LA CONFESION DEL PADRE JUAN
En la parroquia hubo cambio de párroco y cambiaron muchas cosas.
LA CONFESIÓN CON EL PADRE JUAN
Hacía dos semanas que estábamos sin cura en la parroquia, el párroco anterior ya era muy mayor y el Obispo le mandó descansar a la Residencia que tenían en la ciudad para los religiosos jubilados de su ministerio sacerdotal.
Para suplir la ausencia del cura anterior, su Eminencia Reverendísima destinó a nuestra Iglesia al Padre Juan, un cura joven que había estado en las misiones desde hacía unos dos años. El nuevo párroco era un hombre de unos 40 años, muy apuesto y varonil, que muy pronto sintonizó con sus feligreses.
Cuando yo me confesaba con Don Salvador, (así se llamaba el párroco anterior), confesaba mis pecados con un lenguaje muy simple, propio de la edad que yo tenía entonces. Así pues, cuando me masturbaba le decía al confesor: “Me acuso padre que he hecho cosas malas…”. Y yo intuía que él entendía perfectamente cuales eran mis faltas (o pecados), porque inmediatamente me imponía una penitencia y me daba la absolución.
Nada más llegar el nuevo párroco, la primera vez que me confesé le expuse mis faltas con la misma simplicidad que lo hacía con Don Salvador: “Me acuso padre que he hecho cosas malas…”. Pero el Padre Juan no parecía captar ese lenguaje y, la primera vez que me confesé con él me dijo:
-¿Qué quieres decir? ¿Qué significa hacer “cosas malas”?
Yo no sabía qué decir, pues con el anterior todo era muy sencillo, y ya estaba acostumbrado a la manera de hablar de sus feligreses…
Al verme algo apurado, el Padre Juan insistía:
-¿Cuáles son esas “cosas malas” que haces? ¿Has robado algo? ¿Has faltado a tus padres…?
-No…, no…; otras “cosas malas…”
Mi madurez, o mejor dicho, mi falta de ella, no alcanzaba a entender porqué este cura me lo ponía tan difícil… Finalmente le dije:
-Es que me toco el “pito” y me la meneo… y luego me corro…
-Ah…; era eso…!! Eso se llama masturbación…
Yo sabía perfectamente lo que era, pero aquella no era una palabra habitual para los adolescentes de la época. Los jóvenes decían: “hacerse una paja”, o simplemente, “meneársela”.
Pero el Padre Juan parecía bastante interesado en el asunto, aunque le quitó importancia al “pecado” y me citó en su apartamento para darme una charla sobre sexo.
A la hora prevista me presenté allí, convencido de que me esperaba un sermón como los que nos imponía el párroco anterior, y me dispuse a soportar un nuevo discurso de este curita.
-Hola, vienes muy puntual…
-Si, es que he acabado pronto los deberes…
-¿Quieres un refresco o algo de beber?
-No…, no… Estoy bien…
-Vamos, entra y ponte cómodo…
Me condujo a una salita pequeña donde había una mesa de camilla, un par de sofás y una televisión. Era verano y hacía calor, aunque había un ventilador que movía el aire caliente, pero algo aliviaba aquellos calores.
El Padre Juan llevaba unos pantalones cortos y una camiseta de tirantes. Hasta aquel día nunca le había visto tan “veraniego”, pero me gustó su aspecto. Se trataba de un joven muy atractivo, que no pasaba indiferente para nadie, ya fuera hombre o mujer. De hecho, en algunos corrillos de parroquianos, en el bar, en el súper…, alguien había hecho comentarios sobre los encantos de este nuevo cura.
El cura me insistió:
-¿De verdad no quieres tomar nada? ¿Una coca-cola o una limonada?
-Bueno, me tomaría una coca-cola…
El cura salió y regresó con una cerveza para él y una coca-cola para mí, sentándose a mi lado.
Bueno chaval, ¿quién te ha dicho que eso que tú haces son “cosas malas”?
-Don Salvador decía que esas cosas son pecado…, que no se debe uno tocar los genitales…
-Bueno, es que Don Salvador pertenece a la “antigua escuela”… Lo que es pecado es, matar…, robar., agredir., faltar el respeto a tus padres o a las personas mayores…, maltratar a un anciano… Esas cosas son pecados. Pero disfrutar con tu propio cuerpo, eso no es pecado, porque con eso no haces daño a nadie… Además, eso, como todo lo demás, ha sido creado Dios, y Dios no crea cosas malas…
Yo no salía de mi asombro; toda la vida había estado culpándome de algo que yo era inocente, y había tenido que venir este cura joven para sacarme de mi error.
Mientras que el cura hablaba, yo no podía evitar fijarme en la bragueta de su pantalón corto. Tenía la sensación de que, en algún momento podría asomar por allí un pene que yo imaginaba muy hermoso, con un precioso fresón sonrosado igualmente delicioso… O quizás que por el borde de su holgado pantalón corto, asomase la punta de su capullo… Todo esto era algo que yo no podía quitarme del pensamiento.
Sea como fuere, lo que estaba claro para mis cortas “entendederas” era que este cura no me había citado allí para juntos rezar el rosario. Ni tampoco para darme una charla sobre moral sexual; yo imaginaba, dentro de la inocencia propia de mi edad, que este cura quería “algo” conmigo. No acertaba a saber qué, pero estaba seguro de que, antes o después, se descubriría el misterio de aquella cita.
Entonces me dijo:
-¿Qué haces tú exactamente…?
En mi ingenuidad yo contesté:
-Pues, voy al colegio…, luego hago los deberes, y como en este tiempo no hay clase por las tardes, suelo dormir un rato la siesta…
-Bueno, yo me refiero a qué haces con tu cuerpo… Esas cosas que te confiesas y que tu pensabas que eran pecado…
-Ah…, eso…
-Si, eso exactamente…
-Pues, después de comer me acuesto. Me echo sobre mi cama, -semi-desnudo- con un ligero slip, y casi siempre veces me excito. El pene se me pone duro como una piedra y acabo por pajearme…
-Es que… ¿duermes solo?
-Si, yo tengo una habitación para mí sólo…
-Y.., ¿en que piensas cuando te excitas?
Joder; ahí me había pillado. Yo no quería decir que me gustaban los hombres, me daba mucha vergüenza, y este curita me estaba pasando el “scanner” por lo más profundo de mi ser… Así que me mantuve mucho, indeciso, sin saber qué contestar.
-Vamos; no te de vergüenza. Estás hablando con tu confesor…
Aquello me recordaba un programa de la televisión que se llamaba “Si lo se no vengo…”, pues el Padre Juan estaba hurgando entre los más bajos instintos de mi naturaleza humana, y yo me sentía un poco intimidado con aquel interrogatorio. Pero al mismo tiempo disfrutaba, en cierto modo, con un goce interior porque tenía la sensación de que aquella conversación acabaría de una forma muy placentera para mí. Yo empezaba a interesarme por la anatomía de mi confesor, pero no quería precipitar los acontecimientos y me hacía el inocente…
El Padre Juan insistía:
-La masturbación siempre estuvo muy mal vista por la Iglesia durante muchos años, y era conocida como, “el vicio solitario”, pero ahora las cosas han cambiado y lo verdaderamente importante es hacer el bien al prójimo, y qué mejor que empezar por uno mismo. ¿No te parece?
Yo no daba crédito a lo que escuchaba, y a medida que él hablaba, mi excitación iba en aumento. Acababa de descubrir que el sexo no era malo, sino todo lo contrario, y aquel descubrimiento personal me estaba liberando de unas ataduras que me impedían. Yo no dejaba de fijarme en su bragueta y tenía la sensación de que aquella zona de su pantalón aumentaba por momentos… Al mismo tiempo trataba de evitar que él notase mi propia excitación que ya, casi se hacía evidente.
Pero él seguía con su interrogatorio:
-Y ¿cómo lo haces, exactamente…?
Yo estuve tentado a sacarme la polla para mostrarle cómo lo hacía, pero me contuve. En el fondo me daba mucha vergüenza, yo era aún muy joven y él me doblaba ampliamente la edad. Así que se me ocurrió una solución intermedia; agarré el mando del televisor que estaba sobre la mesa de camilla, y comencé a simular una masturbación. Algo con lo que él parecía muy complacido… Pero el muy cabrón no se cortaba un pelo y me dijo:
-¿No sería más gráfico y real si lo hicieras con tu propia polla?
Bufff… ¡que vergüenza!; yo no sabía donde esconderme, pero me sentía muy complacido y al mismo tiempo liberado porque el cura me estaba dando toda clase de facilidades para comportarme libremente y como yo deseaba.
Así que, de pronto, me bajé la cremallera de la bragueta, bajé mis pantalones y empecé a sobarme la polla por encima del calzoncillo…
El cura hizo lo propio; se bajó los pantalones y el boxer, y comenzó a masturbarse exhibiendo descaradamente aquel enorme falo que escondía en su interior.
Entonces él me dijo:
-¿Quieres que pasemos a mi dormitorio?
-¿No vendrá nadie ahora? (pregunté).
-No, yo no espero a nadie, y no recibo a nadie si no está citado.
El me condujo a su dormitorio y allí nos desnudamos por completo, quedándonos tal como vinimos al mundo. Su excitación era enorme, pero la mía no le andaba a la zaga… Yo observaba cómo por el hoyito de su rico fresón rosado, se escapaba un hilito de magma pre-seminal, lo que demostraba que su excitación no tenía límites. Pero es que yo estaba igual…
Nos tumbamos en su cama y comenzó a hacerme una mamada bestial. Se tragaba mi polla como si fuese un pirulí, pero es que yo hacía lo mismo con él, y juntos montamos un riquísimo 69 inolvidable. Parecía como si a ambos nos fuera la vida en ello…
-¡Qué gustoooo…, qué gustoooo!, no paraba de gemir…
De pronto me dijo:
-Me gustaría follarte.
-¿Queeee…? ¡Eso si que no… padre cura…! Aún no ha nacido quien me haga eso, (le dije).
-¿Es que eres virgen?
-¡Pues si señor!, nadie me ha follado ni creo que lo hagan.
En ese tiempo yo era muy inocente y estaba convencido de que era imposible que una polla pudiera entrar en el culo. Y así se lo confesé al Padre Juan. Pero él me convenció de lo contrario, asegurándome que no me haría mucho daño… ¿Qué no me haría “mucho” daño? ¿Y cuánto daño era eso?. A mi me daba pánico el pensar que aquella polla tan grande pudiera entrarme por el ano, pero él insistía en que eso era cuestión de entrenamiento, maña y cuidado…
Yo no confiaba demasiado en aquellas teorías, porque jamás había visto una polla entrar por un culo. Había visto algunas películas pornográficas en casa de algún amigo, pero nunca de temática gay, (entonces se llamaba “homosexual” o simplemente “de maricones”, jajaja).
Pero el curita insistía:
-Déjame que te folle. Yo tengo una cremita especial que me traje de América, que produce una gran dilatación indolora y ni te vas a enterar… Es “milagrosa”, ya verás…
A partir de aquel momento la idea comenzó a parecerme menos incómoda, pero es que yo también deseaba estrenarme en la penetración, ya que nunca había follado a nadie, y le propuse hacer lo mismo con él. Al cura no le disgustó la proposición, pero me dijo que él lo haría primero para enseñarme a hacerlo yo con él.
Abrió la mesita de noche y sacó un tarrito con una crema especial. Recuerdo que el tarro era blanco y con grandes letras azules, pero años después quise comprarlo y nunca he vuelto a verlo. Hay muchos lubricantes en el mercado y en los “sex-shop”, pero ninguno es tan eficaz y placentero como el que tenía el curita este…
Me hizo poner boca abajo y con el culo en pompa, se untó con la crema los dedos índice y corazón, y comenzó con la labor de dilatación. Primero introdujo sin problema alguno el dedo corazón y comenzó un dulce masaje, lubricando cada pliegue de mi ojete. Cuando se suponía bien lubricado introdujo el dedo índice, y continuó con la dilatación. La sensación que yo tenía era, en parte molesta pero también bastante placentera, aunque aún quedaba camino por recorrer.
Cuando hubo dilatado lo suficiente con los dos primeros dedos, volvió a untarlos con la crema y entonces hizo el intento del tercer dedo; el dedo anular, formando como un triángulo con los tres dedos, presionando sobre mi esfínter hasta introducir los tres dedos. A mi me parecía increíble que aquellos tres grandes dedos pudieran estar dentro de mi ano, pero allí estaban, al tiempo que su polla se había puesto mas grande, si es que eso aún era posible.
Al pronto me hizo darme la vuelta, colocó mis piernas sobre sus hombros, se embadurnó su rico fresón con aquella extraña pócima milagrosa y comenzó a frotar suavemente por todo el contorno de mi agujerito, el cual había alcanzado una dilatación maravillosa sin apenas yo enterarme. Finalmente fue deslizando poco a poco su capullo por el interior de mi esfínter, con movimientos cada vez más profundos, que a pesar del dolor que yo sentía me producían un placer extraordinario.
Finalmente, en el último envite consiguió insertar totalmente su polla en mi culo, al tiempo que se me escapaba una exclamación de dolor. Pero era un dolor soportable; un dolor atenuado por una deliciosa sensación placentera, al sentir como se deslizaba dentro de mí aquel formidable falo que era casi como mi brazo.
Entonces comenzó un vertiginoso movimiento, mete-saca que a mi me volvió loco. Sus vaivenes me hacían estremecer, aunque mi polla había perdido su vigor. Pero era tal la sensación de placer que no me importaba nada. Solo una tímida percepción de complejo, por haber menguado tanto mi rabo como consecuencia de tener el nabo del curita dentro de mi.
Pero el Padre Juan era un semental de un gran aguante, y él seguía y seguía sus envites, al tiempo que manoseaba mis pechos y acercaba su boca hasta mi boca para meterme su lengua entre mis labios en busca de la mía… Todo aquello era completamente nuevo para mí, aunque él parecía muy experimentado. ¡Menuda sorpresa había llevado yo con el curita.!
En un momento determinado me dijo:
-¿Quieres que te corra a ti antes de correrme yo?
-No, -le dije-. Córrete tú primero y luego me corro yo…
Mi primera intención había sido follármelo yo a él después de que él me follara a mí. Pero ambos estábamos ya exhaustos y queríamos terminar. Aparte de que se nos había hecho un poco tarde y era muy arriesgado seguir con nuestros juegos hasta esa hora.
Pero enseguida rectifiqué y le dije:
-Menéamela mientras me sigues follando, y cuando te vayas a venir, entonces me das más fuerte para que me corra yo.
Cambiamos varias veces de postura sin que él sacara aquel rico falo de mis entrañas; ahora él arriba…, luego él abajo… Incluso hicimos una postura muy extraña que yo no podía ni imaginar… El me dijo que era del Kama-Sutra, (que yo no tenía ni idea de lo que me estaba contando en aquel momento). El caso es que la postura consistía en lo siguiente: Estando yo boca abajo y el sobre mi y con la polla dentro, él se giraba sobre si mismo y ambos quedábamos unidos por su polla dentro de mi… (como dos perritos follando). Y así, en aquella extraña posición, él siguió follándome y finalmente se corrió.
Luego me pidió que me sentara sobre él para que él me masturbara y que mi leche le cayese por el pecho y por la cara. Así lo hicimos y ambos sentimos un placer inenarrable que nunca olvidaré.
Luego nos limpiamos, nos vestimos y nos despedimos.
(Continuará)
Tu relato es bueno aunque un poco corto pero aun así logró pararmela rico j
Sigue escribiendo con curas y si se puede con nenes!! Execelente