La Deuda del papá de Manuelito (Parte 3)
El joven padre de 35 años había recapacitado y reconocido que la mejor manera de arreglar todo era con Manuelito, su hijo pequeño de 10 añitos….
Habían pasado tres semanas desde que Salvador saldó toda su deuda con el señor Wong. El joven padre de 35 años había recapacitado y reconocido que la mejor manera de arreglar todo era con Manuelito, su hijo pequeño de 10 añitos, quien con gusto ayudó a su querido papito a pagar lo que debía; mientras él se divertía “jugando” en la trastienda del mercadito Wong, con muchos machos y sus ricos miembros viriles, peludos y lecheros que a él ya tanto le encantan, al punto de tener una temprana adicción a ellos a su corta edad.
Era sábado por la noche, en lo que Salvador compartía un buen rato con su nuevo amigo, y ahora socio de negocios, don Wong. Ambos estaban en una de las múltiples habitaciones de la amplia trastienda, recostados en un largo sofá naranja, completamente desnudos; excepto por las sandalias cafés del señor Wong y en el caso del otro hombre, éste no se había quitado sus zapatillas deportivas blancas y todavía traía puesta una camisa manga-corta, con diseño hawaiano, toda desabotonada, exhibiendo su musculoso y velludo torso. Los dos transpiraban por el calor húmedo del cuarto y expedían su intenso hedor masculino a testosterona, tomaban cerveza a gusto y conversaban cotidianamente, a pesar de que cada uno tenía sobre su pelvis a un chiquillo cabalgando su respectiva erección.
– Ayer almacené todos los nuevos videos que se grabaron la semana pasada. –Habló Salvador y le dio otro sorbo a su cerveza, al mismo tiempo que con su otra mano acariciaba la espaldita del niño tailandeses de 6 años que tenía enfrente; el cual solito subía y bajaba por toda su enorme verga, ensartándosela toda con cierta dificultad, en lo que no paraba de gemir y hacer rebotar su culito pálido y redondito sobre esa oscura entrepierna peluda.
– Excelente, Salva. –Respondió el maduro asiático a su lado, quien sujetaba con ambas manos la cinturita de su crío, que era el hermanito de 5 añitos del otro; mismo que le montaba su gordo y cabezón falo de frente, lo que le permitía a don Wong ver su preciosa carita sonrosada y acercarle su rostro para poder besarlo mientras cogían.
El calvo y gordo chino de bigote y larga barba lacia, igual a sus pelos púbicos, sacaba su salivosa y carnosa lengua, sólo para que el pequeñín tailandés automáticamente se la chupara, metiéndosela toda en su boquita, sin dejar de montarlo con expertos y hábiles movimientos de sus caderitas, algo realmente prodigioso en un niñito de esa edad.
– ¡Mmmm…Slurp~! ¡Nnnghh…Ahh~! ¡Mmmm…Slurp~! –Gemía el pequeño de 5 años entre sus succiones y rebotes.
– Y ya tengo varios compradores nuevos. –Agregó Salvador, a la vez que contemplaba la delicada espalda del infante arquearse; en lo que éste cabalgaba su recia virilidad sin descanso, decidido a ordeñarlo con su culito de niño tailandés de 6 añitos. El macho se maravillaba de ver aquellas tiernas y tersas nalguitas blancas como porcelana, frotarse contra su tupida mata de pelos negros, en lo que sus impresionantes 22cm estaban todos ensartados en el cálido interior de ese chiquillo precioso, importado exclusivamente para esto.
– ¡Agh~! ¡Nnnghh…rico~! ¡Agh! ¡Nnnghh…más~! –Se oían los gemidos de placer del precioso pequeñín.
– ¡Ohh…eso es putito! ¡Sigue así… Ahh! –Le decía el señor Wong a su juguetito infantil entre jadeos, ya a punto de correrse, y luego se dirigió a su compañero– Fue una excelente idea hacerte socio. Cada vez nos haces ganar más dinero… ¡Ahh…joder! ¡¡OOOHHH!!
Y con eso el maduro asiático empezó a correrse dentro de su pequeño; el cual, al darse cuenta de ello, apresuró los movimientos de sus angostas caderitas, asegurándose de que su macho le inyectara hasta la última gota de su tibia y abundante esperma, algo que había aprendido desde los 2 añitos de edad. Luego el robusto chino detuvo al crío, aunque éste le dijo en tono suplicante que quería más, que quería que lo siguiera follando duro; pero don Wong tenía que trabajar. Entonces el hombre desmontó al niñito tailandés y se puso en pie, con su gruesa verga semi-erecta goteando al piso, y como si nada se dirigió a la puerta de la habitación.
– Iré a ver si nuestro nene estrella ya está listo. –Le dijo antes de salir a Salvador, refiriéndose claramente a Manuelito, y viendo su reloj de pulsera agregó– Dentro de poco vendrán sus clientes.
El otro hombre quedó solo con los dos pequeños en el cuarto, cada vez más sudado y caliente, que comenzó a empujar hacia arriba su tremenda virilidad, al mismo ritmo en que el chiquillo de 6 años le daba energéticos sentones a su entrepierna. En eso, el hermanito de 5 años se acercó a Salvador sobre el sillón naranja, apoyó sus manitos contra esos pectorales esculpidos y cubiertos de vellos, y con su dulce carita se acercó buscando bajo el bigote y barba del macho sus labios para besárselos con lujuria. El joven padre le devolvió con gusto esos pasionales besos al infante tailandés, a la vez que le pasaba una de sus rudas manos por la espaldita, por aquellas suaves y redondas nalguitas respingadas, hasta alcanzar su rajita y meterle fácilmente dos dedos dentro del anito abierto; sintiendo como aquel esfínter estaba sumamente dilatado, y como el interior del recto estaba tibio y sobre todo húmedo; pues Salvador podía sentir todo el semen de don Wong dentro. Sacó los dedos llenos de la cremosa y amarillenta esperma de su socio y se la dio a comer al niño, quien la lamía y chupaba de sus dedos con desesperación; mientras su hermanito mayor finalmente hacía acabar a su macho en un orgasmo tan increíble, que éste hasta viraba sus ojos verdes y babeaba los pelos de su pechote…
Mientras tanto, el señor Wong entraba a los baños/vestuarios de ese pecaminoso establecimiento. Estos estaban en un amplio espacio, iluminado por varias lámparas de luz fluorescente blanca. Al lado derecho había una hilera de varios cubículos sin puerta, con sucios inodoros apestando siempre a fuerte orina de macho, y seguido había un área de duchas colocadas en línea recta. Del otro lado, a la izquierda, había una serie de viejos casilleros grises, todos oxidados, y enfrente de éstos un par de banquetas de madera. Cuando don Wong entró, al primero que vio fue a su hermano menor, Yao de 47 años; un hombre asiático de aspecto serio, cuerpo algo fornido y de poca panza, el cual vestía sólo una floja calzoneta azul oscuro y un par de sandalias cafés. Éste estaba dentro de uno de los cubículos, de pie y a la par de un niño de 8 años sentadito en el retrete.
– Vamos putito, puja todo para afuera. Tienes que expulsar toda la leche que te dejaron dentro para poder atender más clientes. –Le decía Yao al gordito que estaba en el inodoro desnudito, con adorable pancita y chichitas, cabello rojizo ensortijado, y la carita llena de pequitas, ahora coloradita porque hacía fuerza para defecar toda la esperma que varios machos le habían inyectado hacia unos pocos minutos atrás.
– Sí, señor… ¡Nnnghh…! –Pujaba el crío rellenito, obediente y sumiso sin cuestionar.
– ¿Cómo va todo por aquí? –Preguntó el mayor de ese par de hombres chinos al acercarse al cubículo.
– Todo en orden como siempre, hermano.
– ¡Nnnngghhh…! –Se oía al gordito pujar y como los borbotones de leche viril de varios sementales escurrían de su culito roto y caían en el agua haciendo “¡Splash~!”.
– ¿Y nuestro nene estrella? ¿Ya está listo?
– Sí. –Y Yao señaló al final de los casilleros, en lo que justo el personaje en cuestión se aproximaba a ellos dos.
Manuelito caminaba descalzo y usando muy poca ropa. De hecho, su atuendo consistía únicamente de un cuellito blanco adornado con un corbatín negro, un par de mangas blancas en juego en sus muñecas, sujetadas por unas mancuernillas, y el resto de su cuerpecito iba desnudo, excepto por la diminuta y ajustada tanguita celeste con encajes en los bordes que llevaba puesta; la cual se le metía entre sus nalguitas en forma de duraznito y enfrente marcaba sus pequeños y adorables genitales pubertos de 10 años.
– ¡Qué hermoso te ves así, ternurita! –Exclamó el señor Wong sonriendo complacido y estiró su mano para que el niño se la agarrara– ¿Estás listo, mi preciosura?
– ¡Sí! ¡Ya quiero comenzar a jugar! –Respondió el aún inocente crío devolviéndole la sonrisa de oreja a oreja.
Entonces, tomados de las manos se dirigieron a la puerta; pero en eso Manuelito se soltó y corriendo fue donde el otro hombre dentro del cubículo, y se paró de puntillas para tratar de alcanzarlo. A lo que éste respondió con sujetarlo por la cinturita y suspenderlo con sus fuertes brazos, llevándolo hacia su torso y quedar sus caras cerca.
– Hasta luego “tío Yao”. –Dijo el cariñoso chiquillo y le dio un besito al tosco y corpulento chino; el cual encantado se lo devolvió, sintiendo como su corazón daba un vuelco, pues él ya se había enamorado de Manuelito…
Por su parte, Salvador ya complacido y con una primera evacuada de sus cargados huevos, salió del cuarto sin ponerse pantalones; sólo con la camisa hawaiana desabotonada y su recia verga semi-erecta colgando a la mitad de sus peludos y macizos muslos. Cerró la habitación tras de sí, dejando a los hermanitos tailandeses dentro, ya que él sabía que en un rato pasaría Yao por ellos y se los llevaría para alistarlos, y así ese par de pequeñines podrían atender a los clientes que tenían reservados para esa atareada noche.
El papá de Manuelito ahora caminaba por esos angostos y lóbregos pasillos, iluminados por focos de luz rojiza, sintiendo el piso de cemento pegajoso bajo sus zapatillas. Él todavía suele perderse en ese laberinto de intrincados corredores y múltiples cuartos; pero si se ubicaba en donde estaba la oficina principal. Al entrar, halló sentado frente al escritorio a Narong, el primogénito de don Wong, echándose una línea de coca. El joven de 23 años es muy atractivo, con rasgos obviamente asiáticos y un cuerpo atlético. Éste traía puestos una calzoneta negra muy corta, una camiseta blanca de tirantes, ceñida a su definido torso, y las típicas sandalias cafés características de los hombres de su familia china.
– Hola, Narong. ¿Todo bien en el fuerte? –Inquirió Salvador en tono casual y sin extrañarle nada.
– Todo en orden, Bro. –Contestó el chico y se limpió la nariz y el bigotito con el dorso de una de sus manos, y de ahí señaló con el pulgar la pared a su par; la cual estaba llena de monitores– Nada fuera de lo normal.
Todas las habitaciones tienen cámaras que conectan a la oficina principal y a esos monitores. Cuando Salvador se giró para revisar cada pantalla, notó que casi todos los cuartos estaban vacíos, algo normal pues era temprano; excepto por dos de ellos que ya tenían clientes. En uno estaba nada más y nada menos que el comisionado de policías, un maduro ‘oso’, corpulento y muy velludo; el cual estaba desnudo, menos por el gorro de policía que aún traía puesto, quien de rodillas sobre una cama se follaba a cuatro a un morenito de 7 añitos. Y en otro de los cuartos, Salvador reconoció a uno de los clientes más asiduos, al obispo de la diócesis local. Este viejo de más de 60 años; delgado, pálido y bien canoso; estaba atado de pies y manos a los postes de la cama, con su verga bien tiesa, mientras parado sobre el colchón había un jovencito de piel canela, delgado y de 12 años, meando con su pijita parada la boca del clérigo, quien se tragaba extasiado aquella orina pueril.
– Vaya, otra vez vino el jefe de la policía. –Comentó Salvador en lo que se rascaba sus frondosos pelos púbicos, como una habitual maña suya– ¿Esta es la segunda o tercera vez esta semana?
– La cuarta de hecho. –Contestó Narong y se hizo para atrás en la silla reclinable, colocando sus brazos detrás de la nuca, exhibiendo sus largos y lacios vellos axilares; de los cuales expedía su intenso olor a sudor acumulado de todo ese caluroso día– Creo que ya se hizo adicto a culito de nene, cosa que vine bien para el negocio…ja, ja, ja…
El otro hombre también se rio y en lo que se acercó más, se dio cuenta de que el joven asiático no estaba solo en la oficina. Debajo del escritorio había un niño hincado en medio de las fibrosas y lampiñas piernas de Narong, en lo que le mamaba la verga erecta a éste y con sus manitos le masajeaba los redondos y pesados huevos. El pequeño estando completamente desnudo, menos por el hecho de que traía un collar de perrito al cuello, de cuero marrón, con una larga y delgada cadena plateada que estaba conectada con uno de los reposabrazos de la silla.
Salvador por supuesto que no se sorprendió ni extrañó por eso; pues él ya tenía tres semanas en ese ambiente y estaba bastante familiarizado con como operaba esa singular familia asiática y ese turbio negocio de placer de hombres adultos con infantes, del que él ya era parte también. Sus finanzas incluso mejoraron mucho, al punto de que había renunciado a su trabajo regular y ahora sólo se dedicaba a esto. Además, él a pesar de ser hombre heterosexual en todos sus 35 años, ahora podía reconocer que realmente disfrutaba mucho de coger niñitos como todos esos otros machos; de hecho, el ver en ese momento ese culito redondito y terso del chiquillo arrodillado ante Narong, le pareció tan apetitoso, que su vergota empezó a erguirse sola, engrosándose y creciendo centímetro a centímetro; hasta que alcanzó su impresionante envergadura. Aquella formidable herramienta estaba tan erecta ya, que apuntaba hacia el techo de la oscura habitación y por el ojete soltaba una gota de sus jugos seminales.
– Se te ha puesto bien dura, Bro. –Comentó el joven al ver el tremendo vergón del otro sacudirse sólido por el denso aire– Parece Salva que tú también tienes ganas de culito de nene.
– No te lo voy a negar…je, je, je… –Le confesó, puesto que esa era la pura verdad. Gracias a su dulce retoño, Manuelito, Salvador ahora disfrutaba más follar críos que mujeres.
– Pues aprovecha y métele todo ese tremendo animalón que tienes en medio de las piernas. –Le dijo el chico haciendo un gesto y señalándole la erección– Este putito ya está bien usado por mi padre, mi tío y yo. Aunque no sé si pueda con todo lo tuyo. La tienes realmente enorme, Bro.
– Sólo hay una manera de averiguarlo. –Y ambos se carcajearon.
Entonces, el padre de familia tomó al pequeño y lo colocó en cuatro patas sobre aquel viejo escritorio. Luego se puso detrás de su traserito, le separó las nalguitas estrujándoselas con sus toscas manos adultas, y apuntando a ese precioso y lampiño anito rosa le soltó un escupitajo que usó para comenzar el delicioso proceso de dilatarlo. El niñito ya empezaba a gemir de gusto, sintiendo la boca de ese macho comerle su culito infantil. Sentía el rico roce de ese bigote y barba, así como también la hábil lengua entrar por su esfínter, para después experimentar el tirón de como se le abría más con el ingreso de un nudoso dedo de ese varonil y velludo hombre.
– A que está bueno ese culito, ¿no, Bro? –Preguntó Narong todavía sentado en la silla, mientras con una mano se pajeaba su tiesa verga y con la otra sujetaba la cadena que conectaba al collarín del niño; mismo que según él sólo jugaba a ser un perrito bien obediente.
– ¡Mmmm…Slurp~! ¡Uff…una delicia! Mucho mejor que un coñito. ¡Mmmm…Slurp~! –Le respondió entre lamidas, más un par de escupitajos y en lo que ahora usaba esa nueva saliva para meterle dos dedos hasta adentro; haciendo que un chorrito de orina saliera involuntariamente de la pijita del pequeñín.
– ¡Guau~! ¡Guaghh~! ¡Ay… Agh! –Ladraba en juegos el chiquillo, al mismo tiempo que el semental perverso le hurgaba a gusto su recto infantil– ¡Guaghh~! ¡Ay…rico! ¡Guau~! ¡Guau~!
De ahí, Salvador se incorporó, agarró al crío por la cinturita, acercando y colocando ese tierno trasero frente a su pelvis, con una mano tomó el collar de cuero y con la otra dirigió su enorme vergón al ya abierto anito, haciéndole fuerza con su glande, empujándoselo duro y viendo lo fácil que le entraba. El niño gimió de gusto; pero cuando sintió que el hombre le metió la mitad de su virilidad fálica, con un par de embistes bruscos, gritó fuerte y soltó otros chorritos de orina sobre el escritorio.
– ¡¡AY!! ¡Guaghh~! ¡Guau~! ¡Guau~! ¡Guaghh~! –Era lo único que decía el inocente infante, pues en el juego que Narong le hacía jugar, él no podía hablar, sólo ladrar y comportarse como un perrito bueno.
– Este cachorrito ya está estrenado; pero nunca le han metido una tan poderosa como la tuya, Bro. –Le comentó con admiración y morbo el joven asiático a su amigo mayor, a la vez que no paraba de jalársela con esa excitante escena; que los jugos seminales de su estética verga le escurrían hasta sus huevos llenos de largos pelos negros lacios, y con su otra mano le daba tirones a la cadena para que el niñito ladrara más.
– Tienen bien entrenado a este cachorrito rico. ¡Ohh~! –Decía entre jadeos el hombre de 35 años; en lo que empujaba más y más de su tremendo falo por aquel culito estrecho, apretadito, húmedo y tan calentito– ¡Ohh…qué maravilla! ¡Uff~! Ya le entró toda. ¡Ahh~!
Salvador aún no había disfrutado de todos los menores que don Wong y su familia tenían operando en el negocio; por lo que siempre era gratificante poder aprovechar de esos momentos y privilegios de ser parte de esa línea de trabajo. Ahora la mata de sus pelos púbicos rozaba las nalguitas del crío, a la vez que este último tenía ensartado asombrosamente 22cm de poderoso miembro masculino, bien metidos en sus entrañitas hasta el colon. Las embestidas del macho ya eran salvajes, haciéndolo transpirar más, que las manchas de sudor bajo las mangas de su camisa eran cada vez más notorias. Su vergota entraba y salía complacida del adorable e inocente niño, de ese perrito, puesto que éste obedientemente sólo ladraba entre gemiditos y se dejaba follar a lo animal por ese machote peludo. Narong por su parte se masturbaba al mismo ritmo que su amigo cogía al chiquillo, encantado con la escena que contemplaba de cerca desde la silla, experimentando el morbo y placer de una manera intensificada gracias a la línea de coca que había inhalado antes. Sus rápidos pajazos lo hacían estremecerse y casi delirar. Para él, el hedor a testosterona del otro hombre era casi palpable e incluso lo podía saborear amargo en su boca. El chico asiático hasta veía extasiado como el gran glande de Salvador se dibujaba bajo la piel de la pancita del crío, inflándosele con cada profundo empujón que el semental le daba a su nueva mascotita.
– ¡Eso, Bro! ¡Cógete duro a este cachorrito puto! ¡Préñalo con tu leche!
– ¡Guau~! ¡Guaghh~! ¡Ay… Agh! ¡Guau~! ¡Guau~! ¡Ay…sí! ¡Quiero lechita…Agh! ¡Guaghh~!
– ¡Ohh…joder! ¡No puedo más! ¡¡AAAHHH!! –Y finalmente el hombre de familia se corrió una segunda vez esa noche. Llenándole con más de su abundante esperma todo el culito al perrito juguetón.
Cuando retiró todo su instrumento inseminador de lo que fuera ese perrito, contempló satisfecho cómo le había quedado el anito al pequeño; sumamente abierto y enrojecido, y como ya empezaba a escurrirle del interior gran parte de su descarga seminal, la cual se deslizaba por ese terso perineo, esos dulces huevitos infantiles y caía en espesos borbotones blancuzcos sobre el sucio escritorio. Narong todavía no se corría, ya que cuando él se droga su placer aumenta, pero también demora mucho más en alcanzar el orgasmo; por lo que se levantó y puso su buena verga enfrente de la carita del niñito. Inmediatamente la adorable criaturita, bien amaestrada como estaba, comenzó a lamer una y otra vez el jugoso glande del atlético chico, para luego chupárselo con verdadero deleite. Pero en eso se abrió la puerta de la oficina y entró el señor Wong:
– Con que aquí estabas, Salva –Dijo dirigiéndose a él sin voltear a ver a su primogénito, quien ahora le follaba la gargantita al pequeño que seguía en cuatro sobre el escritorio, sujetado por la cadena de perrito– Te estaba buscando. Manuelito ya está listo y casi es hora de su función.
– Ah, lo siento. Sólo me pasé un rato a saludar a Narong y me entretuve con su cachorrito. –Y señaló al joven asiático y al pequeñín atorado con toda aquella hombría china, que aquellos pelos púbicos largos y lacios le rozaban toda la carita colorada y los ojitos vidriosos por las arcadas que tenía.
Entonces los dos hombres salieron de la oficina principal, así como estaban, don Wong desnudo con sus sandalias cafés y Salvador sólo con sus zapatillas deportivas, pues ya se había quitado la camisa hawaiana toda sudada. Entre ninguno de ellos existía ya la vergüenza, ni siquiera con los clientes que se topaban por los corredores; pues era muy habitual ver machos entrar y salir de los cuartos enumerados con las entrepiernas al aire y sus genitales masculinos oscilando con cada paso. De ahí entraron a una habitación sin número, que estaba con seguro; pero el maduro asiático la abrió, ya que llevaba la llave colgada en medio de su ancho pecho lampiño. Esta era angosta, casi como un pasillo hondo, iluminada con luz blanca en el techo y dentro sólo había una serie de sillas que apuntaban a una pared con un amplio vidrio que dejaba ver el interior del cuarto contiguo. Salvador ya sabía que era de esos espejos dobles, que de un lado de la habitación reflejaba, pero de donde ellos estaban podían espiar todo perfectamente. Al otro lado el padre podía ver una mesa rectangular de patas bajas, en medio de un grupo de sofás, uno largo y un par de sillones personales en juego, todos apuntando en dirección a la mesita, en donde estaba ya su adorable hijo. Manuelito le bailaba sugerentemente al grupo de cuatro machos que eran sus clientes, dando la espalda al gran espejo donde su progenitor y el señor Wong lo espiaban.
Salvador veía el precioso culito de su retoño y como la tanguita celeste con encajes se le metía entre las nalguitas blancas, mientras el pequeñín danzaba al ritmo de la sugerente música de la habitación, con una sensualidad impensada en un niño de apenas 10 añitos. Los hombres sentados en los sofás bebían alcohol, silbando y vitoreando al chiquillo coqueto que les bailaba en una clara seducción sexual, que facialmente podría quitarle el trabajo a una bailarina exótica. Aquel grupo de machos sudados ya estaban calientes, que empezaron a desvestirse del todo, mostrándole a Manuelito sus erecciones resultado de su danza de apareamiento. Uno de esos hombres era Rubén, el dueño de la pizzería del barrio, pues es de ascendencia italiana. Tiene 52 años, está casi calvo, es robusto con panza, exageradamente velludo de todo el cuerpo, hasta en hombros y espalda, y se afeita el rostro; pero igual se le marca mucho la sombra gris del bigote y barba. A su lado estaba Óscar, de 27 años, quien es su yerno y también de sangre italiana. El joven es delgado, pero algo fibrado, y peludo de piernas, brazos y en medio del pecho tiene un puñado de vellos castaño oscuros, del mismo color de su cabello largo ondulado. El otro era Nelson, un cubano mecánico que trabaja en un taller cerca de ahí. Tiene 49 años, es muy alto, de piel morena oscura y cuerpo musculoso; pero no de gimnasio, sino de trabajar con las manos y marcar sus pectorales y abultados bíceps. Y el último era Boris, el más joven del grupo, con sólo 19 años. Igual es moreno y cubano, sobrino de Nelson, y también trabaja en el taller mecánico; por lo que, a pesar de ser delgado, es de musculatura definida e igual que su tío no es muy velludo, llevando depilados los genitales como Nelson, que ambos sólo tiene pelos negros en las axilas.
Acto seguido, los cuatro hombres entre risas rodearon de pie al crío, haciendo todo tipo de comentarios obscenos, para luego empezar a manosearle todo su cuerpecito infantil. Manuelito se dejaba tranquilo, sintiendo todas esas ásperas y rudas manos de macho acariciar su piel tersa y pálida; sus piernitas lampiñas, bracitos, pechito suave, vientrecito plano y nalguitas respingadas; viendo como ellos también se tocaban sus genitales masculinos de adultos, todos duros, venosos y llenos de sudor viril. El niñito estaba completamente a merced de todos esos depravados excitados. Lo acostaron boca arriba sobre la mesita; Rubén y su yerno lo tenían agarrado de los bracitos y las axilas, a la vez que Nelson y su sobrino lo sujetaban por los muslitos y piernas, abriéndolo bien.
– Ahora sí va a iniciar la fiesta. –Habló Rubén en tono malicioso, mientras se frotaba su vergón gordo (17cm), del mismo diámetro que una lata de cerveza, todo cubierto de brotadas venas y una base llena de tupidos rizos negros.
– Primero hay que lubricarle bien el culito para que nos aguante a todos. –Dijo luego Óscar, en lo que él también se estrujaba su larga y delgada verga (19cm), curva hacia abajo y a la izquierda; igualmente muy velluda.
– Yo ya estoy muy caliente. –Confesó el más joven, Boris, quien experimentaba el estar con un menor por primera vez– Me está escurriendo muchísimo el leño. Seguro que con mis jugos será suficiente…je, je, je…
El corazón de Manuelito latía a mil por segundo; pero no de nervios, sino por la acelerada anticipación, que sus tetillas rosaditas ya estaban muy tiesas, las cuales combinaban con sus labios en botoncito y sus mejillas sonrosadas.
– No puedo esperar para reventarle otra vez el culo a este putito. –Agregó el joven italiano, el cual semanas atrás se había deleitado con ese chiquillo para el cumpleaños de su querido suegro.
– Nene, hoy sí que te va a tocar una tremenda cogida grupal. –Intervino Rubén y se agachó para besar al niñito, metiéndole toda su carnosa y salivosa lengua en la boquita, y haciendo que éste se la chupara– Mmmm… Después de que acabemos contigo no vas a poder ni caminar…ja, ja, ja…
– ¡Miren como el putito lo está deseando! Tiene la pijita bien paradita. –Señaló Boris, con lo que los demás llevaron sus miradas a la abultadita tanga celeste con encajes que traía el niño; y de ahí el chico cubano agarró la pijita del crío por sobre la tela y se la estrujó un poco, haciendo que se le marcara una manchita de humedad seminal.
– Oye, compa. –Prosiguió el maduro italiano– ¿Por qué no empiezas tú y le partes el culito al nenito?
Nelson sólo sonrió y agarró por la base su tremendo miembro masculino erecto, que se sacudía sólo de las ganas. La hombría de ese cubano es la más enorme del grupo (23cm), muy oscura, bien gruesa y recia que parece un mazo fálico. Entonces el fuerte mecánico arrancó la tanguita de Manuelito, desgarrándola fácilmente, exponiéndole sus genitales pueriles de 10 años. Boris y Óscar le elevaron las piernitas, suspendiendo a la vez su adorable culito; por lo que el moreno aprovechó y comenzó a restregarle su gran glande por todo el pequeño anito sin un tan solo pelito. Manuelito soltó un gemidito no más sintió el roce de aquel falo en medio de la rajita de su trasero, y como ese macho le restregaba sus secreciones seminales por el perineo y esfínter.
– ¡Nnnghh~! Siento cosquillitas… ¡Ahh~! Ya la quiero dentro… ¡Por favor! –Pedía gimiendo el pequeñín.
Los machos se rieron al ver lo urgido que estaba el niñito por ser penetrado. En eso Nelson le dio a chupar dos de sus sucios dedos al chiquillo y ya ensalivados los usó para metérselos bien adentro de su ardiente rectecito, que Manuelito arqueó su espalda y soltó un profundo gemido de placer sexual a pesar de su corta edad.
– Métele otro dedo, tío –Le dijo Boris viendo todo muy de cerca, en lo que con una mano se jaloneaba su vergota larga (20cm), no tan gruesa como la de Nelson, pero sí del mismo color oscuro y bien depilada hasta la ingle.
– ¡Nnnghh~! Ah…sí… Otro, por favor… ¡Nnnghh~! –Replicaba el crío, que ya estaba bien coloradito de la carita y el pechito por lo caliente y ansioso. Entonces sintió el tercer dedo ensartado en su culo, que gritó de gusto.
El musculoso mecánico sentía como el anito del niño le devoraba los dedos, casi que pidiéndole más, y al mismo tiempo que su pijita paradita se sacudía y goteaba. Y el par de machos italianos también se pajeaban, mientras manoseaban con lascivia y maña todo el cuerpecito del crío; estrujándole las tetillas, jaloneando sus huevitos y pijita, en lo que frotaban sus hombrías por su pechito, axilas y jadeante rostro.
…Salvador observaba como ese grupo de machos rodeaban a su retoño, manoseándolo con lujuria desenfrenada, con sus vergas bien erectas, palpitantes y escurriendo el deseo por poseerlo; a la vez que su hijito se retorcía de gusto, con las mejillas ruborizadas, gimiendo con la boquita abierta y con su pijita infantil muy dura, en señal de que el niño disfrutaba mucho ser el putito de todos esos hombres. Ese padre experimentaba una mezcla de sentimientos. Por una parte, se sentía algo celoso de todos esos otros machos aprovechándose de su dulce niño; pero al mismo tiempo se llenaba de orgullo paternal al ver como su pequeño complacía fácilmente a esos cuatro degenerados como él, mientras también se excitaba a tope, tanto, que ya se jalaba su poderoso miembro masculino en primera fila, con su socio al lado; el cual igualmente se masturbaba con lascivia.
– Tienes mucha suerte, Salva. –Habló don Wong– Tu ternurita es muy especial.
– Lo sé, cabrón. –Respondió, ahora usando la otra mano para estrujarse sus enormes y peludos huevos, ayudándose así a ordeñar su vergota en esa paja y en lo que disfrutaba del espectáculo al otro lado del espejo.
– Manuelito se ha vuelto nuestra estrella. –Prosiguió el maduro chino– Tiene lista de clientes en espera y lo mejor de todo es que él solito es un putito insaciable que quiere jugar con todos ellos sin parar…je, je, je…
Del otro lado, Rubén embadurnaba la carita del pequeño con su gordo y venoso vergón, muy peludo y grotesco; pero al niño le encantaba, que abría bien su boquita y sacaba la lengüita para poder saborearla, así sucia y apestosa, lamiéndola toda y hasta chupándole los macizos y sumamente velludos huevos adultos.
– ¡Eso es, putito! Límpiame bien las bolas peludas y sudadas. –Decía el maduro y panzón italiano.
– ¡Mmmm…Slurp~! ¡Nnnghh…rico! ¡Ahh~! ¡Mmmm…Slurp~! –Contestaba el abrumado y caliente crío.
– Sí que es todo un putito, este nene. Sólo miren como le encanta la verga. –Observó Boris asombrado, pues ese era su primer encuentro con un niño de 10 añitos y uno así de especial como Manuelito.
– Así es. Se nota que nació para complacer machos. –Intervino Óscar, parado junto a su suegro, y a la vez que sentía como la manito del pequeñín pajeaba hábilmente su curva verga.
– ¡Uff~! Cómo se siente de caliente y húmedo dentro de su culito. –Dijo Nelson– Moja más que un coñito.
Y le metió los cinco dedos en puñado y por dentro los separó un poco, haciendo que aquel anito infantil se abriera como si fuera de goma; mostrándole a su sobrino lo increíblemente dilatado que estaba ese esfínter, que ya se podía ver el interior rojizo y lo oscuro en lo más profundo.
– Compa, ¡métesela ya! –Le pidió impaciente Rubén– Que todos queremos nuestro turno con el putito.
Giraron como si nada a Manuelito, dejándolo boca abajo sobre la mesita, siempre con las piernas abiertas y su lindo traserito al aire. De ahí, el musculado moreno sacó su manota del culito del pequeño y empezó a meterle su descomunal instrumento viril. El chiquillo gritó cuando la mitad de ese formidable falo se deslizó dentro de su recto, y luego más cuando con sólo un par más de empujones se lo enterró entero hasta el fondo; pudiendo el crio sentir el pegue de los huevotes negros del semental cubano contra su pálido agujero anal.
-¡¡AY!! ¡Nnnghh~! ¡Ay…sí, que rico! ¡Nnnghh~! ¡Agh~! –Gimoteaba de dolor y placer el dulce Manuelito.
Pero pronto Rubén lo silenció metiendo su gordo y grotesco vergón en su boquita, llenándosela hasta pasarle de la campanilla y comenzándole a follar la carita con un buen abate pélvico. Así esos dos machos cogían por ambos extremos al pequeñín, el cual ya se cubría de su transpiración puberta y gemía entre balbuceos y arcadas.
– ¡Eso es, suegrito! Atore bien a ese putito hambriento. –Alentó Óscar al padre de su esposa, mientras se pajeaba.
– ¡Alabao! –Dijo con admiración Boris– ¡Pero si hasta le entra todo su leñote, tío!
– Así es sobrino. Mira y aprende bien como le ensarto todo mi gigantesco tolete a este putito dispuesto. –Y Nelson no paraba de taladrar ese pobre traserito infantil con su imponente virilidad, mientras su joven sobrino le ayudaba separando bien las nalguitas blancas del niño con sus manos negras.
– ¡Mmmghh~! ¡Nnnghh~! ¡Agh~! ¡Mmmghh~! –Era todo lo que Manuelito podía vociferar, en lo que ese par de perversos sementales lo embestían salvajemente por la boca y el culito; demostrándoles a los otros dos más jóvenes su inigualable virilidad de machos adultos.
La mesita se sacudía con todo y el crío encima. Los cuatro machos sudaban mucho, que el hediendo olor mezclado de sus sobacos y testosterona ponía al niñito en un mayor trance sexual del que ya estaba. Ellos por su parte decían todo tipo de cosas morbosas y degeneradas, las cuales excitaban más al pequeñín; aunque lo cierto es que éste no las entendía del todo por su corta edad. Rubén y Nelson no dejaban ni por un segundo de bombearle con vicio su garganta y traserito, respectivamente. Su mandíbula parecía dislocarse y su culito reventarse.
…Mientras Manuelito recibía esas viciosas y brutales folladas, el par de hombres del otro lado del espejo se seguían pajeando, viendo el delicioso espectáculo de cuatro machos ganosos por sodomizar a un pequeño de 10 años; en lo que transpiraban por todos sus cuerpos, jadeando y respirando hondo por la excitación. El señor Wong estaba particularmente caliente, su gorda y cabezona verga escurría mucho, que se acercó a su compañero y le habló:
– ¡Joder, Salva! Como tienes la vergota de hinchada y roja de tanto jalártela. ¡Se te ve hasta más enorme! Si quieres puedo echarte una mano, ¿qué dices, campeón?
– Claro, es toda tuya. –Contestó Salvador soltando su formidable falo, para luego colocar sus musculosos brazos detrás de su nuca, ventilando así sus sobacos increíblemente peludos y todos sudados, que el hedor a su testosterona empañaba parte del vidrio que tenían por delante.
Entonces don Wong agarró la impresionante virilidad de su socio y se la empezó a masturbar con ambas manos, admirando su tamaño y grosor, al punto que se relamió el bigote y sin poder contenerse se metió en la boca aquel jugoso y gran glande. Esa fue la primera vez que otro hombre adulto se la mamaba a Salvador; pero como él también estaba muy caliente, no le molestó, que dejó que el maduro asiático siguiera y le ayudara dándole el placer oral que tanto necesitaba en ese morboso momento. El señor Wong la chupaba y succionaba muy bien, con evidente experiencia, y cuando se la sacaba de la boca, la lamía con libidinoso deseo desde los huevos llenos de vellos hasta la prominente punta, disfrutando de la poderosa hombría de ese otro macho.
– ¡Mmmm…Slurp~! ¡Qué rica verga tienes, Salva… ¡Nnnghh~! Mmmm…Slurp~! ¡Nnnghh~!
Y en la habitación del par, el maduro italiano sacó su vergón del niño, sólo para darle un par de jaladas frente a su carita colorada y soltarle su primera descarga seminal. Manuelito entre gemidos de las cogidas del moreno, abría su boquita y sacaba la lengüita para aprovechar y comerse la ración de leche viril de ese tosco y toscano macho.
– ¡Agh~! ¡Nnnghh~! Sí, denme lechita rica… ¡Nnnghh~! Quiero comer lechita de hombre… ¡Agh~!
Aquella explosión de semen fue tal, que el pelito lacio en honguito y gran parte del rostro del crio quedaron embarrados en espesa esperma; todo mientras el cubano musculoso no paraba de follarlo a lo bruto. El pequeño se agarraba como podía del borde de la mesa, escuchando sin distinción las voces de esos calenturientos machos; en lo que él sentía que le destrozaban deliciosamente su culito infantil.
– ¡Agh~! No paren… ¡Nnnghh~! Quiero más… ¡Agh~! ¡Denme más! –Suplicaba el inocente niño de una manera tan autentica y desesperada que enloquecería a cualquiera– ¡Agh~! ¡Lléneme el culito de leche, por favor!
– ¡Ah…maldición! ¡Me corro! ¡Oh…sí, joder! ¡¡OOOHHH!! –Y así se corrió Nelson dentro del crío, quien podía sentir complacido como la cuantiosa esperma de ese semental moreno le inundaba las machacadas entrañas, chorro tras chorro caliente, hasta que ya no salía más semen blanquecino de esa tremenda verga negra. Entonces, con cierta dificultan el abatido pequeñín se volteó y contempló el fibroso cuerpo de ébano de ese rudo mecánico. Él estaba todo sudado, tenía las venas de sus macizos bíceps y anchos pectorales bien marcadas por el esfuerzo, y su rostro varonil le sonreía con completa satisfacción.
– Quiero limpiársela, ¿me deja? –Preguntó con su ternura e inocencia habitual, y abriendo la boquita y sacando la lengua. Y en ese momento Nelson le sacó todo su sólido y fornido falo, y con eso gran parte de su descarga seminal brotó a chorro de ese anito infantil roto.
– Claro, putito. –Y el hombre ayudó al niño, en cuatro sobre la mesita, a que le chupara y lamiera toda su herramienta masculina recién salida de su culo; viendo como el chiquillo se comía todo y hasta le pasaba la lengüita por las enormes y depiladas bolas oscuras, tan pesadas que se notaba aún las traía llenas de más rica leche viril.
Luego Rubén y su amigo se apartaron y agarraron las botellas de alcohol que habían dejado en los sillones, y se pusieron a beber relajados, con sus imponentes miembros masculinos colgándoles pesados entre las piernas e incluso goteándoles semen residual al piso. Los otros dos, los más jóvenes, se abalanzaron como buitres sobre la pequeña presa que era Manuelito. El primero en agarrar al crío fue Óscar, cuyo curveado falo se sacudía erecto en el denso aire del cuarto, soltando hilos viscosos de su verga al suelo.
– Boris, échame la mano para acomodar al putito boca arriba –Le pidió el chico italiano, en lo que se ataba su largo cabello castaño en un moño alto (man-bun)– Quiero verle la carita cuando se la meta toda.
– Con gusto, Bro. –Y el joven moreno se relamió las ansias, en lo que ayudaba al otro a volver a recostar al chiquillo.
– Sí, denme más…Por favor… –Les decía el adorable niño, a la vez que sostenía sus piernitas por debajo de los muslos y las separaba bien, mostrando su anito estirado, que se abría y cerraba como una boquita hambrienta de carne de macho– Me pica mucho mi colita. Métanmela otra vez…duro… ¡Por favor!
– Eres un nene tan puto. Te mueres de ganas por que te metan verga siendo aún tan chiquito. –Observó Óscar y agarró al niñito por los tobillos, quien asentía con la cabecita en señal de afirmación y se mordía el labio inferior.
– ¡Vamos, Bro! Ya lo oíste. El putito quiere que se la metas y te lo cojas duro –Dijo Boris viendo como el otro embocaba su largo y peludo miembro en el agujero anal de Manuelito– ¡Ño! ¡Qué caliente es esto!
De un solo y sin mucha dificultad, el viril italiano ensartó entera su verga en aquel culito; que por más abierto que éste ya estaba después de las brutales folladas del dotado Nelson, el pequeñín igual experimentó un intenso tirón en su anito y como todo su recto instintivamente se contraía por dentro al detectar un nuevo falo. Y en lo que ese enérgico semental comenzaba a embestirle con vigor y vertiginosa velocidad, que con cada estocada fálica la pijita del niño se sacudía tiesa y rebotaba contra su plano vientre infantil, escurriéndole sin parar.
– ¡Agh! ¡Ay…sí, qué rico! ¡Duro! ¡Agh! –Le pedía el chiquillo con sus ojitos verdes casi virados, mientras gemía de dolor y placer desenfrenado– ¡Siento rico en mi colita! ¡Agh! ¡Más…! ¡Más…!
Los más grandes nuevamente se acercaron, con botellas en una mano y en la otra sostenían sus hombrías, otra vez bien firmes e inyectadas de sangre y morbo de escuchar al niño así de desesperadito.
– Eso es, yerno. Dale con todo. ¡Pártele el culito al nene puto! –Alentaba ahora Rubén a Óscar.
– ¡Mamma mia! ¡Ahh~! Tiene el culo tan caliente y mojado… ¡Ohh~! –Exclamaba el joven italiano, entre sus jadeos y los sonidos que producían sus bombeos anales– ¡Me está estrujando la verga por dentro!
Manuelito quería decirles a esos maravillosos machos que jugaban tan rico con él, que todo eso le fascinaba y que nunca quería que acabara. El crío estaba abrumado por todas esas sensaciones placenteras que se extendía desde su culo, a su penecito y por el resto de su cuerpo; pero no pudo, porque Nelson y Rubén se había colocado a cada lado de su carita y le hacían mamar sus poderosas virilidades. El chiquillo hacia lo posible por chupárselas todo lo que le cupiera hasta la garganta. En lo que succionaba una, con su manito masturbaba la otra; que ese par de maduros machos resoplaban y sudaban todavía más. Pronto esos dos se turnaron para cogerse al niñito por su boquita, al mismo tiempo que Óscar no paraba de follárselo fuerte por el culito; que incluso empezó a aumentarle sus arremetidas. Sin poder controlarse, el crío comenzó a orinar por su pijita parada, bañando su propio cuerpecito pálido y transpirado con todo ese líquido tibio y amarillo.
– ¡Miren! El putito se está menado encima…ja, ja, ja… –Indicó el joven cubano, contemplando aquella increíble escena, masturbándose muy de cerca, jalando con ambas manos su vergota negra, larga y curveada hacia arriba, esperando con ansias su turno para poder cogerse a ese sabroso pequeñín.
– ¡Vamos! Cógete al putito como si se tratara de mi hija. –Le decía Rubén a su yerno– ¡Y préñalo también!
– A ver Óscar si tienes suerte y tienes un hijo como este putito. –Agregó Nelson, en lo que era su turno metiendo su vergón negro por la gargantita del atorado y sodomizado niño; quien se dejaba sin patalear.
Eso fue tan perverso que el chico italiano no pudo más y alcanzó el orgasmo dentro del traserito del chiquillo. La segunda carga seminal dentro de su culito. Los otros tres vitorearon y celebraron la corrida de Óscar, y cuando éste se la sacó del todo, el crío sintió su esfínter exageradamente dilatado, que hasta podía sentir una corriente de aire cálido entrar por su recto y sus entrañas ya todas molidas.
– ¡Nnnghh~! Por favor no paren… ¡Agh~! Quiero más… ¡Nnnghh~! ¡Denme más! –Les suplicaba Manuelito cuando se la sacaban de la boca y lo dejaban respirar. Le dolía la mandíbula, pero le gustaba.
…En lo que el niñito pedía más y su boquita era llenada otra vez con carne viril de esos machos sucios y sudados; don Wong también traía la boca llena con el miembro masculino de Salvador. El gordo y chichón asiático ya estaba en cuatro en el piso, dejándose follar el rostro por parte de su socio; el cual ahora estaba de pie y empujaba con su pelvis su formidable falo por la garganta del otro hombre, metiéndosela hasta el esófago, haciéndolo tener arcadas y vomitar saliva con cada embestida bucal que le propinaba sin contemplaciones.
– Eso es, atóratela bien, cabrón. Métetela hasta la base peluda. ¡Ohh…eso es, así me gusta!
– ¡Mmmghh~! ¡Ugh~! ¡Mmmghh~! ¡Blegh~! –Le chorreaba baba al chino por su larga barba.
Y en ese momento entró en la angosta habitación Narong, viendo a su papá en cuatro atorado con el vergón de Salvador y como este lo cogía rudamente por la boca. Su mirada luego se enfocó en el culote de su progenitor, de redondas y grandes nalgotas, que vibraban con cada ‘meter y sacar’ por su garganta. Eso hizo que el miembro del joven asiático de inmediato se irguiera bien firme, que sin decir nada él simplemente se quitó la poca ropa que traía puesta y se acercó a ese par de degenerados.
– Bro, veo que tú y mi padre también se están divirtiendo por acá. –Dijo el atlético y atractivo chico, jalándosela con toda confianza– ¿Te molesta si me les uno?
– Para nada, mi buen Narong. –Le respondió el otro empujando más de su recia verga en el atorado señor Wong; quien al oír a esos dos, con sus manos se separó las nalgotas para que su muchacho viera su raja anal toda peluda y como su oscuro esfínter estaba todo rodeado de largos y lacios pelos, a modo de una cerda y perversa provocación paterna, para que su propio hijo se la metiera por su culo masculino.
Al otro lado del espejo, fue el turno del cubano más joven. Boris no era virgen a sus 19 años; pero nunca antes había hecho algo como eso. Él sólo había cogido un par de putas que su tío le había conseguido, aunque lo cierto es que este chico moreno estaba excitadísimo con la idea de metérsela a ese pequeño, que se posicionó frente al culito del niño, lo mantuvo bien abiertito de piernas y de una se la clavó completa hasta el pegue de su ingle. Manuelito al instante la sintió bien adentro suyo, que para él aquel instrumento viril le llegaba al estómago, que aquel joven mecánico ya lo tenía enganchado hasta el colon, dejándolo sin aliento por unos segundos. Entonces Óscar aprovechó para restregarle su falo semi-duro por la carita sudada y toda coloradita, embadurnándole los restos de su semen, y haciendo que el crío se los comiera, limpiándoselos con la boquita y lengua, así recién salida de su culo. La verdad es que a Manuelito le encantaban todos esos suculentos miembros masculinos, entre más sucios sabían más delicioso para él, que siempre los lamía y chupaba con deseo y desesperación.
– ¡Mmmm…Slurp~! ¡Nnnghh…rico! ¡Ay sí…más! ¡Más! ¡Mmmm…Slurp~! –Les imploraba el niñito a esos machos, gimiendo entre lo que ahora se atoraba mamando los peludos y sudados huevos de Óscar; mientras Boris lo embestía salvajemente y cada vez más rápido, y los otros dos maduros sementales frotaban sus vergones por su cuerpecito transpirado y pegajoso, y le estrujaban las tetillas y lo manoseaban todo sin parar.
– ¡Alabao! ¡Ahh…! ¡Qué rico está este nene por dentro! ¡Ohh…! –Exclamó el joven moreno, genuinamente extasiado de poder disfrutar y follarse a ese adorable niño de 10 añitos; metiendo y sacando su vergota negra duro, lo que hacía que el pequeñín se retorciera de gusto y su firme pijita se sacudiera sin cesar y sin pararle de escurrir.
– ¡Eso sobrino! Reviéntale fuerte el culo a este putito, así como él lo pide. –Le decía su musculado tío.
– ¡Sí, eso es chico! Muéstranos que eres un macho bestia como nosotros. –Añadió el morboso del panzón italiano.
El adorable de Manuelito no pude más. La formidable virilidad de ese joven semental cubano se enganchaba dentro de sus entrañas, de una forma que le presionaba su próstata infantil; que el niño puberto tuvo un orgasmo anal y comenzó a soltar chorritos aguados de esperma, pero con tal fuerza que le caían en el pechito y luego en su pancita.
– ¡Ahh~! ¡Su culito es mejor que el coño de una puta! –Confesó entre jadeos Boris y en eso lo sintió– ¡Ohh~! ¡Su culo está teniendo espasmos! ¡Ahh…me vengo… ¡¡OOOHHH!!
Y con eso el moreno adolescente le inyectó múltiples disparos calientes de semen cubano dentro del intestino al chiquillo, en lo que sería la tercera carga seminal que le introducían esa noche.
Y de ahí, el cuarto en cogerse al crío fue Rubén. Este tomó rudamente al pequeño y lo puso en posición de perrito sobre la mesita. El pobre Manuelito sentía como sus entrañas ardían de tanta fricción fálica y maltrato de machos viriles, percibiendo como su esfínter estaba ensanchado a dimensiones cerca del desgarre; pero, aun así, cuando el robusto y velludo italiano lo penetró con su grotescamente gordo falo, su anito se terminó de abrir y romper, haciendo que este gritara a todo pulmón con lagrimitas en sus hermosos ojitos verdes.
– ¡Oddio! ¡¿Cómo le ha quedado el hoyo al putito?! –Observó Rubén, en lo que se la metía entera; que sus tupidos pelos púbicos pegaban en el perineo y huevitos del chiquillo, sintiendo ese ardiente y húmedo interior intestinal.
– Pero este pequeño puto todavía puede con más. –Dijo su amigo Nelson, a la vez que éste volvía a coger la carita del niñito, atorándolo hasta el esófago con toda su envergadura de carne morena importada de Cuba.
– ¡Mmmm…Blegh~! ¡Más…! ¡Nnnghh~! ¡Mmmm… Blegh~! ¡Quiero más! –Se oían las suplicas del tierno niño entre los sonidos guturales de sus succiones y arcadas, en lo que empinaba más su traserito pidiendo ser abusado más.
Así que, el italiano le empezó a bombear incluso más violentamente, pudiendo sentir las espesas y viscosas descargas seminales de los otros tres machos dentro, haciendo que, con cada bombeo pélvico, éstas se salieran en explosiones de esperma y le salpicaran todos los gruesos pelos de su mata y panza, quedándole borbotones grumosos de semen colgando de los vellos rizados de sus enormes y macizos huevotes.
– ¡Ohh…qué rica su gargantita! Me la estruja toda… ¡Ah…! –Comentaba el mecánico moreno entre sus resoplidos animales– ¡Ño! ¡Ya no puedo más! ¡Me vengo, cabrón! ¡Aaahhh!
– ¡Mmmm…Gulp~! ¡Sí, lechita! ¡Mmmm…Gulp~! –Decía Manuelito mientras trataba de tragar uno a uno los chorros de espesa y caliente esperma que el macho cubano le arrojaba en la boquita y cara– ¡Nnnghh~! ¡Qué rica! ¡Mmmm…Gulp~! ¡Quiero más lechita! ¡Nnnghh~! ¡Denme más, por favor…!
Pero Nelson ya le había terminado de soltar toda la segunda descarga láctea de sus huevos, por lo que volvió al área de los sofás; donde estaban su sobrino y el otro chico, siempre en bolas, todos sudados y apestosos a testosterona, bebiendo relajadamente y recuperando energía para poder volver a usar al chiquillo lindo. Al quedar solo con el crío, Rubén aprovechó para ser más sádico. Como el maduro y semental italiano tiene gran fuerza, sin sacársela, agarró y suspendió al niño de perrito, sin que este se apoyara en la mesa. Rubén lo mantenía en el aire, ensartado por el culito con su recio y rollizo vergón, mientras lo sujetaba por ambos bracitos como si fueran manubrios y así él podía manejarlo y reventarlo con violencia. De esta forma ese machote se cogía al pequeñín, clavándosela duro con cada arremetida de sus caderas, que su morcillozo falo se le marcaba y abultaba debajo del pálido y plano vientrecito a Manuelito. Aquel gran glande y el resto de esa verga claramente se le dibujaba al niñito con cada empujón pélvico que le propinaban.
– ¡Miren cómo se le marca el vergón en la pancita al putito! –Señaló Óscar desde el sillón desde donde él observaba.
– ¡Alabao! ¡Es cierto! –Confirmó Boris al lado del chico italiano, tocándose el miembro viril, pues ya le estaba volviendo a crecer y endurecérsele– Y miren como la pinguita del nene se sacude y chorrea con cada envión.
Y justo eso estaba pasando. Otra vez el pobre de Manuelito no pudo contenerse y de su penecito erecto salían sin control chorritos de orina, los cuales caían por intervalos en la mesita y después se regaban por el piso.
– ¡Ohh~! ¡Mamma mia! ¡Qué rico está este nene por dentro! –Decía el velludo italiano, al mismo tiempo que resoplaba como bestia peluda y no paraba de follarse al crío– ¡Oddio! ¡Qué delicia! ¡Ahh~!
Entonces Rubén, aunque parecía imposible, se puso aún más tosco con sus metidas y sacadas fálicas, que el anito del niño comenzó a ceder y a salirse hacia afuera con cada bombeo; que pronto su esfínter, junto con parte de su recto, formaban una rosa rugosa roja en medio de sus nalguitas. El dolor y placer se mezclaban y abrumaban la mente del chiquillo, perdiendo el control total de su vejiga mientras su culito era aniquilado. Su próstata infantil también era estrujaba por dentro, que, al acabarse la orina, le empezaron a salir disparos de esperma trasparente.
– ¡Agh~! ¡Más! ¡Más, duro…Ooohhh! ¡Nnnghh~! ¡Ay…sí, rico! ¡Aaahhh…! –Pedía el ninfómano de apenas 10 años, entre gimoteos y en lo que estaba teniendo su segundo e intenso orgasmo anal esa noche.
Y también se logró correr el macho italiano, sintiendo como las entrañas del pequeño se contraían y con intensos espasmos intestinales le estrujaban su vergón, haciéndolo arrojar su segunda descarga de semen; pero era la cuarta dentro del niñito, que gran parte comenzaba a escurrirle de su ano salido, cayendo al suelo en grumosos borbotones.
…Del otro lado del espejo, el señor Wong parecía un cerdo blanco atravesado por ambos extremos. Por la garganta Salvador se la había metido entera, que sus abundantes y rizados pelos púbicos se mezclaban con aquel lacio bigote chino, y por el culo Narong, su propio hijo, lo taladraba durísimo, que los macizos huevos del joven se sacudían y lo golpeaban rebotando.
– ¡Ugh~! ¡Mmmghh~! ¡Blegh~! ¡Mmmghh~! –Era lo único que se oía de la boca de don Wong, pues no paraba de tener arcadas y vomitar saliva por las embestidas bucales de su socio; las que lo excitaban tanto que con una de sus manos pajeaba su gorda verga y con la otra se aferraba al piso.
– ¡Oh…joder que rico se siente esta garganta! Siento que me exprime la verga por dentro. –Decía Salvador entre suspiros, concentrado en eso y ya sin prestar atención en lo que el semental italiano le dejaba colgando el anito rojo a su pequeño y tierno Manuelito en el cuarto conjunto.
Narong no decía nada, sólo resoplaba y transpiraba sin parar en lo que bombeaba las ardientes entrañas de su progenitor. Entonces Salvador no pudo más y empezó a eyacular directo en el estómago de Wong, chorro tras chorro, hasta que sintió que había vaciado sus huevos (la tercera vez esa misma noche). Y cuando sacó su verga, se la restregó por el rostro libidinoso al maduro asiático.
– ¡Nnnghh~! ¡Ahh…sí, qué rico! ¡Préñame el culo! –Le pedía entre gemidos el hombre a su vástago, recuperando el habla y en lo que jalaba rápido su verga, que él ya estaba a punto de correrse– ¡Ohh…sí, hijo! ¡Lléname de leche!
Y pocos minutos después de eso, tanto Narong como su padre comenzaron a correrse al unísono. El señor Wong soltaba sus disparos espesos y amarillentos en el frío suelo; a la vez que su primogénito le inyectaba los suyos calientes y cremosos directo en el colon, fecundándolo con los que podrían ser sus nietecitos de esperma asiática.
De vuelta en la habitación de al lado, los dos machos más jóvenes ya traían sus virilidades a tope, erguidas e inyectadas de más morbo y vigor. Entonces Boris se acostó boca arriba sobre la meada mesita. Él al ser tan alto, su culo negro quedó al borde de la baja mesa y sus largas piernas sobresalían del todo, apoyándose en el piso de concreto con ambos pies. Su vergota morena estaba muy firme y venosa, como una columna reforzada de ébano, escurriendo muchos jugos seminales hasta sus oscuros huevos depilados. Manuelito siguiendo las instrucciones de esos hombres, se subió sobre la pelvis del joven cubano y se sentó sin ayuda en aquel falo, ensartándoselo bien adentro de su culito, el cual volvió hacia adentro. De ahí, el niño se empezó a menear y cogerse él solito, gimiendo de gusto y acercándose al definido y sudado torso del chico mecánico; quien lo abrazaba y ahora le clavaba hacia arriba su verga con movimientos de cadera. Entonces Óscar se paró y colocó detrás de ellos, apuntando con su recia verga el culito del pequeño. Se acomodó mejor y empezó a empujar su glande en aquel estirado esfínter, mientras el miembro masculino de Boris no para de entrar y salir por aquel anito y recto. Así, sin dificultad, el joven italiano se hizo paso por las entrañas de Manuelito y también se la introdujo completa, en una exquisita doble penetración infantil, que hizo que el crío gritara y siguiera gimiendo descontrolado:
– ¡Agh~! ¡Más…! ¡Ay…sí, qué rico! ¡Agh~! ¡Siento rico en mi culito! ¡¡AGH!! ¡¡MÁS!! ¡¡MÁS!!
…Del otro lado, Salvador miraba fijamente a través del espejo con su vergota escandalosamente erecta, y eso que él ya se había corrido tres veces esa noche, incluso la traía más hinchada que antes. De hecho, los otros dos machos de la misma familia asiática también estaban otra vez erectos y se masturbaban en las sillas a su lado; pues el espectáculo que montaba Manuelito con esos cuatro sementales era tan excitante y perverso, que ningún hombre podría resistir el excitarse. El padre del niño veía como ese par de jóvenes machitos cogían a la vez el culito de su tierno retoño, ensartándole ese par de poderosos falos tan hondo dentro del pequeño, que el crío no paraba de gimotear de dolor y placer, con la carita rojita, sus ojitos verdes vidriosos y su boquita escurriendo baba.
– ¡Rayos, Bro! Tu nene sí que es increíble para su edad. Ningún otro se le compara. –Le comentó Narong a Salvador, en lo que estrujaba su recia verga– Hasta aguanta dos vergotas juntas.
– Sí, por eso Manuelito es la estrella. A la ternurita le encanta que le destrocen el culo a vergazos. –Dijo don Wong mientras él también se pajeaba– Salva, sí que tienes mucha suerte de tener un hijito así.
– Lo sé. –Fue lo único que contestó el progenitor de ese chiquillo ninfómano, nacido para complacer machos. Lo cierto es que Salvador estaba lleno de orgullo paterno y también de deseo por su propio hijo pequeño.
– Por cierto. –Prosiguió el maduro asiático– ¿Qué has pensado de mi propuesta de casarte con mi hija menor? Con 16 años ya está fértil para que tengas muchos más niños preciosos para ti y el negocio.
– Sí, Bro. Sería genial que fuéramos cuñados.
Pero en eso entró Yao, para avisarle a su hermano mayor que todos los niños del negocio ya estaban con clientes.
En el cuarto conjunto, Boris y Óscar seguían ultrajando el delicioso traserito del pequeñín; el cual podía sentir esos dos poderosos miembros viriles juntos, ambos tan hinchados y duros, como si fueran uno solo e inmenso vergón devastador, con el que esos machos le terminaban de despedazar el culito con una doble penetración. Los jóvenes sementales resoplaban y transpiraban sin cesar, al mismo tiempo que Manuelito gemía a todo pulmón, que sus alaridos de placer retumbaban por toda la habitación. El crío se aferraba al definido y moreno torso del cubano adolescente, y éste le pasaba la lengua por el cuellito y la cara, besándolo con lengua, todo mientras en su espaldita y nalgas sentía el velludo y sudado cuerpo del sexy italiano de cabello largo y barbita de chivo.
– ¡Agh~! ¡Qué rico…! ¡Nnnghh~! ¡Más…! ¡Agh~! ¡¡AAAHHH…!! –Y sorprendentemente de la dura pijita del chiquillo de 10 años empezaron a salir más chorritos de una tercera eyaculación puberta.
– ¡El muy putito se está viniendo encima de mí! –Exclamó Boris– ¡Ooohhh…qué rico! ¡Ya no puedo más!
– ¡Yo tampoco! ¡Siento tu verga frotarse contra la mía delicioso! –Le respondió Óscar, montando el culo de ese niñito como un potro siciliano desbocado– ¡Ooohhh…yo también ya me voy a correr…!
– ¡¡AAAHHH!! –Soltaron al unísono ese par de machos; por lo que el crío, en ese mismo instante, empezó a sentir como el caliente semen de ambos hombres entraban a presión en su aporreado colon y lo llenaban todavía más de esperma. La quinta y sexta carga seminal en las preñadas entrañas de ese auténtico niño-ninfómano.
De ahí, los jóvenes lo dejaron acostadito en la sucia mesa, sobre su espalda y con las piernitas abiertas de par en par, que todos podían apreciar como ese anito infantil estaba tan estirado, en un diámetro de 8 a 10cm. Además, de ese rojo esfínter no paraba de escurrir una exagerada cantidad de cremosa leche viril, que era la mezcla de las descargas seminales de esos cuatro sementales inseminadores, y emanaba del roto culo del niño y se esparcía por la mesita y el piso en un charquito blanquecino. A este punto todos estábamos calados en traspiración masculina, esos machos apestaban a sobaco sudado y sexo vicioso, y el plano vientrecito del pequeño había desaparecido, puesto que éste ya tenía su pancita inflada de lo que sólo podía describirse como un auténtico embarazo.
– Que bonito se ve el putito así, todo rotito y bien preñado. –Dijo Nelson acercándose, exhibiendo como su enorme y fornido falo estaba nuevamente durísimo, con el glande amoratado y goteándole del ojete de la uretra.
Entonces él se paró frente al crio y colocó la punta de su falo negro justo en su carita, restregándoselo contra la boquita para que la abriera y se engullera otra vez esa hombría cuaba. Y Manuelito eso hizo, pues le encanta mamar las vergas de los machos, es su segunda cosa favorita en el mundo, después de que lo penetran a lo bruto.
– ¡Mmmm…Slurp~! ¡Y…yico! ¡Nnnghh~! ¡Mmmm…Slurp~! ¡M…más! –Decía con su rostro infantil desfigurado por tener ese impresionante trozo de carne fálica cubana en la boca.
Los otros tres machos también lo rodearon y el chiquillo sonrió, pues de reojo se había percatado de que todos seguían con persistentes erecciones, inclusivo Boris y Óscar que se acababan de venir en él. La testosterona combinada del grupo y el insaciable pequeñín eran un potente Viagra natural. El maduro italiano y su yerno, junto con el joven cubano se jalaban las vergas ávidamente por las intensas ganas de seguir abusando del crío. Por turnos, los cuatro lujuriosos y perversos clientes le ofrecían sus duras virilidades al niñito, para que éste los ayudara a jalárselas y mamárselas; en lo que su pijita también estaba erecta y escurriéndole sobre la pancita de embarazado que ahora tenía. Definitivamente Manuelito había encontrado su vocación a temprana edad, la cual no era otra cosa más que la habilidad innata de complacer y servir de juguetito sexual para machos degenerados.
– ¡Nnnghh~! ¡Mmmm…Slurp~! ¡Denme más! ¡Gulp~! ¡Por favor, más! ¡Nnnghh~! ¡Más! ¡Mmmm…Slurp~! ¡¡MÁS!!
…Cuando los cuatro clientes satisfechos se vistieron y marcharon, Salvador salió del cuarto para ir a buscar a su retoño en la habitación de junto. Al entrar halló a su retoño desnudo, todo sudadito y cubierto casi de pies a cabeza del semen pegajoso de esos machos. Manuelito se sentía cansado y tan débil que no se podía poner en pie, por lo que su padre lo cargó en brazos y lo llevó contra su transpirado y peludo pecho.
– ¿Te divertiste jugando, bebé? –Le preguntó acariciando su mejilla y apartándole el cabello en honguito de la frente.
– Sí, papi… –Contestó el niñito y le dio un beso en la boca a su papá, prensándosele al cuello– ¿Ahora vamos a jugar nosotros dos? ¿Me das más lechita, papi? ¿Di que sí, papi? Vaya, ¿sí?
Y por detrás de ellos se escucharon las carcajadas del señor Wong, quien también había entrado junto con su hermano e hijo. Todos desnudos como estaban, incluso Yao.
– Te digo, Salva. Nuestra ternurita es todo un putito insaciable de machos. Siempre quiere más.
– Nació para este trabajo…ja, ja, ja… –Agregó Narong entre risas y se estrujo la verga que le goteaba todavía.
– Es cierto eso, bebé. ¿Es verdad que te gusta mucho jugar con machos?
– ¡Sí, papi! ¡Me encanta! –Respondió sonriendo y con su ternura e inocencia característica– Ahora me van a dar lechita todos ustedes, ¿verdad?
Salvador y los tres machos asiáticos intercambiaron miradas y sonrieron, pues obviamente los cuatro le cumplirían lo que fuese a Manuelito, el pequeño niño que los volvía locos a todos.
―Y aquí termina esta maravillosa historia.


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