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Gays, Intercambios / Trios, Masturbacion Masculina

METAMORFOSIS 286

Vivir.
Una de las piernas estaban alzada cuyo pie estaba pegado a la pared, se deslizaba la manga del short hurgando dentro el pene erecto, deslizó la manga para ver de mejor forma la punta del pene, se deslizaba el prepucio dándose gusto, cerraba los ojos y abriendo la boca exclama ese nombre, aquel nombre de alguien al que le tenía mucho afecto, estaba muy a gusto dándose ese placer que no vio a su espalda la presencia de su hermanito de ocho años, iba cargando trozos de madera, se detuvo a verle esos movimientos de manos, estaba atento, de repente un pedazo de madera cae al piso, de inmediato Parcemón gira para sacarse la mano, bajar la pierna y ver el rostro de su hermano Donato Edmundo, ver esa carita de inocente le recordaba a Eliazar Emigdio, el verdadero padre de su hermanito, ese niño refleja el idilio que tuvo su madre Estela traicionando la confianza de su recordado padre de nombre Euclides quien se jactaba de decirle a su esposa que hacían hijos preciosos y en realidad era que el rostro de Donato Edmundo era muy fino, muy bonito, tanto así que la piel blanca contrastaba con la de piel morena clara que tenía, a sus dieciséis años ya marcaba cierta autoridad en su hermanito pequeño, había perdió a su hermano Hermes que para esa fecha ya hubiese cumplido los veinte años, asimismo se cumpliría aproximadamente su séptimo aniversario  de fallecido, con un grito hizo que su hermano recoja la madera y salga del sitio, instintivamente se llevó el dedo a la nariz, estaba caliente, caminó descalzo por la casa, vio que su hermano apilaba la madera, su madre les había dejado tarea, sentía envidia de su hermano, verle bien vestido, bien alimentado y bien considerado por Eliazar Emigdio lo saca de razón, sin duda que Parcemón lo amaba, allá en la plantación descubrió con él la verdadera sensación del deseo y la necesidad de entrega mutua, ahora que sabía la verdad del origen de su hermano sentía molestia, amaba en silencio a Eliazar Emigdio, deseaba entregarse a él, pero sabía que era el padre verdadero de su hermano pequeño, pero lo más indignantes es saber que su madre se entregaba al hombre que él amaba, los encuentros cada vez eran más frecuentes, hablaban de su estabilidad, lo hicieron en su presencia, Parcemón estaba caliente, salió a tomar aire dejando a su hermanito dentro de la casa, le dijo que no salga y que ponga seguro a la puerta por dentro, así fue que Parcemón  caminó por los alrededores, se encontró con unos amigos a conversar, se saludaba con todos en especial lo hizo de forma jocosa con “muelitas” que tenía un balón bajo el brazo, con el tiempo siguió caminando por los alrededores, vio la figura de Luciano de la Sierva que regaba las plantas sembradas en su jardín, se acercó a ayudarle a cortar el pasto y ciertas hierbas, ellos tenían puestas las remeras y shorts, también las sandalias de temporada, La tarde podría haber tenido una temperatura promedio de unos 16-18°C, con una sensación algo fresca, se presentaba una leve garúa, el cielo estado nublado parcialmente y ya recorría una brisa fresca que hacía erecto el pene, se daban vientos que anunciaban lluvias que bien podrían ser intermitentes o continuas, a veces las lluvias eran a menudo fuertes, pero de corta duración, entraron a beber algo, instantes después mientras bebían cayó la lluvia, Parcemón de dieciséis años y Luciano que pasaba de los sesenta años se miraban fijamente, de pronto  Parcemón se levanta de la silla “¡quiero que me lo hagas!”, le abrazó luego rodeándole los brazos al cuello le dio un apasionado beso “¡ahora!”, “¡anda!”, “¡quiero ser tuyo de nuevo!” “¡quiero que me lo metas!” le besaba intensamente “¡métemelo!” “¡como la primera vez!”, unieron las mejillas “¡como siempre mí amor!”, “¡soy tuyo!”, “¡anda!” “¡métemelo!”, Luciano experimentaba una sensación de gozo al escuchar esa declaración salida de labios de Parcemón, rápidamente se quitaron la ropa dejándola en el piso, se abrazaron rozándose sus cuerpos desnudos, Luciano le marca a Parcemón llevándole a la cama, allí de cara al colchón encorvando su cuerpo en el extremo de la cama se podía ver ese culito empinado a vista de Luciano que agitaba su pene y con el glande le daba de golpecitos en los glúteos, “¡quiero sentir como la primera vez que me rompiste el culo!” “¡házmelo!” “¡quiero ser tuyo de nuevo!” “¡te necesito Luciano!” los besos eran desenfrenados sobre el recorrido de la piel del muchacho, había una fogosidad manifiesta al chuparle los glúteos, los amantes  se acoplaban, Parcemón sentía el peso del cuerpo de Luciano que ya le daba besos en el pelo, cuello y parte de los hombros en la espalda también, “¡quiero ser tuyo Luciano!”, “¡cógeme!”, “¡cógeme!” el pene entraba, así sin lubricación, no había tiempo de espera, el muchacho quería sentir el pene del adulto vecino, quería sentir ese pene, “¡cógeme!” “¡cógeme!” le decía con insistencia, “¡ah!” “¡ah!” ambos gemían al mismo tiempo, el pene entraba hasta llegar al fondo, Parcemón se sentía pleno, era lo que deseaba, era lo que estaba buscando, la satisfacción a plenitud de que un pene le penetre el culito de su propiedad, juntaban las mejillas, estaban ansioso del placer y deseo, “¡así… te gusta que te lo meta!” “¿verdad?” el muchacho exclamaba “¡sí!” “¡sí!” “¡me gustas!” “¡mucho!” “¡mucho!” el pene entraba y salía con furor de ese culito, “¿recuerdas cuando te lo rompí?” “¿sí?” el muchacho sintiendo ser penetrado a ojos cerrados exclamaba  al adulto respondiéndole  “¡no me olvido!” “¡no me olvido!” “¡no… no!” las embestidas continuaban “¡hazme  como la primera vez!” “¡házmelo como cuando me rompiste el culo!” “¿recuerdas Luciano?” “¡házmelo así!”, Luciano se detuvo, sacaba sutilmente el pene de ese culo, “¡vírate!” obediente se ponía de cara al techo, el culo quedaba sobre el extremo de la cama, los pies descalzos del muchacho tocaban el piso, miraba desde donde estaba acostado de cómo Luciano se agarraba el pene agitando “¡te voy a hacer mi mujer como la primera vez!” reía complacido, Parcemón exclamaba “¡sí, Luciano!” “¡házmelo!” “¡házmelo!”, el adulto toma las dos piernas del muchacho llevándolas al pecho del muchacho, se mostraba  el hoyito dilatado y rozagante de “¡que huequito para más hermoso!” “¡yo me lo comí!” el muchacho reía, le toma de los brazos “¡házmelo!” “¡házmelo!” acerca el pene, le roza la entrada, él siente cómo el glande iba entrando, Luciano se inclinaba más con sus caderas, estaba feliz recibiendo ese pene de mejor manera, exclamó fuerte al sentir todo el pene adentro, las pelvis se unieron, el pene de `Parcemón estaba erecto pegado en el ombligo de Luciano y comenzaba a deslizarse sobre el ombligo al mismo tiempo que la pelvis de Luciano adelante y atrás entraba en el culo de Parcemón, los pies alzados se movían al viento, estaba bien aferrado al cuerpo del adulto, los dos cuerpos se movían y jadeaban con gemidos, Parcemón quería más y más de ese pene de Luciano, estaban a más no poder, Luciano se meneaba más y más sobre el muchacho, deseaba que se lo meta más adentro, más adentro, bufaba diciendo “¡métemelo más adentro!” “¡más… más!”, los intensos deslizamientos del pene por el culo hacían gemir al caliente Parcemón, estaba feliz, sí, muy feliz recibiendo esas embestidas, desde hace mucho tiempo que no lo habían cogido así, tenía ese gustito latente en su culito, asimismo le vino el gustito a Luciano, “¡te voy a dejar mi leche dentro!” “¡te voy a preñar Parcemón!” “¡te voy a preñar!” “¡te voy a preñar!”, el muchacho alimentaba ese deseo “¡sí… sí… Luciano!” “¡préñame!” “¡préñame!” recordaba el sentirse así la primera vez con su culito dilatado, recordaba cuando siendo niño quedaba al cuidado de Luciano en aquellas noches en que se entregaba a él, particularmente aquella noche de diciembre de 1959 en que lo desvirgó, desde lo sucedido hace ya más de once años nunca les contó a sus padres, aunque ahora estando así siendo penetrado a su mente le vino la imagen de Eliazar Emigdio, pensaba que era él y no Luciano quien lo estaba penetrando, se aferraba a los brazos intensamente “¡clávamelo más!” “¡más!” “¡más!” pedía con urgencia sentirse complacido con ese pene, el semen quedó dentro de Parcemón, se escucharon jadeos y pujes “¡ya!”, “¡ya!”, “¡ya!” suspiraba hondamente teniendo el pene adentro pero deslizando un poco su cuerpo buscando los labios del muchacho para besarse y decirle “¡te lo hice con amor!” “¡como nuestra primer vez!” el muchacho asentía a ojos cerrados en señal de aprobación, le dijo que se sentía muy bien, ambos cuerpos se fueron relajando, el cansancio de haber cortado yerba se sumaba a la intensa cogida recibida, Luciano fue al baño, acostado en la cama el muchacho se pasaba el dedo por el culo oliendo esos restos salidos de ese culo dilatado, escuchaba el golpe de orina venido el sonido desde el baño, sonrió y se levantó  de la cama, entró a la ducha, abrió la válvula saliendo agua que impactaba en su espalda y en su culo, se pasó la mano por la rajita para limpiarse de semen dejado en su culi, se acuclilló limpiándose el culito, estaba feliz de haber sido cogido por Luciano que seguí asentado en el inodoro, ese culo de Parcemón le tentaba para seguir, se acercó al pequeño y juntos abrazados dejaban que la ducha riegue sus cuerpos desnudos, mutuamente se enjabonaron los penes y resto del cuerpo, “¡deberíamos hacerlo más seguido!” “¿no crees?” el muchacho asentía, le dio la espalda y en su delante se inclinó un poco en señal de que lo coja de nuevo, así que Luciano le toma de las caderas y lleva al pene a meterle por el culo, eran un meter y sacar suave, el muchacho estiraba las manos sosteniéndose de la pared, así en esa postura le dio pene hasta el cansancio, estaba feliz recibiéndolo, todo esto bajo el agua que se deslizaba por sus cuerpos desnudos, las gotas de agua recorridas por los labios y mentón del adulto se impregnaban a través de los besos en la piel del muchacho, el tronco del pene entraba y salía moviéndose al mismo tiempo los testículos suspendidos en el aire como también lo estaba el pene del muchacho, se levantaron y se abrazaron apegados a la pared de cerámica cayéndoles el agua mientras se besaban y se manoseaban el cuerpo, todo hacía suponer que seguirían los encuentros, estaban juntos de una forma muy sentida, se pasaron la toalla sin palabras viéndose sus cuerpos desnudos, era el momento de partir para el muchacho, Luciano quedó en la cama, le dijo al muchacho que saque de su pantalón un billete de mediana denominación, “¡es por tu trabajo!” le decía a amplia sonrisa, con felicidad se despidió dándole un beso, le agarra y juntos dan vueltas por la cama, la puerta principal se abre ante la figura de Parcemón que nota la ausencia de lluvia, respira hondo, siente su culo latiendo, pudo haber hecho más con Luciano pero se sentía el cansancio en sus piernas desfallecidas por tanto movimiento en esas posturas sexuales, caminó hacia su casa, vio cerrada la puerta y recordó que su hermanito estaba adentro, iba a tocar la puerta pero vio algo en la caseta que le llamó la atención, eran restos de galletas regadas en suelo y un atún en lata abierto recientemente que estaba puesto junto a un envase de refresco vacío, había restos de atún en el suelo rodeado de hormigas, vio huellas de pisadas diferentes, le llamó la atención que detrás de la casa donde quedan los cuartos de dormir se deslizaban las cortinas, caminó hacia allá, deslizó la tela para ver el interior causándole sorpresa lo que veía y escuchaba a ambos niños de ocho años: Cesar Emanuel conocido como “muelitas” se bajaba el short humedecido por la lluvia “¡mira Donato!”, “¡mira!” se descendía el short por las piernas dejándose ver el penecito lampiño de 8 años, nacido en noviembre de 1961, las manos de ambos jugueteaban con ese trocito de carne expuesta, tenía el prepucio recubierto que se los desplazaba con las manitos mostrándose un enrojecido glande “¡tú no lo tienes así!”, el hermano de Parcemón de ocho años se bajaba el short deslizando por las piernas quedando en los tobillos, se sienta en la cama viéndoselo cabizbajo, de pronto se puso erecto tras los toques de dedos que hacía, Parcemón vio que la mano de “muelitas” tocaba el pecho de Donato Edmundo y le iba recostando la espalda en la cama, allí quedaba encorvado sobre el extremo de la cama cuyas piernas y pies quedaban suspendidas en el aire, vio que “muelitas” agitaba el pene y lentamente unían las dos pelvis, estaba pasivo Donato, le miraba al rostro de su amiguito lleno de satisfacción mostrándose risueño, meneaba circularmente las pelvis y así se deslizaban entre si tanto el tronco del pene como sus huevitos, los alzaba y bajaba sobre la pelvis de Donato “¿te gusta Donato?” “¿eh?” “¡dime!” el nene asentía entre suspiros con su carita mirando a un costado, tenía los brazos estirados sobre la cama mientras “muelitas” tenía sus brazos extendidos con sus manitos entrelazadas a las de Donato, se notaba en el roce de pelvis el contraste de pieles, morena clara y blanca, las piernas estaban unidas, se movían, le recoge la remera de Donato hasta llegar al cuello, huele la piel del pecho y empieza a chupar las tetillas haciéndole reír, los labios iban deslizándose por el pecho, las manos ahora rozaban circularmente las costillas, los labios siguieron su recorrido hasta besar de forma repetida el ombligo del pequeño, la punta de la lengua la desliza para ensalivar los huevitos haciéndole suspirar y más todavía la punta de la lengua rozaba el pene recubierto del prepucio que al ser deslizado dejaba una punta de glande rojizo muestra de la virginidad en su pene, “¡te gusta picarón!” “¿no es cierto?”, continuaba ensalivando el pene metiéndoselo en la boca con delicadeza en su totalidad, las manitos de Donato Edmundo acariciaban el pelo de “muelitas” en señal de aprobación haciendo con sus gestos corporales de que le dice más y más chupadas, le hacía suspirar, lejos estaba de pensar “muelitas” que estaba chupando y lamiendo el pene del nieto de uno de los hombres más ricos del país,  “¡ahora dame tu culo!” le hizo dar vuelta, “¡mejor te quito esto!” por los brazos tendidos en la cama le saca la remera y por los pies descalzos le saca el short que llevaba puesto, Donato Edmundo simplemente se dejaba hacer eso de César Emanuel, así quedaba totalmente desnudo encorvado en la cama, desde la ventana los ojos de Parcemón visualizaron que lentamente Cesar Emanuel pegaba su pelvis al culito voluminoso de su vecinito, Parcemón se preguntaba desde cuando lo hacen, no tardó mucho tiempo en escuchar decir de labios de Cesar Emanuel “¡así te cogí la primera vez!” “¿sí te acuerdas Donatito?” el niño asentía pujando debajo del cuerpo de “muelitas” la pelvis se alzaba y bajaba, “¡fue justo hace un año, en la caseta de afuera!” “¿te acuerdas?” “¡te sorprendí viendo algunas hojas sueltas que tenían fotografías de cuerpos desnudos de una revista que seguramente le robaste a tu hermano Parcemón!” “¡vimos cómo se hacían el sexo!” “¡estabas haciéndote una chaqueta, travieso!” “¿te acuerdas que me senté a tu lado a verlas?” “¡vi que sacaste el pene erecto!” “¡me miraste y entendí… que deseabas hacerlo!”, “¡lo vi en tus gestos de cara y en tu mirada!” “¡yo también lo quería… te dije que lo haríamos rápido pues nos pueden ver!” “¡ya era de noche en ese momento!” “¡te deslicé muy rápido el short!” “¡vi tu culo… me bajé el short y me acosté sobre ti… como ahora te lo estoy haciendo!”, “¡desde ahí te gusta hacerlo conmigo… picarón!”, “¡sé que lo haces sólo conmigo!” la pelvis se movía más, Parcemón podía ver ese pene erecto que punteaba el culito de su hermanito, “¡qué rico orto tienes mi Donatito!” “¡qué rico!” “¡muy rico!”, continuaba así dándole pene mientras el niño se dejaba de esos movimientos sexuales, ya Parcemón tenía su respuesta, para su sorpresa vio que un dedo medio de la mano de Cesar Emanuel se iba introduciendo en el culito de su hermano, el pequeño alzaba la carita frunciéndola ante el intento de penetración, lo sacaba y lo metía lentamente, el niño mordía la sábana y se rodeaba los brazos de almohadas, se notaba la incomodidad en el rostro del pequeño, “¡quieto!” “¡verás que pronto te gustará!” hizo una pausa diciéndole “¡te dije que lo hagas en tu cuarto!” “¡verás que luego te va  a encantar!”, Parcemón quería interrumpir pero algo dentro de sí le decía instintivamente que esperase a ver hasta donde llegaba esa actitud de “muelitas” con su hermanito menor, se sorprendió que el niño voluntariamente se acueste de cara al techo, que ponga sus rodillas sobre su pechito y se metiese su dedo medio en el culito “¡mira… si he hecho lo que me dijiste!”, “¡sólo que me duele!” “¡me da miedo!” el muchacho de dieciséis años sonreía desde el marco de la ventana por la actitud inocente de su hermanito al meterse el dedo al culo, no era casualidad entonces que su hermanito hace pocas horas lo viese masturbar, siempre había estado presente esa actitud, en definitiva Donato aprovechaba desde un lugar discreto de ver cada vez que Parcemón se masturbaba y también se metía el dedo al culo, como ahora lo estaba viendo en esa actitud de deseo y estímulo sexual, “¡ven ayúdame a meterlo más, Cesitar, tengo miedo hacerlo sólo!” la mano de “muelitas” tomaba la manito de Donato y la empujaba sutilmente, el niño bufaba, “¡aguanta!” “¡ya casi está adentro!” “¡aguanta!”, pero el dolor que sentía Donato era fuerte, desistió de su empeño, su amiguito lo comprendió, le pasaba las manos acariciándole los glúteos del potito maravilloso que tenía, estaba muy inquieto por las molestias en la entrada de su culito, se notaba lo blanco de sus huevitos con una raya grisácea que le distinguía, sus piecitos tocaban el pecho, sus manitos agarraban sus piernitas, toda esa rajita de culo estaba al descubierto, se notaba lo humedecida que estaba, “¡quédate tantito así… Donatito!” Parcemón vio que “muelitas” se acercaba tomándose el pene, vio que deslizaba su prepucio y ya el glande descubierto rozaba la rajita del potito, se deslizaba como lanza quedando por encima del penecito rozándole los huevitos, trataba de metérselo, “¡quieto!” “¡quieto!” “¡no te mueves Donatito!” “¡no te muevas!” el pene seguía punteando a sus escasos ocho años quería hacerlo como si fuese un adulto, “¡quiero que sea mío en este momento!” se inclinó un poco más a tratar de meterlo bien pero el pene se deslizaba saliendo a frotarse con los muslos del pequeño, le pasó el dedo por la separación de los glúteos diciéndole “¡tienes un culo lindo!” “¡pero cerrado!” Parcemón no podía creer lo que estaba descubriendo de su hermanito de ocho años, hijo de Eliazar Emigdio engendrado con su madre, movió un poco más la tela de la cortina de la ventana para ver que “muelitas” se apartaba de su hermanito Donato, “¡quiero orinar!” le dijo al niño que lentamente apartaba de su pecho sus piernitas poniendo sus pies en el piso, se levanta sacando la bacinilla que estaba debajo de la cama, Cesar Emanuel toma con sus manitos el penecito lampiño saliendo de él la orina que veía Donato, el líquido chocaba con el recipiente, se escuchaba ese sonido peculiar, desde la ventana se podía ver cabizbajo viéndose el pene erecto que botaba orina, Donato se unió a micciar también, sonreían, igual lo hacía Parcemón viendo esos penes de ocho años agitándose al viento las últimas gotas de orina, juntaron las caderas, “¡mira!” “¡yo lo tengo más grande que el tuyo!” el otro le decía “¡no es cierto!” “¡mira bien!” “¡mira!” se agarraron de las caderas se frotaban los penes, “muelitas” lo lleva a la cama acostándose encima de Donato “¡mi pájaro es más grande que el tuyo!”, alzaba y bajaba la pelvis mientras el amiguito suspiraba, se apartaron quedándose acostados juntos viendo al techo estirándose los penecitos lampiños, de pronto “muelitas” dio un giro quedándose de cara en las almohadas, “¡ahora te toca Donatito!” “¡dame por el culo!” “¡anda!”, “¡cógeme!”, “¡cógeme!”, de inmediato ya el travieso Donato estaba encima de “muelitas” alzando y bajando la pelvis, se podía ver ese penecito en realidad más largo que el de su amiguito “muelitas” ahora deslizándose por la rajita del traserito desvirgado por Luciano de la Sierva, “¡así!”, “¡dale!”, “¡dale!”, “¡hazme sentir!” “¡así!”, “¡así!” gemía y bufaba, lo hacía tal y como lo había visto y hecho con Luciano y con Parcemón, así como con otro amiguito de la lotización o de la escuela, “¡ya deja!” le dijo de repente “muelitas” a su amiguito “¡ya párale!” “¡vamos!” “¡ven!” se pusieron la ropa y salió del cuarto “muelitas”, Donato se quedó a estirase la tela que le quedaba chupada a la rajita del culo y también se estiraba el humedecido pene ensalivado, se metió la mano dentro del short luego la saca y se la lleva a la nariz oliéndola, salía del cuarto estirándose el penecito vestido, Parcemón esperó unos minutos de su lugar detrás de la casa, la rodeó si ser visto, y enfrente vio a los dos niños que estaban jugando con el balón, se unió a sus juegos, apartado desde su ventana, Luciano de la Sierva miraba a los tres jugando, se llevó la mano a estrujarse el pene vestido, a los dos él los había desvirgado en su momento, faltaba el tercero, ése que era el más lindo de todos, ése el de mejor cuerpo y sin duda que en la tela del short se amoldaba su encanto viril, esperaba el momento, vio con detenimiento los movimientos del pequeño Donato, se manoseaba el pene y se exclamaba para sus adentros el deseo de poseerlo, se dirigía a su pene exclamando con deseo de que “¡ya pronto será nuestro!” “¡sólo toca esperar!”, “¡Donatito!” “¡Donatito!”

*******

En el polvo dorado de la tarde, cuando el sol parecía inclinarse con cortesía sobre el campo de juego, se desplegaba una cancha infantil que, aunque modesta, guardaba la grandeza de los recuerdos por venir, las líneas blancas, trazadas con tiza y algo de paciencia, eran como los surcos de un mapa antiguo, y en cada esquina se adivinaba la promesa de una aventura sencilla, pero inmensa para quienes la habitaban, Gustavo Adolfo, el padre adoptivo, se erguía con la dignidad propia de un hombre que había vivido bajo uniformes y banderas, aunque aquel día su vestido era el de lo cotidiano: una camiseta clara, pantalones cómodos y unas zapatillas que, sin embargo, no lograban ocultar el aire marcial de su porte, sus hombros, amplios como un escudo, se movían con la precisión de quien había aprendido a ordenar el mundo con disciplina. Pero era en su mirada donde se escondía la verdadera armadura: una mezcla de ternura y firmeza, como la de un comandante que sabe cuándo dar la orden y cuándo proteger a su tropa, Ángel Gabriel, su hijo adoptivo, próximamente cumpliría los seis años, corría con la ligereza de un cometa, tenía la edad en la que los sueños aún no se han vuelto prudentes, y el corazón en la garganta, siempre listo para saltar. Su camiseta, demasiado grande, parecía un pabellón que lo envolvía, como si el propio uniforme del mundo aún no hubiera encontrado su talla. Su risa era un sonido claro, como el de una campanilla, y su energía parecía desafiar al mismo aire, el juego comenzó sin ceremonias, no había árbitro ni silbato, sólo el crujir de la hierba y el eco de los pasos, Gustavo Adolfo se colocó en una de las porterías improvisadas, hecha con dos mochilas y una cuerda, como si aquello fuera un bastión que debía defender, Angel Gabriel, por su parte, se situó en el centro del campo, con la pelota entre los pies, como un joven caballero ante su primera prueba, “¿Listo, capitán?” preguntó Gustavo, con una voz que, aunque suave, llevaba el peso de la autoridad “¡Siempre!” respondió Angel, y el brillo en sus ojos fue la única respuesta que necesitó, la pelota rodó, al principio, Gustavo se limitó a observar, dejando que el niño se hiciera dueño del espacio, pero pronto, como si la disciplina hubiera despertado en él, avanzó con paso decidido, no buscó la fuerza, sino la estrategia. Sus movimientos eran calculados, no por frialdad, sino por respeto a la esencia del juego: el equilibrio entre la defensa y la oportunidad, Angel Gabriel dribló con astucia, moviendo la pelota como quien guía una cometa en el viento, dio un giro, se acercó al borde del área y, con un impulso, disparó, la pelota voló hacia la portería, pero Gustavo se lanzó con la precisión de un soldado, no fue un salto heroico, sino un gesto medido, casi paternal, que desvió el balón con la punta de los dedos, “¡Oh!” exclamó Angel, sorprendido y divertido “¡eso fue trampa!” Gustavo se incorporó, respirando con calma, y le respondió con una sonrisa, “¡No es trampa, hijo. Es práctica!”, y la palabra “hijo” cayó como una melodía en el aire, llenando la cancha de un sentido que no necesitaba ser explicado, el juego siguió. A cada intento de Angel, Gustavo respondía con una defensa firme, pero nunca cruel, cuando el niño corría con el pecho hinchado de orgullo, el padre lo frenaba con suavidad, enseñándole a controlar la emoción. Cuando Angel se frustraba, por un fallo o por la fuerza del rival, Gustavo lo miraba con paciencia, como quien sabe que la grandeza no se alcanza en la primera batalla, en un momento, Angel Gabriel consiguió atravesar la defensa y se plantó frente a la portería. Su respiración era rápida, como la de un guerrero antes de la carga. Miró a Gustavo, y en esa mirada se leía una pregunta silenciosa: “¿Me dejarás ganar?” Gustavo se quedó quieto, y por un instante la cancha pareció detenerse, entonces, con una calma que parecía venir de otra vida, bajó la guardia apenas un poco, lo justo para permitir que el niño sintiera el triunfo, Ángel disparó, la pelota entró en la portería con un suave golpe que sonó como una campana lejana, “¡Gol!” gritó Angel, y su alegría se expandió como un sol, Gustavo aplaudió, y el aplauso no fue por la derrota, sino por el momento, “¡Bien hecho, campeón!” dijo, y su voz estaba teñida de orgullo, Angel corrió hacia él, y Gustavo lo recibió con un abrazo que no tenía la rigidez del militar, sino la calidez del padre, en ese gesto se fundieron dos mundos: el de la disciplina y el de la ternura, el de la ley y el de la libertad, la tarde siguió avanzando, y el juego continuó, ahora con una complicidad nueva. A veces el padre ganaba, a veces el hijo, pero lo más importante no era el resultado, sino la danza que se tejía entre ellos: la transmisión de valores, el aprendizaje del respeto, la construcción de un vínculo que no necesitaba sangre para ser auténtico, cuando el sol empezó a bajar, tiñendo el cielo de naranja, Gustavo Adolfo y Angel Gabriel se detuvieron, se miraron, cansados pero felices, como dos soldados que han compartido una batalla y han descubierto, en el proceso, que el enemigo más grande era la distancia entre ellos,  “¿Te gustó?” preguntó Gustavo “¡Sí!” respondió Angel, y luego añadió, con la seriedad de quien ha entendido algo importante, “¡pero quiero jugar otra vez mañana!” Gustavo asintió, “¡Mañana, y todos los días que quieras!” y así, en una cancha infantil que no tenía más gloria que la de un instante, se escribió una historia de amor y disciplina, de un padre adoptivo y un hijo que se eligieron, no por sangre, sino por la fuerza de un lazo más fuerte: el de la confianza, mientras padre e hijo salían de la cancha, cerca de allí en un apartado lugar dos figuras desnudas estaban unidas, no habían soportado la calentura, era el “niño” recostado encima de la humanidad de Osman, lo tenía a piernas abiertas, con el pene entrando, las pelvis se unían, los testículos se movían al viento al igual que el deslizamiento del tronco dentro del potito de ese muchacho, se sentían libres de ser vistos, sus cuerpos sudorosos unidos gemían de forma insistente, unas manitos se sujetaban alzando la carita, era  un niño hijo de una vendedora ambulante que había llegado a orinar en un rincón de ese apartado lugar, le llamó esos gemidos venidos de ese apartado lugar, la curiosidad le hizo llegar allí, vio sorprendido a esos cuerpos desnudos viendo al de mayor edad encima del otro, de pronto la puerta se abre cayendo ese tierno niño de casi cuatro años, los dos jóvenes asustados rápidamente se separan y se cubren con sus ropas, el niño inquieto se levanta mostrándose un rostro apacible, se comprueba por parte de los dos amantes a que el niño aún desconoce en realidad de lo que estaban haciendo, el “niño” que se mostraba con su cuerpo desnudo le pregunta al pequeño mientras prudentemente se viste Osman viendo a los alrededores “¿cómo te llamas?” le responde “¡Stalin!” “¿Cuántos años tienes?” Osman retornaba moviendo su cabeza en señal de no haber más gente, el niño responde a la pregunta tomando sus cuatro deditos “¡tienes cuatro!” le acaricia el pelo a la vez que le dice a Osman que se ponga alerta justo en el boquete del lugar detrás de la puerta metálica que el niño había abierto hace poco, Clotario y el pequeño ya se conocían de vista pues era cliente de la venta que tenía su madre soltera en aquel lugar deportivo, en algunas ocasiones le regalaba galletas o golosinas, por tanto Clotario y Stalin tenían confianza, sólo que se conocían de vista, con suma complicidad Osman se arrimaba a la pared metiéndose la mano dentro del short pasándose los dedos por la raja del culo y llevándoselos a la nariz, vio a Clotario el “niño” que acariciaba el pelo del pequeño, “¿quieres jugar conmigo Stalin?” el nene sonreía, no le sorprendía tanto verle así desnudo, se dejaba llevar por las caricias, “¡ven!”, “¡te voy a enseñar a jugar!”, le acariciaba las mejillas “¡te voy a dar un premio!”, “¿quieres?”, “¡es un juego sencillo!”, la nariz rozaba la oreja diciéndole a susurro “¡te va a gustar… tendrás un premio por jugar conmigo!” “¡y… otro premio si juegas con el!” alzó la carita viendo al muchacho arrimado a la puerta, “¿quieres ganarte los dos premios Stalin?” le dice algo al oído, el niño reacciona y asiente con mucha alegría,  lo encorva “¡ponte así!” el nene se dejaba llevar de las manos de Clotario el “niño” se jactaba diciendo que eran buenos amigos y que iban a “jugar” el niño se pone en cuatro, rápidamente le desliza el short raído, se mostraba el culito de piel morena clara, el niño no se movía por tener encima de su espalda la mano de Clotario, Osman a cierta distancia se reía metiéndose la mano a tocarse el pene erecto, con el glande le daba de golpecitos en la piel de ambos glúteos, “¡ahora voy a sentir por primera vez esta delicia!”, el glande humedecido se deslizaba por esa rajita, ya sentía las puntadas en su culo, quiso levantarse pero la mano en la espalda se lo impedía, “¡quieto potrito!” “¡quieto… que te estoy domando!” el nene se dejó caer sobre el suelo pero aun así Clotario seguía restregando su pene en el culito de Stalin, se apartaron, Clotario se acuesta en el suelo y le dice al niño  “¡ven!” “¡acuéstate!” “¡ven!” el niño quiso subirse el short pero Clotario le dijo que se acueste así nomás, “¡ven quiero sentirse así ahora!” le deslizó el short hasta las rodillas, lo puso a rozar los penes mientras le manoseaba los glúteos al pequeño, le miraba a su cómplice y éste le decía que siga, los movimientos delas manos de Osman dentro del short se hacían acelerados, insinuaba que ya le tocaba, vio que dieron un giro y ahora Stalin estaba acostado en el piso, le hizo abrir de piernas deslizándole el pene grueso lleno de pelos que cubrían ese penecito erecto lampiño, el pene grande se deslizaba sobre el tronquito del penecito, Stalin miraba, “¡mira cómo jugamos Stalin!”, “¡mira cómo te tengo!” “¡eres mío ahora… mi amor, mi amor!”, se deslizó con el pene ahora rozaba el pechito, sintió que se venía y así el semen se impactaba en la mejilla, mentón y parte del pecho, “¡ya fuiste mío!” “¡ya ves, Stalin, el juego terminó!” se apartó del niño y se acerca Osman “¡ahora jugarás conmigo!”, le puso al niño en cuatro, deslizó el short hasta los tobillos, el pene se deslizaba en la rajita, quiso ir a más punteándole el pene con la intención de romperle el culo, el niño gemía diciendo que le duele, Osman lo sintió cerradito, muy cerradito, le ganó el gustito por venirse y el semen se impactaba en la raja de culo, como era bastante, goteaba desde la piel del glúteo donde se había impactado, esas gotas eran visibles en el suelo donde estaban, las manitos de Stalin se deslizaban por el culito mostrándose los restos de semen, Osman trajo sus vendas para limpiarle la piel del semen que estaba, tomaron agua de sus recipientes y terminaron de limpiarle, “¡antes que te vayas… ven aquí!”, rápidamente le hizo sentar entre sus piernas abiertas haciendo que el pene roce el culo descubierto, le hacía jinetear, mientras Osman le acariciaba el pelo y las mejillas, acercó el glande rozando los labios, “¡abre la boca!” el glande entraba “¡toma de tu chupete!”, pero lo retiró rápido pues como desconocía de aquello empezó a morderle, Clotario gozaba, le abraza al niño “¡eres tremendo… ya te enseñaremos a hacerlo bien!” “¡toma… tu mami te estará esperando para irse!” le dijo que estando allá le daría el premio doble, y salió contento, al llegar, la madre no dio cuenta del tiempo en que su hijo había estado en ese lugar improvisado para micciar, estaba distraída atendiendo ala clientela, pasaron unos minutos y vio acercarse entre los transeúntes a Osman y Clotario el “niño” se saludaron cordialmente, le compraron a la señora bebidas, vio al niño sentado junto a su madre, se acerca Clotario y tomó una moneda de mediana denominación y se la entrega al niño, de igual forma Osman se acerca y le da otra moneda, el niño en ambas manos tenía el premio ofertado, miró con amplia sonrisa a la madre quien hizo una venia en señal de aprobación y agradecimiento, la joven pareja se retira, la vendedora guardó las dos monedas, se sentía agradecida de la forma en cómo consideraban a su hijo, lejos estaba de pensar la humilde mujer lo que su tierno hijo había hecho en tan singular lugar. 

FIN DEL DUCENTÉSIMO OCTOGÉSIMO SEXTO EPISODIO

15 Lecturas/11 febrero, 2026/0 Comentarios/por Betelgeuse
Etiquetas: amigos, hermano, madre, mayor, militar, padre, recuerdos, sexo
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