Juego de Poder y Deseo
En el apartamento, la tensión sexual alcanza su punto máximo cuando Pablo, un joven intersexual y novio de Santiago, se somete a los deseos de Antonio, el padre de Santiago. Pero una llamada telefónica interrumpe el momento, trayendo consecuencias inesperadas..
(Una persona intersexual es alguien que puede nacer con partes de hombre y de mujer al mismo tiempo, por ejemplo: tener pene y también una abertura parecida a una vagina.)
…
El aire en el apartamento de Antonio olía a madera de sándalo y a un leve rastro de sudor masculino, ese aroma denso que se pegaba a la piel después de un día caluroso.
Las persianas estaban medio cerradas, dejando entrar solo franjas doradas de luz que se extendían como dedos sobre el suelo de parquet, iluminando el polvo que danzaba en el aire.
Antonio se movía con una calma calculada, ajustando los cojines del sofá de cuero negro mientras revisaba mentalmente cada detalle.
No era la primera vez que organizaba algo así, pero esta vez había algo más en juego: su propio hijo, Santiago, observaba desde la puerta del pasillo, los brazos cruzados sobre el pecho, los dedos tamborileando con impaciencia contra su bíceps.
Santiago tenía veinticinco años, pero en ese momento parecía más joven, con los ojos brillantes y la respiración un poco acelerada. Llevaba una camiseta ajustada que dejaba poco a la imaginación sobre el contorno de sus pectorales, y unos pantalones de chándal que no ocultaban la protuberancia creciente entre sus piernas. Había esperado este momento durante semanas, desde que había podido convencer a Pablo—ese chico de sonrisa tímida y cuerpo esbelto, su novio—que estaba dispuesto a jugar.
Pero Antonio había sido claro: las reglas son las reglas. Y la primera era que él sería quien abriera a Pablo, quien lo preparara, quien le arrancara ese velo de inocencia que aún conservaba entre las piernas.
Solo después, Santiago podría tenerlo. Cómo siempre había sido con todos los novios que había tenido.
El timbre sonó, corto y agudo, cortando el silencio cargado. Santiago se enderezó, pero Antonio lo detuvo con un gesto. «Tranquilo. Déjame a mí.» Caminó hacia la puerta con la confianza de un hombre que sabía exactamente lo que quería y cómo obtenerlo.
Al abrir, ahí estaba Pablo, con el pelo oscuro despeinado por el viento, las mejillas sonrojadas y una mochila colgando de un hombro como si aún no hubiera decidido si quedarse o huir. Vestía unos jeans ajustados que marcaban el contorno de sus muslos y una camiseta blanca que se pegaba a su torso delgado, dejando adivinar los pezones duros bajo la tela.
—Hola, Antonio —murmuró Pablo, mordiéndose el labio inferior. Sus ojos, oscuros y nerviosos, se movieron más allá del umbral, buscando algo o a alguien.
Antonio no respondió de inmediato. En vez de eso, retrocedió un paso, dejando que el espacio entre ellos se cargara de intención. Luego, con una voz grave que resonó en el pecho del chico, dijo:
—Adelante. Cierra la puerta.
Pablo obedeció, el sonido del cerrojo al caer resonó como un disparo en el silencio. Fue entonces cuando vio a Santiago, recostado contra el marco de la puerta del pasillo, los ojos fijos en él, hambrientos. Un escalofrío recorrió la espalda de Pablo, pero no era miedo—era anticipación, ese cosquilleo sucio que le decía que ya no había vuelta atrás.
—Siéntate —ordenó Antonio, señalando el sofá—. Tenemos que hablar antes de empezar.
Pablo tragó saliva, las piernas le temblaban ligeramente al caminar. Se dejó caer en el cuero frío, las manos apretadas entre los muslos. Santiago se acercó, sin prisa, y se sentó a su lado, tan cerca que sus hombros se rozaron. El calor del cuerpo de Santiago se filtró a través de la tela, haciendo que Pablo contuviera el aliento.
Antonio no se sentó. Se quedó de pie frente a ellos, las piernas ligeramente separadas, los brazos cruzados sobre el pecho ancho. La luz de la tarde resbalaba sobre su piel morena, destacando los vellos oscuros que cubrían sus antebrazos, el contorno de sus pectorales bajo la camiseta ajustada. Había algo en su postura, en la forma en que los observaba, que hacía que Pablo sintiera que ya estaba desnudo ante él.
—Las reglas son simples —empezó Antonio, la voz baja pero firme—. Santiago quiere follar contigo. Pero antes de que eso pase, yo voy a ser el primero en abrirte. Tú tienes una vagina, Pablo. Y aunque la has usado con tus dedos, hoy va a conocer bien lo que es estar llena.
Pablo sintió cómo el calor se acumulaba en su entrepierna. No era la primera vez que alguien mencionaba su anatomía—ser intersexual lo había obligado a acostumbrarse a miradas y preguntas—pero nunca antes había sido en un contexto como este, con dos hombres mirándolo como si fuera el único plato en un banquete.
—¿Y si no quiero? —preguntó, aunque su voz sonó débil, sin convicción.
Antonio esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos. —Pero quieres, ¿verdad? Por eso estás aquí. Por eso llevas meses con Santiago, dejando que te toque, que te susurre cosas al oído. —Hizo una pausa, dejando que las palabras calaran—. Y no te preocupes. Vas a disfrutarlo.
Pablo no respondió. No podía. Porque Antonio tenía razón: llevaba semanas imaginando esto, masturbándose en la ducha con la imagen de Santiago entre sus piernas, pero también con la de Antonio, su suegro, ese hombre maduro, dominante, que parecía saber exactamente cómo doblarlo a su voluntad.
—Sácatelo —ordenó Antonio de repente, rompiendo el silencio.
Pablo parpadeó. —¿El… qué?
—El pene. Quiero verlo. Quiero ver todo.
Las manos de Pablo temblaban al desabrochar el botón de sus jeans. Santiago se inclinó hacia adelante, los ojos clavados en el movimiento, la respiración acelerada. Cuando el zipper bajó, el sonido fue casi obsceno en el silencio de la habitación. Pablo se levantó ligeramente, empujando los jeans y los calzoncillos hacia abajo, dejando al descubierto su entrepierna.
Tenía un pene delgado, no muy largo, pero grueso en la base, erecto y palpitante. Y entre sus piernas, bajo sus dos grandes huevos, el pliegue húmedo de una vagina brillaba bajo la luz, los labios ligeramente separados, revelando el rosa de su interior. Era evidente que estaba excitado—el olor a sexo ya impregnaba el aire—pero también nervioso. Muy nervioso.
—Joder —murmuró Santiago, ya se la conocía, pero no la podía tocar sin que antes su padre lo hiciera. Era el trato, siempre ha sido así.
Antonio no dijo nada. Se acercó, lentamente, y se arrodilló frente a Pablo. El cambio de dinámica fue abrupto: de repente, estaba a su altura, el aliento caliente rozando su piel. Con una mano, tomó el pene de Pablo, midiendo su peso, su dureza. Con la otra, deslizó un dedo entre los labios de su vagina, recolectando la humedad que ya empezaba a gotear.
—Pablo —dijo Antonio, levantando la vista hacia él—, vas a gemir. Vas a suplicar. Y cuando termine contigo, Santiago por fin podrá tenerte. Pero hoy… hoy eres mío.
Pablo asintió, incapaz de formar palabras. Entonces Antonio se levantó, se quitó la camiseta en un movimiento fluido y dejó al descubierto un torso esculpido, cubierto de un vello oscuro que se estrechaba hacia el ombligo y desaparecía bajo la cintura de sus pantalones. Desabrochó el cinturón, el sonido del metal al soltarse resonó como una promesa.
Cuando bajó el zipper, su pene saltó hacia afuera, grueso, oscuro, con las venas marcadas y la cabeza brillante de precum.
Veinticuatro centímetros. Pablo lo había escuchado decirlo antes, pero verlo era otra cosa. Era enorme, más grueso que su muñeca, la cabeza ancha y rojiza, goteando. Se le secó la boca.
—Dios mío —susurró Santiago, siempre se asombraba cuando veía la hombría de su papá.
Antonio tomó su pene en la mano, bombeándolo lentamente, el sonido húmedo llenando el silencio.
—Acuéstate en el sofá. Piernas abiertas. Quiero verte todo.
Pablo obedeció, el cuero frío contra su espalda desnuda. Santiago se sentó a su lado, una mano en su pecho, los dedos jugando con sus pezones.
Antonio se colocó entre sus piernas, le hecho lubricante a su verga enorme mientras rozaba esa entrada virgen.
Pablo contuvo el aliento cuando sintió la cabeza ancha presionando contra él, estirándolo, abriéndolo centímetro a centímetro.
—¡Ah! ¡Joder! —gritó Pablo, los dedos clavándose en el cuero del sofá. Ardía. Ardía como si lo estuvieran partiendo en dos, pero al mismo tiempo, una ola de placer lo recorría, profundo, primitivo.
—Respira —ordenó Antonio, empujando un poco más, sintiendo cómo los músculos de Pablo luchaban contra la invasión—. Así… eso es… tómalo.
Pablo gimió, un sonido roto, animal. Santiago se inclinó y capturó sus labios en un beso hambriento, la lengua invadiendo su boca al mismo tiempo que el pene de su padre invadía su cuerpo. Era demasiado. Demasiado pleno, demasiado intenso.
Entonces, el teléfono de Pablo empezó a sonar.
El timbre agudo cortó el aire como una cuchilla. Pablo se tensó, los ojos abriéndose de golpe. Mierda. Mierda, mierda, mierda.
—No lo contestes —gruñó Antonio, pero ya era tarde. Pablo se estiró, torpe, buscando el teléfono en el bolsillo de sus jeans, que yacían en el suelo.
Era su padre.
La pantalla brillaba con el nombre: «Papá». Pablo miró a Antonio, luego a Santiago, y luego, con un temblor en los dedos, contestó.
—¿Pablo? ¿Dónde estás, hijo? —la voz de su padre sonó preocupada, lejana, como si viniera de otro mundo.
—Papá, yo… estoy—intentó hablar, pero un gemido se le escapó cuando Antonio, sin detenerse, empujó más hondo dentro de él. Pablo se mordió el labio, el teléfono apretado contra su oreja—. Estoy con Santiago. Todo… todo bien.
—Tu novio —la voz de su padre se volvió más aguda—. Suenas raro. ¿Estás seguro de que estás bien?
—¡Sí! —Pablo casi gritó, luego bajó la voz, desesperado—. Sí, papá, solo… solo estamos viendo una película.
Antonio sonrió, perverso, y empezó a moverse, lento al principio, pero con suficiente fuerza para hacer que Pablo jadeara. Santiago se acercó más, lamiendo su cuello, mordisqueando su lóbulo.
—¿Qué película? —preguntó su padre, sospechoso.
—Porn…—Pablo se detuvo, horrorizado. ¡No!—. ¡Quise decir… Piratas! Piratas del Caribe. La… la nueva.
Antonio rio en silencio, el movimiento de su cadera se volvió más insistente. Pablo sintió cómo su vagina se estiraba alrededor de ese monstruo, cómo cada empujón lo llenaba hasta un punto que rozaba el dolor, pero que lo hacía sentir más vivo que nunca.
—¿Y por qué suenas como si estuvieras… jadeando? —la voz de su padre ahora era un gruñido.
—¡Es que… hace calor! —Pablo cerró los ojos, las lágrimas asomando—. ¡Mucho calor!
Antonio aceleró el ritmo, el sonido de sus cuerpos chocando llenó la habitación. Clap. Clap. Clap. La respiración de Pablo se volvió errática, los gemidos se le escapaban entre palabras.
—¡Pablo! —la voz de su padre era un trueno—. ¡Qué demonios está pasando ahí!
—¡Nada! —gritó Pablo, pero entonces Antonio lo penetró con un empujón brutal, haciendo que un grito agudo se le escapara—. ¡Ah! ¡Dios!
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Luego:
—¿Pablo… estás follando?
—No, papá, yo—
—¡Voy para allá! ¡AHORA!
El teléfono cayó de sus manos, rebotando en el suelo, mientras la llamada era colgada. Pablo miró a Antonio con los ojos muy abiertos, el pánico invadiéndolo.
—Joder —murmuró Santiago.
Antonio no se detuvo. Al contrario, sonrió, los ojos brillantes con una mezcla de lujuria y desafío.
—Creo que alguien viene a unirse a la fiesta —dijo
Antonio continuo penetrando a Pablo, y unos quince minutos después la puerta del apartamento se abrió de golpe.
Era Roberto, el padre de Pablo, estaba rojo de ira, los puños apretados, los ojos saltando de su hijo, desnudo y empalado, a Antonio, que seguía follandolo sin prisa, como si nada hubiera cambiado.
—¿¡QUÉ MIERDA ESTÁ PASANDO AQUÍ!? —rugió.
Pablo intentó hablar, pero solo pudo gemir cuando Antonio lo penetró hasta el fondo, haciendo que su cuerpo se arqueara.
Santiago, en un movimiento instintivo, se colocó detrás de su padre, temiendo de que talvez su suegro lo fuera a golpear.
Roberto observó alrededor, miro a Santiago con la respiración entrecortada, luego sus ojos los clavó en Antonio, su mejor amigo, y en cómo su pene desaparecía dentro de su hijo una y otra vez.
Y entonces, algo cambió en su expresión. Ya no había enojo.
Sino, algo oscuro, hambriento.
—Desnudate —ordenó Antonio, sin dejar de moverse, la voz un latigazo—. Si quieres jugar, papá, va a jugar con mis reglas.
…
Vagina de hombre que rico. Como Sigue?