La bendi de Papa. Capitulo especial. Fin de semana en el tigre 2da Parte
Ultima parte del capitulo especial, donde los niños dejan su virginidad. .
La mañana siguiente, bajo el tenue sol que entraba por las ventanas, el efecto del whisky y toda la leche que me habían sacado entre Romi y los nenes, me resultaba imposible despertarme. Entre sueños pude sentir cómo unas manos tocaban mi cuerpo, bocas que me besaban, y saliva tibia y la sensación de lenguas que jugaban con mi pija. Escuchaba voces entredormido: «Mira, tiene el pito re duro, mami», «Podemos chupársela hasta que se despierte», «Sí, háganlo, se va a poner muy contento». «Mi papi tiene olor raro en el pito». «Tu papi anoche me cogió y no se lavó la pija, es re cochino, jajaja». Yo quería dormir un poco más, me costaba abrir los ojos, había tomado bastante whisky, y quería disfrutar del descanso, pero esas bocas y esas manitos estaban estimulándome, poniéndome la chota como un fierro.
El peso de la resaca, el dulce veneno del popper y el agotamiento de la noche se disolvieron lentamente bajo una sensación inconfundible: placer tibio y húmedo. Finalmente, la voluntad de mi pija, dura y palpitante como un fierro, superó la de mi cerebro. Abrí los ojos con dificultad, la luz filtrándose por la ventana de la habitación.
A mi lado, Romina ya estaba despierta. Estaba recostada, desnuda, con la sábana blanca solo cubriendo la parte baja de su panza enorme. Sus pechos, las tetonas que me volvían loco, estaban expuestos, duros, hinchados de leche materna, el pezón oscuro goteando un hilo cremoso y dulce. Me sonrió con esa mirada lasciva y maternal que la caracterizaba.
—Al fin te despertás, mi macho. Tus bendis estaban ansiosos. Se ve que tenés el palo re duro después de que te cojí toda la noche.
La vista me golpeó con la fuerza de un cachetazo perverso. Mi pija, sí, estaba como una roca, proyectándose hacia arriba. Benja y Bauti estaban arrodillados en la cama, uno a cada lado de mi erección. Sophia estaba justo en la punta, sentada sobre mis muslos, su culito enchufado con el plug anal más grande, haciendo presión rítmica contra mi bajo vientre. Los tres estaban completamente desnudos, con el pelo revuelto por el sueño.
—¡Papi, al fin! Tu pito estaba re caliente, ¡y huele a la concha de la Seño Romi! —dijo Sophia, lamiendo la punta de mi pene, su lengua diminuta ya cubierta de precum.
Benja, con su manito pequeña, me masturbaba suavemente el tronco, su rostro infantil concentrado en la tarea. Bauti estaba con la boca abierta, esperando su turno, con su pija erecta balanceándose. El olor a sexo, leche materna y el coco del aceite se mezclaba en el aire cálido.
Romina soltó una carcajada, y la leche saltó de sus pezones, manchando la sábana.
—¡Papi cochino! Tus bendis te están limpiando la pija, tienen que sacarte todo el olor a mi culo de puta que te pegué anoche. ¡Chupen bien el palo de Papi!
Sophia se concentró. Su succión era más profunda ahora, guiada por el instinto y la enseñanza de su maestra. Sentía la humedad tibia y el roce de su garganta juvenil, una sensación exquisita.
—¡Papi, tu pito es salado y rico! —gimió Sophia, sacando mi pene un instante para darle un beso baboso a Benja, que inmediatamente acercó su boca a mi glande.
Benja lamió mi punta, sintiendo el sabor del precum y la saliva de mi hija. Su excitación era palpable; se retorcía sobre mis muslos.
—¡Mami, mirá! El pito de Papi está sacando pomadita mágica otra vez. ¡Quiero tomar! —dijo Bauti, celoso, y se abalanzó sobre mi pene.
Romina, con su brazo, me atrajo hacia ella. Su panza embarazada presionó contra mi costado.
—¡Mi macho! Dame esa pija que te tienen tan dura. ¡Dejalos que sigan jugando! Yo te voy a dar mi leche.
Romina me ofreció sus pechos. Apreté mi boca contra su teta goteante, succionando la leche tibia y dulce.
Mientras yo mamaba, Romina acariciaba mi pelo.
—¿Ves, Papi? Mis pollitos y tu Princesa son tus esclavos sexuales. Te cuidan y te atienden. Y yo, su puta embarazada, te doy la leche de la vida para que tengas más energía para el asalto de hoy.
Los tres niños, con la boca llena de mi precum y saliva, me miraban y jugaban. Sophia se volteó un instante, y con la mano en su plug anal brillante, me preguntó:
—Papi, ¿me puedo orinar en tu pija? La seño dijo que la orina es el jugo de las putitas.
El morbo de la escena era abrumador. La leche de Romina goteaba por mi barbilla, Benja me chupaba el tronco, Bauti lamía la base y Sophia, con el plug puesto, me ofrecía orinarme.
—¡Sí, mi Reina! ¡Hacé pis en la pija de Papi! ¡Mostrale a Papi lo puta que sos! —gruñí, sintiendo cómo la adrenalina me recorría el cuerpo.
Sophia obedeció sin dudar. Se inclinó y con un chorrito caliente y amarillo, me mojó el glande. La sensación, entre la temperatura cálida y la acidez, era intensamente excitante.
Bauti y Benja gritaron de euforia. —¡Mami, Papi está tomando el pis de Sophia!
—¡Mmmm, qué rica está tu leche, Romi! Sos una fuente de energía y morbo —dije, succionando con fuerza del pezón, mientras los niños seguían a lo suyo en mi regazo. La orina caliente de Sophia todavía me goteaba, mezclándose con la leche materna y el precum.
Romina me sonrió, radiante. —Tomá, mi amor, llenate de mi dulzura, que tenés mucho trabajo por delante. Tus bendis te necesitan fuerte.
Sophia, aún sentada sobre mis muslos, continuó lamiendo y mordisqueando la punta de mi pene. Benja y Bauti se turnaban para acariciar mi tronco, sus manos pequeñas y juguetonas. La leche de Romina se escurrió por mi barbilla. Sophia no dudó: se inclinó y lamió el rastro cremoso de Romina de mi piel, mezclándolo con mi precum y la orina que me había regalado.
—¡Qué rica es la leche de la Seño Romi, Papi! Sabe a dulce y a vos —dijo Sophia, su lengua ya acostumbrada a la mezcla de fluidos.
En ese momento, Benja, el más audaz de los gemelos, se levantó de mi costado y se puso frente a mí, su pequeño cuerpo desnudo y su plug anal brillando en la penumbra de la habitación.
—Papi, quiero que me des tu amor de macho. Ya me cansé de tener esta cosa fría en mi culito —dijo, señalando el plug con un dedo. —Me molesta, Papi. Yo quiero que me pongas tu pito grande. ¡Quiero que me hagas sentir como a mi mami anoche!
Romina dejó de mamarme y me miró con una sonrisa de aprobación. —¡Mi valiente! Viste que es un campeón, Ale. Te dije que él iba a ser el primero.
Bauti, que seguía concentrado en lamerme la base de la pija, levantó la cabeza, su rostro lleno de una mezcla de curiosidad y un rastro de duda.
—Papi, ¿de verdad duele mucho? El plug grande me molesta, pero no me duele tanto. ¿Tu pito me va a doler?
Sophia, girándose para mirarme con el plug presionando mis muslos, también mostró una ligera inseguridad.
—Sí, Papi, ¿es muy grande para mi duraznito? ¿No se va a romper? Me da un poco de miedo.
Me separé de la teta de Romina, limpiando mi boca. Acaricié la cabeza de Sophia y luego la de Bauti.
—Mis amores, escúchenme bien. La Seño Romi y yo les dijimos: va a doler un poquito al principio, sí. Pero es un dolor de amor, que pasa rápido. El plug les abrió la puertita, y yo voy a entrar con mucho cuidado y muy despacio. No se va a romper nada, mi Reina. Yo las amo, y esto es la prueba de mi amor secreto.
Miré a Benja, que seguía plantado con su pequeña pija erecta.
—Benja, mi valiente, quiere ser el primero en recibir el amor de Papi. Él nos va a mostrar a todos que es el más valiente de la Familia de los Secretos.
Benja se infló de orgullo. —¡Sí, Papi! ¡Quiero ser tu putito más valiente! Sacame el plug y meteme tu pito.
—Excelente, mi campeón. Romina, ¿qué te parece si hacemos un orden? Benja, por ser el más valiente, va primero.
Romina asintió, su voz de maestra resonando en el cuarto. —Perfecto, Papi. Benja va primero. Después, Bauti, que es un explorador curioso. Y por último, nuestra Princesa Sophia, que es la putita de Papi, y que va a estar lista después de ver a sus amiguitos. ¿Están de acuerdo?
Bauti y Sophia, aunque con un atisbo de nerviosismo, asintieron ante el orden. La curiosidad superaba el miedo.
—¡Sí, Mami! ¡Benja va primero! —dijo Bauti.
—¡Oki, Papi! ¡Quiero ver a Benja para no ser tan cagona! —exclamó Sophia, volviendo a lamer mi precum con decisión.
Le sonreí con dulzura a Sophia, tomando su manita. —Mi amor, no sos cagona. Es normal tener miedo, y Papi nunca te va a lastimar. Si cuando llegue tu turno no querés, solo tenés que decir ‘no’, y se termina el juego para vos, ¿escuchaste?
Sophia me miró, y su rostro se iluminó. —Sí, Papi, escuché. Pero creo que sí voy a querer.
—Entonces, Romi, dame más leche. Benja, acercate a Papi. Vamos a preparar tu culito para el juego de amor más grande.
Benja sonrió, su rostro angelical ya completamente entregado a la perversión. Se arrodilló frente a mí, ofreciendo su pequeño culito enchufado y su ano virgen.
Romina, con su mirada de depredadora maternal, se acercó a la mesita de luz. Tomó el frasco de popper y un lubricante.
—Benja, mi valiente, vas a oler el olor mágico para que tu duraznito se ponga blandito, y Papi te va a poner mucho lubricante. Y ahora, putito de Papi, Romi te va a dar un regalo antes de empezar.
Romina le dio un beso profundo a Benja, pasando su lengua por la boca del niño, justo antes de acercarle el frasco de popper a la nariz.
—Inhalá, mi campeón. Sentí el calor rico. Es para que no te duela nada, nada.
Benja aspiró el popper. Sus ojos se dilataron, y el rubor subió a su cara. Se relajó por completo, ofreciendo su culito a mi pija.
Romi me pasó el frasco de lubricante, me acerqué desde atrás y saqué despacio el plug, que salió haciendo un sonido obsceno. Enseguida salió un olorcito a culo muy excitante; el plug salió bastante limpio, Romi los había estado higienizando el día anterior, y seguramente esa mañana antes. El ano de Benja estaba abierto, era una cuevita considerable esperando a recibir una ración de carne de macho adulto. Romi me sonreía morbosamente.
— A ver, Sophia, y Bauti, vengan acá conmigo que nos hacemos unos mimitos mientras vemos el juego. Benja, ¿querés que mami te dé la teta para que no te asuste tanto? —le dijo al pequeño que permanecía en cuatro, mostrando su hermoso culo infantil.
—¡Nooo… no, mami! Creo que puedo así, voy a mostrarte que soy valiente, y a papi Ale también… —dijo el pequeño con voz segura, mientras su hermano y mi hija se ponían a los costados de Romi. Bauti acariciaba su panzota de embarazada y se prendió a la teta. Romi tomó a Sophia y le dio un beso amoroso de lengua mientras acariciaba su plug.
— Mirá qué valiente sos, sos un nene hermoso y muy putito, Benja, hoy vas a tener por primera vez un macho adentro, vas a ser mi putito y te voy a coger mucho ese culito como se lo cojo a tu mamá —le dije a Benja, pasándole la lengua por la oreja y la cara, acariciando sus pelos rubios. El pendejito empezó a moverse, a retorcerse de calentura, gimiendo, parando el culito. Primero bajé y metí la lengua en su culo, lo saboreé por dentro, le empecé a dar lengua y a penetrarlo, haciéndolo gemir mientras juntaba lubricante en mis dedos para facilitar la penetración. La trola de Romina había comprado el gel lubricante que da sensación de calor, no paraba de hacer cosas morbosas. Cuando empecé a meter lubricante con los dedos, Benja dejó escapar un grito de sorpresa y placer, se notaba que la acumulación de popper lo ponía cada vez más puto.
Ahora sí, mi campeón, tu putito va a recibir el amor de Papi —le susurré, mientras mis dedos, ya embadurnados con el lubricante caliente y con el juguito de su propio ano, masajeaban su esfínter, dándole pequeños lametazos en la piel alrededor. Benja, con los ojos vidriosos por el popper, apenas podía contener los jadeos. Sentí su culito, virgen y apretado, pidiendo a gritos mi pija.
Me levanté un poco, dejando que mi erección, dura y pesada, se alineara con su pequeño ano. La punta de mi pija, que todavía olía a la concha y el culo de Romina, se posó suavemente sobre la abertura rosada y dilatada que los plugs y mi lengua habían preparado.
—Mirá bien, mi putito. Sentí cómo el palo de Papi te toca el duraznito. Es grande, pero te va a dar mucho placer. ¡Ahora, calladito, y sentí cómo entra el amor de tu macho! —ordené, con la voz baja y gruesa.
Presioné la punta de mi glande. La sensación de su piel joven y apretada contra la mía era una droga. Entró un centímetro, y Benja soltó un chillido ahogado, una mezcla de sorpresa y dolor leve. Su cuerpito se tensó por un instante.
—¡Ay, Papi… duele un poquito, se siente caliente! ¡Es muy gordo! —gimió, intentando moverse.
—Shhh, quietito, mi amor. Dejá que Papi te llene. Ya pasó lo más duro. Sentí cómo tu duraznito se abre para mí. Es un dolor lindo, mi campeón, el dolor de ser la putita de Papi —le dije, acariciándole el pelo y penetrando otro centímetro, muy despacio, girando mi pija para que la entrada fuera más suave.
Benja empezó a respirar agitadamente, y la tensión en su cuerpo se disolvió, reemplazada por una excitación creciente. Sophia y Bauti, al lado de Romina, estaban hipnotizados. Bauti se había soltado de la teta de Romina y se agarraba su propia pija, dura. Sophia se acariciaba el plug con una mano y su sapito con la otra.
—¡Eso, mi putito\! Ya está adentro. Sentí cómo Papi te llena. Mirá cómo tu culito se abre. Ahora, Papi te va a dar suave. Quiero que te acostumbres al amor de tu macho.
Empecé a penetrarlo con movimientos lentos, muy superficiales al principio, un vaivén corto que permitía que su ano se acostumbrara al grosor. El lubricante caliente hacía su trabajo, y el popper mantenía sus músculos relajados. Benja empezó a jadear con un ritmo constante.
—¡Mami, mirá cómo Papi le mete el palo a Benja\! ¡Se le mueve el culito\! —exclamó Bauti, con una risa nerviosa.
Romina, con su rostro encendido, asintió. —Sí, mi amor. Papi le está dando el amor secreto. Benja está siendo un putito muy valiente.
Aumenté la profundidad y la velocidad de los movimientos, pasando de un ritmo lento a una cadencia más firme, pero sin brutalidad. Benja gemía, su rostro contorsionado por el placer y el roce en una parte de su cuerpo que nunca había sido penetrada.
—¡Mmm, Papi… ahora se siente rico… seguí… metémela toda\! ¡Soy tu putito Benja\! —gritó, con la voz rota por la emoción, empujando sus caderas hacia mi pija.
Lo cogi con estocadas constantes, disfrutando de la sensación de desvirgarlo. Romina me miraba, con su mano en su panza, como si le estuviera dando placer a su bebé. La adrenalina de la desvirgación, el morbo del público y la excitación de Benja me llevaron al límite. Sentí su ano cediendo, su cuerpo adaptándose a mi ritmo.
—¡Tomá, mi putito\! ¡Sentí el amor de Papi hasta el fondo\! ¡Sos mi putita, mi esclavo, y te estoy rompiendo el culo para mí\! —gruñí, clavándosela hasta la base, sintiendo el espasmo de placer que recorrió el pequeño cuerpo de Benja.
— Ah, ahhh, se siente rico, me gusta ser putito de papi. ¡Ma, me siento muy lleno adentro, ahhh, ahhh! —Su cuerpito empezó a sudar y a dar pequeños espasmos. Benja era un nene muy sexual, disfrutaba cada momento de placer que se le daba a su cuerpo. Había sido criado por una puta pedófila como Romina para tener mucho sexo.
— Ahhh, chiquito hermoso, cómo aprietas con ese duraznito, amor. Mira, Romi, mira a tu bebé cómo recibe chota por popa. ¡Es increíble cómo aprietas, Benja, sos un muy buen putito! ¡Mmm!
Bauti estaba otra vez tomando teta de Romi, mirando la escena, seguramente pensando que se venía su turno. Mientras Romina estaba sacando y metiendo despacio el plug del culito de Sophia, se besaban con morbosidad, pasándose las lenguas. La imagen lésbica de esa nena culona de 4 añitos con esa pendeja de 20 años preñada era algo que haría explotar en leche a todos los pajeros del mundo.
La excitación me hizo bombear más fuerte, hasta que Benja se tensó y dejó salir pis de su pitito. Estaba teniendo un orgasmo anal, había llegado al máximo, indicación de que debía parar para guardar fuerzas para el siguiente culito de la mañana: el de Bauti.
Bauti dejó de succionar viendo a su hermano gemelo caer en el colchón, después de soltar meo por su pijita. Mi pene estaba brilloso, duro, venoso; había olor a culo en la habitación. Estaba bastante limpio, el proceso de dilatación también había ayudado, y Romi había estado limpiándolos durante todo el día anterior y seguramente esa mañana para evitar accidentes.
Bauti era más tímido que Benja, y daba la impresión de tener más dudas. Miró a Romi, que le hizo un gesto como que era el momento. Se acercó tembloroso y se puso al lado de su hermano, mirándome. Me incliné y lo besé.
Ale—Bombón, si te da miedo o no querés, podés decir que no, yo no me enojo. —Bauti miró a su mami.
Romi— ¡Dale, amor, tranqui! Ale te va a tratar bien, me dijiste toda la semana que querías que Ale te meta el pito, relajá, viste que Benja la pasó re bien.
Benja—Sí, Bauti, al principio arde un poco, pero se siente muy rico cuando te entra toda, te sentís como lleno y da calorcito, y electricidad. —Dijo Benja con una sonrisa de placer a su hermano.
Bauti me miró. Yo acaricié su tierno rostro de niño asustado, y le di un beso en la boca, tierno, como los que vi que le daba Romi. Estaba aprendiendo de ella el arte de tranquilizar y seducir a un niño. Y lo ponía en práctica con su propio hijo.
Ale—Tranquilo, angelito, prometo que voy a hacerlo con cuidado, y vas a disfrutar mucho.
Bauti—-Bueno papito Ale… esta bien… me prometes que vas a parar si duele?
Ale— obvio amor. Hacé una cosa: ponete mirándome, acostate, voy a poner un almohadón bajo tu cintura, y voy a ir entrando despacio, mirándote… —miré a Romi y le guiñé un ojo.
Romina, entendiendo mi mirada cómplice, se puso detrás de Bauti, sentándose un poco en el colchón, tomando a Sophia en su regazo, asegurándose de que la niña pudiera ver todo.
—Romi: ¡Acá, mi amor! Sentí mi panza de embarazada, sentí mi leche, que te da calma. Papi va a hacer magia en tu culito —le susurró Romi a Bauti, mientras se agarraba sus pechos hinchados.
Bauti se recostó boca arriba, su pija de niño, pequeña y delgada, ya estaba dura. Colocamos un almohadón bajo su cintura, elevando sus caderas para facilitar el acceso a su ano. Romina y Sophia lo miraban fijamente. Romina se acariciaba los senos, de donde goteaba leche. Sophia, atenta a todo, de pronto se movió y se inclinó.
—Sophia: ¡Mami! ¡Yo quiero la frutilla de la seño Romi! —exclamó, y hundió su rostro entre los muslos de Romina, lamiendo su coño recién lavado. Romina soltó un jadeo, su mano se dirigió a su clítoris por encima de la vulva.
—Romi: ¡Ay, mi putita! ¡Qué rica que sos! ¡Chupá bien a Mami! ¡Y mirá cómo Papi le da amor a tu amiguito Bauti! —gimió Romina, mientras Sophia, con el plug anal moviéndose rítmicamente, se entregaba a la felación lésbica.
Benja, que estaba al lado, sintió el nerviosismo de su gemelo. Se inclinó sobre Bauti, que estaba tenso, con las manos agarradas a la sábana.
—Benja: ¡Tranquilo, Bauti! ¡Viste qué rico que se siente! Si tenés miedo, chupame mi pito. Mi pito te va a dar calma.
Benja acercó su pequeña erección al rostro de su hermano. Bauti, casi por instinto, abrió la boca y recibió la pija de Benja. La lamió por un instante.
Me di cuenta de algo fundamental. Bauti no solo estaba asustado, estaba profundamente putito. La necesidad de la excitación de su hermano lo estaba calmando. Su instinto era sexual, perverso. Romi no se había equivocado.
—Ale: ¿Ves, mi amor? ¡Sos un putito muy putito! ¡Chupá la pija de tu hermano, y sentí cómo tu papi te va a llenar el culito! —le dije, sintiendo cómo mi corazón latía con la excitación del morbo.
Romina soltó un gemido profundo, y la leche saltó de sus pezones cuando Sophia chupó con más fuerza su frutilla. La habitación era un festival de fluidos y perversión.
Me acerqué a Bauti, que ya estaba menos tenso, con la pija de su gemelo en la boca. Tomé el frasco de lubricante caliente y embadurné mi pija, que estaba erecta y pulsante.
—Ale: Ahora sí, mi campeón. El palo de Papi va a entrar muy, muy despacio. Sentí cómo te toca.
Me arrodillé frente a él y acerqué mi glande a su ano. Entró un pequeño centímetro. Bauti soltó un jadeo, pero no se movió, absorto en la succión de su hermano y el placer que Romina y Sophia generaban a pocos centímetros.
—Bauti: ¡Mmm, Papi… se siente caliente… seguí… metémela toda… soy tu putito Bauti! —dijo, la voz amortiguada por la pija de Benja en su boca, sus ojos fijos en el placer que Romina le daba a Sophia. Su miedo se había transformado en una necesidad urgente de ser penetrado.
Entendí que la desvirgación de Bauti no sería un acto de ternura, sino de pura perversión. El niño estaba pidiendo ser dominado.
—Ale: ¡Eso, mi putito! ¡Sentí cómo te lleno! ¡Papi te va a romper el culo para que seas solo mío!
Y con una estocada suave, pero decidida, penetré a Bauti hasta la base, uniéndome a la orgía de placer y leche.
Continué penetrando a Bauti. Mi estocada había sido suave pero profunda, alcanzando la base, y me quedé quieto por un instante, disfrutando de la sensación de estar completamente dentro de ese pequeño cuerpo. Bauti, con el pene de su hermano en la boca, soltó un gemido que sonó más a queja que a placer.
—Bauti: ¡Ayyy, papi Ale… duele un poquito… pero no la saques, por favor. Se siente rico… como que me arde adentro.
Benja, a pesar de su agotamiento, entendió el mensaje. Sacó un instante su pija de la boca de su gemelo, que ya estaba salivada y roja por la succión.
—Benja: ¡Dale, Bauti, es rico el ardor! Es el amor de Papi que te da calor. Chupame, así no duele tanto —y volvió a meter su pequeña erección en la boca de Bauti, que lo recibió con avidez.
Empecé el vaivén. Lento, constante, sintiendo cómo el culito virgen de Bauti se ajustaba a mi ritmo. El lubricante caliente y el efecto del popper mitigaban el dolor, transformándolo en una punzada placentera y ardiente.
—Ale: ¡Eso, mi putito Bauti! Sentí cómo el palo de tu Papi te llena hasta el fondo. ¿Te arde, mi amor? Es el fuego de tu puta mamá, que te hizo un putito para mí. Te voy a abrir ese duraznito para que solo pueda entrar la chota de tu macho.
Bauti se movía, ya no por miedo, sino por excitación, empujando su pelvis contra mí. Su rostro, enrojecido por la excitación y el popper, era la imagen de la entrega.
—Bauti: ¡Más, Papi! ¡Metémela toda! ¡Quiero que me quemes el culito! ¡Soy tu putito Bauti… y quiero ser tuyo!
—Ale: ¿Querés más, mi puta? ¡Vas a tener más! ¡Tomá! —Aumenté la profundidad, clavándola hasta el fondo. Bauti soltó un grito ahogado.
—Bauti: ¡Ah, Papi… ahora sí duele… pero no salgas… me gusta mucho el dolor, me gusta sentirte ahí!
—Ale: ¡Claro que te gusta, mi pequeña puta! Sos un putito vicioso, como tu hermano. Los crío tu puta madre para esto. ¡Vos querés que Papi te coja el culo, querés ser mi esclavo sexual, ¿verdad?!
—Bauti: ¡Sí, Papi, sí! ¡Soy tu putito, cogeme mucho! —gimió, empujando su cuerpo.
En un movimiento brusco, sentí la fuerza de la adrenalina. Lo tomé de las caderas, clavado en mi pija, y lo levanté de la cama. Bauti gritó, sus piernas colgando a mi alrededor, su boca todavía ocupada por el pene de Benja. Me acerqué a la pared de la habitación y lo alcé, usando mi pija como el único punto de apoyo.
—Ale: ¡Sentí esto, mi puta! ¡Sentí cómo tu Papi te clava contra el mundo! ¡Gritá, putito! ¡Gritá tu placer!
La sensación de empalarlo contra la pared, con Bauti gritando y Benja con el pene en su boca, mirando la escena con ojos vidriosos, era el culmen de la perversión. Sus gemidos eran agudos, llenos de una mezcla de dolor, sorpresa y un placer desbordante.
—Bauti: ¡¡Ahhhh!! ¡Papi, qué rico! ¡Me duele el culito, pero me gusta mucho! ¡No pares, no pares! ¡Soy tu putito!
Romina se levantó con un grito de excitación, apretando a Sophia contra ella. —¡Eso, Ale! ¡Dale a mi bebé, hacelo gritar! ¡Es una putita!
La pared se convirtió en mi aliado, permitiéndome imprimir una fuerza rítmica y profunda. Cada estocada era un golpe de carne caliente. Benja se aferró al cuerpo de su hermano con su boca. El popper estaba haciendo su trabajo final, llevando a Bauti a un clímax.
—Ale: ¡Tomá, mi putito! ¡El premio de tu macho! ¡Sos la puta de Papi!
Sentí cómo su cuerpo se tensaba convulsivamente a mi alrededor, su esfínter apretándose con un espasmo. Bauti soltó un último alarido de placer, y un chorro de orina caliente salió de su pitito, mojando mi vientre y el cuerpo de Benja que lo sujetaba. Había llegado al orgasmo, igual que su hermano.
Saqué mi pija despacio, reluciente y empapada. Bauti se deslizó por la pared, cayendo exhausto sobre el colchón, con una sonrisa de absoluta satisfacción en su rostro. Benja, con el rostro salpicado por el pis, lo abrazó.
Mi pija seguía dura y pesada, lista. Romina y Sophia me miraron, sus ojos llenos de una promesa obscena. Mi turno con la Princesa había llegado. Me había guardado todo el semen para ella.
Cuando dejé sobre la cama a Bauti, que estaba sonriendo y casi desmayado de placer y efectos del popper, Romi se separó despacio de Sophia, a la que le dio un tierno beso en la boca y se acercó a sus dos hijos.
Romi: — ¡Ay, mis pollitos, qué lindo! Les hicieron la cola por primera vez, estoy muy orgullosa de ustedes. ¡Se lo aguantaron tan bien! — Luego tomó la mano de Sophia: — Ahora, princesa, es tu turno, vas a vivir el momento más hermoso que una hija puede vivir con su papá. Papi va a estar adentro tuyo…
Sophia la miró con sus ojos azules, grandes y brillantes, asintiendo con la cabeza. Luego se paró en la cama y vino desnudita corriendo hasta mí. Yo la recibí en brazos y nos dimos un hermoso beso de esos que aprovechamos a disfrutar cuando estábamos solos.
Romi: — Vengan, bebés, mami les va a dar tetita mientras Sophia recibe a su papi dentro. — Acomodó a los gemelos a los costados e enseguida se prendieron con la boca para ser amamantados, mientras acariciaban la panza de su mamá que contenía a la no nacida Delfina.
Ale: — ¿Estás lista, amor? Prometo ser muy suave, vida… quiero que sea muy especial para vos. ¿Me vas a dejar?
Sophia: — Papi… sí, quiero, quiero que lo hagas, sé que te gusta mucho mi colita, y quiero que me metas el pito dentro, te quiero en mi duraznito. — Estábamos pegados, besándonos, mimándonos, oliéndonos, como si estuviéramos solos en la habitación. — Y quiero tu pomadita adentro. Adentro de mi cola…
Ale: — ¡Ay, amor, me llenas de alegría! Voy a hacerlo como hice con Bauti, despacio y mirándote a los ojos. Te acostás en la cama y te ponés la almohada, así papi entra en vos… mirá… mirá cómo me tenés. — Tomé su manito y la puse en mi pija que estaba dura, venosa, con olor a los gemelos, y muy babeante. Ahí, acariciando mi pija, vi un gesto que me excitó más, algo que nadie espera de una niña de 4 años que está por ser penetrada por primera vez. Imagínenla: su cuerpo chiquito, muy bien formadito, con ese culito paradito y redondo, su vaginita abultada y pelada, su pielcita algo bronceada por el verano, ese cabello oscuro y brillante. Y su manito tan pequeñita con las uñitas pintadas de violeta y rosa, sosteniendo una pija que, no exagero, es muy grande, acariciándola con los deditos, y su boquita tira una sutil sonrisa, y se muerde los labios como si estuviera ansiosa, como si no viera el momento de ser cogida. ¿Acaso mi hija tenía un deseo natural innato por ser cogida? ¿O serán todos esos abusos, esos manoseos, esas veces que fue ensuciada desde bebé con semen, que la habían convertido en esa niña que se muerde el labio inferior y mira mi pene con deseo, no con deseo de niña que quiere un caramelo o un pedazo de torta, sino una hembra que quiere pija, que quiere ser tratada como una hembra?
Sophia: — Papi, está re dura y grandota… yo… — dijo mirándome y mordiéndose el labio — la quiero, ¿me la metes, papito? — Romi y los gemelos miraban la escena en la misma posición, como si vieran una película. Romi me guiñó un ojo y recordé sus palabras la noche anterior, cuando me dijo que el amor que teníamos con Sophia era algo único.
—¡Claro que sí, mi Princesa! Yo te la voy a meter y te voy a dar todo el amor que tengo guardado para vos.
La levanté en mis brazos y la llevé de vuelta al centro de la cama, donde los gemelos estaban prendidos de la teta de Romina, observando.
—Romi: ¡Mostrale a Papi lo puta que sos, mi amor! ¡Dejate querer! —asintió Romina, su mirada era de completa complicidad.
Acosté a Sophia con delicadeza, su pequeño cuerpo desnudo y perfecto. Ella se puso boca arriba, con sus piernas delgadas abiertas. El plug anal, un pequeño diamante de perversión, brillaba.
—Ale: Mi amor, Papi te va a preparar. Quiero que sientas todo mi cariño, ¿sí? —le susurré, y ella asintió, mordiéndose el labio con esa mezcla de inocencia y vicio que me volvía loco.
Me incliné sobre ella, depositando un beso suave en su boca, un beso tierno y largo que olía a nuestra saliva y el precum que me había chupado. Luego, bajé. Besé su cuello, sus hombros, su diminuto pecho, donde sus pezoncitos ya estaban duros por la excitación.
Mi lengua trazó un camino lento por su abdomen plano y bronceado, hasta que llegué a su pequeña vaginita. Era una línea de piel suave, sin un solo pelo, abultada. Ahí, justo en su sapito, me detuve a olerla. Olía a niña, a jabón, a coco del aceite, pero también a un leve rastro salado que me hizo gruñir.
—Ale: ¡Mmm, mi Reina! ¡Qué rica que olés! Olés a mi puta favorita —murmuré contra su piel.
Empecé a lamerla con suavidad, con la punta de mi lengua, trazando círculos alrededor de su clítoris. Ella soltó un jadeo agudo y se arqueó, sus manos pequeñas agarraron mi cabello.
—Sophia: ¡Ay, Papi! ¡Qué rico, no pares! ¡Me duele lindo! —dijo, con los ojos cerrados.
Aumenté la presión, mi lengua ahora más firme sobre su vulva, succionando ligeramente. La humedad empezó a aparecer. Ella se retorcía, sus ojos cerrados, con lágrimas de placer que corrían por sus sienes.
Luego, me moví. Despacio, mi boca se deslizó por su perineo hasta el plug anal. Lo tomé entre mis dientes y, con un movimiento lento y erótico, lo saqué. El «pop» obsceno fue el sonido de su desvirgación. Olía a su mierda limpia, a coco y a su sexo.
—Sophia: ¡Papi! —Ella gimió con el vacío.
Yo hundí mi lengua en su pequeño ano virgen, saboreándola. La penetré con la punta de mi lengua, haciéndola gemir con fuerza.
—Sophia: ¡Ay, Papi, no puedo más! ¡Me quema el culito! ¡Me gusta! —gritó, su voz rota por el éxtasis.
Me levanté un instante, mi pija palpitante, ya goteando precum puro. La miré a los ojos, que estaban vidriosos por el placer y las lágrimas de la excitación. En su rostro, no había miedo, solo una necesidad abrumadora de mí.
—Ale: ¿Estás lista, mi amor? ¿Para el amor de Papi? —le pregunté, con una voz gruesa.
—Sophia: ¡Sí, Papi! ¡Metémela ya! ¡Por favor! —suplicó, abriendo más sus piernas.
Me arrodillé entre sus piernas. Puse mucho lubricante caliente en mi pija y en su ano, masajeándolo con mis dedos, que habían sido los primeros en desvirgar a sus hermanitos. El olor en la habitación era a sexo, leche materna y esa putez que Romina había cultivado en su hija.
Alineé mi glande con su ano. La punta, gruesa y firme, tocó la entrada rosada.
—Ale: Mirá bien, mi Reina. Sentí cómo tu Papi te va a llenar de amor. Es grande, pero vos sos la más puta y valiente de todas —le dije, besándola en la boca con profundidad.
Mientras la besaba, presioné. Entró el primer centímetro. Ella soltó un gemido ahogado en mi boca, pero no se apartó, sino que me besó con más fuerza, su pequeña lengua buscando la mía.
—Ale: Shhh. Ya pasó lo peor, mi amor. Dejá que Papi te abrace por dentro —le susurré.
Con movimientos lentos, penetré otro centímetro. Y luego otro, con la suavidad de un cirujano y la dedicación de un amante. Sentía la tensión en su cuerpo, el pequeño desgarro de su virginidad anal, pero también la forma en que su esfínter, ya trabajado por el plug y mi lengua, cedía a mi grosor.
La penetré hasta la mitad. Me detuve, mirándola a los ojos. Había una lágrima solitaria corriendo por su mejilla, pero su rostro era de pura felicidad, una felicidad mezclada con un dolor que ella amaba.
—Sophia: Papi, duele… pero amo a mi Papi y quiero que seas muy feliz. ¡No pares, no me dejes vacía! ¡Quiero toda tu pija! —sollozó, pero sus manos pequeñas se aferraron a mi espalda.
Besé sus lágrimas, mi boca buscando la suya. —Ale: ¡Sos la más puta de todas, mi Princesa! ¡Me vas a matar de amor!
Y ella me dio el permiso que necesitaba.
—Sophia: ¡Metela toda, Papi! ¡Hasta el fondo! ¡Quiero sentir tus huevotes contra mi culito!
Con una estocada final, suave pero poderosa, la penetré hasta la base. Sentí cómo su pequeño cuerpo se ajustó a mi longitud. Mis huevotes golpearon su monumental culito con un golpe seco, que resonó en el silencio de la habitación.
—Sophia: ¡¡Ahhhh, Papi!! ¡Estoy llena! ¡Se siente tan rico tenerte adentro! ¡Qué bien se siente! —gritó, en una mezcla de placer y dolor, y se abrazó a mí.
Nos quedamos unidos, mi pija totalmente clavada en su virgen ano, besándonos, saboreando el momento. La imagen de Romina amamantando a los gemelos, mientras su hija era desvirgada por mí, era la perfección de la perversión familiar, y el amor secreto de mi Princesa.
La abracé con fuerza, sintiendo cómo sus uñitas, pintadas de violeta y rosa, se clavaban en mi espalda. Era el agarre de una hembra poseída, de una puta que abrazaba su destino.
—Ale: ¡Ay, mi putita, mi Reina, mi amor! ¡Clavame tus uñitas, haceme tuyo! ¡Sos tan perfecta! —gemí contra su oído, sintiendo el calor de su aliento. El dolor y el placer se mezclaban en sus gemidos, que eran pequeños, agudos, el sonido de su desvirgación.
Ella me miró, con los ojos llenos de deseo, y me dio un beso profundo, con lengua, un beso de mujer madura que contrastaba con su pequeño cuerpo.
—Sophia: ¡Papi, te amo! ¡Duele, pero es tan rico! ¡Soy tu putita, soy tuya! ¡No salgas nunca, Papi! —sollozó, apretando su culito alrededor de mi pija.
—Ale: ¡Nunca, mi amor! ¡Vas a ser mía para siempre! ¡Sos mi puta, mi esclava, y tu papi te va a llenar de amor hasta que no puedas más! —le dije, pasando de la ternura al insulto, del amor a la dominación, un ritual que Romina me había enseñado. Le recordé la noche anterior: —¡Te soñé así, mi Princesa! Soñé con este momento desde que naciste. Te cambiaba el pañal y ya sabía que esa colita perfecta era para mí. ¿Te acordás cuando te ponía mi pija en tu mano cuando eras bebé? ¡Siempre fuiste mi hembra!
Los gemelos, al lado de Romina, observaban. Romina sonreía, asintiendo, mientras sus bebés mamaban.
La levanté un poco, muy despacio, clavado dentro de ella. Ella soltó un grito, y sus piernas se apretaron contra mi cintura. La senté sobre mi pene, mi mano en sus caderas, guiándola en un vaivén lento sobre mi erección, forzándola a sentir toda la longitud. El lubricante caliente y el popper la ayudaban, pero era su excitación, su amor, lo que la mantenía en ese trance de dolor y placer.
—Ale: ¡Sentí cómo te subís y te bajás, mi amor! ¡Sos una diosa de la putería! ¡Sos la puta de tu papi! ¡Tomá mi amor, Princesa!
La besé con avidez, nuestras lenguas danzando. Sentí cómo su pequeño cuerpo se convulsionaba. Su orgasmo se acercaba, y yo sabía que no podía durar mucho más. Me había guardado todo el semen para ella.
—Sophia: ¡Ahhh, Papi…! ¡Siento tu amor… se siente… todo… me voy a romper, Papi…! ¡Quiero tu pomadita…!
La clavé hasta el fondo, por última vez, sintiendo cómo sus músculos se apretaban en un espasmo convulsivo a mi alrededor. Su grito, ahora, fue puro placer, agudo y prolongado.
—Sophia: ¡Más, Papi, más fuerte, por favor! ¡No me sueltes, que no me sueltes! ¡Quiero sentir esas cosquillas ricas, Papi, no paran de hacerme calor por dentro! ¡Me quema el duraznito de puro amor por vos! ¡Dame más, Papi, quiero más calor y más de tu palo! —gritó, clavando sus pequeñas uñas pintadas de violeta con más fuerza en mi espalda, dejando un ardor dulce y perverso.
El sonido de su voz, esa mezcla de demanda lasciva y la inocencia con que describía su placer como «cosquillas» y «calor», era el detonante. La levanté, sintiendo su peso ligero, y la dejé caer de nuevo sobre mi pija con la fuerza de una pequeña muñeca de trapo, una y otra vez.
—Ale: ¡Tomá, mi Princesa viciosa! ¡Tomá el amor de tu Papi! ¡Sos una putita insaciable, ¿verdad? Te voy a romper ese duraznito de tanto amor que te tengo! ¡Dame todo tu vicio, mi puta, que soy todo tuyo! —grité, sintiendo la garganta seca por el morbo y el agotamiento.
El vaivén se hizo violento y frenético. Ella rebotaba sobre mi erección, sus ojos azules, ya nublados, fijos en mí, sus labios mordidos y hinchados. Su pequeño cuerpo se sacudía, y sentí un nuevo espasmo anal, una contracción poderosa que me atrapó, más fuerte que el anterior. Soltó un chillido agudo.
—Sophia: ¡Otro! ¡Otro más, Papi! ¡Ahhh! ¡Sigo sintiendo la electricidad rica! ¡Sigo, sigo, sigo, no paro de sentir el cosquilleo en la colita! ¡Se mueve sola, Papi! ¡Mami Romi dijo que mi duraznito era muy putito y especial! —chilló, sin saber que describía un clímax encadenado.
Multiorgásmica. Ella no sabía la palabra. Simplemente sentía las «cosquillas ricas» que no la abandonaban. Mi alumna, mi Princesa, era una puta natural, capaz de recibir mi pija y encadenar el placer.
—Ale: ¡Sos una puta perfecta, mi amor! ¡Una máquina de puro placer! ¡Vas a ser mi esclava sexual para siempre, nadie te va a coger como tu Papi! ¡Sentí cómo te rompo el culo de puro amor, mi Reina! ¡Sos mi vicio!
La cogí con la brutalidad y la cadencia que ella pedía. Cada estocada profunda era un nuevo pico de placer para su cuerpo. Sentía su ano apretarse, aflojarse, apretarse de nuevo, sin parar, como si mi pija fuera un centro de energía para ella. Los fluidos de su sexo, el sudor que brillaba en su piel bronceada, el precum espeso, todo se mezclaba en un denso olor a lujuria.
—Sophia: ¡Sí, Papi, más! ¡Quiero más! ¡Me gusta que me rompas el culito! ¡Me gusta que mi culito sea tuyo! ¡Dame tu pomadita mágica, Papi! ¡Quiero tu pomadita de amor dentro de mi colita, porque te amo! ¡Llename, Papi, llename!
El final llegó con la fuerza de una explosión para ambos. Su cuerpo se tensó por última vez, un espasmo largo y profundo que me atrapó. Sentí el rugido final de mi semen subiendo.
—Ale: ¡Tomá, mi Princesa! ¡Esto es toda la pomadita de amor de tu Papi! ¡Es toda para vos, porque te amo, mi puta!
Con un gruñido liberador, la inundé con todo mi semen. El chorro caliente y espeso llenó su pequeño ano virgen, sintiendo cómo se vaciaba todo mi amor y mi morbo dentro de ella. El grito de Sophia fue el de la posesión absoluta, el del amor secreto consumado y llenado.
—Sophia: ¡Papi, Papi! ¡Me llenaste de tu pomadita de amor! ¡Te amo, te amo, te amo mucho!
Caímos sobre el colchón, exhaustos, sudados, mi pija todavía enterrada en su ano, ahora llena de mi esperma caliente. La abracé, aspirando el olor a su piel y a mi propio semen.
Romina, al lado, con los gemelos aún prendidos, sonrió con su rostro de maestra perversa.
—Romi: ¡Qué hermoso, Ale! ¡Qué hermoso ver cómo se conectan y se aman! ¡Viste, mi amor! ¡Mi putita es multiorgásmica, te lo dije! ¡Felicidades, Papi, y felicidades, Princesa! ¡Ahora sos completamente de Papi, y llena de su amor!
Nos quedamos un instante, los dos en un abrazo rendido en el colchón. Fui sacando mi pene despacio mientras perdía dureza. Mientras salía, Sophia daba pequeños gemidos. Acaricié su rostro infantil, transpirado. Tenía la boca seca y el aliento frío posterior al orgasmo, que contrastaba con el calor de su piel. Los gemelos se acercaron y empezaron a acariciarla. Ella soltó una risita, diciendo que le hacían cosquillas.
Benja— ¡No es justo! ¡Solo había lechita para vos!— soltó el pequeño rubio.
Romi— Benja, ¿qué dijimos? Ale iba a darle leche en la cola a Sophia. Si querés, tenés que pedirle bien que te comparta. No me hagas enojar, pollito.
Benja miró a su mamá un poco sorprendido por el tono, pero asintió— Sí, mamá….
Ale, luego de sacar su pija, se recostó junto a Sophia, abrazándola y besándola con profunda ternura. Romina se acercó a ellos, con los gemelos aún mamando, y se unieron en un abrazo familiar, todos sudados y brillantes de fluidos.
Ale: —Mi amor, mi Reina, sos lo más hermoso del mundo. Te amo.
Sophia: —Yo también te amo, Papi. Tu pomadita se siente calentita en mi culito.
Benja, que estaba celoso, se inclinó desde el pecho de Romina y miró a Sophia.
Benja: —Sophita, ¿me compartís un poquito de la lechita de Papi que tenés en tu duraznito? ¡Solo un poquito!
Sophia lo miró con picardía, como una maestra corrigiendo a un alumno.
Sophia: —Benja, es culo, o orto. La Seño Romi dice que cuando Papi me mete el pito es en el culo. No es duraznito. Y no es lechita, es pomadita de amor.
Bauti: —Pero, ¿sabe rico la pomadita? Yo quiero probar. La lechita de Mamá es rica.
Sophia: —Sí, sabe a Papi y a mí. ¡Vengan! ¡Mi culo está lleno! ¡Vamos a jugar a que sacamos la pomadita!
Sophia se sentó en la cama, separando sus piernas con sus manitos, exponiendo su ano recién penetrado, del que un hilito blanco y espeso de semen de Ale comenzaba a asomar.
Romi: —¡Ay, mis pollitos viciosos! ¡Jueguen a limpiarle el culito a Papi y a Sophia! Pero despacio, que su culito está cansadito.
Los gemelos se soltaron del pecho de Romina con entusiasmo y se acercaron a Sophia. Benja fue el primero.
Benja: —¡Yo primero! ¡Yo quiero ver la pomadita!
Se inclinó, y con su dedo pequeño y curioso, tocó el semen que salía del ano de Sophia. Lo llevó a su boca, lamiéndolo con una expresión de concentración.
Benja: —¡Mmm! ¡Sabe fuerte, pero es dulce!
Bauti: —¡Yo quiero! ¡Yo quiero probar!
Bauti se abalanzó, poniendo su boca sobre el ano de Sophia, lamiendo la abertura con avidez, sintiendo la textura caliente y viscosa del semen mezclado con lubricante.
Sophia: —¡Jajajajajá! ¡Me hacés cosquillas, Bauti! ¡Parece un perrito que lame! ¡Lame bien, que tiene que salir toda!
Benja, no queriendo quedarse atrás, se subió a la espalda de Sophia y acercó su boca a la de ella.
Benja: —¡Mirá, Sophita! ¡Yo te doy un beso de lengua y te paso el sabor de la pomadita!
Benja le dio un beso baboso a Sophia, introduciendo su lengua y el rastro del semen de Ale. Sophia soltó un grito de placer infantil.
Sophia: —¡Ay, qué rico, Benja! ¡Dame más besos con sabor a Papi!
Mientras se besaban, Bauti, todavía en el culo de Sophia, sacó su pequeña pija, que estaba erecta por la excitación, y la acercó al rostro de Benja.
Bauti: —¡Benja, chupame la chichita a mí también! ¡Está re dura de ver la pomadita!
Benja: —¡Oki, Bauti!
Benja se apartó de Sophia y lamió la punta del pene de Bauti, mientras Sophia, con una sonrisa, se acariciaba su propio sapito con el dedo que acababa de tocar el semen.
Sophia: —¡Juguemos, vamos a compartir el premio de papi!
Los tres niños se rieron, el olor a leche, sexo y semen impregnaba el aire, mientras Romina y Ale, en un abrazo silencioso, contemplaban la perversión inocente que habían creado.
Ale: —Son perfectos. Nuestros bendis viciosos.
Romi: —Nuestra Familia de los Secretos es perfecta, mi amor. Mirá cómo se aman.
Benja volvió a besar a Sophia, mientras Bauti chupaba el pene de su gemelo. La escena era la culminación de su amor prohibido y la promesa de un futuro de placer.
Miré a Romi, que a su vez miraba con fascinación a los nenes jugar en la cama, su sensual y erótico juego. Ella acariciaba su panza, sus ojos brillaban de amor y fascinación. La tomé de la mano, fuerte. El vínculo de los dos era mágico, era la mujer que esperé toda mi vida, sin embargo, sabía tan poco de ella. ¿Qué ocultaba? ¿Quién era el papá de sus hijos, de Delfina? ¿Por qué era tan reacia a contar más cosas? A pesar de ser policía, no quise abrumarla, no quería romper la magia.
—Podremos consumar esta unión, podremos ser una familia los seis —dije, acariciando su hermosa y sexy panza.
—Ale, amor, disfruta, tenemos mucho tiempo para pensar en lo que va a venir, pero ahora estamos solos en el mundo, disfrutando de esto, hagámoslo sin pensar en lo que viene —dijo, dándome un beso y cambiando el tema. Por un momento me pareció ver una lágrima, pero volvió a sonreír, mirando la escena.
El juego perverso de los bendis de Romina y Ale continuó en el centro de la cama, bajo la mirada cómplice y extasiada de sus padres. Los tres niños, sudados, pegajosos de semen, leche y saliva, reían a carcajadas, contagiados por la adrenalina del sexo compartido. Sus penes, a pesar del orgasmo reciente de los varones, estaban nuevamente duros, pequeños y palpitantes, como si el placer fuera una fuente inagotable.
Sophia: —¡Ahora yo soy la profe de la película!— exclamó, asumiendo su rol de dominadora. Se sentó sobre el regazo de Benja, que estaba boca arriba, y lo miró con picardía. —¡Vos sos mi esclavo, putito! ¡Tenés que besar mi sapito!
Benja obedeció con entusiasmo. Bajó la cabeza y hundió su rostro entre los muslos de Sophia. Bauti, celoso del protagonismo, se abalanzó sobre su hermano.
Bauti: —¡Y yo soy tu macho, Benja! ¡Tenés que besar la chichita de la profe y la mía! ¡Hacenos un doble helado!
La imagen de Benja lamiendo la vulva de Sophia y, al mismo tiempo, succionando el pene erecto de Bauti, era la perversión infantil en su máxima expresión. Romina soltó una carcajada, y la leche volvió a saltar de sus pezones.
Romi: —¡Ay, mis pollitos! ¡Qué viciosos que son! ¡Esa es mi enseñanza!
Ale: —¡Eso, mis campeones! ¡Miren a Papi! ¡Así se hace, con esa pasión!
Bauti se bajó de Benja, sintiendo un ardor en su ano recién penetrado, y lo miró con ojos desafiantes, imitando el tono de un actor porno que Romina solía ver.
Bauti: —¡Dale, putito! ¡Acostate en cuatro y mostrame ese duraznito! ¡Tu macho te va a llenar la colita de amor!
Benja se puso en cuatro, su ano rosado y todavía húmedo por el semen de Ale. Bauti, con su pija pequeña y nerviosa, se acercó, la punta brillante.
Benja: —¡Dame duro, papi Bauti! ¡Soy tu putita!
En ese momento, Sophia, que estaba mirando la escena, se metió en medio.
Sophia: —¡No, no! ¡Esa es mi frase! ¡Ahora, los dos me van a coger a mí, al mismo tiempo! ¡Como las películas de Papi y Mami!
Bauti: —¡Sí, hagamos un sandwichito!
Benja y Bauti se acercaron a Sophia, que se puso de rodillas, ofreciendo su culito. Los dos se alinearon, sus pequeñas erecciones chocando entre sí. Benja se puso a la derecha, Bauti a la izquierda.
Benja: —¡Uno, dos, tres, al duraznito!
Con un grito de alegría, Benja empujó su pene en el ano de Sophia, que ya estaba sensible y dilatado. Ella gritó, pero de placer.
Sophia: —¡Ay, qué rico! ¡Dos palos a la vez!
Bauti, animado por la reacción de su hermana, también penetró, pero su entrada fue más difícil. El ano de Sophia, ahora ocupado, era una compuerta ajustada.
Bauti: —¡No entra, Papi Benja! ¡Está muy apretado!
Benja: —¡Metelo con fuerza, Bauti! ¡Dale, que a la profe le gusta que le duela un poquito! ¡Ella es nuestra putita!
Con un último empujón, Bauti logró meterse. El ano de Sophia ahora contenía dos penes infantiles, una imagen de placer y dominación tripartita. Sophia soltó un alarido.
Sophia: —¡Sí! ¡Ahora sí! ¡Cogéme, cogéme, mis dos machos! ¡Soy su putita Sophia! ¡Dame más fuerte!
Los dos gemelos, uno a cada lado, empezaron un vaivén desacompasado. Sus pequeños cuerpos se movían con el ritmo que su instinto perverso les dictaba, y Sophia, con su ano lleno, rebotaba entre ellos, gimiendo.
Benja: —¡Toma tu palo de macho, putita! ¡Esto es lo que te gusta!
Bauti: —¡Sí! ¡Somos tus machos fuertes! ¡Sos nuestra puta!
Romina se secó una lágrima de emoción.
Romi: —¡Son mis putitos perfectos! ¡Miralos, Ale, haciendo un triple! ¡Están jugando a la dominación!
Ale, con su pija volviendo a endurecerse por la escena, abrazó a Romina.
Ale: —Son geniales, mi amor. Son el fruto de nuestra perversión.
El juego continuó hasta que los gemelos, exhaustos por el esfuerzo de la doble penetración, se rindieron, sacando sus penes y cayendo al lado de Sophia, que estaba radiante, su culito ardiendo por el vicio. El sandwichito había sido un éxito rotundo.
Romi y yo nos levantamos y les preparamos un desayuno divertido, con chocolatada, frutas y medialunas. Estaban hambrientos, era casi el mediodía. Mientras ellos desayunaban, nosotros tomábamos unos mates, y yo limpiaba la parrilla para hacer un asadito familiar. Romi era fanática de los asados, y me pidió, por favor, que comiéramos uno para festejar. Mientras charlábamos, se escuchaban las risas de los chicos que desayunaban en la galería de la casa, frente a la pileta. Seguían comentando lo divertido que era jugar a tener sexo. El hablar como hablaban los adultos. Los gemelos estaban fascinados con eso de poder meterse la pija entre ellos y poder meterla en Sophia. Con Romi los dejamos, no quisimos atosigarlos con nuestro propio morbo, y ya habría tiempo para hablar de que tenían que tener cuidado.
—Romi: ¿Ves, mi amor? Mirá cómo juegan. Pero miranos a nosotros, acá. —Romina se reclinó sobre la silla, tomando mi mate. Me miró con esa intensidad que me derretía. —Ale, tenemos que hablar de nuestra Princesa.
—Ale: ¿De nuestra Princesa? Sí, ¿qué pasa? ¿Viste cómo jugó al sandwichito? Es una puta natural. Me vuelve loco.
—Romi: Es más que eso, mi amor. Es un privilegio. Mirá cómo te mira Sophia. Mirá esa devoción. Te mira como… como solo una mujer mira al amor de su vida. Es hermoso de ver, Ale. La forma en que hacen el amor, esa conexión que tienen, es mágica. No es solo sexo, es un ritual, es un pacto de amor.
—Ale: Lo sé. Lo siento. Desde que era un bebé, Romi. Cuando le cambiaba el pañal, cuando le ponía mi pija en su manito, siempre hubo algo. Ella es la mujer de mi vida, mi puta predilecta, y a la vez es mi hija, mi Princesa. Es un amor tan profundo que asusta. Y no quiero que se acabe nunca. Quiero que ese amor sea para siempre.
—Romi: Y no se va a acabar, mi vida. Ella te ama. ¿Viste cómo se toca, cómo te buscó anoche, cómo te pidió que la llenaras? Es la prueba. Pero, ¿viste ese culito, Ale? Es de locos. Con solo cuatro años tiene ese traserito redondo, apretadito, perfecto. Es un culo de hembra, un monumento a la putería que está floreciendo. Me excita pensar en cómo va a ser cuando tenga diez, quince. Pero ahora, con su inocencia y ese culo perfecto… es insuperable.
—Ale: Es verdad. La forma en que mis huevotes golpearon su culito recién desvirgado, y ella me gritó que quería que se lo rompiera de amor… Es la perfección, Romi. Te juro que a veces pienso que es mi destino. Que nací para darle placer a ese culito.
—Romi: Es tu destino. Y quiero que lo reconozcas. Sophia no es solo tu hija. Es la mujer de tu vida. Y ese amor es un regalo, un privilegio hermoso que te dio la vida. Un padre nunca tiene una conexión así con su hija, Ale. Solo vos. Y tenés que vivirlo plenamente. Sin miedos.
—Ale: No tengo miedo. Solo de cagarla. De lastimarla.
—Romi: No la vas a lastimar, mi amor. La vas a amar. Y ella te está pidiendo más. Mucho más.
Romina dejó el mate y me tomó las manos. Su mirada se hizo seria, pero llena de una complicidad intensa.
—Romi: A la madrugada, cuando te fuiste a dormir, Sophia se despertó. Estuvimos un rato en silencio, abrazadas. Y me preguntó algo que me dejó helada, pero que al mismo tiempo me llenó de orgullo. Me dijo: «Mami, Papi ya me metió su palo en mi culito. ¿Por qué no me lo mete también en el sapito? Yo quiero que me haga lo mismo que te hace a vos».
El aire se me fue de los pulmones. Penetrarla vaginalmente… era el último tabú, la frontera final.
—Ale: ¿Ella… te dijo eso? ¿Quiere… que le rompa la virginidad de su sapito?
—Romi: Sí. Y yo le expliqué con cuidado. Le dije que era algo muy, muy especial. Que si ella quería, yo iba a hablar con vos, porque sé que le tenés miedo a esa parte. Pero que si vos lo hacías, lo harías con todo el amor, con toda la suavidad. Le dije que su sapito era muy lindo, pero que era la parte más especial de su cuerpo, y que el primer hombre que entrara ahí tenía que ser su Papi, el hombre de su vida. Ella me miró con esos ojos azules y me dijo: «Decile a Papi que quiero que me ame todo».
—Ale: Romi… es demasiado. No sé si estoy listo para eso.
—Romi: Tenés que estarlo. Ella te está pidiendo la prueba máxima de tu amor. Yo sé que te da miedo lastimarla ahí, es más sensible. Pero, ¿sabés qué? Es hora de que dejes de ser su amante anal y te conviertas en su amante total. Yo sé cómo prepararla. Sé cómo hacer que sea una transición de puro placer, que el dolor sea mínimo y que la excitación sea máxima. Si te atrevés, esta noche, después de la cena, mandamos a los gemelos a la otra habitación, nos quedamos solos, y me dejás prepararte para que le des el amor completo.
—Ale: ¿Y cómo… cómo la vas a preparar?
—Romi: Con mi boca, con mis manos. Con mi leche. Y con el popper. Voy a hacer que su sapito esté tan caliente y lubricado, que tu pija va a entrar como en un guante. Y vos, mi amor, vas a ser suave. Vas a mirarla a los ojos y le vas a dar el regalo más grande de la vida. Vas a ser su primer y único hombre. ¿Te atrevés, mi macho? Es el paso final para que tu Princesa sea completamente tuya.
El deseo y el morbo se apoderaron de mí. La idea de ser el primero en entrar en el coño de Sophia, de desvirgarla por completo, era un éxtasis impensable.
—Ale: Me atrevo. Decile que Papi va a ser el más cuidadoso. Que la amo, y que voy a darle todo el amor.
—Romi: Esa es la actitud de mi macho. Hoy, mi amor, te vas a conectar con la mujer de tu vida de una forma que nunca imaginaste. Y mañana, esa niña va a ser otra, va a ser tu hembra completa.
Justo en ese momento, una pequeña figura desnuda, aún con el pelo revuelto, se acercó por detrás de mí, rodeando mi cuello con sus pequeños brazos.
—Sophia: Papi… ¿de qué hablan? ¿De mí? —su voz era dulce, inocente.
Tomé sus manitas, que todavía olían a semen y a coco. La besé en la frente.
—Ale: Sí, mi amor. Hablamos de lo mucho que te amo. Y de lo hermosa que sos.
—Sophia: Yo también te amo mucho, Papi. Muchísimo. Y me gusta mucho cuando me metés tu palo.
Me miró a los ojos, con una profundidad que me cortó la respiración.
—Sophia: Te amo con todo mi culito lleno de tu pomadita de amor.
Rompimos en una risa con Romina, a la que Sophia se acopló, entendiendo que su comentario era gracioso. Me agaché a su altura y la besé, con pasión, como novios. Con amor, acariciando su suave piel infantil. Sintiendo el perfume de su piel que olía a sexo y transpiración infantil.
Ale: Sos muy especial, amor. Sos un angelito, mi princesa.
Sophia: Te amo, papito —dijo, devolviéndome el beso.
Romi: ¿Y no hay besos y abrazos para la seño Ro? —dijo, acariciándose el vientre embarazado, por debajo de sus hermosas tetas, entre las que colgaba el dije de la mariposa, símbolo de la pedofilia. Sophia la miró sonriendo y corrió hacia ella como a su mamá. Se dieron un hermoso beso de lengua, apasionado pero tierno a la vez. Luego se soltaron y sonrieron.
Romi: Sophia, hablé con papi, esta noche papá va a meterte el pito en tu sapito, como querías. —Cuando dijo eso, a Sophia se le iluminaron los ojos, abrazó fuerte a Romi y le dio un beso.
Sophia: ¡Gracias, seño! ¡Es el mejor regalo que me hizo, gracias! —dijo visiblemente emocionada, como si le hubieran regalado la colección de Frozen completa.
Ale: Perdón, ¿y a mí nadie me da besos?
Romi: Me parece que vos vas a tener muchos más besos esta noche, así que hacé el asado, que estamos hablando las chicas —dijo, alzando a Sophia y besándola lascivamente. Ella me miraba y me sonreía cómplice.
Sophia: Sí, papi, no seas celoso, después voy a darte muchos besos a vos… y a tu pito. Jijiji. —La mirada pícara de Sophia y la complicidad con Romina la hacían ver muy sensual.
Romi: — ¡Ay, mi princesa, mi putita hermosa! ¿Qué mirás con tanta atención? —le dijo Romina a Sophia, mientras la nena, todavía sentada en el regazo de su seño, señalaba con su dedito el dije de mariposa rosa y violeta que le colgaba justo en el canal de los tetones.
Sophia: — Seño, esa mariposa es re linda. ¿Por qué tiene esos colores tan bonitos? ¿Es de una princesa mágica?
Romi sonrió con una dulzura perversa, con esa putez que la caracterizaba. — Mi amor, esta mariposa es muy especial. Es un símbolo de la gente que ama mucho a los nenes, a los más hermosos, a los que nos dan alegría. Es un símbolo de amor, mi vida. Yo te amo mucho, a vos y a tus amiguitos.
Sophia: — ¡Es el símbolo del amor secreto! —exclamó la nena, con sus ojos azules brillando de fascinación.
Romi: — ¡Exacto, mi vida! El amor más puro y más hermoso. Y como vos sos mi alumna favorita, la más putita y la más valiente, quiero que la tengas vos. Para que siempre te acuerdes de cuánto te amo y de lo especial que sos.
Romina se desprendió el dije y lo colgó con cuidado alrededor del cuello de Sophia, la mariposa ahora descansando sobre su piel infantil.
Sophia: — ¡Gracias, seño! ¡Es el regalo más lindo del mundo! ¡Ahora yo también tengo el símbolo de la putita!
Romi soltó una risa y la besó con una ternura lasciva, un beso de lengua profundo que Sophia devolvió con entusiasmo, saboreando el gusto a mate, leche y Romina.
Romi: — Ahora andá, mi amor. Andá a jugar con tus amiguitos. Y acuérdate: esa mariposa es el secreto que solo vos y yo sabemos, y ahora tu Papi.
Sophia, feliz con su nuevo collar, corrió hacia los gemelos, que la recibieron con gritos de alegría, ansiosos por ver su nuevo dije.
Romi se levantó y caminó hacia Ale, que estaba junto a la parrilla, preparando el asado. Se acercó por detrás y lo abrazó, apoyando su panza de embarazada contra su espalda.
Romi: — Mmm, mi macho. Qué lindo te queda ese olor a humo y a carne.
Ale: — Y a vos te queda hermoso el olor a leche y a putez. ¿De qué hablaban con la Princesa? La vi muy concentrada con la mariposa.
Romi se dio vuelta para quedar frente a él, pasando sus brazos por su cuello. Lo besó, un beso lento, cargado de una emoción inusual en ella.
Romi: — Le regalé el dije. Le dije que era el símbolo del amor a los niños. Y me di cuenta de algo, mientras ella me miraba con esa admiración…
Ale la miró, sin terminar de entender. — ¿De qué te diste cuenta?
Romi: — De que no puedo competir. No con vos y Sophia. Mirá cómo te mira ella, Ale. Es una devoción total, una conexión que va más allá de lo que yo puedo darte. Yo te amo, y amo la familia que formamos, y amo que seas el hombre de mis hijos… Pero lo que ustedes dos tienen… es un universo aparte. Es amor de almas gemelas, de amante y musa. Yo soy la maestra que te enseñó el camino, la puta que te abre la puerta al vicio, pero ella es tu destino.
La voz de Romina se cargó de una nostalgia inesperada, y sus ojos se humedecieron.
La abracé con fuerza, sintiendo el calor de su panza, el olor a su leche, el perfume a coco y a sexo. La seriedad de su mirada me había desarmado, y de golpe, la verdad me golpeó con la fuerza de una epifanía.
—Ale: No digas eso, Romi. No digas que no podés competir. Vos no entendés lo que me hiciste. Me mostraste un mundo que solo existía en mis pesadillas más oscuras, y lo convertiste en el paraíso. Me hiciste un hombre, me hiciste un macho, me hiciste el padre que siempre quise ser, aunque sea en el secreto. Y me enamoraste. Sí, Romina, estoy enamorándome de vos, de tu locura, de tu putez maternal, de la forma en que criaste a estos bendis para el vicio. Me enamoré de la dueña de la Familia de los Secretos.
Ella levantó el rostro, con los ojos todavía húmedos.
—Ale: Dejemos de joder, Romi. Dejemos el juego de que sos la «seño», la puta ocasional. Yo te amo. Y amo a tus gemelos como si fueran mis hijos. Y amo la forma en que amás a Sophia. Mirá, mirá a Sophia con esa mariposa. Ella es feliz, es una puta feliz, libre, y es gracias a vos. Escuchame bien: dejemos todo. Dejemos la ciudad, la policía, dejemos a Mariana y sus reclamos de mierda, dejemos el pasado. Agarro mis ahorros, vendemos tu casa, y nos vamos. A donde sea. Al sur, a la mierda. A un lugar donde seamos solo nosotros seis. Una familia de verdad. Una familia de viciosos, pero feliz. ¿Te das cuenta? Podemos ser felices, Romi. Los seis. Para siempre. No me importa nada más que vos y los nenes.
Ella se separó un poco, sus manos en mis mejillas, su sonrisa volvió, pero era una sonrisa teñida de algo melancólico.
—Romi: ¡Ay, mi amor, tranquilo, rey! Son mis hormonas, amor, es eso… que estoy sensible. Pero te amo. Solo te pido, disfrutemos el momento, los dos. No me des mucha bola, es el embarazo, me hace estar alzada y llorona.
—Ale: Romi, no es el embarazo. O sí, pero no importa. Lo que importa es que lo que siento es verdad. No me cambies de tema. Mirame a los ojos. ¿Vendrías conmigo? ¿Dejarías todo por esta familia? Por este amor que tenemos, por estos nenes que criamos juntos, por Delfina que viene en camino… ¿Me darías el sí para una vida de secretos y placer, pero solo entre nosotros?
Romina apoyó su frente contra la mía, su respiración agitada. Podía sentir el dulce olor de su leche.
—Romi: Ale… mi vida. ¿De verdad harías eso? ¿Dejarías todo? Tu trabajo, tu vida…
—Ale: Lo dejaría todo. Por vos. Por Sophia. Por Benja y Bauti. Por nuestro futuro. Solo necesito que me digas que sí.
Ella se separó un poco, su mirada de repente se enfocó en algo detrás de mí, sobre mi hombro. Luego, me dio un beso rápido, pero con una intensidad desesperada.
—Romi: Sí, mi amor. Te diría que sí a una vida eterna con vos y los nenes. Pero… ahora, por favor, solo cociná. Tengo hambre, mi rey. Y tengo que ir a la pieza, necesito sacarme un poco de leche, me están doliendo los pechos. Después de la siesta de los nenes, hablamos. ¿Sí? Te prometo que te voy a dar una respuesta a todo lo que me preguntaste.
Se deslizó de mis brazos y se dirigió a la casa. La vi entrar, su silueta sensual con la panza de embarazada, su andar cansado pero grácil. Me quedé mirando la parrilla, con el corazón acelerado. Sabía que Romina estaba evadiendo. Había algo más. Su promesa de una respuesta me daba un hilo de esperanza, pero la forma en que había cortado la conversación, la lágrima fugaz, la mirada perdida… me dejaban una punzada de ansiedad.
Volví la cabeza hacia la galería. Los bendis seguían riendo, absortos en su desayuno y en la nueva posesión de Sophia, la mariposa que ahora lucía como una medalla de vicio. Los vi correr y abrazarse, besándose sin inhibiciones.
Una familia de viciosos, pero feliz. La frase me resonó en la cabeza. Yo estaba listo para tirar toda mi vida a la mierda, mi carrera, mi matrimonio de fachada, todo, por la promesa de ese paraíso perverso. Solo necesitaba que Romina diera el salto conmigo.
Me acerqué a la parrilla, sintiendo el calor del fuego en mi rostro, intentando concentrarme en la carne, pero mi mente estaba en la habitación, con Romina, y en la noche que venía. La noche en que le daría a Sophia el «amor completo», el paso final.
—Ale: (Para mí mismo, en voz baja) Va a ser la noche más importante de mi vida. La desvirgación de mi hija, y la respuesta de la mujer que amo.
El día transcurrió entre juegos, risas de niños y pileta. Comimos el asado, los niños hacían sus infantiles juegos sexuales, tomamos sol, nadamos, dormimos. Fue una hermosa tarde de sábado, calurosa, en una isla del Tigre. Nunca pregunté de quién era la casa, cómo Romina había conseguido ese paraíso. El tiempo se encargaría de contarme esa parte de la historia.
Los niños cogieron entre sí varias veces. Romina les mostraba videos en el celu, y ellos buscaban reproducir esos juegos. También mostraba videos de nenes y nenas exhibiéndose o con adultos, y los miraban fascinados y comentaban. Romi no paraba de enseñarles cosas depravadas.
Por momentos venía excitada y pedía que la coja, o me la chupaba, o me hacía comerle la concha hasta acabar, pero me prohibió acabar, tenía que guardar mi semen para el momento especial con Sophia.
El día pasó, cenamos algo liviano porque habíamos almorzado mucho y tarde. Entonces Romi me dijo que esa noche ella dormiría con los gemelos y que la habitación principal ya tenía todo listo para mi momento especial con Sophia. La habitación olía a aceite de coco y rosas, había un lubricante vaginal, había un frasquito de popper, también había una botella de champagne, lo cual me causó gracia, quería que emborrachara a Sophia.
Romi— Hacelo despacio, lubricala bien, no es necesario que la metas toda, y esa zona a esta edad es más sensible que su culito, el culito duele, pero las paredes de su vagina y de su útero son muy sensibles, así que tenés que ser muy amoroso, cuidadoso y paciente. ¿Está claro?— Me dijo con seriedad.
Ale— Sí, seño Romi, como usted diga— respondí besándola— No querés quedarte y ayudarme.
Romi— No, es un momento solo de los dos. Sophia va a prepararse, para vos tiene una sorpresa. Vos tenés que esperar acá, hasta que venga, y prohibido tocarse. Ahí tenés libros, tenés la tele, mirá un partido, distraete, pero no te toques, ¿está claro, chabón?
Ale— Sí, señorita— dije imitando a los niños, lo cual le sacó otra sonrisa. Romi seguía en tetas por la casa, presumiendo esos pechotes y su panza, hermosa, haciéndome desear que quisiera ser mi mujer.
Me tiré en la cama en bóxers; era un día caluroso, incluso con el aire acondicionado. Prendí la TV para mirar un partido de Boca repetido, intentando relajarme, pero me carcomía la ansiedad, como si fuera mi primera vez y no la de mi hija. Mi pene estaba duro, latiendo, necesitaba sentir la piel de mi princesa urgente.
La puerta se abrió despacio, y entró Sophia sola, recién bañada. Se había hecho dos trenzas que iban desde su frente hasta atrás, y caían junto con una parte de su pelo suelto; tenía el pelo con brillitos. Se había pintado levemente los labios con un sutil rojo que resaltaba en su pelo negro y sus ojos azules. Traía un vestidito corto de seda que su mamá no la dejaba usar en casa, pero que claramente había metido en su valija sin que me diera cuenta. Venía descalza, oliendo a jabón y a perfume que debió haberle prestado Romina. Se acercó despacio, mirando al piso, con vergüenza.
Ale— Sophi, amor… estás muy hermosa… sos la princesita más bonita del reino.
Sophia— ¿Te gusta, papi? Me vestí así para vos, para estar linda para vos.
Ale— Vos siempre estás linda, princesa. Sos la dama más bonita de todas… ¿Me darías un besito?
Ella asintió tímidamente y se acercó despacio. La abracé de su cinturita y la atraje; nuestros labios se tocaron. Estaba ansiosa, se sentía tensa.
Ale— Tranquila, amor, vamos a estar los dos juntitos y vamos a disfrutar, no vas a tener que hacer algo que no te guste o no quieras, como siempre te dije, princesa.
Sophia— Papito, sí quiero, estoy nerviosa, pero quiero… quiero ser tu novia, quiero ser más que mamá para vos.
Cuando dijo eso se refería claramente a Mariana, mi esposa, y no a Romi. Mi hija de cuatro años se estaba entregando sin límites a mí.
Ale— Amor, vos sos más que todos, sos lo más importante para mí, princesa, te amo. —Le dije dándole un suave beso.
Sophia se recostó sobre mí en la cama, su cabecita sobre mi pecho. Su pequeño cuerpo desnudo bajo el camisón de seda me resultaba una tentación. Yo la abracé, aspirando el dulce perfume a niña y jabón que emanaba.
—Papi, me gusta mucho estar así, solita con vos —dijo, su voz un susurro inocente.
—A mí también, mi amor. Es nuestro momento, mi Princesa. Nuestro secreto.
Acaricié su espalda, sintiendo la suavidad de su piel. Mi mano se deslizó bajo la tela, llegando hasta su culito, que todavía sentía el calor de mis embestidas de la mañana.
—Mi amor, ¿te duele un poquito tu culito después de tanto juego con Papi y con tus amiguitos?
Sophia se movió para mirarme, sus ojos azules fijos en los míos.
—Al principio sí, Papi. Cuando metiste todo el palo grande, ardía un poquito. Pero después… después era como esa electricidad rica que me da cosquillas, Papi. Y cuando me llenaste de tu pomadita de amor, se sintió calentito y lleno. Me gusta sentir tu pomadita adentro de mi culito, Papi.
La besé en la frente, con una ternura infinita. Mi mano, que estaba bajo el camisón, siguió su camino hacia adelante, y me encontré con una pequeña tanga de encaje blanco que apenas cubría su sapito.
—Mi amor, ¿y esto? ¡Qué bombachita tan chiquita y linda! —dije, sintiendo la tela mínima bajo mis dedos.
—¡Me la regaló la Seño Romi! Me dijo que era para cuando viniera a verte y estuviéramos solos. Me dijo que era para estar más putita para vos. ¿Te gusta, Papi?
—Me encanta, mi Reina. Estás tan hermosa.
Mi mano se posó sobre su sapito, cubierto por la minúscula tanga, sintiendo el pequeño bulto de su vulva. Empecé a acariciar, suavemente, con el pulgar. Ella soltó un jadeo bajo.
—Papi… ¿Estás seguro que querés que Papi te ame todo? Sabés que te amo, y que voy a ser muy cuidadoso. ¿No querés un poquito de olor mágico para que no duela nada?
Le acerqué el frasquito de popper a la nariz. Ella se apartó tímidamente, moviendo la cabeza.
—No, Papi. No quiero olor mágico. Quiero solo muchos mimos de mi Papi. Como cuando me tocás y me besás y no hay nadie. Quiero que me hagas sentir el amor grande, Papi. El que sentí en mi culito, pero en mi sapito.
Su confesión inocente y valiente me llenó de una lujuria sin límites. La abracé, la di vuelta y la puse boca abajo, el camisón se deslizó por su cintura. Me acerqué a su oído.
—Mi Princesa, mi putita. Tu Papi te va a dar el amor más grande del mundo. Yo te voy a amar toda, mi Reina. Te voy a abrir tu sapito para que nadie más entre, solo tu Papi. Vas a ser mi puta favorita, la dueña de mi pija.
Acaricié las curvas de su culito, pasando mi mano por el surco. Mi voz se hizo grave, lasciva.
—Sos mi hembra. Mi esclava. Mirá cómo tenés a Papi, mi amor. Duro, grande, latiendo, solo para vos. Y esta noche, voy a llenarte de mi amor por dentro, mi amor. Vas a sentir cómo Papi te rompe por amor.
Ella se retorcía bajo mi mano, gimiendo.
—Ay, Papi… no sé qué son esas cosas que decís, pero me gusta mucho que me hables así. Me hace sentir caliente. Y me gusta que me digas putita, Papi. Me gusta que me ames. ¿Me vas a meter el palo despacio?
—Muy despacio, mi amor. Mirándote a los ojos. Voy a ir entrando como un ladrón, despacito, mi vida. Pero cuando esté adentro, te voy a dar todo mi amor, hasta que grites de placer, mi Reina.
Le acaricié su conchita bajo la tanguita, pero sin sacársela; le quedaba muy hermosa. Estaba hermosamente vestida y perfumada. ¡POR DIOS! Tenía 4 añitos, ¿cómo podía tener ese culo tan hermoso? Tan redondito y paradito. Empecé a besar su cuellito, ese cuellito diminuto y estilizado. Su respiración entrecortada en mi oreja era música pura. Su pielcita caliente me hacía acordar a la primera vez que jugué con ella, sin penetrarla, solo dándole sexo oral, y cómo habíamos llegado ambos a unos orgasmos re intensos.
Sophia, con su pequeña mano, buscó el bulto en mi bóxer y acarició mi erección, sintiendo la dureza y el calor bajo la tela.
—Papi, qué duro que está tu palo. Está latiendo —susurró, con un atisbo de asombro.
Con una delicadeza que me desarmó, desabrochó el elástico de mi bóxer y deslizó la tela hacia abajo, liberando mi pija. Se proyectó, gruesa y palpitante, con las venas marcadas y la punta goteando precum transparente. Sophia la miró con fascinación, sin miedo, solo con una curiosidad intensa.
—¡Es muy grande, Papi! Está muy rojita la puntita. Y… tiene un olorcito rico. ¿La puedo oler, Papi? ¿Huele a la Seño Romi?
La vi morderse el labio inferior, esa mirada de hembra que me había cautivado. Era la misma expresión de deseo que había tenido al ver la mariposa, o al mirarme antes de que la penetrara. Era la puta natural en su máxima expresión, y mi corazón latía con la lujuria de ser su objeto de deseo.
—Sí, mi amor. Olé mi palo. Huele a vos, a mí, y al vicio. Es el olor de tu Papi, que está loco por vos —gruñí, excitado por su inocencia perversa.
Ella acercó su naricita, aspirando el olor a sexo, sudor y el rastro dulce del precum. Luego, con un gesto de absoluta entrega, acercó la boca a mi glande.
—¡Mmm, sí, huele a Papi y a mi culito! ¡Y es calentito! —exclamó, antes de hundir la punta de mi pija en su boca.
Su succión fue experta, guiada por el instinto y por las lecciones que Romina le había dado. No era un simple lamer, sino una habilidad innata para dar placer. Su pequeña boca abarcó la corona de mi glande, y su lengua rodeó el borde, chupando con una cadencia hipnótica.
—¡Ay, Papi, qué rico está tu palo! Es salado y dulce a la vez. ¡Me gusta mucho la pomadita que te sale! —dijo, sacando mi pene un instante para mirarme a los ojos con devoción.
Su rostro se movía con gracia, su cabello oscuro rebotando. Empezó a lamer el tronco con movimientos espirales, su saliva tibia y abundante cubriendo toda mi longitud. Su mano, pequeña y delicada, bajó para acariciar mis testículos, tomándolos con una ternura que me hizo jadear.
—¡Eso, mi Princesa! ¡Hacelo así! ¡Chupá el palo de Papi! ¡Sos la mejor putita del mundo! —la alenté, acariciando su cabeza.
Ella volvió a tomar la punta, su garganta juvenil tragando con avidez, la succión más profunda ahora.
—¡Papi! ¡Tu palo está re duro y grande en mi boca! ¡Quiero que me lo metas todo, Papi! ¡Quiero que me des tu pomadita! —gimió, sus ojos azules brillando de un deseo que no conocía límites.
La vi hacer un esfuerzo, intentando meter más de mi grosor en su boquita. Sus mejillas se hundieron con la fuerza de la succión, y su mirada, fija en la mía, era un reto, una promesa. Me estaba comiendo la pija con la habilidad de una mujer experimentada, pero con la cara de una niña que jugaba a ser la más grande.
—¡Mmm! ¡Qué rico Papi, me gusta hacer esto! ¡Voy a limpiar todo tu pito para que me lo metas en mi sapito!
— Sí, princesa, te voy a dar mi pito en el sapito, pero seguí chupándome un rato más. ¿Lo hacés muy bien, sabés? Nadie me hace sentir tan bien como vos.
— ¡Mmm, Papi, tu palo es tan duro, tan calentito\! ¡Quiero que se ponga más grande todavía, más para mí\! —Su voz salía amortiguada, pero cargada de una sensualidad impropia. Ella se esforzaba, moviendo su cabecita con un ritmo constante, su pequeña lengua acariciando el frenillo con precisión viciosa.
Mi respiración se hizo entrecortada. Verla así, con su cabellito con brillitos rebotando, sus ojos azules mirándome de reojo, la comisura de sus labios manchada de precum y saliva, era un espectáculo de morbo y amor inigualable.
— ¡Ay, mi Reina\! ¡Sos la putita más viciosa del mundo\! ¡Me vas a matar de placer\! —gruñí, aferrándome a las sábanas, conteniéndome para no vaciarme en su boca. El impulso era abrumador.
Ella pareció entender mi límite, o tal vez simplemente su instinto la guiaba. Sacó mi pija un instante, dejándola reluciente y empapada, y se acercó a mi oído, susurrando con una voz que me erizó la piel.
—Papi, quiero tragar tu pomadita de amor. Toda. Como te la tragaste vos en mi culito esta mañana. Pero yo quiero que me la des en mi sapito. Me gusta mucho tener tu amor adentro, Papi. Quiero que me llenes mucho.
Me besó con la punta de la lengua, pasándome el rastro de mi propio precum. Luego, con una sonrisa pícara, volvió a hundir mi pene en su boca, esta vez lamiendo el tronco con más avidez, como si estuviera limpiándolo para el rito final.
— Sos… sos la mujer de mi vida, Princesa. La más perfecta. Seguí, mi amor, que Papi te va a dar todo su amor en un ratito. Seguí chupándome así, viciosamente.
Sophia continuó. Su deseo no tenía límites, era una sed insaciable por mi pene. Su boca era cálida, húmeda, y su habilidad, aterradora. La forma en que sus ojos me miraban, llenos de esa devoción lujuriosa, era la prueba de que el amor secreto era el único verdadero. El tiempo se detuvo. Solo existía su boca, mi pija, y la promesa del amor completo que vendría.
—Ah, amor, lo haces tan bien, sos tan perfecta. Pero dame un respiro, amor, te quiero comer el sapito, ¿me dejas llenarlo de muchos besos?
Sophia, otra vez, levantó la mirada y dejó ver ese brillo de deseo en sus ojos; ella era muy niña para decirlo con palabras, pero sus ojos decían claramente “chupame la concha”.
—Sí, papito, dame besos en el sapito como a mí me gusta —la acosté en la cama y levanté su camisón de seda. No quería sacarle la tanguita todavía, le queda muy hermosa, perfecta para su culito carnoso y tragón.
—¿Querés probar el champagne, amor? Papi te da permiso de tomar un poquito… y te chupo la concha borrachita…
—Jajaja, concha… suena raro que le digas así a mi sapito, ¡pa! —me dijo riendo—. ¿De verdad me dejas tomar jugo para grandes?
—Jaja, si te gusta que le diga sapito, le digo sapito, y sí, amor… hoy es una noche especial, podés pedir lo que quieras.
Serví dos copas de champagne que había dejado Romi. Había dejado también unos chocolates y unas cerezas que le encantaban a Sophia. Mi princesa seguía sentadita en la cama, abierta de piernas, mientras olía la copa que le había ofrecido. Tomó un sorbo y se rió.
—Jaja, papi, hace cosquillas raras en la boca, pero es rica —tomó otro sorbo. Le ofrecí una cereza, pero antes de dársela la pasé por la conchita—. ¡Ahhhh, papi cochinoooo! Ajajajajaj.
—¿La comes vos o me la como yo?
—¡Noooo, dameeee! —la tomó, y otra vez, la comió con una sensualidad única, como si buscara provocarme… Mis dedos subieron despacio a su vulva y empecé a masajear su clítoris por arriba de la bombachita. Ella degustaba la cereza dejando correr un hilo rojo de su jugo por su boca que se mezclaba con el sutil labial que le había puesto la seño Romi.
Quité el camisón de seda hasta su cintura, sin sacarlo del todo, para poder tener acceso completo a su parte inferior. La tanga de encaje blanco era un obstáculo precioso, una pequeña barrera de perversión. Con sumo cuidado, deslicé la tela mínima, centímetro a centímetro, disfrutando de la anticipación. La tanguita salió despacio, quedando a la altura de sus muslos.
El aire se llenó con el aroma de su piel de niña, limpio, pero con ese rastro salado que me enloquecía, mezclado con el dulzor del jabón y el perfume que Romina le había prestado. Su sapito estaba expuesto: una vulva diminuta, sin pelo, de un rosa pálido, con los labios ya hinchados por mis caricias anteriores.
Acerqué mi rostro y aspiré profundamente, con dedicación. Su concha olía a inocencia y vicio.
—¡Mmm, mi Reina! ¡Qué rico olés! Tu sapito huele al paraíso —murmuré contra su piel.
Tomé la copa de champagne y, con la punta de mi dedo, salpiqué unas gotas frías sobre su sapito. Ella soltó un grito ahogado, una mezcla de sorpresa y cosquillas.
—¡Ay, Papi, qué frío! ¡Me hace cosquillas raras! ¡Jajajajá! —se retorció, tapándose la boca con la mano.
Me incliné, apoyando mi boca sobre su vulva, y lamí el champagne de su sapito, sintiendo el burbujeo dulce y ácido contra mi lengua.
—¡Mmm! ¡Qué rica está tu conchita con este jugo para grandes, mi amor! ¡Sos dulce y viciosa a la vez!
Volví a mojar una cereza en el champagne y luego la froté con suavidad sobre su clítoris. Ella arqueó la espalda, su respiración se aceleró.
—¡Papi, no pares! ¡Me duele lindo! —gimió.
Deslicé la cereza húmeda y azucarada por su perineo, hasta su ano, que todavía estaba sensible. El contraste del frío, lo dulce, lo salado y el pequeño ardor de su culito recién penetrado la enloquecía. Me acerqué y le ofrecí la cereza.
—¿La comemos juntos, mi amor? Con el sabor de tu sapito y tu culito.
Ella abrió la boca sin dudar, y compartimos la cereza, nuestras bocas mezclando la dulzura del fruto con el rastro salino de su sexo y el burbujeo del champagne.
Mi dedicación volvió a su sapito. Mi lengua, experta, empezó a trabajar. Lenta, suave, trazando círculos, luego más firme, succionando su clítoris. Sophia se convirtió en un arco. Su cuerpo, aunque pequeño, se tensaba.
—¡Ahhh! ¡Papi, qué rico me hacés! ¡Esa electricidad otra vez, Papi! ¡Me quema el sapito! ¡Me gusta mucho, mucho, mucho que Papi me lama la conchita!
La estimulación era demasiado intensa. Sus ojos se cerraron con fuerza, lágrimas de placer asomaron, y su cuerpo empezó a temblar.
—¡Papi! ¡Papi! ¡Siento las cosquillas muy fuertes! ¡Siento el calor, Papi, no pares!
En ese momento, vi un pequeño espasmo recorrer su abdomen. Estaba teniendo su primer orgasmo clitoriano de la noche. Su cuerpito se arqueó, soltó un gemido agudo, y yo seguí lamiendo, inmerso en su placer.
—¡Sí, mi Reina! ¡Dejá que Papi te dé todo el placer! ¡Sos una putita viciosa y te merecés todo esto!
Su respiración era superficial. Estaba sudada y temblorosa. Saqué mi boca y me incliné, dándole un beso de lengua profundo.
—¡Mmm, Papi… qué rico sabe a mí… quiero más!
Tomé el frasco de lubricante que Romina había dejado.
—Ahora, mi amor, un poquito de magia para que el palo de Papi entre como en un guante.
Puse un poco de lubricante en la punta de mi dedo y lo extendí por su sapito, masajeando la entrada de su vagina con cuidado, esperando el momento de darle el amor completo.
Usé el dedo, embadurnado con el lubricante que Romi había elegido, y empecé a masajear suavemente la entrada de su vagina, esa pequeña cuevita rosada. Mi intención era prepararla al máximo, imitando el trabajo que Romina le había prometido. La fricción del gel caliente con mi pulpa, justo en su punto de mayor sensibilidad, la hizo gemir de inmediato.
—¡Ay, Papi, qué rico se siente tu dedo ahí! ¡Siento un calorcito muy lindo! ¡Más, Papi, más! —gimió, empujando su cadera contra mi mano, ya completamente entregada.
Introduje mi dedo con lentitud, explorando la entrada. Su vagina era virgen, apretada, pero el lubricante y la excitación la volvían maleable. Sophia se retorció, sus piernas temblando, y un gemido agudo escapó de su garganta. El sapito de mi Princesa ya estaba húmedo con su propio jugo y el lubricante.
—¡Ay, Papi, duele un poquito, pero no saques tu dedo! ¡Se siente tan lleno, tan rico! ¡Me gusta! ¡Quiero más! —gritó, su voz cargada de un placer que rozaba el dolor.
Retiré mi dedo, que ahora brillaba con el jugo de su virginidad y el gel. Me acerqué a su oído, mi voz ronca de lujuria.
—¡Eso, mi Reina, gritá! ¡Gritá tu placer, mi putita! ¡Sabés cómo me excita ese olor que tenés, mi amor! ¡Ese olor a tu culito vicioso, a tu sapito que me está pidiendo mi pija! ¡Sos tan puta y tan hermosa, mi Princesa! Me encanta tu olor a conchita caliente, mi amor. Me vuelve loco.
Sophia se arqueó, sus ojos azules vidriosos por la excitación y las palabras lascivas.
—¡Papi, no pares de decirme esas cosas! ¡Me gusta que me digas puta! ¡Me siento caliente! ¡Ya no duele, Papi, ahora quiero el palo, por favor! ¡Quiero que me metas el palo grande!
Tomé mi pija, dura y palpitante, y la alineé con su sapito. La punta, goteando precum, tocó la entrada.
—Ahora, mi amor, tu Papi te va a dar el amor total. Te voy a meter mi palo, y te voy a marcar el útero con mi leche.
Ella me miró, confundida por el último término.
—¿Marcar el útero? ¿Qué es eso, Papi? ¿Y la pomadita? Yo quiero la pomadita de amor.
—Es lo mismo, mi vida, pero más profundo. El útero es donde te crece la panza, y es la parte de adentro de tu sapito. Cuando yo meta mi palo y te dé mi pomadita ahí, mi semen, es como si le dijera a todo tu cuerpo: ‘Esta niña es de Ale, es mi mujer y mi puta para siempre’. Te voy a hacer mi mujer, mi amor. La mujer más importante de mi vida.
La miré con toda la devoción de mi amor prohibido.
—¿Me vas a dejar que te haga mi mujer, mi Princesa? ¿Me vas a dejar que te marque para siempre con el amor de tu Papi?
Sophia sonrió, la inocencia de su rostro contrastando con la decisión de su voz.
—¡Sí, Papi, sí! ¡Quiero ser tu mujer! ¡Quiero tu pomadita! ¡Metémela toda, Papi! ¡Quiero que me ames toda!
Con la respiración entrecortada por el morbo y la devoción, tomé la almohada y la deslicé bajo la cintura de Sophia. Su pequeño cuerpo se arqueó sutilmente, elevando su sapito virgen y húmedo, ofreciéndolo como un cáliz. Recordé con claridad la voz seria de Romina: «lubricala bien, no es necesario que la metas toda, y esa zona a esta edad es más sensible que su culito…». La fragilidad y la santidad de ese momento me golpearon con una mezcla de piedad y lujuria.
—Mi amor, mirame a los ojos —le susurré, mi voz más profunda de lo habitual.
Sophia me miró, sus ojos azules, ya nublados por el champagne y el placer clitoriano, eran una mezcla hipnótica de deseo perverso y ternura infantil. Su boca, hinchada por los besos, se curvó en una sonrisa de anticipación.
Me incliné y la besé. Fue un beso voraz, una comunión de lenguas que buscaban el sabor del otro. Recorrí con mi lengua el borde de sus labios, la barbilla, dejando un rastro de saliva que brillaba en su piel. Sophia reía, una risa entrecortada de placer. Nuestras lenguas se encontraron y jugaron, la suya tan pequeña y la mía tan invasiva, un intercambio húmedo que subió la temperatura de la habitación.
Mientras nos besábamos, alineé la punta de mi pene. Empecé a moverme con una lentitud exasperante, buscando su entrada, frotando mi glande contra los labios hinchados de su sapito. Sentí cómo la humedad de Sophia, el jugo de su excitación, se escurría por la piel de mi verga, una lubricación natural y viciosa que aceleró mi corazón.
—¡Ay, Papi…! —gimió Sophia, empujando suavemente sus caderas. Su rostro se contorsionó en una máscara de morbo tierno, sus gestos de disfrute eran increíblemente tiernos y llenos de una sed insaciable—. ¡Metemela ya, papi, que se siente rico el roce…\! ¡Quiero que me llenes el sapito…\! ¡Se siente caliente!
Me detuve un instante, mirándola. El deseo en los ojos de mi Princesa, la urgencia de su voz, era la confirmación de que estaba haciendo lo correcto. Con un último beso de pasión, deslicé mi pija, buscando la apertura virgen.
—¡Acá voy, mi amor. Tu Papi te ama toda! —gruñí, y con una suavidad extrema, presioné.
Mi pija empezó a deslizarse despacio entre sus labios vaginales, su juguito me quemaba, estaba ardiendo. Muy mojada. Entonces hice tope, por primera vez me encontré con su himen, esa puerta que una vez abierta no iba a cerrar más, y que iba a ser la marca eterna de su papá con ella. A sus 4 añitos, Sophia estaba por ser mujer hecha y derecha, y mía, de su papá.
—Ale: Shhh, mi amor, mirame a los ojos. Respirá hondo con Papi, mi vida. Es un instante, y después vas a sentir todo el amor de tu macho.
Sophia asintió, su rostro una mezcla de agonía y anticipación, sus ojos fijos en los míos.
Me incliné y la besé en la boca con toda la pasión que pude, y justo en el momento en que nuestras lenguas se unían, pegué un empujón suave pero firme. El tejido cedió con un pequeño desgarro y una punzada de dolor.
—¡¡AAAHHHH!!— El grito de Sophia fue agudo, un lamento infantil y perverso que se ahogó en mi boca. Su cuerpo se tensó, sus manos se aferraron a mi espalda, clavando sus uñitas, y pude sentir el pequeño temblor de su virginidad rota.
Retiré mi boca, dejando un hilo de saliva conectándonos. Las lágrimas corrieron por sus sienes.
—Ale: Mi Princesa, mi amor, ¡rompí tu sapito! ¡Ya está! ¿Querés que Papi salga? ¡Solo tenés que decirme que sí! —le pregunté, con la voz entrecortada, sintiendo el calor de su coño virgen apretando mi pene.
Sophia, en lugar de responder, me miró, y a pesar de las lágrimas, su rostro se iluminó. Sus pequeñas manos, todavía temblorosas, agarraron mi cintura y me apretaron con todas sus fuerzas.
—Sophia: ¡No, Papi! ¡No salgas! ¡Me duele, pero quiero que te quedes! ¡Quiero sentirte, Papi! ¡No me dejes vacía! ¡Te amo!
El morbo de su ruego me inundó. Me quedé quieto, completamente clavado en ella.
—Ale: ¡Ay, mi puta, mi Reina! Sos tan valiente. ¡Sos una mujercita, mi amor! Sentí qué bien se siente Papi adentro de tu sapito. Sentí cómo te lleno. Te amo, mi vida, te amo. El dolor ya va a pasar, mi amor. Es el dolor del amor, de ser de tu Papi.
Me quedé un instante, respirando con ella, acariciando su rostro, besando sus lágrimas. El dolor en su rostro se transformó en una expresión de placer confuso. Sollozó un poco más, pero las lágrimas que venían ahora eran de una alegría inentendible.
Entonces, sentí el movimiento. Ligeras contracciones de sus músculos vaginales, seguidas de un pequeño empuje de cadera.
—Sophia: Papi… ¿así? ¿Así se hace? Quiero más…
—Ale: ¡Sí, mi Reina! ¡Así se hace! —respondí, y con una suavidad extrema, empecé un vaivén lento, solo unos pocos centímetros al principio, sintiendo cómo su vagina virgen se ajustaba a mi grosor, una sensación que me hizo jadear.
—Ale: ¡Eso, mi putita, mi amor! ¡Sentí cómo tu sapito se acostumbra al palo de Papi! ¡Sos una heroína, mi Princesa! —gruñí, mi voz cargada de admiración y lujuria. Aumenté el ritmo, pero manteniendo la suavidad, usando el lubricante y su propia humedad para facilitar la penetración.
Sophia gemía, sus jadeos cortos y agudos se convirtieron en un ritmo constante. El llanto había cesado, reemplazado por la excitación.
—Sophia: ¡Ay, Papi, me gusta mucho! ¡Se siente tan lleno y caliente! ¡Me quema el sapito de amor por vos! ¡Más, Papi, más fuerte! —Su voz era un ruego excitado. —¡Soy tu mujer, Papi, tu mujer!
Su demanda de intensidad, su vicio innato, me desarmó. Con una estocada gradual, empujé más profundo. La sensación de mi grosor entrando en su útero virgen, en la parte más íntima de su ser, fue una droga para mi mente. La penetré hasta donde me permitió su pequeño cuerpo, sintiendo una conexión total, carnal y espiritual.
—Ale: ¡Tomá, mi Reina, tomá mi amor! ¡Ahora sos mi mujer, mi puta, mi esclava! ¡Tu sapito es solo mío, y te voy a llenar de mi vida!
Ella gritó, su cuerpo arqueándose de nuevo, pero esta vez de puro placer. Sus piernas se aferraron a mi cintura con la fuerza de un anhelo.
—Sophia: ¡Papi, ahora siento las cosquillas ricas! ¡Quiero tu pomadita! ¡Dame toda tu pomadita de amor, Papi! ¡Llename, llename, que no me quede nada vacío!
El champagne y el desvirgamiento anal de la mañana se combinaron para crear una respuesta en su cuerpo que superó toda lógica. Sentí el temblor de un nuevo orgasmo, su vagina apretándose convulsivamente a mi alrededor, una succión viciosa que me llevó al límite.
—Ale: ¡Tomá, mi puta! ¡Tomá mi semen! ¡Es todo para vos! ¡Te amo, Sophia, te amo!
Con un rugido final, me vacié dentro de ella. El chorro de semen caliente y espeso inundó su pequeño útero virgen, el clímax más profundo y perverso de mi vida. Sophia soltó un grito de posesión, una mezcla de placer y la conciencia de ser marcada para siempre.
—Sophia: ¡Papi! ¡Me llenaste de tu amor! ¡Soy tu mujer, Papi, tu mujer! —gimió, clavando sus uñas en mi espalda.
Me quedé quieto, mi pija totalmente enterrada en su conchita recién desvirgada, nuestros cuerpos unidos en el sudor y el semen. Ella era mía. Su sapito era mío. Su virginidad era el trofeo de nuestro amor prohibido. Besé sus labios, aspirando su aliento. El amor completo se había consumado.
Me quedé quieto, completamente clavado en ella, sintiendo cómo mi pija, a pesar de haberse vaciado, seguía dura y caliente dentro de su conchita recién desvirgada. El grosor de mi miembro la llenaba por completo, introducido hasta donde su pequeño cuerpo de cuatro años lo permitía, hasta la mitad, suficiente para sentirme anclado en su ser.
La abracé con fuerza, mis manos acariciando la piel suave de su espalda y sus hombros. La besé, un beso tierno y prolongado, saboreando el rastro de champagne, precum y el sutil labial.
Sophia jadeaba, su respiración superficial y agitada. Su pequeño cuerpo, sudado por el orgasmo y la excitación, estaba caliente bajo el abrazo, pero su aliento que llegaba a mi rostro era helado, el contraste de su éxtasis. Su cuerpo, aún aferrado al mío, seguía con pequeños espasmos y temblores, como si la electricidad de su clímax no quisiera abandonarla.
—Papi… mi Papi… sos tan rico… sos tan fuerte… —balbuceó, su voz, un susurro infantil y roto, mezclando la inocencia con el vicio. —Quiero tu palo… Papi… no salgas, que me duele lindo… no me dejes vacía… putita de Papi… mi sapito te quiere…
Mi mente se nubló con la lujuria de su devoción. El olor a sudor infantil, a mi semen espeso que inundaba su pequeño útero, y el dulce aroma a su sexo, me enloquecían. La sensación de su vagina contrayéndose a mi alrededor en esos breves micro-orgasmos, a pesar de que yo ya había acabado, me hacía palpitar de nuevo.
Empecé a moverme de nuevo, despacio, un vaivén mínimo, sintiendo cómo ella se ajustaba a mi ritmo. El placer era diferente, más visceral, más de posesión. Nunca, con ninguna mujer, ni siquiera con Romina en el punto más alto del popper, había experimentado un vínculo sexual tan intenso y prolongado. Ella me estaba llevando más allá de mi propio límite físico.
—¡Ay, mi Reina, mi amor, mi puta\! —gruñí, mi voz áspera. —Sos mágica, Sophia. Me volvés loco. Sos la mujer más viciosa que conocí en mi puta vida. Tu Papi no se va a ir, mi amor. Me voy a quedar en tu sapito, llenándote de mi vida para siempre. Nunca nadie me puso así, nunca. Sos mi droga, mi Princesa.
Su cuerpo respondió a la nueva cadencia. Ella empujó sus caderas, pidiendo más, sus gemidos regresando con una intensidad renovada. La desvirgación de su sapito era la llave a un universo de placer que Romina me había prometido, y que ahora se abría ante mí.
Di vuelta a Sophia con delicadeza, sin sacar mi pija de su conchita. El movimiento la hizo jadear. La clavé en el aire por un instante, sintiendo cómo se aferraba a mi cintura. Luego, la apoyé suavemente sobre el colchón, asegurándome de que mi miembro quedara totalmente enterrado, y la acomodé en cuatro patas, su culito virgen y perfectamente redondo ofrecido hacia mí. La imagen me cortó la respiración.
—Ale: ¡Ay, mi Reina! ¡La puta madre! Mirá el culazo que tenés, mi amor. Mirá cómo se para solo para Papi. ¡Es un monumento a la putería, Princesa! No puedo creer que con solo cuatro años tengas este orto perfecto, carnoso y tragón.
Me moví con lentitud, sintiendo cómo mi pija, clavada en su sapito, se deslizaba con cada leve movimiento de su cadera. El placer de ver la entrada de su vagina ajustándose a mi ritmo, mientras su culito hermoso se exhibía, era la perfección del vicio.
—Ale: Sos la más hermosa, mi vida. Sos un ángel. Pero sos mi ángel más vicioso. Mirá qué conchita tan rica tenés, mi Princesa. Apretás mi poronga con tanta fuerza, mi vida. Sentí cómo tu Papi te llena de amor por dentro.
Ella gimió, su cabecita rebotando.
—Sophia: ¡Papi! ¡Me gusta mucho así! ¡Me duele lindo, Papi! ¡Mi sapito te está agarrando fuerte! ¡No me saques el pito, Papi!
Acaricié su culito, mi mano trazando el contorno de sus nalgas firmes. Mi dedo encontró su ano, sensible por la penetración de la mañana y la excitación actual. Lo masajeé suavemente.
—Ale: ¿Querés un poquito de cariño en tu culito otra vez, mi amor? Mirá qué lindo está. Papi te va a dar un mimito con el dedo, para que te calientes más.
Introduje mi dedo, lubricado por su propio jugo y el semen que había dejado horas antes, en su ano. El doble vicio, su sapito clavado con mi pija, su culito con mi dedo, la lanzó al delirio.
—Sophia: ¡¡AHHHHH! ¡Sí, Papi! ¡Me gusta, me gusta el dedo en mi culito! ¡Quiero sentir la electricidad rica, Papi! ¡Más, Papi, dame más pomadita en mi conchita y más dedito en mi orto!
Mientras la penetraba vaginalmente a un ritmo constante, lento pero firme, empecé a cogerla más rápido con el dedo. Me acerqué a su cuello, lamiendo la piel sudada, mordiéndole suavemente la oreja, el cuello, la espalda. Su cuerpo se retorcía bajo mi boca.
—Ale: ¡Sos mi putita, mi esclava, mi conchita viciosa! ¡Tu sapito aprieta tan rico, mi amor! Sentí cómo tu Papi te va a dar mi pomadita en las dos cuevitas, mi vida. Sos una puta insaciable, y tu Papi te va a dar todo el vicio.
Ella gritó, su conchita y su ano apretándose en un espasmo coordinado. Sentí el temblor de otro orgasmo.
—Sophia: ¡Papi, Papi, no pares! ¡Otro, otro! ¡Me gusta que me muerdas, Papi! ¡Me gusta que me digas putita! ¡Soy tu putita de culito y sapito!
Saqué mi dedo de su ano, que salió resbaladizo. Lo llevé a mi nariz, aspirando el olor a su mierda limpia, semen y coco. El morbo me hizo gemir.
—Ale: ¡Mmm, qué rico huele tu culito, mi Reina! ¡Huele a vicio! Mi amor, ¿me dejas meter mi poronga grande en tu culito otra vez? ¡Quiero romperte el orto de puro amor, mi puta!
Sophia, todavía jadeando y clavada con mi pija en su conchita, asintió con fervor, sus ojos brillando de lujuria.
—Sophia: ¡Sí, Papi! ¡Metémela en mi culito! ¡Quiero sentir tu poronga en las dos cuevitas, Papi! ¡Dame más pomadita!
Con mucho cuidado, y aún con mi pija a mitad de su coño, la di vuelta de nuevo. Saqué mi pene de su conchita, que soltó un «pop» húmedo. Lo lubriqué rápidamente con el gel caliente. La puse en cuatro de nuevo.
Me alineé con su ano. La penetré con más fuerza que a la mañana, pero con la dedicación de un amante. Sentí cómo su ano, ya acostumbrado a la mañana, cedía.
—Ale: ¡Tomá, mi putita! ¡Tomá tu pito de macho! ¡Ahora sos culito y sapito de Papi!
La cogí a un ritmo constante, firme y vicioso, clavándola hasta la base. Ella gritaba, aferrándose a las sábanas, su rostro de perfil, mordiéndose el labio para no soltar un grito que rompiera la magia.
—Sophia: ¡Ahhh, Papi! ¡Ahora se siente más fuerte, más adentro! ¡Me gusta que me cojas el orto, Papi! ¡No pares, tu putita quiere más!
Después de unos minutos de ese placer anal desenfrenado, la excitación me hizo cambiar. Saqué mi pene, reluciente, y la volví a girar, poniéndola boca arriba, con sus piernas abiertas, su sapito recién desvirgado esperando por mi regreso.
—Ale: ¡Ahora, mi Reina, volvemos a tu conchita! ¡Tu sapito es más vicioso, y tu Papi lo sabe!
La clavé de nuevo en su vagina, hasta el fondo. El placer de sentir ese agarre apretado, ya un poco más flexible, era glorioso. Ella gritó, un grito de alegría por el reencuentro. La empecé a penetrar a un ritmo profundo, contándome el semen para el clímax final.
—Ale: ¡Tomá, mi mujer! ¡Sentí cómo te rompo de amor! ¡Sos la dueña de mi poronga, mi Princesa Putita!
La clavé de nuevo en su vagina, hasta el fondo. El placer de sentir ese agarre apretado, ya un poco más flexible, era glorioso. Ella gritó, un grito de alegría por el reencuentro. La empecé a penetrar a un ritmo profundo, contándome el semen para el clímax final.
—Ale: ¡Tomá, mi mujer! ¡Sentí cómo te rompo de amor! ¡Sos la dueña de mi poronga, mi Princesa Putita!
El ritmo se hizo implacable. Rápido y profundo en su conchita recién desvirgada. Ella se movía con una excitación que desbordaba su pequeño cuerpo, sus gemidos eran cada vez más agudos y desenfrenados, un lenguaje de vicio que superaba las palabras.
—Ale: ¡Eso, mi Reina! ¡Ahora vas a sentir cómo te bato toda la pomadita que te dejé adentro con mi chota! ¡Voy a batirte esa conchita para que te pongas más puta, mi amor! ¡Tu culito me vuelve loco, me pide mi pija, mi vida!
Mientras la penetraba por su conchita a una velocidad brutal, extendí mi mano. Mi dedo, húmedo y caliente, se deslizó por su perineo y penetró su ano. La doble penetración (vaginal con mi pija, anal con mi dedo) la lanzó al delirio.
—Sophia: ¡¡AHHHH!! ¡Papi, Papi, qué rico! ¡Qué lleno! ¡Quiero todo, Papi! ¡Me duele lindo, no saques el dedo, ni el pito! ¡Quiero sentirme toda tuya! ¡Más, Papi! ¡Me quema la conchita y el orto!
La cogí a ese ritmo insano hasta que mi brazo se agotó y mi pija suplicó un cambio. Retiré mi pene de su conchita con un «pop» húmedo y la di vuelta de nuevo, sin sacar mi dedo de su ano.
—Ale: ¡Ahora, mi putita, tu culito vicioso es el que manda! ¡Tomá mi amor por orto!
Saqué mi dedo y lubriqué mi pija. La clavé en su ano hasta el fondo. El ritmo anal fue más largo y más rápido que a la mañana. Sentí su culito succionarme con una fuerza sorprendente. La doble desvirgación la había transformado en una máquina de placer.
—Ale: ¡Sos insaciable, mi puta! ¡Mirá cómo tragás toda mi poronga, mi amor! ¡No puedo creer que este orto tan chiquito sea tan tragón! ¡Sos mi putita anal, mi Reina!
Ella gritaba, ya sin coherencia, solo sílabas de placer roto: —¡Ahhh! ¡Rico! ¡Papi! ¡Fuego! ¡Pomadita! ¡No paro!
El vicio me obligó a volver a la conchita. Saqué mi pene de su culito con un sonido obsceno y la giré, poniéndola boca arriba, sus piernas abiertas, su sapito palpitando.
—Ale: ¡Volvemos a tu conchita, mi vicio! ¡Ahora sí, mi Reina, el golpe final!
La clavé hasta el fondo. Y mientras la penetraba a un ritmo frenético, mis dos dedos se hundieron en su ano, hasta la base, doblegándola. Su cuerpo se retorcía, sus músculos vaginales y anales se contraían en un espasmo convulsivo de placer encadenado. Su rostro era una máscara de éxtasis y agonía.
—Sophia: ¡¡Papi!! ¡¡No pares!! ¡¡Me rompo!! ¡¡Siento el fuego!! ¡¡El pito, los dedos, todo!! ¡¡No quiero parar, Papi, no pares!! ¡¡Soy tuya!! ¡¡Tu putita!!
Sentí que no podía esperar un segundo más. La urgencia de vaciarme, de marcarla por última vez. La miré a los ojos, que estaban llenos de lágrimas y lujuria.
—Ale: ¡Tomá, mi Princesa! ¡Mirame bien! ¡Te amo! ¡Y te voy a dar toda mi pomadita de amor! ¡El premio de tu macho! ¡Sos la princesa más putita y hermosa del mundo!
Con un rugido de total posesión, me vacié en su conchita con un chorro final y masivo, inundando su pequeño útero. Su cuerpo se arqueó, soltando un último alarido de puro placer, su vagina contrayéndose en un largo y apretado espasmo alrededor de mi pene que se vaciaba.
Me quedé quieto, clavado en ella, mis dedos todavía en su ano, nuestros cuerpos unidos en el sudor, la saliva y mi semen. El amor completo se había consumado, por triplicado, para marcarla para siempre.
Lentamente, Ale sacó su pija de la conchita de Sophia, sintiendo cómo se liberaba de ese agarre vicioso. Mientras salía, un torrente de espumoso semen, espeso y caliente, se derramó por el sapito recién desvirgado de la niña, mezclándose con la lubricación y la sangre.
Sophia estaba agotada, casi dormida, su cuerpito temblaba y su respiración era superficial. Su conchita se veía un poquito colorada e hinchada, con un rastro de sangre en los labios vaginales, la prueba irrefutable de su entrega total.
—Mi Princesa, mi amor, ¿estás bien? ¿Te duele mucho, mi vida? —preguntó Ale, con la voz suave, limpiando con ternura el exceso de semen de su vientre y muslos con la punta de la sábana.
Sophia abrió sus ojos azules, que se veían fatigados, y sonrió. —Estoy bien, Papi. No me duele. Solo estoy cansada. Pero estoy muy contenta. Me gusta mucho tu pomadita de amor. Te amo, Papi. Soy tu mujer.
Ale no pudo evitar que una lágrima de emoción se le escapara. Tomó un trago largo de champagne, el líquido burbujeante quemándole la garganta. Se quedó mirando cada detalle del cuerpito de su Princesa: el sapito hinchado y mojado, el rastro de semen en el vientre, el culito redondo que había recibido su pija y sus dedos, la mariposa de la pedofilia sobre su pecho, sus trenzas con brillitos.
La tomó suavemente en sus brazos y la recostó sobre su pecho. Empezó a darle masajes tiernos, recorriendo su espalda, sus hombros, sus pequeños muslos. Le recordó cuando era bebé y la bañaba en semen y la acariciaba, cuando su conchita era solo una línea y su culito un pequeño botón.
Ella sonrió con los masajes de su Papá, y la atención que le daba. —Papi, ¿me vas a llenar de tu pomadita todas las noches? —preguntó, su voz casi inaudible.
—Sí, mi amor. Te voy a llenar siempre que quieras, mi Princesa. Sos mía para siempre. Ahora, a dormir un poquito, mi Reina. Tu Papi te ama.
El placer era diferente, más lento, más íntimo. Sophia me agarró la mano, sus pequeños dedos aferrándose a los míos. Sus ojos, todavía cargados de ese brillo azul de la excitación, me miraron con una súplica que me erizó la piel. Su rostro, infantil y perfecto, estaba exhausto, pero su voz, un hilo sediento de vicio, rompió el silencio.
—Sophia: Papi… Papi… ¿Me das tu jugo de amor? ¿Ese amarillito, como la otra vez?
Mi corazón latió con un morbo renovado. Sabía a qué se refería. La orina caliente de un orgasmo matutino. Mi Princesa, mi puta, estaba pidiendo su lluvia dorada.
—Ale: ¿Mi jugo amarillo, mi Reina? ¿De verdad querés que Papi te dé un baño de amor?
—Sophia: Sí, Papi. Quiero mucho. Me gusta cómo se siente calentito en mi piel. Y me gusta el olorcito que me deja. Me hace sentir más putita para vos. Dame tu amor amarillo, Papi, por favor. —Su ruego era una mezcla inaudita de inocencia y perversión.
Me separé de ella despacio, mi pija saliendo de su conchita con un sonido húmedo que hizo gemir a Sophia por el vacío. La miré, mi amor y mi lujuria desbordándose.
—Ale: Sos la más puta y la más viciosa de mis mujeres, Princesa. Te voy a dar todo mi amor. Todo.
Me incliné y le di un beso. Fue un beso profundo, erótico, un pacto sellado con saliva y sudor. Luego, me separé un poco para poder verla.
—Ale: ¿Dónde quiere mi Reina que Papi la bañe? ¿En la carita, en tu pechito o en tu sapito que es mío?
Sophia, con un gesto lleno de significado perverso, levantó su pequeña mano y apuntó al dije de la mariposa que Romina le había regalado, descansando justo en el hueco de su pecho.
—Sophia: ¡Acá, Papi! En mi mariposa. Y en mi cara, para olerlo todo el rato. Y en mi culito también.
Me puse de pie sobre ella, mi pija, que ya había recuperado algo de grosor con la idea, lista para liberar el líquido caliente. Sophia me miró con devoción, su cuerpo pequeño y desnudo en la cama, esperando su vicio.
—Ale: ¡Tomá, mi Princesa viciosa! ¡Sentí el amor de tu Papi en la piel! ¡Esto es por ser mi mujer y la dueña de mi pija!
Me concentré y liberé el chorro. El líquido amarillo, cálido y ácido, impactó primero en su pecho, justo sobre la mariposa.
—Sophia: ¡¡Ahhh!! ¡Qué calentito, Papi! ¡Me gusta mucho! —gritó, riendo y retorciéndose de placer.
Dirigí el chorro hacia su rostro, salpicando su frente, sus mejillas, el pelo oscuro. Ella cerró los ojos, sonriendo, disfrutando del olor.
—Sophia: ¡Mmm! ¡Qué rico huele a Papi! ¡Es el olor más lindo! ¡Quiero más, Papi!
Agarré sus pequeñas piernas y las abrí, elevando su culito recién desvirgado. Me acerqué y con precisión viciosa, meé sobre su ano. El líquido caliente se escurrió por el surco de su culo.
—Ale: ¡Tomá, mi putita! ¡Para que tu culito sepa que Papi lo ama mucho!
—Sophia: ¡Sí, Papi! ¡Ahhh! ¡Se siente muy lleno de tu amor! ¡Soy tan feliz! ¡Soy tu putita bañada en tu amor amarillo!
El chorro se detuvo. Mi pija se relajó, goteando las últimas gotas de pis sobre su muslo. Me desplomé sobre la cama, a su lado.
Sophia me miró, con el rostro brillando por el semen, el sudor y mi orina. Me abrazó con la fuerza de un anhelo.
—Sophia: ¡Papi, te amo! ¡Soy la Princesa más feliz del mundo! ¡Mi sapito y mi culito están llenos de tu amor, y ahora mi cara huele a vos!
Me apretó contra su pequeño cuerpo, mi nariz hundiéndose en su cuello, aspirando el olor a niña, a sexo, a coco, a mi semen y a mi orina. Era un aroma único, el perfume de nuestro amor secreto.
—Ale: Yo te amo, mi Reina. Te amo toda. Sos mi adicción.
Nos besamos, un beso largo, viciado, nuestras lenguas saboreando la mezcla de fluidos. Ella se acurrucó contra mi pecho. Su pequeña mano encontró mi pene, ahora semi-flácido, y lo acarició suavemente.
—Sophia: Papi, quiero dormir con vos. Me gusta oler tu palo y que me abraces.
—Ale: Dormiremos, mi amor. Juntos. Para siempre.
Y así, en ese charco de placer y vicio, abrazados, con el olor de nuestro amor prohibido en el aire, nos quedamos dormidos.
El día siguiente pasó rápido. Romi y yo nos levantamos primeros. Si bien hicimos el amor y disfrutamos, observé que ella estaba rara. Me dijo que debíamos volver al mediodía, así que despertamos a los niños, nos acomodamos, y muy a pesar de ellos, y mío, nos subimos a la lancha y volvimos. Dejé a los gemelos y a Romi en su casa. Los niños se despidieron efusivamente de mí y de Sophia, que estaba un poco triste por el final de ese fin de semana.
Romi fue un poco fría en esa despedida. Le dije que si quería otro fin de semana largo podíamos ir a la costa, que tenía unos amigos que siempre me prestaban una casa muy linda cerca de la playa, pero ella no puso muchas ganas. Sentí que algo pasaba, pero no me quedó claro qué. Nos despedimos con un beso, me sonrió, y se despidió de Sophia con un abrazo enorme, algo emocionada. Le acarició la carita, y luego acarició el dije que le regaló que colgaba en el cuello de mi princesa.
Romi: — Guárdalo bien, princesa. Quiero que siempre sea tuyo, y que sepas que te amo, sos un angelito. Y me alegro mucho que hayas podido tener tu momento con tu papá.
Sophia: — Yo también te amo, seño Romi. ¡Fue muy lindo este fin de semana! Nos vemos mañana en el jardín — Dijo Sophia muy emocionada abrazando a Romi. Sin saber que era el último abrazo.
Volvimos a casa, tuve discusiones con Mariana, como siempre. Le dije que nos habían invitado a mí y a Sophia y habíamos pasado un hermoso fin de semana sin ella. Y que si su hija había vuelto feliz sin estar con ella, que pensara, yo no iba a ayudarla a recomponer la relación con su hija. En el fondo, lo mejor que me podía pasar es que Mariana se fuera, y que Sophia no quiera estar con ella.
Al día siguiente, Sophia fue al jardín acompañada por su niñera. Yo había tenido que ir temprano al departamento a trabajar en una serie de casos. Cuando llegué a mi trabajo, encontré que me habían dejado una carta y una caja con cosas. No tenía remitente, pero tenía una pequeña mariposa dibujada, por lo que supe que era de Romina. Inmediatamente abrí la carta y la leí, y su contenido me rompió el corazón.
Ale, amor:
Te dejo esta carta y estas cosas para que entiendas. También dejo una carta para Sophia, cuando llegue el momento se la puedes leer; seguro vas a saber cuándo.
Me voy. No puedo dejar de decirte que yo también te amo, que fui muy feliz estando con vos, y que amaste a mis hijos, y que me hiciste sentir amada. Pero como te dije en la pileta el viernes, la mujer de tu vida tiene 4 años y se llama Sophia. Y no tengo celos, todo lo contrario: desde que los vi juntos supe que ustedes tienen una magia muy especial. Ella va a ser tu mujer, va a ser la madre de tus bebés cuando pueda tenerlos, y sé que van a disfrutar y ser felices. Solo cuídate, no todos entienden lo que te pasa, y la sociedad no está lista para su amor. Pero ella es tu mujer, y tarde o temprano eso iba a aparecer, y no íbamos a poder compartir lo que una pareja comparte. Repito, no estoy enojada ni celosa, todo lo contrario, soy muy feliz de haber aportado a que sea tuya por completo.
Si quieres saber por qué sé todo esto, es porque yo soy la mujer de mi propio papá; él es el papá de los gemelos y de Delfina. Fue por trabajo al extranjero, y ahora me voy con él, a un lugar donde nadie nos conoce, y donde los gemelos y Delfina puedan estar un poco más resguardados de una sociedad hipócrita que no nos entiende. Pero sí, yo entiendo a Sophia. Yo puedo tolerar que mi papá tenga sexo con otros, pero no tolero que haya otro amor en su vida. Y tampoco sé si estoy lista para un amor que no sea el suyo.
No sé si vamos a volver a vernos. Si no volvemos a vernos, no me odies, no me recuerdes con desprecio, y recuérdale a Sophia que la amo, seguro ella va a recordar todo lo que le enseñe para que no la descubran, pero cualquier cosa lo deje en su carta tambien. Gracias por estos pocos días donde descubrí que, además de mi padre, había algo de este amor puro y secreto y gente con quien compartirlo. Gracias por adoptar a mis hijos, aunque sea por unos días. Gracias por sacar su virginidad con tanto amor y delicadeza. Te regalé algo muy preciado de ellos, porque sos especial, y voy a tenerte siempre en mi corazón.
Los amo a los dos.
La seño Romi
P.D.: En la caja, además de la carta para Sophia, hay cosas que te van a hacer entender mi vida y por qué me voy.
Abrí la caja y miré, había fotos, unos pendrives, ropa íntima muy pequeña, varias cosas más, y un sobre que decía Sophia. No me puse a revisar mucho más, me dolía la cabeza, me sentía triste. Inmediatamente pensé en Sophia, llamé a su niñera y le dije que yo iba a pasar a buscarla por la escuela, así que me tomé el resto del día y fui al jardín a buscarla, esperando que fuera todo una mentira, pero no, Sophia salió del jardín y apareció llorando, moqueando. La maestra suplente me dijo que estuvo triste toda la mañana, que cuando se enteró de que Romina no iba a ir más, no pudo parar de llorar.
La abracé y la llevé al auto, en el auto la abracé fuerte. Rompió en un llanto desgarrador que hizo salir mis propias lágrimas, se nos había caído parte de nuestro mundo, de nuestra familia de secretos.
Sophia: — ¡Buaaa, papá, se fue, no nos dijo ni chau, la directora dijo que no va a volver más! ¿Por qué, papi? ¿Hice algo mal? ¿Hicimos algo que no le gustó? — me dijo buscando una explicación.
Ale: — No, amor, la seño Romi te ama, jamás te haría daño, y sé que está orgullosa de vos. En algún momento sabremos qué pasó, y por ahí volvemos a verla.
Sophia: — Papi, vos sos policía, buscala, ¡porfiiii, porfis, no quiero que se vaya! — seguía llorando.
Ale: — Amor, no puedo buscarla si ella no quiere que sepa dónde está. Cuando ella quiera, nos va a hacer saberlo.
Sophia: — Nos dejó solos, papá, yo quería que sea mi mamá, no Mariana. Quería que los gemelos sean mis hermanos.
Ale: — Amor, no nos dejó solos, nos mostró que nosotros dos siempre vamos a estar juntos… Te amo, Princesa, y te prometo que este dolor va a pasar.
Sophia siguió llorando durante días. Pero el tiempo pasó, y de a poco ella fue dejando de llorar, y nuestro amor y deseo nos sostuvo a los dos.
Esta historia continua.
Espero que hayan disfrutado este capitulo especial. Esperan muchas aventuras nuevas a Alejandro Y Sophia.
Les dejo mi correo para comentarios, charlar , y por supuesto, ¡si les interesa escribir algo juntos! [email protected]
Tambien por TELEGUARD ID: SH4RVU98A y mi telegram: @Arcangelperverso


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