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Gays, Incestos en Familia, Intercambios / Trios

Gemelos y algo más.

Calvin y Asher son gemelos que comparten un amor prohibido desde la adolescencia. Años después, Lucas entra en su vida y su cama, formando un trío intenso, posesivo y profundo. Deseo y ternura se entrelazan en un secreto que los une para siempre..
Mi nombre es Calvin, y soy el mayor de los dos por solo unos minutos. Mi hermano gemelo, Asher, y yo hemos sido inseparables desde que nacimos. Crecimos en una pequeña ciudad costera, compartiendo todo: la habitación, los juguetes, las risas y, con el tiempo, secretos que nadie más podría entender. Somos idénticos en casi todo: cabello castaño oscuro que cae en ondas desordenadas, ojos verdes penetrantes, cuerpos atléticos forjados por años de surf y gimnasio. Mido 1.85, él también; músculos definidos, piel bronceada por el sol. Pero hay una diferencia sutil: yo soy el que toma el control, el que decide, el activo. Él es más suave, más sumiso, y eso nos ha llevado a un territorio prohibido que nos consume a ambos.

Todo empezó cuando teníamos 18 años, justo después de graduarnos del instituto. Nuestros padres nos regalaron un viaje a una cabaña aislada en las montañas, pensando que sería una aventura fraternal. No sabían que, para entonces, ya habíamos cruzado líneas invisibles. Recuerdo la primera vez que lo miré de verdad, no como hermano, sino como algo más. Fue en la playa, un atardecer cualquiera. Él salía del agua, gotas resbalando por su pecho, su traje de baño ajustado marcando cada curva. Sentí un calor que no era del sol. Esa noche, en nuestra habitación compartida, no pude dormir. Me masturbé pensando en él, imaginando mis manos en su cuerpo en lugar de las mías.

Pero el viaje a la cabaña fue el detonante. Llegamos al atardecer, el aire fresco de las montañas cargado de pinos y libertad. La cabaña era rústica: una sala con chimenea, una cocina pequeña y una sola habitación con una cama king size. «Perfecto para nosotros», dije, tirando las maletas al suelo. Asher sonrió, esa sonrisa tímida que siempre me desarma.

—Oye, Calvin, ¿vamos a explorar un poco antes de que oscurezca? —preguntó, quitándose la camiseta para ponerse algo más abrigado. Su torso desnudo, con esos abdominales marcados y el vello suave descendiendo hacia su cintura, me hizo tragar saliva.

—Claro, pero no te alejes mucho. No quiero que te pierdas y tenga que rescatarte como siempre —bromeé, pero mis ojos se clavaban en él.

Caminamos por el bosque, el sol filtrándose entre las hojas. Hablamos de tonterías: chicas del instituto, planes para la universidad. Pero había una tensión en el aire, algo no dicho. En un claro, encontramos un arroyo. Asher se quitó los zapatos y metió los pies en el agua fría.

—Mierda, está helada —rió, salpicándome.

Yo me acerqué, lo empujé juguetón, y terminamos luchando en la orilla, rodando por la hierba. Su cuerpo contra el mío, su aliento en mi cuello. Sentí su erección presionando contra mi muslo, y la mía respondió al instante. Nos detuvimos, mirándonos. Sus ojos verdes, idénticos a los míos, brillaban con algo nuevo: deseo.

—Calvin… —susurró, su voz temblorosa.

No dije nada. Solo lo besé. Sus labios eran suaves, cálidos, y sabían a sal del mar que aún llevábamos en la piel. Él gimió contra mi boca, abriéndose para mí. Mis manos exploraron su espalda, bajando hasta su culo, apretándolo con fuerza. Nos besamos como si el mundo se acabara, lenguas entrelazadas, cuerpos presionados.

Regresamos a la cabaña en silencio, pero la chispa ya estaba encendida. Esa noche, sentados frente a la chimenea con cervezas en mano, el alcohol soltó las lenguas.

—Hoy en el arroyo… eso fue… intenso —dijo Asher, mirando el fuego.

Yo me acerqué, sentándome a su lado en el sofá. Mi mano en su muslo, subiendo lentamente.

—Intenso no es la palabra. Fue jodidamente caliente, Asher. Verte así, sentirte… me vuelves loco.

Él se sonrojó, pero no se apartó.

—¿Loco? Somos hermanos, Calvin. Gemelos. Esto está mal.

—Mal o no, lo quieres tanto como yo. Admítelo —insistí, mi mano ahora en su entrepierna, sintiendo cómo se endurecía bajo mis dedos.

Él jadeó, cerrando los ojos.

—Sí… lo quiero. Te quiero a ti.

Lo empujé contra el sofá, besándolo con hambre. Mis manos desabrocharon su pantalón, liberando su polla. Era idéntica a la mía: gruesa, venosa, unos 20 centímetros de largo, con una cabeza rosada que ya goteaba pre-semen. La tomé en mi mano, acariciándola lentamente, sintiendo cómo palpitaba.

—Mira lo dura que está por mí, hermanito. Tu polla me dice la verdad —murmuré contra su oído, mordisqueando el lóbulo.

—Calvin… por favor… —suplicó, arqueando la cadera.

Le bajé los pantalones por completo, exponiendo su culo perfecto, redondo y firme. Me quité la ropa rápidamente, mi propia polla dura como una roca, apuntando hacia él. Lo giré, poniéndolo de rodillas en el sofá, su culo hacia mí.

—Voy a follarte, Asher. Voy a hacerte mío de una vez por todas. ¿Quieres eso? ¿Quieres que tu hermano mayor te meta la polla hasta el fondo?

—Sí… joder, sí. Fóllame, Calvin. Hazme tuyo —gimió, empujando hacia atrás.

Busqué lubricante en mi maleta —siempre preparado— y lo unté en mi polla y en su agujero apretado. Presioné la cabeza contra él, sintiendo la resistencia inicial. Empujé despacio, centímetro a centímetro, hasta que estuve completamente dentro. Era tan apretado, tan caliente, como si estuviera hecho para mí. Empecé a moverme, lento al principio, describiendo cada embestida: cómo su culo se contraía alrededor de mi polla, cómo mis bolas golpeaban contra las suyas con cada embestida.

—Dios, Asher, tu culo es perfecto. Tan jodidamente apretado, chupando mi polla como una puta. Eres mi puta, ¿verdad? Mi hermano es una puta —gruñí, acelerando el ritmo, mis manos en sus caderas, clavando los dedos en su piel.

—Sí… soy tu puta, Calvin. Fóllame más fuerte. Quiero sentirte romperme —jadeó, su voz entrecortada por los gemidos.

Lo follé con fuerza, el sonido de piel contra piel llenando la cabaña. Su polla goteaba en el sofá, y yo la alcancé, masturbándolo al ritmo de mis embestidas. Describí todo: cómo mi polla entraba y salía de su agujero rosado, estirándolo, cómo su próstata se frotaba contra mí cada vez que empujaba profundo. Él gritaba mi nombre, su cuerpo temblando.

—Voy a correrme dentro de ti, hermanito. Voy a llenarte con mi semen caliente. Marcar mi territorio —anuncié, sintiendo el orgasmo acercándose.

—Córrete, Calvin… lléname… —suplicó.

Me corrí con un rugido, chorros de semen inundando su interior, mientras él se corría en mi mano, su semen pegajoso cubriendo mis dedos. Colapsamos juntos, sudados y jadeantes.

Eso fue solo el comienzo. Durante el viaje, follamos en cada rincón de la cabaña. En la cocina, lo senté en la encimera, sus piernas alrededor de mi cintura, mientras lo penetraba profundo, describiendo cómo su polla rebotaba contra mi abdomen con cada golpe.

—Mira tu polla, Asher. Tan dura por mí. Te encanta que te folle como a una perra en celo, ¿eh? Dime lo mucho que lo amas.

—Amo tu polla, Calvin. Es tan grande, me llena por completo. Fóllame hasta que no pueda caminar —respondía, sus uñas en mi espalda.

En la ducha, lo puse contra la pared, el agua cayendo sobre nosotros. Unté jabón en su cuerpo, mis dedos explorando su agujero antes de reemplazarlos con mi polla. Lo follé lento, torturándolo, deteniéndome justo antes de que se corriera.

—No te corras aún, puta. Espera mi permiso. Tu orgasmo es mío.

—Por favor, Calvin… necesito correrme… tu polla me está volviendo loco —suplicaba.

Solo entonces aceleré, llevándonos a ambos al clímax, mi semen mezclándose con el agua.

De vuelta en casa, tuvimos que ser discretos. Nuestros padres no sospechaban nada, pero nosotros nos escabullíamos a medianoche. En nuestra habitación compartida, con la puerta cerrada, lo follaba en silencio, tapando su boca con mi mano para ahogar sus gemidos.

—Shh, hermanito. No queremos que mamá y papá sepan lo puta que eres por mi polla —susurraba, embistiendo profundo.

Con el tiempo, nos mudamos a un apartamento en la ciudad para la universidad. Ahí, sin restricciones, exploramos más. Compramos juguetes: plugs, dildos, esposas. Una noche, lo até a la cama, sus brazos por encima de la cabeza, piernas abiertas.

—Mira lo expuesto que estás, Asher. Tu agujero rosado rogando por mi polla. Voy a jugar contigo primero.

Usé un plug vibrador, insertándolo lentamente, viendo cómo se abría dentro de él, cómo vibraba contra su próstata. Lo dejé ahí, torturándolo mientras le chupaba la polla, mi lengua lamiendo cada vena, succionando la cabeza hasta que lloraba de placer.

—Calvin… quítalo… fóllame de verdad. Quiero tu polla real, no este juguete.

—Paciencia, putita. Te follaré cuando yo diga. Ahora, dime lo sucio que eres.

—Soy sucio… soy tu hermano sucio que ama que lo folles. Por favor, métemela.

Lo follé entonces, quitando el plug y reemplazándolo con mi polla dura, embistiendo salvajemente. Me encantaba ver cómo su agujero se contraía, cómo mi polla lo estiraba al máximo, cómo sus bolas se tensaban antes de corrernos juntos, mi semen goteando de él.

Nuestra relación se profundizó. No era solo sexo; era amor prohibido. Paseábamos por la ciudad, tomados de la mano cuando nadie miraba, besándonos en callejones oscuros. Pero el sexo siempre era intenso, con esas conversaciones sucias que nos excitaban más.

Una vez, en una fiesta universitaria, Asher coqueteó con un chico para ponerme celoso. Lo arrastré al baño, lo doblé sobre el lavabo.

—¿Crees que puedes coquetear con otros? Esta polla es solo para mí, y tu culo es mío. Voy a recordártelo.

Lo follé rápido y duro, mi mano en su boca.

—Siente mi polla castigándote, hermanito. Eres mío, solo mío. Di que lo sabes.

—Soy tuyo, Calvin… solo tuyo. Fóllame más fuerte.

Lo embestí con furia, cada golpe profundo y seco haciendo que su cuerpo se sacudiera contra el lavabo. El espejo vibraba con nosotros; podía ver su reflejo: mejillas rojas, ojos vidriosos, boca abierta bajo mi palma que lo silenciaba. Su polla goteaba sin parar, rozando el borde frío de porcelana cada vez que yo empujaba hasta el fondo.

—Repítelo —gruñí contra su oreja, mordiendo el lóbulo con fuerza—. Dime a quién pertenece este culo.

Asher intentó hablar, pero solo salió un gemido ahogado. Aflojé apenas la mano para dejarlo respirar.

—Es… tuyo… Calvin… solo tuyo… —jadeó, voz rota, temblorosa—. Nadie más… nunca… fóllame… castígame… por favor…

Eso fue suficiente.

Aceleré aún más, mis caderas chocando contra sus nalgas con un sonido húmedo y obsceno que resonaba en el baño pequeño. Sentía su agujero contraerse alrededor de mi polla cada vez que me hundía, como si quisiera retenerme dentro para siempre. Mi mano libre bajó a su polla, la agarré con fuerza y empecé a masturbarlo al mismo ritmo brutal de mis embestidas.

—Vas a correrte pensando solo en mí —ordené—. En cómo te estoy marcando. En cómo te estoy recordando que este agujero solo se abre para tu hermano mayor. ¿Entendido?

—Sí… sí… Calvin… voy a… —su voz se quebró en un sollozo de placer.

Lo sentí llegar antes que él mismo. Su polla palpitó violentamente en mi puño, y entonces explotó: chorros calientes y espesos salpicaron el lavabo, el espejo, mis dedos. Su cuerpo entero se tensó, su agujero se apretó como un puño alrededor de mí, y eso me llevó al límite.

Me corrí dentro de él con un rugido bajo, empujando profundo una última vez mientras mi semen lo llenaba hasta rebosar. Sentí cada pulsación, cada chorro caliente inundándolo, marcándolo por dentro como él necesitaba. Cuando terminé, seguí dentro unos segundos más, moviéndome lento, removiendo mi semen en su interior mientras él temblaba y jadeaba contra mi pecho.

Saqué la polla despacio. El agujero de Asher quedó abierto, rosado e hinchado, con mi semen blanco goteando lentamente por sus muslos. Lo giré con cuidado, lo besé fuerte, posesivo, saboreando el sudor y la desesperación en su boca.

—Limpia —murmuré, señalando mi polla todavía semidura y brillante de lubricante, semen y su saliva.

Asher se arrodilló sin dudar, lamió cada centímetro con devoción, limpiándome mientras yo le acariciaba el pelo revuelto.

—Buen chico —susurré—. Mi buen chico.

Cuando terminamos, lo ayudé a subirse los pantalones, le arreglé el pelo con los dedos, le limpié una lágrima de placer que le corría por la mejilla.

—Ahora salimos ahí fuera y fingimos que nada pasó —le dije, besándolo suave en la frente—. Pero los dos sabemos la verdad. Eres mío. Siempre.

Asher asintió, todavía temblando un poco, la mirada vidriosa y satisfecha.

Salimos del baño como si nada. Volvimos a la fiesta. Asher sonrió a la gente, charló, bebió. Pero cada vez que me miraba desde el otro lado de la habitación, sus ojos decían lo mismo: todavía siento tu semen dentro de mí.

Los años pasaron.

Ahora tenemos 25, viviendo juntos como “hermanos” para el mundo, pero amantes en privado. El apartamento es nuestro refugio: paredes gruesas, puerta con llave, una cama que hemos roto y reemplazado dos veces.

Cada noche, lo tomo en nuestros brazos, describiendo cómo su cuerpo se moldea al mío, cómo su polla se endurece solo con mi voz, cómo su agujero se relaja instintivamente cuando siente mis dedos rozándolo.

—Ven aquí, puta —le digo, tirando de él hacia la cama—. Abre las piernas para tu hermano. Voy a follarte hasta que grites mi nombre.

Y él siempre lo hace.

Se abre para mí como la primera vez, como en aquel baño de la fiesta, como en cada rincón donde lo he reclamado desde entonces. Gime mi nombre, me suplica más, se corre gritando mientras lo lleno una y otra vez.

Porque somos uno, gemelos en cuerpo y alma, unidos por un deseo que nadie más entenderá.

Y porque, aunque el mundo crea que somos solo hermanos, en esta cama seguimos siendo exactamente lo que éramos aquella noche en la universidad: dueño y suyo. Para siempre.

***

Ya no éramos solo dos cuerpos que se buscaban en la oscuridad. Éramos una rutina deliciosamente perversa, un lenguaje privado hecho de miradas, roces disimulados en público y palabras susurradas que nadie más entendería. Sin embargo, la rutina —por muy ardiente que sea— siempre termina pidiendo un borde nuevo, un riesgo fresco.

Todo cambió una tarde de octubre, cuando recibimos un mensaje inesperado.

Era de Lucas.

Lucas había sido nuestro mejor amigo en el instituto, el tercero en discordia que nunca sospechó nada (o al menos eso creíamos). Alto, rubio, con esa mandíbula cuadrada y sonrisa fácil que siempre atraía miradas. Se había mudado a otra ciudad después de la universidad, pero ahora volvía por unos meses: trabajo temporal, decía. Quería vernos, ponernos al día, tomar unas cervezas como en los viejos tiempos.

Aceptamos, claro. ¿Cómo no hacerlo sin levantar sospechas?

La primera noche fue inocente. Bar, risas, anécdotas. Lucas hablaba de sus conquistas, de una relación que había terminado mal, de lo difícil que era encontrar a alguien “de verdad”. Asher y yo intercambiábamos miradas rápidas cada vez que él decía algo remotamente sexual. Sentía la pierna de mi hermano rozando la mía bajo la mesa, un código silencioso: estoy duro solo de imaginar lo que podría pasar.

La segunda noche Lucas propuso algo diferente.

—¿Y si nos vamos de fin de semana? Como antes. Una cabaña, playa, lo que sea. Solo nosotros tres. Desconectar del mundo.

El pulso se me aceleró. Miré a Asher. Sus pupilas estaban dilatadas, los labios entreabiertos. Dijo que sí antes de que yo pudiera procesarlo.

Elegimos una casa frente al mar, más moderna que aquella cabaña de las montañas, pero igual de aislada. Tres habitaciones, terraza inmensa, piscina infinita que se fundía con el horizonte. Llegamos un viernes al atardecer. El aire olía a sal y a libertad peligrosa.

La primera noche volvimos a ser solo amigos. Barbacoa, cerveza, música baja. Pero el alcohol hace lo que el alcohol hace.

Lucas, ya con varias copas encima, soltó la pregunta mientras mirábamos las estrellas desde la piscina:

—¿Alguna vez se han… probado entre ustedes? No sé, gemelos idénticos, tanta química… siempre me lo pregunté.

Silencio.

Asher se puso rojo hasta las orejas. Yo sentí cómo mi polla daba un salto dentro del bañador. No era sorpresa lo que sentía Lucas; era curiosidad honesta… y algo más.

—¿Y si te decimos que sí? —respondí, la voz baja, midiendo cada palabra.

Lucas se rió nervioso, pero no apartó la mirada.

—Entonces diría que quiero verlo.

Asher contuvo el aliento. Lo miré. Asintió casi imperceptiblemente.

No hubo más preámbulos.

Entramos a la sala principal. Luces bajas, solo la luna y unas lámparas de sal. Le dije a Asher que se quitara la camiseta. Lo hizo despacio, sabiendo que ambos lo observábamos. Lucas tragó saliva audiblemente cuando vio el cuerpo que conocía de siempre, pero ahora con otros ojos.

—Quítate el bañador también, hermanito —ordené.

Asher obedeció. Su polla ya estaba a medio camino, gruesa y pesada, apuntando hacia arriba. Lucas murmuró un “joder” entre dientes.

Me acerqué a mi hermano por detrás, mis manos en sus caderas, mi boca en su cuello.

—Míralo, Lucas. Mira lo que es mío.

Le bajé el bañador a Asher de un tirón, exponiéndolo por completo. Luego hice lo mismo conmigo. Mi polla saltó libre, dura, venosa, idéntica a la de él pero siempre un poco más agresiva, como si el cuerpo supiera quién manda.

Lucas se tocó por encima del bañador, sin disimulo.

—¿Puedo… tocar? —preguntó, la voz ronca.

—Solo si él dice que sí —respondí, mordiendo el hombro de Asher.

Asher, temblando de excitación, susurró:

—To… tócame.

Lucas se acercó como si fuera a romperse el momento. Primero pasó los dedos por el pecho de Asher, bajando despacio por los abdominales, hasta rodear su polla. La apretó suavemente. Asher gimió y echó la cabeza hacia atrás, apoyándose en mi pecho.

Yo lo abracé por la cintura con un brazo, mientras con la otra mano buscaba el lubricante que había traído “por si acaso”.

—Arrodíllate, Asher —ordené.

Se puso de rodillas frente a Lucas. Yo me coloqué detrás de él.

—Míralo a los ojos mientras te la chupo —le dije a mi hermano, pero mirando a Lucas.

Bajé la cabeza y me metí la polla en la boca de Asher de un solo movimiento. Él jadeó fuerte. Lucas se quitó el bañador por fin, revelando una polla gruesa, un poco más corta que las nuestras pero muy venosa, con una gota brillando en la punta.

—Joder… son idénticos hasta en esto —murmuró Lucas.

Levanté la vista sin soltar a Asher lo rodee por la espalda y me agaché.

—Ahora tú, Lucas. Fóllale la boca. Pero despacio. Es mi hermano, no tu juguete.

Lucas obedeció. Se acercó y guio su polla hasta los labios de Asher. Mi gemelo abrió la boca, ansioso, y lo recibió. Verlo así —de rodillas, con la polla de nuestro amigo en la garganta y la mía presionando contra su culo desde atrás— fue demasiado.

Unté lubricante en mis dedos y en su agujero. Lo preparé despacio, abriéndolo mientras él chupaba a Lucas con gemidos amortiguados. Cuando estuvo listo, me alineé y empujé.

Entré de un solo movimiento profundo.

Asher se arqueó, la polla de Lucas saliendo de su boca por un segundo mientras soltaba un grito ronco:

—Calvin… joder… sí…

Lucas lo volvió a meter, follándole la boca con más confianza ahora.

Embestí con fuerza, sintiendo cómo el cuerpo de mi hermano se movía entre nosotros dos. Cada vez que yo empujaba, Asher se tragaba más de Lucas. Era una cadena perfecta de deseo.

—Dime que te gusta ser nuestra puta, hermanito —gruñí, clavando los dedos en sus caderas.

—S-sí… me encanta… quiero sus pollas… las dos… —jadeó entre embestidas.

Lucas fue el primero en romperse.

—Voy a correrme… ¿dónde…?

—en su garganta —respondí por Asher—. Llénalo. Quiero verlo goteando de ti.

Lucas gruñó y se corrió con fuerza, empujando profundo en la garganta de mi hermano. Asher tragó todo, tosiendo un poco, los ojos llorosos de placer.

Yo no paré.

Lo puse a cuatro patas en el sofá, el culo en pompa y todavía goteando el semen de Lucas de la boca lo use como más lubricante. Me hundí hasta el fondo de un empujón brutal.

—Mira lo abierto que estás… dos pollas te han usado esta noche y sigues pidiendo más.

Lucas, aún jadeante, se arrodilló frente a Asher y empezó a chuparlo mientras yo lo follaba. Mi hermano gritaba entre nosotros, perdido.

Cuando sentí que iba a explotar, lo saqué y me corrí sobre su espalda y su culo, chorros gruesos marcándolo. Lucas lo siguió, masturbándose sobre el pecho de Asher hasta dejarlo cubierto otra vez.

Después nos quedamos allí, respirando pesado, sudorosos, pegajosos.

Lucas rompió el silencio primero.

—Esto… no fue la última vez, ¿verdad?

Asher y yo nos miramos. Sonreí.

—No —respondí, pasando un dedo por el semen que goteaba de su agujero—. Definitivamente no.

Y así empezó una nueva etapa.

Tres cuerpos en lugar de dos, pero siempre, debajo de todo, éramos Asher y yo.

Los gemelos, los que empezaron esto, los que nunca van a parar.

Los días siguientes a esa noche en la casa de playa fueron un torbellino silencioso y eléctrico.

Lucas se quedó una semana más de lo planeado. “Trabajo remoto”, dijo. Nadie le creyó, pero tampoco importaba. Los tres sabíamos exactamente por qué seguía ahí.

Durante el día éramos casi normales: surf al amanecer, cervezas en la terraza, conversaciones sobre fútbol, política, cualquier cosa que sirviera de excusa para no nombrar lo obvio. Pero cuando caía la tarde, cuando el sol se hundía y la casa quedaba envuelta en esa penumbra azulada del océano, las reglas cambiaban sin que nadie tuviera que decirlo.

La segunda vez fue más lento, más deliberado.

Estábamos en la piscina infinita, el agua tibia contrastando con el aire fresco de la noche. Asher flotaba boca arriba, los brazos abiertos, la luna reflejándose en su pecho mojado. Lucas y yo lo mirábamos desde el borde como depredadores que ya no necesitan esconderse.

Me metí primero.

Nadando despacio hasta llegar a él, lo tomé por las caderas y lo giré boca abajo, manteniéndolo flotando con una mano en la nuca. El agua hacía que todo se sintiera ingrávido, irreal.

—Separa las piernas, hermanito —murmuré contra su oído.

Asher obedeció sin dudar. Sus muslos se abrieron bajo el agua. Deslicé una mano entre ellos, encontrando su agujero ya relajado por los días anteriores. Estaba suave, caliente, ligeramente hinchado de tanto uso. Metí dos dedos sin esfuerzo.

Lucas se acercó por el otro lado, flotando cerca. Su polla ya estaba dura, rozando la cadera de Asher.

—¿Quieres las dos a la vez esta noche? —preguntó Lucas, voz baja, casi reverente.

Asher giró la cabeza lo justo para mirarnos a ambos. Sus ojos verdes brillaban bajo la luz de la luna.

—Sí… pero despacio. Quiero sentirlo todo.

Saqué los dedos y me posicioné detrás. Lucas se colocó delante sentado en el borde. Nos coordinamos sin palabras, como si hubiéramos ensayado la escena mil veces.

Primero entró Lucas en su boca. Asher lo recibió profundo, la garganta relajada, los labios estirados alrededor de la base. Mientras tanto, yo presioné contra su entrada. El agua ayudaba, pero aun así era apretado. Empujé centímetro a centímetro hasta que mis caderas chocaron contra sus nalgas. Sentí la polla de Lucas haciendo sonidos húmedos al metérsela en la boca.

Los tres nos quedamos quietos un segundo, respirando agitados, adaptándonos a la sensación de estar los tres conectados.

Luego empezamos a movernos.

Al principio fue un vaivén suave, casi hipnótico. Yo empujaba hacia adelante y Lucas se retiraba un poco; cuando yo salía, él entraba más profundo. Asher gemía alrededor de la polla en su boca, el sonido amortiguado por el agua y por la carne. Sus manos buscaban apoyo: una en la cadera de Lucas, la otra agarrando mi antebrazo con fuerza.

—Joder… lo siento todo… los siento a los dos dentro —jadeó cuando Lucas le dio un respiro.

Aceleramos poco a poco.

El agua chapoteaba con cada embestida. El sonido era obsceno, húmedo, rítmico. Asher empezó a temblar, su polla rozando contra el borde de la piscina cada vez que los dos empujábamos al mismo tiempo.

Lucas fue el primero en romper el control.

—Voy a correrme… no aguanto más… ¿dónde?

—Dentro —respondí sin dudar—. Los dos dentro. Que se quede lleno.

Lucas gruñó y se movió rápido para metérsela juntos se hundió hasta el fondo, descargando con espasmos fuertes. Sentí el calor de su semen a través del interior del culo de Asher, una pulsación que me empujó al límite.

Apreté los dientes, embestí tres, cuatro veces más, y me corrí también, llenándolo hasta que sentí que rebosaba. El exceso se escapó en hilos blancos que flotaron un segundo en el agua antes de disolverse.

Asher se corrió sin que nadie lo tocara. Solo con las dos pollas todavía dentro, con la presión doble, con la sensación de estar completamente poseído. Su semen se mezcló con el agua en chorros cortos y potentes.

Nos quedamos así un rato largo, sin salir, respirando contra la piel del otro, hasta que el agua empezó a enfriarse.

Después, en la cama king de la habitación principal, los tres juntos por primera vez.

Asher en el medio, como siempre debía estar.

Lucas a un lado, yo al otro.

Nos turnamos para follarlo despacio durante horas. A veces uno miraba mientras el otro lo tomaba. A veces los dos lo tocábamos al mismo tiempo: dedos, lenguas, pollas frotándose contra su piel. Le hablamos sucio.

—Eres nuestra puta perfecta, ¿verdad? —susurraba Lucas mientras le lamía el cuello.

—Nuestra… solo nuestra… —respondía yo, mordiendo su hombro mientras lo penetraba lento.

Asher solo gemía, asentía, pedía más.

Cuando amaneció, Lucas tenía que tomar un vuelo temprano. Se vistió en silencio. Antes de irse se acercó a la cama donde Asher y yo seguíamos desnudos, entrelazados.

—Volveré en dos meses —dijo, mirándonos a los dos—. Y quiero… más. Mucho más.

Asher levantó la cabeza de mi pecho.

—Te estaremos esperando.

Lucas sonrió, una sonrisa cansada y satisfecha, y se fue.

Cuando la puerta se cerró, Asher se giró hacia mí. Sus ojos tenían un brillo nuevo, no solo lujuria: algo más profundo, casi vulnerable.

—¿Y ahora qué, Calvin? —preguntó en voz baja.

Lo besé despacio, profundo, reclamándolo de nuevo aunque nadie más estuviera mirando.

—Ahora seguimos siendo nosotros —respondí contra sus labios—. Pero con un poco más de espacio para jugar… cuando queramos.

Le di la vuelta, lo puse boca abajo y entré en él sin lubricante extra, solo con los restos de la noche anterior.

—Esto nunca va a cambiar —le susurré mientras empezaba a moverme—. Tú y yo. Siempre. Y si alguien más entra… solo entra porque nosotros lo dejamos.

Asher arqueó la espalda, empujando hacia atrás, recibiéndome hasta el fondo.

—Siempre tuyo… primero… siempre.

Y seguimos follando hasta que el sol estuvo alto, sin prisa, sin miedo.

Porque éramos gemelos.

Porque éramos uno.

Y porque, al final, el mundo podía girar como quisiera: nosotros ya habíamos encontrado nuestro centro.

Dos meses después, Lucas volvió.

No avisó con mucha antelación. Solo un mensaje seco el jueves por la tarde: “Llego mañana. Mismo aeropuerto. ¿Me recogen o me pierdo solo?”. Asher respondió con un emoji de fuego y una ubicación. Yo solo puse: “Trae hambre”.

Lo recogimos en el auto de Asher. Él iba de copiloto, yo conducía. Cuando Lucas abrió la puerta trasera y se subió, el aire dentro del coche cambió al instante. Olía a colonia fresca y a un viaje largo en avión. Llevaba una mochila pequeña y una sonrisa que no intentaba disimular nada.

—Los extrañé, cabrones —dijo, inclinándose hacia adelante para darnos un beso rápido en la mejilla a cada uno. Sus labios se demoraron un segundo más en los de Asher.

No hablamos mucho en el trayecto. Solo música baja, manos rozando muslos cuando el semáforo estaba en rojo, miradas por el retrovisor que decían todo lo que no hacía falta verbalizar.

Llegamos al apartamento al anochecer. Apenas cerramos la puerta, la mochila de Lucas cayó al suelo. Asher fue el primero en moverse: lo empujó contra la pared del pasillo, besándolo con una urgencia que llevaba dos meses acumulándose. Yo me quedé mirando un segundo, sintiendo cómo la sangre se me bajaba toda al mismo sitio. Ver a mi hermano devorando la boca de otro hombre “nuestro hombre” seguía siendo jodidamente excitante.

—Desnúdate —ordené, voz ronca.

Lucas obedeció rápido. Camiseta por la cabeza, jeans al suelo, bóxers siguiendo el mismo camino. Su polla ya estaba dura, curvándose hacia arriba, una gota brillando en la punta. Asher se arrodilló sin que nadie se lo pidiera, abriendo la boca y tragándosela hasta la base de un solo movimiento. Lucas soltó un gemido largo, agarrándole el pelo.

Yo me acerqué por detrás de Asher, le bajé los pantalones de chándal hasta las rodillas y le separé las nalgas. Su agujero ya estaba rosado, ligeramente hinchado, como si hubiera estado pensando en esto todo el día. Metí la lengua sin preámbulos, saboreando el sabor limpio y ligeramente almizclado que siempre me volvía loco. Asher gimió alrededor de la polla de Lucas, el sonido vibrando en su garganta.

—Joder… sigues siendo tan puta como lo recordaba —gruñó Lucas, empujando despacio en su boca.

Lo dejamos así un rato: Asher en el medio, chupando a Lucas mientras yo lo comía por detrás. Luego lo levantamos entre los dos y lo llevamos al sofá grande de la sala. Lo pusimos a cuatro patas, culo hacia arriba, cabeza hacia abajo.

Lucas se colocó delante. Yo detrás.

—¿Listo para las dos de nuevo? —preguntó Lucas, frotando la cabeza de su polla contra los labios de Asher.

Asher solo asintió, la boca abierta, expectante.

Entramos casi al mismo tiempo. Yo primero, lento, sintiendo cómo su interior se abría para mí como siempre. Cuando estuve hasta el fondo, Lucas empujó en su boca. Asher se tensó un segundo, luego se relajó, dejándonos movernos.

Esta vez no fue suave.

Fue brutal, posesivo.

Yo embestía con fuerza, mis bolas golpeando contra las suyas, mis manos dejando marcas rojas en sus caderas. Lucas follaba su garganta con ritmo implacable, sujetándole la nuca. Asher solo podía gemir, babear, arquearse entre nosotros. Su polla goteaba sin parar, balanceándose con cada embestida, dejando hilos transparentes en el sofá.

—Dile a tu hermano cuánto extrañaste que te usáramos los dos —gruñó Lucas.

Asher intentó hablar, pero solo salió un sonido ahogado. Lucas salió un segundo para dejarlo respirar.

—Mucho… joder… mucho… quiero que me llenen… los dos… otra vez… —jadeó, voz rota.

Volvimos a entrar. Más rápido. Más profundo.

Lucas se corrió primero, empujando hasta el fondo y descargando en su garganta. Asher tragó todo, tosiendo un poco, lágrimas en los ojos de placer y falta de aire. Yo seguí follándolo, sintiendo cómo el semen de Lucas todavía estaba caliente en su boca mientras yo lo abría por detrás.

—Ahora tú, Calvin—dijo Lucas, saliendo y arrodillándose al lado para ver mejor—. Llénalo. Marca tu territorio.

Aceleré. Cada embestida hacía que Asher gritara mi nombre. Cuando sentí el orgasmo subir, me hundí hasta el fondo y me corrí con fuerza, chorros calientes inundándolo, mezclándose con lo que ya había dentro de él de noches anteriores. Saqué la polla despacio y vi cómo el semen blanco empezaba a gotear de su agujero abierto, resbalando por sus muslos.

Asher se corrió entonces, sin manos, solo con la presión interna y el roce del sofá. Su semen salpicó el cuero, grueso y abundante.

Nos quedamos allí, jadeando.

Lucas fue el primero en hablar, voz todavía ronca:

—Esto no puede ser solo cada dos meses.

Asher levantó la cabeza, pelo revuelto, labios hinchados.

—¿Qué propones?

Lucas miró primero a Asher, luego a mí.

—Que me mude aquí. O que yo consiga un departamento cerca. O que nos veamos todos los fines de semana. Pero no quiero esperar otros dos meses para volver a tenerlos dentro.

Silencio.

Yo miré a Asher. Él me miró a mí.

Éramos gemelos. Siempre habíamos sido uno. Pero ahora había un tercero que encajaba demasiado bien.

—No va a ser fácil —dije al fin— quizás en algunas ocasiones tendremos que dar explicaciones para el mundo.

—No me importa —respondió Lucas—. Mientras pueda seguir follando con ustedes… no me importa nada.

Asher se incorporó despacio, todavía desnudo, todavía goteando.

—Entonces quédate este fin de semana. Y el próximo. Y el siguiente. Ya veremos cómo lo hacemos permanente.

Lucas sonrió, esa sonrisa fácil que siempre había tenido.

—Trato hecho.

Esa noche dormimos los tres en nuestra cama. Asher en el medio, como siempre. Lucas a un lado, yo al otro. Nos turnamos para abrazarlo, para besarlo, para metérnosla despacio mientras el otro miraba o tocaba.

Y cuando amaneció, ninguno de los tres tenía prisa por levantarse.

Porque ya no era solo un juego de fines de semana.

Era algo más grande.

Algo real.

Algo nuestro.

Un año después.

El apartamento ya no era solo nuestro. Era de los tres.

Lucas se mudó oficialmente seis meses atrás, después de que los fines de semana se convirtieran en semanas enteras y las semanas enteras en una rutina que ninguno quería romper. Vendió su departamento en la otra ciudad, trajo sus cosas poco a poco —como si temiera asustarnos si llegaba todo de golpe—. Pero no nos asustó. Al contrario: ver sus camisas colgadas al lado de las nuestras, su cepillo de dientes junto a los dos idénticos, su colonia mezclándose con el olor que siempre había sido solo de Asher y mío… todo eso se sintió correcto. Natural. Inevitable.

Ahora somos tres nombres en el buzón, tres llaves en el llavero, tres cuerpos que se buscan cada noche sin preguntar permiso.

No es que el deseo haya disminuido. Al revés: se ha vuelto más preciso, más profundo. Sabemos exactamente qué necesita cada uno. Asher sigue siendo el centro, el que recibe, el que se abre, el que gime nuestro nombre cuando está al límite. Lucas es el que trae el juego nuevo, las ideas sucias que nos hace probar, el que a veces toma el control cuando yo se lo permito. Y yo… yo sigo siendo el que decide el ritmo, el que marca el territorio, el que nunca deja de recordarles —con palabras, con manos, con la polla— que Asher fue mío primero.

Una noche cualquiera de sábado, finales de invierno. La ciudad afuera está fría, pero dentro todo es calor.

Lucas llega tarde del gimnasio. Huele a sudor limpio . Asher y yo ya estamos en la cama, desnudos, besándonos despacio mientras esperamos. Cuando entra a la habitación, se queda en la puerta un segundo, mirándonos.

—Joder… siempre me va a gustar verlos así —dice, quitándose la camiseta con un solo movimiento.

Se acerca. Asher se incorpora un poco, le tiende la mano. Lucas la toma y se deja arrastrar a la cama.

No hay prisa esta vez.

Nos besamos los tres al mismo tiempo: lenguas que se encuentran, se separan, vuelven a encontrarse. Manos que recorren cuerpos conocidos. Asher en el medio, como siempre. Yo detrás de él, mi polla dura presionando contra su culo. Lucas delante, su polla rozando la de Asher, las dos frotándose juntas mientras nos besamos.

—Quiero que me follen los dos… pero esta vez quiero mirarlos a los ojos —susurra Asher, voz temblorosa de anticipación.

Lo ponemos boca arriba. Piernas abiertas, rodillas contra el pecho. Lucas se arrodilla entre sus muslos, yo me coloco a su lado. Untamos lubricante en nuestras pollas, en su agujero ya rosado y ansioso.

Lucas entra primero, despacio. Asher jadea, sus manos buscando las nuestras. Cuando Lucas está hasta el fondo, yo empiezo a presionar al lado. Es apretado, casi imposible al principio. Asher respira hondo, se relaja, nos deja entrar. Centímetro a centímetro, hasta que las dos cabezas están dentro, estirándolo al máximo.

—Dios… los siento… los dos… tan llenos… —gime, ojos vidriosos.

Nos quedamos quietos un momento, dejando que se acostumbre. Luego empezamos a movernos: alternando, sincronizando, empujando despacio al principio, luego más profundo. Cada vez que uno entra más, el otro sale un poco. El roce de nuestras pollas dentro de él es eléctrico, obsceno, perfecto.

Asher llora de placer. Lágrimas reales, silenciosas. No de dolor. De exceso. De sentir tanto.

—Mírenme… no paren… no paren nunca… —suplica.

No paramos.

Aceleramos. El sonido de piel húmeda, de respiración entrecortada, de gemidos que se mezclan. Sus manos aprietan las nuestras con fuerza. Su polla, dura y goteante, rebota contra su abdomen con cada embestida doble.

Lucas se corre primero. Se hunde hasta el fondo y se vacía dentro, chorros calientes que siento palpitar contra mi polla. El calor extra hace que Asher se tense, que su agujero se contraiga alrededor de nosotros.

Eso me lleva al límite.

Me corro con un gruñido bajo, descargando profundo, mezclándome con Lucas dentro de él. El exceso rebosa, blanco y espeso, goteando por su perineo.

Asher se corre entonces. Sin tocarse. Solo con las dos pollas todavía dentro, con la presión, con el calor, con nosotros mirándolo fijamente a los ojos. Su semen sale en chorros largos, salpicando su pecho, su cuello, hasta su barbilla. Tiembla entero, sollozando de placer.

Nos quedamos dentro hasta que las pollas se ablandan lo suficiente para salir despacio. El agujero de Asher queda abierto, rojo, goteando una mezcla nuestra. Lucas y yo nos inclinamos al mismo tiempo y lamemos: lenguas que se encuentran en su interior, saboreando lo que dejamos.

Luego lo abrazamos. Los tres pegados, sudorosos, pegajosos, respirando al mismo ritmo.

Asher habla primero, voz ronca pero serena:

—Los amo. A los dos. Esto… esto es lo que siempre quise. Aunque nunca supe que podía ser así.

Lucas besa su frente.

—Y yo a ustedes. Nunca pensé que encontraría esto. Un hogar de verdad.

Yo no digo nada al principio. Solo aprieto más fuerte a Asher contra mi pecho, mi mano en la nuca de Lucas.

Luego, contra su oído:

—Eres mío desde el primer día, hermanito. Y ahora también eres de él. Pero siempre vas a ser mío primero.

Asher sonríe, cierra los ojos.

—Siempre.

Y así nos quedamos. Tres cuerpos entrelazados, tres corazones latiendo al unísono.

El mundo afuera puede seguir pensando que somos solo hermanos y un amigo cercano que vive con nosotros. Que compartimos el alquiler, las risas, las cenas.

Pero en esta cama, en esta habitación, en este amor prohibido que construimos con los años, somos mucho más.

Somos completos.

Somos uno.

Y nunca vamos a dejar de serlo.

***

Cinco años después.

Nuestra casa está en las afueras de la ciudad, subida en una loma con vista al mar. No es enorme, pero tiene espacio: tres dormitorios, una terraza amplia que da al océano, un jardín que Asher cuida con devoción obsesiva. Hay un columpio doble colgado de un árbol viejo, dos tablas de surf apoyadas contra la pared, y una hamaca grande donde siempre terminamos los tres cuando el sol se pone.

El tiempo nos ha marcado de formas sutiles: alguna arruga en las comisuras de los ojos cuando reímos, el pelo de Asher un poco más largo y ondulado, Lucas con una barba corta que le da un aire más rudo, yo con el mismo corte de siempre pero con algunas canas prematuras en las sienes que Asher dice que me hacen ver “jodidamente sexy”. Seguimos idénticos en lo esencial. Seguimos siendo nosotros.

El mundo cree que somos tres hermanos que decidieron vivir juntos después de la universidad. “Familia unida”, dicen los vecinos cuando nos ven pasear por la playa. Nadie pregunta demasiado. Nadie necesita saber que compartimos una sola cama, que las noches de viernes siguen siendo para abrir botellas de vino caro y cerrar la puerta con llave.

Asher trabaja desde casa como diseñador gráfico freelance. Lucas abrió un pequeño estudio de entrenamiento personal en la ciudad cercana; entrena a gente rica que quiere verse bien en Instagram. Yo sigo en el mundo corporativo, pero remoto al 100 %, lo que me permite estar en casa casi siempre. Las mañanas son sagradas: café en la terraza, Asher entre los dos, mis dedos trazando círculos perezosos en su muslo mientras Lucas le besa el cuello.

El sexo no ha perdido intensidad. Ha cambiado de forma, como todo lo que dura.

Ya no siempre es brutal. A veces es lento, casi reverente. Asher se pone de rodillas en el centro de la cama, nosotros de pie a cada lado, y se turna para chuparnos mientras nos miramos por encima de su cabeza. Otras veces Lucas y yo lo tomamos juntos, uno en su boca, el otro en su culo a veces los dos por un mismo lado, pero ahora lo hacemos mirándonos a los ojos, susurrando cosas que solo nosotros tres entendemos.

—Sigues siendo el más apretado del mundo, hermanito —le digo cuando entro despacio, sintiendo cómo su cuerpo me recibe como si nunca hubiéramos estado separados.

Lucas, desde el otro lado, le acaricia la mejilla mientras folla su boca

—Y sigues tragándote todo como si fuera lo único que necesitas.

Asher solo gime, los ojos cerrados, perdido en esa sensación de estar completamente lleno, completamente amado.

Pero también hay noches tranquilas. Noches en que solo nos abrazamos. Asher en el medio, mi brazo sobre su cintura, la mano de Lucas en su pecho. Hablamos de todo: de planes para viajar, de adoptar un perro (ya tenemos uno, un labrador negro que se llama Mar), de si algún día queremos hijos (la idea flota, no se descarta, pero no urge). Hablamos de lo que éramos antes y de lo que somos ahora.

Una noche de verano, después de hacer el amor despacio bajo las sábanas, con las ventanas abiertas y el sonido del mar de fondo, Asher rompe el silencio.

—¿Saben? A veces pienso en cómo empezó todo. Aquella cabaña en las montañas. El primer beso. El miedo. Y luego… esto.

Lucas le besa la sien.

—Y yo pienso en el día que me atreví a preguntar si alguna vez se habían probado. Nunca imaginé que terminaría aquí.

Yo aprieto más fuerte a Asher contra mí.

—Y yo pienso que, si volviera a nacer, elegiría exactamente la misma vida. El mismo hermano. El mismo amor prohibido. Y al mismo cabrón que se metió en medio y se quedó para siempre.

Asher ríe bajito, esa risa suave que siempre me desarma.

—Somos unos enfermos.

—Somos perfectos —corrijo.

Lucas se incorpora un poco, nos mira a los dos.

—Prométanme una cosa.

—¿Qué? —preguntamos casi al unísono.

—Que cuando seamos viejos, arrugados y con problemas de próstata, sigamos follando. Aunque sea despacio. Aunque duelan las caderas. Aunque tengamos que usar lubricante de litro.

Asher y yo nos miramos. Sonreímos.

—Trato hecho —dice Asher.

—Hasta el final —agrego yo.

Y nos quedamos así, entrelazados, respirando al mismo ritmo, con el mar cantando afuera.

Porque al final, no importa lo que diga el mundo.

Somos tres hombres que se eligieron. que nos seguimos eligiendo cada día.

Que nos amamos con todo lo que tenemos: con deseo, con ternura, con posesión, con libertad.

Somos Calvin, Asher y Lucas.

somos gemelos y algo más.

Una familia que nadie entiende.

Y que no necesita que la entiendan.

Fin.

Estoy aceptando peticiones para futuros relatos, sugerencias, consejos y si quieren ver algunas imágenes de los personajes. Todos es bienvenido solo escríbanme por Telegram: @Jakeabbott

Los quiero <3

20 Lecturas/23 febrero, 2026/0 Comentarios/por Phorass
Etiquetas: amigos, baño, hermano, hermanos, mayor, playa, sexo, viaje
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