EL REGRESO PROHIBIDO
Adrián regresa al campo tras 10 años huyendo de su deseo incestuoso por su padre Martín y su tío Elías, gemelos unidos por un secreto sexual mutuo. El reencuentro despierta tensiones prohibidas: roces, miradas y toques que escalan a besos, chupadas y penetraciones compartidas entre los tres. Tabú.
Antes de leer: Si el lenguaje sucio hardcore, fluidos corporales y tabú familiar total, cierra YA. Si te excita lo prohibido… sigue leyendo sin culpas.
Este relato no pretende ser una obra maestra con mucha historia y la historia que tiene es para darle un sentido o un poco mas de forma y no escribir escenas de sexo solo por escribir sirve para iniciar, conectar y cerrar todo el relato. Es mas para darse un gusto y un buen tiempo (ustedes ya saben🍆💦) espero lo disfruten.
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Adrián tenía apenas diecisiete años cuando se fue de esa casa en el campo. No fue una partida planeada ni anunciada con gritos o maletas preparadas con antelación. Fue una huida silenciosa, casi cobarde, en la oscuridad de una madrugada de invierno, con una mochila vieja al hombro y el corazón latiéndole tan fuerte que creyó que lo delataría. Subió al primer autobús que pasó por la ruta de tierra y desapareció rumbo al norte, sin mirar atrás, porque si lo hacía sabía que no tendría fuerzas para irse.
El motivo no era el trabajo duro en la chacra, ni las discusiones con su padre por las tareas o el dinero escaso. No era el aislamiento del campo ni la falta de oportunidades. Era algo mucho más profundo, más peligroso, más imposible de confesar en voz alta: desde los doce o trece años, Adrián se había enamorado de su padre. No de una forma inocente o filial, como los niños que admiran a sus papás por su fuerza o su protección. Era un amor carnal, ardiente, que lo consumía en silencio.
Todo empezó en los baños compartidos de la infancia. Martín, viudo desde que Adrián tenía cinco años, criaba a su hijo solo, con la ayuda constante de su hermano gemelo Elías, que vivía en la misma casa desde siempre. Los gemelos eran inseparables: habían nacido juntos, crecido juntos, compartido cama hasta la adolescencia, y seguían compartiendo casi todo en la adultez. Trabajaban la tierra codo a codo, se ayudaban en las reparaciones, bebían cerveza en el porche hablando hasta la madrugada. Pero también compartían algo más oscuro, algo que nadie fuera de esas paredes sabía: desde jóvenes habían descubierto el placer mutuo en la intimidad. No era amor romántico, era deseo puro, físico, una válvula de escape en un mundo donde las mujeres eran pocas y lejanas. Se masturbaban juntos, se chupaban la verga en el granero o en la cama cuando la soledad apretaba, se follaban con rudeza cuando el alcohol o la necesidad los empujaba. Era un secreto que guardaban con celo, un lazo que los unía más que la sangre.
Adrián lo supo tarde, pero lo supo. A los trece años los sorprendió una tarde en el cobertizo: Martín de rodillas, la boca llena con la polla de Elías, gimiendo mientras su hermano le agarraba el pelo y empujaba profundo. No gritó, no huyó corriendo. Se quedó paralizado detrás de la puerta entreabierta, la verga endureciéndose dolorosamente en los pantalones cortos, el corazón latiéndole en la garganta. Esa imagen se le grabó a fuego: el cuerpo fuerte de su padre, los músculos tensos, la boca abierta tragando la verga idéntica a la suya propia, el semen espeso salpicando la barbilla de Martín mientras Elías gemía su nombre.
Desde ese día, Adrián no pudo mirar a su padre de la misma forma. Cada vez que Martín se quitaba la camiseta para trabajar bajo el sol, cada vez que lo abrazaba con fuerza al llegar del pueblo, cada vez que compartían la ducha estrecha del baño porque el calentador solo alcanzaba para uno, Adrián sentía el calor subirle por el vientre. Se masturbaba pensando en él: en la polla gruesa y curva de su padre, en cómo se vería entrando y saliendo de su boca, en cómo se sentiría tenerlo dentro, follándolo con la misma rudeza con que follaba a Elías. Soñaba con que Martín lo descubriera, lo tomara por la fuerza, lo hiciera suyo. Pero también soñaba con Elías: el tío que siempre había sido más juguetón, más directo, el que le revolvía el pelo y le decía “ya vas a ser hombre, pendejo” con una sonrisa que escondía promesas.
El deseo creció como una fiebre. A los quince años empezó a masturbarse en la cama contigua a la de su padre, escuchando la respiración pesada de Martín al otro lado de la pared fina, imaginando que lo oía, que lo sabía. A los dieciséis, en una noche de tormenta, Martín entró a su cuarto para ver si estaba bien y lo encontró desnudo, la verga dura en la mano, gimiendo bajito el nombre “papá”. Martín se quedó quieto en la puerta, los ojos clavados en el cuerpo joven y musculoso de su hijo, la polla endureciéndose visiblemente en los pantalones. No dijo nada. Solo tragó saliva, dio media vuelta y se fue. Esa noche Adrián eyaculó tres veces seguidas, llorando de vergüenza y deseo.
Pero al día siguiente todo siguió igual: el desayuno en silencio, las tareas en el potrero, las miradas que se evitaban. Martín nunca habló de lo que vio. Elías, que seguramente lo supo por su hermano, tampoco dijo nada. El silencio se volvió insoportable. Adrián sentía que si se quedaba un día más, terminaría suplicando, arrodillándose frente a su padre, ofreciéndole su boca, su culo, todo. O peor: que Martín o Elías lo rechazaran con asco y lo echaran de la casa. O que lo aceptaran… y que el mundo se derrumbara.
Por eso se fue. A los diecisiete, con el cuerpo ya empezando a parecerse peligrosamente al de los gemelos —alto, ancho, fuerte—, huyó al norte. Trabajó en construcción, en minas, en campos lejanos. Se endureció, se tatuó, folló con hombres y mujeres para intentar olvidar, pero nunca pudo. Cada orgasmo llevaba el nombre de su padre en silencio. Cada cuerpo que tocaba era una comparación: ninguno tenía la fuerza de Martín, ninguno olía como él, ninguno lo hacía sentir tan vivo y tan pecador.
Pasaron casi diez años. Adrián se convirtió en un hombre imponente, viril, con una verga gruesa que volvía locos a quienes la veían. Pero el deseo nunca murió. Se volvió más maduro, más profundo, más inevitable. Y un día, en una noche de insomnio, decidió que ya no podía seguir huyendo. Que si iba a arder en el infierno, lo haría con los dos hombres que lo habían marcado desde siempre.
Volvió al campo. No sabía si lo recibirían con abrazos, con rechazo o con deseo. Solo sabía que ya no podía vivir sin intentarlo.
Así empezó todo de nuevo y estaban los tres listos para explotar apenas se vieran, ya no habían restricciones, limites ni nada que los parara de esta nueva vida.
***
El autobús se detuvo con un siseo hidráulico en la parada de tierra compacta, levantando una nube de polvo rojizo que se arremolinó en el aire caliente de febrero. Adrián bajó los escalones de metal con pasos firmes y deliberados, la mochila militar colgando de un hombro ancho y musculoso. A sus veintisiete años, medía casi metro noventa y dos; un cuerpo forjado en años de trabajo físico duro en el norte del país. Sus hombros eran anchos como vigas, el pecho marcado y definido bajo la camiseta negra ajustada que se pegaba a su piel sudada por el viaje. Los abdominales se adivinaban en relieve perfecto, los brazos venosos y tatuados con líneas gruesas que serpenteaban hasta las muñecas. Los jeans oscuros ceñidos marcaban cada curva de sus piernas fuertes y potentes, y en la entrepierna, un bulto grueso, pesado y evidente se insinuaba con cada movimiento, la tela estirándose ligeramente sobre la polla semidura que ya latía por la anticipación. El sol del atardecer delineaba cada relieve de su figura imponente, y su olor —un sudor limpio y masculino, feromonas intensas de hombre joven, mezcladas con el jabón fuerte y barato que usaba desde siempre— flotaba en el aire como una invitación prohibida y adictiva.
Habían pasado casi diez años desde que se fue de esa casa en el campo, huyendo de un pasado que lo asfixiaba con secretos y deseos que no podía nombrar. Ahora volvía, no por necesidad, sino por algo más profundo, algo que había madurado en su ausencia como una herida que no cicatriza. El camino de tierra se extendía ante él, flanqueado por eucaliptos altos que susurraban con la brisa cálida. Al doblar la curva, la casa apareció: techos rojos de tejas antiguas, paredes de adobe blanqueadas, el porche amplio con sillas de mimbre desgastadas por el tiempo. Y allí, esperándolo bajo el sol poniente, estaban ellos. Martín, su padre, y Elías, su tío. Gemelos idénticos, inseparables desde el vientre materno, ahora en sus cincuenta y tantos, pero con esa virilidad cruda y salvaje que el paso de los años no había erosionado del todo. Mismos ojos grises con motas verdes que parecían perforar el alma, mismos cuerpos robustos y fuertes, con pechos anchos, brazos musculosos y una presencia que imponía respeto y deseo.
Martín bajó primero los escalones del porche, los brazos abiertos en un gesto que pretendía ser paternal, pero que ya cargaba con un peso invisible y cargado de tensión.
—Hijo… mírate nada más, carajo —dijo con voz ronca, cargada de emoción y algo mucho más oscuro. Sus ojos recorrieron el cuerpo de Adrián de arriba abajo sin disimulo, deteniéndose en el pecho amplio que subía y bajaba con la respiración agitada, en la nuez prominente que se movía al tragar saliva, y sobre todo en ese bulto evidente en los jeans, que se hinchaba sutilmente bajo la tela, como si respondiera a la mirada de su padre.
—Papá —respondió Adrián, subiendo los escalones con esa gracia felina que siempre había tenido. El abrazo fue fuerte, casi doloroso en su intensidad. Los cuerpos se pegaron por completo: pecho contra pecho, caderas alineadas a la perfección. Las pollas semiduras se rozaron a través de la tela fina de los jeans y el pantalón de trabajo de Martín. Adrián sintió el calor del miembro de su padre presionando contra el suyo, endureciéndose poco a poco, latiendo con una urgencia que lo hizo jadear internamente.
—Joder, hijo… estás enorme —murmuró Martín sin soltarlo, sus manos grandes bajando instintivamente a la zona lumbar de Adrián, rozando el inicio del culo firme, redondo y tenso bajo los jeans—. Se te nota todo, esa verga gorda tuya está apretando los pantalones como si quisiera salirse y metérseme en la boca ya mismo. ¿Qué carajo me estás haciendo?
Adrián presionó un poco más con las caderas, un roce deliberado y lento que hizo que sus glándes se rozaran a través de las capas de tela. Sintió un hilo de pre-semen mojando su bóxer, y supo que su padre lo sentía también, porque la polla de Martín se endureció más, latiendo contra la suya con un ritmo salvaje.
—Y tú, papá… ya la tienes dura como piedra contra mí. La siento palpitar, caliente y gruesa. ¿Te gusta tenerme así pegado, sintiendo cómo se me pone para ti? Han pasado años, pero mi verga sigue recordando lo que me hacías de chico.
Martín tragó saliva con fuerza, la respiración entrecortada y jadeante.
—No tienes ni idea, Adrián. Me estás volviendo loco. Quiero bajarte esos jeans aquí mismo y chupártela hasta que me llenes la garganta con tu leche caliente.
Elías se acercó entonces, con esa sonrisa lenta y lobuna que siempre había tenido, los mismos ojos grises clavados en su sobrino como si quisiera devorarlo.
—Bienvenido a casa, sobrino. Te hiciste esperar, cabrón —dijo, extendiendo la mano en un apretón que era mucho más que un saludo. Los dedos se cerraron con fuerza, los pulgares rozando las venas del antebrazo de Adrián, subiendo y bajando en un masaje sutil y provocador. La mirada de Elías bajó inevitablemente a la entrepierna del sobrino, donde el bulto crecía visiblemente, la tela estirándose al máximo.
—Mira cómo se te marca esa polla, Adrián… está gorda y dura solo de vernos. ¿Eso es por tu papá o por tu tío que te quiere meter los dedos ya?
Adrián no soltó la mano, el apretón duró segundos de más, y en ese momento, el aire entre los tres se cargó de electricidad, de promesas sucias y no dichas.
—Un poco de los dos, tío. Los extrañé tanto que se me para solo de imaginar sus manos en mi verga. ¿Quieren tocarla? Está lista para ustedes.
Entraron a la casa. El olor a guiso humeante —carne tierna, papas, zanahorias, todo cocido a fuego lento— llenaba el aire con un aroma reconfortante que contrastaba con la tensión sexual. La mesa estaba puesta con esmero: pan casero recién horneado, una botella de vino tinto barato, vasos de vidrio grueso. Se sentaron: Martín en la cabecera, como siempre, Elías a su derecha, Adrián enfrente, sus rodillas rozando las de ambos bajo la madera pesada desde el primer instante.
—¿Y ustedes? ¿Todo igual por acá? —preguntó Adrián, rompiendo el silencio con una voz grave que resonó en la habitación. Sirvió vino en los vasos, sus manos grandes y callosas contrastando con la delicadeza del gesto, pero sus ojos fijos en los de ellos.
Martín sirvió el guiso con manos que temblaban apenas, el vapor subiendo en volutas que ocultaban su mirada nerviosa pero lujuriosa.
—Todo igual, hijo. Solo… más vacío sin ti. Pero tú… joder, estás imponente. Esa verga se te marca tanto bajo la mesa que me distrae. ¿La tienes dura por nosotros?
Adrián abrió las piernas un poco más, las rodillas rozando las de su padre y su tío con una presión intencional y provocadora. Las pollas se endurecían bajo la madera: Martín con una culpa incestuosa que le retorcía las entrañas, recordando baños compartidos de la infancia; Elías imaginando el cuerpo desnudo de Adrián, su polla gruesa y venosa balanceándose, el culo prieto invitando a más.
—Imponente, ¿eh? ¿Te molesta verme así de empalmado, papá? Porque a mí me encanta sentir cómo se te para mirándome. La tuya ya está latiendo, lo sé.
Martín se removió en la silla, la polla latiendo más fuerte, presionando contra la cremallera.
—No molesta, hijo. Me quema. Quiero agarrártela aquí mismo y masturbarte hasta que te corras en mi mano.
Elías intervino, su voz suave pero cargada de intención sucia.
—Déjalo de mirar como si fuera un extraño, Martín. Es tu hijo, y está acá para que lo follemos los dos. ¿Verdad, Adrián? ¿Quieres que te metamos nuestras vergas?
—Depende de cómo vayan las cosas —respondió Adrián, mirando a ambos con una intensidad que los hizo removerse en sus sillas. Su mano bajó bajo la mesa, rozando casualmente el muslo de Elías primero, subiendo hasta rozar el borde de su bulto, y luego el de Martín, apretando ligeramente la polla dura a través de la tela—. Pero sí, quiero sentirlas. Las dos. Duras y calientes dentro de mí.
La cena transcurrió en un silencio cargado de miradas que bajaban al bulto de Adrián, roces de rodillas que duraban demasiado, pollas endureciéndose sin tocarse directamente. El guiso se enfrió en los platos mientras el deseo crecía, espeso como el aire de la noche.
Más tarde, en el porche iluminado por una lámpara de kerosene, los gemelos bebían cerveza fría, el sonido de las ranas en el arroyo de fondo.
—¿Qué piensas de él ahora? —preguntó Elías en voz baja, su mano descansando en el muslo de su hermano, un gesto habitual entre ellos pero ahora teñido de algo nuevo y obsceno.
Martín tragó saliva, mirando hacia la oscuridad, ajustándose el bulto que latía en sus pantalones.
—Es distinto. Más grande, más macho… ese cuerpo, Dios, Elías, es como vernos a nosotros pero mejorado. Más fuerte, más viril. Se me para solo de verlo, quiero chupársela hasta que me ahogue en su semen.
Elías soltó una risa baja y ronca, su propia polla endureciéndose al recordar el abrazo.
—Y yo quiero abrirle ese culo prieto mientras tú lo miras, hermano. Follarlo juntos, llenarlo de leche. ¿Te imaginas su verga en tu boca?
—Cállate, pero sí… me la imagino gorda, venosa, golpeando mi garganta.
Desde la ventana del cuarto de Adrián, que daba al porche, se veía la silueta a través de la cortina fina. Se quitó la camiseta con un movimiento fluido, revelando el torso musculoso: pectorales hinchados y duros, abdominales en relieve perfecto, la V de Adonis descendiendo hacia la cintura baja de los jeans. Bajó los jeans lentamente, el miembro semi-erecto balanceándose pesado entre sus piernas, la punta goteando un hilo claro de pre-semen. Adrián se tocó distraídamente, envolviendo su polla gruesa con la mano, imaginando las bocas de ellos sobre él. La tensión flotaba en el aire caliente, palpable y asfixiante.
La mañana siguiente, Adrián entró a la cocina torso desnudo, el sudor ya corriendo por sus abdominales definidos y la V de Adonis que desaparecía bajo los pantalones cortos de trabajo, ajustados y reveladores. El olor a café y pan tostado se mezclaba con su aroma natural, masculino y embriagador.
—Buenos días, papá. ¿necesitas ayuda con algo? —dijo, colocándose a su lado en la mesada, su cadera rozando la de Martín de forma intencional.
—Claro, hijo. corta el tomate —respondió Martín, voz tensa, su polla endureciéndose al instante al sentir el culo firme de Adrián rozando el suyo al inclinarse. El calor de la piel, el músculo tenso, lo hizo jadear internamente, un gemido ahogado escapando de sus labios.
Adrián se inclinó sobre la tabla de cortar, su polla rozando accidentalmente —pero deliberadamente— la de Martín a través de la tela fina. Ambas erecciones completas, duras como hierro, presionando una contra la otra. El pre-semen de Adrián mojó el pantalón de su padre, dejando una mancha húmeda y caliente.
—Te ves nervioso hoy, papá. ¿Todo bien? ¿O es que sientes mi verga dura contra la tuya y no puedes parar de pensar en metérmela?
Martín temblaba, cortando cebolla con manos temblorosas, el cuchillo casi resbalando.
—Solo el calor, hijo… pero joder, tu polla está tan dura. Quiero bajarte esos shorts y chupártela aquí mismo.
Elías entró entonces, frotándose los ojos, su camiseta vieja pegada al pecho sudado y marcado.
—Huele rico. ¿Me sirven un café? —dijo, pero sus ojos se clavaron en la escena.
—Toma, tío —dijo Adrián, girándose y rozando sus muslos contra los de Elías de forma provocadora. El contacto fue eléctrico, las pollas latiendo al unísono, rozándose brevemente.
—Gracias, sobrino. Estás generoso hoy… y esa verga tuya está pidiendo que la agarre. ¿Quieres que te la toque mientras tu papá mira?
Trabajaron en el potrero toda la mañana: torsos desnudos bajo el sol implacable, el sudor brillando en pieles bronceadas y relucientes. Adrián cavaba con fuerza, su culo tensándose con cada golpe de pala, los músculos glúteos marcándose perfectamente, la polla semi-dura balanceándose en los shorts cortos, goteando. Martín y Elías lo miraban de reojo, sus propias erecciones visibles y obvias, gotas de sudor corriendo por sus espaldas y pechos.
—Pásame el martillo, papá —dijo Adrián, extendiendo la mano. Sus dedos se rozaron, y Martín sintió un escalofrío que le recorrió la espina dorsal directo a la polla.
—Toma. eres fuerte ahora, hijo. Más que yo… y esa verga se te marca tanto que me dan ganas de arrodillarme y lamerla.
—Aprendí de ti, papá. ¿Quieres probarla? —respondió Adrián, sonriendo con malicia, y se inclinó para clavar un poste, su culo rozando la entrepierna de Martín por un segundo eterno, presionando la polla dura contra su raja.
Elías se acercó por el otro lado, entregándole el alicate.
—Acá, sobrino. Cuidado con las manos… aunque yo preferiría que me las pongas en mi verga.
Sus ojos se encontraron, y por un momento, el mundo se redujo a ese toque, a la promesa de piel contra piel.
En el living por la tarde, viendo una vieja película de vaqueros en la tele antigua, Adrián se tiró en el centro del sofá desgastado, sus muslos abiertos presionando contra los de ambos. Su mano descansó en la nuca de Martín, dedos enredándose en el pelo corto y canoso, bajando lentamente por el cuello.
—Esta película es vieja, pero me gusta. Me recuerda a cuando éramos chicos… y a cómo me tocaban en la ducha.
—Siempre te gustaron los vaqueros, hijo. Y a mí me gusta verte así, con las piernas abiertas y la verga marcándose —dijo Martín, tenso, su pierna rozando la entrepierna de Adrián, sintiendo la polla endurecerse bajo la tela, latiendo contra su rodilla.
—Y tu, tío, ¿Que dices? ¿Te gusta sentir mi polla contra tu pierna? —preguntó Adrián, girándose hacia Elías, su mano bajando casualmente al muslo de su tío, subiendo hasta rozar el bulto duro.
—Estoy cómodo acá, sobrino… pero quiero más. Quiero meterte los dedos en el culo mientras tu papá te chupa —murmuró Elías, su pierna presionando con más fuerza la entrepierna de Adrián, el pie rozando las bolas pesadas y llenas. Martín vio el toque y frunció el ceño, celos mezclados con una excitación feroz.
—Estás muy pegado a él, Elías. ¿Ya le estás tocando la verga?
—Solo charlando, hermano. Pero sí, se me para de sentirlo. Relájate y únete —respondió Elías, pero su mano ya subía por la pierna de Adrián, deteniéndose cerca de la polla, apretando el muslo interno.
Esa noche, Martín no durmió. La polla dura como piedra en la cama, recordando el roce de la mano de Adrián en su espalda baja durante la cena. Se tocó lentamente, su mano grande envolviendo la polla gruesa y curva, imaginando el culo firme de su hijo abriéndose para él. Acarició la cabeza hinchada, goteando pre-semen espeso, y eyaculó con un gemido ahogado, chorros calientes y abundantes salpicando su abdomen y pecho, mientras susurraba:
—Adrián… mi hijo… dame tu verga, hijo mío.
Al amanecer, se masturbó de nuevo pensando en Adrián desnudo: la polla gruesa en su boca, el glande golpeando la garganta, las bolas pesadas contra su barbilla, chupando con hambre. Eyaculó chorros calientes sobre las sábanas, el nombre como una plegaria prohibida: «Hijo… córrete en mi boca».
Intentó poner distancia al día siguiente.
—Pásame el pan, pero no te acerques tanto —dijo en el desayuno, su voz cortante, aunque su polla traicionera se endurecía.
—¿Qué te pasa, papá? Ayer estabas más cerca, tocándome la verga bajo la mesa. ¿Ahora me evitas? —preguntó Adrián, con un tono herido en los ojos, pero su polla endureciéndose al ver la tensión en su padre, marcándose en los shorts.
—Nada. Cansado —mintió Martín, evitando la mirada, pero su mano bajó a ajustarse el bulto.
Adrián respondió con exhibicionismo sutil: duchas con la puerta del baño entreabierta. El agua cayendo sobre su cuerpo desnudo, el vapor saliendo espeso, la toalla baja mostrando la base gruesa del miembro, la erección visible y goteando pre-semen. Se masturbaba lentamente, gimiendo lo suficiente para que se oyera.
—Entra si quieres, papá. Mi verga está dura para ti. Ven a chupármela bajo el agua.
Martín pasó por el pasillo, la polla latiendo en sus pantalones, pero no entró, aunque se quedó escuchando, tocándose por encima de la tela.
Elías y Adrián solos en el porche una tarde, el sol poniéndose en un cielo naranja.
—Sientate. Hablemos de lo que sientes de verdad —dijo Elías, su mano en el hombro de Adrián, bajando por el brazo hasta el muslo.
—Siento que papá me evita. Me duele, tío. Lo quiero tanto… quiero que me folle, que me llene —confesó Adrián, su voz quebrada pero cargada de deseo.
—Él te desea tanto como yo. Lo veo en sus ojos, en cómo se le para la verga cuando te mira. Quiere chupártela, tragarse tu semen —dijo Elías, su mano subiendo por el muslo hasta rozar las bolas pesadas de Adrián a través de los shorts, apretándolas suavemente.
—Recuerdas cuando nos bañábamos juntos de chicos? Tú y papá siempre me lavaban la verga… me ponían duro —preguntó Adrián, su voz ronca, gimiendo bajito al sentir los dedos de su tío.
—Ahora sería distinto, sobrino. Te metería los dedos en el culo, te prepararía para mi verga. ¿Quieres que te toque ahora?
—Dios, sí… apriétame las bolas, tío. Hazme gemir.
En la cena esa noche, la mirada entre padre e hijo fue directa, cargada de fuego.
—Mírame, papá. No apartes la vista —pidió Adrián, su voz firme, quitándose la camiseta para exponer su torso sudoroso y perfecto.
Martín bajó la vista al plato, pero su polla se marcaba brutalmente.
—No puedo… no así. Sos mi sangre, mi hijo.
Noche en la cocina, Elías y Adrián solos, la casa en silencio. Martín dormía arriba, o eso creían.
—Estoy solo hace años. No toco a nadie de verdad, solo me masturbo pensando en ti —confesó Elías, su mano en la de Adrián, subiendo por el brazo.
—Yo también. Y con papá… es complicado. Pero lo deseo tanto, quiero que me folle el culo mientras tú me chupas la verga —dijo Adrián, inclinándose. Sus pollas se rozaron a través de la tela, duras y calientes, goteando.
La mano de Elías subió por el muslo, rozando las bolas, apretando la base de la polla de Adrián a través de los shorts, masturbándolo lentamente.
—Dios… qué gruesa la tienes, sobrino. Podría entrar en vos acá mismo. Llenarte el culo hasta que grites mi nombre, mientras tu papá nos mira.
Se detuvieron jadeando, pre-semen manchando los shorts, el aire espeso de deseo. Elías metió la mano dentro de los shorts de Adrián, envolviendo la polla caliente y venosa, bombeándola con movimientos expertos.
—Joder, tío… más fuerte. Quiero correrme en tu mano.
Martín entró de repente, el pelo revuelto, los ojos encendidos de rabia y celos.
—¿Qué carajo hacías con él? ¿Ya le estás tocando la verga a mi hijo?
—Solo charlando. ¿Celoso, hermano? —dijo Elías, con una sonrisa desafiante, sin soltar la polla de Adrián.
—Te lo quieres coger. Como yo. Quiero follármelo yo primero —admitió Martín, su polla dura visible y latiendo en los pantalones.
—No sirve evitarlo, Martín —dijo Elías después, en la oscuridad del porche, mientras Adrián se había ido a su cuarto—. Lo queremos los dos. Es nuestro. Vamos a partirle el culo entre los dos.
Martín se masturbó esa noche pensando en los tres: él chupando a Adrián mientras Elías lo penetraba profundo. Eyaculó con fuerza, manchando la pared con chorros espesos, gimiendo el nombre de su hijo.
La discusión entre gemelos al día siguiente, en el granero, fue feroz y cargada de deseo.
—Te lo quieres coger, ¿verdad? A mi hijo —acusó Martín, empujando a Elías contra la pared de madera, sus cuerpos pegados, pollas duras rozándose.
—Tú también se te para cuando lo ves. No mientas, hermano. Sientes lo mismo —dijo Elías, su mano bajando a la polla de su hermano a través de los pantalones, apretándola con fuerza, masturbándolo.
—Quiero chuparle la polla a mi hijo. Quiero sentirla en mi garganta, tragarme su semen caliente y espeso. Lamerle las bolas mientras tú lo follas —confesó Martín, jadeando, bajando la cremallera de Elías para sacar su polla dura y goteante.
—Yo imagino a los tres juntos. Tú follándome mientras él me chupa la verga. O mejor, doble penetración en su culo apretado —dijo Elías, y se masturbaron juntos recordando a Adrián, sus pollas rozándose, manos bombeando al unísono, lenguas enredadas en un beso sucio. Eyaculó en el piso de tierra con gemidos ahogados, chorros blancos salpicando los pies de ambos.
Adrián los enfrentó esa tarde en el living, la tensión al límite, el aire cargado de sexo.
—Sé que se les para conmigo. A mí también. Quiero honestidad. No más juegos. Quítense la ropa —dijo, su voz grave y autoritaria, quitándose la camiseta para exponer su torso perfecto y sudoroso.
—Hijo… no podemos. Es pecado, es… —dijo Martín, pero su mano rozó la polla de Adrián a través de los jeans, sintiendo el calor y la dureza, apretándola.
—Quiero que me penetren los dos. Quiero ser de ustedes, papá. Tío. Para siempre. Métanme sus vergas, fóllenme hasta que no pueda caminar —confesó Adrián, su polla endureciéndose bajo el toque, abriendo la cremallera para sacarla, gruesa, venosa y goteante.
Los tres se acercaron en el centro de la habitación, respiraciones agitadas, manos rozando pollas a través de la tela primero, luego directamente. Besos en cuellos sudorosos, mordidas suaves, gemidos bajos. Pre-semen compartido en las manos que se exploraban con hambre.
—Bésame, papá. Dame tu lengua —pidió Adrián, y Martín lo hizo: lengua profunda, salada, devorando la boca de su hijo con pasión incestuosa, mientras sus manos bajaban a apretar el culo firme de Adrián.
Elías se arrodilló, bajando los jeans de Adrián con urgencia, lamiendo desde las bolas pesadas y peludas hasta el glande hinchado y rojo, chupando la longitud venosa con la boca abierta, tragando profundo.
—Joder, qué rica verga tienes, sobrino. Sabe a hombre puro.
—Chúpamela más, papá, métetela toda —gimió Adrián, empujando las caderas.
Martín se unió, arrodillándose al lado de su hermano, lamiendo el otro lado de la polla de su hijo, sus lenguas rozándose en el glande, chupando alternadamente, tragando pre-semen.
—Hijo mío… tu verga es perfecta. Quiero que me folles la boca —murmuró Martín, abriendo la garganta para tomarla toda.
Manos bombeando pollas por todas partes: Adrián masturbando a su padre y a su tío, sintiendo cómo latían. Elías se levantó, quitándose la ropa, revelando su polla gruesa y curva, similar a la de Martín.
—Ahora fóllame tú, sobrino. Pero primero, papá, prepárame el culo con la lengua.
Se tumbaron en el sofá, cuerpos entrelazados. Martín lamió el ano de Elías, metiendo la lengua profundo, mientras Adrián chupaba la polla de su tío. Luego, Adrián se posicionó detrás de Elías, empujando su polla gruesa en el culo apretado de su tío, follándolo con embestidas lentas al principio, luego más fuertes, golpeando prostata.
—Joder, tío… tu culo me aprieta tanto. Toma mi verga, recíbela toda.
Martín se puso delante, metiendo su polla en la boca de Elías, follándole la garganta mientras veía a su hijo follando a su hermano.
—Así, hijo. Fóllalo duro. Hazlo gemir por tu verga.
Cambiaron posiciones: Martín se arrodilló, chupando a Adrián mientras Elías lo penetraba por detrás, metiendo su polla gruesa en el culo virgen de su sobrino, lubricado con saliva y pre-semen.
—Papá… chúpamela más. Tío, métemela más profundo. Quiero sentirlas a las dos.
El clímax fue explosivo: Adrián eyaculó primero en la boca de su padre, chorros espesos y calientes que Martín tragó con avidez. Luego Elías se corrió dentro del culo de Adrián, llenándolo de semen caliente. Martín se masturbó sobre ellos, salpicando sus cuerpos con su leche.
Jadeando, cubiertos de sudor y semen, se besaron los tres, lamiendo los restos de sus corridas mutuamente.
Adrián se fue unos días después, diciendo:
—Necesito pensar. Volveré. Pero no sin ustedes. Los quiero dentro de mí para siempre.
El vacío en la casa fue inmediato, opresivo. Los gemelos se unieron esa noche en la cama de Martín: Elías penetró a su hermano con fuerza, imaginando a Adrián entre ellos. Se follaron mutuamente, pollas rozándose dentro, eyaculando con su nombre en los labios, chorros mezclados.
—Vamos a buscarlo —dijo Elías al amanecer.
El reencuentro en la estación de buses fue eléctrico. Adrián bajó del autobús, más guapo y viril que nunca.
—Nadie reemplaza a nadie. Queremos a los tres juntos —dijo Adrián, abrazándolos, besándolos en la boca allí mismo.
—Somos familia de otra forma —dijo Martín, lágrimas en los ojos, su mano ya en el culo de su hijo.
Se besaron los tres en el auto, lenguas entrelazadas, manos en miembros duros, masturbándose durante todo el viaje de vuelta, corridas rápidas en las manos.
Los días siguientes, la casa se llenó de cercanía constante: cuerpos desnudos compartiendo espacios todo el día, duchas colectivas donde jabón y manos se mezclaban en caricias profundas, roces que terminaban en penetraciones salvajes. En la ducha, Martín chupando el culo de Adrián mientras Elías lo follaba con fuerza, agua cayendo sobre ellos; Adrián penetrando a su padre con lentitud al principio, sintiendo el calor apretado del ano de su papá, luego embistiendo sin piedad, haciendo que Martín gritara de placer; Elías en el medio, recibiendo doble penetración, una polla en el culo y otra en la boca, gimiendo como un animal.
Una noche cualquiera, en el sofá del living, los tres sentados juntos, miembros semi-duros rozándose, besos lentos y profundos, manos moviéndose con calma experta. Adrián en el medio, Martín y Elías lamiéndole el cuerpo: tetillas, abdominales, polla. Luego, Adrián folló a Martín mientras Elías lo penetraba a él, una cadena de gemidos y embestidas. Eyaculación compartida en silencio, chorros calientes mezclados sobre sus cuerpos, lamiéndose mutuamente con cuidado, saboreando el semen salado de los otros, tragando hasta la última gota.
—Esto es nuestro —susurró Adrián, su cabeza en el pecho de Martín, la polla todavía semi-dura dentro de él.
—Y nadie nos lo quita —respondió Martín, besando la frente de su hijo, metiendo los dedos en el culo lleno de semen de Adrián.
—Somos familia… de la única forma que importa —cerró Elías, lamiendo el pecho de ambos.
***
Los días se convirtieron en una rutina de placer sin fisuras, una coreografía lenta y deliberada de cuerpos que ya no necesitaban palabras para entenderse. La casa, antes silenciosa y llena de ecos, ahora vibraba con sonidos constantes: gemidos ahogados al amanecer, el golpe rítmico de carne contra carne en la cocina a media mañana, risas roncas mezcladas con jadeos en el porche al atardecer, y susurros obscenos en la oscuridad de la medianoche.
Adrián se había apropiado del espacio como si nunca se hubiera ido. Dormía en el centro de la cama king que habían comprado en la ciudad cercana —la única compra “civilizada” que hicieron en meses—, con Martín a su derecha y Elías a su izquierda. Cada mañana, antes de que el sol terminara de salir, uno de los gemelos despertaba primero y empezaba el ritual: una mano grande y callosa bajaba por el abdomen de Adrián, rozaba la V de Adonis, envolvía la polla que ya estaba semi-dura por el sueño y la masturbaba con lentitud hasta que el glande goteaba contra los dedos. El otro gemelo, todavía medio dormido, se pegaba por detrás, metiendo la lengua entre las nalgas firmes, abriendo el ano con lamidas perezosas mientras Adrián gemía bajito y empujaba las caderas hacia ambas direcciones.
—despierta, hijo… ya estás goteando para nosotros —murmuraba Martín contra su cuello, chupando la piel sudorosa mientras su mano bombeaba más rápido.
—Déjame entrar primero hoy —respondía Elías, voz ronca de sueño y deseo, alineando ya su polla contra el agujero húmedo de saliva.
Adrián solo separaba más las piernas, arqueaba la espalda y dejaba que uno entrara mientras el otro lo besaba profundo, lengua con lengua, compartiendo saliva y gemidos. Muchas mañanas terminaban con doble penetración antes del desayuno: las dos pollas gruesas abriendo el culo de Adrián al mismo tiempo, el ano dilatado y caliente tragándoselas hasta la base, mientras él se masturbaba con furia y eyaculaba sobre su propio abdomen, chorros espesos que luego Martín y Elías lamían alternadamente, saboreando la leche salada de su hijo/sobrino.
El desayuno era otro escenario. Se sentaban desnudos en la mesa de madera vieja, pollas todavía semi-duras apoyadas en los muslos, goteando restos de semen seco. Adrián servía el café y el pan casero, pero antes de que nadie probara bocado, solía arrodillarse entre las piernas de Martín y chuparle la polla lentamente mientras Elías le metía dos dedos por detrás, preparándolo para la próxima ronda. O al revés: Elías recibía la mamada mientras Adrián se sentaba en su regazo, empalándose despacio en la polla curva de su tío, subiendo y bajando mientras Martín les lamía las bolas a ambos.
—No coman todavía —decía Adrián con la boca llena de polla—. Primero me llenan el culo de leche caliente, después desayunamos.
Y lo cumplían. Martín se ponía detrás, empujaba su verga gruesa junto a la de su hermano dentro del ano ya abierto de Adrián. El estiramiento era brutal, pero Adrián lo recibía con un gemido largo y agradecido, las manos apoyadas en la mesa, el cuerpo temblando mientras las dos pollas lo follaban al unísono. Cuando eyaculaban —casi siempre al mismo tiempo—, el semen caliente se desbordaba, chorreaba por los muslos de Adrián y caía al piso de baldosa. Entonces se sentaban a comer, con el culo de Adrián dejando manchas húmedas en la silla, y los tres riendo bajito mientras lamían los restos de semen de sus dedos.
El trabajo en el campo se había convertido en una danza erótica interminable. Cavar, regar, reparar cercas, todo se hacía desnudos o con shorts cortísimos que no ocultaban nada. Cuando el sol pegaba fuerte, se echaban bajo los eucaliptos, sudorosos y polvorientos, y empezaban a tocarse sin prisa. Adrián se ponía de cuatro, culo en pompa, y uno de los gemelos le lamía el ano mientras el otro le chupaba la polla colgante. Luego cambiaban: Adrián follaba a Martín contra un tronco, embistiéndolo con fuerza mientras Elías se masturbaba viéndolos y luego se unía, metiendo su polla en la boca de su hermano para que la chupara mientras era follado por su hijo.
Una tarde particularmente calurosa, decidieron usar el viejo tractor como apoyo. Adrián se inclinó sobre el capó caliente, culo expuesto al aire, ano todavía brillante de saliva y pre-semen de la mamada que acababa de hacerle a Elías. Martín se colocó detrás, escupió en su mano, lubricó su polla y entró de un solo empujón profundo.
—Así, papá… métemela toda. Quiero sentir cómo me abres —gimió Adrián, empujando hacia atrás.
Elías se paró delante, metió su polla en la boca de Adrián y empezó a follarle la garganta con embestidas lentas y controladas. El tractor vibraba ligeramente con el motor apagado, pero los tres cuerpos lo hacían temblar más. Martín follaba con fuerza, las bolas golpeando contra las de Adrián, mientras Elías sujetaba la cabeza de su sobrino y le metía la verga hasta la garganta.
—Tragátela toda, sobrino… quiero que te ahogues con mi leche mientras tu papá te llena el culo.
Cuando Martín se corrió dentro, chorros calientes y abundantes, Adrián contrajo el ano con fuerza, ordeñándolo. Luego Elías se corrió en su boca, semen espeso que Adrián tragó casi todo, dejando que el resto le chorreara por la barbilla y cayera sobre el capó. Se quedaron así un rato, jadeando, pollas todavía dentro, semen goteando por todas partes.
Pero no todo era penetración salvaje. Había noches de lentitud absoluta. Se acostaban los tres en el porche, bajo las estrellas, desnudos sobre una manta vieja. Adrián en el medio, Martín y Elías a los lados. Se tocaban con las yemas de los dedos: pezones, abdominales, la base de las pollas, las bolas pesadas. Se besaban durante horas, lenguas explorando bocas, cuellos, orejas. A veces solo se masturbaban mutuamente, despacio, sin prisa por llegar al clímax. Cuando finalmente eyaculaban, era en silencio casi religioso: chorros calientes que salpicaban pechos, abdomenes, manos. Luego se lamían mutuamente, limpiando cada gota con la lengua, saboreando el sabor mezclado de los tres.
Una noche, después de una de esas sesiones lentas, Adrián rompió el silencio:
—Quiero que me marquen. Quiero llevar algo de ustedes en el cuerpo para siempre.
Martín y Elías se miraron. Al día siguiente fueron a la ciudad y volvieron con un tatuador de confianza que no hacía preguntas. En el living de la casa, con la luz tenue, Adrián se desnudó y se tendió boca abajo. El tatuador dibujó primero en la base de su espalda, justo encima del culo: dos iniciales entrelazadas —M y E— en tinta negra gruesa. Debajo, en letra pequeña: “Siempre dentro”.
Cuando el tatuador se fue, Martín y Elías lamieron la piel recién tatuada, besándola con devoción. Esa noche follaron a Adrián con una intensidad casi reverente, uno en el culo, el otro en la boca, y cuando se corrieron dentro y sobre él, tocaron el tatuaje con los dedos manchados de semen, como si sellaran un pacto.
Los meses pasaron y el deseo no menguó; al contrario, se profundizó. Descubrieron nuevos juegos: atar a Adrián a la cama con cuerdas suaves, vendarle los ojos y turnarse para penetrarlo sin que supiera quién era quién, solo por la forma distinta en que cada polla lo abría. O vendar a Martín y hacer que adivinara si era la polla de su hijo o la de su hermano la que le follaba la garganta. O noches en las que Adrián follaba a los dos gemelos uno tras otro, primero a Martín, luego a Elías, y después los hacía arrodillarse para que le chuparan la polla juntos, lenguas rozándose en su glande mientras él les masturbaba las vergas hasta que eyacularon al mismo tiempo sobre su abdomen.
Una mañana de invierno, con el aire fresco entrando por las ventanas abiertas, los tres se despertaron temprano. El frío les erizaba la piel, pero sus cuerpos ardían. Se metieron a la ducha grande que habían instalado en el baño principal. Agua caliente cayendo sobre ellos, vapor espeso. Adrián se arrodilló primero, chupando alternadamente las dos pollas, lamiendo bolas, metiendo la lengua en los anos mientras los gemelos se besaban arriba. Luego Martín se inclinó contra la pared, culo expuesto, y Adrián lo penetró lentamente, sintiendo cómo el ano de su padre lo apretaba con fuerza. Elías se colocó detrás de Adrián y entró en él, formando la cadena que tanto les gustaba: Adrián follaba a su padre mientras su tío lo follaba a él.
—Siento las dos… papá apretándome, tío empujándome… joder, es perfecto —gimió Adrián, embistiendo más fuerte.
Cuando llegaron al clímax, fue casi simultáneo: Martín se corrió sin tocarse, chorros contra la pared; Adrián eyaculó dentro de su padre, llenándolo hasta que el semen chorreó por sus muslos; Elías se vació en el culo de Adrián, semen caliente mezclándose con el agua. Se quedaron bajo el chorro, abrazados, besándose con lengua profunda, semen y agua resbalando por sus cuerpos.
Al salir de la ducha, se miraron en el espejo empañado. Tres cuerpos fuertes, marcados por el trabajo, el sol y el deseo mutuo. Cicatrices pequeñas, tatuajes nuevos, semen seco en la piel.
—No hay nada más que esto —dijo Adrián, voz baja pero firme—. Nosotros tres. Esta casa. Este campo. Estas vergas. Estos culos. Para siempre.
Martín lo abrazó por detrás, polla todavía semi-dura apoyada en su raja.
—Para siempre, hijo.
Elías se unió al abrazo, besando el cuello de ambos.
—Y cada día vamos a inventar una forma nueva de demostrárnoslo.
Y así siguieron: sin prisa, sin fin, sin culpa.
Solo ellos tres, enredados en un amor tan crudo y tan puro que ya no necesitaba nombre.
***
Años después, la casa seguía en pie, pero ya no era la misma. Las tejas rojas se habían oscurecido con el tiempo y la lluvia, el adobe de las paredes llevaba marcas de manos que lo habían reparado una y otra vez, y el porche amplio ahora tenía una hamaca grande de tres cuerpos que crujía suavemente cuando los tres se sentaban juntos al atardecer. El campo había crecido: los eucaliptos eran más altos, el potrero estaba cercado con alambre nuevo que habían tendido los tres una mañana de verano, y en el fondo, cerca del arroyo, habían construido un galpón pequeño con techo de chapa donde guardaban herramientas… y donde a veces desaparecían horas enteras.
Adrián tenía treinta y cinco ahora. El cuerpo seguía siendo imponente —metro noventa y dos, hombros anchos como puertas, abdominales que se marcaban incluso bajo la camiseta vieja—, pero había ganado una calma profunda, una masculinidad asentada que ya no necesitaba demostrar nada. El pelo se le había empezado a platear en las sienes, igual que a Martín y Elías a su edad, y esa coincidencia los hacía reír bajito cuando se miraban al espejo los tres juntos.
Martín y Elías rondaban los setenta. Los años les habían robado algo de velocidad en los movimientos, pero no la fuerza ni el hambre. Los pechos seguían anchos, los brazos venosos y fuertes, aunque las manos temblaban un poco más al sostener la taza de café o al acariciar la piel del otro. Las pollas, gruesas y curvas como siempre, todavía se endurecían con la misma urgencia al ver a Adrián desnudo, al sentir su olor masculino mezclado con el jabón fuerte que nunca habían cambiado.
La rutina no había cambiado tanto como uno podría pensar. Seguían durmiendo en la misma cama grande, Adrián en el centro. Algunas noches, cuando el deseo llegaba suave y lento, se tocaban durante horas sin penetración: manos grandes recorriendo torsos, pezones pellizcados con cuidado, pollas masturbadas con ritmo pausado hasta que el semen salía en chorros tibios y espesos que se secaban sobre la piel sin prisa. Otras noches, el fuego volvía con la intensidad de antes: doble penetración que ya no era tan brutal pero sí igual de profunda, gemidos roncos que salían de tres gargantas al mismo tiempo, semen caliente llenando anos y bocas, lamiéndose mutuamente hasta que no quedaba ni una gota.
No habían tenido hijos biológicos —eso nunca fue una opción—, pero la casa siempre estaba abierta para los sobrinos lejanos, para los amigos que no preguntaban demasiado y para algún viajero perdido que llegaba pidiendo agua y se quedaba una noche. Nadie sabía exactamente qué pasaba entre esos tres hombres, y nadie lo preguntaba. Solo se notaba que eran inseparables, que se tocaban con una familiaridad que iba más allá de lo fraternal, que se miraban con una intensidad que hacía que cualquiera bajara la vista.
Una tarde de marzo, con el aire todavía tibio pero ya anunciando el otoño, los tres estaban sentados en el porche. Adrián en el medio de la hamaca, Martín a su derecha con la cabeza apoyada en su hombro, Elías a la izquierda con una mano descansando en el muslo desnudo de Adrián. Bebían cerveza fría de botellas heladas, el sol bajando detrás de los eucaliptos y tiñendo todo de naranja.
Adrián rompió el silencio primero, voz grave y tranquila.
—¿Se imaginan cómo sería si nunca hubiera vuelto?
Martín soltó una risa baja, ronca.
—No. No me lo imagino. Me habría vuelto loco. Me masturbaba pensando en vos todos los días después de que te fuiste la primera vez. Y cuando volviste… joder, hijo, fue como si me hubieran devuelto el aire.
Elías apretó el muslo de Adrián con más fuerza.
—Y yo igual. Pensaba que era solo deseo prohibido, algo que se iba a quedar en la cabeza. Pero cuando te vi bajar de ese bus, con esa verga marcándose en los jeans… supe que no había vuelta atrás. Que íbamos a terminar los tres así: viejos, calientes y juntos.
Adrián sonrió, miró al horizonte.
—Nunca pensé que esto sería para siempre. Pensé que era una fase, que el deseo se iba a apagar. Pero cada año que pasa lo siento más fuerte. No es solo follar. Es… pertenecer. Saber que mi culo, mi verga, mi boca, todo es de ustedes. Y que las vergas de ustedes son mías. Para siempre.
Martín levantó la cabeza, besó el cuello de Adrián con lentitud, dejando un rastro húmedo.
—Te amo, hijo. No como padre. Como hombre. Como el que te abre el culo cada mañana y te llena hasta que chorreas. Como el que te chupa la polla hasta que te corres en mi garganta. Como el que se corre dentro tuyo y siente que por fin está en casa.
Elías se inclinó y besó a Adrián en la boca, lengua profunda, salada por la cerveza.
—Y yo te amo igual, sobrino. Como el que te preparó el culo de chico sin que supieras lo que significaba. Como el que te folla mirando a los ojos mientras tu papá te chupa. Como el que se despierta a medianoche solo para meterte los dedos y sentir cómo te mojas por mí.
Adrián los abrazó a ambos, fuerte, sintiendo los cuerpos todavía calientes contra el suyo.
—Entonces no hay más que decir. Seguimos así hasta que uno de nosotros no pueda más. Y cuando llegue ese día… el que quede va a seguir llevando esto en la piel. El tatuaje. Los recuerdos. El olor de los otros en las sábanas.
Se quedaron en silencio un rato largo. El sol se hundió del todo. Las ranas empezaron a cantar en el arroyo. Las estrellas aparecieron una a una.
Martín fue el primero en levantarse, con un gemido leve por las articulaciones.
—Vamos adentro. Hace frío. Y tengo ganas de sentirlos a los dos dentro de mí esta noche. Despacio. Como cuando éramos jóvenes.
Elías se rio bajito.
—Y yo quiero que me follen los dos a la vez. Todavía aguanto.
Adrián se puso de pie también, los abrazó por la cintura a cada lado y los guió hacia la puerta.
—Entonces entramos. Nos desnudamos. Nos besamos hasta que nos duelan las bocas. Y después… nos llenamos. Como siempre.
Entraron a la casa. La puerta se cerró detrás de ellos con un clic suave.
Adentro, la luz tenue del living iluminaba tres cuerpos que se quitaban la ropa sin prisa. Piel arrugada pero fuerte, pollas que se endurecían con la misma urgencia de siempre, anos que se abrían con la misma hambre.
No había final.
Solo continuación.
Siempre los tres.
En esa casa de adobe, bajo ese cielo estrellado, en ese campo que olía a tierra, sudor y semen.
Para siempre.
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Los quiero <3



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