Entre Cervezas y Deseos Ocultos #1
Nuestra amistad era perfecta, una fachada que ocultaba un deseo latente, una atracción prohibida. Él, feliz con su novia. Yo, feliz con su amistad… hasta que una noche, la pasión nos arrastró a un torbellino de sensaciones prohibidas, desatando lo que siempre habíamos callado..
Desde el primer día que su novia nos presentó, supe que él era diferente. Él, con sus 28 años, era la imagen de un hombre rudo, masculino, con esa cara de maleante que lo hacía irresistible. Su barba rubia, desordenada pero atractiva, enmarcaba un rostro que parecía sacado de una película de gánsteres. No era musculoso en exceso, pero su cuerpo de futbolista era definido, con un torso ligeramente velludo que le daba un aire salvaje, casi primitivo. Sus piernas, fuertes y robustas, eran el reflejo de años corriendo tras un balón. Yo, de 23 años, moreno, lampiño y con un cuerpo atlético, siempre me había sentido orgulloso de mi apariencia varonil. Mi rostro, con facciones duras y una expresión que muchos describían como de «maleante», nunca delataba mi orientación sexual. De hecho, nadie habría adivinado que era gay. Mis piernas grandes y mi postura firme completaban una imagen que transmitía fuerza y masculinidad. Pero esa noche, su cercanía era más intensa que nunca.
Nuestra amistad siempre fue especial, pero esa noche cruzó un límite que nunca antes habíamos explorado. Desde el principio, hubo una conexión que iba más allá de las palabras. Él era mi mejor amigo, mi confidente, mi compañero de aventuras. Aunque él era heterosexual y yo gay, nuestra complicidad era tan intensa que a veces parecía desafiar lo platónico. Su novia, quien en otro tiempo fue mi mejor amiga, lo notó. Y tal vez por eso, los celos comenzaron a brotar en ella, aunque nunca lo admitió abiertamente. Ambos sabían que yo era gay, y aunque eso nunca fue un problema, esa noche pareció añadir una capa más de tensión entre nosotros.
Ella se fue de viaje, dejándolo solo en su casa. Yo sabía que me llamaría. Lo sentí desde el momento en que supe que ella se iría. Y así fue. Su voz al teléfono sonaba casual, pero había algo más, una tensión que no podía ignorar. «¿Vienes? Podemos tomar algo, pasar el rato», dijo. Y yo accedí, como siempre.
Llegué a su casa y todo parecía normal al principio. Cervezas, risas, juegos de Play. La música sonaba de fondo, creando un ambiente íntimo, casi hipnótico. Pero entonces, algo cambió. Me llamó a su habitación. Él intentó tocarme, y yo me alejé, no por rechazo, sino por esa línea invisible que siempre habíamos respetado. «¿Por qué te alejas?», preguntó, seguido de una tocada de verga que me puso erecto y me sacó una risa nerviosa. Yo le respondí de la misma manera, tocándole la verga, el solo sonrió y no se echó para atrás.
Luego, empezamos a tomar otra cerveza y a escuchar una canción de reggaeton. Antes de que pudiera reaccionar, sentí su culo contra mi verga, rozándola al ritmo de la música. No lo podía creer. Mi mejor amigo, que tenía novia y vivía con ella, estaba haciendo lo que alguna vez había fantaseado. En el momento en que él rodó su culo, empecé a tocar su culo virgen de hetero, y me puse cachondo. Su respiración era agitada, y el roce de sus caderas contra las mías despertó algo en mí que no podía ignorar. Nos miramos fijamente, y en ese instante, todo pareció detenerse. La tensión era palpable, eléctrica. Sonreímos, como si ambos supiéramos que algo estaba a punto de suceder, pero no dijimos nada. Simplemente seguimos bailando, dejando que el momento nos llevara.
Él se movía con una confianza que me resultaba irresistible. Sus manos, grandes y callosas por el deporte, se deslizaron por mi cintura, y a medida que movía su culo y me rozaba me tocaba mi verga agarrandome los guevos con un deseo inexplicable, aunque sabía que era heterosexual, no pude evitar sentir cómo mi cuerpo respondía al suyo. El calor de su piel, el ritmo de su respiración, todo se mezclaba en una danza que parecía borrar los límites de nuestra amistad. Por un momento, me permití fantasear con la idea de que quizás, solo quizás, él también sentía algo más.
Más tarde, ya embriagados por el alcohol y la complicidad, nos fuimos a dormir. La cama era amplia, pero no había espacio suficiente para evitar que nuestros cuerpos se encontraran. Nos abrazamos apasionadamente, como si el mundo exterior hubiera dejado de existir. Sus brazos, fuertes, me envolvieron con una fuerza que me hizo sentir deseado, y aunque sabía que no debía darle demasiadas vueltas a aquel gesto, no pude evitar disfrutar de la sensación. No hubo palabras, solo el calor de su piel contra la mía y el sonido de nuestra respiración sincronizada. Y así, dormimos juntos, con la promesa tácita de que aquella noche había cambiado algo entre nosotros para siempre.
Esa noche fue solo el comienzo de una amistad más profunda, más intensa, más peligrosa. Y aunque no lo sabía en ese momento, no sería la última vez que cruzaríamos ese límite. Hubo otra ocasión, semanas después, que me dejó perplejo por lo que pasó entre él y yo. Ya habíamos traspasado la barrera de lo platónico, pero esa segunda vez fue diferente. Fue más audaz, más descarada, como si ambos hubiéramos aceptado que aquello no era un error, sino algo que nos unía de una manera que ni siquiera podíamos explicar. Pero esa… esa es otra historia.
uff cuando continuas con la historia me dejo en llamas