Los niños de la guerra 2
Me integro en el ejército como un enfermo más..
Me llevaron los soldados portugueses con ellos, secuestrado. Conmigo secuestraron al pequeño Alberto con el culo roto por mi y a Pedro, el niño que era alumno de maite y que violó forzadamente a su compañera.
Los soldados nos trataban bien, como si fuésemos de la cuadrilla. El Capitán se llamaba Gabriel Vaz, y tenía 35 años. Me había habilitado una tienda en el campamento del enemigo y me encargó cuidar de Alberto. Dormía conmigo y cada noche le forzaba ese culito que no terminaba nunca de estar completamente cerrado. El segundo en la cadena de mando era el más alto de los tres, Gustavo Gandara, que se había proclamado maestro en la perversión de Pedro, que si bien al principio estaba atemorizado, pronto empezó a soltarse más y a pavonearse por los buenos tratos recibidos por todo el escuadrón, que le mimaban y animaban. El soldado más Jóven, bajito y sádico era Ayden Barboza. Un enérgico chico de 19 años que había pervertido a sus dos compañeros con su gran personalidad y sus pocos escrúpulos. Alberto le temía y parte de mí también. En su mirada siempre había unas sombras de odio infinito hacia todo, que trataba de ocultar.
Pasaron unos días desde ese día donde cambió toda mi vida. Como he contado ya, cada noche Alberto pasaba a ser mi juguete sexual. Le violaba el culito de siete años con mucha facilidad al habérselo dejado tan roto. Los soldados me habían proporcionado pañales de su talla ya que por el día no dejaba de sangrar por su ano. Le había contado una historia para avivar mi morbo sobre que sus padres no le querían por estúpido y que la única forma que tenía de que alguien le quisiera era dejándose violar. Le recordaba como yo era el que más le quería mientras le lamía las lágrimas del dolor que le causaba mi polla escarbando en sus entrañas. A veces algún soldado se apuntaba entrando en la tienda sin pedir permiso. Cuando venía el Capitán era la hora de aprender a comer polla. El Capitán era un gran aficionado al sexo oral y tenía experiencia enseñando a personas de todo tipo y edad.
La boquita de Alberto era un manjar especialmente sabroso por sus labios regordetes, que dejaba medio abiertos en un gesto que le hacía parecer especialmente estúpido y que invitaba a perforarle la boquita. Sus babas cayendo por donde se juntaban sus rosados labios eran también una invitación para dejarse llevar por los placeres de la lujuria y a veces parecía que el niño estaba cogiéndole gusto a recibir polla por la boca. Gabriel tenía mucha paciencia y por lo general dejaba que el pequeño marcara el ritmo sin forzarle, salvo cuando veía que no había avances en sus habilidades de pequeño mamón o el niño al soportar mis violentas embestidas cuando me corría le mordía con fuerza. En esos casos hacía siempre lo mismo. Apretaba con fuerza la cara del niño con la punta de sus dedos para que la mandíbula se separara y cuando tenía los mofletes entre sus dientes le metía la polla más allá de la campanilla. Con sus dedos se acariciaba la polla a través de los rellenitos mofletes de la criatura.
Cuando nos visitaba Gustavo se traía siempre a Pedro, y me hacía darle una demostración a su alumno sobre muy diversos temas. Me mandaba violar a mi juguetito de formas que no pudiera haber imaginado por mi mismo. Yo obedecía con gusto ya que en mí no quedaba ningún escrúpulo o moral que me impidiera disfrutar. Pedro estaba siendo pervertido aún más que yo, y atendía con gran atención a mis espectáculos de la mayor depravación mientras su maestro le explicaba todo.
Una noche teníamos al pobre retrasadito echado boca arriba con las rodilla atadas a los brazos mientras Gustavo explicaba a Pedro que era el fisting.
-Aunque no lo parezca meter el puño en un culo puede ser una experiencia muy placentera para nosotros. Igual que disfrutas cuando me sobas la polla, acariciar las entrañas por dentro es una experiencia muy suave.
Hablaba con Pedro mientras yo tenía toda la mano dentro del retrasadito. Su cuerpo temblaba y estaba muy caliente, como si tuviera fiebre. Mis dedos se metían más allá de su usado recto, y le acariciaba las primeras curvas de su intestino, tantas veces llenado por mi leche. Tenía razón el soldado. Era placer lo que sentía en mi mano. Sus esfínteres palpitaban cuando los abría como nunca. Mi muñeca entraba y salía suavemente de su magullado ojete, y giraba la mano para no perder detalle del interior de aquel pequeño.
-Es una experiencia terriblemente dolorosa para el que recibe el puño sino está entrenado. Hay gente que disfruta con que le metan la mano, pero son adultos con mucha experiencia, ningún niño encuentra el mínimo placer en esto. Yo lo dejo como penúltimo acto de castigo.
Volvía a tener razón. Los gritos de Albertito se escuchaban en todo el campamento. No le había escuchado gritar con tanta desesperación ni cuando le violé por primera vez. Sus chillidos salvajes nos excitaban a todos en esa tienda, incluido al pequeño Pedro.
-Y ¿Cuál es el último castigo?
Preguntó el niño entre divertido y curioso. Su tranquilidad ante el sufrimiento de su compañero de escuela y ante mis actos de enfermo sexual me excitaban aún más. Estaba con una rodilla en el suelo apoyado en la cama con el brazo libre, desnudo, enseñando a mis espectadores mi erección, orgulloso, mientras intentaba entrar más adentro del nene. Gustavo me guiñó un ojo como si supiera la respuesta, pero yo sabía tanto como Pedro en este tema.
-Ya lo verás, algún día. – Se dirigió a mi con tono autoritario. Acercándose a la cama junto con Pedro. -Sáca la mano de un golpe.
Obedecí con la celeridad acostumbrada. Con fuerza saqué mi mano y todos miramos el culo del retrasado. Un chorro de sangre salió disparado en cuanto salieron las puntas de mis dedos. Su ano estaba empapado en sudor, mio y suyo, y la sangre empezó a salir despacio hacia el suelo. El hueco de aquel culito se había agigantado desde esa misma mañana que me lo había follado en la ducha. Mientras el pequeño combulsionaba su ano palpitaba intentando cerrarse, pero a cada vez que se empequeñecía volvía a abrirse, expulsando sangre y un poco de heces. Se podía ver el interior de su ano enrojecido y tembloroso. Los tres nos relamiamos ante esa visión.
-Pedro, métele tu mano, como has visto.
Rápidamente el niño de 9 años se puso enfrente de mi, cubriendo el franco libre de la criatura de siete años que seguía llorando suplicando que le dejara de doler. Pedro escuchaba a su Maestro y seguía sus ordenes, se lo tomaba muy en serio pero sus ojos no se apartaban del ojete con gran vicio y depravación. Puso su pequeña mano como un pato y sin pensarlo la hundió de un golpe en la abierta cueva. Entró con facilidad al ser la manita del niño minúscula en comparación con la mía. De la fuerza con la que lo metió empujó todo el cuerpo de Alberto hacia dentro de la cama. Pegó un alarido el niño que hizo que se le rompiera la voz. Empezó a toser del esfuerzo que había realizado toda la noche su garganta y su ano se cerró con el antebrazo de Pedro dentro. Soltó un pequeño gemido el niño.
-Está cerrado de repente.
Mientras decía esas palabras seguía empujando su brazo dentro del pequeño. No parecía posible que nada llegara tan dentro y yo sentía envidia de que ese pequeño vicioso estuviera perforando zonas de Alberto donde yo no hacía estado.
-Ve lentamente siguiendo con la llema de los dedos los pliegues y la dirección del intestino.
Le decía Gustavo, que se estaba masturbando viéndolo todo. Pedro se pasaba la lengua por los labios, que era lo que hacía cuando estaba disfrutando. Cuando quedaban unos cuatro dedos para que su delgado codo llegara al ano de Alberto paró de profundizar. Estuvo unos segundos moviendo el brazo a los lados y hacia arriba y abajo sin ninguna consideración a su compañero.
-He llegado al tope.
Dijo Pedro rindiéndose. Su maestro se acercó a él.
-Muy bien, ahora que ya sabes el camino, vas a empezar a follarle con el brazo. -Gustavo agarró suavemente el codo del niño que ya empezaba a gotear una fina linea de sangre y le indicaba como sacar el brazo hasta la muñeca y volverlo a meter. Parecia una gran polla pero era un pequeño bracito de infante el que ensanchaba el culito de mi muñeco. Al volver a recorrer todo el camino de la muñeca hasta casi el codo el retrasadito se desmayó. Con el silencio que dejó sus gritos se oía desde dentro de su pancita sonidos húmedos y elásticos. Todo su cuerpo trataba de soportar tanta carne que no era suya dentro.
-¿Te gusta?
Preguntó Gustavo acercando su polla al cuerpo de su discípulo para restregarse suavemente mientras se masturbaba.
-Es lo mejor que he hecho nunca.
La carita de Pedro era una mezcla de la dulzura del niño que era con la más pérfida depravación de sus ojos, de su boca, de su lengua que no dejaba de dar vueltas siguiendo el camino de sus finos labios.
Pero aunque parezca imposible todo el sufrimiento de esa noche no era nada en comparación con el que soportaba cuando nos visitaba Ayden. El joven soldado de 19 años había sido el perversor de los otros dos y no desaprovechaba la oportunidad de demostrarlo. Las veces que venía yo solo podía mirar como humillaba a todos los niveles a Alberto. El niño había aprendido ya a tragarse una larga meada de borracho cuando Ayden decía una palabra en portugués. Le metía el glande flácido al retrasadito y empezaba a soltar todo el meo de innumerables cervezas que había tomado por la noche. A medida que soltaba todo el meto su polla se iba poniendo dura y Albertito Iba moviéndose sin sacarse el glande de la boca y sin que se le saliera ni una gota. Había aprendido a golpes a retener meado de macho dentro y tragárselo cuando no era capaz de hacer eso mismo con su propia saliva.
-Eso es, ya me encargaré de que seas el meadero de todo el regimiento.
Los usos que daba del retrasado eran numerosos y se las apañaba para que siempre hubiera una humillación nueva que hacerle. Cuando se enteró de la sesión de fisting (se había hecho gran amigo del pequeño Pedro y pasaban largas horas hablando de sexo), nos dejó claro a todos que esa noche iría él a mi tienda, dejándome claro que no me follara al niño en todo el día ni me corriera. Normalmente me ignoraba completamente cuando venía a mi tienda, así que me extrañó esa petición y me generó gran curiosidad.
Esa noche vino bastante sobrio para lo que acostumbraba. Le dio un trocito de pastilla al pequeño retrasado y le amordazó bien. El niñito se dejó hacer sabiendo lo que pasaría si se quejaba.
-Así que le has metido el puño.- Me dijo.- Hazlo de nuevo. Quiero verlo.
Como me había enseñado Gustavo empecé a dilatar el culito roto de mi juguetito retrasado. Cada vez aguantaba más sin llorar, pero al llegar a los nudillos con mis cuatro dedos dentro estalló en gritos que apenas se escuchaban con la mordaza. Ayden desnudo se tocaba la polla despacio mirando. Tenía una polla visiblemente más grande que la mía, y yo no tenía queja de mi tamaño.
-Ve más a saco ese culo ya aguanta todo.
Me ladró quedándose sin paciencia. Agarré una nalguita del crio y apartándola para tensar su maltratado agujero empujé mi mano con fuerza y con las ganas de llegar con mi brazo hasta donde Pedro había llegado con el suyo. De un golpe su ano rodeaba mi muñeca con fuerza. El retrasadito de siete años sufrió un gran espasmo por todo su cuerpo. Noté como algo se rasgaba en su interior. Su cuerpo se mantenía tenso intentando aguantar mi mano.
-Joder, eso, sí, rompe a ese mariconcito.
Ayden me animaba entre gemidos mientras se machacaba la polla. Sin entender por que no lo hacía el mismo aproveché el estado del retrasadito para abusar aún más de él y hundí unos centímetros mi muñeca en su ano. Con mucha diferencia era lo más gordo que se había metido y se notaba. Su ano parecía a punto de rasgarse en mil partes. Estaba rojo brillante y estirado como no podía mas. Solo meté un centímetro de mi antebrazo y su cuerpo temblaba avisándome de que no podría aguantar nada más. Con mi otra mano apreté su cuellito para consultar su frecuencia cardiaca. El retrasadito estaba al límite físico y yo le estaba acariciando por dentro las entrañas.
-Muy bien, joder, desde que te violaste a este maricón no has dejado de sorprenderme. -De un salto Ayden se puso a mi lado, estaba desnudo. – ¿La tienes dura?
Yo asentí mientras empezaba a sacar la mano del culito y a volverla a meter. Lo sacaba hasta la parte mas gorda de mi mano, donde nacía el pulgar, y volvía a meterla hasta entrar en los intestinos de la criaturita. Por muy raro que pueda parecer, el niño empezaba a relajarse un poco. Algunas partes de su cuello se empezaban a relajar como su cuellito, sus brazos. El cuerpo humano es muy fuerte.
-Sáca la mano.
Esta vez me apiadé de Albertito y la saqué despacio. Sus fluidos eran muy viscosos y mi mano se unía a su culito mediante infinidad de hilos de sangre, bilis, caca, y otros que no sabía como se llamaban.
-Embárrame la polla con tu mano.
-¿¡Qué!?- Me sorprendí, retirándome un poco.
-Que me agarres la polla con esa mano llena de las tripas del retrasado.
-No voy a tocarte la polla.
Me agarró la mano y se la llevó a su rabo durísimo, empezó a restregarme la polla por toda la palma y todo el dorso, y luego empezó a rebañar los fluidos con el glande agarrándose con fuerza su pene mientras me decía.
-Vamos hombre, llevas semanas violando a este niño y ahora te haces ascos a tocarme la polla. Pues no te queda ni nada hoy si no quieres tocarmela.
Esa amenaza velada me puso alerta, pero dentro de mi pantalón seguía con la polla durísima. Ayden era el más bajito del escuadrón y por eso su polla parecía aún mas grande de lo que era. Se echó en la cama al lado del niño, apoyado solo por la espalda, con el culo fuera de la cama. Su polla empezaba a gotear todo lo que había sacado del retrasadito y sus huevos empezaban a estar igual de empapados. Agarró al niño con facilidad y lo puso encima de él. Le echo bocabajo sobre su cuerpo y su vientre empezó también a pringarse de la mezcolanza del interior del crío. Su culito estaba abierto, muy abierto y parecía querer vaciarse de todo cuanto contenía en respuesta a haberle llenado de aquella forma. La mordaza apenas minimizaba sus gritos de agonía. No parecía sentir ningún alivio por haberle sacado la mano.
Ayden le dio una buena bofetada al crío como acostumbraba a hacer. Su mano se mojó de lagrimas que llenaban la carita de mi juguete. El niño tenía atadas las muñecas en la espalda, pero sus piernas estaban libres. Con sus piernas Ayden abrió las del niño, y su culito se puso encima de la sucia polla del soldado. Ya le había metido la polla hasta aburrirse, y yo lo había visto todas las veces.
-Desnúdate.
Me dijo mientras hundía su polla en ese culo roto de 7 años. Ya a ninguno nos costaba metersela, pero esa vez dudaba incluso si Ayden estaba sintiendo algo, de lo abierto que estaba ese ojete infantil. Parecía el de una prostituta vieja, ya dado de sí. Enseguida estaba desnudo con la polla palpitante imaginando que se sentiría al meterla en un culito de niño tan usado. Usado por mí. Ese culito era mío y lo había tratado como había querido. Era un poco mi obra, mi regalo para los portugueses. Ayden se follaba al niño sin contemplaciones delante mía. Subía y bajaba su cadera suspendida en el aire y al mismo tiempo subía y bajaba al nene para duplicar la fuerza de la follada. Sus huevos salpicaban todo a su alrededor cuando golpeaban las nalguitas. Las salpicaduras incluso llegaban a mis pies. Todo se estaba impregnando de ese mejunje del placer prohibido que nos estaba regalando el retrasadito. El sonido a humedad de los golpes añadían mucho morbo a la situación. Los lloros de Albertito, tan deliciosos siempre, se mezclaban con los bufidos del soldado que le estaba violando.
-Venga, Campos, métesela también tu. Y nada de remilgos por rozarte con mi polla.
Me quedé congelado por un pequeño momento. Había aprendido a obedecer ordenes sin contradecirlas como un soldado más, pero aquello me pilló por sorpresa. Mire hacia mi polla, que estaba algo manchada también y goteaba de la calentura que llevaba. No me había corrido en todo el día como me dijo Ayden y se notaba en lo mojada que estaba. Me agaché un poco, poniéndome entre las piernas del violador más pervertido de Portugal. Vi más de cerca como ese culo estaba flojo y apenas le apretaba la polla adulta que le estaba violando. Habiamos creado a una puta perfecta. Me agarré la polla cuando Ayden dejó quieto a mi antiguo alumno de siete añitos. Ese nene estaba apunto de probar su doble penetración y por supuesto iba a ser yo el que le desvirgara de nuevo. Mi glande se juntó con el gordo tronco del rabo de Ayden. Con los fluidos era suave y resbalaba muy placenteramente. Era mi primer contacto homosexual, ya que no consideraba al pequeño Alberto un hombre, ni una persona. Los trios que nos montábamos casi a diario con el niño no eran para nada homoeróticos, cada uno le usaba en su agujero, sin mezclar. Los otros si juntaban sus pollas para que el niño lamiera los glandes y se turnara en tragar, pero a mi no me gustaba esa idea. Ahora estaba recorriendo lentamente la larga polla de Ayden para encañonar la mía en el culito de Albertito. Su ano estaba suave, viscoso, y el glande se deslizó sin apenas darme cuenta. Cuando estaba a punto de desaparecer mi glande enteramente dentro del niñito su ano se cerró del dolor. Ayden le dio una hostia al niño y mi polla se resbaló fuera, manchándole la espalda con los fluidos que ya estaban por toda mi polla.
-Házselo de un golpe a la zorra esta, que es como aprende.
Ayden parecía muy divertido con todo lo que estaba pasando. Tenía al niño sujeto por los mofletes con una mano para obligar al retrasado a mantener contacto visual con él. Esas tácticas de sumisión son muy eficaces en niños. Me coloqué de nuevo en posición, el ano se contraía y se abría alrededor de la polla de Ayden, que también la hinchaba para notar como le apretaba el nene. Agarré mi polla y como la vez que le desvirgué le sujeté fuerte y empujé con un golpe seco y profundo mi polla. Entró con dificultades, pero de un golpe ya tenía la mitad dentro. Albertito empezó a gemir de dolor, de forma muy aguda, quedándose sin aire, pero no nos importó y empezamos a violarle los dos juntos. Su culo estaba tan roto que nuestra polla se deslizaba sin ninguna dificultad ni dolor, sólo cuando nuestros rabos entraban hasta la base notabamos la estrechez infantil de ese nene roto de siete años. Como en esos momentos de las primeras veces que le violábamos donde ya su culito se rendía a nuestras embestidas y empezaba a darnos todo el placer sin resistencia, ahora su culo podía albergar dos pollas adultas sin ninguna dificultad. Nuestro bombeo era asíncrono y a veces una polla se retiraba mientras la otra entraba en sus tripas y otras veces entraban a la vez para mayor placer nuestro. El frote con la polla de Ayden empezaba a gustarme y llenarme de morbo. Nuestras cinturas estaban mojadas de sudor y de la sangre que no dejaba de salir del culito de Alberto. Pronto se desmayó como tantas veces dejándonos escuchar esa melodía de golpes, chapoteos y del movimiento de sus tripas. Sonaba como un globo lleno de agua que agitábamos con toda la fuerza de nuestras caderas. Sin dejar de follarse a Albertito Ayden cogió el walkie talkie.
-Gustavo, vente con Pedro donde Roldán. ¿Recibido?
-Recibido.
Continuamos con nuestras pollas clavándose en lo más profundo del niño. Su cuerpecito rebotaba con nuestros golpes encima de Ayden. El portugués pervertido le tenía agarrado por las nalgas, separándoselas y marcando el ritmo del movimiento del pequeño. Yo simplemente esperaba quieto el momento donde el pequeño estaba con las pollas más clavadas para dar un golpe seco para meter entero mi rabo. Y esperaba deleitándome con todo el trayecto que hacía el niño una y otra vez a lo largo de nuestras pollas para volver a meterla de un sencillo golpe. Su nalguitas tan pequeñas parecían ocupar menos que nuestras pollas. Le estábamos llenando el culo de una forma que ya nunca se iba a recuperar. Ayden seguía con sus movimientos acompasados sacando casi toda su polla del crío para hundirla entera a la vez que la mía. Estábamos tan absortos en esa violación tan hipnótica que no escuchamos a Gustavo entrar con el pequeño Pedro. El niño parecía sorprendido por nuestra depravación, que ya parecía no tener ningún límite. Pero enseguida se acercó por detrás de mí, acercándose mucho a mis huevos, para mirar como el pequeño retrasadito se tragaba las dos pollas a la vez enteras.
Gustavo empezó a explicarle a su pupilo lo que era la doble penetración, pero el niño lo entendió todo con facilidad así que le pidió que abreviara, parecía querer escuchar los sonidos del sexo tan depravado que estaba viendo. Gustavo pareció divertirle el comentario del niño y riendo se sacó la polla.
-¿Quieres probar, Gus? Estoy apunto de correrme.
Dijo Ayden soltando las palabras al ritmo de sus embestidas. Respiraba como un animal y su boca babeaba de forma muy diferente a la que le babeaba a Albertito. Estaba en su plenitud, recreándose en su perversión. Era nuestra primera violada doble para todos. Sentía su polla hincharse por momentos, lo que hacía que el culito del niño me apretara más y me moría de placer cada vez que pasaba. Empecé a follarme el culito del niño retirando un poco mi polla para que viera mejor Pedro. Sentía la respiración agitada de nuestro pequeño pervertido en mis muslos, pero ya no me molestaba tanto el contacto con otros hombres (a Pedrito si lo consideraba un hombre). Mis metidas se aceleraban a medida que escuchaba como el orgasmo de Ayden era cada vez más inminente. Su polla golpeaba el interior del crío con furia y placer. Su polla se hinchaba cada vez más y se endurecía dándome aún más placer. Nos follabamos al niño de forma bestial como si nuestras pollas fueran una. El ano del crío estaba tan al límite como con mi brazo, pero ya se había rendido a nuestra furia depravada. Mi polla desaparecía dentro de él y Luchaba por el poco espacio que había con la polla de Ayden, que se agitaba dentro como poseída. Los gritos de placer del soldado pronto taparon los deliciosos ruidos del interior de Albertito. Notaba en mi rabo como su leche recorría todo el largo de la polla de Ayden, pero el pervertido no dejaba que saliera. Notaba como su polla se hinchaba y tuve que sujetar al niño con fuerza para que no me echara fuera del culito. La clavé hasta los huevos para quedarme dentro y que Ayden tuviera que luchar por ocupar si lugar y en ese momento note los disparos de lefa de Ayden en mi glande. Se estaba corriendo dentro de nuestro juguete y también en mi polla. Ayden se vació como nunca en esa putita que tanto habíamos usado. Nos quedamos un rato quietos. Yo tenía mi polla hinchándose al ritmo de mis latidos, mis huevos subían y bajaban rozándose con los huevos de Ayden, pero me resistía a correrme. El placer que estaba sintiendo era mayor que un orgasmo. Todo mi cuerpo estaba pidiéndome correrse pero yo controlé la situación. En una hinchada de polla eché fuera la polla, ya morcillona, del soldado. Sonó como mucho líquido caía al suelo de golpe. Tanto bombeo hace que el cuerpo expulse hasta el jugo intestinal.
Levanté el cuerpecito desmayado del pequeño para que ayden pudiera retirarse, sin sacar mi polla de ese ano estirado y húmedo. Por fin sentía lo que era un culito infantil tan dado de si que me abrazaba suavemente. El placer era delicado e incluso inocente como el mismo niño al que tenía ensartado con mi polla.
-Te toca, Gus.
Ayden se intentaba limpiar con una toalla cuando dijo eso. Dio una palmada de ánimo al pequeño pedro en el hombro. Gustavo era más alto que yo así que me senté en el cómoda que teníamos para nuestra ropa. Dejando al niño a una altura fácil para Gustavo. El niño seguía desmayado y lo tenía con su espalda contra mi cuerpo, como la primera vez que le violé. Su ano se iba cerrando alrededor de mi polla pero sin fuerzas para ejercer ninguna presión. Seguía saliendo algún hilillo de semen de Ayden que resbalaba por mis huevos. Gustavo se acercó y estábamos cara a cara con el cuerpecillo del niño en medio. Alcé el desmayado cuerpecito del nene de siete años para facilitar al soldado que le hiciera su segunda doble penetración. Gustavo agarró la carita del niño y le cruzó la cara dos veces con todas sus fuerzas, todo su cuerpo se agitó dándome tanto placer en la polla que me chocaba por las entrañas del nene y se me escapó un gemido. Pedro y Ayden sonrieron por ello. Al ver que no reaccionaba el pequeño sacó de su pantalón un pequeño bote marrón y abriéndolo lo acercó a la nariz del niño. Albertito recobró el conocimiento de un salto que volvió a hacerme gemir. Mi polla se clavaba entera dentro de su culito. Un segundo le duró la sorpresa porque enseguida se puso a llorar. Lloraba como un bebé y eso nos puso más cachondos a todos.
-Por favor, parad. Me duele mucho ya no puedo más.
No era normal que Albertito nos pidiera parar. Ayden le había enseñado que pasaba en esos casos. Pero ninguno se enfadó con el pobre retrasadito que había aguantado esa semana lo que pocas personas pueden aguantar. Mi cuerpo seguía a punto del orgasmo y mi mente estaba podrida de placer así que la agarré de los hombros, bajando su cuerpo hasta mis huevos.
-Pero Albertito, sabes que somos la única familia que te quiere. Tus padres te abandonaron y nosotros cuidamos de ti.
-Pero esto hace mucho daño. -Me dijo intentando darse la vuelta para mirarme, matándome de placer en el intento. Lloraba desesperado, a ese niño nunca se le acababan las lágrimas.
-Albertito, cariño, tu dolor nos da placer a todos. Todos nosotros, y al capitán Vaz, nos despertamos felices por que sabemos que vamos a violarte.
Empecé a follarme a mi juguetito despacito mientras disfrutaba de mi crueldad. Movía al niño de delante a atrás para que mi polla removiera todas las paredes de su recto. Le frotaba mi glande en círculos por todo lo ancho de su destrozadito culo.
-Incluso Pedro es feliz viéndote sufrir. ¿Verdad, Pedrín?
Le guiñé un ojo a nuestro aprendiz de pervertido. Él miraba fijamente como mi polla ensanchaba el culito del nene trazando círculos. Miró fijamente a la cara de ese retrasadito y con gran alegría dijo:
-Es lo mejor usarte como un objeto, Tontolaba.
Gustavo se volvió a poner delante suyo. Igual que habíamos roto algo en su culo que nos permitía usarle sin límites, algo rompimos en su cabecita estúpida con esa muestra de sinceridad, porque había dejado de llorar, y solo temblaba del dolor que aún sentía en cada parte de su cuerpecito.
-Con esto que estamos haciendo nos convertimos en una familia de verdad, Albertito.
Le besé en la nuca dulcemente mientras Gustavo le levantaba los muslos, abriéndole las piernas todo lo que podía. Para Gustavo también era su primera doble penetración, pero con gran maestría se agarro la base de su polla y se la clavó con una fuerza que casi me hace morir de placer al notal su glande casi arañando con odio el largo de mi polla. Mi discurso nos había encendido a todos un sentimiento de absoluto despreció hacía ese niño retrasado de siete año que apenas era capaz soportar nuestros abusos como buenamente podía. Le habíamos tratado como un objeto desde que nos secuestraron estos pervertidos. Había sido nuestra puta, nuestro meadero, nuestra basura para las sobras de la comida, nuestro perro al que paseábamos a cuatro patas por todo el campamento, generando mucho malestar en muchos soldados más decentes que nosotros. Era nuestro saco de boxeo cuando estábamos frustrados y nuestra jarra de cerveza cuando estábamos felices y bebíamos de su culito las litronas que vaciábamos dentro de él. Pero en ese momento nos dimos cuenta que era nuestro de una forma más patética y mundana. Simplemente era nuestro retrasado de 7 años. Un juguete que damos por hecho por que no hay ningún niño mayor que nos lo vaya a quitar.
Gustavo follaba al niño con la fuerza de todo su cuerpo. La cómoda se agitaba cuando los huevos del soldado me golpeaban haciendome un delicioso daño. Mi cuerpo se agitaba encima de la cómoda soportando esas embestidas sin poder moverme, era gustavo el que movía mi polla dentro del niño con su potencia. Albertito intentaba no llorar o las lágrimas se le habían acabado por fin, pero sólo apretaba los labios emitiendo un pitido desde su pecho. Yo me abandoné al placer marcado por Gustavo. Mi polla salía y entraba en ese culo de forma caótica, chocándose con las paredes del recto y con la polla de Gustavo que se clavaba en los intestinos del niño, tan abiertos como su culo. No había espacio que no llenaran nuestras pollas. Con el niño despierto era mucho más placentero violarle. Su cuerpo reaccionaba a nuestros movimientos. Apretando el ano, lo que nos daba un inmenso placer al notar la poca fuerza que le quedaba, aún estando abierto por dos pollas adultas a la vez. También intentaba echarnos abriendo sus esfínteres y haciendo fuerza hacia afuera, lo que nos daba un placer igualmente indescriptible y nos pringaba con sus fluidos intestinales que resbalaban por el largo de nuestras pollas y caían al suelo desde nuestros cojones. Los esfuerzos del niño se turnaban en estrangular nuestras durísimas pollas que no dejaban de entrar y de salir y de echarlas sin ningún éxito ante nuestra fuerza. Gustavo miraba al crío como lo hacía Ayden. Su cara curtida en varias guerras mostraba un gran odio, ira, furia, que descargaba con su polla dentro del pequeño. Cuando el niño intentaba mirar a otro lado el soldado le agarraba con fuerza la cabeza, con las dos manos. Yo le sujetaba de las piernas para que no nos cayéramos los dos, moviendo el culo del niño en compás con las terribles embestidas del soldado. Mi cuerpo ya no aguantaba tanto placer.
-Esto va a ser tu vida a partir de ahora, niñito. Esto es para lo que estás aquí y no vas a hacer otra cosa que recibir polla hasta que nos hartemos de ti, ¿Me oyes?
Gustavo le hablaba como si fuera un subalterno del ejercito, alzando la voz con autoridad para que todos le escucháramos.
Esas palabras fueron demasiado para mí. Mientras gustavo seguía diciéndole al niño que se olvidara de servir para otra cosa que para ser violado el resto de su vida yo me corría dentro de él a merced de los movimientos de Gustavo. El no controlar mi rabo al correrme hizo que la lefa se disparara durante mucho más tiempo que de costumbre, cortándome una contracción de mi polla por algún movimiento y luego liberando toda esa presión de golpe. La leche llenaba el poco espacio libre que quedaba en Alberto y salía a chorros de entre nuestras pollas. Gustavo seguía hundiendo en la miseria a ese niño con palabras que seguramente no entendía. Tenía su pequeño cráneo apretado entre sus manos y su cara pegada a la del aterrorizado crío. Empezó a alzar la voz a medida que se disponía a correrse.
-Te vamos a violar cada día de tu vida, mariconcito.
Las embestidas de su orgasmo casi nos hacen volcar. Fueron 5 golpes secos que atravesaron al crío, que no aguanto más y empezó a llorar pataleando con todas las fuerzas que le quedaban y pegando a gustavo con sus brazos que no nos molestamos en paralizar. Le golpeaba con odio y hartazgo. Habíamos llevado a ese dulce niño a la más absoluta desesperación y nuestras pollas recién corridas se endurecían un poco al verle así.
Me lo llevé a la ducha desnudo como estaba con el culo chorreando nuestro semen a lo largo del campamento, donde todos dormían. Después de esa catarsis de perversión y humillación sentía pena por aquel pobre niño. Era yo el que le había metido en esta pesadilla, pero ya no tenía escapatoria. No solo por que los soldados nos matarían si intentábamos escapar, sino por que yo estaba viviendo los mejores días de mi vida a costa de la suya. Le limpié y le curé como pude el ano. Le acosté y le dije que al día siguiente todo sería mejor.
Me equivoqué.




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