La vida (14)
La creación del Dr. Frankestein era un monstruo, pero sus partes antes fueron humanas y en su forma seguía la estructura que esas partes requerían. Así son los relatos; no mera ficción, sino retazos de realidades escondidas tras el cambio de nombres, lugares y momentos; un collage que las disimula…
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Este relato es solo una parte de una historia mayor. Si no ha leído las partes anteriores a esta, y le interesa mantener la secuencia cronológica y la integridad de la historia, puede buscar la primera parte (https://sexosintabues30.com/relatos-eroticos/gays/la-vida-1/) en mi perfil, y comenzar desde allí. Consta de 27 partes, de diferente extensión.
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(14ta. parte)
“Mientras va entrando escupila, ¿querés?” le pedí. “Ok…” fue su respuesta.
Se acercó a mi hasta tocar mi piel con la punta. “Abrime bien el culo” pedí al sentir que no parecía tirar con firmeza. “Dale, tenía miedo que te doliera” aclaró. “Abrí sin miedo. Sí me duele te aviso para que pares. Agarrá cerca del agujero, así se estira y entra de una” lo tranquilicé, teniendo presentes las instrucciones del primer gemelo. Nuevo “Ok” de su parte.
Puso sus pulgares casi dentro de mi culo y estiró la piel hacia ambos lados. Me molestó un poco, pero opté por no incomodarlo más si no me dolía mucho, así que me concentré en sentir que el contacto con la cabeza de su pija fuera lo más cercano posible al centro de mi entrada. Sentí que comenzaba a presionar y lo detuve “No empujes todavía, yo te aviso y empuja despacito. Ahora escupime bien el culo otra vez”. Nuevo “Ok”, y más salivazos cayendo en el punto de unión. “Empujá”, indiqué. Sentí como aumentaba la presión de su pija sobre mi culo, y menee un poco mis caderas, procurando que se fueran acoplando bien. “Empuja más”, volví a indicar. Su pija siguió aumentando la presión, pero noté que él no sabía dosificar como los gemelos, así que decidí dirigirlo hasta el fondo. Aunque temí que me iba a doler.
“No vayas a recular ahora…”, le advertí, “…seguila apoyando y acostate arriba mío sin moverla del culo” indiqué. Sin preguntarme nada, obedeció. “Vení más arriba mío. Pero no movás la pija” le pedí una vez recostado en mi espalda. Se fue acomodando y, cuando me pareció que estaba bien en posición, le dije “Cuando yo te diga, empujas con toda tu alma, tiene que entrar de un solo envión”. Me miró con los ojos grandes y preguntó “¿No te va a doler…?”. Lo pensé y le dije “Creo que sí. Pero cuanto más fuerte empujes, más rápido va a entrar y menos me va a doler”.
Por supuesto que no estaba seguro de nada pero, a diferencia de los anteriores, el había abandonado el mando y yo lo tomé sin ni pensar en las consecuencias de lo que hacía. Al final de cuentas, no era más que un chico de doce años, mucho más maduro que ellos en algunas cosas, tremendamente más inmaduro en otras, metido en un juego que creo ninguno de nosotros controló esa tarde. Solo nos dejamos llevar lo mejor que pudimos…
“Bueno. Si te parece a vos, le damos…” aceptó mi idea; “…a la voz de ¡ahura!, te la meto”.
Sin que se lo indicara, usó sus manos para abrir mis nalgas lo más que pudo y se afirmó sobre mi.
Tomé un poco de aire, traté de relajarme para lo que venía y le dije “¡Dale!”
“¿Ahora?” me preguntó. “¡Sí, dale!” le repetí.
Sin empujar, preguntó “¿Estás listo entonces?”
Me impacientó, y estaba pensando en decirle algo como ¡Hace media hora que estoy listo!, cuando me embistió de repente. Puso toda su fuerza en el caderazo, y mi culo, bien tensado por sus dedos, se abrió permitiendo el paso a su pija. Me tomó bastante de sorpresa y me dolió lo suficiente para que soltara un fuerte quejido. La curvatura me hizo sentir un tirón dentro mío al recorrerme. No duro mucho el dolor, en unos momentos pude sentir otra vez la sensación de tener el agujero forzadamente abierto; el respiraba junto a mi oído.
Sin preguntarme más, empujó hasta introducirla toda y comenzó a bombearme. Desde el costado, donde había permanecido en silencio durante todo lo que duró la penetración, Joaco reapareció y me preguntó “¿Estás bien?”. Respondí que sí silenciosamente, con un gesto de mi cabeza. Él se levantó y se dirigió hacia la parte de la pila de colchonetas en que yo no podía ver; así que, aunque con mucha curiosidad, pasé mi atención a la cogida que Juanjo me estaba dando.
Tenía un ritmo mucho más desordenado que los gemelos, pero se notaba que ponía todo su esfuerzo en cada movimiento, su pija horadaba una y otra vez mi culo a buena velocidad, mientras sus uñas se clavaban en mi espalda. Cada varias embestidas daba una muy fuerte, en la que arqueaba su cuerpo en procura e introducirse más dentro mío. Su respiración era entrecortada, irregular, aunque me miraba ocasionalmente, no estaba seguro que me viera. Descubrí que si avanzaba más mi pierna izquierda que la derecha y levantaba un poco más esa rodilla, la pequeña incomodidad que su curva me producía se transformaba en una sensación que casi me gustaba.
Absorbido por la actividad que realizábamos, me sorprendió sentir una mano sobre mi pito, acariciándolo despaciosamente. Miré al grupo, y tuve que aceptar que solo podía ser la mano de Joaco, todos los demás conversaban en un rincón, aparentemente ajenos a nosotros como siempre.
Mi pijita había reaccionado a las caricias, y su estado de dureza aumentaba paso a paso, obligándome a dividir mi atención entre mi culo y mis genitales. Aunque mi papel estaba siendo completamente pasivo y me limitaba a poner mis partes a disposición de los otros dos, comencé a sentir que la paja me estaba gustando, las sensaciones eran muy placenteras.
Y como una cosa trae a la otra, la paja y la cogida comenzaron a interactuar mutuamente. La mano de Joaco me provocaba sensaciones que me hacían apretar el culo y mover mis caderas, lo que se trasmitía Juanjo a través de su pija. “Uhhmmm, sí, asíí, que lindo me la apretás” dijo en un momento. No pude contestarle, porque mi culo al ajustarse me hacia sentir los movimientos de su miembro en todo detalle, confundiéndose con las sensaciones que partían desde mi pito.
La mano de Joaco ordeñaba lentamente mi pijita completa, mientras masajeaba mis huevitos al mismo tiempo. Yo jadeaba tanto como Juanjo, aunque no me movía ni cerca de lo que lo hacía él cogiéndome. Comencé a moverme más a medida que pasaba el tiempo y el goce era mayor, Juanjo me abrazaba con fuerza y me alentaba a seguir haciéndolo “Así, Beto, asííí. ¡Uffff, que divino te movéés! ¡Me estáás matandoo!”, mientras se esforzaba en recorrer mis entrañas a la mayor velocidad y profundidad que le eran posibles…
Mientras, yo seguía atrapado en las nuevas sensaciones que estaba conociendo a cada minuto y que, desde mi ingle, se desparramaban por mi cuerpo. Me resultaba imposible procesarlas o clasificarlas de ninguna manera, solo me concentraba en sentirlas, mis piernas temblaban inconteniblemente, mis dedos retorcían algo invisible entre ellos y mis ojos miraban sin que yo viera. ¡En ese momento, hubiera jurado que hasta la cogida de la pija de Juanjo a mi culo me resultaba placentera!
Desde mis bolitas subió por mi cuerpo un estremecimiento de goce que me resultaba intolerable de intenso, mi cuerpo se contrajo involuntariamente y, tratando de no gritar, comencé a quejarme “¡Bastaa, por favor, bastaa! ¡Paráá, no aguanto máás!”. Juanjo, que no conocía la razón de mis exclamaciones, me pregunto sin poder detener los movimientos del sexo “¿¿Que te pasa, Beto?? ¿te duele mucho?”. Apretando mis dientes respondí atropelladamente “Síí…, noo…, no aguanto más, pero no es que me hacés doler el culo... ¡Siento que se me revientan el pito y las bolas!”
Sentí su risa forzada a mis espaldas; mientras seguía cogiéndome jadeante, me dijo entre dientes “Boludito, no te explotan las bolas… ‘tás acabando en seco… porque Joaco te está pajiando…”. La revelación no me llegó de inmediato, la mano en mi pito me volvía loco, pero me callé la boca y traté de acomodarme lo mejor posible para pasar el momento. En las pocas horas transcurridas de esa tarde, había aprendido demasiado sobre cosas de las cuales antes, durante toda mi vida, solo había entrevisto retazos de sus sombras.
Juanjo seguía moviendo sus caderas sobre mi, una cadencia ascendente que me transmitía a través de su cuerpo sobre el mío, y de su pija dentro de mi. Esta, ajustada fuertemente por mi culo atrapado en los espasmos de la paja, me hacia sentir su curvatura en cada entrada y salida tirando de este en uno y otro sentido. Para cuando llegó al final, ambos estábamos transpirados por completo. Mi agujero, sensibilizado por el trato que estaba recibiendo desde hacia un par de horas, me transmitía el roce plenamente. Juro que, cuando al acabar pegó firmemente sus caderas a mis nalgas, sentí como se hinchaba y estiraba su pija en cada eyaculación. Quedamos allí, tratando de regularizar la respiración, cuando Joaco se alejó sin decir palabra al ver que su colaboración ya no era necesaria.
(Continuará)
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