La putita de la selección peruana – Parte 1
Serie de relatos donde me cojen uno a uno futbolistas de las selecciones peruana.
Soy Edinson Flores, o como me conocen en el mundo del fútbol, Orejas Flores. Juego para la selección peruana, y estos días estamos concentrados en un hotel de lujo en Lima, preparándonos para un partido importante contra Colombia. La vida de futbolista parece glamorosa desde afuera, pero para mí, en este momento, es un infierno. Me separé de mi esposa hace unos meses, después de años de matrimonio que se volvieron rutina y frialdad en la cama. No he tocado a una mujer desde entonces, y el estrés de los entrenamientos me tiene reprimido hasta el límite. Cada noche en esta habitación de hotel, me acuesto solo, con la polla dura pensando en lo que solía tener, pero nada me satisface. Me masturbo rápido, imaginando tetas y coños, pero siempre termino frustrado, sintiendo un vacío que no puedo explicar.
Esa noche, después de un entrenamiento agotador, pedí room service. Estaba tirado en la cama, con solo unos boxers puestos, sudado y con el cuerpo adolorido por las carreras y los tackles. Golpearon la puerta, y abrí sin pensarlo mucho. Ahí estaba él: un chico joven, de unos 25 años, con una camisa blanca ajustada que marcaba su torso atlético y pantalones negros que no podían ocultar un culo enorme, redondo y firme, como si estuviera hecho para ser agarrado. Se llamaba Hans, según la placa en su pecho. Tenía el pelo corto, ojos oscuros y una sonrisa pícara que me descolocó por un segundo. ‘Buenas noches, señor Flores. Traigo su pedido: una cerveza fría y unos emparedados’, dijo con una voz suave, casi ronca, mientras entraba empujando el carrito.
Lo miré de reojo mientras colocaba la bandeja en la mesita. No sé por qué, pero mi mirada se quedó en ese culo cuando se agachó para ajustar algo. Era gay, lo supe de inmediato por cómo me miró, con un brillo en los ojos que no era solo profesional. Yo soy hetero, siempre lo he sido, pero el aislamiento me tenía vulnerable. ‘Gracias, Hans. Puedes dejarlo ahí’, murmuré, tratando de sonar casual, pero mi voz salió ronca. Él se enderezó y se giró, mirándome directamente a los ojos. ‘Si necesita algo más, solo llame. Estoy aquí para servirle en todo lo que quiera’, dijo, enfatizando ‘servir’ de una forma que me hizo tragar saliva. Su culo se movió cuando se inclinó un poco para servirme la cerveza, y juro que vi el contorno de sus nalgas apretadas contra la tela.
Cerré la puerta después de que se fue, pero mi mente no paraba. Me senté en la cama con la cerveza en la mano, y en lugar de comer, empecé a pensar en él. ¿Por qué coño me afectaba tanto? Me quité los boxers y me toqué la pinga, que ya estaba semierecta solo por ese vistazo. Imaginé a mi ex, pero su imagen se mezcló con ese culo de Hans. ‘Mierda, Edinson, contrólate’, me dije, pero el calor en mis bolas no se iba. Al rato, llamé de nuevo al servicio. ‘Envíen otra cerveza’, pedí, y para mi sorpresa, fue él quien volvió.
Esta vez, Hans entró con más confianza. ‘Veo que le gustó el servicio anterior’, dijo sonriendo, mientras ponía la botella. Se quedó de pie, mirándome con esa camiseta que se pegaba a su pecho. Yo estaba aún en boxers, y noté que mi pinga se movía bajo la tela. ‘Siéntate un rato, Hans. No muerdo’, le dije, medio en broma, pero con un tono que me sorprendió a mí mismo. Él se rio bajito y se sentó en el borde de la cama. ‘No todos los clientes son tan amables como usted, Orejas. Y después de un divorcio, uno necesita desahogarse’. ¿Cómo sabía lo de mi divorcio? Debió leerlo en las noticias. Hablamos un rato: del fútbol, de la presión de ser estrella, de cómo el cuerpo duele después de los partidos. Pero sus ojos bajaban a mi entrepierna cada tanto, y yo sentía mi pinga endureciéndose.
‘¿Sabes? A veces, un hombre necesita algo diferente para liberar la tensión’, murmuró Hans, acercándose un poco. Su mano rozó mi muslo accidentalmente, o eso creí. El alcohol de la cerveza me nublaba la cabeza, y el deseo reprimido ardía. ‘¿Qué quieres decir?’, pregunté, mi voz grave. Él se mordió el labio y miró mi bulto. ‘Quiero decir que un culo como el mío podría hacerte olvidar a cualquier mujer. Déjame mostrarte’. Antes de que pudiera protestar, se puso de pie y se bajó los pantalones lentamente, revelando unas nalgas perfectas, grandes y suaves, con un tanga negro que apenas las cubría. Su culo era culón de verdad, redondo y jugoso, invitándome a tocarlo.
Me quedé congelado, pero mi pinga saltó dura como una roca. ‘Soy hetero, Hans. No… esto no’, balbuceé, pero mis ojos no se despegaban de ese culo. Él se giró, se arrodilló entre mis piernas y me miró con lujuria. ‘Solo déjame probarte, Edinson. Tu pinga se ve enorme ahí abajo. Déjame chupártela, solo eso’. Sus manos subieron por mis muslos, y antes de que dijera no, sacó mi pinga de los boxers. Era gruesa, venosa, con la cabeza roja e hinchada por la excitación reprimida. ‘Joder, qué pinga tan bestial’, susurró, y la lamió desde la base hasta la punta, haciendo que gemiera sin control.
No pude resistir. El calor de su boca me envolvió cuando se la metió entera, chupando con fuerza, su lengua girando alrededor del glande. ‘Ah, mierda, Hans… eso se siente… jodidamente bien’, gruñí, agarrando su pelo. Él gemía alrededor de mi pinga, babeando y succionando como una puta experta. Mi heterosexualidad se desvanecía con cada lamida; solo sentía el placer puro. Lo empujé hacia atrás y me levanté, desnudo y furioso de deseo. ‘Si vas a seducirme, lo harás bien. Quítate todo’, ordené, y él obedeció, quedando en pelotas, su polla dura pero pequeña comparada con la mía, y ese culo expuesto, listo para mí.
Lo tiré en la cama boca abajo, admirando cómo sus nalgas se abrían un poco, mostrando su ano rosado y apretado. ‘Vas a sentir lo que es una bestia de verdad’, le dije, escupiendo en mi mano para lubricar mi pinga. Él jadeó: ‘Sí, Edinson, fóllame el culo. Hazme tuyo’. Me posicioné detrás, agarré sus caderas y empujé la cabeza de mi pinga contra su entrada. Era apretado, virgen quizás, pero él se relajó gimiendo. ‘¡Entra, pinga grande! ¡Rompe mi culo!’, suplicó. Empujé con fuerza, metiendo la mitad de un tirón. Él gritó de placer y dolor: ‘¡Ay, Dios, qué gruesa! ¡Me estás partiendo!’
No paré. Empecé a bombear, saliendo y entrando con violencia, mi pinga estirando su culo culón hasta el fondo. Cada embestida hacía que sus nalgas rebotaran contra mi pelvis, el sonido de carne contra carne llenando la habitación. ‘Toma, puta, toma toda mi pinga en tu culo’, gruñía yo, sudando y perdido en la lujuria. Hans se retorcía debajo de mí, masturbándose su propia polla mientras yo lo follaba como un animal. ‘¡Más fuerte, Orejas! ¡Fóllame hasta que me dejes preñado de tu leche!’, gemía él, y esas palabras me volvieron loco. Aceleré, clavándome profundo, sintiendo cómo su ano se contraía alrededor de mi verga.
Le di la vuelta para verlo en la cara, sus ojos llenos de sumisión. Lo levanté por las piernas, doblándolo como una muñeca, y volví a penetrarlo, esta vez mirándolo a los ojos. ‘Mírame mientras te follo el culo, Hans. Siente cómo te lleno’. Él gritaba: ‘¡Sí, papi! ¡Tu pinga es enorme, me está matando de placer! ¡Córrete dentro, préñame!’. Sudábamos, el olor a sexo impregnaba el aire. Mi divorcio, la represión, todo salía en cada empujón brutal. Le azoté el culo, dejando marcas rojas, y él pedía más. ‘¡Azótame, bestia! ¡Haz que mi culo sea tuyo!’
Cambiamos posiciones: lo puse a cuatro patas, agarrando sus caderas anchas, y lo martillé sin piedad. Mi pinga entraba y salía, cubierta de sus jugos, rozando su próstata hasta que él eyaculó primero, chorros de leche salpicando las sábanas mientras gritaba mi nombre. ‘¡Me vengo, Edinson! ¡Tu pinga me hace correr!’. Eso me llevó al límite. Sentí mis bolas apretarse, y con un rugido, me hundí al máximo. ‘¡Toma mi leche, puta! ¡Te voy a preñar el culo!’, bramé, y exploté dentro de él. Chorros calientes de semen inundaron su interior, tanto que salía por los lados cuando me movía. Él gemía, sintiendo cada pulso: ‘¡Sí, lléname! ¡Siento tu leche caliente, me estás preñando!’
Me quedé ahí, jadeando sobre su espalda, mi pinga aún dura dentro de su culo dilatado. Salí despacio, viendo cómo mi leche goteaba de su ano rojo e hinchado. Hans se giró, sonriendo exhausto. ‘Eres una bestia, Orejas. Me has dejado destruido… y preñado con tu semilla’. Yo, aún aturdido, lo miré. Era hetero, pero esto… esto había sido liberador. ‘No sé qué mierda fue eso, pero… joder, Hans, tu culo es adictivo’, admití, acariciando sus nalgas. Él se acurrucó contra mí. ‘Vuelve a seducirme cuando quieras. Este hotel es nuestro secreto’.
Al día siguiente, en el entrenamiento, mi mente volvía a esa noche. Mi cuerpo se sentía renovado, la represión rota. Hans me mandó un mensaje desde un número anónimo: ‘Mi culo te espera esta noche’. Y supe que caería de nuevo, que esa bestia en mí había despertado para él.


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