Mi mejor amigo
Todo comenzó con una pregunta.
Nunca imaginé que terminaría poniendo esto por escrito, pero llevo meses con esta cosa dando vueltas en la cabeza como un loop infinito. Me llamo Joshua, 21 años, segundo de ingeniería industrial en la universidad. Mateo tiene 22, está en educación física, el típico que desde los 15 ya levantaba más que cualquiera en el gimnasio del barrio. Nos conocemos desde los cinco años: mismos parques infantiles, mismas peleas por la pelota, mismas noches robando horas de sueño con consolas, mismas resacas compartidas después de las fiestas de fin de curso. Siempre hemos sido “los inseparables”. Él el fornido, moreno, con esa mandíbula cuadrada y brazos que parecen tallados; yo el más delgado, rubio, ojos verdes, el que prefería dibujar planos o leer antes que ir a pesas. Nadie nunca sospechó nada raro entre nosotros. Ni siquiera nosotros mismos.
Todo empezó en junio, una noche cualquiera en el departamento que compartimos con dos amigos más (que esa vez se habían ido de fin de semana). Cerveza barata, pizza fría, una película de acción que ninguno veía de verdad. Terminamos hablando de lo de siempre: exnovias, quién follaba mejor, quién tenía la polla más grande (esa competencia idiota de machos que nunca llega a nada concreto). Y entonces Mateo soltó la frase que lo cambió todo, medio en broma, medio serio, mirando la tele como si no fuera gran cosa:
—Y si nunca lo has probado con un tipo… ¿cómo sabes que no te gusta?
Me reí nervioso, el corazón latiéndome en la garganta.
—Porque no soy gay, boludo.
Se encogió de hombros, esa sonrisa torcida que siempre me descolocaba un poco.
—Claro. Pero si nunca lo haces, nunca vas a saber si eres gay o no. O si simplemente te da igual.
Silencio. El ventilador zumbando. Mi pulso en los oídos.
—No seas idiota —dije.
Pero no me moví cuando él se acercó más en el sofá. No lo empujé cuando puso una mano pesada y caliente en mi muslo. No dije nada cuando me besó. Fue torpe al principio, con sabor a cerveza y a miedo. Luego dejó de ser torpe. Su lengua sabía diferente a cualquier beso que hubiera tenido antes. Me agarró la nuca, me apretó contra él. Yo respondí. No sé por qué. O sí sé. Pero en ese momento no quería analizarlo.
Terminamos en mi habitación. Él me quitó la camiseta con una mano, como si lo hubiera hecho mil veces. Yo le saqué los shorts temblando. Cuando vi su polla dura —gruesa, venosa, apuntando hacia arriba—, se me secó la boca. Era más grande que la mía. Siempre lo había sido, pero nunca la había visto así, erguida, palpitante.
—¿Estás seguro? —preguntó, voz ronca, casi un gruñido.
—No —mentí.
Me empujó boca abajo en la cama. Me bajó los boxers de un tirón. Sentí su peso encima, su pecho ancho contra mi espalda, su aliento caliente en mi nuca. Me escupió en el culo —frío, húmedo— y empujó con dos dedos primero. Dolió. Gemí contra la almohada, los puños apretados en las sábanas.
—Relájate, Josh. Respira hondo.
Lo intenté. Cuando entró la cabeza, grité bajito. Él se quedó quieto, solo respirando pesado contra mi oreja.
—No pares —le dije, aunque dolía como el demonio.
Empujó despacio. Centímetro a centímetro. Cuando estuvo todo adentro, se quedó quieto un segundo, temblando. Luego empezó a moverse. Lento al principio. Luego más rápido. Cada embestida me sacaba el aire de los pulmones. Sentía su pelvis chocando contra mi culo, sus bolas golpeando contra las mías. Me agarró las caderas con fuerza, me levantó un poco el culo para entrar más profundo.
—Joder… estás tan apretado… —gruñó, voz entrecortada.
Yo solo gemía. No podía hablar. El dolor se fue mezclando con algo caliente, eléctrico, que subía por mi columna. Me corrí sin tocarme, solo con él dentro, apretándome contra el colchón, semen salpicando las sábanas. Él siguió embistiendo hasta que se vino también, profundo, gruñendo mi nombre contra mi hombro, llenándome con chorros calientes que sentí palpitar dentro.
Después nos quedamos así. Sudados. Respirando fuerte. Ninguno dijo nada por un rato largo. Solo el sonido de nuestra respiración y el ventilador.
Al día siguiente ninguno habló del tema. Pero esa noche volvió a pasar. Y la siguiente. Y la que le siguió.
La tercera vez fue en el gimnasio de la uni, después de que cerraran. Mateo tenía llave porque ayudaba al profe de musculación. Me llevó al vestuario vacío. Me puso contra los lockers, frío metal en mi espalda. Me bajó los shorts hasta los tobillos y me chupó primero —torpe pero hambriento—, su lengua caliente rodeándome la polla hasta que me temblaron las piernas. Luego me giró, me escupió en el culo otra vez y entró de golpe. Me tapó la boca con una mano para que no gritara. Embestía fuerte, el locker rechinando con cada empujón. Me corrí en su puño mientras él se vaciaba dentro, mordiéndome el cuello para no hacer ruido.
La quinta vez fue en su camioneta, en un estacionamiento abandonado cerca del campus. Lluvia golpeando el techo. Yo encima de él, en el asiento del conductor. Me senté despacio, sintiendo cómo me abría centímetro a centímetro. Dolía menos ya. Me moví arriba y abajo, sus manos en mis caderas guiándome. Él me miraba a los ojos todo el tiempo, jadeando.
—Te ves tan jodidamente bien así… —murmuró.
Me corrí en su abdomen. Él se vino dentro, apretándome las nalgas con fuerza.
La octava vez fue en casa otra vez. Ya no había excusas. Ya no había “solo para probar”. Me tenía contra la pared del baño, agua caliente cayendo sobre nosotros. Yo con las manos apoyadas en los azulejos resbaladizos. Él detrás, penetrándome lento pero profundo, mientras me masturbaba al mismo tiempo con una mano jabonosa. Yo gemía sin control, las piernas temblándome.
—¿Ves? —me susurró al oído, voz ronca mientras me follaba—. No es gay si no te gusta. Pero te gusta, ¿verdad?
—S-sí… —jadeé, empujando hacia atrás—. No pares… por favor…
Me corrí en su mano, semen mezclándose con el agua. Él se corrió dentro, apretándome contra la pared, mordiéndome el hombro hasta dejar marca.
Después de eso ya dejamos de contar. Simplemente pasa. Cuando los roommates no están. Cuando salimos de fiesta y volvemos borrachos. Cuando uno de los dos dice “¿hoy?” y el otro solo asiente.
Una noche, a las dos de la mañana, después de una fiesta en la que ninguno había ligado con nadie, llegamos al departamento. Mateo me empujó contra la puerta apenas entró. Me besó con urgencia, manos por todas partes. Me bajó los jeans ahí mismo, en la entrada. Me puso de rodillas y me metió la polla en la boca. La chupé como si fuera lo único que importaba: lengua alrededor de la cabeza, bajando hasta donde podía, sintiendo cómo se hinchaba más en mi garganta. Él me agarró el pelo, empujó suave pero firme. Se corrió en mi boca, chorros calientes que tragué sin pensar.
Luego me levantó, me llevó al sofá y me puso a cuatro patas. Entró sin preliminares esa vez —ya estábamos lubricados por saliva y deseo—. Embestía fuerte, el sofá chirriando. Me agarró la polla desde atrás y me masturbó al ritmo de sus caderas. Me corrí gritando su nombre. Él se vino dentro otra vez, profundo, quedándose quieto un rato largo, respirando contra mi nuca.
Después nos quedamos abrazados en el sofá, sudados, desnudos. Su brazo pesado sobre mi cintura. Yo con la cabeza en su pecho, escuchando su corazón.
—¿Qué somos? —pregunté en voz baja, por primera vez.
—No sé —respondió después de un silencio—. Pero no quiero que pare.
—No quiero que pare —dije yo.
No hablamos más de etiquetas. Seguimos siendo los mismos de siempre: salimos con amigos, jugamos fútbol los sábados, nos reímos de las mismas estupideces. Pero cuando estamos solos, cuando la puerta se cierra, algo cambia. Él me toca como si supiera exactamente lo que necesito antes de que yo lo pida. Yo me entrego como si no hubiera otra opción.
A veces, cuando estamos acostados después, con su aliento en mi cuello y su semen todavía goteando entre mis piernas, pienso en decirle algo más. En definirlo. Pero nunca lo hago. Porque tengo miedo de que ponerle nombre rompa lo que sea que tenemos.
Y por ahora, no quiero que se rompa.
Así que sigo aquí. Siguiendo sus embestidas. Siguiendo sus besos en la nuca. Siguiendo sus gruñidos cuando se corre dentro. Siguiendo sus “te ves tan bien así” susurrados contra mi oído. Siguiendo fingiendo que no sé lo que significa todo esto.
Aunque en el fondo, los dos lo sabemos perfectamente.
Y seguimos eligiendo no parar.



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