

En un instante, Leo agarró sus piernas, se las dobló y las pegó contra su pecho, dejando su ano húmedo y expuesto. Estaba hecho un macho salvaje, descontrolado, consumido por el calor del placer. Su corazón martilleaba. Empujó su cadera hacia adelante en una embestida decisiva y violenta, y clavó su pene en el ano de Ashton.

Ashton quiso gritar, pero una de las manos enormes de Leo le tapó la boca, apretándole el mentón con fuerza, sofocando su grito en su garganta.

Leo cerró los ojos, inundado por una sensación nueva y abrumadora. Sintió cómo el anillo de músculo resistía por un segundo antes de ceder de forma violenta. Luego, un calor abrasador lo envolvió, un aprieto exquisito, y una serie de contracciones de los músculos internos que parecían querer expulsar el monstruo que desgarraba el recto, generando así una fricción más satisfactoria y adictiva. Era más apretado que cualquier cosa que podría haber imaginado, sentía cada pulgada de su pene siendo recibido por una caverna viva y vibrante. Era una sensación única de poder, de posesión total.

Ashton gemía bajo la mano de Leo, gritaba ahogadamente de un dolor que bordeaba lo insoportable. El pene se le metía destrozándolo, pero era un dolor morbo, increíble. Leo lo tenía bien sujeto, lo dominaba por completo. Y lo mejor vino cuando el macho empezó a moverse, metiéndose un poco más adentro, escupiendo sobre el coito para usar su saliva como lubricante y penetrar aún más profundo. Ashton abrió los ojos, desesperado. El pene de Leo entraba tan profundo que sentía una invasión agobiante, una sensación de que lo estaba llenando todo, hasta los pulmones. No había nada que pudiera hacer ante la inmensa fuerza de Leo.

En cuestión de segundos, le había metido todo el pene. Leo se quedó inmóvil un instante, sintiendo, gozando de la calidez, la suavidad, la presión. Un escalofrío recorrió su espalda. Miró hacia abajo. Ambos vieron como cada centímetro de su polla desaparecía dentro de Ashton.

—¡Ufff!… ¡Qué bien se siente! —exclamó Leo, con la voz ronca de asombro. —¿Quieres que te la saqué?

La pregunta de Leo se debía a los constantes intentos del ano que luchaba por expulsarlo. Una sonrisa soberbia  se dibujó en su rostro.

—Ni aunque me rogaras, zorra, mejor acostumbrate —

La quietud duró poco. La contemplación se rompió. Leo empezó a moverse. Estocadas rudas, profundas, violentas que le sacaban el aire de los pulmones a Ashton. Luego combinó la rudeza con la velocidad, una cadencia que de a poco se volvió desesperada, insaciable, potente. El macho solo quería satisfacer sus deseos, y Ashton era el vehículo para ello. Metía su pene con tal fuerza que Ashton sentía como si lo estuvieran desgarrando, pero el dolor se estaba desvaneciendo, disolviéndose en el placer de ser revientado, de ser completamente poseído por ese hombre y su poderoso pene. Le estaba violando. De verdad la estaba violando.

—Qué rico… —decía Leo complacido—. Me gusta… Me gusta mucho.

Le soltó la boca a Ashton, que jadeó y gritó sin restricciones. Leo le tomó las piernas y se las abrió aún más, luego se inclinó para chuparle los pezones de nuevo.

—¡Papi, me estás reventando el culo! ¡Mi ano…mi ano! —chillaba Ashton, acariciando la cabeza, el cuello y la espalda de Leo, que ahora le mordía los pezones con ferocidad. Su ano ya no luchaba por sacar el pene de su interior, por el contrario, una presión húmeda y sedosa parecía succionarlo incluso más adentro.

Leo, totalmente perdido en su frenesí, le tomó de los tobillos y siguiéndonos metiéndosela, besándole las piernas mientras lo penetraba con una velocidad y una pasión bestiales. Ashton solo veía cómo el macho hacía un festín con su cuerpo, cómo agarraba impulso tomándole de los pies, lamiendo sus plantas. Se inclinó y le lanzó un escupitajo en la boca.

Ashton quedó perplejo, y en un abrir y cerrar de ojos, sintió cómo Leo le plantaba un beso hambriento, un beso sucio, de saliva y deseo. Le volvió a escupir y le dio otra pequeña bofetada, siguiendo con su ritmo demencial. Ashton gemía hasta que, con una mala embestida, el pene de Leo se le resbaló hacia un lado, estirando violentamente su orificio. Un gemido agudo de dolor puro escapó de sus labios.

Sintió un vacío y una frescura repentina en su ano.

Leo, molesto por la interrupción, le soltó tres azotes firmes a los huevos y al pene de Ashton usando su propio miembro duro y enorme como un látigo. Ashton gimió no solo por el dolor, sino por la humillación y la sorpresa de la comparación de tamaño.

—Mira todo lo que te entra —dijo Leo con una sonrisa de superioridad.

A pesar del dolor, Ashton extendió una mano y acarició el pene que lo estaba haciendo su hembra. Leo se inclinó, frotó su pene contra los genitales de Ashton y le volvió a besar con pasión. Luego, se la volvió a meter, rápido, profundo. Mientras lo hacía, le agradecía.

—Gracias por dejarme violarte, Ashton. Nunca… nunca había follado así. Las mujeres son muy delicadas.

Ashton le tomó el rostro entre sus manos y le plantó un beso romántico, tierno. Para sorpresa de Leo, él correspondió, cerrando los ojos y reduciendo la velocidad de sus caderas, metiendo su pene lentamente, ahora haciéndole el amor a Ashton, que lo rodeó con sus piernas.

—Es lo menos que te mereces, Leito —susurró Ashton en su oído—. Métemela más rápido, papasito.

Y así lo hizo. Leo reanudó su ritmo, rápido y profundo, volviendo a su rol dominante. Le apretó el cuello a Ashton con ambas manos, y moviéndose como un poseso, le reventó el culo, sacándole gases involuntarios, empujando tan profundo que Ashton sentía como la punta del pene le presionaba el ombligo desde adentro.

Leo empezó a sentir el orgasmo aproximarse, una marejada imparable. Alababa el culo de Ashton con palabras sucias y primitivas. —Nunca he disfrutado tanto con una vagina como con tu culo, perrita.

—¡Sí, taládrame! ¡Déjelo bien preñado, papito! ¡Embarazame! —rogaba Ashton.

Leo le dio otra bofetada y metió su pene tan adentro como pudo, con una fuerza brutal. Ambos vieron cómo el ombligo de Ashton sobresalía ligeramente por la presión del enorme tronco en su interior. Y fue entonces cuando Leo explotó.

Gritó, un sonido salvaje de satisfacción total, y empezó a soltar su carga de semen caliente, espesa, llenando a Ashton, inundando sus entrañas. Ashton gimió también, su cuerpo arqueándose, con la respiración cortada, sintiendo cada chorro de vida de Leo dentro de él.

Leo se quedó pegado a él por varios minutos, experimentando las contracciones de su orgasmo, vaciándose por completo dentro de su hembra. Al final, suspiró y se derrumbó sobre él.

—Qué rica vagina…

 

…

 

El sol del mediodía ya teñía la habitación de anaranjado cuando se despertaron. Yacían enredados, la piel pegajosa, el aire denso todavía con el olor a sexo. Leo besaba la cabeza de Ashton, jugando con su pelo.

—Yo… no sé qué decir —murmuró Leo, su voz llena de una nueva calma—. Nunca… nunca imaginé que… esto… fuera tan increíble. Contigo, quiero decir. Con otro hombre.

Ashton se recostó en su pecho, escuchando el latido de su corazón. —Yo tampoco pensé que un panadero del pueblo me iba a hacer esto.

Leo rió, un sonido bajo y sincero. Se inclinó y le dio un beso en los labios, un beso diferente, lleno de una promesa.

—Desde hoy, serás mi hembra —dijo Leo, no como una orden, sino como una declaración. Era su forma de decir, «eres mío».

Lo que empezó como unas vacaciones intensas se convirtió en algo más. Ashton extendió su estancia, luego se quedó. Al principio, su relación fue puramente sexual. Encuentros ardientes en la panadería a mitad de la tarde, noches salvajes y a escondidas. Leo descubría en él un placer y una liberación que nunca había conocido, un lado salvaje que Ashton supo despertar y domesticar a la vez.

Pero poco a poco, entre la ropa rasgada y los gemidos, empezó a florecer algo más. Leo, con sus pensamientos conservadores de pueblo pequeño, se encontró esperando al más que solo el cuerpo de Ashton. Necesitaba su forma de ser, su inteligencia afilada, la manera en que lo miraba como si fuera el único hombre en la Tierra. Extrañaba sus conversaciones, su risa, la forma en que alababa su masculinidad no solo en la cama, sino en los pequeños actos del día a día.

Y Ashton, el chico de la ciudad, encontró en la simple y honesta fuerza de Leo el hogar que no sabía qué buscaba. Enamorado del panadero que se sonrojaba ante un cumplido, del hombre trabajador que amasaba el pan con la misma ferocidad con que lo amaba a él.

Ahora, su vida es una sinfonía de contrastes. Leo sigue adelante con la panadería, pero a veces Ashton le ayuda detrás del mostrador, bromeando con los clientes hasta que Leo lo arrastra con una sonrisa cómplice al almacén para «probar una nueva masa». No saben cómo les irá más adelante pero por ahora están allí, uno para el otro.

 

Fin

17 Lecturas/10 enero, 2026/0 Comentarios/por ALxx1
Etiquetas: culo, mamada, mayor, orgasmo, semen, sexo, vacaciones, vagina
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