La Deuda del papá de Manuelito (Parte 2)
Salvador, el papá de Manuelito, caminaba a toda prisa para llegar al Mercadito de Don Wong; donde su niño de 10 años estaba siendo sometido a todo tipo de atrocidades….
Salvador, el papá de Manuelito, caminaba a toda prisa para llegar al Mercadito de Don Wong; donde su niño de 10 años estaba siendo sometido a todo tipo de atrocidades, mismas que él había permitido a cambio de saldar la exorbitante deuda que podría haberlo dejado en la ruina. El trato había sido que su hijito serviría al señor Wong por 3 días completos; pero Salvador no pudo dormir esa noche debido a la culpa y al agobiante arrepentimiento, por lo que se decidió a enmendar el error e ir por su pequeño hijo lo más pronto posible. Cuando él llegó al local eran pasadas de la medianoche, todo estaba muy oscuro, excepto por los faroles de las calles. Tocó varias veces la puerta trasera, casi oculta en ese sucio callejón, y luego la tocó todavía más en señal de desesperante apremio, transpirando bastante a pesar del fresco de esa hora. El sudor nocturno hacía que la camisa blanca que llevaba puesta se adhiriera a su fornido torso, que hasta se trasparentaba dejando ver lo negro de su pelo en pecho. Salvador es un joven padre de sólo 35 años, un hombre muy alto y corpulento, con una buena musculatura marcada, el cabello negro corto, una barba bien alineada y usa lentes que magnifican sus ojos verdes oscuros.
Después de insistir por largo rato, la puerta finalmente se abrió y del otro lado apareció Narong, el hijo mayor del señor Wong. El joven asiático se extrañó al ver al otro hombre afuera del local a esa hora, ya que no lo esperaban hasta el final de esa semana, teniendo que escuchar las demandas exaltadas de Salvador, quien le exigía hablar ya mismo con su padre. Como Narong es un sujeto que no se complica, y la verdad es que también estaba algo drogado, dejó entrar al agobiado papá y lo llevó por el intrincado laberinto de pasillos hasta el cuarto donde estaba don Wong. Al abrir la puerta, la sorpresa de Salvador fue encontrar al señor Wong desnudo, excepto por las sandalias cafés que llevaba, calado en sudor y de pie a la par de un viejo y sucio sillón largo color naranja; en el cual había un crío sin nada de ropa, acostado sobre su espalda y abierto de piernas, las que alzaba en el aire dejando su culito a la entera disposición del panzón y maduro asiático que lo estaba penetrando. Narong no se inmutó y con un par de palabras presentó al inesperado invitado y se salió de la habitación. Don Wong tampoco pareció verse afectado por que otro hombre lo hallara en esa situación, al contrario, el tener espectador lo motivó para acelerar sus embestidas al culito del chiquillo que sujetaba de los tobillos. Este último debía tener unos 11 o 12 años como mucho, pues no tenía vellos púbicos ni en axilas, su cuerpecito era delgado, hasta se le marcaban los cuadritos de su plano abdomen pueril, y tenía la tez canelita, la cual contrastaba muy bien con la pálida piel del chino que no paraba de metérsela y sacársela con fuerza; que el puberto arqueaba la espalda y gemía con su pijita muy dura, de la que escurrían hilos viscosos por el placer que sentía al ser cogido rudamente por ese macho cincuentón de gorda verga y enormes huevos llenos de largos y lacios pelos negros como los de su tupida pubis.
– Buenas noches, Salvador. ¿A qué debo esta pronta visita? –Preguntó el maduro asiático, en lo que le dejó ir con todo su miembro masculino al crío, el cual soltó un agudo grito de dolor y placer.
El padre de Manuelito se quedó callado por unos segundos viendo aquella escena, intentando ordenar sus ideas, mirando como el dueño del mercadito sudaba y resoplaba cogiéndose a gusto a ese jovencito igualmente excitado. Salvador sabía perfectamente lo que hacían en la trastienda de ese local, lo supo desde que se involucró en negocios sucios con esa familia chino-tailandesa; pero lo cierto es que él nunca lo había presenciado antes, esa era la primera vez que lo veía con sus propios ojos.
– Ve―vengo por mi hijo. ¿Dónde está?
– ¡Ohh…toma putito! ¡Toma…Ahh! …Pero el trato era hasta el fin de la semana, ¿no? –Respondió entre jadeos el calvo y gordo chino de barbita y largo bigote negro; en lo que agarraba con rudeza al chiquillo por los tobillos y lo abría más de las piernas y así se la ensartaba todavía más profundo en el culito pueril.
– ¡Agh~! ¡Ay sí…más! ¡Agh~! ¡Más! ¡Más! –Gemía el excitado puberto sin sentir vergüenza por la presencia del otro hombre. El jovencito se sujetaba con ambas manos del sofá naranja, para soportar los azotes anales de aquel macho asiático, en lo que su pijita se sacudía firme arrojando chorritos ligosos transparentes sobre su marcado vientre.
– Lo sé, pero cambié de idea. Buscaré como pagarte todo de otra forma. ¿Dónde está mi hijo? –Agregó eso último en tono autoritario; mientras cínicamente el chino maduro parecía acelerar el ritmo y coger con más fuerza.
Y en eso, en aquella oscura y estrecha habitación se escuchó el alarido de placer del hombre que acaba de alcanzar el orgasmo, en lo que con sus incesantes movimientos de pelvis bombeaba e inyecta su esperma en el culito del crío.
Cuando el señor Wong terminó de eyacular, retiró su palpitante y cabezón falo, y sin que le dijeran nada, el jovencito de piel canela de inmediato se incorporó y en cuatro sobre el sillón se puso a chupar aquella sucia verga, usando su boquita para limpiarla y dejarla sin rastros de semen o de sus propios jugos anales.
– ¿Estás seguro? –Preguntó el asiático, al mismo tiempo que sujetando por la base su gordo miembro viril y se lo azotaba en la carita lujuriosa al puberto, quien le pasaba la lengua con auténtico deseo desenfrenado.
– Sí, estoy seguro. ¿Dónde está mi hijo? ¡¿Dónde está Manuelito?! –Repitió decidido y en tono más severo, haciendo juego con su aspecto imponente y corpulento.
Salvador ahora había enmascarado bien su apremio y desesperación; puesto que sabía que, así como don Wong había usado sexualmente a ese puberto, otros hombres estarían haciendo lo mismo con su pequeñín de 10 años. Entonces, el dueño del local sin ponerse ropa y así con la verga semierecta colgando, salió de aquel cuarto sin siquiera voltearse a ver al chiquillo que dejó en el sofá y llevó por el largo corredor lleno de puertas al ansioso padre de Manuelito, éste siguiéndolo por detrás muy de cerca.
Se detuvieron frente a una muy agosta puerta rotulada con el número ‘04’. Al abrirla, dentro se hallaba un niño pequeño, tendría unos 6 o 7 años, obviamente desnudito por completo e hincado en el piso de cemento gris, y frente a él había una pared de madera con un hoyo en el medio, un “glory-hole”, el cual tenía marcadas manchas de fluidos chorreados y secos de múltiples usos, desde el agujero hasta el suelo. Del orificio salía una enorme verga venosa, con la base muy peluda, saliéndose todos los pelos rizados negros por la abertura. El niñito ni se giró a ver quién entraba, se mantenía concentrado, casi hipnotizado, en su ardua labor de mamar aquel fornido falo. El niño chupaba y chupaba todo lo que podía, con una manito se ayudaba y masajeaba la base nervuda de la verga y con la otra se metía los deditos en su tierno culito, gimiendo de gusto con la boquita llena. Pero ese pequeñín no estaba solo, detrás de él había otro niño en iguales condiciones, quizás uno o dos años menor, y con una vergota oscura también saliendo por el glory-hole que tenía frente a su linda carita. Así estaban esos dos niños asiáticos, espalda con espalda, dedeándose y hurgándose sus propios culitos, mientras cada uno mamaban hábilmente la hombría del macho oculto tras la pared de madera que tenía por delante; sólo escuchándose las hondas respiraciones y jadeos de satisfacción de esos hombres por el placer oral que les daban ese par de putitos infantiles.
Salvador se sorprendió mucho al mirar aquella insólita escena, pero no sólo por el hecho de que se trataba de dos niños tan pequeños mamando aquellas grandes y gruesas vergas trigueñas por esos sucios agujeros; sino por el gusto y genuino deleite que se veía en las caritas de ambos al hacerlo, gimiendo entre los sonidos guturales de succión, al mismo tiempo que ellos solitos se metían los deditos en sus respectivos anitos, demostrando así lo excitados que se ponían de mamar esas carnosas y tremendas virilidades, desesperados porque esos machos dotados los cogieran.
– Vaya, me equivoqué. Tu ternurita no está aquí. –Dijo el panzón asiático sobándose despreocupadamente los pelos de su verga y sonriendo al ver la expresión atónita del otro hombre– Ya recordé donde está tu nene.
Así que el señor Wong cerró la puerta de esa habitación con Salvador detrás, quien aprovechó a acomodarse la entrepierna por sobre el pantalón, y continuaron por el oscuro pasillo iluminado por focos de luz rojiza. El ambiente se sentía claustrofóbico, con calor húmedo, sofocante y pegajoso, que tanto el maduro asiático como el padre de Manuelito transpiraban a chorros, éste último sentía como los vellos sudados de su cuerpo se le adherían a la piel.
Cinco puertas más al fondo, llegaron a una marcada con un ‘09’ en números dorados. Al abrirla y entrar, Salvador no encontró a su hijo dentro, sino a un alto y musculoso negro; el cual usaba un arnés de cuero con hebillas plateadas cruzado en su torneado y velludo torso, en lo que se cogía de perrito sobre un sucio colchón en el suelo a un niño de unos 8 añitos. Éste era bien gordito y blanquito, excepto por su carita de cachetes colorados, todo caladito en gotitas de sudor, gimoteando y sacudiéndose de ‘adelante atrás’ por culpa de los brutales movimientos de pelvis del semental moreno que lo follaba sin contemplaciones a pesar de su corta edad. El atónito Salvador podía ver las chichitas del gordito sacudirse, sus tetillas rosaditas parecían péndulos, bamboleándose junto con su pancita, y como el macho negro le daba nalgadas a su putito rellenito, dejándole las marcas rojas de su manota derecha en las regordetas y voluminosas nalguitas. El fornido y sádico moreno bramaba de rodillas sobre el colchón, embistiendo al gordito como un potro desbocado, y su enorme verga parecía en verdad la de un caballo azabache, pudiendo meter sólo la mitad en el culo del niño; quien lloriqueaba mientras su macho semental lo jaloneaba con la mano izquierda, la que sostenía la cadena que conectaba al collarín de cuero en su cuellito.
– ¡Ay~! ¡No tan duro! ¡Agh~! ¡Por favor! ¡Ay~! ¡Agh~! –Suplicaba entre gimoteos el gordito, a la vez que soltaba hilitos de baba de su boquita abierta y tenía los ojitos llenos de lágrimas brillantes; pero por supuesto que su macho no le hizo caso alguno, de hecho, el imponente negro se la metía con más agresividad y con ello lograba empujar más adentro de aquel culito infantil su musculoso y devastador miembro viril negro.
– Vaya, parece que me equivoqué otra vez. –Dijo don Wong con una maliciosa sonrisa dibujada en el rostro, al tiempo que se giraba para encarar a su compañero de pasillo y le mostraba como jaloneaba su erecta verga.
– ¡Déjate de juegos! –Exclamó ya enojado Salvador– ¡Si no me llevas con mi hijo ahora mismo, no respondo!
– Está bien, no hace falta enfadarse. Cualquiera puede equivocarse. –Contestó el maduro asiático– Como ves, mi línea de trabajo es hacer feliz a los hombres; así que no te preocupes, te irás de aquí contento, lo garantizo.
Después de decir eso, ambos salieron del cuarto, dejando al negrote reventando el culito del pobre niño gordito. En eso, el dueño del local llevó al otro hombre a lo que serían los baños y vestuarios; pues en lo que entraron, Salvador pudo ver que en aquel amplio espacio al lado derecho había una hilera de varios cubículos sin puerta, con sucios inodoros desocupados, y seguido un área de duchas en línea recta; donde el puberto de piel canela que había estado cogiendo el señor Wong, ahora se enjabonaba todo su cuerpo marcadito. Y al lado izquierdo, había una fila de viejos casilleros oxidados y enfrente de éstos un par de banquetas de madera; en donde finalmente el preocupado papá halló a su pequeño hijo. Manuelito estaba desnudo y estaba siendo secado con un toallón blanco por un hombre asiático hincado frente a él. Éste únicamente llevaba una floja calzoneta azul y sandalias cafés, de cuerpo algo fornido y poca panza, con un fuerte parecido a don Wong; por lo que Salvador supo que tendrían que ser parientes y parte de ese turbio negocio familiar.
– ¡Papi! ¡Papi! –Gritó entusiasmado el niño al ver a su padre e inmediatamente salió corriendo, así como estaba, para lanzarse a los brazos de su progenitor. Salvador se arrodilló y abrazó a su pequeñín fuertemente contra su pecho.
– ¡Hijo! ¡¿Estás bien, bebé?! –Preguntó al separarse e inspeccionar el cuerpo desnudo de su niño.
– Sí, papi. Me porté muy bien. –Y con una gran sonrisa el crío se volvió a abalanzar contra su papá y sin aviso pegó sus labios contra los de su padre, en un tierno y largo beso filial.
Luego de la breve y emotiva reunión, Salvador se puso en pie cargando a su hijito en brazos y antes de que hablara, el tercer hombre se le acercó para entregarle la ropita del pequeño.
– Espero el dinero para el final de esta semana. –Dijo don Wong al par, todavía sobándose la verga dura.
– Lo tendrás. –Contestó con determinación Salvador, aunque realmente él no sabía de donde sacaría el dinero.
Y justo en ese momento apareció Narong fumando y sin que se le dijera nada, entendiendo la situación, guio al padre con su hijo fuera del local; mientras los dos maduros asiáticos los veían salir.
– ¿Estás seguro? –Preguntó el hombre de la calzoneta azul a su hermano mayor– Ese putito hoy nos hizo buen dinero con los tres machos que lo estrenaron por cinco horas seguidas.
– Sí, lo sé; pero no te preocupes. Volverán. –Y se rio mientras masturbaba su erección como si nada– Mejor tráeme a uno de los nenes de la habitación cuatro, al más pequeño…
Afuera, el papá aún llevaba en brazos a su hijo, sólo que éste ya con su ropa puesta, caminando por la desolada calle rumbo a casa; la cual estaba muy cerca de ahí. Manuelito abrazaba a su padre e iba con su cabecita contra su ancho pecho, oliendo la intensa testosterona de la acumulada transpiración de su progenitor. El pequeño iba cansado, con el anito roto y todavía colorado, pero contento de estar de vuelta con su querido papito.
– Perdóname, hijo. –Le susurró Salvador al oído– Papá no debió dejarte en ese lugar. Debió ser horrible para ti.
– Uh-uh… –Negó el niño por lo bajo– Me divertí mucho, papi. Me gustó mucho.
Aquella respuesta hizo que Salvador tuviera sentimientos encontrados. Por un lado, le liberaba un poco la culpa que sentía, ya que su tierno retoño no había sufrido al punto de quedar con algún tipo de trauma; pero el escuchar que la experiencia le había gustado, le preocupaba sobremanera. Él había expuesto a su niño de apenas 10 años a sexo con hombres adultos y ahora su chiquillo ya nunca sería el mismo.
Cuando llegaron a casa era casi de madrugada, por lo que Salvador ayudó a su hijo a ponerse la pijamita y de ahí lo hizo acostarse en su cama para dormir con él, algo que nunca habían hecho antes; pero el remordimiento era más que la costumbre. Manuelito bajo las sábanas esperaba feliz a su padre, viendo como él se desvestía y quedaba únicamente con su ajustado calzoncillo tipo trusa (slip), el cual marcaba un prodigioso bulto, y al ser corto, muchos de sus pelos púbicos negros se salían por arriba y los costados. Entonces Salvador se echó boca arriba junto a su pequeño y lo dejó acurrucarse a su lado, apoyando la cabecita sobre su pecho velludo, y él se acomodó con los brazos tras la nuca sobre la almohada.
– Espero que papá no apeste mucho. Estoy muy sudado.
– Uh-uh… –Negó Manuelito por segunda vez– Hueles muy rico, papi. Me gusta.
El pequeñín estaba agotado, que sus ojitos verde claros se cerraban y más por las caricias que su progenitor ahora le daba en su cabello lacio en corte de honguito. Y a pesar de todos los pensamientos confusos que se arremolinaban en la cabeza de Salvador, éste logró quedarse dormido con la imagen de los pequeños niños mamando esas jugosas vergotas, mientras se hurgaban sus colitas tersas desesperados por ser penetrados por machos…
Cuando Salvador despertó de súbito, tardó unos segundos en recobrar el sentido y recordar todo lo acontecido la noche anterior; en lo que sintió una grata y familiar sensación en su entrepierna. Bajó la mirada sólo para llevarse la sorpresa de ver como por un costado del calzoncillo su verga se había salido y estaba erecta a tope, y como su hinchado glande estaba adentro de la boquita de su niño. Manuelito estaba de perrito sobre la cama, apoyado con una manito en medio de las peludas piernas de su padre y usando la otra para sujetarle la virilidad por la maciza base, ayudando sus mamadas con movimientos de paja en ese formidable falo paterno. Salvador inmediatamente brincó fuera de la cama, haciendo que su enorme verga erecta se sacudiera estrepitosamente por el aire, arrojando hilos seminales mezclados con la babita de su pequeñín sobre las sábanas y el piso del cuarto. De pie a lado de la cama vio a su hijito, quien todavía estaba de perrito con la pijamita celeste con dibujos rojos de Spiderman, quien le devolvía la mirada con carita de consternación.
– ¡Hijo, ¿qué estabas haciendo?!
– Lo que a los hombres grandes les gusta, papi… ¿O no te gusta, papi?
– Eh…sí, sí me gusta… –Contestó con sinceridad, pero cuando recapacitó trató de enmendar lo dicho– Pero tú eres muy pequeñito para estas cosas, hijo.
– Pero…pero eso es lo que me enseñaron donde don Wong. Es lo que él me dijo que debía de hacer para que tú estuvieras contento conmigo, papi. –Respondió confundido, con su carita ensalivada y con rastros de los jugos fálicos de su progenitor– Y a los otros tres señores les gustó mucho cuando yo se los hacía.
Aquella confesión fue como un balde de agua fría para el padre, el cual no hallaba las palabras correctas para explicarle a su chiquillo sobre esos temas sexuales adultos; pero extrañamente su verga estaba cada vez más firme y venosa, que le palpitaba sola en el aire mañanero.
– Lo que pasa bebé es que yo soy tu papá y por eso no debes hacerme eso…De hecho, no tienes que hacérselo a nadie más. No es correcto, ¿está claro? ¿Has entendido?
– Está bien, papi… –Dijo el crío con tono triste– Perdón, papi. No lo vuelvo a hacer…
Luego el padre le ordenó al hijo ir a su habitación y alistarse, diciéndole que él lo llamaría después para desayunar, y con eso el hombre se fue al baño a darse una ducha de agua bien helada para poder bajar la tremenda y persistente erección que traía, así como poder lavar de su mente la imagen de su tierno hijito atorado con su hombría. Pero Manuelito no hizo caso y sin que su papá lo viera, se escabulló para espiarlo a través de la puerta entreabierta del baño. El pequeño de 10 años siempre había admirado a su padre, a quien él veía como un superhéroe, pero ahora también lo apreciaba como el asombroso macho que es. Salvador mide 1.80m, su piel es blanca bronceada por el sol, lo que define más la increíble musculatura que él esculpe en el gimnasio, y casi todo su cuerpo es velludo, en especial brazos, torso y piernas. El niñito se mordía el labio inferior observando como su padre desnudo enjabonaba sus músculos en la ducha, y como la blanca espuma deslizaba por los abundantes pelos de sus torneados pectorales, bajando por su plano estómago y perderse en la mata negra de su pubis, sólo para resurgir y deslizarse por aquel largo y robusto falo, semierecto ahora, que colgaba pesado a medio muslo junto con sus impresionantes huevos. Manuelito tenía su pijita dura y se la tocaba por sobre la pijamita, aún con el delicioso y salado sabor de la verga de su progenitor en la boquita y lengua, maravillado de aquella enorme virilidad que le había dado la vida y porque era la más grande y gruesa que él había visto, más que la de los tres machos con los que había ‘jugado’ ayer…
El resto de esa mañana fue bastante normal, hasta cerca de mediodía. Salvador había pedido teletrabajo, pues no tenía quien cuidara a su hijo ese día. Él había estado conectado en reuniones desde su laptop y miraba en el suelo, acostadito boca abajo sobre la felpuda alfombra, a su retoño dibujar con crayones, meneando sus nalguitas respingadas con cada movimiento del vaivén de sus piernas inquietas. Cuando el hombre terminó la última reunión, se acercó a su hijo para ver que había estado coloreando con tanto esmero todo ese tiempo y para su sorpresa, la habilidad artística en aquellos dibujos lo dejó desconcertado, puesto que se trataban de bocetos bien detallados de tres poderosos miembros masculinos. Arrebató los papeles del piso y en lo que oía a su niño disculparse y pedir perdón, él revisaba uno a uno aquellos dibujos que claramente eran recuerdos de la noche anterior. El primero era el de una verga cabezona y muy gorda, como una lata de cerveza, e increíblemente peluda, llena de rizos desde la base hasta las bolas (la del italiano Rubén). La siguiente hoja contenía un miembro viril más largo, pero delgado, curvo hacia abajo, e igualmente velludo; pero estos estaban coloreados en café y no negro, y de alguna forma Salvador supo que era la verga de un joven (la del Óscar, yerno del italiano). Y el tercer dibujo lo dejó más pasmado, pues éste cubría el papel horizontal de lado a lado, plasmando una virilidad enorme y muy morena, tan venosa que se veía fuerte, como un bíceps fálico o algo así (era la del negro cubano Nelson).
– ¡Perdón, papi! ¡No lo vuelvo a hacer! –Seguía repitiendo el asustado Manuelito, ya que sabía que eso enfadaría a su padre; pero él no había podido evitar hacerlo. Lo cierto es que el crío no podía dejar de pensar en esas vergotas, ni en los machos a los que pertenecían, así como tampoco en todo lo rico que ellos le habían hecho.
– Hijo, prométeme que no volverás a hacer esto. –Y Salvador rompió los dibujos, dejando caer en la alfombra los múltiples pedacitos de papel y notando como los ojitos verdes de su pequeño ya estaban llenos de lagrimitas.
– Perdón, papi… En verdad que no lo vuelvo a hacer. Lo prometo…
Por la tarde, luego de almorzar, el padre ya había terminado de trabajar y como estaba todo sudado por el intenso calor del día, se quitó la transpirada camisa y se sentó en el sofá de la sala a ver televisión un rato con una cerveza fría. En eso su hijo se le acercó despacio, casi como si tuviera temor de enfadarlo, lo que hizo estrujar el corazón de Salvador; así que le dijo que se acercara y que se podía sentar junto a él. El niñito lo hizo sonriente, sin desaprovechar la oportunidad, y casi se le pegó al costado a su progenitor, abrazándole el torso velludo con uno de sus bracitos, de manera que su carita quedó justo debajo de la peluda y sudada axila de su padre. Manuelito aspiraba a gusto, oliendo ese intenso e inconfundible aroma a humor masculino; el cual le fascinaba tanto que lo drogaba. Antes, ese olor viril de su papá le daba al niño una sensación de protección, pero ahora era diferente, aquella apestosa testosterona acumulada de todo ese caluroso día, hacía que la pijita de Manuelito se pusiera muy tiesa y mojada, que ya tenía una marquita oscura de humedad enfrente de su pantaloncito corto, justo en su entrepierna. Y hablando de entrepiernas, el pequeñín poco a poco y de manera casual se puso a acariciar los vellos del pecho y estómago de su padre, y como éste no le decía nada, bajó más su manito hasta posarla sobre el prominente bulto que se levantaba en la entrepierna de su progenitor.
– Hijo, ¿qué estás haciendo? –Inquirió el hombre de familia al sentir la manito de su chiquillo sobándole los genitales por sobre el ajustado jean.
– Papi…es que me pica la colita… Me pica mucho… –Contestó Manuelito ya desesperado y de la única forma en que su inocencia infantil le permitía; tratando de explicarle a su querido papito lo que sentía, que no era otra cosa que una incesante picazón sexual en su culito, en especial en su anito y desde el interior de su recto, resultado del olor de los machos, incluido el suyo, el de su macho padre.
– ¡Te he dicho que eso no está bien, hijo! –Habló alzando la voz, pero pronto se moderó– Hijo, tienes que olvidarte de las cosas que te hicieron ayer. Son cosas que los niños como tú no deben hacer. Está mal.
– Pero papi, los juegos con machos me gustaron mucho. –Rebatió el insistente de Manuelito, usando las palabras que se le ocurrían a su edad para referirse al hecho de que había sido brutalmente sodomizado por tres hombres.
– ¡He dicho que no! –Y se levantó del sofá con brusquedad.
– ¡Sniff~! Pero papi… ¡Sniff~! –El pobre niñito había comenzado a llorar por lo bajo.
– ¡Vete a tu habitación ya mismo!
Para la hora de la cena, Salvador había recapacitado un poco. Él sabía que debía ser más paciente con su pequeño de apenas 10 años. Además, la culpa era suya y él lo sabía muy bien; pero prefirió no indagar más en esa línea de pensamientos y la arrojó al fondo de su cabeza, junto con el terrible hecho de que su exorbitante deuda seguía en pie. Entonces el hombre se puso a cocinar la comida favorita de su hijo y al terminar lo llamó varias veces para que viniera a comer; pero llamó y llamó y Manuelito no aparecía, así que lo fue a buscar a su habitación. El hombre abrió la puerta del cuarto y lo que encontró dentro lo hizo volver a quedar impactado. Su hijo estaba totalmente desnudo, de pie y de espaldas a una de las paredes, específicamente contra una columna cuadrada, por lo que la angular esquina de la pared quedaba justo entre las nalguitas del chiquillo; quien subía y bajaba haciendo que aquella áspera esquina rozara la rajita de su culo infantil, aliviando un poco el escozor sexual que el niñito había estado sufriendo todo ese día; por lo que su pijita estaba paradita y escurriéndole mucho. Pero eso no fue todo, Manuelito sostenía algo frente a su carita. No era otra cosa que el calzoncillo tipo trusa de su padre, el mismo que había usado ayer; por lo que estaba todo sucio y sudado, con fuerte olor a humor masculino, con restos de orina y marcas de esperma seca, así como pelos púbicos sueltos; los que el lujurioso crío comía, a la vez que lamia y chupaba aquella prenda viril sin dejar de subir y bajar por la esquina, tratando desesperadamente de calmar la comezón de su anito y del interior de su culito.
– ¡¡HIJO!! –Gritó el furioso padre con voz de trueno, haciendo que el niño reaccionara y saliera del trance sexual en el que estaba, dándose cuenta de que su papá lo habían descubierto.
– Pa―papá…yo sólo… ¡Sniff~! ¡Sniff~! –E inmediatamente el pobrecillo de Manuelito se puso a llorar, así como estaba, desnudito y todavía con la pijita dura y goteando.
Salvador al ver a su pequeño llorar se frenó y únicamente le dijo que estaba castigado, que no podía salir del cuarto y no cenaría. Luego el padre salió de la habitación, cerrando la puerta de un portazo, y se marchó de la casa buscando el bar más cercano para ahogar sus problemas en alcohol…
Manuelito se había quedado dormido por el llanto; hasta que algo comenzó a golpearle en la carita. Entre dormido y despierto el chiquillo podía sentir algo duro y carnoso dándole golpecitos suaves en el rostro. Cuando finalmente abrió sus ojitos verdes, la luz de la habitación estaba encendida, desorientándolo más, pues no sabía si aún era de noche o ya era la mañana del día siguiente. En eso el niñito logró enfocar mejor y pudo ver claramente la imponente figura de su papá; quien estaba de pie a un lado de la cama, con la camisa completamente desabotonada, exhibiendo su musculoso y velludo torso, así como el pantalón desabrochado con sus impresionantes genitales masculinos por fuera. Traía sus macizos huevos peludos colgando pesadamente, junto con su poderosa verga bien erguida en el cálido aire del cuarto; con la cual el padre había usado para despertar a su retoño unos segundos atrás. Entonces el pequeñín se incorporó, quedando sentadito sobre el colchón, mientras se restregaba los ojos con sus puñitos para asegurarse de que no estaba soñando.
– Bueno bebé, aquí tienes lo que tanto has estado pidiendo. –Oyó hablar a su padre con voz ebria– ¿Qué esperas para ponerte a mamar la vergota de papá? O no es lo que querías, ¿eh putito?
Al escuchar eso, el crío todavía no estaba seguro si aquello era real o sólo se trataba de un sueño; pero lo cierto es que no le importó, simplemente brincó del medio de la cama sonriendo de oreja a oreja y se acercó de rodillas a su progenitor, tomó con manitos ansiosas aquella hombría caliente y palpitante, y se relamió los labios rosaditos.
Luego, el pequeño Manuelito acercó su naricita y boca al falo de su padre, lo olfateó un poco y sin necesidad de instrucciones se puso a hacer lo que había aprendido donde el señor Wong. Primero retrajo el pellejoso prepucio, deslizándolo despacio hacia atrás, descubriendo así el hinchado y enrojecido glande. En eso el niño vio como por la ranura de la uretra se asomaba una espesa gota seminal, la que él juntó con la punta de su lengüita. Aquella secreción paternal le supo dulce y deliciosa, que el crío quiso más; por lo que empezó a pasar una y otra vez su lengua por aquel ojete fálico, desesperado buscando más. El aroma viril que emanaba de esos genitales, en especial de la maraña de abundantes pelos púbicos, que para el chiquillo eran como un peluche negro, era intoxicante; era como si la volátil testosterona de su padre encendiera dentro de Manuelito un interruptor que lo hacía hacer cosas no propias para una criaturita de su edad.
– ¿Te gusta como sabe la vergota de papá, eh putito? –Inquirió Salvador en lo que le daba un trago a la cerveza que traía en una mano. Aquel macho estaba muy borracho, así como sudado, por lo que apestaba muchísimo; drogando cada vez más a su inocente vástago, quien ya traía su pijita infantil muy dura por debajo de la pijamita de Spiderman.
– ¡Mmmm…Slurp~! ¡Sí, papi! ¡Mmmm…Slurp~! ¡Me gusta mucho! –Respondió el niñito entre las ávidas lamidas que le daba a todo el glande de su progenitor.
Con ambas manitos el pequeñín también frotaba todo ese tronco leñoso fálico cubierto de venas, desde la base peluda hasta la protuberante punta. De ahí, el curioso infante descubrió más el glande, pasando del frenillo, notando como éste debajo del prepucio tenía una especie de pasta grumosa y blanquecina; que al saborearla con su lengüita le supo entre agria y saladita, y con un olor tan fuerte y varonil que lo provocó todavía más, enloqueciéndolo; así que sin poder controlarse se la empezó a comer toda, degustando felizmente todo el requesón viril del miembro masculino de su macho padre.
– Papá tiene la verga muy sucia y apestosa. –Afirmó el hombre al ver como la traía con restos de sebo y esperma seca, y luego le dio otro trago a su cerveza, chorreándose la barba y los vellos rizados de sus anchos pectorales.
– ¡Mmmm…Slurp~! ¡Es muy rica, papi! ¡Mmmm…Slurp~! ¡Me encanta! –Decía entre las buenas chupadas que le propinaba al vergón de su papá; al mismo tiempo que meneaba su respingada colita como perrita en celo.
Manuelito ya sentía comezón en su anito, esa intensa sensación que lo había estado atormentando desde esa mañana que regresó de jugar con esos tres hombres; quienes le habían arrebatado su virginidad e inocencia, sin que él siquiera lo comprendiera, convirtiéndolo en un putito adicto a las vergas. Ahí estaba él, engullendo y succionando contento la sudada y sucia virilidad de su progenitor, a la vez que usaba sus manitos para acompañar las mamadas con hábiles masturbadas. Salvador por su parte resoplaba y jadeaba de gusto. Él aún no podía creer lo bien que su hijito le daba placer oral. Se asombraba de como con una sola noche su chiquillo había aprendido todo eso del negocio de menores que manejaba don Wong; por lo que incluso pensó que quizás su niño ya lo traía de nacimiento. El hombre de familia miraba hacia abajo como su crío se metía más verga en la boquita, moviéndose de ‘adelante atrás’, mamando en un vaivén que provocaba más a Salvador, al punto que éste terminó arrancándole a la fuerza la pijamita a su hijo, descubriendo todo el culito precioso de su dulce retoño.
Las nalguitas del pequeño eran muy blanquitas y redondas, y bien respingadas, pues el crío hasta parecía levantarlas cada vez más en señal de deseo; en lo que no paraba de mamar esa enorme herramienta fálica paterna. La verdad es que al niñito casi no le cabía en su boquita infantil el enorme falo del que él había nacido; pero aun así Manuelito lo intentaba, ya que lo único que quería era complacer a su papá, demostrarle todo su amor de hijo a quien para él es el hombre que más admira, su padre, su héroe, y ahora su macho semental favorito.
– ¡Mmmghh~! ¡Gulp~! ¡Papi… ¡Mmmghh~! ¡Gulp~! –Se escuchaban los sonidos guturales del niño atorado con la carne masculina de su padre, ya con la carita colorada, la frente llena de gotitas de sudor y con los ojitos vidriosos.
– Eso es putito, cómetela toda. Trágatela bien. –Y le dio el último sorbo a la cerveza y la tiró a un costado de la cama– Eso es, bebé… ¡Ohh~! Así me gusta… ¡Ahh~!
Ahora Salvador se deleitaba con la colita de su vástago, le pasaba sus rudas y ásperas manos por toda la curvatura suave de las nalguitas, estrujándoselas hasta dejarles marcas, y luego se las pasaba por la tersa rajita sin un tan solo pelito y con las yemas de dos de sus dedos le jugaba el anito. Al cabo de un rato comenzó a hurgárselo, metiendo un dedo por aquel tierno esfínter infantil, que se abría con facilidad y daba paso a todo su nudoso dedo, ya bien metido del todo hasta el fondo. Manuelito gemía con la boquita llena, siempre meneándose de ‘adelante atrás’, como si pidiera más; por lo que su complaciente papá le dejó ir un segundo dedo como si nada, pues el agujerito anal de su niño se dilataba solito, que hasta parecía lubricar por dentro. Aquel macho incluso sentía como el recto de su hijito hacía succión desde adentro, a la vez que le succionaba su macizo falo con la boquita.
Aquel macho familiar estaba maravillado de lo receptivo que estaba el cuerpecito de su pequeño hijo de 10 años; por lo que él ya comenzaba a cogerle un poco la boca, empujando con su pelvis su enorme miembro masculino, pasándole el glande más allá de la campanilla de niño, hasta metérsela en la faringe. Manuelito tenía arcadas, pero aun así dejaba que su padre siguiera y disfrutara; ya que eso es lo que él había aprendido con los tres machos la noche anterior, que los niños debían jugar y dejarse de los hombres de esa forma. Al cabo de un rato, Salvador se la sacó y empezó a restregársela a su pequeño por toda la carita inocente, observando divertido como su recio falo era incluso mucho más largo que toda la cabecita de su retoño. De ahí, el hombre usó su vergón como garrote de carne, venas y pelos para azotarle el rostro a Manuelito; quien se dejaba sonriendo y abriendo la boquita y sacando la lengua para aprovechar y poder saborear los jugos que no paraban de escurrir de esa sabrosa virilidad paterna.
– ¿Te gusta la vergota de papá, no es cierto putito? –Le preguntó en lo que frotaba su hinchado glande contra las mejillas de su hijo, de lado a lado, mirando como éste trataba desesperadito de volvérsela a meter en la boca y seguir chupándola y que lo siguieran follando oralmente.
– ¡Mmmm…Nnnghh~! ¡Sí, papi…! Mmmm… ¡Amo tu cosota! ¡Nnnghh~! –Contestaba con toda la carita pegajosa y sacando la lengüita para poder tragarse toda esa rica mezcla de saliva y jugos seminales.
Manuelito sentía más la intensa picazón en su colita, puesto que ésta había estado aumentando más y más con el olor y sabor del miembro de su papá; por lo que el niño aprovechó ese momento y se giró para darle la espalda a su progenitor, siempre con las rodillas clavadas en el colchón, apoyó su cabecita contra la cama y elevó su culito. Luego con ambas manitos se agarró cada una de sus nalguitas y se las separó lo más que pudo, exhibiéndole a su padre su rajita pálida junto con su anito sonrosado, ya algo abierto, como una perrita en celo llamando la atención.
– Papi, me pica la colita. Ráscamela con tu cosota… –Le pidió en tono suplicante, a la vez que aquel agujerito negro se abría y cerraba como una boca hambrienta pidiendo ser alimentada– ¡Por favor, papi…! ¡Me pica mucho! ¡Ya no aguanto más, papi! ¡Métemela duro por favor…!
Entonces Salvador, aun con la camisa desabotonada puesta, sólo se quitó el pantalón con el calzoncillo y se subió de rodillas a la cama de su hijo, se puso en posición detrás de ese pequeño y apetitoso traserito infantil, y sujetando por la base su enorme mazo fálico, colocó la punta de su verga contra aquel terso esfínter; el cual al no más sentir el contacto de aquel glande se abrió más y así el macho pudo metérsela fácil hasta la mitad. El resto costó un poco, ya que ese miembro masculino a medida se acerca al pegue púbico, se ensancha mucho; pero por esa razón el hombre inició sus fuertes estocadas, empujando más y más adentro del recto del niñito, y así finalmente logró dejársela ir entera hasta el colon, haciendo que su retoño gritara descontrolado.
Manuelito ahora gemía de gusto, pues aquel dolor profundo y el ardor de las fricciones resultantes de las brutales embestidas que su padre le propinaba, le encantaban al crío y eran las que calmaban ese escozor sexual que había despertado recientemente en él, apenas a sus 10 añitos. Salvador también gozaba y se deleitaba del culito estrecho, caliente y húmedo de su vástago, extasiado de lo fácil que era poder penetrarlo a tope y bombeárselo con toda su potencia viril; mientras miraba como aquellas nalguitas vibraban cuando él la ensartaba hasta los vellos púbicos, y como su chiquillo se mecía siempre de ‘adelante atrás’, al mismo ritmo de sus cogidas, tornando aquel coito ‘padre e hijo’ todavía más placentero. Sin darse cuenta Salvador estaba teniendo el mejor sexo de sus 35 años.
– ¡Ohh~! ¡Qué rico que estás por dentro, bebé! –Decía el macho paternal mientras resoplaba admitiendo que el follarse a su pequeñín era lo más rico que había experimentado en su vida de macho heterosexual– ¡Ohh…! A papá le encanta cogerte… ¡Qué Dios me perdone! ¡Ahh…!
– ¡Aaghh~! ¡Ay papi qué rico~oohh! ¡Nnnghh~! ¡Más duro~oohh! ¡Aaghh~! –Gemía Manuelito casi virando sus ojitos verdes, con la boquita abierta y un hilo de baba colgando, y con su pijita tan tiesa que le dolía.
Aquel abate no paraba, que los voluminosos huevos de Salvador, todos recubiertos de sudor y rizados vellos negros, se balanceaban y golpeaban la pijita y huevitos de su niño con cada salvaje y vicioso ‘mete y saca’ de su fornido falo de más de 20cm y con un grosor descomunal, que harían llorar a cualquier mujer; pero maravillosamente para el chiquillo era pan comido, pues sus entrañas infantiles se amoldaban al tamaño del falo de su padre y soportaban resilientemente la intensidad de sus viciosas embestidas.
Después de un buen rato así, el papá semental paró y se la sacó del todo al crío, pudiendo contemplar cómo el colorado e hinchadito anito de su hijito había quedado exageradamente abierto, tanto que él podía ver el rojizo interior y como del mismo escurría la mezcla de sus jugos seminales con las lubricaciones naturales del culito del niño. Eso provocó todavía más a Salvador, por lo que su vergota se inyectó con más sangre y morbo, tornándose aún más gruesa y venosa que antes; como si ésta hubiera alcanzado una nueva etapa de erección, la etapa definitiva de su potencia de macho. Entonces el macho agarró a su pequeño por la cinturita y lo volteó boca arriba, para luego volvérsela a meter de una arremetida y así seguir follándoselo a gusto, viéndole la carita y como éste gemía incesantemente con las mejillas coloraditas y la boquita salivando mucho. El hombre seguía de rodillas sobre la cama y tenía a su hijo por la cintura, elevándole el culo para poder enterrársela desde arriba, mientras Manuelito quedaba suspendido, sólo apoyado en el colchón con sus hombros y cabecita; por lo que de esta manera la herramienta viril de su papá le perforaba más profundamente y le taladraba las entrañas de una forma que el niño sentía que perdería el conocimiento. Aquel bombeo anal era tal, que la punta del enorme vergón progenitor se abultaba debajo del pálido y plano vientrecito del niño, dibujándose claramente la forma del glande con cada empujón pélvico. El dolor y placer revueltos abrumaban la mente del chiquillo y el pobre sentía que se orinaría encima, pues en esa posición su padre estaba ordeñándole su vejiga y próstata infantil, al punto que luego de soltar varios chorritos de orina amarilla, que le bañaron el rostro y le cayeron en la boca abierta, le empezaron a salir disparos de esperma trasparente, con un tenue matiz blanquecino, y bastantes para su corta edad.
– ¡Agh~! ¡Más! ¡Más, papi! ¡Nnnghh~! ¡Ay, papi! ¡Aaahhh…! –Le decía mientras tenía un intenso orgasmo anal.
Por su parte, el padre se asombró de que su crío de sólo 10 años ya tuviera una eyaculación puberta como esa, más propia de un chico de secundaria, que de un niño pequeño de primaria; ya que ni había desarrollado aún. Esa idea morbosa lo calentó muchísimo y sumado al hecho de que ahora su hijo estaba teniendo espasmos orgásmicos en el colon, haciendo que, desde el interior de su culito, el pequeño estrujara con su recto y esfínter el macizo vergón de su papá; quien no pudo aguantar más y él también empezó a correrse a chorros.
– ¡Oh…Dios! Bebé me estas ordeñando por dentro… –Exclamó Salvador resoplando y bufando como una auténtica bestia embramada– ¡No puedo más! ¡Me…me vengo… ¡¡OOOGGHHH!!
El macho ahora inundaba las entrañas de su hijito con toda su descarga seminal paterna, un disparo espeso y caliente tras del otro, preñándolo con todos los que podrían ser sus hermanitos de leche viril. Manuelito continuaba gimiendo y pidiéndole a su papá que no parara, que siguiera taladrándolo fuerte y rico; mientras más chorritos de orina salían de su pijita dura y seguían mojándola el cuerpo y carita, y se los tragaba con la boquita jadeante. Luego el semental de Salvador retiró su vergota firme, observando satisfecho como había quedado el ano exageradamente abierto de su retoño, con todo el contorno rojo y escurriéndole su leche viscosa en grumos, para terminar de ensuciar aquella cama. En eso, ya libre del agarre de su macho, el pequeño niño se levantó y sin que le dijeran nada, siguiendo su puro instinto, agarró con sus dos manitos el falo de su padre; el cual continuaba estando bien erecto a pesar de haber eyaculado ya, y comenzó a pasarle la lengüita para limpiárselo todo y seguir saboreándolo, que pronto estaba chupándolo nuevamente en una nueva e intensa mamada.
– Sí que eres un putito adicto a la verga, bebé… –Habló Salvador, calentándose y viendo complacido como su erección se mantenía en su máxima expresión– Vaya que sí aprendiste bastante en poco tiempo. Don Wong ha hecho de ti todo un putito complaciente… Y papá está muy orgulloso por eso, bebé.
Ahora el padre de familia estaba nuevamente follándose la boca de su hijito, empujando con las caderas su palpitante miembro masculino, introduciéndoselo peligrosamente en la garganta hasta el esófago, que el pobre niño tenía tremendas arcadas y vomitaba saliva sobre las sábanas; pero aun así Manuelito no se alejaba o le pedía a su papá que parara, sólo se dejaba sumiso, con lágrimas corriendo por su linda carita enrojecida. El macho peludo y sudoroso tampoco se detenía, de hecho, respondía siendo más rudo; pues se excitaba más el ser así de tosco y agresivo sexualmente con su retoño y ver como éste, a pesar de su corta edad, aguantaba más que las mujeres que él solía cogerse. Salvador seguía jadeando y respirando con fuerza, sujetando al niño con ambas manos sobre la cabecita de pelito lacio en corte de honguito, embistiendo el rostro inocente del crío, sintiendo como casi toda su vergota se deslizaba dentro de esa garganta infantil, la cual lo estrujaba delicioso por dentro; sólo que eso hacía que al chiquillo le faltara el aire. Cuando el papá se apiadaba y dejaba a su niño respirar, aprovechaba para otra vez frotarle toda su babosa y dura hombría por la carita a Manuelito; quien lo veía con mirada perdida, como en trance, pero con la boquita abierta y la lengua por fuera para que lo continuaran usando sin problemas.
– ¡Mmmm…Slurp~! ¡Dame lechita, papi… ¡Nnnghh~! Mmmm…Slurp~! Quiero comerme tu lechita de hombre…
– Abre bien la boquita. –Le respondió. Salvador ya no tenía ningún tipo de duda o cargo de conciencia por esa situación tan inusual entre un padre heterosexual y su inocente hijo pequeño– Por ser un niñito puto tan bueno, papá te va a dar más de su leche de macho.
Entonces el joven hombre empezó a pajear rápidamente su falo, todo colorado y ensalivado, así como con todas las venas marcadas, sintiendo como estaba otra vez cerca de volver a correrse. Mientras tanto, el pequeño lamía los huevos peludos y sudados de su papá, para luego ayudar a su progenitor a excitarse más, pasándole su lengüita por el glande, ansioso por recibir esa nutritiva y deliciosa leche paterna; al mismo tiempo que veía hacia arriba con carita suplicante e inocente a su macho; quien le devolvía la mirada con lujuria y una nueva depravación en él.
– Abre bien putito… ¡Ooghh~! ¡Aquí viene la leche de papá…¡¡AAAHHH!!
– ¡Mmmm…Gulp~! ¡Sí, papi! ¡Mmmm…Gulp~! –Decía el niño mientras tragaba uno a uno los chorros de esperma espesa y caliente que su padre le disparaba en la boquita– ¡Mmmm…Slurp~! ¡Qué rica! ¡Mmmm…Gulp~!
Con el último chorro cremoso de semen de su padre, Manuelito se relamía y terminaba de limpiar con su boca y lengua los restos sobre la jugosa e hinchada vergota del semental que lo había procreado.
– Mmmm… ¡Gracias, papi! Mmmm… ¡Te amo! –Y le sonrió con una dulzura sincera, que hizo que su progenitor simplemente lo levantara en sus musculosos brazos y acercando sus rostros lo besó en los labios con amor más allá de lo paternal, lo besaba con pasión y deseo de macho. Salvador supo en ese instante que a partir de ese momento su niño pequeño ahora sería su hembra por siempre.
Y con eso, los dos terminaron acostados en aquella pequeña y sucia cama. El chiquillo acurrucadito contra el transpirado y velludo torso de su padre; el cual abrazaba a su hijo sintiéndose complacido, acariciándole las nalgas y susurrándole cosas tiernas al oído, hasta que ambos se quedaron dormidos así juntos…
Entonces llegó el fin de la semana y la puerta trasera de la trastienda del señor Wong volvió a ser tocada por Salvador. Una vez más Narong abrió, encontrando al feliz hombre de familia cargando en brazos a su crío, el cual se aferraba abrazando el fornido cuello de su papá.
– Hola, Narong. ¿Está tu padre? –Preguntó Salvador en tono casual, aunque sintiéndose algo avergonzado por volver a ese lugar.
– Sí, de hecho, los estábamos esperando… –Contestó el joven y atractivo asiático, y al dirigir su mirada a Manuelito agregó sonriendo– A ambos.
Narong le giñó un ojo al niño, a lo que Manuelito respondió con una inocente sonrisa divertida.
―Continúa en una tercera y última parte…



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