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Fantasías / Parodias, Gays, Orgias

La Deuda del papá de Manuelito (Parte 1)

Manuelito es un niño de sólo 10 años de edad; el cual caminaba presuroso detrás de su padre….
Manuelito es un niño de sólo 10 años de edad; el cual caminaba presuroso detrás de su padre tratando de no perder el paso y quedar atrás. Manuelito es incluso pequeño para su corta edad, en cambio su papá es un hombre muy alto y corpulento, quien caminaba con amplias zancadas que dejaban relegado a su escuálido hijito. En una de esas el pequeñín alcanzó a su padre y lo agarró de la mano, sintiendo la transpiración y aspereza de aquella mano de hombre adulto. Este último no suele tomar de la mano a su niño, pero en esa ocasión no pareció molestarle, de hecho, con eso él aprovechó para hacer que su hijo caminara más rápido junto a él.

Ya había oscurecido del todo cuando finalmente ambos llegaron a su destino, al “Mercadito de Don Wong”; pero lo que extrañó a Manuelito es que no entraron por el frente, por la entrada principal, sino que rodearon el local y por un sucio callejón, que apestaba fuertemente a orina y a otros olores que el pequeño no reconocía, llegaron a una angosta y casi oculta puerta trasera. Su papá tocó varias veces, cada vez con más apremio, hasta que al fin el mismísimo señor Wong les abrió. Éste es un maduro asiático, bajo, algo gordo, de piel pálida y con escaso cabello, pero si con una barbita y largo bigote negro. Saludó al padre y cuando vio a Manuelito, casi esconderse tras las piernas de su progenitor, abrazando uno de sus muslos, el chino sonrió de oreja a oreja.

– Bien, bien. Veo que te decidiste y trajiste a tu linda criaturita. –Habló el dueño del local.

– Espero con esto quedemos saldados. –Le respondió el otro hombre.

– Claro, claro que sí. No tienes de que preocuparte. Yo me haré cargo de todo.

Entonces el joven padre se volteó y, agachándose para estar a la misma altura de su hijito, se dirigió a éste:

– Escúchame bien, hijo. Vas a tener que quedarte con don Wong por unos días. Y vas a tener que hacer todo lo que él te diga, no importa lo que sea, ¿has entendido?

 

El corazón de Manuelito empezó a latir más rápido dentro de su pechito, pues su nerviosismo había aumentado todavía más de lo que ya había estado todo ese tiempo, sospechando que algo malo sucedía. Sus ojitos verdes comenzaron a llenarse de lágrimas y su rostro pronto se quebró en llanto; rogándole a su papá que no lo dejara ahí y con auténtico miedo se lanzó a su progenitor, abrazándolo fuertemente por el cuello, con sus bracitos prensados para no querer soltarlo nunca. Su papá apestaba a ese intenso olor a macho sudado que el niñito ya estaba tan acostumbrado, pero sobre todo olía a alcohol.

– No pasa nada, hijo. –Y con su fuerza adulta separó fácilmente a su menudo niño– Sólo serán unos pocos días y vendré por ti. Te lo prometo.

Manuelito aún sollozaba y con sus puños se restregaba la carita, limpiándose las lágrimas que rodaban por sus mejillas rosadas y escurrían de su naricita de botón. El semblante de su padre era serio y decidido, que el pequeño se compuso un poco y se giró para ver al maduro asiático que tenía enfrente. Éste le sonreía con cierta bondad.

– Muy bien, con esto quedaremos saldados. –Dijo el joven papá al incorporarse y entregarle a su hijito en la mano al chino– Y me retiro de una vez por todas del negocio.

– De acuerdo. Y consideraré esto como pago total de la suma y los intereses –Le contestó todavía sonriéndose– Y descuida, tu criaturita la pasará muy bien y aprenderá mucho.

El desconcertado niño ahora estaba del otro lado de la puerta, viendo marcharse a su querido padre y como este lo abandonaba en ese extraño lugar. Luego el señor Wong cerró la puerta con varios llavines y seguros, y siempre de la mano llevó a Manuelito al interior del local.

 

Para sorpresa del crío la trastienda no era lo que él hubiera podido imaginar. Para empezar, el ambiente era húmedo y muy caliente, y era realmente grande, lleno de intrincados pasillos y multitud de puertas cerradas que lo hacían casi laberíntico, que Manuelito ya había perdido el rumbo por completo. Además, todo estaba casi en penumbras, iluminado apenas por unos focos de luz roja que hacían que todo el lugar se viera más tétrico para el pequeñín. Entonces el maduro chino finalmente entró con el infante a uno de esos múltiples cuartos, cerró la puerta tras de sí y después de todo ese recorrido en silencio se dirigió al niñito:

– Muy bien, ¿dime cómo te llamas, criaturita? –¿Le preguntó el hombre mientras lo veía de arriba abajo, casi como escaneándolo– ¿Y cuántos añitos tienes?

– Ma―Manuelito… Y―y tengo diez. –Respondió con un nudito en su garganta, lo que quebraba su dulce voz infantil, cabizbajo y mirando al piso de cemento gris, haciendo que su lacio cabello castaño en honguito cubriera su carita.

– Hmmm…eres una ternurita. Y con que diez años, ¿eh? Ya estás bastante grandecito. Acá los prefieren menores, pero igual servirás muy bien al ser nuevo. –Y el gordo asiático abrió un viejo armario y comenzó a esculcar dentro– Bien, bien. Quítate la ropa que llevas y te pones esta, creo que es de tu talla.

Obviamente el niño no reaccionó a esa orden, pues nunca antes un hombre adulto le había pedido eso. Pero cuando el señor Wong lo repitió en tono fuerte, el pequeño se asustó y nuevamente con lagrimitas en los ojos empezó a quitarse la ropa frente al chino; quien lo veía ahora con mirada inquisidora, como si revisara la mercancía nueva que llega a su mercado, como si se tratara de un cargamento de verduras frescas o un nuevo lote de carne. Manuelito se tapó sus partecitas con ambas manos al quedar desnudo, ruborizado y respirando casi entre sollozos; en lo que el hombre le apartó las manitos y así lo revisó completa y minuciosamente.

– Estás muy flaquito, pero aun así tienes muy bonito culo. –Le dijo y con una de sus grandes manos le estrujó una nalguita– Sería delicioso estrenarte, pero tengo unos clientes que atender. Mejor dicho, tú tienes que atender.

 

El comerciante hizo que el crío se pusiera un ajustado y muy corto short, casi cachetero, que apretaba y descubría las pálidas nalguitas del pequeñín, y al ser de lycra azul, por enfrente marcaba claramente el adorable bultito de aquellos tiernos genitales pubertos. Y en el torso, ahora Manuelito llevaba una camisola blanca de tirantitos, algo floja, que constantemente uno de los tirantes se deslizaba por su terso hombro y descubría su tetilla rosadita y respingada. De ahí, el maduro asiático le dio varias instrucciones simples al niño, explicándole que lo más importante era que él tenía que hacer todo lo que le pidieran, que tenía que obedecer a unos señores amigos de él, y que, si no lo hacía, su padre se enteraría y ambos estarían en graves problemas.

– ¿Y no quieres que tu querido papi vaya a la cárcel o sí? –Peguntó el manipulador de don Wong, en lo que con un pañuelo le limpiaba bien la carita a Manuelito.

– N―no. –Le contestó el niñito, el cual al menos estaba menos asustado y sólo un poco nervioso por lo incierto y extraño de esa situación en la que se encontraba; pero ya decidido a obedecer para poder ayudar a su papá.

– Así me gusta, ternurita. Entonces espero te portes muy bien para que tu papi esté muy contento.

Después de eso el gordo asiático volvió a agarrar por la manito al pequeño y lo dirigió por el laberinto de pasillos hasta una puerta rotulada con el número ‘11’, de la que se escuchaba música. El chino la abrió y casi que empujó dentro al apenado crío. Manuelito ahora estaba adentro de aquella reducida habitación, que al menos estaba bien alumbrada con luz blanca, lo que le permitió al niño ver mejor el interior.

 

Ese cuarto sólo tenía un largo sofá en forma de medialuna, con una mesita redonda en medio, baja y la cual se sostenía por el centro con un largo poste que iba del piso al techo. Y en el curvo sillón marrón había tres extraños.

– ¡Feliz cumpleaños, cabrón! –Exclamó el que se hallaba a la derecha, Nelson de 49 años. Un cubano alto, de piel morena oscura, quien llevaba puesto un jean roto y sucio de grasa de carro, y una camiseta blanca tan desgatada que se transparentaba y ceñía a su fornido torso, en especial en su definido pecho y en la marcada diferencia de sus hombros y abultados bíceps– Te preparamos un regalo muy especial.

– Eso veo…je, je… –Habló el del medio al ver al niñito parado frente a ellos. Él es Rubén de 52 años, un hombre de ascendencia italiana, robusto y con algo de panza, exageradamente velludo por todo el cuerpo, hasta en hombros y espalda, y por la desabotonada camisa cuadriculada que llevaba, Manuelito pudo ver asombrado la densa maraña de rizados pelos negros que afloraban de aquel pechote masculino.

– Ho―hola, me llamo Manuelito… –Se presentó el pequeñín recordando lo que el señor Wong le había dicho y que, si se portaba bien, su papá ya no estaría en problemas– Te―tengo diez años y―y vengo a jugar con ustedes…

– ¡Pero qué chiquillo tan lindo! –Dijo Rubén acariciándose el espeso bigote con una mano, mientras con la otra se apretaba el prominente bulto de la entrepierna en sus ajustados pantalones caqui.

– Sí, cabrón. Y pedí que fuera virgencito. –Agregó el cubano y se echó otro trago de la cerveza que traía en mano.

– Uff…son unos bandidos, pos me han dado el mejor regalo. –Y él también se acabó su cerveza de un trago– A ver chiquillo precioso, ven aquí cerquita y siéntate en mis piernas.

 

El tímido Manuelito inmediatamente obedeció y con pasos nerviosos se encaminó hasta donde estaba el robusto y velludo cumpleañero, y acto seguido se sentó en uno de sus macizos muslos, mientras con una manito se sostenía de la rodilla de aquel hombre y con la otra se tapaba avergonzado sus partecitas, pues él notaba como se le dibujaban claramente en aquel short de lycra azul.

– ¿Qué pasa chiquillo? No tengas pena. –Le aseguró Rubén con tono afable, pero con intenso aliento a alcohol, y al mismo tiempo que agarraba al crío por la angosta cinturita– ¡Qué adorable eres! Ya estás todo coloradito.

Y el hombre de mediana edad y aspecto tosco tomó con la otra mano al niño por la barbilla para verle bien la carita.

– Realmente eres muy bonito, nene. –Continuó el rudo italiano– ¿Te han dicho antes lo hermoso que eres?

El pobrecillo de Manuelito estaba desconcertado, pero un poco más calmado; puesto que aquellos extraños a pesar de verse intimidantes al ser tan grandes y varoniles, lo miraban con ternura. Así que el pequeñín sólo negó con un par de movimientos de su cabecita, haciendo oscilar simpáticamente su cabello castaño en honguito.

– Y tienes un culito muy rico a pesar de tu edad y lo flaquito que eres. –Agregó el peludo hombre; en lo que acercaba más a Manuelito, que éste ya tenía su cara muy cerca de aquella maraña de pelos del pecho; entonces Rubén movió su mano de la cinturita del crío a sus nalgas, empezando a estrujársela vigorosamente.

– Hasta parece una nenita. –Finalmente habló el tercer hombre, el que estaba sentado a la izquierda, que de hecho era el más joven de los tres. Óscar de 27 años, también de ascendencia italiana; sólo que delgado en comparación con los otros dos, y él también llevaba una camisa, pero totalmente desabrochada dejando ver su definido físico y sus pectorales adornados por unos cuantos vellos castaño oscuros, del mismo color de su cabello largo ondulado.

– Tienes razón. –Dijo Nelson y se acomodó la entrepierna, pues ya le empezaba a incomodar el ajustado jean.

 

Manuelito obviamente con 10 años no entendía nada de lo que pasaba o estaba por pasar; pero curiosamente estaba más tranquilo que antes, ya que el olor masculino que emanaba del pecho peludo de Rubén le recordaba al aroma de su propio padre. Incluso el manoseo efusivo del maduro en sus nalguitas y como éste ya hasta metía la mano debajo de la lycra y le hurgaba en la rajita, no le molestaba, sólo le resultaba raro, aunque a la misma vez le causaba un cosquilleo agradable; que abrazó al hombre y apoyó su carita contra aquella frondosa capa de vellos.

– Mire suegro, parece que le gustan sus pelos…ja, ja, ja… –Señaló Óscar riendo y se empinó su lata de cerveza.

– Sí, mi regalito es una dulzura completa. –Le respondió el padre de su esposa, sonriéndole con complicidad.

– Apuesto cabrón a que le recuerdas a su papi. –Dijo acertadamente Nelson del otro lado y se rio también.

– ¿Es eso cierto, nene? –Preguntó el maduro italiano dirigiéndose al niño que lo abrazaba, mientras él no paraba de acariciarlo y manosearlo todito– ¿Te gustan mis pelos porque te recuerdo a tu papi?

Manuelito siguió callado, pero si contestó con un movimiento afirmativo de su cabecita, ruborizándose más, y de ahí con una de sus manitos pasó sus dedos por aquellos rizados e intrincados pelos de pecho.

– ¡Eres absolutamente hermoso, nene! –Exclamó Rubén y tomó al niñito nuevamente por la barbilla, para levantar bien su carita y la llevó cerca de su tosco rostro, y sin más el hombre besó al pequeño justo en la boca.

Pero no fue un beso tierno, no, fue uno pasional y casi agresivo, como si el macho italiano besara a una mujer adulta. El cumpleañero celebraba comiéndole la boquita al pequeñín, haciéndosela abrir y metiéndole bien dentro su salivosa y carnosa lengua; dejando atónito al inocente infante, con las mejillas tan coloradas que éste las sentía tibias. Por puro instinto el niño le respondió al hombre saboreándole y chupándole la lengua. A este punto, el complacido Rubén continuaba besando y manoseando su regalito, que con una manota rozaba y estrujaba por debajo de la camisola las tetillas rosas del niñito y con la otra le agarraba sus genitales infantiles por sobre la lycra.

 

Por su parte, los otros dos hombres observaban en silencio, acomodándose las entrepiernas; ya que los tres machos estaban con notorias y embravecidas erecciones. Y asombrosamente no sólo ellos estaban duros. Cuando Rubén dejó de besar, mejor dicho, dejó de comerle la boquita a Manuelito, y usando sus dos grandes manos le bajó el ceñido y corto short, dejándolo semidesnudo en medio de los tres, aquellos hombres se maravillaron al ver que el niño de apenas 10 años tenía su pequeño penecito bien tieso y paradito.

– Parece que nuestro nenito es todo un putito. –Dijo Nelson y casi que se relamió los carnosos labios.

– ¡¿Huh?! ¡N―no! ¡Por favor eso no! –Protestó el confundido de Manuelito, sintiendo mucha vergüenza al quedar expuesto de esa manera y delante de esos adultos extraños.

– Ssshhh…tranquilo nene, no tienes por qué tener pena. –Le susurró Rubén al oído, al mismo tiempo que con una de sus ásperas manos le agarraba la pequeña y adorable erección– Sabemos que eres un putito ganoso como todos.

– Sí que lo es suegro, pos se puso durito cuando usted lo besó y le manoseó el culito. –Notó el joven Óscar– Es obvio que el muy putito se muere de ganas de jugar con nosotros y de que le hagamos de todo.

El apenado de Manuelito trató de taparse; pero ahora los hombres lo sujetaban de brazos y piernas, luego lo dejaron completamente desnudito boca arriba sobre el sofá y prosiguieron con manosearlo entre los tres.

– ¡No, alto! ¡Nnnghh~! Se…se siente raro… ¡Ahh~! –Balbuceaba el confundido pequeño entre gemidos, sintiendo esas numerosas manos toscas sobre todo su desnudo cuerpecito suave e infantil, y como esos tres machos lo rodeaban sin escapatoria y lo miraban con lujuria pura.

– Óiganlo como gime todo coloradito. –Señaló Óscar, mientras lo sujetaba por un bracito y con la otra mano le apretaba y retorcía las tetillas rosaditas– No entiende aún, pero igual se nota que le gusta…ja, ja, ja…

– Sí cabrón, todos los niños son putitos natos. –Agregó Nelson en lo que agarraba a Manuelito de una piernita y con su mano libre le acariciaba los huevitos, y de ahí le apretaba el penecito duro y le corría su terso prepucio.

– ¡Ohh~! ¡Ya no sigan, por favor! ¡Nnnghh~! ¡Ahh~! –El pobre niñito sentía su carita caliente, así como el resto de su cuerpo, que ya hasta comenzaba a transpirar y su confusión aumentaba por todas esas nuevas, pero realmente placenteras sensaciones.

– Tranquilo, nene. –Le volvió a susurrar al oído Rubén y de ahí se acercó para besarle la boca y meterle su lengua hasta la campanilla, silenciando aquellos sugestivos gemidos y adorables quejas infantiles.

 

El más joven de esos tres lascivos machos se agachó para alcanzar el pechito del pequeñín, y en lo que con una mano le estrujaba rudamente uno de ellos, dejándole la marca roja de la mano, le chupaba el pezón del otro pecho, jugando con su lengua en la dura puntita, para después mordérselo y continuar chupándoselo a gusto.

– Mmmm…sus tiernas tetillas están bien paraditas…Mmmm… –Dijo Óscar entre sonidos salivosos y de succión– Sí que es un putito ganoso, aunque diga que no, le gusta.

– Uff…sí, y tiene la piel tan cremosa y blanquita como leche. –Habló su suegro Rubén, luego de liberar la boquita del crío y soltarle dentro un espeso hilo de baba, que el niño tuvo que tragar; al mismo tiempo que le pasaba una de sus rugosas manos por el plano vientrecito– Sí que vamos a gozar de este lindo regalito.

– Y su suave verguita tiembla en lo que se la meneo. –Agregó el cubano, pues él era el que le corría el pellejito al pequeño, se lo bajaba y subía sin cesar, contemplado como ese minúsculo penecito se sacudía por el estímulo.

El musculoso moreno también se arrodilló y acomodó para meter su rostro en medio de los tersos muslos del niñito, para empezar así a pasar su lengua por toda esa entrepierna infantil. Le dio un par de chupadas al penecito de Manuelito, haciendo que éste gimiera sin control, luego descendió para mamarle de una los huevitos pálidos y de ahí alcanzar aquel hermoso anito lampiño, bien rosadito y cerrado. Nelson pasaba toda su salivosa lengua por esa rajita pueril y con la punta hacia presión para entrar por aquel esfínter virgen de 10 añitos.

– ¡¿Huh?! ¡¿Qué hacen?! ¡Ohh~! ¡N―no! ¡Nnnghh~! –Exclamaba le crío, forcejeando levemente y en vano, pues estaba a merced de esos machos libidinosos. Y no era porque le niño tuviera miedo, no, la verdad es que el pequeño Manuelito se sentía seguro con esos hombres; era simplemente que estaba abrumado por todo ese nuevo e intenso placer sexual que estaba experimentando y su mente infantil todavía no podía procesarlo.

 

Los tres seguían gozando de su inocente criaturita. El maduro italiano se turnaba con su joven yerno para besar al crío y lamerle todo el torso, y hasta le metían las lenguas por el lindo ombliguito; al tiempo en que el cubano ahora le metía uno de sus gruesos dedos negros adentro del esfínter al blanquito niño, hasta el fondo.

– ¡Ohh~! ¡Ya no, por favor! ¡Nnnghh~! ¡Aaahhh…! –Y Manuelito no pudo más y alcanzó su primer orgasmo a esa corta edad; puesto que aquel nudoso dedo índice había alcanzado su punto ‘G’ y el pequeñín estaba teniendo su primera eyaculación puberta, la que consistió simplemente de cuatro chorritos de agüita espesa y algo blanquecina, la cual cayó y se esparció por su pancita.

– ¡Wow~! ¡El putito ya hasta se corrió! –Dijo Óscar asombrado.

– Sí, se vino sólo con un dedo en el culito. –Le contestó Nelson al sacárselo y luego chuparlo.

– Que bonito regalo poder ver la primera corridita del chiquillo. –Agregó el velludo y robusto italiano, y dirigiéndose al pequeñín prosiguió– Pero ahora nene tienes que bailar para nosotros. Es mi cumpleaños después de todo.

Manuelito seguía muy confundido y estaba algo aturdido, su penecito estaba todavía durito y de este había salido un líquido extraño para él. Además, sentía la cabeza y la carita calientes, seguía muy ruborizado, y así desnudito y sudadito como estaba se levantó del sofá y con ayuda de los hombres se subió sobre la mesita redonda de madera, se agarró del tubo metálico y así quedó de pie frente a ellos.

– Así me gusta, nene. Ahora baila. Muévete y menea ese rico culito tuyo. –Le indicó Rubén, a la vez que se sacaba toda la ropa. Cosa que los otros dos también hicieron, quedando los tres desnudos sentados en el sillón marrón.

 

El crío por supuesto estaba súper avergonzado, pero aun así hizo caso y con la música del cuarto comenzó a bailar desnudito frente a aquellos machos, viendo como ellos tenían entre sus manos sus poderosas e impresionantes erecciones. El miembro viril del maduro italiano es muy cabezón y gordo, del mismo diámetro de las latas de cerveza regadas por la habitación, está todo rodeado por muchas venas resaltadas, al punto de verse grotesco, y además está cubierto en la base por muchos pelos negros rizados y tupidos. La verga de su yerno es lo opuesto, más larga pero delgada, es curva hacia abajo y un poco a la izquierda; pero sí es igualmente velluda, llena de pelos púbicos castaños oscuros. Y por su parte, la hombría del cubano es la más enorme, es oscura, dos tonos más que el resto de su piel, bien depilada lo que la hace ver aún más grande y gruesa, y es bien derecha y recia como un mazo fálico.

– ¡Eso, baila putito, baila! ¡Lo haces muy bien! –Lo vitoreaba Nelson, mientras masturbaba su colosal vergón.

– Sí, para ser su primera vez en esto lo hace demasiado bien…ja, ja, ja… –Señaló el joven italiano, también pajeándose al ver el sugerente e inusual espectáculo de un niño de 10 añitos bailando desnudo para tres hombres adultos– Por eso insisto que es un putito completo de nacimiento.

Manuelito continuaba apenadísimo, con sus mejillas bien rojas y los ojitos verdes lagrimosos, pero curiosamente su penecito seguía firme y soltaba gotitas sobre la mesa. El pequeño se ayudaba agarrándose del poste con ambas manitos y ahora de espalda a los hombres meneaba su colita de nalguitas redondas, usualmente pálidas, pero ahora estaba sonrosadas, y tan apretaditas y respingadas como un duraznito tierno para el disfrute de esos lujuriosos machos; los que no paraban de chiflarle y jalar sus deseosas y palpitantes vergas.

– Ahora nene, quiero que te separes lo más que puedas las nalguitas y te agaches para verte bien el culito delicioso de niño que tienes. –Le instruyó el cumpleañero, quien era su cliente meta y al que el crío tenía que obedecer más, tal y como le había advertido el señor Wong; así que el tímido niñito no los hizo esperar y obedeció. Con una manito en cada nalga se las separó bien, se hizo hacia adelante apoyándose en el tubo, y les enseñó su rajita lampiña, junto con su anito rosa ya algo abiertito.

 

Óscar, al ser el más joven e impetuoso, se puso de pie y agarró al pequeñín por el culo, le estrujó las nalgas con rudeza y le dio un fuerte par de nalgadas, dejando las marcas como parte del espectáculo para los otros dos, y después se chupó dos dedos, el índice y medio, y se los comenzó a introducir por el esfínter a Manuelito.

– ¡AY! –Gritó el pobre niño en protesta– ¡Agh~! ¡No, eso no! ¡Agh~! ¡Duele! ¡Nnnghh!

– Relájate putito, o te va a doler más. –Le aconsejó el semental italiano, al tiempo que soltaba un escupitajo en aquel anito infantil sin un tan sólo pelito y luego usó esa saliva para lubricar sus dedos y meterlos completos.

– Esto te va a distraer. –Dijo el suegro del joven, y de pie acercó su velluda y rolliza vergota a la carita del tierno crío, ahora de rodillas en la mesita– Vamos, nene. Abre la boquita y chúpamela toda.

El desconcertado Manuelito realmente no entendía lo que estaba pasando, ni que era lo que esos adultos querían y le estaban obligando a hacer; pero para no causarle problemas a su papá, él una vez más obedeció, aunque no comprendía nada el pobrecillo. Entonces, él simplemente abrió la boca y dejó que el hombre metiera en ella aquel grotesco falo, tan gordo que le cabía la punta con dificultad; pero aun así aquel macho aprovechó y con movimientos de su pelvis se puso a cogerle la carita a su pequeño regalito, metiéndole cada vez más verga.

– Y no te olvides de esta otra, putito. –Le reclamó el moreno fornido, en lo que se le acercaba por el otro lado ofreciéndole también su descomunal y oscuro vergón, del tamaño del brazo del escuálido niñito.

Manuelito con la carita colorada, lagrimas corriendo por sus mejillas, moqueando y con la boquita llena, se volteó y sorprendido vio de cerca ese otro enorme miembro masculino, y como del ojete colgaba un espeso hilo viscoso. Así que dejó de atorarse con la verga del maduro italiano y empezó a succionar lo que pudo de la del cubano, todo mientras el macho más joven seguía hurgándole con sus dedos el culito, en un constante y punzante ‘mete y saca’.

 

El inocente de Manuelito se sentía muy mortificado, pues a pesar de no comprender el trasfondo de todo lo que le estaba sucediendo, él sentía mucha vergüenza de estar así sin ropa y ver a esos hombres igual, desnudos y con sus asombrosos miembros viriles adultos, bien duros y venosos, llenos de pelos y con un olor tan fuerte que al niñito le causaba picor en su naricita. Aquellos machos le ordenaban meterse esos apéndices fálicos en su boquita y que los chupara, cosa que el niño sentía que no era correcto, pues sabía que de ahí salía la orina en los hombres, que eso era sucio y él no debía metérselas en la boca; pero también sabía que tenía que hacer lo que ellos le dijeran. Así que el pequeñín continuó haciéndoles caso cuando le pedían que usara su lengüita para lamérselas también, lamiéndolas desde los huevos peludos hasta las jugosas puntas, teniendo además que comerse la gran cantidad de jugos ligosos que no paraban de escurrirles de los recios glandes. El crío no sabía que eran esas secreciones ni porque esos machos lo hacían tragárselas. Al inicio a Manuelito no le gustó aquel extraño sabor, pero entre más las mamaba y mamaba se acostumbraba, y cada vez le resultaba más dulce y hasta rica. A este punt0 todo su cuerpecito se sentía raro, lleno de estímulos nuevos que lo abrumaban, en especial el incesante y gratificante cosquilleo de la salivosa lengua de Óscar dentro de su culito; ya que el libidinoso joven se le había arrodillado para alcanzar mejor y comerle a gusto el esfínter y el interior del recto al pequeño Manuelito; al mismo tiempo en que esos lascivos hombres le daban instrucciones al niño para que en lo que él chupaba la garrafal vergota de Nelson, con su otra manito jalara de ‘arriba abajo’ el morcillozo vergón de Rubén, y que luego cambiara y así los atendiera de manera alternada a ambos, intercalando boquita y jaladas con sus puñitos.

– Que hermoso te ves mamando mi verga, nene. –Habló el velludo italiano, mientras con una mano acariciaba la tersa carita del niñito y con la otra lo sostenía del cabello en honguito y le empujaba más de su falo adentro, atorándolo– Y ten cuidado con los dientes. A tu edad ya deberías saber cómo se le mama la verga a un macho.

– ¡Mmmghh~! ¡Gulp~! Mmmghh~! ¡Gulp~! –El crío no podía hablar con la boca tan llena hasta la garganta. Él pobrecillo sudaba muchísimo en medio de esos hombrones; quienes transpiraban todavía más de los pelos de sus axilas, apestando toda el reducido cuarto con la mezcla de sus hediondas testosteronas.

– ¡Vamos, putito! ¡Agárrala fuerte! ¡Jálamela bien, más rápido! –Lo retó el semental cubano– No nos decepciones, por que pagamos buen dinero para que nos atiendas como se debe.

 

Manuelito realmente se esforzaba en mamar y masturbar aquellos desproporcionados miembros masculinos, aun moqueando y con lagrimitas en sus ojos vidriosos verdes; pero insólitamente su diminuto penecito seguía bien firme y se sacudía entre sus afanosas succiones y jaladas a esos recios falos; pues lo cierto es que el pequeñín estaba aprendiendo a disfrutar de todo ello y más porque sentía muy bien tener al tercer macho comiéndole la colita.

– ¡Mmmm…Slurp~! ¡Madre mía, qué culito más delicioso! ¡Mmmm…Slurp~! –Confesó Óscar entre ávidas lamidas, hasta que sacó su lenguota y contempló de frente como aquel agujerito anal ya estaba sumamente dilatado, que le entraban fácil tres o cuatro de sus dedos y hasta podía ver parte del interior rosa; entonces continuó– Bien suegro, ya le preparé su regalito. El putito ya está listo para el cumpleañero.

– ¿En serio? –Preguntó el robusto y velludo italiano– ¿Yo lo voy a estrenar?

– Claro cabrón, es tu derecho. Tú lo partes y rellenas en la primera ronda y de ahí nos repartimos el resto…ja, ja, ja… –Respondió entre risas Nelson, comparando a Manuelito con un pastel de cumpleaños para su amigo.

– Desvirgar a este chiquillo sí que es el mejor regalo que un macho puede pedir. –Dijo Rubén agradeciendo a su yerno y amigo, y luego dirigiéndose al niño– Hmmm…sí que te voy a disfrutar, nene. Espero aguantes.

Y terminando de decir eso, el peludo semental tomó al crío y, como si pesara nada, lo bajó al sofá para dejarlo en cuatro, de ahí él se colocó detrás de la colita del pequeño y sin más preámbulos le embocó la verga justo en el anito; el cual en verdad estaba muy abierto, que con un primer empujón logró ensartar la mitad de su gordo vergón.

– ¡¡AAGHH!! –Retumbó el gritó de Manuelito por sobre la música y afuera de la habitación, que hasta el señor Wong lo escuchó con una sonrisa de satisfacción– ¡AY! ¡Ya no! ¡Agh~! ¡Basta, eso no por favor! ¡Agh~!

 

Pero ya era muy tarde, ahora el maduro italiano había logrado introducir toda su morcilloza virilidad dentro del culito del pequeñín, quien apenas se podía mantener en aquella posición y en eso perdió completamente el control de su vejiga, pues el pobre soltó varios chorritos de orina sobre el sillón, en lo que el tosco de Rubén empezaba a mover sus caderas cogiéndoselo fuertemente por primera vez.

– ¡Oh…mi Dios su culito es maravilloso! ¡Es tan apretadito y caliente por dentro! –Exclamó el macho cumpleañero, extasiado de poder desvirgar y disfrutar el cogerse a ese adorable niño de 10 añitos.

– Y vaya que el putito puede con toda su vergota. –Intervino Óscar observando de cerca a su suegro penetrar al pequeño– Miren como le cabe fácil hasta el pegue peludo.

– ¡Nnnghh! ¡Más despacio! ¡Agh~! ¡Por favor! ¡Ay~! ¡Agh~! –Se quejaba Manuelito en lo que aquel macho maduro efectivamente le había ensartado toda su hombría hasta el fondo, mientras lo sujetaba con ásperas manotas por su angosta cinturita y le propinaba unas embestidas salvajes sin miramientos o consideraciones por su tamaño o corta edad, en un constante meter y sacar que todo el cuerpecito de Manuelito se estremecía.

En eso, el fibroso cubano se paró frente al crío y con su enorme vergota en mano se la metió por la boca hasta la gargantita, silenciando sus lloriqueos infantiles. El niñito estaba siendo follado en ambos extremos por esos rudos sementales, quienes rápidamente igualaron el ritmo de sus pelvis. Y entre las cogidas orales y anales que el niño recibía, Óscar también se le acercó por enfrente y cuando el pequeño vio aquel nuevo miembro viril, lo sujetó con la manito con la que no se aferraba al sofá y se puso a pajear al joven italiano como le habían enseñado.

 

A este punto el morbo había aumentado más para esos lujuriosos hombres, los cuales estaban decididos a aprovechar las cinco horas que pagaron para poder disfrutar de ese crío.

– ¡Oh…Dios! Es mejor que el coñito de una nenita… –Dijo Rubén entre resoplidos y jadeos de placer– ¡Ya no puedo más! ¡Me vengo cabrones! ¡¡OOOHHH!!

Y uno a uno los disparos seminales del maduro italiano terminaron en aquellas entrañas infantiles, inseminando a Manuelito por primera vez. Éste sintió como una gran cantidad de algo líquido se regaba por todo su interior, desde su culo a su pancita, sintiendo ese calorcito llenarlo; pero algo más, algo muy intenso y rico para el niño.

– ¡Y miren! ¡El putito también se está corriendo! –Notó Óscar, dándose cuenta como del penecito de Manuelito salían chorritos blancuzcos y manchaban el sillón marrón– Ja, ja…sí que lo está disfrutando el muy mariconcito.

Eso provocó que el cubano igualmente acabara, eyaculando sus primeros chorros de esperma en el interior del estómago del pequeñín. Entonces el macho ágilmente retiró su oscuro y macizo falo de la garganta del niño y con un par de jaladas soltó el resto de su descarga seminal en la boquita del crío; quien con la boca abierta y lengüita de fuera los recibía y comía. Sólo que fueron tantos chorros y con tal presión que no pudo con todos y gran parte del semen del moreno quedó sobre la colorada y adorable carita del feliz niñito.

– Mmmm…qué rica sabe esta lechita rara… –Dijo Manuelito sonriéndoles y relamiéndose el sabroso esperma de ese hombre adulto que acababa de conocer– Mmmm… ¡Quiero más!

 

Los tres machos se rieron complacidos y en eso el más joven se amarró el cabello largo con una coleta, se acomodó a la par del crío e hizo que éste se sentara en su larga, curva y tiesa verga. El pequeñín era tan menudo y delgadito que aquellos fuertes hombres lo podían maniobrar como si nada. Ahora el niñito estaba del todo ensartado en el miembro masculino de Óscar, el cual lo tomaba por las caderitas y así lo ayudaba a subirle y bajarle por toda su herramienta fálica, al mismo tiempo en que él empujaba hacia arriba su pelvis para enterrársela más y más duro. Los otros dos sementales se subieron al sofá y se colocaron uno a cada lado del niño, ofreciéndole sus vergas todavía erectas; entonces el bien instruido pequeño se las agarró con sus manitos y sin que le dijeran nada los comenzó a masturbar, mientras alternaba con su lengua y boquita atenciones orales que hacían que aquellos machos siguieran resoplando, sudando y apestando a testosterona, misma que drogaba más a Manuelito. Este último sentía siempre raro tener metida en su culito aquella hombría, era algo incómodo y doloroso, pero no se quejaba, y sí disfrutaba de lamer y comerse aquellos vergones, pues ahora le gustaba mucho como sabían y olían.

– Se nota que el chiquillo ya se soltó del todo. –Habló Rubén, viendo como su regalito limpiaba con la lengüita los restos de semen del glande recién salido de su culo infantil– Creo que nuestro nene encontró su vocación…ja, ja…

– Finalmente el putito se dio cuenta que nació con el talento para darle placer a los machos. –Agregó Nelson cuando el niño se giró para agarrar la suya, correrle el prepucio y meterse en la boquita su carnoso y jugoso vergón cubano.

– Uff…sí. Su cuerpecito ya se mueve solo. –Dijo Óscar– Miren como menea la colita y solito me da sentones.

– ¡Nnnghh…rico! ¡Ahh~! ¡Mmmm…Slurp~! –Gemía el pequeño e inocente crío, mientras ciertamente él ya sin ayuda subía y bajaba su cuerpo por ese instrumento viril italiano; al mismo tiempo que mamaba y pajeaba las otras dos vergotas– ¡Mmmm…Slurp~! ¡Ahh~! ¡Nnnghh…más!

 

La mente de Manuelito seguía confundida, normal a su corta edad de 10 años; pero a él ya no le importaba el no comprender todo aquello, puesto que fuera como fuese, esos juegos con esos hombres adultos le estaban gustando cada vez más. El niñito sentía tan rico aquel dolorcito, cada vez más placentero, y como esos machos buscaban meterle sus miembros masculinos grandes y gruesos por su anito, bien adentro de él, que las podía sentir hasta en su pancita y como un cosquilleo lo invadía desde su culito por todo su cuerpo sudadito, y como su propio penecito estaba tan duro que le dolía y lo tenía tan sensible que cualquier estimulo de aquellos hombres lo hacían soltar chorritos de orina, intercalados con esa agüita blanquecina que él no sabía que era.

– ¡Madre mía qué rico se mueve el mariconcito! ¡Dios…no puedo más! ¡¡AAAHHH!! –Y el joven semental empezó a correrse dentro de las entrañas del niño; mismo que sentía perfectamente esa nueva descarga dentro de él.

Y a él también le gustaba mamar aquellas vergotas. Ya le encantaba el sabor y olor que tenían, que sin darse cuenta se estaba haciendo adicto a ellas, y más cuando él se las metía todo lo que podía hasta la gargantita, viendo como esos machos jadeaban y se retorcían de gusto; pero lo que más disfrutaba Manuelito era oírlos decirle cosas con palabras sucias, y como a la vez lo felicitaban por lo rápido que aprendía todas esas cosas nuevas que le estaban enseñando, y lo bien que se portaba y buen niño que era, que su papá estaría muy orgulloso si lo viera así.

– Eso yerno, llénale el culito de leche como lo haces con mi hija. –Alentó el maduro italiano al darse cuenta que el joven se estaba corriendo, a la vez que miraba al crío lamerle los rugosos huevos a su amigo moreno.

– Apuesto cabrón, a que a Óscar le gusta más el culito del putito que el de tu hija. –Intervino con morbo Nelson.

– ¡Oh…joder! ¡Ooohhh…! –Dijo Rubén pajeándose rápido al punto que él también se vino nuevamente, arrojándole su semen en la carita al pequeño, quien al sentirlo volteó la carita y abrió la boquita para tragar lo que pudo.

A Manuelito vaya que ya le fascinaba demasiado la leche de macho que le daban, sintiéndola dulcita, degustándola con una sonrisa y disfrutando como ésta se sentía espesa y calentita en su lengüita y boca. Y también le gustaba como ese semen se sentía sobre él, pues gran parte de la esperma de Rubén y de Nelson ahora cubría su lindo y sudado cuerpecito infantil, sintiéndose todo sucio y pegajosito.

– ¡Mmmm…Gulp~! ¡Denme más! ¡Mmmm…Slurp~! ¡Más! –Les pedía Manuelito entre las chupadas y lamidas que no paraba de darle a ese par de miembros masculinos, limpiaba bien la gorda y velluda vergota italiana y al mismo tiempo estrujaba como podía el pesado y enorme vergón cubano.

 

Entonces el semental y musculoso de Nelson desmontó al crío de la verga de Óscar y lo acostó boca arriba sobre la mesita de madera, dejó su culito en el borde, casi en el aire, lo tomó por los tobillos y lo abrió de las piernitas de par en par, dejando ver aquel ano infantil ya desvirgado, todo colorado y goteando semen, y para evitar que el esperma de sus compañeros se siguiera saliendo, con una sola y brutal estocada le ensartó todo su colosal falo. El niñito soltó unos cuantos gritos más, pues, aunque él ya tenía todo el culito roto y lo habían follado largo ratos los otros dos, la descomunal virilidad del moreno era tal que su pequeño cuerpo tardó unos minutos en acostumbrarse y soportar las embestidas que el macizo moreno ya le estaba propinando.

– Cabrón, es increíble cómo se le marca tu vergón en su pancita. –Comentó Rubén al acercarse y observar como debajo del pálido y plano vientrecito del niño se dibujaba claramente la forma del glande y el resto de la verga del moreno, y como se podía ver movérsele por dentro con cada metida y sacada de aquellas arremetidas fálicas.

– Y miren como la verguita del putito se sacude con cada envión. –Dijo Óscar mirando el penecito firme del pequeñín rebotar con cada embestida y como éste soltaba chorritos de orina uno tras del otro– Y parece que se sigue viniendo de gusto. Como se nota que el mariconcito nació para disfrutar de que los machos lo cojan.

Manuelito sólo gemía de placer moqueando, con las mejillas ruborizadas, sus tetillas respingadas, y toda la carita y el reto de su cuerpo cubierto en sudor y el esperma de esos libidinosos e incansables machos.

– ¡Agh~! Por favor no paren… ¡Nnnghh~! Quiero más… ¡Agh~! ¡Por favor más! ¡Denme más! –Les suplicaba el crío mientras estiraba sus manitos para tratar de alcanzar las hombrías peludas de los otros dos y abriendo la boquita les pedía poder seguía mamándolas con verdadera desesperación.

 

Así que suegro y yerno acercaron sus vergas erectas y se las pusieron enfrente al niño, el cual inmediatamente se las agarró con sus manitos y comenzó a jugar con ellas, pajeándolas con auténtica carita de lascivia por esos machos y sus miembros; a la vez que sentía todo su cuerpecito ardiendo y su penecito duro escurriéndole sin parar, y como el fornido moreno no paraba de metérsela y sacársela con una potencia que la mesita temblaba.

– ¡Ah…maldición me está estrujando la verga por dentro! –Exclamó el sorprendido Nelson al sentir como el pequeño ya había aprendido a apretarle desde el interior cada vez que él se la clavaba hasta el fondo, con unas contracciones anales impensables en un niñito de esa edad– ¡Cojones! Ya no puedo… ¡¡OOOHHH!!

Y con eso el transpirado cubano se dejó venir dentro del culito del crío, soltándole otra cuantiosa descarga seminal, lo que hizo que el mismo Manuelito también se corriera otro poquito con gotitas blanquecinas sobre su pancita.

– ¡Mmmm…Slurp~! ¡Más…! ¡Nnnghh~! ¡Quiero más! –Continuaban las súplicas del corrompido pequeño entre sus mamadas a las otras dos vergas; ya que él necesitaba con desesperación que se la siguieran metiendo bien adentro y fuerte. De hecho, entre más duro y brusco él sentía más rico por alguna extraña razón.

Escuchar al pequeñín suplicar y verlo así todo cubierto en semen y sudor, con su carita colorada, con el penecito duro, y las manitos y boquita en aquellos falos era un espectáculo inigualable. Entonces Rubén fue por una segunda.

Bajó a Manuelito y lo puso boca abajo en el sillón marrón, sucio de orina y semen, le apoyó la cara y el pechito contra éste, elevando únicamente su culito; el cual penetró sin problema usando como lubricante todo el abundante esperma que le escurría, y sin más se puso a cogerlo todavía más salvaje que antes. El ritmo era cada vez más rápido y grosero, que el velludo maduro ahora sujetaba al crío de las piernas como una carretilla, casi suspendiéndolo en el aire, cosa que su joven yerno aprovechó y se puso a follarle la boquita y garganta al niño. El macho cubano estaba de nuevo erecto, pajeándose viendo a los otros tener al pequeño ensartado por ambos extremos y como éste soltaba como podía gemiditos de puro placer. Y luego de un buen rato, el par de italianos una vez más se corrieron dentro del niño. Uno directo en su estómago, aunque los últimos disparos de leche viril fueron en su carita y lengüita, y el otro con una cuarta descarga seminal dentro de sus aporreadas entrañas.

 

Y así pasaron las cinco horas en que habían rentado al pequeñín. El pobrecillo estaba agotado y experimentaba un poco de escozor en su anito roto y algo de ardor dentro de su culo infantil, a la vez que se sentía su pancita repleta y como por dentro el interior líquido se movía cada vez que esos machos se lo pasaban uno a otro para seguir follándolo duro, como si él se tratara de un juguetito; cosa que en verdad le gustaba muchísimo y lo cierto es que no quería que pararan nunca. Manuelito rápidamente se había transformado en un niñito de 10 años lujurioso.

– Joder, ya ni sé cuántas veces me he corrido. –Se preguntó Rubén jalando su morcillozo falo semiduro, corriéndose el pellejo venoso para exprimir su última gota de semen en la boca del niño– Después de la sexta dejé de contar.

– Ni yo sé, suegro. Me habré corrido como diez. –Contestó Óscar haciendo lo mismo– Pero sí que el mariconcito las ha recibido todas felizmente, por la boquita y el culito…ja, ja, ja…

– Y miren al putito, está completamente lleno. –Dijo Nelson justo en el momento que sacaba su vergón del culito del crío, luego de habérselo inseminado por enésima vez– Tiene hasta la pancita inflada y ya no le cabe más.

– Parece que hemos dejado embarazado al chiquillo…ja, ja… –Se burló satisfecho el maduro italiano.

– Sí y vean como se le sale a chorros toda nuestra leche revuelta. –Agregó el delgado y marcado joven.

 

Ese comentario no fue una exageración. Era cierto que el culito de Manuelito no dejaba de expulsar afuera el exceso de leche viril que esos machos le habían inyectado con sus múltiples cogidas y corridas, así como también que él tenía el vientrecito inflamado por todo ese semen y el aire de los brutales bombeos anales de los tres hombres.

– Fue la mejor celebración de cumpleaños, cabrones. –Habló Rubén, mientras tomaba del piso su ropa y se empezaba a vestir– Realmente se los agradezco. Hacía años que no disfrutaba de un nenito.

– Sólo lo mejor para el mejor. –Respondió su amigo Nelson guardando su enorme verga flácida dentro del calzoncillo.

– Así es. Y ni lo mencione, suegro. Para í este también fue el mejor sexo que he tenido. –Dijo el tercero también poniéndose su ropa.

– Después de esto me parece que ya no vas a querer cogerte a mi hija…ja, ja… –Se burló su suegro.

– Pero lo haré para darle un nietecito…ja, ja, ja…

Y con eso los tres saciados machos se marcharon de la habitación, dejando en el suelo a Manuelito desnudito y todo cubierto en sudor, saliva y semen; así como el anito salido del todo como una rosa roja, escurriendo al piso aquella mezcla espesa de exagerada esperma entre amarillenta y blanquecina, en lo que bien podría ser un litro.

– Ahh…alto, no se vayan…porfa…más…denme más… –Quedó pidiendo entre suspiros el cansado y dulce niño.

 

―Continúa en una segunda parte…

25 Lecturas/14 enero, 2026/0 Comentarios/por Nauj69
Etiquetas: amigos, anal, cumpleaños, madre, maduro, mama, padre, sexo
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